CARTA 1: LLEGANDO A INDIA (5,500 caracteres)
Tras dos días de camino y una escala en Hong Kong, llegué a Delhi. Mi primer vistazo de la India fue estrujante. Fue ese primer día. Salí sola por la mañana, me trepé en un camión con la intención de bajarme hasta encontrar un lugar bonito y no me animé a hacerlo hasta que me botaron del asiento en la última parada: la estación del tren.
Inmediatamente, un joven se acercó y me dijo que corriera porque ese no era un lugar apropiado para una mujer (me pregunto cuál sí será). No me quedé a mirar mucho, sólo vi indigentes tirados en la tierra y, por lo visto, ese paisaje se ve en todas partes.
Caminando sin rumbo descubrí –primero por el olor– que hay baños públicos, exclusivos para hombres, en las paredes de las avenidas principales. Sin puertas, agua, excusado o nada, pero eso sí, muy adornados con mosaicos de colores.
Me enfrenté también por primera vez al tráfico: en una sola avenida uno tiene que esquivar bicitaxis, mototaxis, vacas, camiones, microbuses, carros y mares de gente. Llegó un momento en que me paralicé, asustada, en una glorieta. No me animaba a seguir caminando porque no entendía el tráfico. Incómoda, también, porque todos los hombres se me quedaban viendo indisimuladamente, como cosa rara, otros miraban también mi mochila.
En el camino encontré de todo, hasta un hospital para pájaros. Tuve que entrar con una actitud de reverencia y quitarme los zapatos. Y descalza fui pisando alpiste y basura que preferí no mirar. Desde la ventana del segundo piso ví que afuera, en la explanada, había decenas de hombres semi desnudos, tirados, y nadie los atendía.
Anduve como vagabunda un rato, sin animarme a perderme por las estrechas y laberínticas callejuelas del mercado contiguo. Sabía que para entrar tenía que abrir me paso a empujones, pues el tumulto te empujaba hacia fuera. Tenía miedo y muchas ganas de llorar. Para resguardarme pagué un boleto para entrar al “Red Fort”, un palacio rojo de puertas espectacularmente anchas y altas, construido así para que entraran elefantes.
Me rescató de la tristeza un hombre de Calcuta que ofreció pasearme en su bicitaxi por 50 rupias una hora –aproximadamente un dólar–. Me monté a su rickshaw y anduvimos juntos recorriendo lugares increíbles: un templo de sikh dharmas donde me explicaron su filosofía y por qué usan turbante, el guía del lugar me invitó a cenar a su casa, y comenzó a coquetarme porque, según me dijo, él y yo teníamos el pelo del mismo largo.
El rickshaw me llevó por callejuelas perdidas a templos jainistas; a mercados donde venden de todo para las novias; a la mezquita más grande de la India, donde tuve que entrar descalza (con los zapatos en la mano, por aquello de los robos) y donde muchos musulmanes me pidieron que los retratara o me pidieron retratarse conmigo con sus cámaras.
Parte del ‘tour’ consistió en llevarme a una tienda a que me probara unos saris de seda. El guapo hijo del dueño, después de ponerme un lunar rojo en la frente, sacó su comida y la compartió conmigo, y ahí estuvimos empujando con una especie de tortilla unos chícharos, una salsa de yogurt y unas papas con curry.
Paseando en ese bicitaxi fui muy feliz. Anduvimos mi amigo el conductor y yo bajo la lluvia como si nada. Él me contaba que el era el mejor ‘rickshaw’ que había en Delhi, y le creí cuando olvidé en el asiento mi bolsa con el dinero y me la dió intacta. Me contó que emigró de Calcuta, buscando una vida mejor, y que tiene 3 hijos y esposa.
Cuando lo veía recordaba aquel primer libro que leí de la India, “La Ciudad de la Alegría”, que contaba la historia de un rickshaw (hombre-caballo, porque antes no usaban bici sino cargaban todo el peso de la carreta y de la persona que llevaban) que tras perder su cosecha llegó a la ciudad sin dinero, vivía en las vías del tren con su familia –como las familias que ví en la estación–, que vendió litros de sangre para pagar la dote de su hija, que moriría pronto porque el peso que cargaba le iba acabando los pulmones.
Y cuando lo veía toser me acordaba de esa historia. Nos despedimos por la noche, le pedí que me dijera cuanto era lo que creía que era justo recibir por pasearme, pero no quería subir el precio. Así, le pague 10 veces más de lo acordado. Cuando vio el billete se le alumbró la cara.
Hoy ya estuve acompañada con una francesa que conocí que se llama Benedicte. Fuimos a pasear, entramos a varios mercados, pero no llegamos muy lejos porque es imposible caminar sin que te atropelle una bicicleta o una moto. Vi también una fila de personas mutiladas, decenas, pidiendo limosna a la entrada de las mezquitas, y a mucha gente viviendo en parques, en la calle, en las glorietas, en donde sea.
Hoy la gente me pareció muy amable. Las miradas dejaron de parecerme hostiles como el primer día, pienso que me ven como yo los veo a ellos, como una persona diferente. Tengo una sensación especial que me llena de tranquilidad y es que descubrí que puedo comunicarme, hasta con la gente que está pidiendo limosna y que me sigue por varias calles.
A Benedicte le da mucha risa que la gente me habla en hindi, pues por mi pelo negro creen que soy de aquí. Y bueno, tengo mucho más que contar pero creo que nunca acabaría. Podría contar los olores, sabores, sensaciones, el daño que me ha hecho la comida tan condimentada, el asombro de ver que los hombres se toman de la mano en la calle pero no tocan a sus mujeres públicamente (ví a unos policías barbados con turbantes cruzar la calle de la manita), pero eso lo dejo para la siguiente carta. Saludos.
CARTA 2. NUNCA SOLA (5.166 caracteres)
Les cuento algunas cosas que deje en el tintero por falta de espacio: En Delhi nunca estás sola, siempre vas acompañada. Invariablemente alguien te está siguiendo, sino físicamente, sí con la mirada. Te siguen los pordioseros que te piden comida en español, inglés, hindi, francés e italiano. Te sigue la gente que quiere que le tomes una foto (he visto a varios que cuando saco la cámara hacen todo para llamar mi atención para que los fotografíe, que cuando los volteo a ver ponen su mejor pose o se agarran de la mano).
Siempre que estás comprando algo te rodea la gente, esperan a que te pruebes el sari que estás viendo o palpes la muñeca de trapo que te atrajo; y en silencio escuchan el rito del regateo y al final dan su aprobación sobre si la transacción fue buena.
Estoy hospedada en un hostal para mochileros donde hay todo menos mochileros. Como está ubicado en una zona no turística –en medio de las embajadas–, sólo se hospedan indios aquí. Eso lo hace divertidísimo. Por las mañanas, por ejemplo, desayunamos comida que no conocía. Hoy fue una especie de crepa con papa con curry dentro.
El cajero en cuanto me ve por la mañana me regala café y el cocinero me da una rebanada de pan, muestras máximas de aprecio. La comida es mala, pero la disfruto porque sé que es lo único que comeré durante el día y por la compañía de la gente que es muy agradable. Hoy Benedicto (la belga que conocí en el avión) y yo desayunamos con 40 adolescentes de una escuela técnica del interior del país que venían a conocer la capital. En el desayuno me hice amiga de una joven de Bombay que vino a capacitarse como secretaria. Ella y yo nos la pasamos muertas de risa por mi mal inglés y porque no me creía que era mexicana, como todos, piensa que soy local, de ahí pasamos a compartir nuestros males de amores, y luego a hablar de religión. Curioso, resulto católica y del Opus Dei.
Aunque el hostal está feo y sucio (parece convento viejo), me siento contenta porque el cuarto que nos tocó tiene una terraza desde donde se ven otras casas, y por la mañana me despierto con el canto de los pájaros y en la noche me arrulla la lluvia.
Eso sí, como a las 3 de la mañana se me va el sueño irremediablemente. A las 7 de la mañana de aquí, 7 de la noche en México, acudo a clases de yoga, y me doy cuenta que la viejita que me da las clases en México no me ha estado estafando, porque muchas posiciones que enseña la maestra aquí yo ya las conocía.
Hoy finalmente no fuimos al Taj Mahal. Decidí dejarlo para después porque me queda camino a Varanassi y porque lo turístico cada vez me llama menos la atención. Me quedé en Delhi y sin planearlo tuve excelente compañía. Como siempre Dios hace todo para consentirme.
Y es que le hable al corresponsal de Reforma y de CNN, Rodolfo Bermejo, a quien no conocía, y vino por mí para pasearme. Resultó que es paisano, de ciudad Juárez, tenemos conocidos en común, tiene poco mas de 30 años y es buena gente. Con él fui a la Universidad de Delhi y a un jardín donde la gente venera a Gandhi. Inspirada por el paseo me seguí al Museo Casa de Gandhi, donde me tiré al pasto a leer un libro sobre el Mahatma.
En el museo me persiguió un tipo con turbante negro y barba larga que quería a fuerzas que le diera un beso. Primero me desconcertó porque se acercaba y se mojaba los labios con la lengua, pero yo pensaba que era una seña especial india y me acercaba mas para preguntarle qué quería decirme. Cuando capte el ‘kiss me’ me asusté. Después me empezó a seguir por los pasillos, a esperarme tras los pilares de las salas, hasta que le grité frente a todos que se fuera, que no lo iba a besar. Y creo que eso lo apenó porque desapareció. Luego me enteraría que eso es lo que se debe de hacer ante el frecuente acoso a extranjeras solas.
Después, conocí a un seguidor de Gandhi que me regaló dos libros pequeños con los pensamientos de su maestro. Me invitó a pasar un año en India, viviendo en las comunidades de seguidores, para convertirme en uno de ellos y fabricar mi propia ropa, cultivar mi propia comida y aprender e incorporar a mi vida el pensamiento político, económico, social, religioso de Gandhi. Y para convencerme me enseñó uno de los consejos de Mahatma que decía que la gente no debe de leer periódicos porque no dicen la verdad, y que si no se leen no se pierde nada. Lo curioso es que yo no le había dicho a este hombre que mi profesión es periodista.
De ahí me fui a pasear por algunos barrios con bazares atiborrados de gente. Ví de lejos la colonia tibetana instalada en Delhi y otra vez ganado bloqueando las calles. Mañana voy a una fiesta que me invito Rodolfo para conocer gente de México que se enamoró de la India y ya vive aquí.
PD1. Hoy me entere también por qué te piden vacuna antirrábica antes de venir. No me la puse pensando: ‘Si me muerde un perro en la India y no en México es mala suerte’; pero la vacuna es por si te muerde un chango. Cuando me dijeron pensé: ¿Changos? ¿Dónde hay? No tardé en descubrir uno en un árbol en plena ciudad. Justo enseguida de un hombre que tocaba la flauta sentado en el piso, y de cuya cesta salían dos cobras bailando al ritmo de la música (¡¡Es en serio!!)”
Tercera Carta: LOS ENCUENTROS (5,323 car)
El día ha sido largo y lindo, y aún no termina. Hoy fue un día de encuentros con gente que tenia que conocer. Y esos encuentros me llevan a pensar que por algo estoy aquí. Que pronto voy a obtener respuestas.
Desde temprano fue un día lindo. Empezó a las 7 de la mañana con la clase de yoga, donde somos generalmente tres alumnos y la maestra, una bonita joven hindú con coloridos vestidos llenos de espejos y lentejuelas. Creo que voy a extrañarla a ella y sus dulces cantos en sánscrito –canta una canción que dice es muy poderosa y que conoce gente que estuvo enferma y con diagnóstico médico terminal, quienes han cantado por días esa canción y se han curado– y la oración con la que termina la clase: “Oramos a Dios para que todo vaya bien hoy, para que todos seamos felices, para que estemos llenos de gozo y para que la paz prevalezca”.
Realmente siento que esa oración nos protege. Hoy en el desayuno nos despedimos de los jóvenes de la secundaria técnica que estaban en Delhi de visita. Hicieron fila para sacarse foto con Benedicte y conmigo y llevársela de recuerdo a sus casas. Cuando se despidieron, uno de ellos se regresó preocupado porque no nos había deseado feliz año nuevo, pese a que estamos en noviembre.
Fuimos después a un palacio estilo Taj Mahal, localizado en Delhi, con unas tumbas dentro. Ahí comenzó a seguirme un niño como de 12 años. A mí me daba risa pero Benedicte le gritó, nerviosa, que nos dejara en paz. De ahí comimos en una fondita unas frituras que nunca supe qué contenían –en lo de la comida Benedicte es muy aventada, todo lo que se le antoja en la calle lo compra y mastica sin miedo, en cambio yo paso hambre durante el día porque no encuentro restaurantes a la vista–.
En la fonda conocimos a un refugiado etíope y uno somalí, con los que platicamos de la situación del mundo, de las diferencias entre Africa e India, de sus planes de vida. Cuando nos despedimos, uno de ellos, Teddy, dijo: ‘Nos vemos en la otra vida’. Su certeza me dejó con paz.
Al salir, el dueño de la fonda me regaló un prendedor de plástico de Radha Krishna, una deidad negra a la que representan tocando la flauta, y me llevó al templo que tiene detrás de la tienda –por todos lados hay templos caseros–, que es cuidado por un viejito que llevaba pintada la frente con una especie de ceniza naranja. Hay muchos ancianos así por la calle, o con ceniza negra.
Nunca entendí lo que trataba de explicarme de los dos dioses de plástico que tenía guardados detrás de una cortina de terciopelo, junto a unos calendarios –como los que regalan en talleres mecánicos– de un dios que representan como elefante. Al salir, me estaba esperando el niño de 12 años que ví desde que estábamos en las tumbas.
Llevaba al menos 2 horas esperándome. Se me acercó, me ayudo a negociar bien el precio del rickshaw –todo en India es baratísimo, un viaje en rickshaw sale a 10 pesos, el desayuno a medio dólar, el camión a menos de un peso–, se peleó con varios rickshaws para explicarles a donde yo quería ir, según lo que él me había entendido.
Ya cuando me subí, me pasó una tarjeta donde estaba escrito que quería tener el número donde podía contactarme. Me derritió el corazón.
Fui al Museo Casa de Indira Gandhi, visitadísimo por los indios y desairado por los turistas. Después de pelearme un rato, abrieron para mí sola una parte de la casa donde fue asesinada la ex Primera Ministra, que estaba cerrada al público por reparaciones.
De ahí me fui a la residencia del Embajador de México en India, quien había salido unos minutos antes de llegar yo, para encontrarme con Beatriz, una sonorense de 35 años, que era una ejecutiva de una empresa trasnacional, se la pasaba viajando de Los Ángeles a Barcelona, teléfono celular en mano, haciendo ‘business’, hasta que un día pensó que se estaba echando a perder por dentro, y dejó todo y se fue a vivir en comunidades de los seguidores de Gandhi y a estudiar su filosofía.
Aguantó 6 meses en ese lugar, muy meritorio porque tenia que cultivar su propia comida y fabricar su propia ropa. Lleva 17 meses en India y su sonrisa delata que es feliz.
Cada mes envía el resumen de su diario (que es como de 40 páginas) a sus familiares y amigos, donde les cuenta sus aventuras. Su relato es tan sincero y mágico, que ya tiene en su correo a 600 personas que se lo han pedido, y que ha recibido cartas de desconocidos que le dicen que viven a través de lo que ella cuenta.
Se nota que en México tenía buena posición social, que es sencillísima (aquí se desprendió de todo para adaptarse a la vida de los más pobres) y, sobre todo, generosa. Cuando le agradecía todos los tips que me dio para viajar, ella me decía que para eso se viaja, para después compartir. Salí inspiradísima de nuestro encuentro. Pensando en que por algo estoy aquí. En que nada es casual. En la canción de ‘tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio, y coincidir’.
Me despido porque no tardan de pasar por mí para ir a una fiesta. Mañana de madrugada salgo a Pushkar con Benedicte. Vamos a la feria de camellos mpas grande del mundo. Muero por subirme a uno y pasear por el desierto. Después iré a un pueblo tibetano que está en las montañas y de ahí al Río Ganges. El viaje se va aclarando y cada día agradezco mas todas las bendiciones que estoy recibiendo.
CARTA 4. EN UNA FERIA PARA CAMELLOS (6,350 car. 86 líneas)
Pushkar es precioso, la India rural lo es. Desde que te adentras a la zona desértica comienza a cambiar el paisaje. Ves camellos arando la tierra y el camión en el que vas tiene que rebasar carretas tiradas por camellos que paran el tráfico. Ves también a mujeres subiendo y bajando una manivela para sacar agua (por lo visto, en este país las mujeres hacen todos los trabajos pesados, son albañiles, cargan con su cabeza los materiales para construcción, siembran, y lo hacen embarazadas o con todo y niños colgando de su pecho). El camino fue divertido aunque comencé a desesperarme porque las 6 o 24 horas que puede durar el trayecto el chofer va tocando el claxon, así se abren paso todos en la carretera y en la ciudad.
Finalmente Benedicte, Abdul (su amigo árabe-frances) y yo llegamos a Ajner. Caminamos por calles que tienen casas sumidas en las paredes de las montañas. Como el sábado fue buen día para casarse –nos explicaron que aquí al año hay unas 10 fechas propicias para que el matrimonio sea feliz, porque se toman en cuenta los astros para establecer las bodas–, vimos tres bodas. Y, por casualidad, un tipo nos invitó a una.
El padre de la novia, con un turbante rosa en la cabeza, recibía en la entrada a uno por uno de los que iban llegando (llegaron como 400, y sospecho que casi todos eran colados). A nosotros, por ser extranjeros, nos pusieron un collar de flores para los invitados especiales.
Las bodas son en jardines y parecen kermesses. Por todos lados hay puestos de café, de postres, de tortillas, de comida dulce y salada. Gracias a los novios me ahorré la cena de ese día, aunque, para variar, me hizo daño lo que comí.
La ceremonia de la unión fue un relajo: La mamá gritando a los colados y fotógrafos que se bajaran del templete donde era la celebración; las primas chiflando porque no podían ver; niños subiendo al templete y aventándose al pasto. Y como fondo, música de salsa.
La novia, preciosa, con cutis blanco, como de porcelana de tanto maquillaje, con enormes y pintados ojos, estaba vestida con un sari rojo bordado con hilos dorados y llevaba muchas joyas pegadas en la cara.
El novio iba vestido como príncipe antiguo, con su turbante rematado con una enorme pluma y un uniforme tipo militar blanco. Los dos se sentaron en unas sillas simulación de trono y atrás de ellos el escenario de nieve seca que trataba de semejar la fachada de un palacio. No hay sacerdote. No hay locutor. Parece no pasar nada. Ellos formalizaron su unión intercambiando un collar de flores y después, solo ante los más cercanos, se amarraron parte de la ropa de ella con la de él y se dijeron algo. Más tarde sería la ceremonia más privada.
Todo iba bien, yo estaba tomando fotos muy contenta, hasta que la madre de la novia se acercó a preguntarme quién me había invitado. Yo, gulp, tragué saliva y le dije: “Gandhi me invito” –porque aquí Gandhi es como ser un Pérez–, y me dijo, ‘Ah, bueno”, y se siguió. Al día siguiente fuimos a la feria anual de los camellos. A donde los campesinos de la zona llevan sus mejores bestias para comprar o vender.
Nunca había visto tanto camello junto. Había unos con el cuerpo pintado con grecas, otros “maquillados” y con espejos en la cara, algunos salvajes sin emperifollar, otros tirados comiendo junto a las tiendas que instalaron sus dueños sobre las dunas.
Había también juegos mecánicos, puestos de tiro al blanco, carpas donde se vende comida, miles de gentes entrando y saliendo; gente de todo tipo: hombres con la cara pintada de amarillo y el pelo como rasta, otros con turbantes de colores, grupos de gitanos vestidos como para circo, hombres tocando la flauta e hipnotizando a las cobras, viejitos solo con taparrabos, turistas…
Ahí recibí una propuesta de matrimonio por parte de un moreno que nos invitó a su carpa para que viéramos su show de marionetas –la corta obra se trataba de un príncipe que peleaba cuerpo a cuerpo contra una cobra para rescatar a una princesa que bailaba con camellos de trapo, musicalizada por un tipo que cantaba mientras tocaba un sartén de aluminio en lugar de tambor–. Me dijo que me regalaba sus dos mejores marionetas si platicaba con él durante dos minutos.
No pudo decirme nada porque como siempre estoy rodeada de gente que me ve como bicho raro, en lo que corría a algunos de los mirones llegaban otros. Sólo alcanzo a preguntarme qué pensaba de él, a echarme a algunos piropos y a proponerme matrimonio.
Me puse a husmear por la ciudad y me metí al hospital local sin medicinas ni doctores. Aunque había gente internada y algunos moribundos, los pisos estaban llenos de tierra y basura que se levantaban con el aire. Al salir me encontré con unos viejitos con la cara pintada de naranja, vestidos con taparrabos algunos y otros con túnica. Eran brahamanes (de la casta sacerdotal). Todos se pusieron a posar para ser retratados, y se juntó mucha mas gente para tomarse una foto.
Un señor me pidió muy emocionado que lo retratara con su hija y se irguió solemne en la foto (se fue sin darme una dirección a donde mandársela); luego posó uno de los muchos peluqueros que están rasurando a plena calle; después todos sus clientes posaron peinándose y arreglándose los bigotes; también salieron los que encargados de los rayos X para fotografiarse abrazados y de la mano, como se acostumbra entre los hombres.
Cuando platicaba con uno de los brahamanes y le pregunté que hacían ahí, me dijo sereno y sonriente que esperaban el cadáver de su hijo que acababa de morir porque en la feria lo atropelló un caballo. Yo pensé que había escuchado mal, pero hoy por la mañana leí la noticia en el periódico.
No nos quedamos más en la feria porque Benedicte se intranquilizó porque entre los gringos corría el rumor de que ese sería un blanco terrorista. Además, en el periódico decía que habían agarrado a unos rebeldes de Cachemira husmeando por la zona.
Ayer por la noche nos separamos Benedicte y yo. Ella se siguió con Abdul, yo me voy a las montañas. Intentaré salir mañana. No pude irme hoy porque aquí los trenes siempre van llenos y si no se va a la oficina para extranjeros hay que esperar al menos 5 días para conseguir asiento (“¿Que quería, hay 890 millones de habitantes?”, me dijo el hombre de la estación de trenes). Si tengo suerte mañana saldré a ese lugar donde vive el Dalai Lama y toda la colonia tibetana que huyó con él.
CARTA 5. CON LOS TIBETANOS EN EL EXILIO (8,152 car)
Hoy aprendí varias cosas. Una de ellas es nunca volver a matar un mosquito.
Estoy en Dharamsala desde hoy por la mañana, lo que es equivalente a decir la capital del gobierno tibetano en el exilio. Estoy junto a la cordillera de los Himalaya y desde la ventana de mi cuarto se ve imponente y cercana la pared de piedra y los picos nevados de las montañas. No dejo de sorprenderme de que siempre que me siento triste y comienzo a reprocharme el haber viajado hasta acá sola, al instante llega alguien a recordarme que mientras haya gente en el mundo uno nunca esta solo y que Alguien me cuida.
Podría poner muchos ejemplos de esto pero mencionaré algunos: no bien había regresado a Delhi, medio triste a refugiarme al hotel y a tratar de llorar un poco por el hecho de estar sola por primera vez en el viaje, cuando llegaron al cuarto dos escocesas muy simpáticas que comenzaron a platicarme de los viajes que han hecho solas y que me invitaron a pasear juntas.
Cuando comenzó a dolerme la garganta por tanto descalzarme para entrar a templos –a veces con pisos mojados, otros de mármol, otros de tierra–, y por la subida a los rickshaws (mototaxis) que no tienen puertas, encontré a la maestra de yoga, igual de enferma que yo, y me regaló unas medicinas que pronto me compusieron.
Estaba ya dudando si irme a Nepal o quedarme en la caótica India, cuando se cruzó Kundal por mi camino, un indio amigo de Beatriz que es agente de viajes y a quien ella considera un hermano. Apenas supo que yo estaba en Delhi y me buscó en mi hotel. En unos minutos arregló lo que no me había sido posible: un boleto para llegar a Dharamsala.
Llegó por mí en su moto, cargó mi equipaje, me ayudó a ordenar mis próximos itinerarios, se encargó de hacer las próximas reservaciones y me dio todos los tips posibles. Fue toda una experiencia subirme a su moto y pasear con él, ¡yo, en moto por Delhi!, cuando en toda mi vida en México me he rehusado a subirme a una por miedo a caerme.
Ahora nosotros estamos en contacto, me pidió que me reporte diariamente para saber como va todo y si puede ayudarme. Yo solo pienso que uno nunca está solo en el mundo y en lo maravilloso que es poder compartir a un amigo, como Beatriz me compartió el suyo sin conocerme, y como Rodolfo me compartió la amistad de Beatriz, y así la cadena se va haciendo más larga.
En el camino de 12 horas a Dharamsala iba sola en el asiento hasta que se acercó un tibetano y comenzó a platicar conmigo. Al principio yo no quería hacerle caso, pero me ganó su plática. Resultó ser un especialista en medicina tibetana que viaja por el mundo para promover esa medicina basada en minerales, capaz de curar –según dijo– hasta el cáncer. Él nació en India hace 30 años y ahí vive en calidad de refugiado, pues tiene la nacionalidad de sus padres y sus costumbres. Siempre ha luchado por la liberación del Tibet, aunque nunca lo ha visto.
Me platicó también de la discriminación que sufre en India –donde tiene que sacar una visa para refugiados anualmente –. Dijo que no era aceptado ni en India ni en Tibet, y que si un día se le ocurre ir al Tibet pueden matarlo o encarcelarlo. Me contó de la invasión china, de que los pocos tibetanos que quedaron no pueden celebrar libremente sus ceremonias religiosas ni tener la foto del Dalai Lama en casa.
Mientras me decía todo eso, yo me dedicaba a matar mosquitos. Estaba eufórica matando a todos los moscos atrapados en el camión que me tenían toda enronchada.
Luego me dijo que sus papás estaban contentos de que trabajara para el Dalai Lama –”Su Santidad”, como lo llama– porque así en su próxima vida le iba a ir mejor. Y, no iba a reencarnar en algo peor como, digamos, ejem, ejem, un mosquito.
Al escucharlo me sonrojé inmediatamente. La situación nos dio mucha risa que nos duró hasta media hora, y yo además pidiéndole perdón por matar moscos. Sonriendo me dijo que cada vez que yo mataba un mosco, él pensaba para sí: “Pobre de esa persona que mató Marcela, va a tener que esperar su otra vida para reencarnar otra vez en otro mosquito hasta morir de muerte natural”.
Entre bromeando y en serio agregó que cuando yo muriera me iban a contar todos los moscos, ratas y cucarachas que había matado para decidir en qué iba a convertirme. Y si mi saldo era negativo seguro reencarnaría en algo peor. Algo así como un animal que esta encadenado en un zoológico. (GULP)
En eso me acordé de mi primera metida de pata en este país de religiones diversas. Fue en el avión de Hong Kong a India, donde iba sentada junto a un joven hindú de la casta de los brahamanes, que puso los pelos de punta cuando llegó la hora de los alimentos y yo pedí carne de vaca. Cuando me contó a media comida que la vaca es sagrada, que es vegetariano (cosa que yo sabía pero había olvidado) y que son sagrados los animales que están representados junto a sus millones de dioses, yo nomás me atragante. También se reía de que yo me apenara tanto, y me dijo que era normal, que respetaban a los no vegetarianos.
Bueno, volviendo a Tsetsen, el tibetano del camión, me invitó hoy a ir a checarme al centro de salud tibetano, donde con sólo tomarme el pulso me dirán que enfermedades tengo. Y ¡gratis!
Llegue a Dharamsala a las 7 de la mañana y en menos de 12 horas ya estoy enamorada del lugar. Es un pequeño pueblo lleno de monjes tibetanos, hindúes montañeses y personas todo el mundo que vienen a aprender budismo. Está en el pico de una montaña. Tiene calles angostas con comercios alrededor. Hay varios edificios como cabañas que son los ministerios del gobierno tibetano en exilio, así que uno va encontrando la Comisión Tibetana de Derechos Humanos (la voz de los sin voz), el ministerio de información y relaciones exteriores, el de salud, el de finanzas…
Me hospedé en un hotel pequeño que es atendido por agradables monjes tibetanos atentos siempre a lo que uno necesita. Me dieron el mejor cuarto, el que tiene tres ventanas para ver las montañas –todo esto por solo… 50 pesos–, e inmediatamente salieron a darme la bienvenida las vecinas de los cuartos contiguos: Eva, una viejita polaca que llegó a curarse de una enfermedad y ya lleva dos años y Christy, una maestra de Yoga de Nueva York que quiere profundizar en budismo.
A las 11 de la mañana ya andaba en el pueblo contiguo donde un sabio monje da clases de budismo a quien se presenta. Él se sienta en unos cojines sobre un templete y los alumnos nos sentamos en el piso. Habla en tibetano mientras una viejita traduce al inglés lo que va diciendo. La clase de hoy fue “como cultivamos el orgullo y el egoísmo” y qué hacer para desactivarlo.
En tono irónico explicaba cómo, buscando ser felices, rechazamos a los demás, que son la fuente de nuestra felicidad. Y hablaba de que ya perdimos mucho tiempo viendo por nosotros mismos, y de los beneficios de darse a los demás.
Al salir de la clase, que estaba llena de gringos y de monjes, conocí a otra amiga de Beatriz. Se llama Goromotso, es una chica que se sienta todo el día junto a las escaleras de la biblioteca donde son las clases a vender momos, una especie de empanada o de panecillo que esta rellena de papa o de espinaca, que vende a menos de medio peso las cuatro piezas.
Tiene 25 años, hace dos dejó Tibet, donde vivía en el campo con su familia, y se vino sola a trabajar. Casi no sabe hablar inglés, y le da miedo equivocarse al hablar, así que cada vez que intentaba decirme algo de pronto se quedaba callada y no seguía, luego se excusaba diciendo que no sabía inglés. Yo trataba de darle ánimo para que siguiera, pero le ganaba la pena a equivocarse.
Así, casi a señas, comenzamos a platicar y quedamos en vernos hoy por la tarde. Hace rato paso por mí, cenamos juntas, caminamos por las calles y vimos una procesión de monjes que llevaban con velas encendidas por los 6 millones de personas que –dicen– murieron durante la ocupación china y por los que han muerto recientemente en busca de la libertad del Tibet.
Goromotso me invitó a cenar mañana en su casa y es en estos momentos cuanto más pienso que uno nunca esta solo, que siempre hay alguien para ser descubierto y que cada persona es una nueva posibilidad de entablar una relación.
CARTA 6. POR LA LIBERACIÓN DEL TIBET
Pasé 3 días en Dharamsala, el pueblo enclavado en junto al Himalaya, donde está instalado el gobierno tibetano en el exilio y, por ende, el Dalai Lama. Hubiera podido pasar toda mi vida tratando de entender y profundizar las enseñanzas de los monjes budistas sobre la compasión, pero creo que me llevaría años, sino es que varias vidas, en practicarlas y yo sólo tengo un mes de vacaciones.
Diariamente, al inicio de la clase los alumnos entonábamos un canto en sánscrito, lleno de sonidos graves y cortos, que hacía vibrar las gargantas y provocaba tanta energía que yo sentía calor en las palmas de la mano.
En la última clase el Lama-maestro habló de la necesidad de despojarte, para dar; de la urgencia de deshacerse de todo y no tener nada extra, porque estorba; de lo difícil que es practicar la compasión con quienes son presumidos (“pues sólo practicamos la compasión con los que sentimos menos, con los que sufren, con los pobres”, decía); de la necesidad de educar a la mente para que siempre busque hacer las cosas que beneficien a los demás.
Dharamsala es un hermoso lugar de familias rotas. De jóvenes solos. De abuelos añorantes. En las paredes se ven pintas y calcomanías con “Free Tibet”, y en algunos árboles la foto de un niño seguido por la leyenda “Missing”, o extraviado. Cuando pregunté cómo se había perdido me dijeron que es el preso político más joven que existe, que el gobierno chino se lo llevó en 1995 cuando tenía seis años, porque en él reencarnó un Lama muy poderoso y hasta el Dalai Lama le tenía veneración. Desde entonces, no se ha sabido nada de él.
Aquí todo mundo añora vivir en el Tibet. Un ejemplo es Chuk-uan, el monje de 39 años que administraba la casa de huéspedes en la que me hospedé, quien a pesar de haber nacido cuando sus padres se refugiaron en India, me hablaba de los palacios de Lhasa (la capital) y me los describía a detalle, como si los hubiera visto alguna vez con sus ojos, aunque los conocía por película y fotos mil veces repasadas. Me decía que a veces hasta soñaba que estaba en Potala Palace. Y que cada vez que sabía que alguien llegaba de Tibet iba a pedirle que le contara más detalles. Me estremeció cuando dijo: “Si no es en esta vida, espero conocer Tibet en la próxima”.
La mayoría de los jóvenes y niños que viven en Dharamsala salieron de Tibet clandestinamente y temen que si regresan los encarcelen por su desacato.
Un día caminé por las montañas (me acompañaron en mi camino unos monos grandes y gordos de pelo blanco que iban saltando de pino en pino) hasta llegar a la punta del cerro, donde hallé un lago y mucho silencio. Encontré una pequeña ciudad de niños refugiados, con cerca de 7 mil. Ellos durante toda su primaria, y quizá en toda su vida, no volverán a ver a sus papás, que se quedaron en Tibet y los mandaron ahí para estudiar. Ya que, según ellos me dijeron, en su país la escuela es muy cara y casi nadie puede pagarla.
Cuando llegué me recibieron varios grupos de niños solos de 4 hasta 14 años. No vi a ningún adulto al principio, pues pocos viven con ellos. Los chiquillos me llevaron de la mano a que viera su comedor, sus cuartos, su escuela, me contaban sobre su vida y como deseaban volver a casa.
El último día de mi estancia en Dharamsala fui con Eva, la viejita polaca que era mi vecina en la casa de huéspedes, a conocer al Kharma-Pa, un Lama de 17 años famosísimo en el mundo budista, que huyó de Tibet hace 3 años y ahora es protegido por la policía india.
Dicen que en el reencarnó un Lama muy poderoso y sabio, y que el mismo Kharama-Pa reconoce que aunque tiene cuerpo joven en él habita una mente anciana . Todos los sábados, en un pueblo cercano, da un mensaje y va mucha gente a escucharlo.
A decir verdad no entendí casi nada de su mensaje y no me parecieron extraordinarias sus enseñanzas, así que me quedé dormida a media sesión. De cualquier manera fue deslumbrante mi primer acercamiento al mundo budista y me llevo de recuerdo del famoso Karma-pa, un cordón rojo que me dio y que me dijeron que por ello está bendito.
Lo más memorable de esta corta estancia fue la despedida. Un día antes habíamos ido varios a despedir a Christy, mi vecina neoyorquina de cuarto, a la estación, y fue muy emocionante. Yo pensaba que a mi nadie me iba a despedir. Pero casi lloro cuando veo que Goromotso y Namchen, un amigo de ella que me paseó en su moto, fueron de su pueblo al mío a ayudarme a cargar todo mi equipaje y a acompañarme hasta que saliera el camión.
Antes de abordar, cada uno me puso una banda blanca en mi cuello, que para los tibetanos es un regalo que trae “buena suerte”.
Y, cuando ya estaba el camión en su curso y ya llevábamos como 40 minutos bajando por el empinado y quebrado camino de terracería, oí que alguien gritaba mi nombre en la carretera. Cuando me asomé por la ventana vi a Tsetsen, el tibetano que promueve la medicina tradicional y que me acompañó en mi camino de ida y que me invito una noche anterior a tomar una cerveza.
Ahí estaba en la carretera, congelándose, me dijo que llevaba como 1 hora esperando a que bajara el camión para decirme adiós y desearme buena suerte. Yo me fui muy contenta, pensando en todo lo que había podido captar en tan pocos días, y en que mi próximo encuentro será con el mundo del hinduismo, porque voy al Río Ganges, el más sagrado para los hindúes.
CARTA 7. MUERTE Y VIDA EN EL GANGES (4, 619, 76 lineas)
Ayer vi mas muertos que los que posiblemente veré a lo largo de mi vida.
Estoy en Varanassi, la ciudad santa donde los hindúes eligen morir y a donde vienen a bañarse para purificarse en el sagrado y contaminado Río Ganges.
A las 5 de la mañana tomé un tour por el Ganges para ver cómo desde el amanecer la gente ya está zambulléndose y recorrimos en grupo varios de los principales templos de la religión hindú. Por la tarde, acompañada de Toni Giulianni, un italiano que es trotamundos profesional pues seis meses trabaja y los otros seis viaja–, fui a caminar por los escalones donde la gente se baña y donde los muertos son incinerados. Quedé impresionada con lo que vi, que espero describirlo con justeza.
A lo largo del gris y contaminado río, hay varias plataformas destinadas a diferentes tipos de gentes. Estan los llamados ‘ghats’ para ancianos, ‘ghats’ para hombres, ‘ghats’ para la gente avecindada en Vanarassi, los ‘ghats’ para foráneos, los ‘gaths’ para hombres santos y brahamanes. Así, infinidad.
Cientos de personas comienzan a despojarse de la ropa cuando llegan a la orilla. Una vez sumergidos comienzan a bañarse, a enjabonarse, a entonar cantos y orar. Antes de ir al río se preparan con algunas oraciones dirigidas por un brahamán y en las orillas hay algunos de los llamados hombres santos –cuerpo cubierto por la ceniza, pelo blanco hecho nudos y cara pintada– gritando y cantando.
Me impresionó que de esa agua gris beben y con esa misma se lavan los dientes y hacen gárgaras. Aunque está contaminada, para ellos es sagrada porque el río Ganges es una manifestacion de sus dioses y brota de los montes Himalaya, otro lugar santo.
A lo largo del río hay dos lugares dedicados a incinerar a los muertos. Uno, activado por corriente eléctrica (casi nunca utilizado); otro, activado con madera.
Desde la calle uno ve a los muertos van llegando anudados sobre los techos de las bicimotos que se estacionan para esperar el turno de que su pasajero sea incinerado. Los cuerpos van sobre una especie de camilla de bambú y envueltos en varias telas doradas con las que los cubren como momias. En un solo día puede haber hasta 300 incineraciones.
Cuando se desocupa algún lugar cercano al río, los familiares varones llevan al muerto a la orilla y lo sumergen varias veces en el caudal, a las mujeres no se les permite participar en la ceremonia. Luego comienzan a rociarle agua por todo el cuerpo. Si los varones se descuidan, la viuda puede arrojarse a la pira funeraria para morir con su marido, como se acostumbraba antiguamente hasta que la legislación lo prohibió.
Entre los cerca de 12 muertos que me tocó ver, me impactó una mujer. Su rostro se veía joven cuando la sumergían al río, tenía en la frente la raya roja que distingue a las mujeres casadas. Era morena y delgadisima. Me impresionó que la cabeza se le iba de lado, no podían mantenerla recta, y le tomaban de la cabeza una y otra vez y se la acomodaban, pero no se sostenía y se ladeaba mientras le echaban agua a la cara.
Mientras preparan la pira funeraria, el primogénito del muerto es rapado completamente por otros hombres que tienen cuchillos afilados y a cada rato le hacen sangrar la nuca. Despues, ponen al muerto sobre la madera encendida y a esperar alrededor de tres horas a que se consuma.
En esa espera ves cómo la envoltura dorada comienza a quemarse y quedan al descubierto las piernas ya negras por el fuego. Esa imagen de las piernas que no terminan de quemarse me impactaron.
Las clases sociales están muy bien definidas en esta ceremonia. Si el muerto es muy pobre y no tiene dinero para pagar, se le quema lejos del río y con madera que tarda en prender y que no consume todo el cuerpo. Si tiene algo de dinero se le acerca más a la corriente sagrada. Si es una persona rica, se le quema en la mera orilla, con madera de sándalo, la mejor para calcinar por completo, y hasta se deja que las vacas (señal de buen augurio) pasten cerca del cuerpo.
La ceniza que queda es aventada al agua. Si el muerto no se achicharró por completo, arrojan los pedazos del cuerpo restante al río, el mismo donde la gente se baña, del que toman agua, del que hacen gárgaras. A veces, se ven cadáveres flotando, de aquellos más pobres que sabiendo que se iban a morir llegaron a morir al río y que simplemente murieron flotando. Sin dinero o familiares que paguen su funeral.
Difícil ha sido digerir lo que vi. Al rato volveré a presenciar esa ceremonia en la que nadie llora, en la que todos saben bien que hacer y cumplen con solemnidad su papel, en la que se nota la devoción y fe de la gente.
CARTA 8. HOTEL CON HOMBRE INCLUIDO (5,779 car)
Hace tres días llegué Varanassi, llegué en tren desde Agra (donde vi el Taj Mahal, ese famoso palacio de mármol con una tumba dentro e inscripciones en las paredes) y creo que hoy me despido de aqui y me voy a Calcuta, ciudad que cambió de nombre y ahora se llama Kolkatta.
En Varanassi di mi brazo a torcer, rehusé a meterme a un hostal y busqué un buen hotel, lejos del centro y de la gente. La verdad es que ya me sentía algo intoxicada de la India y quería descansar. Comenzaron a salirme ronchas mentales al ver de nuevo tanta gente, tanto tráfico, todo mundo tocando el claxon, tantos vendedores pidiéndote que compres, tanta contaminación por ruido. Ahora entiendo eso que dicen algunos: A la India la amas o la odias, pero nunca quedas indiferente.
De pronto uno se siente perdido aquí, donde cada pedazo de tierra, cada banqueta, cada camellón, es disputado por familias enteras que quieren un lugar donde dormir. Donde todo lugar es buen lugar para hacer pipi o escupir. Donde los pordioseros te siguen varias cuadras, te piden que cheques que están mutilados, que te asomes dentro de su boca y veas que no tienen lengua o que veas los dedos que le faltan al leproso o la pierna del niño que tuvo polio, para ver si así te convences y les das una limosna. Donde todos te ven con cara de turista y te insisten a lo largo de varias calles que tomes sus servicios o compres lo que venden.
No pensaba buscar un hotel lejos de la gente y cerca de los turistas, pero lo hice cuando llegué al centro de la ciudad y comencé a inspeccionar un hotel de buena pinta, pero que por alguna razón dudé sobre instalarme o seguir buscando.
Para convencerme, el gerente comenzó a bajar el precio (aquí todo es regateable, todo, y los extranjeros debemos regatear mas. La regla de oro que me enseñó un indio es: “Si regateando consigues que te dejen a menos de la mitad del precio que te dijeron inicialmente, entonces puedes estar seguro que te lo están dando casi casi al precio real”).
Como todavía no estaba muy confiada de las bondades del hotel, para convencerme los empleados comenzaron a enseñarme en el mapa de la ciudad y a señalarme donde estaba la estación de policía y a explicarme qué calles aledañas sí estaban alumbradas.
El colmo, fue que me dijeron que si lo rentaba tendría asegurado un hombre a mi lado, cuidándome, para caminar por las mañanas o las tardes, y todo por cuenta de la casa.
Yo comencé a reirme por lo absurdo de la situación que estaba viviendo. Porque su propuesta era descabellada. “¿Y si salgo a correr a las seis de la mañana va a correr conmigo?”, les pregunté divertida. “Claro que sí”, respondió orgulloso el encargado. “¿Y si salgo a media noche a un bar y no vuelvo hasta la madrugada?”, reviré. “Desde luego”, era su respuesta. “¿Y será gratis?”. “Claro, gratis”.
Su ofrecimiento de tener cuarto con un guardaespalda incluido me convenció de que ese barrio no era seguro y me alentó a irme a las afueras de la ciudad y tomar tours para ir en grupo a todos lados o al menos ir acompañada.
Así fue como ayer conoci aquí en el hotel al italiano Toni Giuliani, el amigo con el que conocí las escaleras donde se sumergen los hindúes para bañarse en el río sagrado. Estuvimos acompañados por un matrimonio holandés. otros cuatro italianos y Thipati –el guía indio que tenía una entonación especial, como de cuentacuentos de terror, durante sus solemnes explicaciones–. Con todos ellos fui a recorrer de madrugada el Ganges y nos la pasamos divertidísimos porque los italianos no dejaban de hacer fiesta de todo y de festejar las actuaciones y gesticulaciones de Thipati para llamar nuestra atención.
Más tarde, ya con Toni –periodista seis meses al año, los seis meses que trabaja y que no está viajando– fui a caminar por las calles para ver por tierra lo que no pudimos ver por río. Fue ahí donde me encontré con el corazón de la religión hinduista, con el rito de la muerte en el sagrado río Ganges, que me dejó inquietísima.
Desde que ví a los cadáveres calcinándose y los restos flotar en el río, no quise volver a asomarme en ese lugar. Fue hasta el último día cuando pude reconciliarme con Varanassi.
Caminé por la tarde por el río hasta que cayó el atardecer. A las seis de la tarde, a la orilla del caudal, la gente se reúne y lanza al agua sus ofrendas (enorme hojas dobladas como barquitos de papel que llevan dentro pétalos de flores y veladoras), para pedir la bendición de Dios.
Lo hacen cantando y en medio de una ceremonia con ritos solemnisímos. Mientras se mete el sol, terminada la ceremonia, se bañan, conviven, queman incienso, oran unidos. Yo, por supuesto, puse mis ofrendas que el río se llevó y se perdieron entre un enjambre de luces que iban navegando solas, se perdían de vista en el infinito hasta que el río se las tragaba.
Estuve acompañada de tres niños callejeros que llegaron para ver la ceremonia y después me ofrecieron que me casara con el hermano de uno de ellos. Como ya aprendí los trucos para zafarme de los compromisos matrimoniales, les dije que era casada y les señalé a un turista que estaba cerca inventando que era mi esposo.
Cuando descubrieron que no era, comenzaron a buscarme entre sus conocidos a un esposo. A mí me divierte mucho que la gente no comprende que una no está casada, y cuando se entera no tarda en ofrecerme pareja para tener una boda.
Entrada la noche, inspirada por los cantos rituales, me subí a una barca para recorrer de nuevo el río y despedirme de él. En ese momento, a oscuras, me daban ganas de zambullirme como los demás, de echarme agua en la cabeza, de compartir con ellos su sentimiento de estar encima de agua bendita, de estar en los brazos de la madre que bendice. Pero confieso que me contuve al recordar que los cadáveres andan flotando por ahí.
CARTA 9. Días en Calcuta (6.014 car. 80 líneas)
Por la madrugada tomé un tren de 13 horas hacia Calcuta, y estuve todo el tiempo pegada a la ventana, viendo el paisaje de afuera e imaginando las historias de la gente que veía en el camino.
En cada estación vi gente que vivía en el anden y que estaba tirada en el piso, como si no esperara nada. En Varanassi vi como las ratas pasaban por encima de una viejita que dormía en el piso de la estación, al lado de donde yo esperaba sentada. La anciana se despertó, se espantó las ratas y se sentó a ver pasar los trenes. No tenia nada para comer y no sé en cuantos días no había comido.
Llegué a Calcuta a las 5 de la tarde, cuando ya había oscurecido. A mí, acostumbrada al Distrito Federal, me espantó este monstruo de ciudad, gris, sucia, llena de ruido, de esmog, de tráfico, de gente, de limosneros, de ratas, de basura, de vendedores.
Pagupe un taxi en el aeropuerto, y a medio camino, en un embotellamiento, se subió un hombre al taxi y se sentó al lado del chofer. Esa vez ya ni me espanté, ya me había acostumbrado a esas rarezas.
La primera vez que vi que un tipo se subió a mi taxi pegué un brinco, espantada, pensando que iban a asaltarme como en a ciudad de México; del brinco que di espanté al hombre que se subió. Entonces me enteré que se suben para platicar con el chofer, para acompañarlo, o simplemente le piden aventón a algún lugar, y el taxi pagado por ti se va llenando de gente.
Llegué a una casa de huéspedes donde dormí en un cuarto compartido con tres chicas. Salí a buscar por los alrededores algo para comer, pero no me animé a probar nada. Hay días que sobrevivo a base de cacahuates, plátanos y mandarinas.
En Varanassi me había comprado un sari rojo para camuflajearme y parecer india, y evitar las persecuciones visuales, pero mi estrategia no dio resultado en Calcuta, porque todo mundo que me veía pasar me gritaba: “Hellou, mademoiselle…” Después supe que el sari que compré es de otra zona y la gente inmediatamente nota que no eres local. Lo chistoso es que aquí mucha gente me ha preguntado si soy israelí o iraní. Aquí nadie piensa que soy india.
Calcuta es el punto final de mi viaje, pero también mi puerto de llegada y un referente importante en mi vida. A pesar de que estoy en la ciudad más fea de todo el viaje, aquí es donde he sido mas feliz. Aquí di un giro a mi viaje. Ahora mi día comienza a las 5 de la mañana, cuando me levanto para lavarme la cara, ponerme algo encima y comenzar a caminar hacia la llamada “Mother House”, la casa de la Madre Teresa.
Cuando el sol recién sale estoy caminando a través de un barrio musulmán que a esas horas comienza a despertarse.
En el camino veo a algunos mendigos que se están desesperazando y a esa hora no piden dinero, sólo saludan sonrientes cuando te ven pasar de largo; señoras haciendo fila para sacar agua de las llaves callejeras; los rickshaws platicando alrededor de cafeteras donde les venden té negro con leche.
Me sorprendí de ver que los verdaderos rickshaws, los hombres-caballo que con su cuerpo jalan el carro donde llevan a los turistas, todavía existen. Yo pensaba que ese medio de transporte ya había cambiado, que ya todos llevaban bicicletas. Pero, no. En Calcuta los ves por lados ves, flaquitos todos, desnutridos muchos, jalando la especie de carroza donde llevan a uno o dos pasajeros, tratando de mantener el equilibrio, sacando el pecho para que no se los lleve el peso, sudando a chorros, cansados, jadeando, dejando pedazos de pulmón en cada escupitajo, siguiendo a como de lugar.
Trabajo en las casas de las misioneras, acompañada de decenas de personas, católicos y no católicos, que vienen de todo el mundo a ayudar en las leproserías, las casas para moribundos, los orferinatos, los dispensarios, los suburbios, los hospitales o los psiquiátricos que tienen las misioneras de la Madre Teresa. Chistoso.
Aunque Calcuta es una ciudad horrible quien pasa por aquí invariablemente se queda a ayudar en algo, aunque no lo haya planeado al comenzar el viaje, aunque el viaje sea de placer.
De mi trabajo platicaré en la siguiente carta. Sólo me resta platicarles que en la calle de la casa de huéspedes donde vivo esta llena de “voluntarios” que trabajan en las casas de la Madre Teresa, o en suburbios perdidos dando clases, o en dispensarios médicos independientes. Entonces, uno nunca esta solo. Siempre hay con quien comer, con quien platicar, con quien ir al cine, alguien nuevo a quién conocer.
Puedes empezar el día sola, sin conocer a nadie, y terminar cenando con seis amigos que conociste durante el día, como me ocurrió el viernes.
El dormitorio en el que vivo por esta semana lo comparto con cinco mujeres. Una es una enfermera gringa de unos 40 años que toca la guitarra por las tardes y siempre tiene una sonrisa y un chiste en la boca. Ella trabaja en un dispensario y ahorita mismo está atendiendo a una señora que vive en la banqueta de nuestro hostal y que contrajo malaria.
En la otra cama duerme una francesa de unos 40 años también, que cuando quiere va a ayudar a una casa para niños enfermos, y cuando no se va de parranda por ahí, de disco en disco con amigos, y no llega a dormir. En Francia es secretaria.
Hay una muchacha alemana con argollas en la nariz y en los labios, como de mi edad, que es trabajadora social y está buscando algún proyecto en el cual involucrarse.
Al fondo duerme una viejita irlandesa que es burócrata en su país y cada que reúne dinero pide vacaciones y vuelve a regresar a Calcuta para ayudar a las monjas en diferentes cosas. Ella sí que parece monja, siempre seria, con una sonrisa discreta, dispuesta ayudar.
Por ahora está una coreana que hoy regresa a su país. A mi llegada fui recibida con la apertura de dos botellas de cerveza, introducidas clandestinamente al cuarto, con las que brindamos, compartimos cigarrillos y una buena charla nocturna donde hablamos de todo y de nada.
Bueno, me voy. Quedé de verme con una amiga chilena para ir a comer. Los invito, si quieren tomar un avión pueden alcanzarnos, sino va en su honor. ¡Salud!
CARTA 10. Trabajando con niños de basureros (5,064 car.)
Hola. Sigo viva. Hasta el momento no me ha picado un mosco con malaria ni me ha mordido un chango rabioso. Todo va perfecto, en Calcuta estoy muy ocupada viviendo por una semana mi otra vida posible, aquella que finalmente no elegí, y cada jornada termino agotada.
Aquí mi día empieza a las 5 de la mañana, cuando Calcuta apenas despierta. Media hora después estoy caminando hacia la famosa “Mother House”, la casa de Madre Teresa, para escuchar misa a las 6. En la misa nos acompaña una monja que siempre está descalza, sentada en el piso, encogida, mirando hacia abajo rezando, con su inseparable rosario en la mano. Es la Madre Teresa, o mejor dicho, una escultura de ella tan real que a veces creo que respira y que acaricia su rosario como lo hacía en vida. Está sentada en la misma posición, de la misma manera, en el mismo extremo de la capilla como cuando la ví en Roma.
Su tumba está en el primer piso del edificio. Es blanca, austera, plana y sin adornos, únicamente tiene una inscripción que dice: Ama a los otros como yo te he amado. Como a la Madre le hubiera gustado.
Después de misa todos los voluntarios tomamos un desayuno que consiste en plátanos miniatura, un pedazo de pan y un té negro con leche. Ahí platicamos todos los que vamos a “voluntariar” ese día (somos de 30 a 50 en el desayuno, aunque la mayoría no pasa a desayunar y desde sus hoteles se van directamente al lugar donde les tocó trabajar).
Por las mañanas trabajo en un lugar emblemático: Shishu Bavan, la casa que fundó Madre Teresa el día que recogió de la basura a un niño recién nacido que encontró envuelto en un pedazo de periódico. Es un orfelinato y casa de adopción, y yo colaboro en el áre de niños discapacitados, ésos que nadie quiere adoptar.
Shishu Bavan está lleno de pequeños huéspedes, algunos de ellos recogidos de la basura porque en esta sociedad las madres solteras son condenadas duramente y excluídas de toda amistad. Otros fueron abandonados en la calle cuando el hambre apretaba y no había qué darles para comer.
Aquí siempre hay trabajo. Ya sea barrer, trapear, lavar ropa, cambiar pañales, limpiar mocos, dar papilla, desinfectar ropa, repartir medicinas, bañar niños, averiguar porque están llorando, tranquilizarlos, acostarlos…
Me dedico principalmente a lavar ropa, a tratar de calmar a los niños que lloran, a dar masajes a quienes tiene problemas musculares o a ayudar a quienes tienen alguna dificultad. Algunos me estrujan, como un niño que lloraba y lloraba desesperado y nadie podía calmarlo. Decidí sacarlo de la cuna y dejarlo un momento a que gateara, para descubrir qué quería y él fue gateando lejos hasta que recogió del piso una galleta que desde su cuna veía. Nomás se la metió en la boca y dejó de llorar.
Hay otro que siempre ve hacia la calle. Eso es lo único que hace. No juega, sólo mira hacia afuera y se aferra a los barrotes de la ventana. Sólo así deja de llorar. Junto a él me pregunto si estará buscando a sus papás o si recordara algo de su vida en la calle.
En Shishu Bavan trabajan unas mujeres indias que son descuidadas con los niños y les gritan mucho. Sólo dos de ellas son amorosas, dos que se criaron aquí y tienen mi edad. Cuando las veo pienso que cuando yo estaba en casita y tenía todas las atenciones, la Madre Teresa las recogía de un basurero.
El primer día que llegue conocí a Dafne, una chilena de mi edad, que es judía y decidió poner una pausa a su viaje de un año por Asia para ayudar aquí, como hacen muchos que he encontrado.
Ella desde el principio me dijo: “Mira, Marcela, si vos querés puedes hacer limpieza, pero eso lo pueden hacer las mujeres que trabajan aquí. Lo que los niños necesitan, que vos podes hacer y que ellas no hacen, es besarlos, abrazarlos, acariciarlos”.
Desde ese día, Dafne y yo somos cómplices en ese estilo de trabajo que tanto molesta a la monja que está a cargo de esta casa y que nos regaña por sacar a los niños de la cuna para mecerlos o por dedicar mucho tiempo a untarles crema en la piel y hacerles masaje o hasta por cargarlos. (Es terrible, ella no quiere que nadie toque ni a los recién nacidos que mas necesitan sentir los brazos y el calor de alguien).
Hay unos 10 niños que están siempre en cama, pues tienen tales deformaciones que no pueden moverse ni hacer nada sin ayuda. Unos de esos son adolescentes o adultos que han pasado toda su vida en este orfanato del que no van a salir. Al fondo de la sala están los recién nacidos y una treintena mas de niños que tiene algún tipo de discapacidad, ya sea que le falte una pierna, tenga problemas mentales o no pueda ver, andan de arriba para abajo todo el día.
Historias hay muchas. La que más me impresiona es la de Putti, una nena de 3 años que parece de 6 meses. Cuando la trajeron de la calle estaba tan desnutrida que no podía comer, todo lo vomitaba al grado de que tenia llagada la piel alrededor del labio. No tiene pelo. Es un esqueletito, casi sin músculo y con la piel maltratada, el rostro de anciano y el cráneo medio inflamado.
Ella es la “niña de Dafne”. Diariamente, Dafne la cuida, le platica, le canta, la acaricia, y Putti ya ha comenzado a comer, a ganar unos kilitos –pocos, supongo, porque todavía se ve flaquitita—y a veces hace una mueca que parece sonrisa, aunque todavía conserva esa mirada de terror.
CARTA 11. UN LUGAR PARA BIEN MORIR (5,666 car.)
Por las tardes, en Calcutta trabajo en un lugar conocido por todos como Kalighat, aunque no se llama así. A ese lugar lo conocí primero por un libro que contaba la siguiente historia: Un día caminaba una monja por la calle en tiempos bajo la lluvia. Todo estaba inundado por el monzón. Caminando tropezó con un bulto en el piso. Al fijarse se dio cuenta que ese bulto era una anciana que moría ahogada. Le tomó el pulso; todavía estaba viva. La cargó como pudo y la llevó al hospital más cercano. La depositó en una camilla, pero una enfermera le gritó que se la llevara, que ahí no podían atenderla porque no tenía dinero para pagar. Cuando la cargaba hacia otro hospital, la mujer expiró. Al día siguiente, la monja fue a quejarse a las autoridades locales y les dijo que en Calcuta hasta un perro muere mejor atendido que una persona.
Esa semana la Madre Teresa fundo su primera casa: Khaligat, el lugar para los moribundos. Ubicada exactamente enseguida del templo de la diosa Kalhi, a un lado de un brazo del río Ganges, que los hindúes escogen para ir a morir (eso le generó problemas a la Madre Teresa, un día los vecinos la quisieron apedrear por establecerse ahí).
A Kalighat son traídos diariamente los ancianos que agonizan en las calles, afuera de los templos o en la estación de tren. Cuando estos ancianos se convierten en una carga para la familia, generalmente sus parientes toman un tren a Calcuta y en la estación los botan.
Los huéspedes de Kalighat son mayoritariamente ancianos, pocos son jóvenes. La mayoría muere de tuberculosis. Son tan flacos, con la piel como pellejo restirada sobre el hueso, que recuerdan a los sobrevivientes de los campos de concentración. Unos de ellos apenas se mueven. Y si tienen la fortuna de sobrevivir gracias a los cuidados, las medicinas y los alimentos que ahí se les dan, tienen que volver a la calle a mendigar, pues no pueden quedarse a vivir en ese lugar.
Para algunos este lugar es insoportable y patético este lugar (Madre Teresa decía que quería que todo el que llegara a Khaligat supiera, aunque fuera antes de morir, que alguien lo había amado alguna vez), y salen asustados de lo que ven.
Otros sentimos que aquí se respira solidaridad y esperanza, a pesar de que cada dos o tres días alguien muere. Entre los propios enfermos y los voluntarios no faltan detalles de solidaridad que te sacan lágrimas (como ver a los enfermos mas jóvenes acariciar por horas a los viejos).
Este lugar toca a cualquiera, a nadie deja indiferente y causa polémica. Ayer, por ejemplo, la ambulancia llevó a un joven desnutrido y con el cuerpo lleno de heridas con pus y larvas dentro, y sin algunos trozos de carne que habían sido mordidos por las ratas. Por la noche, escuché a un voluntario quejarse porque les daban demasiada comida a esos moribundos que estaban a acostumbrados a comer basura.
Hay momentos terribles, en los que no encuentro fuerzas para acercarme a ayudar a las enfermas. En esos momentos trato de reconocerme en ellas y a veces me cuesta mucho trabajo. Generalmente están escondidas debajo de su sábana, pero cuando me acerco sacan algunos dedos, y cuando empiezo a acariciárselos sacan la mano, poco después el brazo, luego la cabeza… Algunas de ellas lloran, una de ellas, la más enferma que está en puros huesos, comienza tararear una canción que me parece lúgubre. Yo trato de pensar qué habrán sufrido y vivido para haber llegado a ese estado, para haber sido abandonadas, para llorar de ese modo y estremecerse si alguien les toca la piel, para besarte las manos en agradecimiento porque las tocaste.
Este lugar toca a todos. Jendrew, un amigo polaco-neozelandés, me contó el otro día que el doctor avisó un enfermo de tuberculosis de la sección de hombres que moriría esa noche. Así que Jendrew se sentó junto a su cama, estuvo con él las tres horas que nos permiten ayudar ahí, cantándole, acariciando su mano, dándole agua, y rezando por él y llorando juntos.
Al final del día me dijo que junto a ese desconocido había aprendido la lección más importante de su vida que era no preocuparse por el futuro sino vivir el presente, ya que él toda su vida ha estado preocupado por lo que vendrá. Tras esa experiencia, Jendrew decidió irse a vivir a Calcuta unos años y abandonar la carrera.
No todos los momentos en Kalighat son tristes, también hay momentos felices que puede ser provocado por reunirte alrededor de una tinaja, lavando ropa sucia, con un jubilado italiano rico que dejó todo para ayudar aquí (cuando le pregunte por que había venido me respondió con una enorme carcajada: “¿Por qué más? Porque creo en Dios”), un anciano desempleado japonés que no tiene oportunidad de conseguir trabajo en su país y decidió gastar sus últimos ahorros aquí, una francesa universitaria que andaba de vacaciones, un joven asiático de un país del que nunca había oído hablar y un músico español que vino a drogarse un poco a esta ciudad y acabo ayudando.
En Kalighat hice a mis mejores amigos que tuve en Calcuta: Jendrew, el polaco, y Soma, una chica inglesa de padres bengalíes que comenzó en Calcuta su viaje de 6 meses por India y de camino al templo de Kali vio la casa de la Madre Teresa, se metió y al ver a los enfermos pidió un mandil para ayudar, y ahora esta pensando en quedarse un mes por acá.
Me despido, me tengo que ir a mi cena de despedida que me prepararon varios amigos en el techo de su hotel. Mañana salgo rumbo a Delhi y ahora mismo es la fiesta del Ramadán y los musulmanes han cerrado todos sus negocios, visten sus mejores galas, salen a la calle, rezan juntos y tienen fiesta. El tráfico se paraliza, y por los altavoces solo se oye la voz aguda de alguien que reza.
12. NO HAY VISA PARA PERIODISTAS (6,874 car.)
Por poco y no la libro, pero finalmente Lo logré. Estoy en Hong Kong, pasé aquí una noche, y en dos horas ya estaré en el aeropuerto para tomar mi próximo avión. Estuve a un pelo de quedarme por lo menos una semana más en la India porque cometí un error terrible, de principiante, que casi me cuesta mi vuelo de regreso.
Y es que yo había elegido Bangladesh como mi lugar de salida hacia México. Así que una semana antes de la fecha de salida fui al consulado de Bangladesh en Calcuta, para sacar mi visa. Todo iba bien, hice fila, me dieron el formulario, lo contesté mecánicamente, sin pensar mucho, y cuando lo entregué, me di cuenta que había cometido un errorsote, y recé para que no lo vieran, pero… lo vieron.
¡En el espacio donde tienes que escribir tu profesión, puse que era periodista! Acto seguido: me aventaron mi pasaporte, mis fotos y la aplicación y me gritaron: Los periodistas no entran a Bangladesh.
Pedí hablar con el cónsul y me tuvieron horas esperando en un cuarto con otras personas. El hombre de las aplicaciones pasaba y se burlaba de mí. Luego me empezó a decir algo, y como le pedí que hablara mas despacio porque no entendía nada, me dejó con la palabra en la boca y se fue carcajeándose. Luego me pasaron el teléfono para que hablara con un hombre que me dijo que sin carta de la cancillería mexicana dirigida al ministerio de relaciones exteriores de Bangladesh, no iba a poder entrar.
Les expliqué que sólo quería ir al aeropuerto a tomar el avión, le leí mi boleto, le dije que iba a estar pocas horas, que era periodistas de una revista que se dedica a promover el turismo y que si Bangladesh me gustaba escribiría algo bueno. Le supliqué que me dejara pisar su país y su reacción fue colgar el teléfono.
Horas después, un empleado se desesperó de que yo seguía ahí y le dijo a un alto funcionario que me atendiera. No supe si seria el cónsul, pero estaba rodeado de guaruras. Cuando le empecé a explicar mi problema y traté de acercarme para enseñalarle que ya tenia el boleto de avión comprado para salir de Dacca y que de ahí salia a Hong Kong me gritó que no me le acercara, que no me quería tener cerca, que no iba a entrar nunca y remato con un: “No visa for journalists”.
En ese momento me di la vuelta. Odié a todas las culturas machistas por unos minutos. Odié también a Bangladesh. Nomás me di la vuelta y se me salieron las lágrimas, me fui llorando por la calle con bastante sentimiento, me sentía humillada, discriminada, agredida. Pensaba en lo que significa que tu labor sea usar la pluma y el miedo que le tienen a eso. Sentía en carne propia lo que viven aquellos que por su religión, sexo, clase social o color son discriminados, y les niegan los accesos.
Cristóbal, un amigo español que conocí en Calcuta me dijo que si me hubiera acompañado a un hombre posiblemente si hubiera obtenido la visa, porque seguramente les molestó que una mujer hablara con ellos. Y Rafael, un mexicano que desde hace dos años recorre Asia y que conocí en Calcuta, me dijo que solo me hubieran hecho caso si hubiera llevado a un montón de hombres, porque cuando les echas montón, te atienden.
Cuando llegué a la casa de huéspedes y les conté a mis amigas de cuarto lo que me pasaba, se me llenaban los ojos de lágrimas y se me cortaba la voz. Todas trataron de ayudarme, conectándome con amigos que han viajado a Bangladesh, pensando nuevas opciones, haciendo llamadas telefónicas. Se portaron re bien.
Cuando vieron que nada resultaba, Kim, la enfermera gringa me dijo: “¿De que te preocupas, te quedas aquí y cual es el problema?”. Agregó que para que no me sintiera triste me iban a ampliar la foto del horrible actor hindú que pegué sobre mi cama (rodeado de una corona de flores, símbolo de veneración) y que bromeando les dije que era mi novio.
Por la noche me enteré que fui una víctima del post 11 de septiembre, pues había un rumor de que las bases de Al-Qaeda operaban libremente desde Bangladesh. Por eso el “no visa para periodistas”. Pero, yo no lo sabía. Los periódicos que leí en la India traen puras notas rosas, y de pronto en algunos recuadros, uno encuentra notas de 2 párrafos que debían de ser primera plana pero aquí no lo son.
Con noticias como que pusieron una bomba en un Mc Donald en India y que murieron unas 50 personas, u otra que leí antes de irme acerca de una turba furiosa porque un camionero atropelló a alguien en la calle, roció de alcohol el camión y le prendió fuego con todo y los 50 pasajeros que llevaba dentro.
Por varios días estuve tratando de buscar nuevas opciones. Hice una lista de tácticas a seguir, que iban desde subirme al avión sin visa y ver que pasaba hasta irme por tierra pagando mordidas hasta pedirle el milagro a la Madre Teresa. Todo cabía en mi lista, hasta pagarle a unos pordioseros para ir de nuevo al consulado para que le echaran montón al cónsul y que me dieran la visa (esta ultima la deseche cuando pensé que podía propiciar una masacre, ya que el consulado esta militarizado, entre la gente que aplica para las visas hay policías infiltrados –uno de ellos me contó que era infiltrado– y las ventanas están selladas con ladrillos por si las dudas.
Un día decidí ir a la frontera a pedir mi visa. Cuando le platiqué a Rodolfo, mi amigo periodista mexicano, no le pareció muy buena la idea, pero no había muchas opciones. Lo mejor de todo fue que Jendrew, mi amigo polaco-neozelandés, se ofreció a acompañarme a la frontera hasta cerciorarse de que tuviera la visa, por si me negaban la entrada. Su gesto me conmovió muchísimo.
Pero, para mi mala suerte o quizá buena suerte, todo ese fin de semana fue de puente en Bangladesh por la fiesta del Ramadán, y todos los musulmanes dejan de trabajar. Luego, en la línea aérea me dijeron que no había cupo para volar de Delhi a Hong Kong. Y todo se empezó a enredar. Yo ya me imaginaba pasando la Navidad en India, hasta que providencialmente, una de las tantas veces que fui a la aerolínea, salió de una oficina una señora, que escuchó mi problema y les dijo a los empleados que pusieran una clave e hicieran una llamada… y en un minuto me encontró espacio en el vuelo. La solución me salió más barata que la visa y el pasaje a Bangladesh.
Así que ya estoy aquí, en la ciudad de los rascacielos y los aparatos electrónicos, en medio del derroche y del lujo (hasta hay escaleras eléctricas por las calles empinadas para que no tengas que caminar). Sonriendo todavía con la despedida que me hicieron mis amigos de Calcuta, donde recibí uno de los mejores regalos que me han dado: el cascabel de un hombre-caballo, un rickshaw, el mismo que usan todos para llamar la atención y buscar pasajeros y ofrecer sus servicios.
Me lo dio Jendrew de despedida sin saber que yo estaba en Calcuta posiblemente a raíz de que leí la historia de ese campesino que para no morirse de hambre se fue a Calcuta y se convirtió en rickshaw.