Periodista Social

Archivo de Junio 2006

El Salvador, Cuando los hijos vuelven a casa

In General on Junio 20, 2006 at 2:43 pm

El Salvador: CUando los hijos vuelven a casa después de la guerra
Por Marcela Turati

El ciudadano francés Emilien Maudet, de 24 años, estaba de vacaciones en El Salvador cuando le vino a la mente un recuerdo que lo dejó abatido.
“Comencé a tener una regresión, a vivir el pasado. Vi una luz como de una cámara de foto y que yo estaba chico tomando agua y comiendo tomates salvajes en el campo”, narra el joven moreno con rasgos indígenas, con un español al que le falta vocabulario.
Aunque desde los 10 años salió de El Salvador para vivir en Francia con una familia adoptiva, fue hasta los 24, y de vuelta a su tierra natal, cuando recordó cómo fue que se separó de sus padres.
“Cuando me detuve ellos siguieron, estaban en el monte huyendo con mis hermanitos Dimas y Toño. No se dieron cuenta que me quedé, después supe que fue porque mi papá pensaba que mi tío me llevaba de la mano”, dice el joven de cara alargada, pelo negro crespo y ojos tristes.
Lo que siguió al extravío sí la recuerda bien.
“Pasé una semana perdido en la naturaleza, durmiendo en la cueva de un cusuco. Tenía cinco años, estaba lloviendo bastante. No quería demostrarme porque tenía miedo que me maten los militares. Salí porque me estaba muriendo de hambre. Cuando los militares me encontraron me puse a llorar de miedo que me fueran a matar porque eran contrarios a mis papás. Un soldado me dijo que no tuviera miedo, me dio comida, cama, ropa, me curó, como un papá. Estuve un mes con ellos viviendo”.
De ahí en delante su infancia estuvo marcada por las separaciones. Cuando se había encariñado lo pasaron a otro cuartel, luego a un hospital, después a otro, terminó en un orferinato donde lo golpeaban. En 1985 una pareja francesa lo adoptó y tuvo que volver a adaptarse, pero lejos de su país.
“Mi mamá se llamaba Bernardette, me dijo que no me quitaba de mi país, que no me robaba, que sólo iba a seguir la educación que me habían dado mis padres, que nunca les iba a faltar al respeto por la educación que me iba a dar”, dice lento, deteniéndose en cada palabra.
Cuando tenía 24 años Bernardette lo alentó para que regresara a reencontrarse con su país. En ese viaje tuvo el repetitivo sueño del flashazo al que le seguía una escena en la que se encontraba con su papá y su mamá. Regresó a Francia triste y con los recuerdos removidos.
Pero a veces los milagros ocurren. No a diario, pero ocurren. En El Salvador suceden desde hace 12 años, y Emilien fue uno de los favorecidos.
En 1998, en otra visita a su país de origen, contó a una señora su historia y esta a su vez la relató a una asociación llamada Pro-Búsqueda, dedicada a buscar a niños desaparecidos durante la guerra reciente.
Ellos contactaron al joven y tomaron su testimonio plagado de datos inexactos que había almacenado en su cabeza de niño confundido. Pensaba que se llamaba Emiliano Martínez Martínez, y resultó que su verdadero apellido era Valladares Martínez. Erró su lugar de procedencia. Sólo sabía el dato que cualquier chiquito conoce con exactitud: “Mi papá se llamaba Domingo y mi mamá María”. Esa era la clave.
De regreso en Francia recibió una carta que le sacó lágrimas de emoción: habían dado con María.
“En el 99 vine a conocer a mi mamá. Cuando la vi fue alegría y también tristeza de ver a mi familia en la pobreza, porque antes teníamos tierras pero ahora mi mamá vende en el mercado y a mi papá lo mataron los guerrilleros.
“Cuando nos vimos ella me dijo que sabía que yo vivía, que siempre le pedía a Dios que me guardara. Yo le dije que siempre soñaba de un día encontrarlos.
Se siente bien bonito tener familia, uno ya no se siente solo, se recupera de las malos momentos, se siente fuerte”. Lo dice con una sonrisa, Emilio, como ahora se presenta.

USTED ES JOSE, NO ES MIKE
En una pared de un edificio de San Salvador hay una galería de fotos de jóvenes que se perdieron cuando niños y fueron localizados ya adultos. En esta se encuentra un tal Emilien Maudet o Emilio Valladares Martínez, abrazado a María.
En otro espacio está el joven estadounidense Michael Paradise o José Melvin Rivera (su nombre salvadoreño) y su madre biológica; la italiana Marta Isabel Jacopino o Villatorio, si se le llama por su apellido salvadoreño, y sus padres; la belga Magaly Thomas o María Marlén Oliva; la francesa Delmy Thorain o Delmy Cristina Moranda Fajardo; el estadounidense Mike Kennedy o José Fredi Avelar.
Es la oficina de la Asociación Pro-Búsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos que desde 1994 se dedica a buscar los extraviados de la guerra que duró de 1980 a 1992.
La pared da cuenta de los milagros inducidos: jóvenes que se creían solos en el mundo descubrieron que tenían papás, hermanos, abuelos que siempre lo esperaron; chicos con recurrentes pesadillas que descubrieron que esos sueños eran pedazos de una dolorosa realidad enterrada en su memoria; padres que encontraron a sus hijos después de 8, 10, 12 años de separación y sentimientos de culpa.
En el cuarto de la entrada espera Marta, una mujer sin dientes, de pelos blancos largos, rapada del cráneo y sin dientes. Lleva un mandil sobre la falda negra. No sabe hablar bien. De todo lo que dice lo único que se le entiende es que su hijo fue encontrado en Estados Unidos y no ha podido verlo. Ella está aquí para recibir terapia psicológica.
Pro-Búsqueda es dirigida por el sacerdote jesuita Jon Cortina, y no cuenta con ayuda gubernamental. En sus 10 años de existencia ha recibido 703 solicitudes de búsqueda de niños perdidos.
Ya logró que 154 jóvenes se reencontraran con sus familias; en otros 77 casos descubrió el paradero de los extraviados pero aún no ha podido unir a las familias y confirmó que 36 más murieron. Todavía tienen pendientes 436 sin resolver.
Las cifras las aporta Sandra Lovo, la coordinadora general de la asociación, una joven de 33 años que desde hace seis se acercó a la organizacion con esperanza de encontrar a su hermanito desaparecido en Guatemala durante la captura de su mamá. Aún no tiene suerte.
“Los niños (encontrados) crecieron en diferentes circunstancias: algunos en orfanatorios, otros viviendo con familias que los adoptaron directamente o fueron recogidos por familias de militares o allegados al ejército o por familias que no estaban vinculados a la guerra”, explica.
Alrededor del 60 por ciento de los localizados estaban en El Salvador.
Explica que unos desaparecieron durante los grandes operativos militares donde fueron robados; otros sobrevivieron a masacres; unos se extraviaron durante la huida de su familia; los hijos de guerrilleros cuando los trasladaban a casas de seguridad separados de sus papás y algunos pocos fueron reclutados para la guerra.
“A algunos se los arrancaron a las madres de sus brazos a punta de fusil; otros niños, en el fragor de un operativo militar y una operación de ‘tierra arrasada’ quedaban perdidos y se los llevaba el Ejército; hay niños que fueron encontrados debajo de los cadáveres de sus familiares muertos”, explica el padre Cortina.
Maida Ramos fue una de las madres que no extravió a su bebé, sino que los militares se lo arrancaron de los brazos y se lo llevaron. Ella tenía 16 años, Nelson Aníbal seis meses.
“Era en 82, estaba la guerra. Con mucha gente íbamos huyendo de los bombardeos y el Ejército, yo con él en los brazos, cuando me agarró un soldado y me lo quitó. Yo lloraba y lloraba cuando vi que un helicóptero se echó varios viajes con niños, se llevaron como 55. Ellos asistieron a una señora que dio a luz ahí y contentos de que salió varón se lo llevaron.
“Me dijeron que no llorara que esos niños iban a servir al gobierno porque si nos los dejaban iban a servir de guerrilleros”, narra la mujer de 39 años, sentada en una frágil silla de plástico, en el portal de su casa del poblado Los Ranchos, en Chalatenango, de la que entran y salen sus hijos de 16, 13, 8, y 5 años, que nacieron después.
A León Duvón, de Guarjila -pueblo contiguo al de Maida- le cuesta explicar cómo se perdió Andrea, la de siete años, la que apenas se recuperaba de la operación que tuvo después de que una bomba le arrancó el brazo y la dejó ‘cutilla’ (manca).
“Teníamos cuatro días de gira, éramos bastante gente, los heliquépteros aventando tropas donde ibamos a pasar. El (río) Sumpal estaba hondo, yo llevaba a la Carmen y a la cutilla en el hombro, como la bichita no tenía mano ya la iba a llevar el río, ya no iba aguantando.
“La fuerza armada iba disparando, los enfermos ahí murieron bastante, las personas caían, los caballos, fue masacre. Donde pasamos de un cerro a otro empezaron a tirar tropa por aigre y tierra. Todos corrían, ella no pudo. Cuando se quedó, se quedó. Ni como regresar si las tropas andaban siguiendo, yo trataba de disimular porque cuatro (hijos) más teníamos y una de tres días”, dice el ranchero sin alzar los ojos, mientras lija un hueso de animal.
Del otro lado de la carretera, también en este rancho, está la casa de Berta Castro, o Tita, como la llaman. Ella antes de explicar cómo fue que se separó de su primogénito, explica lo que fue la guerra para que se entienda lo que va a platicar.
“El día que se perdió estaban cerca, iban avanzando los militares que habían masacrado gente. Llevábamos muchos días caminando, a mí me tocaba cargar con los dos niños, la de 16 meses y el de 5 años. Mi papá andaba conmigo, me dijo: Mirá, hay que dejar al niño y después volvemos. Era por defenderlo, por miedo de que fuera matado y me sentí obligada a dejarlo.
“Serían las nueve de la noche, iba a haber una gran tormenta. Toqué en una casa y pedí que lo cuidaran, dijeron que sí y nos fuimos. A los ocho años pude regresar de Honduras a buscarlo, no se pudo mas antes, si estaba militarizado todo, si apenas veían gente la mataban”, explica como si necesitara justificarse. “Cuando volví me dijeron que se lo dieron a los militares”.

‘NO ME VA A PERDONAR’
Para su labor, Pro-Búsqueda cuenta con dos áreas: investigación, donde se reciben las denuncias (cada año de 20 a 30 nuevas) y se rastrea el paradero de la víctima, y el área de psicología, donde se ayuda a los involucrados a enfrentarse a la nueva realidad.
Lucio Carrillo es uno de los investigadores del centro y también es un reencontrado, pues por medio del centro se reunió con sus tres hermanas mayores, las únicas que sobrevivieron de una familia compuesta por 11 hermanos, papá y mamá.
Él explica: “Cada denuncia la metemos a la base de datos y analizamos dónde desaparecieron, cómo, qué año, qué casos coinciden; buscamos fichas de adopciones de los juzgados, periódicos de entonces, soldados activos en esa época y los entrevistamos, algunos dan información y otros no por miedo de lo que han hecho.
“Revisamos padrón electoral, directorio telefónico, internet, hacemos sondeos en la zona, buscamos informantes, vamos al lugar donde desaparecieron”.
Lucio, como el resto del equipo, aprendió las técnicas de investigación al fogueo del trabajo.
Dice que cada caso puede tardar desde un día hasta varios años en resolverse. Y algunos ocultan secretos dolorosos. Como el de una muchacha que, recuerda, llegó del extranjero a pedir que encontraran a su mamá. Cuando localizaron a la señora y le dijeron quién la buscaba “se puso como loca, a llorar y dijo que su hija no la iba a perdonar por lo que hizo, pues ella la había regalado”.
En otros casos ha quedado al descubierto el tráfico de niños, pues abogados corruptos aprovecharon el conflicto para sacar actas de defunción falsas de los padres de los supuestos huérfanos y los ofrecieron en adopción.
“Hay más de 400 casos sin resolver y probablemente no podamos por nosotros mismos por la limitante que tenemos de acceso a la información”, dice Lovo, quien señala que es difícil, por ejemplo, dar con el paradero de niños que fueron recogidos por militares y crecieron con ellos.
“Luchamos porque por decreto de ley se cree una Comisión Nacional de Búsqueda de Niños Desaparecidos porque eso nos permitiría resolver más casos; la ley respaldaría nuestra bùsqueda y no estaríamos atenidos a la buena voluntad de los involucrados para que nos enseñen sus archivos, sino que estarían obligados a hacerlo. Pero de parte del gobierno del partido ARENA ha habido falta de voluntad”.
NO ERAN PESADILLAS LO QUE SOÑABA
En la galería de fotos de los reencuentros, la mayoría de los jóvenes abrazan a sus familiares. Pero algunos se quedan al margen, de pie, como si estuvieran incómodos junto a sus progenitores.
La vida es más compleja que los cuentos de hadas y estas historias no terminan en final feliz al momento del encuentro familiar. Lo que pasa después puede ser más doloroso.
“Los jóvenes no sienten lo mismo que sus familias biológicas. Desde pequeños despositaron su cariño en otra familia y aunque no quieren herir a los padres biológicos que los estuvieron buscando, tampoco sienten lo mismo por ellos”, dice Gianina Hásbun, psicóloga que trabajó en la asociación e hizo un estudio sobre los resultados obtenidos.
“Además, el reencuentro lleva irremediablemente a la historia de la separación, al cómo se perdió el hijo y muchos padres sienten culpa porque no hicieron lo suficiente para buscarlo. Nuestro trabajo entonces era hacerlos recordar qué momento estaban viviendo para que no se juzgaran con parámetros actuales sino en situación de guerra”, recuerda.
Julia López, la actual coordinadora del área de psicología, dice que es duro enfrentarse a la realidad y pone un ejemplo real: un chico que en Estados Unidos se apellida Kennedy y 20 años después se entera que se apellida Olivas y que su papá vive en un pueblo llamado Chalatenanago.
“Nuestro trabajo es ayudarlos a encontrarse sus raíces, con su pasado”, explica.
Por eso, antes del reencuentro se reúne con los jóvenes encontrados para saber qué tan dañados quedaron por el conflicto armado, porque unos presenciaron el asesinato de sus papás, la masacre de todo su pueblo, fueron baleados o dañados por las bombas.
“Los recuerdos son duros y ellos se han anestesiado. Creen que los flashes que tienen son sueños, pero son jirones de la realidad. Dicen que no se acuerdan de nada, que de pronto estaban en Estados Unidos con sus papás adoptivos.
“Pero conocer sus raíces, a sus padres biológicos, pasa por algo muy doloroso que es revivir lo vivido. No es fácil, hay que prepararlos psicológicamente para el reencuento a ellos y a toda la familia.
“Los hermanos del joven encontrado están resentidos porque los papás sólo vivieron en función de la búsqueda del hijo; el joven tiene miedo y se siente jaloneado por la familia adoptiva que lo chantajea (‘yo te he criado, te di estudios’) y la biológica que quiere que se vaya a vivir con ellos; los padres adoptivos que creen que van a perder su hijo y los biológicos que tienen la fantasía de que va a encontrar a su hijo chico, de cinco años, igual que cuando se perdió y que quieren llevarle de regalo un peluche”.
Para los militares que recogieron a los niños después de las matanzas, es todavía más difícil afrontar la verdad pues podrían enfrentar un duro reclamo: ‘Tú mataste a mis padres, cómo es posible que tú me quieras’.
Cortina sostiene que aunque duele remover el pasado y encontrarse con las propias raíces, vale la pena.
Los jóvenes se aclaran dudas fundamentales de su identidad que no les permitían vivir, estabilizarse, como ¿cuántos años tengo, quién soy, de dónde vengo, a quién me parezco, estoy solo en el mundo?; los padres, a su vez, terminan con esa incertidumbre de preguntarse día a día dónde está el hijo perdido y si está bien.
CUANDO LA SANGRE LLAMA
‘Cuando vino Andrea y nos vimos yo iba a pegar gritos llorando por acordarme de esos mementos cuando ella quedó, que fueron momentos de muerte… y encontrarla con vida gracias a Dios. Nos dimos el abrazo de alegría por volvernos a encontrarnos’, dice León Duvon, el padre de la niña herida por una bomba, la que se extravió a media huida. Cuando lo dice se le cierra la garganta.
Presume que su Andrea ahora está casada y tiene hijos. Es secretaria. Vive en San Salvador y cada que puede viaja a Guarjila para estar con su familia.
Tita, la vecina de los Duvon, al otro lado de la carretera, también se reunió con su Nelson Rutilio, a quien dejó en manos de desconocidos cuando él tenía cinco años, y que ellos a su vez entregaron al Ejército, y de ahí lo dieron a una familia.
Eso en diciembre pasado, después de que la gente de Pro-Búsqueda le sacó sangre para compararla con la de un joven que se parecía mucho a ella, que había sido recogido y que vivía en un rancho cercano. Le dejaron una foto del desconocido para ver si lo reconocía.
“Cuando vi el foto de mi hijo lo estuve mirando y dije, cabalito, así ha de ser mi hijo. Siente uno como calofrilllitos, como que la sangre se revuelve. Y cabal, él era, la sangre salió positiva, y es que una siente que es su hijo”.
Mientras platica corretea por el patio su nieto de seis años y su hijo de siete años, quien heredó el nombre de Nelson en memoria del perdido.
“El reencuentro fue muy bonito. Había mucha gente que lo conocieron chiquito y llegó un gran muchacho porque mi muchacho es bien alto y blanco”, presume. “Sentí alegría y tristeza de tanto tiempo de no verlo y tenía miedo de que me rechazara, como otros muchachos, pero gracias a Dios no”.
A Nelson Rutilio también le dio un vuelco la vida. De creer que su única familia era el hombre que lo crió, descubrió que tiene cinco hermanos carnales, mamá, cuatro sobrinos, tíos y abuela.
Pero los milagros no terminan aquí.

CUANDO LA SANGRE LLAMA
Un día de 1994, cuando tenía 12 años, Juan Carlos Serrano se paseaba por la puerta del orferinato donde se había criado y vio a mucha gente preguntando por familiares perdidos.
Le llamó la atención el suceso pero no le dio importancia pues todos sus recuerdos eran de ese lugar, donde agarró miedo al agua, porque as veces que lo ahogaban como castigo por portarse mal, donde un día lo quemaron en una cocina eléctrica y a veces le pegaban con un cable.
“De niño me dijeron que me habían encontrado abandonado en la guerra y como me había criado sin familia sentía que era normal no tener a nadie. A los siete años me dio curiosidad, cuando veía que a mis compañeros los visitaban familiares, yo pensaba: ‘¿Yo no tengo a nadie, ni un primo me queda?’”, dice el joven ya de 23 años.
De un día a otro, cuando le hicieron pruebas de sangre, descubrió que no sólo tenía un primo, sino también cuatro hermanos, que vivían en Los Ranchos, Chalatenango. Supo que su mamá vivía y se llamaba Maida. Que de seis meses había sido arrancado de sus brazos y llevado lejos en un helicóptero militar. Que ella nunca dejó de buscarlo, que denunció su robo en cuantos lugares pudo. Que su verdadero nombre era Nelson Aníbal Ramos. Y que habría una fiesta de reencuentro con su familia.
“(Cuando vino) él quedó paradito, yo también, hasta que una tía me dijo: ¿Qué no ve que ese es suyo, que se parece a su papá? Yo dudé, no es lo mismo verlo de seis meses que de 12 años. Luego lo abracé, le dije cómo lo había perdido y cómo costó encontrarlo, me preguntó por su papá, le dije que murió”, recuerda Maida.
“Quizás la costumbre de estar sin familiares me hizo no emocionarme”, explica él. “No sabía qué hacer, qué decir, si nunca estuve con estas personas, y que le digan a uno esta es tu mamá, estos tus hermanos, es bien raro”.
Su historia no terminó con la foto del abrazo posado entre desconocidos que pretenden simular cariño. Juan Carlos no regresó a vivir a casa. Primero, no se lo permitieron en el orfanatorio. Cuando era independiente él no quiso hacerlo. Tampoco aceptaba a su madre, su pobreza y su vida campesina.
“Llegó a momentos en que me rechazaba, llegó a decirme que lo había abandonado, que para él era preferible que lo hubiera abortado. Entonces le dije: ‘Si me necesita ya sabe donde encontrarme, yo voy a esperarlo con los brazos abiertos’. Y me fui. Él tenía 17 años. Pasaron 6 meses hasta que un día lo vi asomarse en casa y me dijo: ‘Aquí viene el perdido’. Ya venía cambiado”.
“En el fondo sí me llenó bastante espacio saber que tengo familia, un apoyo donde siento confianza, a dónde acudir en cualquier cosa. Uno siente que en cualquier situación está a familia, que si uno necesita se desplazan para ver qué hacer”, dice él.
Juan Carlos trabajó un tiempo en San Salvador, luego quiso migrar a Estados Unidos, pero lo expulsaron. Maida tuvo más suerte y estuvo cuatro años trabajando en una cafetería gringa. El día de esta entrevista tenía pocos días de haber regresado.
El reconoce que le cuesta adaptarse a su familia. No se atormenta por la mala suerte que tuvo, piensa que quizá fue mejor que un soldado lo apartara de su madre de chiquito porque así ella pudo desenvolverse mejor en las montañas y sobrevivir. “Estuvo mejor así y los dos estamos bien”.
Dice un dicho que la sangre llama a la sangre, y en el caso de Juan Carlos así fue. De ser un chico que creció sin saber lo que era la familia, un día sintió que su lugar estaba en su casa, al lado de sus cinco hermanos y de su prima, que quedaron solos cuando emigró su mamá.
“Sentí que aquí me necesitaban, sentí la necesidad de estar cerca de la familia. Cuando ella se fue sentí que tenía que llenar la butaca del hermano mayor, estar viendo por los pequeños, cuidar la casa, porque no está mi padrastro ni estaba mi mamá, y yo como mayor tenía ver cómo se va saliendo adelante”.
Y en eso estaba, cumpliendo su papel de hermano mayor.
“Mire si existen los milagros”, dice Maida con la piel enchinada de la emoción.

3 MIRADAS A ARGENTINA

In General on Junio 20, 2006 at 2:39 pm

3 MIRADAS A ARGENTINA A TRAVÈS DEL TIEMPO. Estas cartas las escribí en 3 momentos distintos, todas desde Buenos Aires. Quizás algunos de ustedes recibieron la primra, pero ahora, las tres juntas toman sentido y son un buen termómetro de cómo está el país y también explican un poco por qué sigo aquí. Se las comparto. Y les mando muchos saludos
1. (Noviembre Del 2001, antes del estallido de la crisis)

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Perdonen que les escriba un correo comunal –yo tambièn los odio– pero acá me cobran a precio de oro el Internet. En este momento estoy en Buenos Aires. Llegué aquí el día 8 y estoy muy contenta, caminando, mirando, escuchando y oliendo esta ciudad en la que no se deja de hablar de Maradona (incluso un diario llevó de 8 columnas que Maradona había dado permiso para que se usara el número 10 en las camisetas) y de la crisis económica.
Desde que mis amigos me recogieron en el aeropuerto me comenzaron a platicar que ya nada es como antes, que diariamente se enteran de amigos que se quedaron en la ruina y que por eso prefieren a veces no enterarse de nada, que llevan 4 años con crecimiento cero…
En cualquier programa de la radio se escucha lo mismo. La gente habla para desahogarse hasta a los programas de deportes y muchas estaciones incluyen mensajes para levantar el ánimo.
La otra vez me tocó escuchar a una señora que habló a uno y dijo al aire que ya no había que esperar más de Maradona, que era un ser humano cualquiera, y que si él se levantaba no iba a mejorar el país. En una crónica del homenaje a Maradona el cronista lo comparaba a él con la Argentina: “está deshecho”.
Ahora vivo en casa de Graciela, una amiga que pasó de vivir en la esquina “más cara de la ciudad” –según cuenta–, a un departamento de una recámara. Ella duerme en una camita en la sala comedor y en el cuarto dormimos una de sus hijas y yo. Lo triste de la historia es que su hijo de 23 años tiene que vivir con la abuela porque no cabe en el departamento y su otra hija se fue a probar suerte a España.
La situación económica, sin embargo, no les quita el buen ánimo ni la generosidad. Y la ciudad se mantiene hermosa, con todo y los paros de los recolectores de basura y las manifestaciones de maestros y jubilados que me ha tocado presenciar. (Ahora hay un escándalo porque el SNTE de acá se negó por primera vez a que los maestros hagan el censo demográfico, y el Presidente dijo que de ser necesario mandaría a militares, policías y todo empleado público a hacerlo).
El jueves que llegué fui a la Plaza de Mayo y me tocó ver justamente la manifestación de las madres que todos los jueves a los 3 y media, desde hace 20 años, piden que les digan el paradero de sus hijos.
Ahí conocí a un tipo –ex guerrillero, supongo por lo que me contó y para variar y no perder la costumbre– que me invitó a conocer la Universidad Popular, la universidad fundada por las madres.
Fui una noche a visitar y tomé una clase de derechos humanos donde se analizaba un texto de Gramsci acerca de la importancia de medir fuerzas. Interesante. Y el concepto de la universidad popular mucho más. Las madres son toda una institución acá: tienen un enorme edificio con cafetería y librería, una universidad, producen postales, pinturas, videos, libros y un periódico pequeño y están por poner una imprenta. En su universidad tienen a 900 estudiantes en alrededor de 6 carreras (economía política, periodismo crítico, educación popular y cine, por ejemplo) y educan para la resistencia. Sus materias son lectura del marxismo, historia de las madres, nuevos pensadores, economía de exclusión, y semanalmente dan cátedras gratuitas sobre la ideología del Che y temas por el estilo.
Como comentaba antes, he tenido buena suerte. Justo cuando admiraba la fachada del hermoso Teatro Colón abrieron la puerta y me tocó que la función gratuita del preestreno de una obra musical parecida a Erótica del fin del mundo, porque era como una función de circo, muy divertida. Y por dentro el teatro es más bonito: afrancesado con más de seis pisos de altura y frescos en el techo.
Una noche conocí también el barrio de Palermo Viejo y por casualidad comenzaba una obra de teatro dentro de una cafetería. La graciosa obra hacía una crítica de la educación oficial; la disfruté a pesar de que no capté muchas cosas.
Al salir, Eduardo, el hombre que es pareja de Graciela, la amiga que me hospedó, me contó que por la crisis han florecido muchos artistas y obras así, en las que pagas con lo que quieras cooperar cuando pasan el sombrero.
Luego tendría más claro eso del trabajo informal en la Plaza Dorrego, esa plaza en el antiguo y pintoresco barrio de San Telmo llena de estatuas vivientes, bailarines de tango, titiriteros, cantantes y tianguistas adultos, casi ancianos, disfrazados sin pudor de diablos o de personajes del siglo pasado, niños, egipcios, cartas, uvas u lo que fuera.
No me quiero extender porque los minutos cuestan oro y tengo 2 pesos en la bolsa. Tengo demasiado que contar de Perú, Machu Pichu, Cuzco, Iquitos, Arequipa, y mucho de acá y de la bella ciudad de Colonia (la primera ciudad uruguaya), pero lo desahogaré en otros correos.
Voy a estar unos días más aquí y el fin de semana creo que me muevo para las cataratas de Iguazú o para la Patagonia. No estoy muy segura. Bueno, les mando un abrazo a todos y espero no haberlos aburrido mucho.

2. (Agosto de 2004, post crisis y cacerolazo)
¡Hola! Les escribo sólo a ustedes, los que me han dicho –no sé si sinceramente, y si no ya se amolaron– que extrañan mis crónicas viajeras. Les cuento que durante el mes que no escribí decidí hacer un poco de silencio en mi vida, pero ahora siento que ya fue suficiente así que les platicaré, siempre a grandes rasgos pero tratando de no extenderme mucho, lo que ha sido mi tercera experiencia de Buenos Aires.
**
Los carteles callejeros –con una foto con los escombros de un edificio– invitaban a una concentración masiva convocada para el domingo afuera del edificio de la AMIA.
La noche anterior a la cita yo estuve en una fiesta, bailando, tomando vino, saboreando las empanadas caseras que preparan mis amigos, acompañando al coro de voces que ponen letra a la música de la guitarra. Ésa, como casi todas las fiestas a las que aquí he asistido, terminó de madrugada.
A las 6 de la mañana estábamos llegando al sencillo departamento de Normi y Billy, los amigos que me adoptaron esa noche.
A eso de las 8,30 de la mañana, Normi y yo ya estábamos saliendo a la calle para no faltar a la convocatoria dominical afuera de la AMIA. Conforme nos acercábamos veíamos que las calles ya estaban copadas, que sería imposible ver nada.
Cuando el apretujadero de cuerpos nos bloqueó el paso, desistimos y nos metimos a un café cercano para, desde ahí, acompañar el dolor de los familiares de las víctimas del atentado terrorista que hace 10 años mató a 380 argentinos.
Se cumplían 3560 días desde que los terroristas –¿islámicos?, nunca se investigó profundamente– habían estallado la AMIA, el edificio donde se presta servicios médicos, de trabajo, sociales a la comunidad judía argentina.
Además de recordar a las víctimas del atentado, la gente acudió a pedir justicia pues ese caso, como todos los grandes casos, la Justicia no lo había resuelto. Ningún culpable en la cárcel; expedientes perdidos; evidencias desaparecidas; jueces corrompidos.
Así, sentadas en el café, a través de la pared de cristal, veíamos los rostros del dolor de los congregados afuera. Las cejas fruncidas. Los ojos llorosos. Las gargantas anudadas. Las caras que se preguntaban qué pasó y por qué, cómo es que murió tanta gente, por qué tanto odio. Y escuchábamos a los oradores recordar a sus muertos, a ese niño católico de cinco años que siempre preguntaba a su mamá cuándo visitaría a sus abuelitos que están en el cielo. Y ese día, por desgracia, pasaba por el lugar al momento que estalló la bomba.
Escuchábamos acerca del final de ese desempleado polaco que llegó a Argentina escapando de los nazis, donde alcanzó a vivir 80 y tantos años hasta que un día se le ocurrió ir a ver si los trabajadores sociales le habían encontrado alguna ocupación pero lo recibió la bomba.
Una familiar de las víctimas por el micrófono decía y repetía: “Aquí estamos. A 10 años. Aplastados. Consternados. Sin esperanza. Adoloridos. Muertos de dolor. Aún bajo los escombros…..”
Yo sentía raro. Por un lado, lloraba con ellos, me sentía igual de indignada. Por otro, me sentía extraña al escuchar que el lamento ahora era de los judíos que estaban preguntándose por qué eran perseguidos y tan odiados. Algunos gestos me causaban un reborujo interno, hacían que se me cruzaran los cables.
Me di entonces cuenta de lo acostumbrada que estoy a escuchar que los judíos ahora son siempre los malos, como los gringos. Y me dio vergüenza.
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Caminé de regreso con la Normi. Hacía un frío polar. Nos metimos a un café de esos que abundan en esta ciudad y que parecen estar siempre llenos; grandes, de paredes de cristal para no perderse lo hermoso de la arquitectura porteña; con sillas de maderas finas, mesas antiguas, ricos postres a la vista y periódicos dispuestos para todo el que quiera leer las horas que desee.
Ahí nos contamos a grandes rasgos nuestras vidas. Ella, abogada desempleada después de que jerarcas católicos la intentaron obligar crear falsos expedientes a trabajadores para correrlos sin causa. Por su negativa la persiguieron y acosaron a tal grado que entró en una crisis nerviosa y en una depresión severa que le hizo no desear levantarse en las mañanas. Tenía miedo.
En eso estaba cuando conoció a Billy. A las semanas de conocerse ya vivían juntos.
Él es un escritor uruguayo que a principios de año había dejado su trabajo y todo lo que tenía en Uruguay y se trasladó a Argentina para cumplir su sueño de publicar un libro de cuentos, viviendo de sus ahorros que ya escasean.
Uno de esos días la conoció a ella. Sin mucho preámbulo decidieron vivir juntos. Ella me contaba que de pronto él se sentía mal porque no podía ayudar a pagar los gastos del departamento, pero que ella le dijo: “Ya me estás pagando. Porque si vives aquí conmigo me das ganas de levantarme todas las mañanas y para eso, para el sonido de tu guitarra que me alegra el día, para los mates calientes que me ofreces en la mañana, no hay precio. Con eso me pagas”.
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Volví a Argentina para tomar un curso. Como siempre, Ceci me brindó hospedaje. Algunos la conocen a ella, a quienes no les cuento que es una amiga que trabajaba conmigo en el periódico, quien después de una larga racha de tristeza, un día me pidió que la fuera a ver a su depa y me dijo, con una luz que nunca había visto en sus ojos y una sonrisa abarcante, que había decidido dejar todo y volver a empezar en Argentina. ¿Por qué en Argentina? Porque estaba convencida de que la vida le estaba enviando signos: su amor por el escritor Julio Cortázar; el chico que había conocido por Internet; la belleza de Buenos Aires… Y así, sin más, renunció a la chamba, dejó su depa, su familia, sus amigos, su país y se mudó para acá con poco equipaje, sin redes o certezas de ningún tipo.
De haber llegado sin nada, siguiendo las señales de la vida, al poco tiempo ya tenía una comunidad de amigos envidiable; un trabajo muy bueno; un departamento bonito; y era muy feliz. Y ahora se dedica a recibir a todos los amigos mexicanos que queremos estar en Argentina (me da risa, su casa es como el consulado mexicano en Buenos Aires) y a compartir a sus amigos con todos lo recién llegados.
**
La vida que he llevado acá me gusta mucho. Por las mañanas y las tardes bailaba en mis clases de danza-yoga con un grupo variopinto: españoles, italianos, rusos, brasileños, israelíes, argentinos y mexicanos. En las tardes o por las noches he tenido encuentros deliciosos con gente siempre interesante.
Un día tomé un café con un periodista chileno que se ha dedicado a viajar, a cronicar el mundo, y a quien conocí a través de su recién publicado libro de crónicas que me hizo reír mucho. En nuestro encuentro me dijo que acababa de comprar una vaca para hacer un libro-reportaje sobre todo el proceso de la carne en Argentina. Su vaca ya tenía cuatro meses y en dos más cumpliría la mayoría de edad y podría ser convertida en chuleta. Pero, como siempre ocurre, ya se estaba enamorando de “La Negra”, y ya no sabía si podía terminar el reportaje o dejarla vivir.
**
Buenos Aires es muchísimo más barata de lo que yo la conocí, más serena (no hay tanta vida nocturna como antes, los cafés se llenan poco). La gente está más irritada, como deprimida, grita y se insulta por cualquier cosa como desesperada.
Comienza a verse el deterioro. Poco se escucha hablar de Maradona. Escuché decir a una chica que ya no quiere ahorrar para el futuro, que considera que su futuro está hipotecado, que no piensa dar una moneda para pagar una pensión jubilatoria pues sabe que todo se lo van a robar.
**
Los viernes y sábados por la noche los disfruto en la casa de los chico “Pirovanos”. Son varios muchachos que proceden de un pueblo cercano a Buenos Aires que lleva ese nombre: Pirovano.
Ellos gustan de la trova, del folclore, cenan siempre juntos y cocinan riquísimo (desde el pan hasta las empanadas o los ravioles en jugo de carne). Son medio obreros, medio artesanos, medio músicos, medio locos y bohemios. Cada fin de semana abren las puertas de su casa y reciben a todos los amigos que queramos llegar.
Jorge, el anfitrión y patriarca del grupo, el aglutinador y punto de unión, es un hombre siempre joven y con la casa siempre lista para recibir gente.
En su casa-taller (vecina de la casa donde vive el resto de los pirovanos y frente a la coa de otra pareja amiga) se llevan a cabo las reuniones. Se come asado, se toma vino, se baila, se cantan chacareras, se toca guitarra, bongo y batería, se comparten los cigarrillos y la vida.
En esta casa descubrí lo que siempre he buscado en mis viajes: una verdadera comunidad. Y lo encontré en esa especie de comunión que se celebra alrededor del asado. En ese grupo donde el único credo es la amistad, la autenticidad y la solidaridad. Donde los chicos trabajan para vivir, no viven para trabajar.
No importa que la casa quede sucia, que el rito de preparar el asado (costillas, chorizos, carne asada) se repita cada semana en la azotea de su casa, que hayan quedado manchas de vino en la alfombra o una copa rota, Jorge abre siempre su casa con la misma sonrisa generosa, afectuosa, sencilla, agradecida con la vida.
Como si con ese gesto quisiera regresar un poco de lo que él ha recibido.
Lo mismo llega un día a las reuniones un violinista callejero que interpreta su música, o una chica que alguien conoció por Internet en el círculo de admiradores de Benedetti, o una pareja de ex militantes contra la dictadura militar, o una mexicana que vino a tomar clases de danza yoga. No faltan los niños (hijos de alguno del grupo), que se pelean el Internet o juegan en el taller. Hasta Poroto, el gato, participa.
En dado punto, simpe hay quién recuerda a todos que es hora de mover la mesa –mesa enorme donde llegamos a comer más de 20— y comienza el baile sobre el piso alfombrado.
(Esta carta la estoy terminando en su computadora, atrás cenan los demás los restos de la comida, pues la reunión que empezó a la 1 de la tarde a esta hora, las nueve de la noche, no ha terminado)
Aunque este es una especie de ritual de Los Pirovano, y al final aportamos todos algo para pagar una parte de la comida y los vinos (nunca podremos pagar el buen rato y la compañía), la crisis generó que mucha gente comenzara a dejar de salir a divertirse y a hacer reuniones o cenas caseras. La alegría no se pierde aunque escasee el dinero. La creatividad siempre da una salida: Por ejemplo, una amiga vende en la calle fotos con paisajes porteños y Jorge organizó hace poco una cena en la que el “cover” consistía en llevar alimentos que después serían usados para aliviar la estrechez de la familia de un amigo priovano que recién quedó desempleado.
El espíritu nunca muere.
**
Apéndice: El día que volé a México Normi y Billy me encaminaron varias cuadras hasta tomar el taxi a casa para recoger mi maleta. Era casi de madrugada y seguía el frío invernal. Me fui emocionada por tan bonita despedida: salir de una fiesta, de la celebración de lo cotidiano, de la amistad, de la vida; cargada con abrazos apretados de la banda Pirovano; escoltada hasta el taxi por entrañables amigos y, abrigada con ese colectivo abrazo de despedida, abordé el avión de regreso a casa.

3. (mayo de 2005)
Hola. Perdón, hasta hoy pude sentarme tranquilamente a escribir, pues apenas tengo tiempo libre. Desde hace días traigo en la cabeza comentar cosas que me sorprenden de Argentina, que no he visto en otras partes.
Lo que más me ha impactacado es el deterioro. La ciudad más europea de América Latina se comienza a latinoamericanizar.
Los edificios hermosos, réplicas de palacios europeos, tienen las paredes graffiteadas o repletas de propaganda política pegada con engrudo.
Los bancos, si tienen puertas, las tienen de lámina. Si son de vidrio seguramnte están quebradas o cuarteadas y, por tan sistemáticos que son los destrozos, los dueños ya ni siquiera se molestan en cambiarlos. Sus fachadas están decoradas con carteles o grafittis llenos de insultos a los banqueros.
En la noche la basura se ve desparramada por las calles y todo el día las cacas de perro en las banquetas.
Aunque ya pasó lo peor de la crisis y ya comienza a recuperarse económicamente, la gente (los restaurantes, cines, teatros vuelven a estar llenos), el deterioro va en creciente.
Con la crisis aparecieron personajes importantísimos, protagonistas de la historia diaria.
Unos son los cartoneros, esas familias de pepenadores que por la tarde llegan a la ciudad en burros, camiones de volteo o en el último vagón de los trenes y esperan con ansia las bolsas de basura que la gente saca por la noche para espulgar los restos, quedarse con lo todavía útil, apropiarse del cartón que luego pueden vender.
Ellos son una de las causas por las que las calles lucen sucias; llegan, desgarran las bolsas y dejan todo regado. Me parece como si esa fuera una manera de vengarse de los argentinos que se sentía europea y que siempre eligieron ignorar que en los alrededores también había pobres, que existía otra realidad: la de las villas miseria, la del hambre, la de los que escarban en los restos de los demás para sobrevivir.
Otros de estos personajes que surgieron con fuerza son los paseadores de perros, jóvenes que van por la calle sosteniendo con cada mano correas con 10, 20 perros, y su trabajo es sacarlos a pasear mientras sus ricos dueños trabajan.
La gente acá ama a los perros, hasta en el más pequeño departamento siempre vive un perro.
Cuando vine antes de la crisis, ví a la gente pasear al perro con una bolsita en la mano, para recoger sus cacas; en la época “post-corralito” –después de que el gobierno secuestró los ahorros bancarios de los ciudadanos y trasladó los ahorros en dólares a pesos– parece que la gente olvidó esa costumbre “civilizada” de responsabilizarse por los excrementos de sus perros y las calles lucen cagadas.
Los personajes más notables de la crisis son los famosos piqueteros, esas hordas de desocupados (desempleados) que cierran las calles un día sí y el otro también, para pedir programas de ayuda del gobierno.
Por ellos, edificios como el Congreso o la Casa Rosada (la oficina presidencial) están vallados permanentemente, pues las protestas eran tan violentas que cuando podían destrozaban puertas, ventanas, fachadas o golpeaban granaderos.
Como ahora todo es un caos, todos pueden ser piqueteros.
En semanas pasadas, por ejemplo, un grupo de estudiantes de una prepa sacaron sus bancas y las colocaron a media avenida, y ahí, en medio de autos recordándoles a sus madres, tomaron clases, en protesta porque el techo de su escuela (un edificio viejísimo, colonial, hermoso) se caía a pedazos.
Por esos días, músicos de orquesta, dieron un concierto gratuito afuera del Teatro Colón –uno de los 3 con mejor acústica en el mundo, como gustan decir los guías de turistas que visitan ese lujoso teatro de 6 pisos–, en protesta por sus condiciones laborales.
Al día siguiente por la noche los maestros sitiaron el Congreso y los universitarios cerraron varias calles (el autobús en el que yo viajaba quedó entrampado en uno de esos cortes vehiculares).
Ayer las noticias dieron cuenta de un muchacho que organizó un campamento-piquete afuera de la casa de la chica que le gusta, para llamar su atención y exigirle que cumpliera sus demandas de amarlo eternamente.
Estado acá me doy cuenta que hay cosas que odio de los argentinos y otras que les admiro mucho. Odio que se la pasan quejándose, victimizándose, como si sólo a ellos les ocurrieran las desgracias que cuentan (parece que no han escuchado a hablar de que privatizaciones y saqueos ocurrieron en toda América Latina).
Pero les admiro que no se quedan en la queja. Me encanta ver que sí reaccionan a eso, que son consecuentes con su repudio a la clase política y a los banqueros.
He escuchado –por ejemplo– que si un político de mala memoria entra a un restaurante, la gente comienza a golpear con sus tenedores los vasos o platos y de tanto ruiderío obligan al personaje a abandonar el lugar.
La gente sale a la calle y protesta, así como los estudiantes, los músicos, los piqueteros de las semanas pasadas. Tampoco faltan las protestas fuera de los bancos.
Otro ejemplo: Hubo un incendio en diciembre en una discoteca donde se murieron calcinados casi 200 jóvenes y niños. Los jueces decidieron excarcelar al empresario dueño del lugar y la gente se encendió. Los padres llegaron con gasolina a intentar quemar los tribunales, se enfrentaron a golpes a los policías, quisieron sacar a fuerzas a los jueces, bloquearon todo el día y durante la noche los tribunales, se manifestaron en Plaza de Mayo y los días siguientes, exigiendo fin a la impunidad.
Cuando el empresario salió libre fueron a acampar afuera de su casa.
Otra cosa que me sorprende son los famosos “escraches” o protestas afuera de las casas de los militares que materializaron las desapariciones durante la guerra sucia. Algunas de esas manifestaciones se anuncian por un periódico de izquierda, otras son sigilosas, de pronto, sin que ningún vecino lo sospeche, una calle se llena de gente, muchos jóvenes, que rodean una casa, gritan consignas, hacen ruido estrenduoso y reparten a todos sus vecinos fichas criminales con los antecedentes del tipo “escracheado” para que sepan quién vive en la puerta de al lado.
No deja de doler la crisis, que aquí se manifiesta en todo su esplendor porque se ve cómo de un día para otro clase media pasó a ser nada, los medio pobres quedaron en la indigencia, y los avances se han ido perdiendo. Los techos de los edificios hermosos que tanto impresionaban a los turistas, comienzan a descascararse y ya es imposible taparlo.
Una vez iba por la calle y vi a un anciano, todo trajeado, con el traje y los zapatos antes finos ya gastados por el uso, metiendo la mano a un basurero y buscando cajetillas de cigarro para ver si en alguna encontraba alguno. Esa imagen me conmovió bastante.
Siempre vez mujeres tiradas en la banqueta pidiendo para sus hijos, y aunque nosotros estamos acostumbrados a ver esa escena, acá es nueva la aparición explícita de la pobreza que copa las calles.
Hace dos años, por ejemplo, causó revuelo la entrevista a una niña que confesó llorando que tenía hambre y no tenía qué comer.
Parece que el país va saliendo del túnel, aunque a veces parecería que la salida está muy lejos. Ya veo que comienzan a nomalizarse las cosas. Que el gobierno comienza a tener éxito negociando las deudas que tiene el país con los oganismos financieros internacionales. Que el estrés ha bajado y los insultos en la calle
Si (como algunos argentinos) tomo a Maradona como medidor del país, y veo que Maradona está recuperándose de su adicción, con 20 y tantos kilos menos, feliz, resucitado, estrenpandose como conductor de un programa de televisión, quizás pueda afirmar que siguen cosas mejores.
“Los pirovanos” siguen festejando la vida. Algunos de quienes conocí el año pasado aparecen todavía en las reuniones, otros no, algunas parejas sobreviven y otras ya se deshicieron. Pero siempre hay caras nuevas: la psicóloga social que da terapia en plazas donde duermen indigentes, el editor de libros; el periodista que con su propio dinero realiza un programa (que transmite en cablevisión) sobre los rincones argentinos; las nuevas generaciones de pirovanos que vienen a Buenos Aires a empezar la carrera y a inyectar sangre nueva a esta comunidad…
Bueno, tengo que irme. Otro día les cuento un poco más de las clases que estoy tomando. Esper no haberlos aburrido. Les mando un saludote.

3 MIRADAS DE ARGENTINA

In General on Junio 20, 2006 at 2:38 pm

3 MIRADAS DE ARGENTINA A TRAVÈS DEL TIEMPO. Estas cartas las escribí en 3 momentos distintos, todas desde Buenos Aires. Quizás algunos de ustedes recibieron la primra, pero ahora, las tres juntas toman sentido y son un buen termómetro de cómo está el país y también explican un poco por qué sigo aquí. Se las comparto. Y les mando muchos saludos
1. (Noviembre Del 2001, antes del estallido de la crisis)

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Perdonen que les escriba un correo comunal –yo tambièn los odio– pero acá me cobran a precio de oro el Internet. En este momento estoy en Buenos Aires. Llegué aquí el día 8 y estoy muy contenta, caminando, mirando, escuchando y oliendo esta ciudad en la que no se deja de hablar de Maradona (incluso un diario llevó de 8 columnas que Maradona había dado permiso para que se usara el número 10 en las camisetas) y de la crisis económica.
Desde que mis amigos me recogieron en el aeropuerto me comenzaron a platicar que ya nada es como antes, que diariamente se enteran de amigos que se quedaron en la ruina y que por eso prefieren a veces no enterarse de nada, que llevan 4 años con crecimiento cero…
En cualquier programa de la radio se escucha lo mismo. La gente habla para desahogarse hasta a los programas de deportes y muchas estaciones incluyen mensajes para levantar el ánimo.
La otra vez me tocó escuchar a una señora que habló a uno y dijo al aire que ya no había que esperar más de Maradona, que era un ser humano cualquiera, y que si él se levantaba no iba a mejorar el país. En una crónica del homenaje a Maradona el cronista lo comparaba a él con la Argentina: “está deshecho”.
Ahora vivo en casa de Graciela, una amiga que pasó de vivir en la esquina “más cara de la ciudad” –según cuenta–, a un departamento de una recámara. Ella duerme en una camita en la sala comedor y en el cuarto dormimos una de sus hijas y yo. Lo triste de la historia es que su hijo de 23 años tiene que vivir con la abuela porque no cabe en el departamento y su otra hija se fue a probar suerte a España.
La situación económica, sin embargo, no les quita el buen ánimo ni la generosidad. Y la ciudad se mantiene hermosa, con todo y los paros de los recolectores de basura y las manifestaciones de maestros y jubilados que me ha tocado presenciar. (Ahora hay un escándalo porque el SNTE de acá se negó por primera vez a que los maestros hagan el censo demográfico, y el Presidente dijo que de ser necesario mandaría a militares, policías y todo empleado público a hacerlo).
El jueves que llegué fui a la Plaza de Mayo y me tocó ver justamente la manifestación de las madres que todos los jueves a los 3 y media, desde hace 20 años, piden que les digan el paradero de sus hijos.
Ahí conocí a un tipo –ex guerrillero, supongo por lo que me contó y para variar y no perder la costumbre– que me invitó a conocer la Universidad Popular, la universidad fundada por las madres.
Fui una noche a visitar y tomé una clase de derechos humanos donde se analizaba un texto de Gramsci acerca de la importancia de medir fuerzas. Interesante. Y el concepto de la universidad popular mucho más. Las madres son toda una institución acá: tienen un enorme edificio con cafetería y librería, una universidad, producen postales, pinturas, videos, libros y un periódico pequeño y están por poner una imprenta. En su universidad tienen a 900 estudiantes en alrededor de 6 carreras (economía política, periodismo crítico, educación popular y cine, por ejemplo) y educan para la resistencia. Sus materias son lectura del marxismo, historia de las madres, nuevos pensadores, economía de exclusión, y semanalmente dan cátedras gratuitas sobre la ideología del Che y temas por el estilo.
Como comentaba antes, he tenido buena suerte. Justo cuando admiraba la fachada del hermoso Teatro Colón abrieron la puerta y me tocó que la función gratuita del preestreno de una obra musical parecida a Erótica del fin del mundo, porque era como una función de circo, muy divertida. Y por dentro el teatro es más bonito: afrancesado con más de seis pisos de altura y frescos en el techo.
Una noche conocí también el barrio de Palermo Viejo y por casualidad comenzaba una obra de teatro dentro de una cafetería. La graciosa obra hacía una crítica de la educación oficial; la disfruté a pesar de que no capté muchas cosas.
Al salir, Eduardo, el hombre que es pareja de Graciela, la amiga que me hospedó, me contó que por la crisis han florecido muchos artistas y obras así, en las que pagas con lo que quieras cooperar cuando pasan el sombrero.
Luego tendría más claro eso del trabajo informal en la Plaza Dorrego, esa plaza en el antiguo y pintoresco barrio de San Telmo llena de estatuas vivientes, bailarines de tango, titiriteros, cantantes y tianguistas adultos, casi ancianos, disfrazados sin pudor de diablos o de personajes del siglo pasado, niños, egipcios, cartas, uvas u lo que fuera.
No me quiero extender porque los minutos cuestan oro y tengo 2 pesos en la bolsa. Tengo demasiado que contar de Perú, Machu Pichu, Cuzco, Iquitos, Arequipa, y mucho de acá y de la bella ciudad de Colonia (la primera ciudad uruguaya), pero lo desahogaré en otros correos.
Voy a estar unos días más aquí y el fin de semana creo que me muevo para las cataratas de Iguazú o para la Patagonia. No estoy muy segura. Bueno, les mando un abrazo a todos y espero no haberlos aburrido mucho.

2. (Agosto de 2004, post crisis y cacerolazo)
¡Hola! Les escribo sólo a ustedes, los que me han dicho –no sé si sinceramente, y si no ya se amolaron– que extrañan mis crónicas viajeras. Les cuento que durante el mes que no escribí decidí hacer un poco de silencio en mi vida, pero ahora siento que ya fue suficiente así que les platicaré, siempre a grandes rasgos pero tratando de no extenderme mucho, lo que ha sido mi tercera experiencia de Buenos Aires.
**
Los carteles callejeros –con una foto con los escombros de un edificio– invitaban a una concentración masiva convocada para el domingo afuera del edificio de la AMIA.
La noche anterior a la cita yo estuve en una fiesta, bailando, tomando vino, saboreando las empanadas caseras que preparan mis amigos, acompañando al coro de voces que ponen letra a la música de la guitarra. Ésa, como casi todas las fiestas a las que aquí he asistido, terminó de madrugada.
A las 6 de la mañana estábamos llegando al sencillo departamento de Normi y Billy, los amigos que me adoptaron esa noche.
A eso de las 8,30 de la mañana, Normi y yo ya estábamos saliendo a la calle para no faltar a la convocatoria dominical afuera de la AMIA. Conforme nos acercábamos veíamos que las calles ya estaban copadas, que sería imposible ver nada.
Cuando el apretujadero de cuerpos nos bloqueó el paso, desistimos y nos metimos a un café cercano para, desde ahí, acompañar el dolor de los familiares de las víctimas del atentado terrorista que hace 10 años mató a 380 argentinos.
Se cumplían 3560 días desde que los terroristas –¿islámicos?, nunca se investigó profundamente– habían estallado la AMIA, el edificio donde se presta servicios médicos, de trabajo, sociales a la comunidad judía argentina.
Además de recordar a las víctimas del atentado, la gente acudió a pedir justicia pues ese caso, como todos los grandes casos, la Justicia no lo había resuelto. Ningún culpable en la cárcel; expedientes perdidos; evidencias desaparecidas; jueces corrompidos.
Así, sentadas en el café, a través de la pared de cristal, veíamos los rostros del dolor de los congregados afuera. Las cejas fruncidas. Los ojos llorosos. Las gargantas anudadas. Las caras que se preguntaban qué pasó y por qué, cómo es que murió tanta gente, por qué tanto odio. Y escuchábamos a los oradores recordar a sus muertos, a ese niño católico de cinco años que siempre preguntaba a su mamá cuándo visitaría a sus abuelitos que están en el cielo. Y ese día, por desgracia, pasaba por el lugar al momento que estalló la bomba.
Escuchábamos acerca del final de ese desempleado polaco que llegó a Argentina escapando de los nazis, donde alcanzó a vivir 80 y tantos años hasta que un día se le ocurrió ir a ver si los trabajadores sociales le habían encontrado alguna ocupación pero lo recibió la bomba.
Una familiar de las víctimas por el micrófono decía y repetía: “Aquí estamos. A 10 años. Aplastados. Consternados. Sin esperanza. Adoloridos. Muertos de dolor. Aún bajo los escombros…..”
Yo sentía raro. Por un lado, lloraba con ellos, me sentía igual de indignada. Por otro, me sentía extraña al escuchar que el lamento ahora era de los judíos que estaban preguntándose por qué eran perseguidos y tan odiados. Algunos gestos me causaban un reborujo interno, hacían que se me cruzaran los cables.
Me di entonces cuenta de lo acostumbrada que estoy a escuchar que los judíos ahora son siempre los malos, como los gringos. Y me dio vergüenza.
**
Caminé de regreso con la Normi. Hacía un frío polar. Nos metimos a un café de esos que abundan en esta ciudad y que parecen estar siempre llenos; grandes, de paredes de cristal para no perderse lo hermoso de la arquitectura porteña; con sillas de maderas finas, mesas antiguas, ricos postres a la vista y periódicos dispuestos para todo el que quiera leer las horas que desee.
Ahí nos contamos a grandes rasgos nuestras vidas. Ella, abogada desempleada después de que jerarcas católicos la intentaron obligar crear falsos expedientes a trabajadores para correrlos sin causa. Por su negativa la persiguieron y acosaron a tal grado que entró en una crisis nerviosa y en una depresión severa que le hizo no desear levantarse en las mañanas. Tenía miedo.
En eso estaba cuando conoció a Billy. A las semanas de conocerse ya vivían juntos.
Él es un escritor uruguayo que a principios de año había dejado su trabajo y todo lo que tenía en Uruguay y se trasladó a Argentina para cumplir su sueño de publicar un libro de cuentos, viviendo de sus ahorros que ya escasean.
Uno de esos días la conoció a ella. Sin mucho preámbulo decidieron vivir juntos. Ella me contaba que de pronto él se sentía mal porque no podía ayudar a pagar los gastos del departamento, pero que ella le dijo: “Ya me estás pagando. Porque si vives aquí conmigo me das ganas de levantarme todas las mañanas y para eso, para el sonido de tu guitarra que me alegra el día, para los mates calientes que me ofreces en la mañana, no hay precio. Con eso me pagas”.
**
Volví a Argentina para tomar un curso. Como siempre, Ceci me brindó hospedaje. Algunos la conocen a ella, a quienes no les cuento que es una amiga que trabajaba conmigo en el periódico, quien después de una larga racha de tristeza, un día me pidió que la fuera a ver a su depa y me dijo, con una luz que nunca había visto en sus ojos y una sonrisa abarcante, que había decidido dejar todo y volver a empezar en Argentina. ¿Por qué en Argentina? Porque estaba convencida de que la vida le estaba enviando signos: su amor por el escritor Julio Cortázar; el chico que había conocido por Internet; la belleza de Buenos Aires… Y así, sin más, renunció a la chamba, dejó su depa, su familia, sus amigos, su país y se mudó para acá con poco equipaje, sin redes o certezas de ningún tipo.
De haber llegado sin nada, siguiendo las señales de la vida, al poco tiempo ya tenía una comunidad de amigos envidiable; un trabajo muy bueno; un departamento bonito; y era muy feliz. Y ahora se dedica a recibir a todos los amigos mexicanos que queremos estar en Argentina (me da risa, su casa es como el consulado mexicano en Buenos Aires) y a compartir a sus amigos con todos lo recién llegados.
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La vida que he llevado acá me gusta mucho. Por las mañanas y las tardes bailaba en mis clases de danza-yoga con un grupo variopinto: españoles, italianos, rusos, brasileños, israelíes, argentinos y mexicanos. En las tardes o por las noches he tenido encuentros deliciosos con gente siempre interesante.
Un día tomé un café con un periodista chileno que se ha dedicado a viajar, a cronicar el mundo, y a quien conocí a través de su recién publicado libro de crónicas que me hizo reír mucho. En nuestro encuentro me dijo que acababa de comprar una vaca para hacer un libro-reportaje sobre todo el proceso de la carne en Argentina. Su vaca ya tenía cuatro meses y en dos más cumpliría la mayoría de edad y podría ser convertida en chuleta. Pero, como siempre ocurre, ya se estaba enamorando de “La Negra”, y ya no sabía si podía terminar el reportaje o dejarla vivir.
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Buenos Aires es muchísimo más barata de lo que yo la conocí, más serena (no hay tanta vida nocturna como antes, los cafés se llenan poco). La gente está más irritada, como deprimida, grita y se insulta por cualquier cosa como desesperada.
Comienza a verse el deterioro. Poco se escucha hablar de Maradona. Escuché decir a una chica que ya no quiere ahorrar para el futuro, que considera que su futuro está hipotecado, que no piensa dar una moneda para pagar una pensión jubilatoria pues sabe que todo se lo van a robar.
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Los viernes y sábados por la noche los disfruto en la casa de los chico “Pirovanos”. Son varios muchachos que proceden de un pueblo cercano a Buenos Aires que lleva ese nombre: Pirovano.
Ellos gustan de la trova, del folclore, cenan siempre juntos y cocinan riquísimo (desde el pan hasta las empanadas o los ravioles en jugo de carne). Son medio obreros, medio artesanos, medio músicos, medio locos y bohemios. Cada fin de semana abren las puertas de su casa y reciben a todos los amigos que queramos llegar.
Jorge, el anfitrión y patriarca del grupo, el aglutinador y punto de unión, es un hombre siempre joven y con la casa siempre lista para recibir gente.
En su casa-taller (vecina de la casa donde vive el resto de los pirovanos y frente a la coa de otra pareja amiga) se llevan a cabo las reuniones. Se come asado, se toma vino, se baila, se cantan chacareras, se toca guitarra, bongo y batería, se comparten los cigarrillos y la vida.
En esta casa descubrí lo que siempre he buscado en mis viajes: una verdadera comunidad. Y lo encontré en esa especie de comunión que se celebra alrededor del asado. En ese grupo donde el único credo es la amistad, la autenticidad y la solidaridad. Donde los chicos trabajan para vivir, no viven para trabajar.
No importa que la casa quede sucia, que el rito de preparar el asado (costillas, chorizos, carne asada) se repita cada semana en la azotea de su casa, que hayan quedado manchas de vino en la alfombra o una copa rota, Jorge abre siempre su casa con la misma sonrisa generosa, afectuosa, sencilla, agradecida con la vida.
Como si con ese gesto quisiera regresar un poco de lo que él ha recibido.
Lo mismo llega un día a las reuniones un violinista callejero que interpreta su música, o una chica que alguien conoció por Internet en el círculo de admiradores de Benedetti, o una pareja de ex militantes contra la dictadura militar, o una mexicana que vino a tomar clases de danza yoga. No faltan los niños (hijos de alguno del grupo), que se pelean el Internet o juegan en el taller. Hasta Poroto, el gato, participa.
En dado punto, simpe hay quién recuerda a todos que es hora de mover la mesa –mesa enorme donde llegamos a comer más de 20— y comienza el baile sobre el piso alfombrado.
(Esta carta la estoy terminando en su computadora, atrás cenan los demás los restos de la comida, pues la reunión que empezó a la 1 de la tarde a esta hora, las nueve de la noche, no ha terminado)
Aunque este es una especie de ritual de Los Pirovano, y al final aportamos todos algo para pagar una parte de la comida y los vinos (nunca podremos pagar el buen rato y la compañía), la crisis generó que mucha gente comenzara a dejar de salir a divertirse y a hacer reuniones o cenas caseras. La alegría no se pierde aunque escasee el dinero. La creatividad siempre da una salida: Por ejemplo, una amiga vende en la calle fotos con paisajes porteños y Jorge organizó hace poco una cena en la que el “cover” consistía en llevar alimentos que después serían usados para aliviar la estrechez de la familia de un amigo priovano que recién quedó desempleado.
El espíritu nunca muere.
**
Apéndice: El día que volé a México Normi y Billy me encaminaron varias cuadras hasta tomar el taxi a casa para recoger mi maleta. Era casi de madrugada y seguía el frío invernal. Me fui emocionada por tan bonita despedida: salir de una fiesta, de la celebración de lo cotidiano, de la amistad, de la vida; cargada con abrazos apretados de la banda Pirovano; escoltada hasta el taxi por entrañables amigos y, abrigada con ese colectivo abrazo de despedida, abordé el avión de regreso a casa.

3. (mayo de 2005)
Hola. Perdón, hasta hoy pude sentarme tranquilamente a escribir, pues apenas tengo tiempo libre. Desde hace días traigo en la cabeza comentar cosas que me sorprenden de Argentina, que no he visto en otras partes.
Lo que más me ha impactacado es el deterioro. La ciudad más europea de América Latina se comienza a latinoamericanizar.
Los edificios hermosos, réplicas de palacios europeos, tienen las paredes graffiteadas o repletas de propaganda política pegada con engrudo.
Los bancos, si tienen puertas, las tienen de lámina. Si son de vidrio seguramnte están quebradas o cuarteadas y, por tan sistemáticos que son los destrozos, los dueños ya ni siquiera se molestan en cambiarlos. Sus fachadas están decoradas con carteles o grafittis llenos de insultos a los banqueros.
En la noche la basura se ve desparramada por las calles y todo el día las cacas de perro en las banquetas.
Aunque ya pasó lo peor de la crisis y ya comienza a recuperarse económicamente, la gente (los restaurantes, cines, teatros vuelven a estar llenos), el deterioro va en creciente.
Con la crisis aparecieron personajes importantísimos, protagonistas de la historia diaria.
Unos son los cartoneros, esas familias de pepenadores que por la tarde llegan a la ciudad en burros, camiones de volteo o en el último vagón de los trenes y esperan con ansia las bolsas de basura que la gente saca por la noche para espulgar los restos, quedarse con lo todavía útil, apropiarse del cartón que luego pueden vender.
Ellos son una de las causas por las que las calles lucen sucias; llegan, desgarran las bolsas y dejan todo regado. Me parece como si esa fuera una manera de vengarse de los argentinos que se sentía europea y que siempre eligieron ignorar que en los alrededores también había pobres, que existía otra realidad: la de las villas miseria, la del hambre, la de los que escarban en los restos de los demás para sobrevivir.
Otros de estos personajes que surgieron con fuerza son los paseadores de perros, jóvenes que van por la calle sosteniendo con cada mano correas con 10, 20 perros, y su trabajo es sacarlos a pasear mientras sus ricos dueños trabajan.
La gente acá ama a los perros, hasta en el más pequeño departamento siempre vive un perro.
Cuando vine antes de la crisis, ví a la gente pasear al perro con una bolsita en la mano, para recoger sus cacas; en la época “post-corralito” –después de que el gobierno secuestró los ahorros bancarios de los ciudadanos y trasladó los ahorros en dólares a pesos– parece que la gente olvidó esa costumbre “civilizada” de responsabilizarse por los excrementos de sus perros y las calles lucen cagadas.
Los personajes más notables de la crisis son los famosos piqueteros, esas hordas de desocupados (desempleados) que cierran las calles un día sí y el otro también, para pedir programas de ayuda del gobierno.
Por ellos, edificios como el Congreso o la Casa Rosada (la oficina presidencial) están vallados permanentemente, pues las protestas eran tan violentas que cuando podían destrozaban puertas, ventanas, fachadas o golpeaban granaderos.
Como ahora todo es un caos, todos pueden ser piqueteros.
En semanas pasadas, por ejemplo, un grupo de estudiantes de una prepa sacaron sus bancas y las colocaron a media avenida, y ahí, en medio de autos recordándoles a sus madres, tomaron clases, en protesta porque el techo de su escuela (un edificio viejísimo, colonial, hermoso) se caía a pedazos.
Por esos días, músicos de orquesta, dieron un concierto gratuito afuera del Teatro Colón –uno de los 3 con mejor acústica en el mundo, como gustan decir los guías de turistas que visitan ese lujoso teatro de 6 pisos–, en protesta por sus condiciones laborales.
Al día siguiente por la noche los maestros sitiaron el Congreso y los universitarios cerraron varias calles (el autobús en el que yo viajaba quedó entrampado en uno de esos cortes vehiculares).
Ayer las noticias dieron cuenta de un muchacho que organizó un campamento-piquete afuera de la casa de la chica que le gusta, para llamar su atención y exigirle que cumpliera sus demandas de amarlo eternamente.
Estado acá me doy cuenta que hay cosas que odio de los argentinos y otras que les admiro mucho. Odio que se la pasan quejándose, victimizándose, como si sólo a ellos les ocurrieran las desgracias que cuentan (parece que no han escuchado a hablar de que privatizaciones y saqueos ocurrieron en toda América Latina).
Pero les admiro que no se quedan en la queja. Me encanta ver que sí reaccionan a eso, que son consecuentes con su repudio a la clase política y a los banqueros.
He escuchado –por ejemplo– que si un político de mala memoria entra a un restaurante, la gente comienza a golpear con sus tenedores los vasos o platos y de tanto ruiderío obligan al personaje a abandonar el lugar.
La gente sale a la calle y protesta, así como los estudiantes, los músicos, los piqueteros de las semanas pasadas. Tampoco faltan las protestas fuera de los bancos.
Otro ejemplo: Hubo un incendio en diciembre en una discoteca donde se murieron calcinados casi 200 jóvenes y niños. Los jueces decidieron excarcelar al empresario dueño del lugar y la gente se encendió. Los padres llegaron con gasolina a intentar quemar los tribunales, se enfrentaron a golpes a los policías, quisieron sacar a fuerzas a los jueces, bloquearon todo el día y durante la noche los tribunales, se manifestaron en Plaza de Mayo y los días siguientes, exigiendo fin a la impunidad.
Cuando el empresario salió libre fueron a acampar afuera de su casa.
Otra cosa que me sorprende son los famosos “escraches” o protestas afuera de las casas de los militares que materializaron las desapariciones durante la guerra sucia. Algunas de esas manifestaciones se anuncian por un periódico de izquierda, otras son sigilosas, de pronto, sin que ningún vecino lo sospeche, una calle se llena de gente, muchos jóvenes, que rodean una casa, gritan consignas, hacen ruido estrenduoso y reparten a todos sus vecinos fichas criminales con los antecedentes del tipo “escracheado” para que sepan quién vive en la puerta de al lado.
No deja de doler la crisis, que aquí se manifiesta en todo su esplendor porque se ve cómo de un día para otro clase media pasó a ser nada, los medio pobres quedaron en la indigencia, y los avances se han ido perdiendo. Los techos de los edificios hermosos que tanto impresionaban a los turistas, comienzan a descascararse y ya es imposible taparlo.
Una vez iba por la calle y vi a un anciano, todo trajeado, con el traje y los zapatos antes finos ya gastados por el uso, metiendo la mano a un basurero y buscando cajetillas de cigarro para ver si en alguna encontraba alguno. Esa imagen me conmovió bastante.
Siempre vez mujeres tiradas en la banqueta pidiendo para sus hijos, y aunque nosotros estamos acostumbrados a ver esa escena, acá es nueva la aparición explícita de la pobreza que copa las calles.
Hace dos años, por ejemplo, causó revuelo la entrevista a una niña que confesó llorando que tenía hambre y no tenía qué comer.
Parece que el país va saliendo del túnel, aunque a veces parecería que la salida está muy lejos. Ya veo que comienzan a nomalizarse las cosas. Que el gobierno comienza a tener éxito negociando las deudas que tiene el país con los oganismos financieros internacionales. Que el estrés ha bajado y los insultos en la calle
Si (como algunos argentinos) tomo a Maradona como medidor del país, y veo que Maradona está recuperándose de su adicción, con 20 y tantos kilos menos, feliz, resucitado, estrenpandose como conductor de un programa de televisión, quizás pueda afirmar que siguen cosas mejores.
“Los pirovanos” siguen festejando la vida. Algunos de quienes conocí el año pasado aparecen todavía en las reuniones, otros no, algunas parejas sobreviven y otras ya se deshicieron. Pero siempre hay caras nuevas: la psicóloga social que da terapia en plazas donde duermen indigentes, el editor de libros; el periodista que con su propio dinero realiza un programa (que transmite en cablevisión) sobre los rincones argentinos; las nuevas generaciones de pirovanos que vienen a Buenos Aires a empezar la carrera y a inyectar sangre nueva a esta comunidad…
Bueno, tengo que irme. Otro día les cuento un poco más de las clases que estoy tomando. Esper no haberlos aburrido. Les mando un saludote.

NICARAGUA. LOS NIÑOS VS. LAS MINAS

In General on Junio 20, 2006 at 2:33 pm

NICARAGUA: UN EJERCITO DE NIÑOS CONRA LAS MINAS
Por Marcela Turati

Wiwili, Nicaragua.- En la austera casa con puertas y ventanas abiertas hay un teléfono público pocas veces usado a estas horas de sofoco; una mujer que mira hastiada la calle de tierra ardiente y, en una pared, un colorido póster donde se ve a Supermán a pleno vuelo con una niña en brazos y a la Mujer Maravilla que con su lazo mágico jala a otro niño hasta elevarlo por los cielos.
Parecen tan contentos, superhéroes y niños juntos, de esquivar rayos.
Esta impresión desaparece cuando uno lee el mensaje impreso en el afiche que, como broma ácida, advierte: “Supermán y la Mujer Maravilla han venido a ayudar a los niños de América Central, pero aún cuando ellos no puedan estar aquí tú puedes mantenerte a tí y a otros a salvo de las minas terrestres. ¡Corre la voz, las minas matan a los niños! PELIGRO”.
Visto a detalle se entiende que los superhéroes salvaron a los niños de morir despedazados por la mina terrestre recién pisada que explota simultáneamente al rescate. Abajo, tres números teléfónicos invitan a llamar para aclarar dudas en Honduras, Nicaragua y Costa Rica, los países sembrados con esta amenaza.
Esta es la realidad de Wiwili y de los municipios nicaragüenses colindantes con Honduras que en la década de los 80 fueron territorio de los enfrentamientos entre el ejército del izquierdista gobierno sandinista y los contrarrevolucionarios financiados por Estados Unidos. En tiempos de la guerra fría.
Ambos bandos, para repeler todo ataque enemigo y evitar que les siguieran los pasos, enviaron a la guerra a su mejor arma, al “soldado perfecto”, aquél que no comía, no tomaba agua, no desfallecía por el sol, no se movía de lugar; siempre atento, nunca fallaba un golpe, ni siquiera dos décadas después: la mina antipersonal.
Las zonas preferidas por los guerreros para enterrar minas fueron cuevas, picos de cerros, bodegas de alimentos, centros de abastecimiento, silos metálicos, plantas de energía, torres de control, puentes, caminos, pueblos, las fronteras, los aeropuertos y puntos militares.
Oficialmente, hasta mayo, cerca de 873 nicaragüenses habían sufrido accidentes con minas antipersonal y artefactos explosivos, según los registros del Programa de Asistencia al Desminado en Centroamérica de la OEA.
Los habitantes de 16 municipios de dos estados y dos regiones autónomas siguen compartiendo la misma amenaza: entre la maleza que rodea a casas o a pueblos enteros están enterrados estos artefactos mortales, como podían estar sembrados tomates o cebollas. Tirados en el campo hay objetos de metal que los niños confunden con bates de béisbol, pero resultan ser explosivos y matar. En los caminos las señalizaciones son rojas y tienen rotuladas calaveras blancas, la alerta para impedir el paso a las zonas minadas.
En 1990 había 138 mil minas bajo el pellejo de Nicaragua –reportadas oficialmente–; hasta mayo pasado se había retirado y destruido el 88 por ciento. El compromiso internacional es que este año el país quede libre de minas, y en eso parece ocupado el Ejército.
El Huracán ‘Mitch’ dificultó la promesa pues al pasar por estos lugares jaló consigo tierra maldita sobre tierra limpia, y algunos territorios libres de minas dejaron de serlo.
La amenaza sigue tan viva que –al menos hasta diciembre pasado– en pueblos como Plan de Grama, del estado de Jinotega, se veían mantas colgadas con leyendas como ésta: “Las minas y artefactos explosivos matan… no los toques”. El próximo semestre se comenzarán a ver en los pueblos de Jalapa, en el estado vecino de Nueva Segovia, otro de los infestados de explosivos.
Por esas tierras, las historias de los accidentados son cosa corriente. Está, por ejemplo, la de José Ramiro, el niño que con sus hermanitos encontró en el campo un ‘chunche’ tirado con el que comenzaron a jugar. Él se aburrió y camino a casa oyó la explosión que mató a sus cuatro hermanos y a él lo dejó sin brazo. O la de María del Carmen Reyes, la niña de 12 que se quedó sin pierna cuando tomó un atajo para llevarles el lonche a sus hermanos.

ESA COSA QUE ESTÁ EN EL TECHO
Por las noches, Amada Duarte no podía dormir. Menos si había partido de fútbol en la cancha que tiene en lugar de jardín frontal. A veces, miraba fijamente al techo de zinc esperando la detonación mortal que no ocurría.
En abril del año pasado, cuando la visité en Wiwilí, acababa de descubrir que el techo de la casa a la que recién se había mudado, en el pueblo Plan de Grama, tenía un adorno en la cornisa. Parecía un telescopio viejo y oxidado. Hasta que un vecino identificó que se trataba de un poderoso lanzagranadas.
“Quiera Dios que no vaya a ser una cosa fea, nosotras nos asustamos. Me da miedo que pueda reventar eso ahí y que quiebre a alguien porque ahí dormimos abajo. Los soldados nos dijeron que sí van a venir a quitarlo, pero no nos dijeron cuando”, dijo la mujer de 50 años, con gesto entre desesperado y resignado.
Hablaba con voz baja y no se acercaba por nada a la parte de su casa bajo amenza, como si así conjurara el peligro.
Así es la vida cotidiana en estos pueblos, la muerte está tan cerca, husmeando en los calzones de sus habitantes, que los adultos ya le perdieron el respeto.
“Algunos tienen temor (a los explosivos), pero otros tienden a jugar con ellos, a trasladarlos al interior de su casa. Los ponen encima de la televisión, en la sala como reliquia o en la cocina como adorno pues desconocen que existen cargas adicionales que no explotan al momento. Se ha incrementado el riesgo de explosivo por los artefactos dentro de casas, pues personas que se consideran expertas los llevan a casa”.
Esto lo dijo Wanda Obando, la encargada por parte de la UNICEF del programa de información y educación para la prevención de accidentes en Nicaragüa.
A lo largo de la entrevista, le sobraban anécdotas sobre la familiaridad con la que la gente trata a los explosivos, como el caso de la señora que puso uno en su cocineta de barro, como adorno, y se quemó el cuerpo. Al menos corrió con suerte; 75 de los accidentados no sobrevivieron para dar testimonio.
Mostró algunas fotos como evidencia: una, del cajón de un hombre que albergaba un artefacto explosivo entre su desodorante y lociones; otra, de un objeto de guerra hallado en el granero de una familia.
La que más indignaba a Obando era la foto de un campo con maleza crecida y tupida, donde se veían cintas amarillas de plástico tiradas al suelo, como las que suelen ponerse en las escenas de un crimen.
“Tenemos un problema fuerte y es que la gente reventó los rótulos que indicaban el peligro. Algunas personas las quitan por diversión”, dijo.
Luego comentó que un mes antes un hombre se había metido a ese campo donde alguna vez hubo señalización y cinta amarilla. Nomás pudo avanzar un metro cuando una mina ya le había triturado una pierna.
“Los niños campesinos son los que más riesgos corren de ser víctimas de una explosión por una mina o un artefacto explosivo. Son el grupo más vulnerable por su naturaleza inquieta, curiosa y por el desconocimiento que tienen. Ellos observan a la gente que habla de las minas con tanta familiaridad y escuchan mentiras de gente que dice que se paró en una mina y no le pasó nada”, explicó.
Así como los niños son las frecuentes víctimas de esta guerra del pasado, son también quienes están cambiando el desenlace de esta maldición.
Si no, basta asomarse a Plan de Grama, uno de los sofocantes pueblitos del municipio de Wiwilí, para descubrir lo que ahí ocurrió. Habría que entrar a la casa de la familia Palacio Lanza, buscar en su cuarto a José Antonio –un niño de 12 años, ojos verdes y curiosidad desbordada– y pedirle que explique cómo provocó el punto de quiebre de esta historia (al menos, en su comunidad).
José Antonio no lo hizo solo, era integrante de un ejército de 42 niños reforzados por 22 adultos en su comunidad (en total, mil 497 líderes comunitarios, maestros, adolescentes y niños en 192 comunidades del Estado).
Cuando lo conocí visitaba casa por casa de su pueblo, con la misma terquedad y entusiasmo que lo hiciera un Testigo de Jehová, para dejar plantada una idea, la misma que llevaban plasmada en su playera y en su gorra: “Sigamos por el camino seguro”.
“Señora, ¿tiene 10 minutos?”, fue la pregunta con la que el niño y su compañero de colegio se introducían en las casas ajenas cuando fui a visitarlos. Entonces, comenzaban su charla.

LLENO DE SOLDADOS PERFECTOS
A pueblos como Plan de Grama se llega en un camión de redilas. Todo el camino los pasajeros thacen fuerza con los brazos para no resbalar por las tablas que llevan como asientos y que parecen embarradas de mantequillas, pues las subidas son tan empinadas que en cualquier momento cualquiera puede salirse.
Al momento de llegar se aprecia como escenografía de fondo el cerro Wamblancito, donde hace dos décadas el Ejército dejó 522 minas enterradas. Esa es, al menos, la cifra de los explosivos reconocidos.
En el cerro había unos hombres vestidos como Robocop. Eran soldados en plan labor de desminado.
Observándolos de lejos, José Antonio explicó lo que diariamente los vió hacer: primero, uno de ellos se metía al monte minado con un aparato detector de minas; si sonaba, tocaba el turno al “sondeador”, quien con unas tijeras cortaba la tierra para ver si efectivamente el objeto identificado era una mina, y si lo confirmaba entraba el tercero que la hacía explotar.
Aunque los reportes indican que hasta mayo de este año el ejército nicaragüense había desactivado 258 mil minas, los militares todavía tienen la tarea que encontrar 22 mil que siguen ocultas. 22 mil, de las conocidas.
En pueblo como Plan de Grama, el ejército de niños –uniformados con camisetas y gorras con la leyenda: “Sigamos por el camino seguro”, armados con rotafolios, y de dos en dos por el camino— hizo también su tarea.
Cuando en una casa le daban autorización, José Antonio comenzaba la explicación:
“Los caminos seguros son los que usa la comunidad, si usamos esos sí vamos a llegar a casa. Hay gente haragana que cree que decimos que es minado por hacerlo caminar más, y se va por ese camino costo y se da cuenta del erró cuando ya es tarde. El camino seguro se hizo para nosotros, pero si me voy al monte hay bastante mina, si paso por el camino para ir a la laguna”.
Poseído por su papel, el pequeño maestro mostraba el mapa amplificado de Nicaragua lleno de puntos rojos. Cada punto, señalizaba un lugar maldito. Uno representaba a Wiwilí. A Plan de Grama.
La estrategia de su compañera de fórmula, la cartoceañera María Luisa Peralta Gómez, era comenzar con una pregunta ‘gancho’:
–Señora, ¿conoce alguna de estas? –soltaba mientras mostraba las fotografías de las minas y los artefactos explosivos regados por la región.
Enganchadas con el reto, las amas de casa que acceden a este tipo de charlas generalmente responden que aquella cosa metálica se parece a la porrita con la que juegan los niños béisbol y sus hijos dicen que aquella otra parece una ‘chuncha’ de ésas que pegan hojas (engrapadora) o que la de en medio es igual a una lámpara.
–No. Es una mina. Si la encuentra cuidadito la vaya a tocar, venga por mí o llámele al Ejército –era la contestación que daba casa por casa.
Y con la frialdad de una experta iba señalando las fotos impresas y explicando: “Este es Pon-2… esta es una granada saltarina… esta es una granada de mortero… estas son granadas de mano… este es tiro de bala… este es manipulante y este es el seguro de la granada… estas son balas de AK… para hacerlo explotar si tenían ocupada la mano la mordían y rápido la lanzaban, al caer explota, tiene capacidad de matar a las personas que estén en un conjunto”.
La chica morena que alterna el trabajo con el estudio y gana algo así como 1 dólar por servir todo el día en una casa ajena, tenía los mismos dibujos en la pasta de su libreta escolar, regalada por UNICEF, y por eso los tenía memorizados.
En la mayoría de las casas las explicaciones de los niños fueron bien recibidas; de algunas salían con mal sabor de boca.
“No en todas las casas nos quisieron recibir y en unas nos decían que sabían más que nosotros, que qué les vamos a enseñar, que cuando no habíamos nacido ellos ya estaban en la guerra”, explicó María Luisa apenada, como si ella fuera la culpable del desdén.
Aunque la guerra terminó cuando ella nacía, no le era ajena. Uno de sus recuerdos de cuna es una balacera. Otro, cuando siendo todavía niña descubrió que vivía sobre terreno explosivo pues su mamá le suplicaba que caminara con cuidado, que mirara dónde pisaba, que nunca tocara un objeto desconocido. Desde entonces la acompañó el miedo en sus paseos.
José Antonio también estaba familiarizado con la guerra, pero a él si le tocó la desgracia: una mina mató a su papá. De esto nunca habla.
Quizás por el accidente, este niño que tiene la piel llena de rasguños y cicatrices viejas y recientes que denotan sus vagancias infantiles, interpretaba con tanta pasión su rol de educador comunitario. Y presumía ser el mejor de los informadores, el que había memorizado todo y más. Lo decía como si se le fuera la vida en ello.
–¿Qué pasa si piso una mina? –le pregunté.
–Le puede quitar cualquier miembro de su cuerpo, sus manos, sus pies, puede quedar ciego o con heridas en el cerebro, y le puede quitar la vida –respondió rápido.
Enumeró enseguida historias de personas que han quedado sin brazos o piernas por “aventarse” minas. Habló del toro que pasó por el cerro Don Calixto, donde hace ‘añales’ nadie pasaba, pero nomás cruzó la alambrada explotó en pedazos. De la granada de mortero amarrada al techo de zinc de la casa del campo de béisbol. Del viejito que no quería decir dónde vio una mina y cuando lo convencieron a que denunciara ubicó un hoyo con 340 minas.
“Viera a las víctimas”, decía como impresionado, y por primera vez en la plática a su frase la acompañó un gesto de tristeza. “A una que vi le quedaron nomás puras cicatrices, un hombre quedó sin talón, otro con la pierna ‘charneleada’ de una mina saltrarina, a otro le quedó un ojo blanco, otro no tiene una mano. Esas personas no pueden trabajar, no pueden dar sustento a la familia”.
–¿Qué debo hacer si me accidento?
–Si yo voy con mi hermanito y si él pisa una mina, aunque me duela debo dejarlo ahí solo, avisar a mis padres o al Ejército. No debo tratar de rescatarlo porque una mina nunca está sola: donde hay una hay otras cinco o 10. Nunca debo meterme. Sólo el Ejército sabe como sacarla y revisa que quede libre de minas– respondió frío como un experto, pero algo pasó por su mente que comenzó a saliva.
Oscurecía, los niños tenían que regresar a casa. María Luisa a la posada que limpiaba hasta media noche y con cuyo sueldo mantenía a su familia. José Antonio con su mamá y su hermanito que ya lo esperaban. Además, era mejor regresar antes de que anocheciera totalmente y no se viera por dónde y qué se pisa.
“Cuando se acabó todito Nicaragua quedó minado. Por el Ejército y la Contra muchos inocentes han caído. Ahora que está el programa de desminado tenemos fe de que todo quede limpio”, pronunció como últimas palabras José Luis antes de emprender camino a casa.
Los ví alejarse caminando confiados por el camino principal del pueblo, rodeado de casas donde ya cumplieron su misión de brigadistas. Con puertas quedaron marcadas con el póster en el que se ve el mundo feliz que los niños predicaban, el del camino seguro.
En estos carteles no había superhéroes salvadores. Sólo dos niños corriendo hacia su escuela, seguidos de un joven campesino, un ama de casa con una carga de ropa y un hombre sosteniendo un saco. Al fondo una persona paseaba sobre un caballo. Todos parecían felices, caminando por el sendero correcto.
Los rodeaba un prado verde, lleno de árboles frutales, flanqueado por montañas. En medio había zona árida cercada con cintas amarillas y un letrero rojo (Peligro Minas No Entre Manténgase Alejado) con una calavera pintada que, ahora sí, nadie traspasaba.
Esta historia no se ha acabado en Nicaragua. La misma se repetirá este año, comenzará en otros pueblos donde el camino todavía no es seguro y los niños irán, casa por casa, a enseñar a la gente por dónde hay que transitar.

7 CARTAS DESDE BRASIL

In General on Junio 20, 2006 at 2:19 pm

7 CARTAS DESDE BRASIL (SIN EÑES NI ACENTOS)

CARTA 1. CARNAVALEANDO EN RÍO

Hola a todos, espero que estén bien. Ya estoy de nuevo en las andadas y ya me volvieron las ganas de escribir cartas, así que quienes lo deseen tendrán noticias mías de nueva cuenta.
Como saben estoy en Brasil. Ahora mismo estoy en Rio de Janeiro. Justo ayer terminó el carnaval (termina siempre el miércoles de ceniza para arrepentirse de todos los excesos que se cometen carnavaleando) así que todavía tengo confetti, arena y espuma en el pelo y ritmo de samba en las venas.
Llegué hasta acá desde Porto Alegre, que está en la punta sur de Brasil, tras tomar dos camiones que juntos hicieron más de 28 horas de camino, sumado a una escala de seis en Sao Paulo.
En Porto Alegre fui al Foro Social Mundial, pero a esa experiencia le dedicaré otra de mis cartas.
Viajé a Río medio asustada por todo lo que había escuchado sobre esta ciudad – con todo y películas tipo Ciudad de Dios–. Todo mundo te dice que acá roban, que hay guerra entre las pandillas de las favelas, que hay mucha violencia callejara. La verdad estaba medio preocupada por llegar sola, en Río, sin conocidos ni hospedaje, pero lo valía el carnaval. (Además, siendo justos, la ciudad de México es igual o peor de violenta).
Pero nada más me bajé del omnibus y la vida comenzó a sonreirme. Primero, llegué a la zona de hostales lindos que había visto por Internet, pero me di cuenta que todo estaba lleno y carísimo (50 dólares una cama, en un cuarto común con banio compartido). Recorrí varios hostales pero no encontré espacio en ninguno porque “É carnaval”, como dicen los brasileiros. Hasta que, en uno de los hostales, el recepcionista me dijo que había un hostal en el centro, que acababa de mandar a unos turistas y que si quería un vecino me llevaba para allá.
Un poco desconfiada accedí a ver el hostal céntrico del que hablaba. Llegamos a un edificio viejo en pleno centro histórico –centro viejo y feo con olor a meada como las calles que rodean al zócalo del DF–. Entonces me ensenió el supuesto hostal que resultpó ser un apartamento amplico y recién remodelado con dos cuartos, que el recepcionista aquel rentaba para turistas. Aunque accedí a quedarme –no tenía opción mientras no consiguiera algo mejor— no dejaba de sentir cierta desconfianza.
Pero… de veras que alguien me cuida y ese día y cada uno de estos días que he estadoa cá he vuelto a constatarlo. Porque, en el piso de arriba vivía Paula, la hermana de este muchacho duenio del departamento. Nos hicimos amigas, me invitó a desayunar con ella y las dos amigas (Thaís y Diana) con las que compartía departamento –jovencitas de entre 23 y 25 anios, estudiantes de enfermería— y me invitaron a quedarme con ellas pues las otras dos que viven ahí están de vacaciones así que les sobran camas.
Y la companía ha sido inmejorable. Casi a diario nos levantamos temprano, Diana cocina para todas y con un sándwich en la mano q nos prepara de lunch vamos a la playa donde nos encontramos con más amigos de ellas. Vamos también con los otros dos turistas –un peruano y un alemán— que están hospedados en el apartamento donde originalmente yo iba a dormir.
A ellas les encanta la fiesta, la danza callejera, la playa. Van emocionadísimas porque quizás conocen al hombre de su vida, y si no, de perdida besan a alguien. Aunque del beso se puede pasar a otros asuntos no tan ingenuos. No hay ningún problema para ello. Además, el gobierno repartió condones por montón.
Así que el primer día conocí con ellas la playa de Ipanema, famosa por la canción. Vi de lejos al Cristo del Corcovado abrazando a la ciudad y las grises favelas que empiezan a comerce la vegetación de los hermosos y puntiagudos cerros que parecen chichones.
Y bueno, Brasil no ha dejado de asombrarme desde el día que llegué. De Río me asombró la arena tan fina de la playa y las aguas tan cristalinas, lo llenas de gente que estaba la playa, lo hermosas y guapos que son los hombres y las mujeres, cómo se sienten cómodos con su cuerpo y lo lucen y usan a más no poder, cómo TODAS las mujeres llevan mini bikinis –desde la anciana hasta la más pequenia… excepto yo, que con mi traje de banio el primer día fui como el patito feo de la playa, pero al día siguiente aprendí la lección–, lo amables y coquetos que son, la convivencia tranquila de la gente de diferentes razas y clases sociales. Pero, quizás lo que más me ha asombrado es su pasión por el baile y su sensualidad desbordante.
Me explico: Por la maniana estuvimos en el mar pero como a eso de las 4 de la tarde todos comenzaron a abandonar la arena y caminar hacia la avenida principal. Y de pronto, pasó un camión con un sonido, salieron bateristas de la nada y se organizó un tremendo bailongo que duró 4 horas. Éramos cientos o miles, apretados unos contra otros, dando algunos pasitos, todos bailando. Cantaban mil, diez mil, cien mil veces la misma canción una y otra vez sin pausa.
Muchos iban semi disfrazados porque el calor es tan insportable que no puedes vestir disfraz completo o simplemente iban con gorros alusivos a su personaje. Por ahí pasaba una hilera de hombres vestidos de apaches con todo y flechas, por allá una cleopatra anciana, más allá un gordo vestido de vaca pechugona, acá enseguida un hombre monja, por allá dos 70 anieros con gorros de tarro cervecero, por acá un hombre vestido de diablo con todo y sus alitas, trinche y cola…
Cantábamos una canción que decia más o menos así: “La poesía paseando por Ipanema, el amor se siente…Si te abraza, te besa, te mira, te toca lo hace sin ningún pudor, y no importa, es carnaval, es armonía, es casi amor….” Muchos traían en la cabeza un paliacate en el que se leía: Vístase, use “camisinha”, en alusión a la campania gubernamental por el uso de preservativos durante el carnaval.
Cuando el desfile improvisado pasaba por la avenida, desde las ventanas la gente apoyaba y aplaudía o bailaba.
Lo mismo viví al día siguiente en la playa de Copacabana. Y por la noche en el bohemio barrio de Lapa. Y antes en el centro. Y más noche a plena avenida. Y de regreso a casa, a bordo del amión. De pronto llegan músicos y la gente baila por horas y repite una canción que puede ser de un grupo musical o de una escuela de samba, y los mismos seis, ocho párrafos hasta el infinito. La gente baila, las mujeres menean violentamente sus caderas y los hombres mueven tan rápido las piernas que parecen jugar una cascarita en fast-track.
*
Acá he bailado lo que nunca. La otra noche que salí con Thaís y Diana los tambores comenzaron a sonar y en unos segundos ellas ya estaban en medio de un grupo de desconocidos bailando samba, y de la nada, un mulato me agarró y comenzó a bailar conmigo y a obligarme con sus movimientos a despertar mis caderas. Mis caderas por lo visto son como un animal dormido, en comparación con las caderas brasileiras.
–Beixaste, Marcela—era la pregunta que siempre me hacían las chicas cuando me veían platicando con algún desconocido. Si lo besé o no.
*
Otra cosa que noto es que pese al tumulto, los apretujones y empujones, la gente no se pelea. Es más, disfruta del roce y empalme de los cuerpos. “É carnaval”, dicen. “Puedes beixar a quien quieras, es carnaval”, me explicaban las chicas con teoría y en la práctica, ay que cuando íbamos caminando ellas iban besando a desconocidos. Tres besos distintos vi que Thaís dió cuando caminaba.
*
Y sí, Brasil se detiene y enloquece esta semana..
Antes de Río estuve haciendo un reportaje en Porto Alegre días antes del carnaval, pero ya no encontré funcionarios para entrevistar, ni maestros universitarios. Todos estaban en la playa por el carnaval. Brasil se detiene literalmente. Las clases recomienzan en marzo. El presupuesto de los muncipios se decide en marzo (después de las fiestas del carnaval a las que luego se unen las vacaciones de semana santa). La vida continúa en marzo.
La experiencia más interesante hasta ahora ha sido ir al Sambódromo a ver la competencia entre escuelas de samba. Son dos días de competencia en la que participan 7 escuelas distintas cada día.
Con Martín, el peruano, hice fila para presenciar el segundo día de competencia. Llegamos desde las 4 de la tarde, entramos al estadio especial para samba a las 5, agarramos un lugar en primera fila y esperamos hasta las 9 dela noche a que el espectáculo empezara. A eso de las 10 pasó la primera escuela de Samba con un desfile que tenía como tema las orgías de la historia –desde las romanas hasta nuestros días–. E iban desfilando carros enormes con bailarinas semi desnudas encima del Dios Baco o del Becerro de Oro que levantaron los judíos, y miles de bateristas –con sus sombreros coronados por plumas– abajo desfilando con sus tambores que hacían retumbar el smabódromo, un carro con los cantantes, y abajo miles de gentes (hasta 7, 9 mil personas desfilan en cada escuela), disfrazados según el tema, sambando y cantando la misma canción. Iban orgullosísimos, sintiéndose las estrellas de la noche.
Ellos son los alumnos de las escuelas de samba. Pero, cualquier puede participar si paga una especie de cover y combra su disfraz, cualquier persona puede salir bailando (ya me prometí volver otro anio para salir bailando).
En el desfile no sólo aparecen esas chicas semi desnudas que han hecho famoso el carnaval, también vi desfilar desde ancianos con bastón, un hombre sin piernas, contingentes de sillas de ruedas, mujeres delgadas o gordas envueltas en plumas, ninios….
Hay un jurado que les califica los vestuarios, las coreografías, los carros alegóricos, el desempenio de las reynas del carnaval, la coherencia del desfile con respecto al tema, la fluidez del paso del contingente, entre muchas otras características que deben cumplir.
Cada escuela tiene derecho de estar en la pista hasta una hora y 20, luego se prepara la otra escuela, y la otra, así toda la noche. Y el público baila y canta sin parar toda la noche. Así que salimos al día siguiente a las 8,30 de la manaina, cuando ya era de día.
La triunfadora de la temporada fue la escuela Beixa Flor, que tuvo como tema la evangelización de los jesuitas a los indios guaraníes y cómo llegaron los ganaderos a robarles sus tierras. O sea, denso y sesudo.
La escuela de samba que emocionó a todo mundo y que salió triunfadora tenía entre sus personajes al Papa bailando samba, a un Cristo sangrante yque cargaba su cruz tras unos romanos en plena borrachera, a unos misioneros exóticos guaranizados, a unos guaraníes vestidos de sacerdotes. La locura. Pero, como me dirian las chicas, se vale de todo porque: “É carnaval”.

CARTA 2. PORTO ALEGRE, UNA CIUDAD ALEGRE Y JUSTA
Mi primera parada en Brasil fue Porto Alegre, una ciudad al sur-sur-sur del país, en el estado Rio Grande do Sul. Y como primera parada no pude escoger una ciudad mejor ya que, si tuviera q describir a los portoalegrenses en una palabra diría que son amigables. Que toda la ciudad lo es.
Esta ciudad es conocida por varias razones. Una, porque aquí nació el Foro Social Mundial (FSM) –la reunión de gente organizada que quiere cambiar el mundo y hacer el mundo menos feo, menos inhumano, menos excuyente—; la otra, porque es la capital del famoso Presupuesto Participativo, que realmente cambió el aspecto de la ciudad.
Qué es eso del presupuesto participativo: por 16 anios, la gente ha votado y decidido en qué se va a gastar el presupuesto de la ciudad (el presupuesto que no está comprometido, que es como el 15% de lo que les da el gobierno federal). Así, la gene decide si se necesitan más viviendas, clínicas de salud, pavimentación, drenaje, vías de comunicación, guarderías…
Yo digo que es el presupuesto del que disponen los pobres, el presupuesto que les hace justicia, aunque algunas de las obras –como las costosas vialidades—son más bien para clase media y alta.
Y bueno, llegué –para variar— sin hotel reservado y sin idea de dónde hospedarme. Los hoteles de la ciudad estaban al tope porque se esperaban 160 mil personas para el FSM. Yo caminé por varios hoteles y pregunté si había cupo, y nada. Hasta que me metí a un edificio viejo y ruinoso, que tenía rotulado en la pared: “hospedería familiar” y ahí sí había cupo. Así que tomé el cuarto disponible en ese edificio de mala muerte, que era una especie de vecindad, oscura, con un taller mecánico en el segundo piso, con familias hacinadas en lso cuartos vecinos al mío, con los pasillos oscuros. Uy, daba un poco de miedo, pero fue lo que encontré.
Al llegar le hablé Rick, un amigo de una amiga de Argentina, que firma en su chat como “románticoamante” y él pasó por mí, me llevó a una churrasquería y vaya qué cosa. Uno se sienta en mesas comunales y durante dos o tres horas hay un desfile de meseros que salen de la cocina con espadas de todo tipo de carne, y van recorriendo las mesas y cortando pedazos y sirviéndote en el pato hasta que digas basta o revientes Así uno prueba carne con salsa de ajo o de cortes finos o corazones de pollo asados o pollo o vacío o etc, etc, etc.
En la tarde, cuando Rick se enteró que me había hospedado en la zona roja comenzó a buscarme otro lugar. Y, vaya que Alguien me cuida, porque en uno de los primeros hoteles céntrico que preguntamos justamente había un cuarto que los propietarios no habían querido rentar para no saturarse de gente y que me alquilaron a cerca de 100 pesos la noche. Era con banio compartido pero ni quién se fija.
Decía que la ciudad es amigable en todos los sentidos. Hay vías especiales para bicicletas, carriles especiales para autobuses, muchos parques –algunso con lagos–, camiones con elevadores para discapacitados, menos ninios de la calle indigentes que ciudades parecidas. La gente es educadísima, y todos quieren ayudarte. Todos te quieren dejar en la puerta del lugar por el que les preguntaste cómo llegar. También, varios te quieren invitar a salir.
Uno de ellos fue Fabrizio, un joven muy guapo que conocí caminando por la calle. Comenzamos a platicar y me invitó a tomar un refresco. Me platicó que es policía y ya entrados en la charla me invitó a conocer a pie la ciudad. Paseamos por afuera de edificios muy lindos. Y cuando estábamos en el techo de uno, viendo la ciudad, me dijo que el pago por sus servicios era un beso. Yo me reí mucho. Después me dijo que no tuviera miedo, que lo secuestrara, que el úncio peligro era que él se enamorara de mí.
Entonces…. no les voy a contar más. Se van a quedar con la duda de si hubo o no beso, por morbosos.
En Porto Alegre no sólo me esperaba Rick, también Fabiana, una amiga de un amigo mexicano (viva el messenger!!!) que es publirrelacionista y se tomó muy en serio su papel de sacarme a pasear. Con ella y sus amigas comía, pasaba la tarde y en la noche íbamos unos barrios padrísimos llenos de bares y restaurantes. Caminar por ahí era una delicia ya que los bares tienen mesas en las banquetas así que todas las banquetas se llenan de jóvenes que se toman su cerveza bien helada, platican, bailan con o sin música, adentro o afuera del bar, sentados en sillas, en la banqueta o parados.
Vaya que esta es una ciudad progresista. Conocí a un tipo que trabaja en una ONG por los derechos de los homosexuales que me contó que durante tres anios el gobierno del PT les pidió a los grupos gays, de feministas, de negros y trasvestis que dieran clases de derechos humanos a los policías en formación, pero que ahora, con el cambio de gobierno (pues tras 16 anios en el poder perdió el PT en la ciudad) les quitaron los cursos.
Hasta ahora sólo les he contado la parte “nice” de mi viaje por la ciudad. Pero al hacer el reportaje sobre el presupuesto participativo conocí la otra cara, la de la pobreza, la del mercado público con sus olores a pescado, la de los gays que luchan por sus derechos.
Por un juez guapísimo, amigo de una amiga, di con un funcionario (Assis Brassil un sociólogo también guapísimo, que cuando lo entrevistaba yo nomás me imaginaba que me daba un beso) que me contactó con algunos de los vecinos beneficiados con lo del presupuesto participativo.
Me dio el nombre de una calle y me dijo que llegando ahí preguntara por Chiquinho. Ay, Dios, me parecía misión imposible porque la calle estaba llena de condominios finos, de multifamiliares. Y a quienes preguntaba no sabían quién era el mentado Chiquinho. Hasta que le pregunté a un anciano y ése le pidió a un vecino que me encaminara al condominio de Chiquinho y cuando ése tenía que desviarse me encomendaba con otro y ése con otro, hasta que el último me depositó en la casa del famoso Chiquinho. Pero él no estaba.
Chiquinho vive en una privadita con casas como del cuento de Hansel y Gretel. Había muchos ninios jugando futbol afuera y los hombres estaban juntos ayudando a uno que arreglaba un carro. Una vecina comenzó a platicarme que antes vivían en una villa miseria –casas de cartón, sin drenaje, con hambre, lo de siempre–, pero cuando se enteraron de los del presupuesto participativo del gobierno del PT (Partido de los Trabajadores) fueron cada dos semanas, durante 5 anios, a pedir la cosntrucción de una vivienda, hasta que en el 2000 se las entregaron. Así que ella era feliz porque pagaba 12 reales al mes (algo así como 8 boletos de autobús) por una casa propia y en Petrópolis, un barrio de ricos.
(Claro que al Presupuesto Participativo se le han hecho críticas de ser populista y demagogo, de usar a los pobres para que siempre voten por el PT, para que vayan a sus actos… pero esa es una de las cosas que están por perfeccionarse).
Para lo del reportaje hablé también con un abogado que dedica casi todo su tiempo voluntariamente a organizar barrios pobres para que se den cuenta de su realidad y pidan lo que necesitan. (Claro que los pedidos de cada barrio u organización entran en una dura y larga competencia entre los pedidos de otros cientos de barrios, y al final, gana el más necesario o el que más apoyo tuvo de la gente y que además tuvo visto bueno del gobierno). El tipo hablaba, con mucha convicción, de crear “ciudadanía” y me mostró los cambio que habían hecho ya en el mercado y me habló de los condominios que habían dado a habitantes de favelas.
Gracias a él llegué a casa de Donia Neusi, una habitante de la Villa Miseria “Zero Horas’ que lleva el mismo nombre que un periódico local.
Dona Neusi es, para él, el ejemplo de lo que hace el presupuesto participativo, de lo que crea la recuperación de la autoestima ciudadana. Pues ella es una anciana de 84 anios que toda su vida fue sirvienta y durante anios fue a las juntas del presupuesto a escuchar, y no hablaba porque tenía pena y miedo. Un día le tocó decir algo pero ella se sentía incapaz y quería que alguien le dijera lo que debía decir.
Pero el día que tomó el micrófono para pedir algo ya nunca lo soltó. Ahora es líder barrial y ha trabajado tanto por su gente que en marzo los reubican a todos en un condominio muy bonito. Estaba muy emocionada, me ensenió la propganada con los folletos del lugar.
Cuando llegué a su casa, ella me estaba esperando. Yo no sabía si nos íbamos a entender porque cuando le hablé por teléfono había sido imposible entendernos. Pero ya cara a cara, cuando ella me platicaba algo, y yo no entendía alguna de las palabras, me la actuaba o buscaba el objeto del que hablaba para que le entendiera. Así, en su modesta casita, platicaba muy apasionada sobre las bondades del presupuesto, sobre cómo por fin el gobierno escuchó a los pobres, sobre cómo se organizaron para que les dieran las casitas de madera en las que ahora viven y sobre lo problemático que fue decidir quién se irá a vivir al condominio bonito.
Me dijo que cuando habla ante un público siempre empieza diciendo: “Yo no tengo un título de licenciada, yo sólo tengo bajo el braso el título que me dio la vida porque conozco lo que es la miseria”. Y qué es la miseria, le pregunté. Y entonces ella me dio la definición más exacta y más cruda de lo que es la miseria. Me dijo: “Miseria es cagar en una bolsa de plástico colocada dentro de una lata y luego tirar la bolsa por ahí, miseria es que una rata muerda el chupón del biberón de tu bebé, es tener que ir a trabajar y dejar a tus hijos en la calle porque no hay guarderías…”
(Esto me recuerda inevitablemente a una mujer que conocí en la Sierra Tarahumara. Estaba yo parada en una carretera, esperando un raid, y ella se acercó a mí nomás para hacerme plática, proque su camino era largo y porque no tenía dinero para el autobús. La mujer era blanca y joven pero se veía viejísima, sin dientes, con la dentadura podrida y encorvada con su costalote en la espalda. Y me contó riéndose que había regresado varios kilómetros a las cabanias donde trabajaba su esposo porque le dolía la espalda. Yo nomás miraba al tamanio costal que cargaba y me explicaba su dolor. Pero en eso me dijo: “Me dolía el lomo porque no me hallo sin carga, necesit carga para caminar, ya me impuse así).
Con Dona Neusi fui a recorrer la colonia, y me fue presentado a sus vecinas. A una que se le quemó la casa con toda la ropa dentro, otra que no tiene sanitario, y otras que no entendí nunca qué me decían. A todas ellas les decía muy emocionada: “Ella es una periodista y vino a visitarnos”.
Iba oscureciendo, yo tenía un autobús que tomar. Ella seguía feliz, contándome sobre cómo su vida cambió a raíz de que se supo ciudadana, con voz y derechos. Me decía que si el nuevo gobierno quiere quitar el presupuesto participativo, saldrá a la calle a luchar. Al final le pedí que por favor me llevara a donde pudiera tomar un taxi.
La anciana flaca pero de huesos duros, maciza como roble, aprisionó su brazo con el mío, como las senioras aprisionan su bolsa del mandado, y así, sostenida me fue sacando del barrio. Me indicaba por dónde no íbamos a pasar, por qué era peligroso caminar por allá donde había perros rabiosos, por qué era mejor por aquí, me iba contando su realidad.
Cuando iba con ella me llegó una idea. Que me gustaría que mi ángel de la guarda fuera como ella. Que si pudiera escoger, la escogería a ella como ángel de la guarda. A una mujer apasionada, que se había superado de la nada, que me tomó tan fuerte que no me soltó hasta que pasó el peligro, que había vivido, que me explicaba su barrio y lo conocía como la palma de su mano, que era respetada, que no me dejó hasta depositarme segura dentro de un taxi y hasta darle las órdenes al taxista de dónde me debía de dejar.
Al fnal, contenta, abrazándome me dijo que si vuelvo a Porto Alegre después de abril que pase a visitarla al Condominio María Isabel, que pregunte por ella y me quedé ahí un tiempo. Bueno, me voy. Hoy es el desfile de los campeones del carnaval de samba y me espera otra noche de desvelo y baile en el sambódromo. Les mando un abrazo. Chau!!!

Pd. Les sigo debiendo la carta sobre el Foro Social Mundial.

CARTA 3. CURANDO DESDE EL CUERPO EN CAMPINAS

La puerta que teníamos delante estaba cerrada. Leana y yo estábamos en un patio del Centro de Salud para enfermos mentales de Campinas, una ciudad a hora y media de Sao Paulo. En eso vimos acercarse a un joven que parecía agresivo y tenía algo, una especie de fierro en la mano.
–Meume feinando, feinando –nos decía como enojado. A las dos se nos fue la sangre al suelo. Estábamos contra la pared y la persona que traería la llave para salir no aparecía por ningún lado. “…feinando…feinando”, decía.
–Eu sou Marcela — le dije en mi intento de portugués. Y sí, le atiné, estaba presentándose. Se llamaba Fernando, como mi hermano y vivía en el Centro de Salud de Campinhas, una especie de granja-hospital q es ejemplo mundial en trato humanitario a enfermos mentales.
Llegué ahí desde que me contacté con Leana, una mujer q conocí en el curso de verano de danza-yoga (o movimeinto armónico expresivo) q hice en Buenos Aires el anio pasado. Cuando llegué a Sao Paulo le llamé y quedamos de ir a una de sus clases de movimiento. Y sí, el primer sábado estábamos en el Parque Rio Branco, a las 10 de la maniana, bailando con las demás personas que cada semana llegan a bailar.
Estábamos en un terreno verde, con bambúes gigantes a los alrededores. En cuanto Leana llegó y prendió la grabadora, de la nada comenzaron a llegar mujeres, muchas de ellas ancianas, que hicieron un círculo y comenzaron a imitar sus movimientos que parecen desestructurados pero son pensados para enderezar la postura y sacar los sentimientos acumulados en el cuerpo. (Como sabiamente oí decir a alguien esta semana: Nuestro cuerpo se amolda a nuestros sentimeintos y los sentimientos también moldean el cuerpo).
Bajo la sombra de los bambúes y sobre la tierra mojada por la lluvia nocturna danzamos, felices, relajadas. La gente se paraba para observarnos, algunos nos acompaniaban, otros nomás miraban. Nadie se escandalizaba, en Brasil es compun q la gente dance, haga música, en el ómnibus, en el parque, en la calle. Ahí las ancianas se expandían. Para las qe viven solas, la cita de los sábados significa companía así q nunca faltan. Una de ellas era una chinita q no habla nada de portugués pero que no falta a las clases… cuando la veía me parecía q revivía las danzas de tai-chi que vi en China hacer a miles de perosnas que por las manianas llenan los parques, cada centímetro de pasto.
Leana y yo decidimos visitar a Nice, otra mujer q conocimos en Buenos Aires que vive en Campinhas. Así q una maniana muy temprano salimos de Sao Paulo hacia allá. LLegamos justo a las 9, a la hora de su primera clase. Y ya estaban unas 30 personas, muchas de ellas ancianas, moviéndose a su alrededor, haciendo gimnasia bailada. La mayoría eran viejitos y –quién lo iba a decir — enfermos mentales.
terminada la clase una mujer cantó una canción mexicana en mi honor y otra declamó un poema. Se sentían honrados de que los fui a visitar “desde México”.
Más tarde Nice nos llevó al Centro de Salud donde trabajan los enfermos. Es una especie de granja (me recordó el Hospital San Paulo para leprosos que visitó el Che en la película de los Diarios de Motocicletas), donde los enfermos tienen una cooperativa y trabajan en diferentes talleres, y de lo que ganan con la venta de sus productos se lo dividen entre todos. Así, visitamos a los del área de cocina, carpintería, vitrales, joyería, herrería, costura, pintura… las artes que puedan imaginarse. Incluso tienen un periódico y un programa de radio.
Sólo los que están en crisis o más enfermos están internados en el hospital, el resto hace su vida como cualquier ciudadano productivo. Visitabamos, por ejemplo, el área de artesanías y los vimos pegando pedazos de mosaicos en portarretratos o mesas. Unos comenzaban a gritar de emoción cuando vepian a Nice, a otros les salía la loquera y la atosigaban contándole lo mismo una y mil veces. Otros se paraban de sus mesas e iban con la instructora a preguntarle de nuevo las instrucciones de lo q hacen diariamente: ?Se pone primero el mosaico y después el pegamento?
El día que fuimos estaban felices porque iban a tener próximamente una excursión a una ciudad vecina.
“Cuando hay excursiones intentan no entrar en crisis, se cuidan mucho, unos hasta trabajan en casas para pagarse el viaje y pagar el viaje de su nieto. Se ponen felices”, contaba Nice. Otra trabajadora de ahí decía que ya cuando empiezan a trabajar, como ganan dinero, intentan tampoco entrar en crisis.
Este hospital tiene una larga lista de espera de personas que desean ingresar y un programa piloto de ex-hospitalización, pues desde hace tres anios los enfermos viven en casas rentadas en la ciudad, en medio de la gente, como cualquier persona, y ahí tratan de llevar una vida normal.
Y bueno, con Nice fui a unas clases de Danza Yoga más tarde, en una academia normal, donde las mujeres me recibieron muy bien y me regalaron un CD de Chico Buarque.

Carta 4. EN LAS GRANDES CIUDADES
Luciana y su esposo me recogieron un sabado por la maniana afuera del Metro y cruzamos Sao Paulo para ir al area conurbada –ahi donde las cales se vuelven caos, las tiendas en puestos ambulantes, las casas tienen color cemento– donde ya nos estaban esperando nos 25 jovenes de los barrios marginales de la zona.
Era su primer dia de clases con Luciana –una bonita reportera de 30 anios del periodico O Estadode S. Paulo– q con otro grupo de periodistas les iba a enseniar a hacer su propio periodico barrial. Los chicos estaban emocionados y llenos de planes, se sentian ya periodistas porq iban a documentar la vida de sus barrios llenos de caos, drogas y violencia. Uno propuso tener una seccion de rap y de hip-hop en el periodiquillo naciente, otro una seccion de cartas de amor, uno mas uno de cursos gratuitos q podian tomar. Me divertia escucharlos, enterarme de sus inquietudes, viendolosemocionados porq quizascon lo q ahi aprendieran iban a tener una fuente de trabajo en un futuro, lo cual es dificil para los de su barrio.
Yo solo pude estar ese primer dia de clases con ellos y era la segunda vez q veia a Luciana.
La conoci porq una vez iniciado mi viaje a Brasil comence a contactarme con periodistas q cubren temas del area social –como yo hacia en Mexico– para ver su trabajo, platicarles del mio y conocer sus propuestas. Hice investigaciones por Internert y llegue, primero, a la agencia ~reporters sociales~, fundada por otros treintanieros q se cansaron de la insensibilidad de sus periodicos, se independizaron y hoy ofrecen reportajes especializados sobre temas sociales(salud, educacion, pobreza, derechos humanos…) q en sus medios no eran publicados.
Despues me contacte con las chicas de ~Anjos, q en espaniol quiere decir angeles~, siglas de la asociacion nacional de reporteros sociales, una organizacion creada por mujeres periodistas preocupadas porq en los medios se les de espacio a los temas sociales para crear un conciencia ciudadana.
En ese encuentro y en otros que he tenido en mi viaje por Brasil he quedado super emocionada, sintiendo q escucho a mis almas gemelas en lo que a lo profesional se refiere.
Un sabado en un cafe a las 5 de la tarde estaba hablando con tres de las chicas q fundaron Anjos, y ellas me contaban como fue q nacio su grupo. “No nos conociamos, estabamos esperando q nos entrevistaran en la Universidad de Sao Paulo para q nos admitieran a una maestria de periodismo y mientras esperabamos comenzamos a platicar de lo q cada una hacia en su periodico. Luego comenzamos a platicar de lo mal q publican en nuestros diarios los temas sociales, dela poca importancia que se les da, de q se necesita empujar ese tema y concientizar a los jefes de q es importante.. y asi hablando y hablando empezamos a soniar q podiaos hacer algo, entonces alguien sugirio unirnos para hacer algo y asi nacio”, decia Fabiana, otra de 30 anios q trabaja para revistas.
Y bueno, ellas y otras iniciativas como las suyas han comenzado a cambiar la situacion de la prensa brasileira. Ademas de querer impartir clases de periodismo social a las futuras generacionesdeperioistas (para q dejen de ver al pobre como criminal y dejen atras sus prejuicios a la hora decubrir temas), quieren empujar a q los pobres tengan sus propios periodicos asesora a las ONG mas pequenias para quesepan como hacer q se publique la informacion q tienen.
De ahi q fui con Luciana a su primer clase.
Eso fue m viaje a Sao Paulo, un ciudad parecidisima al DF por lo grande, sobrepoblada caotica, aunque con parques gigantes muy verdes. En Sao Paulo estuve en casa de una reportera peruana q conoci en Porto Alegre, q me acogio en su nuevo departamento, pues apenas unos meses atras se mudo de su pais para trabajar en Brasil. La experiencia, para las dos, creo yo, fue buena. Para mi porq de pronto sentia q la ciudad, con el cielo semi gris y sus enormes rascacielos, me sofocaba. Para ella, porq en el proceso de mudanza a un pais nuevo de pronto se sentia desencanchada, desubicada, y sin ningun conocido a la redonda. Asi que era lindo, para las dos, llegar a la casa, cenar juntas, a veces llorar juntas y compartir lo q nos ocurrio durante el dia. Era raro porq con ella senti lo q con pocas personas he senidoto: cuando me contaba sus dudas existenciales yo sentia q ya habia vivido o estaba viviendo lo mismo q ella, o cuando ella me contaba sobre su vida creia q estaba hablando sobre la mia. Como si fuera un espejo.
*
En Sao Paulo mas que lugares turisticos conoci periodistas y visite el periodico Folha de Sao Paulo, q me dejo boquitabierta con sus dies pisos de altura y su enorme rotativa en la entrada y la exhibicion de sus portadas historicas.
En Brasilia segui mas o menos el mismo ritmo. Alla segui mi investigacion sobre periodismo social. Conoci periodistas interesatisimos como Marcelo Canellas, reportero estrella de la Red Globo(el equivalente de Televisa pero en elefate), de 37 anios, que ha gando premios internacionales por sus trabajos. El ppaso 4 anios convenciendo a sus jefes de q le dejaran hacer un reportaje sobre el hambre en Brasil. Sus jefes le decian q el tema ya estaba muy quemado, q no habia nada nuevo q agregarle a lo q la gente ya sabia, q la gente se habia cansado del tema. Hasta q, depsues de 4 anios de insistencia, le dieron el permiso y lo hizo. Viajo por cinco estados un mes y otros 50 dias lo edito. Al final quedo un reportaje en cinco partes, decinco minutos cada uno, q gano premios en Brasil, Espania y Latinoamerica. Lo mismo con otro reportaje sobre los trabajadores q son esclavos en Brasil.
El tipo –a quien al hablar se le notaba la paciencia, el buen corazon, la dulzura en la mirada– me contaba lo q le indigna la pobreza, lo q le emociona saber q sus reportajes son usados por campesinos o trabajadores organizados para discutir de sus derechos y sus problemas.
“Suenio con un mundo menos desigual, pero seria pretencioso creer q con mi trabajo yo voy a cambiar a la sociedad brasileira, yo con mi trabajo solo vpya senialar lo q debe ser cambiado, cambiarlo le toca a otros. Pero siento q el mejor premio q recibo es saber q sindicatos o cooperativas se reunen para ver mi reportaje del trabajo esclavo, y discutir sus derechos”, me decia en la cabina de edicion.
Y bueno, no solo es Marcelo, el resto de periodistas con los q platique tambien son una buena noticia. Asi q el viaje alas grandes ciudades estuvo cargado de ese ingrediente.
*
Pese a todas las buenas personas q encontre, casi odie Brasilia. Es una ciudad q aman los arquitectos, la gente q gusta del orden, de los deportes y las areas verdes, pero yo casi termine por aborrecerla. La ciudad fue construida en los anios 60 especialmente para ser capital de Brasil y esta tan bien planeada q en el centro esta la terminal de camiones urbanos y alrededor la vida se distribuye por sectores, q si el sector de secretarias de estado y oficina de gobierno, q si el sector de casas norte y sur, q si el sector de bodegas y areas aisladas, q si el sector militar, q si el hotelero o el comercial o el de disenio o el bancario. Y entre uno y otro sector, entre una y otra cuadra –q son kilometricas– hay enormes parques en vez de camellones. Y eso es lo terrible. Es una ciudad no hecha para peatones. Si quieres ir a comer algo o irpor un chicle, a caminar, caminar, caminar o tomar varios autobuses hasta llegar a la zona de restuarantes (estoy exagerando, pero no mucho), si quieres visitar las explanadas de las secretarias de estado –q estan unas junto a otras– tienes q caminar kilometros bajo el sol.
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Otra cosa q hizo a Brasilia un poco desolado es q me hospede en un hostal medio lejos del centro de la ciudad (en el sector de bodegas y areas aisladas, para mas senias). Mi unica amiga era Bia, una reprotera del Correio Brasilienza y su esposo, un fotografo del mismo diario, q justo esos dias andaban apurados, terminando un reportaje q iba a ser publicado ese fin de semana, asi q los vi poco.
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Ahora estoy en Salvador de Bahia, escribiendo este correo. El ritmo del viaje ha cambiado completamente, voy mucho a la playa (esta nomas cruzando la calle), camino mucho por el bello centro de la ciudad, ocasionalmente salgo con otros viajeros para playas cercanas, leo libros de Jorge Amado para estar a tono, bailo en las fiestas callejeras q se organizan todos los dias en casi todas las plazas, hago amigos.
Es chistoso pero la pregunta q mas intriga a la gente q conozco durante mis viajes es: “A poco viajas sola?”. La respuesta es afirmativa –siempre q el q me lo pregunte no sea un tipo con dobles intenciones, claro esta–; sin embargo, pienso varios segundos antes de responder pues aunque una salga sola de su pais, es una gran mentira decir q viaja sola. En el camino una va “encontrando” amigos y al final nunca esta sola. Hay veces q desde q me bajo del avion ya salgo con compania o conozco a otro mochilero en el mismo autobus q me va a llevar a la zona donde voy a hospedarme. Es chistoso, pero nos reconocemos de una sola mirada, y no es por lo fachoso q podemos andar, sino pq somos los unicos q bajando de un avion tomamos un autobus, q no llevamos maleta sino mochila al hombro, q llegamos pidiendo mapas del lugar a explorar, q andamos mirando a otros de reojo para ver si alguien se nos parece.
Cuando mucho, una esta sola el primer dia despues de su llegada. Generalmente en el desayuno ya encontraste a alguien con quien salir conocer la ciudad y en la noche a estas haciendo planes para ir a bailar o planeando viajar juntos por varios dias, compartiendo el mismo itinerario, discutiendo el ritmo del viaje y lo q se quiere gastar, convenciendo al otro de visitar los lugares q uno quiere visitar y ajustandose tambien a los planes del otro (sin sacrificar mucho).
“Donde te quedas?” Es otra de las preguntas. Y bueno, yo evito un hotel a menos de q me haya hartado de mucha convivencia quiera algo de paz. Pero quedarse en un hostal y elegir uno de ambiente es basico. Aunque tendras solo una cama y un locker, y compartiras el banio, eso se compensa con las amistades q haces de otros q viajan solos como tu, a quien prestas dinero si son asaltads, quienes te cuidan si te enfermas, quienes te esperan para salir a cenar.
En fin, de esos encuentros hablare en mi proxima carta, mi carta bahiana, q me estalla ya en el pecho del puro pensarla, por la vida se respira aqui, por la belleza, por el baile, por la sensualidad desbordada. Pero bueno,por lo pronto les mando un beso a todos. Muchos saludos, abrazos apretados y escribanme de vez en cuando, plis.

Carta 5. DESDE BAHIA DE TODOS LOS SANTOS

Hola a todos. Perdonen q no he contestado correos, la verdad he estado saturada mentalmente… no sé por que, supongo q llegué a la etapa del viaje en la q me siento saturada y necesito descansar. Esta carta la escribí hace tiempo y era sobre Bahia. Se divide en dos partes. La Bahia q siempre está de fiesta y que emociona al llegar, y la Bahia profunda, de la que quieres salir corriendo. Ahí va:

Viajar a Bahía es como tomar una cucharada de un jarabe concentrado de Brasil. Si en Río de Janeiro me sorprendíó la sensualidad, acá el erotismo se respira en el ambiente y cruzando una calle o entrando a una playa se convierte en lujuria, se materializa en miradas q te siguen al pasar, en susurros de amor q sientes en la oreja, en abrazos surgidos de la nada. Esta parte norte de
Brasil es la parte a la q llegaron los conquistadores, la parte negra donde se concentran los descendientes de los esclavos, donde se nota más la mezcla q hizo de Brasil lo que es. Es la parte donde conviven ritos y religiones de lo más variados, donde los dioses negros fueron trasplantados y ocultados bajo disfraces católicos. Es la zona donde abunda la fiesta, los bailes, la capoeira (una especie de arte marcial q mezcla música y acrobacias dignas de circo o de películas de chinos q luchan en el aire) y donde se realiza el mejor carnaval callejero, el más popular y animado.

En el corazón de Salvador de Bahía –o Bahia de todos los Santos como bautizaron inicialmente los conquistadores a esta ciudad ex capital del Brasil, desde la q se embarcaba el cacao para las Europas– existe un barrio llamado Pelourinho, que concentra todo lo descrito.

Pelourinho es el centro antiguo de Salvador, un barrio con iglesias q brillan de tanto oro q tienen en sus retablos, de pintorescos edificios coloniales con fachadas de colores, de inclinadas callecitas empedradas, de barsitos al aire libre, de museos e historia, construido en un alto desde donde se ve la bahía.

En Pelourinho es normal escuchar tambores, baterías, música. Al tratar de descubrir de dónde viene el sonido, sin darte cuenta ya estás dentro de una vecindad en un ensayo de una banda o participando de un baile callejero, rodeada de gente disfrazada. En algún punto, un desfile puede cruzar con otro y puedes acompaniarlo y luego a otro y a otro. Como si todos los días fuera carnaval.

Yo me di a la tarea de aprender a bailar los ritmos nordestinos, a despertar mi cadera, a coordinar el movimiento de cintura y piernas, a imitar a las brasileiras, así q comencé a arrimarme a todos lados donde oía música, a participar en los bailes callejeros y en las fiestas de las plazas, a recorrer antro por antro, a seguir a las olas de jóvenes q se desplazan de un lado a otro buscando música. No faltaron maestras q comenzaron a enseniarme espontáneamente. Bailé lo mismo en la ciudad como en la playa. Sola o en grupo.

Los primeros días tenía una explosión de gozo de estar aquí, de lo lindo q es este barrio, de la historia que conserva, de la fiesta popular, del erotismo bahiano, del movimiento de los cuerpos. Y me preguntaba: “?Por qué la gente va a Asia de luna de miel y no acá, si esto es el paraíso?”. Luego encontraría la respuesta.

Estuve primero en un hostal fuera de Pelourinho que me quedaba a una cuadra de una playa con un mar claro y tranquilo que parecía piscina, pues no tenía olas. Ese hostal tenía un ambiente especial y a diario, en el desayuno, hacía nuevos amigos con los que terminaba saliendo a cenar, a la playa, a recorrer islas o saliendo de viaje.

Así fue mi primer encuentro con Salvador de Bahía. Cada día era diferente, podía sólo tenderme en la playa, recorrer Pelourinho, acompaniar fiestas callejeras, recorrer museos, leer novelas de Jorge Amado (el escritor brasileiro más querido q hizo de Salvador el escenario de sus jocosas historias ) o ver películas de sus libros. Pasé aquí también mi cumpleanios, q recibí en una fiesta y lo terminé en otra.

De tanto que me gustó Pelourinho, o Peló, como le dicen los turistas, acabé por mudarme a ese barrio y ahí me quedé varios días, hasta que me descubrí agotada, sin fuerzas para irme, rebasada por lo q había visto. Tras una terapia grupal con otras chicas q conocí en mi hostal, descubrí q todas estábamos cansadas, con ganas de irnos pero sin fuerzas para hacerlo.
No sé cómo explicarlo pero hay una extrania energía concentrada en este barrio. Puede haber mucha fiesta, mucha belleza, mucha alegría, mucho ritmo pero también encerrar mucho sufrimiento, mucha pobreza, muchos policías, muchos robos y mucho “malandraje”– como los llamaba Jorge Amado.

Vi cómo los policías militares encargados de prácticamente sitiar el barrio para cuidar a los turistas, golpean a los lugarenios. Los vi poner contra la pared a varios muchachos, sacar a jalones a una senora q se acercó a la mesa de un bar, agarrar a un ninio y llevarlo arrastrando a la comisaria, expulsar a golpes a un hombre q se metio a un restaurante. Ante mis narices, un taxista golpeó a una ninia q quiso robarle y le gritó muchas veces q merecía ser asesinada y con su mano hizo como si tuviera un rifle y le disparara en la sien.

Como si tuviera radar integrado, me di cuenta de varios robos q los otros q me acompaniaban no veían. Descubrí ninios hambrientos que entraban rápido a los restuarantes a chupar las sobras que los turistas dejaban en los platos. En 10 segundos se empinaban el guiso, antes de que los policìas los tundieran a golpes por su “descortesia” con los extrranjeros.
En Peló las mujeres y los ninios te siguen para recoger la lata q intuyen vas a tirar y se la pelean como se disputan la basura. Otros inventan unas historias terribles para q les des dinero pero te aburren cuando las escuchas muchas veces. Unos más te piden y te piden y cuando no les ayudas te hacen un drama y se pone al borde de la lágrima o te insultan o amenazan, dependiendo de su humor. De pronto esa tensa relación turista-mendigo se vuelve inmanejable. Uno no sabe qué se supone qué hacer.

Mi primera solución fue comprarle leche a unos ninios pero desistí cuando vi que comenzaron a pelearse entre ellos, a amenazarse y a pedirme q no les comprara a los demás que llegaban pq no la merecían. Al final, terminé huyendo de las hordas de ambulantes que quieren ponerte en la munieca un listón de recuerdo del Senhor do Bom Fim y terminan cobrándotelo.

Hice “amistad” con un tipo de 35 anios q pesaba 50 kilos y vivia en la calle. Ya había comido su ración diaria de comida, sí, un pan. Vi su sorpresa pq junto a mí se convirtió en persona ante los demás y, por primera vez, los ambulantes le ofrecían cosas para comprar. Nos vimos dos días, al tercero desapareció. Acompanie a cenar a un artesano con rastas q me convidó de una sopa grasosa y horrible, hecha de la sobra de otras sopas que costaba 1.50 (medio dólar) e incluía un pan.

Pelourinho agarró otro significado cuando me di cuenta que el barrio se llamaba así porq era el nombre del árbol donde amarraban a los esclavos y los torturaban hasta la muerte. De pronto descubrí q la energía concentrada ahí carga con ese peso. Que es un lugar que duele a los brasileiros pero que los atrae como turistas. Que en el centro del barrio lleno de iglesias hay una en particular ( la del Rosario de los Pretos) q construyeron esclavos para ellos mismos con su dinero y trabajo, pues no los dejaban escuchar misa. Que tras las pintorescas fachadas llenas de artesanías se esconden vecindades en las que malviven apretujadas varias familias…

Quería irme, pero no podía. Estaba como hipnotizada en ese excitante barrio que celebró alegre y bulliciosamente la semana santa. Consternada por la miseria (no me entendían los europeos la consternación viniendo de una mexicana). Pero no podía irme, al menos no hasta encontrar algo q me reconciliara con el lugar, q me diera algo de esperanza a la sin salida…. q en la siguiente carta les contaré qué fue. Voy atrasada en relatos. Ya sali de Bahia, estuve en Fortaleza y ahora estoy en Amazonia. Luego escribo más. Les mando por lo pronto un abrazote. Cuidense. Saludos!!

CARTA 6. EL OTRO BRASIL
Hola a todos, espero q estén muy bien en todos los sentidos. Les envío esta, mi antepenúltima carta de Brasil, pues ya casi estoy de salida de este país en vista de q se me acabó mi visa. Yo sigo bien aunq confieso q ya me duelen los huesos de tanto viaje y ya necesito una buena cama. Será la semana entrante cuando ya estaré en Argetina. Mientras tanto, les cuento de varios encuentros importantes que tuve por acá. Saludos.
*
1.
Mientras bailaba en una plaza de Salvador, rodeada de gente en fiesta y muchos indigentes q recogen las latas tiradas mientras bailan, un tipo se acercó y me preguntó si era espanhola o mexicana. Me extranhó q mencionara México, pues muchas de las personas q he encontrado no saben ni dónde queda México y cuando me oyen hablar sólo me preguntan si soy argentina, espanhola o americana, no se les ocurre otro país para mencionar. Comenzamos a platicar y resultó que él, un hombre que duerme en la calle, conocía México..
Le pregunté q cómo es q conocía México y me dijo que cuando formó parte del Movimiento de los Sin Tierra (MST) fue enviado a Chiapas para manifestar su solidaridad a los zapatistas. “Ah”.
Bailamos un poco y luego nos sentamos en la plaza a conversar. Yo tenía muchas preguntas q hacerle a este sin-tierra, ex integrante de ese movimiento social tan importante para América Latina del que había escuchado mucho y del q había visto muchas fotos de campesinos ocupando haciendas o enfrentándose a la policía.
El hombre se llamaba Duilson, según el papel q me mostró y q estaba casi deshecho por el tiempo y por las lluvias. Era una constancia de alguna dependencia de gobierno en la q decía q él se llamaba así. Era su única identidad.
Su otra posesión, además de la camiseta, los pants (pantalonera) y chanclas de hule q llevaba puestos, era un vaso de plástico q usaba cuando pedía agua, pues, según me explicó, cuando les das el vaso no se pueden rehusar a llenarlo; si no traes no te dan.
(me conmueve mucho ese gesto de los más pobres, cargan siempre con un documento y cuando se presentan siempre te lo ensenhan, como si no fueras a creerles o como si así reafirmaran su existencia o como si le dieran mucha formalidad a la presentación, no sé a q se debe)
Duilson era simpático. Era poco moreno, pelo chino, barba, menor a mi estatura, tenía 35 anhos y pesaba 55 kilos!! Estaba muy flaco. Al principio me costaba mucho platicar con él porque olía muy fuerte a basura mezclada con sudor, pero intenté no tomar eso en cuenta.
Sentados alrededor de una mesa en la plaza me contó que no tuvo papá, su mamá nunca se ocupó de él ni de su hermano, q es de un estado lejano, q un día se vio sin tierra, estudios, herencia, trabajo o futuro y…
(–Por q dejaste tu casa?
–Por hambre. El hambre duele mucho. No aguantaba. Duele muy feo –respondió).
…decidió engrosar las filas del movimiento de los sin-tierra e invadir con ellos una hacienda. Y se quedó ahí un anho, “resistiendo”.
Todo lo q decia me lo actuaba, como dando por hecho q yo no entendía nada de portugués o como reforzando lo q decía. Parecía un cómico trágico, por sus gestos seme figurabaun payaso q actúan una tragedia, actuaba todo, hasta el hambre o la discriminación q sufría por su “color de piel”.
Me dijo q estudiaba filosofía, luego entendí q toma unos cursos q da una ONG en la q imprimen ganas a los indigentes a superarse, de no dejarse desintegrar por el anonimato y luchar por ser alguien.
–Qué pasó con la invasión, ¿por qué no tienes tierra?
–Aguanté un año, pero cuando nos dieron la Hacienda (que el gobierno la expropió y se las dió) no alcanzó tierra para mí pues yo no estaba casado ni tenía familia.No era candidato a tener tierra. Luego me emplié cortando caña –y hacía movimientos como si tuviera frente a sí un manojo de cañas y un machete– pero lo q me pagaban apenas me alcanzaba para comer entoncesme vine a la ciudad y aquí estoy, durmiendo en la calle.
– ¿Y cómo es una invasión,por qué dices q casi nadie aguanta?
–Es muy difícil. Vivir un año en el suelo, bajo un plástico, una lona, mojándote cuando llueve, con frío en la noche, no todos resisten. ¿Usted nunca ha acampado?¿No ha dormido bajo un plástico?
–No,la verdad –le dije.
–¿Noooooooo? –y me miraba sorprendido.

(El era para mí el rostro de los sin-tierra, ese movimiento q critican tanto los medios de comunicación por estar formado por familias q no muestran los más mínimos modales y no respetan la propiedad privada. Que, de buenas a primeras, cualquier madrugada, “invaden” una Hacienda ociosa o una tierra q era del Estado y q se apropió ilegalmente un hacendero, levantan sus casas de plástico y comienzan a cultivarla. Y ahí se quedan hasta q el gobierno les reconozca su derecho a tener tierra y la expropie o hasta q entre la policía y los mate, encarcele o desaloje.
Ya q a ellos no les tocó tierra, pues simplemente se la toman. Se hacen justicia a la fuerza. Es eso o morir de hambre en el campo o irse a vivir a una favela o morar en la calle.)

Mientras platicábamos y tomábamos agua, fuimos varias veces interrumpidos por ambulantes, quesq el q vende varas de quesos, q el cacahuatero, q lléves su recuerdito del senhor-do-bom-fim… y cada vez q nos ofrecían algo, Duilson se impresionaba pues a él nunca le ofrecían nada para comprar. Y estando conmigo había dejado de ser invisible, había vuelto a ser persona.
Me platicaba de las discriminaciones q sufre por su “color de piel” (que yo veía delmismo color de la mía), q desde q vivió con los sin tierra abrió los ojos a lo q es la discriminación y la injusticia (“tengo 35 años y pesos 55 kilos, eso es injusticia”), q intenta explicarle esos conceptos a sus colegas indigentes con quienes quiere hacer una revolución q tenga como primer paso tomar por asalto la catedral y q de ahí se extienda a todo el país…
Como no había comido pq el comedor a donde va lo cerraron pq unos indigentes se pelearon, compré dos varas de queso. Lo q me conmovió fue q en cuanto las tomó las quiso compartir con el mismo quesero q nos la había vendido y conmigo.
Al día siguiente nos vimos, y estuvimos un par de horas pasenado por Pelourinho y platicando. Después se fue pq ya le cerraban el comedor donde compra su comida a un real (yo gastaba en hospedaje 25 diarios). Quedamos de vernos al otro día pero ya nunca volvió. Desapareció. No supe si era por lo q me decía q la policía lo miraba feo por estar junto a mí o pq simplemente cambió de barrio o pq le pasó algo. Lo busqué mucho con la mirada los siguientes días pero ya no apareció.
*
2
Otro encuentro q tuve fue con Cesar della Rocca (creo q así se llama), un italiano q fue director de UNICEF y q un día, hace varios años, caminando por Bahía, encontró a un niño de la calle. Platicaron, y de la plática el italiano quedó muy impresionado. El niño no tenía sueños, le daba lo mismo robar, matar o morir, todo intento de sueño era boicoteado por el propio niño q se preguntaba: ¿para qué, si al cabo me voy a morir?.
El italiano decidió hacer algo para cambiar eso, para hacer q los niños vuelvan a desear. Y de ahí surgió el enorme proyecto llamado Projeto Axé, q se ha copiado en muchas partes del mundo como una vía exitosa para recuperar a los niños de la calle. Y q parte de lo q bautizaron como la pedagogía del deseo.
La idea del italiano era hacer un proyercto diferente, no como los otros “proyectos pobres para pobres”. Nada de dar sobras a los pobres, sino tratarlos como lo q son, ciudadanos de primera categoría. Entonces comenzó a capacitar voluntarios para q ser “educadores callejeros” y trabajando en las esquinas con los niños de la calle comenzaran a destrabarlos ese obstáculo q tienen de volver a soñar. Una vez q el niño quiere experimentar una nueva vida, acude a los talleres del proyecto, donde les enseñan ballet o deportes o alta costura o diseño de muebles o música, pero todo enseñado por prestigiosos maestros. Porq no hay q dar sobras al pobre por ser pobre, si se le educa se le educa bien.
Y los niños, además de q trabajan unas horas, ganan dinero y se educan, llegan a tener sueños. A bailar en escenarios europeos, a hacer obras de arte, a confeccionar ropa de moda q venden en varias tiendas. Y además de aprender eso aprenden a ser ciudadanos, aprenden lo valioso q son y la necesidad de articularse para exigirle al gobierno q atienda su problemática, aprenden sus derechos y son enseñados a hacerlos valer. ¿Revolucionario, no?
*
3.
Brasil es una mezcla de fiesta y tragedia. De belleza y miseria. Es el país donde menos ricos concentran más riqueza. Es la octava economía del mundo, así q, como bien dicen, más que país pobre es un país injusto. Y tanta desigualdad, tanta concentración de tierras y de riquezas ha generado una violencia espantosa.
Hace unas semanas, unos policías de Río llegaron a un barrio y mataron indiscriminadamente a 30, ninios, mujeres, jóvenes, nomás para mandarle un mensaje a su jefe q amenazó con investigar si habían torturado y decapitado a un tipo. En Río se vive una guerra civil q ha dejado más muertos q la guerra de Vietnam o revoluciones africanas.
En todas las ciudades turísticas hay muchos robos.
Y la violencia no es sólo ahí. También en el campo. Llegué justo el día del asesinato de la misionera gringa Dorothy Stang, una viejita de sonrisa dulce q parecia inofensiva. Murió leyéndoles a sus asesinos las Bienaventuranzas, pues cuando ellos le mostraron sus armas ella sacó su Biblia. Fue una muerta más del conflicto de tierras. Ella defendía un pedazo de selva estatal q unos terratenientes se habian apoderado y defendía a familias de campesinos q ahí estaba asentados y q estaban haciendo un proyecto de conservación y uso de la selva.
Un consorcio de madereros la mandó matar (hay hasta lista de precios por activista asesinado, dependiendo si es campesino, cura, lider sindical, abogado…). Luego siguieron otras muertes rurales.
Parece q la situación q describía Jorge Amado en los anios 60 y 70 continúa. Es como si hubieran salido de sus libros los terratenientes q resolvían todo conflicto con pistoleros. La cosa está q arde. Por un lado, las multinacionales quieren pedazos de selva ya talados para plantar soya pues los chinos quieren mucha soya, por otro los ganaderos llegan y talan para convertir selva en pasto y dar de comer a su extenso ganado. Por otro los madereros ilegales. Para empeorarla, están los traficantes de tierras, q falsifican títulos de propiedad de terrrenos estatales arbolados y los venden como si fueran de ellos y a varias personas. A esto se le suman los campesinos del Movimientos de los Sin Tierra y de otros movimeintos q llegan a invadir tierras ociosas o tierras del gobierno invadidas por hacenderos. Y los indígenas q son propietarios de las tierras por ley pero no tienen cómo protegerlas de las invasiones. Y la iglesia apoyando a los pobres, los jueces a los ricos, y el gobierno q no hace nada. Y como no se ponen de acuerdo hay muchas matanzas en el campo.
El hambre es otra cosa palpable.
Ayer q viajaba por Pará entendí lo q había leido en un libro. Q de tanta desnutrición q hay en algunas zonas ya se creó una sub-raza, q es formada por hombres q parecen pigmeos. Y sí, ayer q venía en el autobús vi personajes q parecían salidos de las fotografias de Sebastiao Salgado,pero en miniatura. Labradores morenos, pelo chino, barbudos, llenos de tierra, como si estuvieran embarrados de carbón, ropa rota, sombrero de fieltro roto, flaquitos, sin músculo y muy chaparritos. Los vi con sus familias de 5, 6, 7 hijos pequenios, con todas sus pertenencias, mudándose a donde haya trabajo, sin comer nada en las paradas q hacía el omnibus, viendo a los demás comer.
Y bueno, ellos son el otro rostro del Brasil del carnaval, de las playas paradisiacas, de la samba, de las mujeres más bellas del mundo, de los mejores futbolistas.

CARTA 7. NAVEGANDO EN LA AMAZONIA BRASILEIRA

Hola, de nuevo, sigo con Brasil. Besos:
Tenía ante a mí a un hombre cuarentón que temblaba con esos temblores de niño con un susto incontrolable. No controlaba sus manos, intentaba calmar la temblorina jugando con la manga de su camisa de manta. Veía siempre hacia abajo y escondía su cara tras el copete largo que llevaba por tanto tiempo sin cortarse el pelo café grisáceo. Hablaba y la voz se le quebraba. Todos en el cuarto guardábamos silencio.
Tenía ante mí al rostro del trabajo esclavo que todavía se usa en Brasil. El hombre se llamaba Mabio Fernandes, pero el nombre no importa. Sería el primer “hombre-esclavo” que encontraría en mi camino, y no el último.
En Amazonia me dí cuenta de que el trabajo esclavo todavía existe. Funciona así: contratistas van a las zonas más pobres buscando trabajadores, a quienes se llevan a alguna hacienda a otro estado. Los tienen trabajando meses o años, sin sueldo. Si piden salario les sacan las cuentas acumuladas por la comida que consumieron y les dicen que están en deuda. Los trabajadores no pueden escapar o lo hacen a riesgo de ser descubiertos por los pistoleros que cuidan la hacienda.
Leí la historia de un muchacho que desde los 8 años trabajaba en una hacienda donde lo vendió su mamá. Nunca le pagaron un solo real y el día que uno de sus compañeros reclamó le cortaron las manos, a otros los mataban y enterraban ahí mismo. Cuando escapoó y contó su historia causó revuelo.
Leí otra historia:la policía organizó redadas para liberar a los hombres-esclavo. En un día liberaron ¡¡¡mil 800!!! en un solo municipio.
Me topé a Mabio, el hombre-esclavo tembloroso, en la oficina de la Comisión Pastoral de la Tierra, la instancia de la gilesia que vela por los derechos de los campesinos. Esa mañana llegó él y al poco rato otro con la misma historia de maltratos –”no me dieron protección para los plaguicidas, tomábamos agua del río, no daban carne, la comida (arroz y frijol) era mala y cara”–. Después visitaría una casa donde se hospedaban unos 30 hombres que llevaban semanas o incluso meses esperando que la policía liberara al resto de sus compañeros y cobrara sus deudas al hacendero que los estafó.
El hombre tembloroso, como los otros, no tenía esposa, ni hijos. Vivió para trabajar, siempre encorvado hacia el azadón, saltando de un hacienda a otra. Y, si tenía dinero, hacía una pausa entre un trabajo y otro, hasta que el dinero volvía a escasear y a buscar de nuevo.
–¿Por qué esta vez sí denunciaste y a tus patrones anteriores no?
–Porque fue maltrato, lo peor fue la amenaza,me dijo que no iba a pagar los 400 y que si mandaba a los federales (la policía) iba a mandarme matar, lo otro fue maltrato de alimentación que no me daban pq nací pobre y como quedé pobre, en la calle, tomé un poco de coraje, perdí miedo.
Aunque los “peones” como él saben cada vez más de sus derechos, y comienzan a protestar, a denunciar, o se unen en movimientos tipo los-sin-tierra, lo más descorazonante es saber que muchos de ellos cuando son liberados volverán a emplearse en haciendas que los esclavizan.
Al verlos me ácordé la canción Funeral de un Labrador, de Chico Buarque (tomado de un poema famoso): “Este hoyo en el que estás, es de buen tamaño, ni largo ni fondo, es la parte que te corresponde de este latifundio, es la tierra que querías ver dividida, estarás más ancho de lo que estabas en el mundo…”
*
Estaba en el estado de Pará, uno de los que forman la región llamada Amazonía. Es el estado donde más muertes por conflictos de tierra hay, el estado líder en trabajo esclavo y uno de los punteros en tala clandestina y destrucción de la selva.
De Bahía había saltado a Fortaleza y de Fortaleza a Pará, en el norte-norte de Brasil, donde desemboca el Río Amazonas que, navegado, en 5 días conduce a Manaus, la capital de Amazonía.
En Belém tomé una especie de barco-lancha para llegar a una comunidad indígena llamada Novo Lugar. Fueron dos días de viaje. Iba en una de esas plataformas donde van todos los pasajeros amontonados, con hamacas como asientos y hasta tres pisos de hamacas por metro. Llevaba un poco de comida, latas, galletas y algo de agua. No llevaba hamaca porqueme subí sin saber que la necesitaba.
En el barco iban varios polizontes: una tarántula a la que me quedaba viendo por horas, para cerciorarme de que seguía en su lugar (no tan cerca de mí) y hormigas enormes. A veces, la gente lleva cerdos, pero esta vez, por suerte, no me tocó compartir con animales el viaje.
Yo, como buena citadina, llevé mi comida personalizada, pura cosa fina que compré en un súper movida por el antojo. “Mis” sandwiches de crossaint, “mis” galletas cremosas de fresa, “mis” latas de atún preparado y condimentado, “mi” pan tostado integral-ligth, “mi” saborizante de agua, “mi” litro y medio de agua, “mi” lata de botanitas surtidas, “mis” zanahorias enanas, “mis” manzanas y “mi” pastrami para casos de hambre extrema.
Compré cantidades para mí –para el viaje de ida y vuelta y mi estancia en la comunidad– y para alguna persona que, seguro, conocería en el viaje. Pero, obviamente, erré. No contaba con que cada que me movía, varias manos se levantaban ofreciéndome café, comida, galletas, café, golosinas. Me sentí mierda por mi actitud “Scrooge”, con mis latitas individuales, por la red de protección con la que viajo al encuentro con los más pobres, por el repelente que uso a la hora en que pica el mosco de la malaria o la crema antibactericida para casos extremos. Ofrecí a mis compañeros de viaje crossaints, galletas, botanitas, zanahorias; me hice famosa por lo rico de la comida que llevaba. Me guardé las latas para lo que me deparara el destino en la comunidad y me quedé también con el agua purificada que, cuando escaseó y pasé sed, me arrepentí de no haberme llevado más.
Navegué por ríos anchos como mares y de diferentes colores, rodeada de indígenas y mestizos ribereños. Pasamos por lugares increíbles: por islas sumergidas de las que solo salían copas de árboles gigantes; por pueblos que no tienen calles ni banquetas sólo casas sobre el agua y canoas a la puerta, para que al salir de tu casa te trasnportes a la del vecino y donde los puercos nadaban en los pantanos; por bosques cerrados que se reflejaban como espejo en el agua y formaba paisajes fantásticos.
*
Novo Lugar era una comunidad indígena miserable sin tienda donde comprar algo de comida o medio de transporte a la redonda. La lancha-barco pasa dos veces a la semana, una de ida a Belem y otra de regreso.
Llegué movida por mi interés de ver el otro aspecto del problema de Amazonia: la invasión de tierras por grandes plantadores, el despojo creciente a los indígenas, el tráfico de tierras. Llegué con Ediche, mi regordeta anfitriona, una lideresa indígena quien vive con el miedo de que asesinen a Dadá, su hijo veinteañero, quien liderea del movimiento para pedir que las tierras sean declarada reserva indígena, y quien se salvó ya de los pistoleros contratados por los invasores. Como es común en la región.
Ediche fungía de mi guardaespaldas y traductora, aunque a veces no me entendía una palabra y nomás asentía como si hubiera entendido.
Con ella y otros de sus familiares me adentré a la selva. Cuando me caía, ella soltaba la carcajada: cuado había que saltar un tronco no dejaba de verme a ver si hacía algo gracioso, si corría huyendo de las hormigas gigantes soltaba la carcajada, si pisaba mal y toda mi pierna se hundía en fango casi soltaba lágrimas, muerta de la risa del espectáculo. Y yo… la quería matar.Estaba tan de malas que queria irme de la aldea.
Lo peor de todo (que hoy me da risa, pero entonces no) eran sus mentiras. Ella dificilmente me entendía pero yo sí entendía todo lo q ella decía. Entonces, cuando me presentaba a la comunidad inventaba unos rollos apantallantes: “Es que en su país no hay naturaleza, por eso viene a ver la de acá”, “no come nada de lo que nosotros comemos, nada más castañas”, “viene a ayudarnos en nuestra lucha”… y yo guardaba silencio o a veces intentaba intervenir, pero no servía de nada, porque ella ya se había autonombrado mi traductora.
La noche que estuve, en la comunidad hicieron bailes muy bonito y una oración para agaradecer mi presencia. Y como me ocurrió en otros lados (en una asamblea indígena y después en plena misa en una iglesia) me pidieron que les dirigiera unas palabras. Por la noche, alumbrados por una velitapues en ese paraje selvático a la orilla del río no hay luz, les enseñé a bailar, a hacer el triangulito, a hacer el un-dos, un-dos, pasitos básicos que se les dificultaban mucho y les parecían muy chistosos.
Dormí como piedra con la familia en la choza común, en una hamaca. Pasé sed los dos días que estuve ahí, porque solo cuando mi necesidad era mucha tomaba, como ellos, el agua café recién sacada del río.
Al día siguiente dormí en otro pueblo, en la casa de una pareja de ancianos catequistas super amables (como siempre, ellos como la familia de Ediche conseguían carne especialmente para mí pese a mis súplicas de que no lo hicieran). El viejito era todo un personaje: se la pasaba dando sermones y diciendo que Dios lo bendició por bueno y maldijo a los malos por malo. Una tarde me platicó su versión del diluvio universal, lleno de detalles de los animales que iban a bordo, que, de tan larga y tan maligna comenzó a desesperarme y estuve a punto de entrar en un debate teológico con él para combatoir su teoría del dios vengador. Pero, mejor me fugué.
*
En uno de esos viajes por el río (Santarém-Novo Lugar-Santarém-Altamira) me robaron mi cámara nueva. Todavía me da coraje imaginarme a algún vivillo que seguramente llegó arrastrándose abajo de mi hamaca y de las hamacas vecinas, rompió los candados de la mochila que dormía debajo de mí y que previsoramente había encadenada al poste más cercano. Con el ladrón se fueron todas mis fotos –de viaje y de mis futuros reportajes– y mi paciencia de turista.
Me enojé muchísimo. Me dio harto coraje. Quería matar al dueño del barco. Cuando podía iba y palpaba por encima de las maletas de los pasajeros que dormían cerca a mí –intentando reconocer la forma de mi cámara– y no pocas veces tuve discusiones con algunos.
Uno de mis enemigos declarados, y para mí principal sospechoso, era un joven que dormí en la hamaca vecina y no había dejado de verme durante el viaje. Cuando se dio cuenta que sospechaba de él abrió su maleta ante mis ojos y me enseñó su ropa y su identificación de fiscal y pidió que le enseñara mis papeles migratorios (cosa que hice como que no oí porque me rabiaba más que yo pasara a convertirme en sospechosa).
Pasado nuestro enfrentamiento se fue un rincón de la borda y comenzó a tomar y a tomar cerveza. Antes de bajarse en el puerto de su destino se acostó en la hamaca contigua y me declaró su amor a primera vista, esa era la razón por la que no dejaba de verme. Me platicó que era fiscal y ganadero (pensé que por eso los jueces nunca condenan a los ganaderos que invaden tierras y sí a los campesinos). Casi lloró al confesar que le hirió que sospeché de él. Me pidió un beso antes de tocar puerto, propuesta que me hizo gracia. Y cuando bajó y se montó a su moto, todavía seguía teatralizando su amor (muy brasileño él), actuando el palpite de su corazón, lanzando miradas coquetas.
*
Esta última parte del viaje no fue del todo buena. Ya estaba agotada e irritada por tanto viaje. Quería salirme de la selva pero no sabía cómo sería la manera más segura (si vas por carretera asaltan, por avión cuesta casi un vuelo internacional, por barco son 7 días). Me costaba tomar cualquier decisión, quería que alguien empacara por mí, me comprara un boleto de avión, me llevara al aeropuerto y me condujera a mi asiento… cosa que obviamente no ocurrió.
Salí finalmente por tierra y en raid, gracias a que unos militares en un puesto de revisión donde me puse a pedir aventón, detuvieron a una pareja de politicos evangélicos que iban a donde yo. Luego volé a Sao Paulo y llegué a casa de mi amiga reporteros casi a las 2 de la mañana en estado lamentable, hablando sin parar de lo que había pasado en el viaje (sin agua, robada, con miedo a ser asaltada, sin cámara, con pulgas, conmovida por el trabajo esclavo), descargué mi irritación y tristeza, me recriminé mi forma de viajar y diagnostiqué mis fallas… y ella me escuchaba pacientemente como si estuviera en una terapia. Así fueron mis dos o tres días con ella.
Cuando me sentí fuerte compra mi pasaje a Buenos Aires. Ya no quería más viaje por tierra o barco, ya tenía la columna destrozada, así que volé hacia acá, desde donde ahora escribo.
Bueno, eso fue, a grandísimos rasgos, la última parte de mi viaje a Brasil que espero no les haya aburrido y agradezco que hayan compartido conmigo. Saludos a todos y gracias por leer.
Pero, esto no es una despedida porque (les cayó la maldición), sigue la parte Argentina y la que siga. Bueno, les mando un abrazo. CHau!

LA MUERTE DE RAMONA

In General on Junio 20, 2006 at 2:11 pm

SEMBLANTE Y MUERTE DE LA COMANDANTA RAMONA
Por Marcela Turati

Suitic, México.- Ayer, en el centro de Salud de San Andrés Larráinzar todo el día estuvo estacionada la ambulancia. A tres kilómetros de ahí, en el pueblito de Suitic, una combi rentada con apuros recogió a una tzotzil agonizante, hija de don Manuel Díaz.
No alcanzó a llevarla al hospital de San Cristóbal de Las Casas, a 45 minutos de distancia. Camino a la ciudad falleció por diarrea, vómito con sangre y calentura.
Su diminuto cuerpo de mujer del campo, que no sobrepasaba el metro y medio de altura, estuvo tendido varias horas adentro de la casa rodeada de milpa seca y en la cima del cerro. Entre las paredes de concreto y el techo de lámina, fue velado sobre unas tablas y envuelto en sábanas hasta la hora en que llegó el ataúd de madera, como dicta la costumbre.
A cada rincón de México llegó la noticia de la muerte de esta indígena de 47 años que de niña no tuvo estudios, que desde “tiernita” trabajó de sirvienta, que aprendió lo que eran sus derechos adoctrinada por unas monjas, que el 1 de enero de 1994 se levantó en armas junto con otros indígenas del sureste de México y que entre las filas del EZLN llegó a ser conocida como la Comandanta Ramona.
“El mundo perdió a una de esas mujeres que paren los mundos. México perdió a una de esas luchadoras que le hace falta. A nosotros nos arrancaron un pedazo de corazón”, anunció así, el Subcomandante Marcos, la muerte de su compañera de filas.
Ramona, para la prensa; Josefina, para los allegados, María, para los familiares; es uno de los símbolos de lo que es el zapatismo de carne y hueso.
“Había estado bien, nomás con poquita calentura antier. Ayer por la mañana hasta se levantó hasta la puerta y empezó así, bien rápido”, relató una de sus sobrinas mientras, niño a la espalda, andaba por el lodoso camino del cerro empinado que conduce a casa del viejo Manuel, el dolido padre; anciano de 91 años, casi sordo que quedó solo en casa.
Discretos, varios indígenas encapuchados estaban apostados en la ruta de acceso al velorio e impedían el paso a los desconocidos. Temprano por la mañana sólo algunas religiosas de la diócesis de San Cristóbal y activistas de organizaciones no gubernamentales habían entrado a dar el pésame.
Ramona era una indígena como muchas: criaba borregos y pollos; usaba el telar; bordaba imágenes sobre telas que después vendía. Nunca tuvo hijos.
Dentro de la organización armada se dedicaba, principalmente, a hablar con las mujeres zapatistas y a mantener viva la fe en el movimiento del que estaba convencida.
En 1996 le fue trasplantado un riñón en el Centro Médico Siglo XXI, hospital gubernamental en la ciudad de México. “La Comandanta Ramona le arrancó 10 años a la muerte (…), tenía un trasplante de riñón”, explicó Marcos al dar la noticia en Tonalá.
El alegre bordado que Ramona hizo durante su convalecencia fue convertido en póster; era su representación de lo que es la sociedad civil: de muchos colores.
No se le conocieron acciones militares en las tomas de cabeceras municipales que hizo el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, al aparecer el 1 de enero de hace 12 años. Su aparición pública fue en los diálogos entre el grupo alzado y el gobierno federal, que se llevaron a cabo en San Andrés Larráinzar.
La última vez que se le vio en público fue en la comunidad zapatista La Garrucha, a donde llegó a bordo de una ambulancia para asistir a los encuentros preparatorios de “La otra campaña”, que inició Marcos al iniciar 2006 y por la cuál recorrerá todo México. Ahí estuvo, encapuchada, con su falda negra y su blusa blanca bordadas en telar con motivos indígenas, sus trenzas largas y sus huaraches.
“Era 100 por ciento luchadora, pues. La verdad, es una gente buena, una buena persona”, opinó el presidente municipal autónomo de San Andrés Larráinzar, Andrés Sántiz, responsable de lo que sucede en la comarca. Su gobierno, afín al zapatismo, es paralelo al de la presidencia municipal instalada enfrente y reconocida por el gobierno mexicano.
“Si quiere saber por qué era una luchadora vete directo al “Caracol” de Oventic (la sede de la junta de gobierno de los zapatistas de esa región). Nosotros no hay información. No decimos si murió hoy o mañana. No hay información”, dijo siguiendo la orden de la comandancia zapatita de guardar silencio ante la prensa.
Como un día antes había informado el Subcomandante, el Caracol de Oventic fue cerrado para que los zapatistas, en privador, pudieran “doler” la muerte de su compañera. No hubo acceso a la prensa.
Dicen los cercanos, que Ramona había estado bien las últimas semanas. Un día antes estuvo bordando y hasta bromeaba. Por la noche tuvo calentura. A la mañana siguiente podía caminar, aunque el malestar seguía. Luego empezó la vomitadera. Sus familiares demoraron mucho en conseguir un auto que los trasladara al hospital.
Fieles a su convicción de no aceptar nada del “mal gobierno”, rasgo que los distingue como indígenas zapatistas, no acudieron a la clínica de salud más cercana, a 5 minutos de la casa.
“Estuvimos toda la mañana ahí y nunca nos pidieron ayuda”, informó el médico Francisco Roblero. “Ayer aquí hubo ambulancia todo el día”, dijo la enfermera Leticia del Carpio.
Con apuros, los familiares consiguieron que les rentaran –a 140 pesos el viaje de ida y 140 de regreso– una combi de la cooperativa San Andrés Yajualó, para transportarla a San Cristóbal.
Ramona murió a 15 kilómetros de iniciado el camino, antes de llegar a la comunidad San Juan Chamula. Ya pasaba el medio día.
“Si la hubieran traído se hubiera podido salvar porque le hubiéramos puesto suero y mandado a San Cristóbal para que le pusieran plasma. Pero, así son los zapatistas. Casi no vienen y los que llegan a venir ya los traen graves o vienen muertos”, dijo el doctor Oscar Muñoz, médico en turno de los fines de semana.
Su muerte aún no consta en actas oficiales, como quizás tampoco se tenga registro de su nacimiento. Su cuerpo será entregado a la tierra el domingo.

LA MUERTE DE LA COMANDANTA RAMONA

In Crónicas y reportajes on Junio 20, 2006 at 2:11 pm

SEMBLANTE Y MUERTE DE LA COMANDANTA RAMONA
Por Marcela Turati

Suitic, México.- Ayer, en el centro de Salud de San Andrés Larráinzar todo el día estuvo estacionada la ambulancia. A tres kilómetros de ahí, en el pueblito de Suitic, una combi rentada con apuros recogió a una tzotzil agonizante, hija de don Manuel Díaz.
No alcanzó a llevarla al hospital de San Cristóbal de Las Casas, a 45 minutos de distancia. Camino a la ciudad falleció por diarrea, vómito con sangre y calentura.
Su diminuto cuerpo de mujer del campo, que no sobrepasaba el metro y medio de altura, estuvo tendido varias horas adentro de la casa rodeada de milpa seca y en la cima del cerro. Entre las paredes de concreto y el techo de lámina, fue velado sobre unas tablas y envuelto en sábanas hasta la hora en que llegó el ataúd de madera, como dicta la costumbre.
A cada rincón de México llegó la noticia de la muerte de esta indígena de 47 años que de niña no tuvo estudios, que desde “tiernita” trabajó de sirvienta, que aprendió lo que eran sus derechos adoctrinada por unas monjas, que el 1 de enero de 1994 se levantó en armas junto con otros indígenas del sureste de México y que entre las filas del EZLN llegó a ser conocida como la Comandanta Ramona.
“El mundo perdió a una de esas mujeres que paren los mundos. México perdió a una de esas luchadoras que le hace falta. A nosotros nos arrancaron un pedazo de corazón”, anunció así, el Subcomandante Marcos, la muerte de su compañera de filas.
Ramona, para la prensa; Josefina, para los allegados, María, para los familiares; es uno de los símbolos de lo que es el zapatismo de carne y hueso.
“Había estado bien, nomás con poquita calentura antier. Ayer por la mañana hasta se levantó hasta la puerta y empezó así, bien rápido”, relató una de sus sobrinas mientras, niño a la espalda, andaba por el lodoso camino del cerro empinado que conduce a casa del viejo Manuel, el dolido padre; anciano de 91 años, casi sordo que quedó solo en casa.
Discretos, varios indígenas encapuchados estaban apostados en la ruta de acceso al velorio e impedían el paso a los desconocidos. Temprano por la mañana sólo algunas religiosas de la diócesis de San Cristóbal y activistas de organizaciones no gubernamentales habían entrado a dar el pésame.
Ramona era una indígena como muchas: criaba borregos y pollos; usaba el telar; bordaba imágenes sobre telas que después vendía. Nunca tuvo hijos.
Dentro de la organización armada se dedicaba, principalmente, a hablar con las mujeres zapatistas y a mantener viva la fe en el movimiento del que estaba convencida.
En 1996 le fue trasplantado un riñón en el Centro Médico Siglo XXI, hospital gubernamental en la ciudad de México. “La Comandanta Ramona le arrancó 10 años a la muerte (…), tenía un trasplante de riñón”, explicó Marcos al dar la noticia en Tonalá.
El alegre bordado que Ramona hizo durante su convalecencia fue convertido en póster; era su representación de lo que es la sociedad civil: de muchos colores.
No se le conocieron acciones militares en las tomas de cabeceras municipales que hizo el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, al aparecer el 1 de enero de hace 12 años. Su aparición pública fue en los diálogos entre el grupo alzado y el gobierno federal, que se llevaron a cabo en San Andrés Larráinzar.
La última vez que se le vio en público fue en la comunidad zapatista La Garrucha, a donde llegó a bordo de una ambulancia para asistir a los encuentros preparatorios de “La otra campaña”, que inició Marcos al iniciar 2006 y por la cuál recorrerá todo México. Ahí estuvo, encapuchada, con su falda negra y su blusa blanca bordadas en telar con motivos indígenas, sus trenzas largas y sus huaraches.
“Era 100 por ciento luchadora, pues. La verdad, es una gente buena, una buena persona”, opinó el presidente municipal autónomo de San Andrés Larráinzar, Andrés Sántiz, responsable de lo que sucede en la comarca. Su gobierno, afín al zapatismo, es paralelo al de la presidencia municipal instalada enfrente y reconocida por el gobierno mexicano.
“Si quiere saber por qué era una luchadora vete directo al “Caracol” de Oventic (la sede de la junta de gobierno de los zapatistas de esa región). Nosotros no hay información. No decimos si murió hoy o mañana. No hay información”, dijo siguiendo la orden de la comandancia zapatita de guardar silencio ante la prensa.
Como un día antes había informado el Subcomandante, el Caracol de Oventic fue cerrado para que los zapatistas, en privador, pudieran “doler” la muerte de su compañera. No hubo acceso a la prensa.
Dicen los cercanos, que Ramona había estado bien las últimas semanas. Un día antes estuvo bordando y hasta bromeaba. Por la noche tuvo calentura. A la mañana siguiente podía caminar, aunque el malestar seguía. Luego empezó la vomitadera. Sus familiares demoraron mucho en conseguir un auto que los trasladara al hospital.
Fieles a su convicción de no aceptar nada del “mal gobierno”, rasgo que los distingue como indígenas zapatistas, no acudieron a la clínica de salud más cercana, a 5 minutos de la casa.
“Estuvimos toda la mañana ahí y nunca nos pidieron ayuda”, informó el médico Francisco Roblero. “Ayer aquí hubo ambulancia todo el día”, dijo la enfermera Leticia del Carpio.
Con apuros, los familiares consiguieron que les rentaran –a 140 pesos el viaje de ida y 140 de regreso– una combi de la cooperativa San Andrés Yajualó, para transportarla a San Cristóbal.
Ramona murió a 15 kilómetros de iniciado el camino, antes de llegar a la comunidad San Juan Chamula. Ya pasaba el medio día.
“Si la hubieran traído se hubiera podido salvar porque le hubiéramos puesto suero y mandado a San Cristóbal para que le pusieran plasma. Pero, así son los zapatistas. Casi no vienen y los que llegan a venir ya los traen graves o vienen muertos”, dijo el doctor Oscar Muñoz, médico en turno de los fines de semana.
Su muerte aún no consta en actas oficiales, como quizás tampoco se tenga registro de su nacimiento. Su cuerpo será entregado a la tierra el domingo.

VIAJANDO POR EL RIO LERMA

In General on Junio 20, 2006 at 2:00 pm

VIAJANDO POR EL RÍO LERMA
Por Marcela Turati

Es un río que nace agonizante y termina oliendo a cadáver.
El Lerma nace de una laguna mexiquense empantanada que desgració un Presidente y, al inicio, se mueve impulsado por el drenaje de pueblos y ciudades vecinas de su cauce que lo inauguraron como el excusado favorito del Pacífico; pasa luego por la ciudad industrial que le da su nombre, donde apesta a amoniaco, y cosecha y arrastra botellas de plástico, cadáveres animales, lodos industriales y llantas. En Guanajuato lo detiene de tajo la presa Solís, parada que aprovechan los campesinos para robar impunemente sus aguas y los lirios para reproducirse al grado de que fue preciso erradicarlos con gusanos brasileños que, de paso, asfixiaron a toneladas de peces cuyos cadáveres flotaban por montones en las orillas.
A la vista de las autoridades, es bienvenido con residuos de una hidroeléctrica, una refinería y una fábrica de pesticidas en Salamanca, y de tanto químico con aroma a toneladas de ajos y huevos podridos, a veces el agua se enciende en llamas que tienen que ser sofocadas por el cuerpo de bomberos. Cruza por las fincas michoacanas escoltado por natas de excremento de cerdo y uno que otro cadáver porcino. Desemboca en Chapala, el lago jalisciense estrangulado por invasores que talan, construyen o plantan en sus riberas, y por la avaricia de no soltar agua de las presas río atrás. En El Salto de Juanacatlán, pueblo vecino, se convierte en río Santiago, donde el agua de tan tóxica suelta espuma blanca que enferma al contacto, atrae moscos gigantescos que parecen africanos y despide un pestilente sulfuro que –aseguran ahí– provoca cáncer.
No siempre fue así. Hace 50 años era sustento de pescadores, alegría de bañistas y un lujo tenerlo cerca. Hoy, convertido en drenaje, es la muestra fecal de la incapacidad del país para desarrollarse económicamente y, al mismo tiempo, cuidar los recursos naturales.
Viajar por su cauce es recorrer 708 kilómetros de malas políticas, conflictos entre gobernantes autistas, esfuerzos aislados por limpiarlo, indolencia colectiva, anhelo común de verlo sano, corrupción generalizada y contaminación hormiga que –concentrada– lo convierte en un grave problema de salud pública.
Cruza por 205 municipios, 11 presas, 5 estados (México, Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Jalisco), 3 mil 500 industrias, y la vida de 1 de cada 10 mexicanos, pues 11 millones viven a sus orillas. Atraviesa, también, millones de historias.
Está, por ejemplo, la de la sirena que quedó atrapada en un ducto que succiona agua, día y noche, hacia el DF. O la de los dos trabajadores municipales que a primera hora de la mañana suben a una destartalada canoa para arrancar el lirio que pudría el agua antes de que llegaran ellos. O la del pueblo donde a los niños se les caen los dientes por haber tomado biberón con agua de arsénico. O la de los funcionarios de Jalisco y Guanajuato que iban a protagonizar una guerra por el agua. O la del hombre que por el color de las manchas que arrastra el río descubre de qué fábrica proviene el vertido clandestino. O la de la escuela primaria que ve bajar del aire una espuma voladora que mancha la piel de los alumnos, y los deja enfermos y marchitos. O la de los manatíes arrojados en un lago con la misión de erradicar plagas, pero que fueron asesinados por los aterrados pescadores que los creyeron monstruos marinos.
Aunque el Lerma es agua, en ningún punto es bebible o utilizable para una ducha. Se usa sólo para humedecer cultivos, alimentar animales y llevar lejos orines, cacas y restos industriales. Sólo el 6 por ciento de las aguas usadas reciben tratamiento antes de ser arrojadas de vuelta al cauce. Estudios de la Comisión de la Cuenca Lerma-Chapala indican que en algunos puntos no es apta ni para dar de beber a la tierra.
Su contaminación lo ha hecho famoso. Su rescate puede ser, también, la prueba de que México es viable.
Eso se verá a lo largo del trayecto. Por ahora, en el kilómetro “0″, en Almoloya del Río, Estado de México, al pie de la Laguna Chignahuapan, un funcionario con peinado de Elvis Presley y bigote fino de galán de película mexicana antigua explica que el agua limpia corre entubada rumbo al DF y la sucia hacia el pacífico, por el Lerma. El río que ya no nace. O, al menos, no aquí, como antaño.

1A. PARADA. LA SIRENA ENTUBADA
“Se acabó cuando acabó el manantial que aquí había. El río hoy es un canal de aguas negras tan contaminado que ya no sirve de río. Ya se lo acabaron”, dice el anónimo empleado de la Comisión de Aguas de la ciudad de México, aunque de inmediato corrige: “Bueno, nos lo acabamos”.
Desde su oficina, este hombre con llavero de bola de billar y esclavas y cadenas de oro, tiene como paisaje de fondo un canal de aguas negras que acorrala al pueblo con sus propios desechos y que con las lluvias se desborda y convierte a Almoloya en un enorme excusado; un basurero clandestino y la laguna de orillas lamosas y enyerbadas de lirio, convertidas en establo y tierras de cultivo, punto de reunión entre garzas y patos migratorios llegados desde Canadá y borregos comunes, vacas y tractores.
De la potabilizadora que él supervisa sale un ducto que se pierde entre los amarillos y secos pastizales. El tubo es grueso, gordo y en apariencia impenetrable. Se dice que en su interior podría estar atrapada una sirena “güera, trenzona y bonita”, y su carismático sireno. Desde el entubamiento del agua nunca más fueron vistos por estos lugares.
Al alba o al atardecer, a la sirena le daba por bañarse en los manantiales y aguas termales que daban fama a Almoloya del Río de sucursal del paraíso y de cuna del río Lerma. No por nada fue balneario de varios Presidentes: Venustiano Carranza, por ejemplo, dejó un ahuehuete sembrado en un islote.
Coqueta, la mujer-pescado invitaba a los lugareños a tomarse un baño con ella entre peces y yerba zacate. El sireno, en cambio, encantaba “con su belleza y su carisma” a las féminas de la región y las invitaba a dar un recorrido en su chalupa cuando las sorprendía sumergidas lavando ropa o recolectando peces. No fueron pocas las que enloquecieron de amor.
Un día, así nomás, los dos desaparecieron. Coincidió, dicen, con las perforaciones de los 100 pozos, los dinamitazos y el entubamiento de esta laguna y sus nueve manantiales; en el intento por extraer 250 millones de metros cúbicos de agua para el siempre insaciable Valle de México. A la velocidad con que el ducto voraz chupó el agua, desgració estos parajes y torció los destinos: convirtió a los pescadores en maquiladores de pantalones, a los artistas del petate en migrantes, a los sirenos en desaparecidos y las aguas prístinas en podrideros estancados. El presidente Miguel Alemán es recordado, por ello, con mala memoria.
Al ver la estafa del progreso, los almoloyenses se pusieron bravos. Protestaron. Amenazaron. Exigieron indemnización. Se conformaron al recibir en sus casas agua entubada y gratuita (al día de hoy no pagan nada), unos lavaderos y una escuela que ya se cayó.
Ya sin manantiales, el río es parido a duras penas. En su nacimiento es un apéndice pantanoso de la laguna que, entre llantas y maleza, se va angostando hasta que se encarrila y cabe en una zanja. Al inicio permanece inmóvil. Se mueve con ayuda de arroyos, lluvias, deshielo del Ajusco y el Nevado de Toluca, orines y desperdicios de las fábricas que salen a su encuentro. Por obvias razones, el turismo no volvió a asomarse por aquí. Ni siquiera el día en que la actual administración municipal trajo a dos hipopótamos como atractivo.
“Tuvimos que donarlos a un rancho porque ya no fue recomendable tenerlos porque se salían y se subían caminando hasta el centro”, explica la atenta secretaria municipal Lidia Avila, al mostrar la foto de los dos paquidermos tomando el sol en lo que parece una isla pantanosa y resulta ser pasto común mexiquense.
“De una mañana a otra, luego, luego, se acabó el agua. Es como si hoy en la noche bombean y mañana que despierta no hay. Eso fue como en el año 45. En el 53 empecé mi carrera de costura”, narra Eligio Escobedo desde el taller improvisado en su casa donde tiene retazos de tela encima de sacos de maíz desgranado. Su padrasto fue uno de los que, desde entonces, echaron de menos a la sirena. Sus vecinas –Brígida Acosta, de 68 años, y su mamá, Candelaria Ariscorreta– también.
“Era trenzona. Se vestía de negro y bien bonito: sus zapatos no eran como zapatos, eran como huaraches, y hasta que bajaba al agua se transformaba en pescado. La muchacha anduvo enamorando a un señor Diego de por acá, cuando lo vio le dijo: ‘no te vayas, te necesito’, pero lo espantó. Dentro del agua, su casa era de tabique rojo y ahí se metía con su marido, el sireno que era alto, güero y guapo con unas patillas muy bonitas. Se casaron de bonito en la iglesia pero cuando bajaron se echaron pa’ dentro del agua y se perdieron. Fuimos a la misa y los seguimos pero se nos perdieron”, dice la anciana Candelaria, quien afirma ser más vieja que la Revolución Mexicana.
Desde uno de los islotes surgidos con la bombeada del lago, como Principito en un pequeño planeta rodeada de aguas puercas, Francisco Juárez Nazario –88 años, piernas chuecas, botas de plástico, sombrero duro como tortilla tatemada– explica: “Un día yo joven fui a ver qué se movía en el agua ¡y era la sirena, mitad con cuerpo y mitad pescado!, la vi, se estaba bañando, echando jicarazos. En ese tiempo había agua blanca en la laguna. Pero ya nunca la vi. Ya se desecó. Aquí nacía el río Lerma, ahora esta lagunita mantiene Chapala y va por la carretera. Antes todo era laguna grande. Ya esta agua que ve es de oxidación que viene del pueblo corrompida”.
Él, como todos sus contemporáneos, tiene la duda de la suerte que corrieron lo sirenos con la retirada del río. Si mudaron de residencia, como especula doña Candelaria. Si fueron succionados o atrapados por una tubería. Si murieron intoxicados por tanto drenaje vertido al río, en su camino al mar. Eso, quizás, se descubrirá más adelante. Pero ahora, el siguiente punto del recorrido es la ciudad industrial Lerma, donde el espejo de agua no existe.
Sólo guiados por el concentrado olor a químicos que revuelven el estómago y pican las fosas nasales como untada de chile habanero, el río se detecta bajo los puentes de la carretera México-Toluca. Está debajo de una capa gruesa de como lona de basura que lo mismo carga llantas, aceites, envases de plástico, lirio café y seco, trozos de madera, pedazos de porcelana de un excusado que a un perro muerto en descomposición.
Se sigue hasta pasar por una esquina de Querétaro, donde da vida a los ríos que mojan el Estado y cruzan la capital. En su breve trayecto, los queretanos lo reciben con descargas industriales. Un estudio pagado por los diputados de la Comisión Lerma-Chapala concluyó que al pasar por la capital, el afluente del Lerma contiene altas concentraciones de “Sustancias Activas al Azul de Metileno, Fosfatos totales, DBO5, Grasas y aceites,Cadmio, Cromo, Níquel, Plomo, Nitrógeno total, Mercurio, Sólidos suspendidos totales, Materia flotante; Coliformes fecales; Huevos de helminto y baja concentración de Oxígeno Disuelto”. Lo cuál se traduce en que la calidad del agua, en ese punto, no es apta para riego agrícola, abasto de agua potable y público urbano, ni para la protección de la vida acuática, por sus índices de toxicidad. Como tampoco lo serán los 31 puntos monitoreados por los legisladores desde México hasta Jalisco.

2A. PARADA: LA GUERRA DEL AGUA
Un letrero anuncia: “Bienvenido a Guanajuato, cuna de la Independencia”. La primera parada del río en tierra de Fox es la Presa Solís, la mayor de toda la cuenca hidrológica. Este gigante puede albergar en su panza hasta un millón 250 mil metros cúbicos de líquidos, y es aprovechada por 18 mil productores y 102 mil hectáreas de cultivos. Dos campesinos que le sacan ventaja pese a no estar en el padrón de usuarios, son Nicanor y Manuel Ramírez, del rancho san Cayetano, quienes charlan debajo de un árbol mientras miran al río encajonado en forma de alberca. A simple vista, parece que toman el sol de la tarde, aunque, en la plática, hacen notorio que supervisan el riego de sus plantas.
“Nosotros conocimos el piso de esta presa, eran puras llanadas, todo parejito. Había un arroyo, muchos árboles, gente. Cuando se levantó la presa nosotros ni sabíamos pescar y vimos cómo el pescado comenzó a multiplicarse y vinieron a pescar de todos lados, hasta que comenzamos a fijarnos cómo le hacían y aprendimos. Ora pescamos mojarra, charal, pescado blanco, carpa huachinango, carpa espejo. Desde el año pasado no sacamos bagre. El agua está enferma y ensuciada con esos drenajes que están llegando de arriba, de Toluca, que está echando a perder mucho el agua”, dice Nicanor, el hermano mayor, campesino convertido en pescador. 1949, fue el año de la inauguración de esta presa. En tiempos de Alemán.
Un manto de lirio acuático cubre la superficie del agua. La existencia de esa plaga evidencia la contaminación y el estancamiento de un río, y sin control puede convertirse en criadero de larvas del mosco del paludismo. En Solís han tratado de todo para erradicarla: máquinas para moler la planta, extracción manual, rocío de insecticida. Hasta la importación de gusanos extranjeros.
–Ora que estaba cerrado el lirio se maleó el agua. Ni podíamos pescar –explica Nicanor.
–Echaron unos gusanitos de Brasil. Eran 3 kilos de gusanito comprados a 17 mil pesos, que agujeran la ráiz y la planta se hunde hasta el fondo. Pero el gusano enfermó el agua, la echó a perder –completa su hermano. Y en delante, la charla se convierte en un diálogo entre ellos: uno comienza el comentario y el otro lo completa.
–Había muchísima mortandad de pescados, mucho carperío muerto, pura cosa triste y olía a podrido. Quedó corrompida como agua de florero.
–Sólo en ese rincón murieron como 60 toneladas de carpa — dice Manuel, el menor, señalando un rincón junto a la cortina de cemento y piedra que evita el escurrimiento.
–Ya casi volvió a estar buena el agua… y el lirio ya está comenzando a resucitar.
Esta presa no sólo dota de sustento a 500 familias que, como la Ramírez, tiene autorización de pesca. También protagoniza de sus propias historias. Como cuando se desbordó en el 2003 y de tanta agua arrastró peces asfixiados peces hasta La Piedad, Michoacán, llevando consigo una pestilencia insoportable y un cóctel infeccioso que sacó ronchas y dejó cicatrices a Eva Guadalupe, entonces de 4 años; dejó sin cultivo a productores de la Laguna de Chapala, como el restaurantero Carlos Fernández o su vecino Cleofas Zaragoza, quienes invadían ilegalmente los bordes que pensaban ya secos; obligó a la familia Martínez Martínez, de Salamanca, a vivir seis meses en un albergue para damnificados. Ellos lo narrarán en persona kilómetros más adelante.
¿La causa de la inundación? Según Nicanor fue la siguiente: “los remacheros no dejaron salir nada, todo lo almacenaron, no quieren nunca dejar el agua porque es puro dinero porque el gobierno la vende. Pero como cayeron muchas lluvias el agua se salió y ocasionó muchas pérdidas en maíz y sorgo. Dos años fue esa perdedera, no aprovechamos nada. Todo se acabó”.
Desde su construcción, la Solís es motivo de guerra entre Guanajuato y Jalisco. Aunque se han firmado acuerdos de buena vecindad, éstos cada tanto se violan. En el mismo 2003, campesinos del Bajío bloquearon las cortinas metálicas para impedir el envío de agua al Lago de Chapala, a 432 kilómetros de distancia; algunos –según documentó la prensa– hasta inundaron sus tierras con tal de acaparar los recursos, y diputados locales condenaron el pacto de entrega de agua. En respuesta el gobierno de Jalisco amenazó con no soltar agua del río Verde que abastece a la ciudad de León y se rumoró que un comando iba a volar las cortinas de la presa si no dejaban pasar el agua. Los expertos de Guanajuato, entonces, exigieron entonces a sus homólogos tapatíos cuidar los bosques para que el lago no se evaporara, y éstos, a su vez, demandaron no desperdiciar la mitad del agua de riego como ocurre en Guanajuato. En eso estaban –una abogada ponía ante un tribunal internacional la queja por el maltrato al Lerma cada que se topa una presa– cuando sucedió la inundación que se llevó todo, hasta el maíz y el sorgo de Manuel y Nicanor.
Pero eso quedó en el pasado. Ahora los dos reumáticos jefes de familia miran apacibles la improvisada bomba hecha con motor de tractor que jala agua a través de un tubo agujerado de plástico e inunda diariamente, de 8 de la mañana a 11 de la noche, su cultivo de forraje para el ganado. En Guanajuato esos artefactos caseros, de tan comunes, ya tienen nombre: “charqueras”. (83 por ciento del agua de la cuenca se usa para la agricultura, dirá un investigador más adelante, y se fuga por la vieja tecnología empleada, se contamina con pesticidas, su extracción no es controlada por el gobierno y se desperdicia por la mala costumbre campesina de inundar el terreno para que “amarre” la cosecha, como ahora mismo lo hacen los Ramírez.)
–Fui a Celaya a pedir permiso para sacar agua con un ingeniero José Rodríguez y me dijo que no me lo daría porque sino todos se agolpan pero me dijo: “Agarra el agua y riega”. Y así hice– justifica Manuel.
–Lo que hacemos es en beneficio de la Nación –completa el otro.
–Ya siendo para nosotros es en beneficio de la Nación porque somos una arenita de la nación.
Mientras esos amables hombres benefician a la Patria con su “charqueo”, en la comunidad de Terreros de la Concepción, en el norteño municipio de San Luis de La Paz, la sequía expulsa a la gente.
El desértico pueblo está al norte de Guanajuato, en los límites con San Luis Potosí, es considerado integrante de la cuenca Lerma-Chapala porque bajo su suelo, en lo profundo, corre un acuífero que lleva agua de lluvia captada hace miles de años.
Por el contenido del agua prehistórica, Terreros y las comunidades vecinas, son pueblos de niños sin dientes: el arsénico y el flúor del agua de los pozos se los está arrebatando. Ninguna empresa fue culpable, simplemente el agua sana se acabó con el derroche del riego que hacía de este lugar famoso por los chiles que engendraba. Los popotes de los pozos chuparon el agua joven, y ahora arañan y sacan lo que queda hasta el fondo, algo así como el sarro que reviste las cavidades profundas. El agua, entonces, sale mezclada con metales venenosos propios de la tierra.
Una víctima del despilfarro es la quinceañera Cristina García. Su nacimiento coincidió con el estreno del pozo. Sus primeras mamilas llevaban agua maligna. Desde niña, la boca comenzó a apestarle. Tuvo muelas color café podrido que se le despostillaban a la hora de la comida, y lucían sin esmalte y carcomidas. Luego fueron la manchas en las encías. Hasta que, de plano, los dientes comenzaron a caérsele. Hoy, a la edad de echar novio, esta adolescente vive escondida. Le acompleja el desfiguro.
“La mayoría de los nacidos del 90 para acá tienen estragos en su dentadura”, explica el ranchero Francisco García, ex delegado municipal de la comunidad, quien asegura, de paso, que desde que dejó de tomar el agua infecta se le controló la diabetes.
Otro niño de la generación del pozo es Alfonso González, de 11. “Cada día que como Sabritas se me descarapelan o si como manzana se me caen. No me duele, nomás se caen. Desde lo siete años me di cuenta de que me dolían, como que ardìa cuando mascaba chicles, chocolates o churros. Mi mamá me decìa que me lavara los dientes y así se me quitaba. Y me los lavaba muy seguido pero se me iban cachos de muela cuando mascaba algo”, dice sentado en una llanta sobre la duna en la que juega.
En 2002, cuando se descubrió “la infección”, los terrerenses dejaron de tomar agua del pozo y gastaron sus ahorros en comprar agua de garrafón. Meses después recibieron una planta tratadora que hasta el día de hoy es desairada. Desconfían que no limpie bien el metal. El municipio, desde entonces, les envía pipas que cada mes. Y los meses que no llega, la gente vuelve a tomar agua del pozo.
“Ahí está la planta en servicio pero la gente no la usa, espera mejor la pipa. De aquí poquitas personas se confían de esa agua. Y es que primero nos dijeron que no había filtro que eliminara esos metales del agua porque eran muy finos, y de repente, así nomás, nos dijeron que sí había forma y la gente quiere que nos prueben que no es lo mismo. No sirve de nada que nos la cambien de sabor”, dice María de los Angeles, abuela de Cristina.
“En su aspecto, los niño tienen los dientes muy feos. Esa es la manifestación del arsénico, pero lo más grave es en su interior. El arsénico provoca enfermedades graves, malformaciones, leucemias, cánceres.
Terreros no es la peor. Otras como Mineral de Pozos además de arsénico, el agua lleva plomo. Los dientes son unas de las manifestaciones cuando los niños están expuestos a contaminación de metales pesados”, advierte Jaime Muñoz De la Tejera, ex regidor del ayuntamiento y ex presidente de “Toltequidad”, organización en quiebra desde que denunció el caso.
“Ya estamos en lo límites. Acá se está acabando el agua y ese pozo empezó a sustraer los sedimentos. Es como una taza de café con todos los asientos que quedan. Hasta abajo hay arsénicos y metales pesados El problema de sobreexplotación es muy fuerte. Se supone que aquí hay una veda y desde entonces a la fecha han abierto más de mil 500 pozos. No sabemos cómo la CNA da los permisos”, agrega su hermano Ismael, responsable de la Sedesol Estatal de la atención de la zona.
El investigador del centro de Geociencias de la UNAM, Marcos Adrián Ortega Guerrero, estudioso del caso, tampoco se explica cómo después de la declaratoria oficial de veda se hubieran entregado concesiones de pozos que sacan agua enterrada de 5 mil a 35 mil años atrás. En sus estudios detectó cerca de 8 mil casos de flúorosis dental, la enfermedad que causa la destrucción del hueso más duro del cuerpo humano: la encía. Y aunque alrededor no se ve agua sino un paisaje desértico al que rompen la monotonía algunos nopales, el agua que corre por debajo, de alguna manera tiene que ver con el Lerma.

3. PARADA: DONDE EL RÍO ES VENENO
El señor Clemente Tornero Soto siempre pensó que el día que ardieran los ríos sería el fin del mundo, pero le tocó presenciar esa escena apocalíptica y aún vive para contarla. “En Salamanca el río Lerma se enciende de tanta contaminación que lleva. La última vez que se quemó, hace dos años, ardió cinco kilómetros hasta Pueblo Nuevo. Varias veces los bomberos han tenido que apagarlo”, dice en la cafetería de un hotel.
Por lo visto, la contaminación del Lerma ha seguido a este ex político, ecologista y empresario: en 1994, lo obligó a cerrar el balneario que tenía en el kilómetro 11.5 en la carretera Salamanca-León porque el agua salía con espuma y muy salina. En 1998 clausuró su molino de trigo (“Harinera Industrial del Bajío”) porque detectó que el agua con la que inyectaba el proceso estaba contaminada. Ese mismo año cerró su empacadora “El Ciprés” en respuesta a un dilema ética: “¿vamos a lavar los nopales con agua envenenada con plomo?”
“En 1998 cuando era regidor clausuramos en la ciudad pozos que estaban pegados a la empresa Tekchm (antes Fertimex), fabricante de pesticidas prohibidos en otros países. Estaban tan contaminados que cuando los niños de las colonias san Juan de la Presa y san Juan de los Cántaros transpiraban esa agua les hacía escamas la piel y se les caía la piel en el recorrido faringe-laringe-estómago-vientre. Y ahora tenemos mucho cáncer. La Secretaría de Salud inmediatamente dice que no es cierto, que el agua no está contaminada. Siempre lo niegan, son hipócritas, mentirosos”, rumia enojado. En el cuarto donde se hospeda, su papá agoniza de cáncer; antes, enterró a su madre de la misma enfermedad y culpa de su tragedia a la contaminación ambiental que beben, respiran, huelen, pisan en la ciudad industrial donde viven.
En Salamanca el río se convierte en una alfombra de lirio. El espejo de agua se percibe sólo donde los tubos escupen aguas presumiblemente tóxicas (en este ciudad está asentada una hidroeléctrica, una refinería, curtidoras de pieles, fábricas de pesticidas, por mencionar algunas industrias que vierten sus desechos en el Lerma).
A la vera del Lerma hace picnic la familia Martínez Martínez –madre, tres hijas, ocho nietos– que invierte sus ánimos en espantarse el agresivo mosco cúlex, que estos días se ha convertido en plaga y enemigo público número uno de los salmantinos. En el 2003, esta familia vivió seis meses en un albergue, cuando se desató la presa Solís y les robó sus pertenencias y sumió su casa.
“El río huele a puro drenaje, así todo el día Y en veces echan perros muertos y dejan una oliscada que sube hasta la casa. Hace poco lo andaban apagando unos bomberos por allá y yo pensaba cómo se va a quemar el río si tiene agua, y luego pensé ‘pues cómo no, si tiene diesel’”, razona María Martínez, la de 29 años, madre de dos de los ocho chiquillos que corren a la orilla del río, donde fueron reubicados por el municipio. Aunque prefieren vivir junto a las vías del tren. Hoy, día de calor, el río hede “como a azufre, a amoniaco, como a guayaba, como si ahorcara, a huevo, horrible, horrible”, diagnostica Guadalupe, la hermana soltera de María.
Los Martínez gastan el dinero que les sobra en insecticidas, un lujo que pocas veces pueden darse para evitar el enjambre de zancudos. No se explican por qué los niños se enferman con tanta frecuencia. A la chiquita de seis meses que colocaron junto al agua de lechuga y el picadillo de soya se le notan ahora mismo las ronchas grandes y rojas que intentan prevenir con insecticida.
Ahora mismo, también, a unos metros del día de campo, el gerente del Consejo Técnico de Aguas (Cotas), Juan Manuel Mejía, explica que es una buena señal la llegada del mosco, pues antes, en el río, ni vida había. Detecta ahora mismo una mancha negra compuesto de material no identificado que, especula, podría provenir de Celaya y, específicamente, de una fábrica de alimentos para ganado y haberse transportado a través del río Laja. Descarta que sea de la refinería pues asegura que la paraestatal ya cumple la normatividad ambiental, como lo escucharemos varias veces en el camino. Aunque, más adelante, encontraremos un ducto descarga al río y un letrero que indica que es propiedad de Pemex.
Mejía, al igual que su colega, el ingeniero ambiental Joel Berlín Izaguirre, de tanto convivir con la contaminación se especializaron en la lectura de manchas.
“Si es color arco-irirs son solventes de talleres o alguna pipa que descargó directo al río. si es café son aceites que también se le pueden haber ido a Pemex. Si son negras son plastas de combustóleo que normalmente son de la CFE. Si todo el río es negro viene de la zona industrial Cortazar-Villagrán. Si es verde es porque contiene Nitrofenol. Si es roja, se le salió a Univex”, dice Berlín, el ex director ambiental del municipio y quien participó en el sofocamiento de los épicos incendios del agua, que datan, según dice, de 1998. Los recientes, dicen, ha sido por la quema de maleza de las orillas. También le tocó detectar casos de leucemia en la comunidad de Mancera que sospecha fueron causados por descargas de aminas –aceites cancerígenos usados para proteger tuberías–. La extraña descarga mataba al ganado al momento de beber del río. Pero, se queja, la CNA nunca atendió su denuncia.
Cómo estaría antes el río para que ambos digan que últimamente ha sido saneado.
La contaminación, río abajo, cruzando Michoacán, será diferente. En el pueblo de Cuatro Milpas nadan libremente las cacas de cerdos que mezclados con agua parecen papilla. Esa estela de mierda que lleva el río es lo único que molesta a los arranca-plagas, Vitalino Trujillo y Ernesto Moreno quienes todos los días, salvo los domingos, suben a una vieja canoa para arrancar manualmente “la infección del lirio” y evitar el mosquerío. Y, lo han logrado. Antes, La Piedad era sinónimo de la porquería. La crónicas relataban que por el río nadaban libremente puercos desollados o sus partes; que ríos de sangre bajaban al río. Pero de esa realidad poco queda.
“De todo, lo único que nos falta encontrar es un difunto, pero de ahí en fuera encontramos perros, gatos, cerdos, botellas de plástico, basura y drenaje y esa nata de heces de puercos que se viene cuando hay aigresito. Pero en estos años el río, ya están arreglando el drenaje. ha mejorado porque le hemos metido ganas, aquí de a diario y diario”, explica su jefe Alfonso Cázares Piceno, un joven con pinta de futbolista.
“Aquí me crié. Más antes sí se bañaba uno cuando era el verdadero río Lerma. Ya no es, ya se acabó porque el agua que pasaba por aquí fue desviada para que pasara por el canal grande. Aquí ya se acabó el río”, dice
“YA está cambiando, ya no dejamos echar cosas al río- Ahora si vemos un perro muerto lo andamos enterrando para que no se quede en el agua, señor Ernesto Moreno Castillo, trabajador municipal.
Uno de los cerebros de esta operación es el doctor Javier Saldaña Venegas. Cansado de ver hepatitis, cisticercos en la cabeza, enfermedades del estómago, alergias en nariz, ojos y piel, dolores de cabeza, además de dos a tres casos nuevos de cáncer al año (“de niños que desde que estaban en su cunita y por años respiraban a diario raidolitos para espantar los moscos”), el pediatra decidió no dejarse vencer por la impotencia; terreno fértil para ello, pues La Piedad, pueblo ex rebocero, tiene fama de ser el “Epicentro Nacional de la Cisticercosis” (“un día vi a una familia entera con cisticercos: papá, mamá, hijos. Y a un sobrino mío de 13 años se lo detectamos a tiempo”, recuerda). Convocó a un grupo de ciudadanos para crear la organización “Salvemos al Lerma”. Hoy, ha logrado que los desechos municipales no se tiren al río sino que tengan su propio canal; que dos personas se dediquen a erradicar la plaga acuática y, con ello, espantar a los moscos; que se compren camiones desasolvadores para que no se desborde el drenaje con las lluvias, construir un sendero ecológico para que la gente vea cómo sería el río recuperado, entre otros milagros.
“En dos o tres años La Piedad podría ser la primera ciudad que maneja al 100 por ciento sus aguas negras. Lo estamos logrando y también erradicar al mosco que por 30 años buscaban las autoridades erradicar. Y lo único que hicimos fue quitar el lirio manual y con ganchos. Hace 4 años no podíamos hablar en la calle por los moscos. Pensamos que si cada municipio hace lo mismo y limpia la parte de río que le corresponde, salvaríamos al Lerma”, dice el director del Hospital General Benito Juárez y presidente del Colegio de pediatras de Michoacán
El milagro ecológico, sin embargo, todavía es imperceptible para la niña de seis años Eva Guadalupe Tejeda, de Pénjamo, el otro lado del río. Para entrar a su casa pasa por un pasillo de cerdos y moscas, pues a alguien se le ocurrió ponerlos en la entrada de su casa. Respira el olor a drenaje que pretendía llegar al río y se estancó afuera de su casa (por desgracia tiene el río cerca). Dice que no se compara con la pestilencia de las toneladas de peces que hace dos años agonizaban en las orillas del río cuando se desbordó la presa Solís. Su mamá, sus tías, su abuela, sus hermanas se quejan y rememoran los viejos tiempos, hace apenas … años, cuando los drenajes no descargaban al río y todavía se bañaban en él y hacían de lado, con la mano, una que otra inmundicia que les llevaba la corriente. Ahora, el río es de caca.
” A mí me salieron granos por meterme a echar clavados cuando el río se vino acá y estaba crecido. Me echaron una pomada y me dejó en el pie cicatrices de grano”, dice, mientras ofrece un recorrido por las orillas en el que salta zanjas para esquivar los caminos de desperdicios que salen de las casas rumbo al río y los lodos de caca líquidas de las granjas. La niña a la que no le sale el diente de enfrente lleva unos diminutos zapatos rosas de tacón, como de fantasía, como de princesa, que apenas la dejan caminar. Encamina hacia la casa de los niños con hepatitis que, dicen, enfermaron por el río, y a la del que le salieron hongos en la cabeza, y a la que le salieron mezquinos en la piel, pero por lo visto ninguno está en casa.
Por Michoacán, el río luce más cristalino. El lago de Pátzcuaro le hace falta agua. El río entra por la puerta grande y desemboca en, pasando los límites geográficos, en el lago de Chapala, a una hora de Guadalajara. Es será la siguiente parada.

4. PARADA: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
El lago luce como un plácido mar. Muy a lo lejos se alcanza a ver la otra orilla. El restaurantero Carlos Fernando Díaz señala la parcela de garbanzo que su vecino y enemigo Cleofas Zaragoza volvió a cultivar en los terrenos del lago, una vez recuperado del desbordamiento de la presa Solís de hace tres años. Se queja de que la CNA otorgó 400 títulos para sembrar a la vera del lago. Confiesa que él también cultivó. Incluso, su restaurante en 35 años ha ido ganando terreno al lago, donde antes saltaban “las olas del río” ahora hay una explanada de cemento, y una nueva ala con mesas y, lago adentro, el área de juegos para niños seguidos por los restos de su milpa inundada. En el nombre lleva el cuerpo del delito “Restaurante Riveras de Chapala”. No miente. Se apresura en aclarar que paga impuestos, que el terreno se lo concesionó la CNA y que él sí ha respetado el libre paso al lago porque sabe que es zona federal.
“Yo puse una queja por las nuevas construcciones en la parte más baja de la laguna que están rellenando, y Benjamín Aviña, jefe del departamento de inspección me contestó: “¿Te están perjudicando a tí? No ¿verdad?, pues déjalos”, lamenta.
Por la contaminación dice que ya no vende peces del lago porque le resulta más fácil comprar puro de vivero traído de cerro arriba. En su menú no ofrece pescados blancos, emblema de la laguna, porque “ya no hay”.
Aunque se recuperó la laguna, en un año perdió 40 centímetros; evaporados. De un trancazo se llenó lo que en toda la década no se había visto, y el excedente duró sólo un año. Los reportes señalan que Chapala da 240 millones de metros cúbicos de agua a Guadalajara, 90 millones para las poblaciones ribereñas y el riego y mil 440 millones se le evaporan. El doctor responsable del doctorado de cuenca en la universidad de Guadalajara, José Antonio Gómez Reyna se pregunta ¿cómo lo miden con tanta precisión y si esa no es una forma de tratar de justificar tanto faltante de agua? El dato de la evaporación hace rabiar a los ecologistas guanajuatenses que luchan por no enviar agua hasta que Jalisco no cuide el agua. El lirio es otro problema. Si en Solís usaron gusanos brasileños, aquí se trajeron manatíes que tuvieron un triste destino.
“(Se introdujeron) manatíes traídos del sureste del país, en la idea de que comieran lirio a sus anchas, pero causaron pavor entre los pescadores, que los veían como monstruos y terminaron muertos a remazos”, documentó Semarnat. “Se quedaron enredados en la red de los pescadores y como no querían perder las redes, el gobierno les dio permiso de matarlos y cuando les abrieron el estómago descubrieron que eran un engaño: comían peces y no lirio”, es la explicación del lanchero José Guadalupe Baraja en su lancha de toldo rojo bautizada “Lupita” con la que ha ayudado, en común acuerdo con lancheros y pescadores, para limpiar el Lago para atraer peces y turismo. El paseo que ofrece hoy, una vez que el motor sorteó la zona de los lirios que flotan juntos como pedazos de icebergs por el agua, incluye observar las actividades de un pescador –Javier Aguiano– para ver cómo batalla a la hora de sacar los peces con raíz de lirio y lodo, en la red que se embasura y abulta como cobija, y dónde están los ductos que chupan agua a Guadalajara, razón principal, según él, para explicar la “evaporación” del agua.
El problema es tan largo como los kilómetros contaminados. Sólo de Chapala se han organizado % reuniones para intentar poner solución. Una abogada, Raquel Gutiérrez puso una demanda internacional contra las presas que afectan el Lerma, como se materializa en Chapala por la poca agua que llega. Las reuniones, acuerdos y firmas entre el Presidente, funcionarios federales, gobernadores estatales, legisladores, a la vista parecen haber dado el mismo resultado que echar una pastilla de cloro al río.
Gómez Reyna, en su papel de filósofo de la cuenca, lanza preguntas que alguien tendrá que responder para que el Lerma sea viable como río y México como país: ¿De qué sirve limpiar el 20 por ciento de las aguas con plantas de tratamiento si lo revuelves con el 80 por ciento sucio porque la tiras a la misma agua? ¿Qué se puede hacer si hay menos de 10 inspectores para vigilar la cuenca, uno para casa 100 kilómetros? ¿Por que cuando el agua la usan en el DF la tiran por el Pánuco y no la regresan? ¿Cómo vamos a planear el uso del agua si es secreto el padrón de usuarios en la cuenca? ¿Por qué cada gobierno ve el problema aislado y no se ve integral? ¿Por qué no hay una comisión de especialistas que vigilen la cuenca y no sólo políticos metidos? “Aunque se haga algo para limpiarla en algunos lugares es como dar un mejoralito para un cáncer. Esto tiene que ser un proyecto nacional, a gran escala que no tiene que ser manejado con centralismo y con fines políticos, sino tiene que ser por un grupo multidisciplinario de expertos”, diagnostica.
Aunque el recorrido debía acabar en Chapala, según la extraña división que le dió la CNA a la cuenca, este reportaje no estaría completo sin un vistazo por el río Santiago, el que nace de Chapala y completa el camino del Lerma hasta hacerse uno con el océano Pacífico. Sin embargo, es imposible. Ni siquiera pararse encima del puente que une La Piedad y Juanacatlán, Jalisco, donde se inaugura el nuevo río porque el olor a gas- huevo podrido-tóxico-ajo-chile-azufre-amoniaco-muerto que despide gases y causan instantáneamente jaqueca, mareo, dolor de estómago y ronchas en la piel al contacto, así como las enjambres de moscos que de tan grandes y feroces que con tanto químico podría pensarse que son mutantes o fortalecidos como los africanos.
Rodrigo Saldaña López, un hombre flaco, de pelo y barba canos, se pelea contra los moscos y el mal olor. Es el creador del “Grupo Vida”, integrado por profesionistas asustados por el aumento de cáncer, la peste, se acercó a la abogada Gutiérrez para demandar a las empresas contaminantes que dejaran de hacerlo. “Pero ¿cuáles son las que contaminan, ahí es una suma del corredor industrial y del drenaje de Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y los lodos industriales. Los responsables del aumento de cáncer, del mal olor a huevo podrido, de las infecciones de la piel, de las enfermedades, de las náuseas, los mareos, los dolores de cabeza?”, se pregunta ella, la Erin Brokovich mexicana, la mujer que demandó por contaminación por cromo en estados Unidos e hizo a una empresa que indemnizara a todo un poblado. Trae una jaqueca porque un día antes estuvo cerca del río documentando el ecocidio.
“Hace tiempo morían en El salto dos personas maduras al año. Las estadísticas actuales muestran que 28 por ciento de los habitantes mueren de cáncer y que entre los muertos había niños. esto se pone alarmante para nosotros porque vivimos aquí. No es estadísitica, son gente que conocemos. Los de la Secretaría de Salud dicen siempre que hay muchas causas, pero que nos demuestren que no es el río”, dice.
La última parada es la escuela primaria “Mártires del Río Blanco”; fiel metáfora de la lente muerta que viven los alumnos de esa escuela, día a día. Ubicados al pie de la cloaca que era conocida como “el Niágara mexicano”, donde el río salta y genera una espuma blanca que se acumula y crece, como enorme muñeco de nieve, y cuando hay viento vuela y cae en el patio escolar y roza a alguno que, generalmente cae enfermo. El niño Luis Enrique dice que a él le da dolores de cabeza y estómago y manchas en la cara desde que entró a la escuela. Diana Miroslava que le mancha la piel y le duele garganta y cabeza y si se moja le da Abraham Delgadillo dice que les gusta jugar con la espuma aunque sabe que saca ronchas y enferma a muchos. No a él. Lo dice junto a su mamá, Laura Miranda Gil, delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta, ella debajo de cobijas. Padece cáncer. Está de más decirlo que culpa de ello al río.
“¿Nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta su hermana molesta. No tendrá respuesta. No se ve que haya por ningún lado. El Lerma termina aquí y a su vez engendra otra historia similar que correrá rumbo al pacífico. En los 708 kilómetros recorridos todos se quejan del que está atrás les contaminó el agua o se las detuvo, sin embargo, siguieron sin preocuparse por lo que envían a los que están adelante.
La población sigue necesitando agua y para abastecer de líquido potable la solución que se ha encontrado es construir más presas para abastecer mega-urbes dejando a las más débiles desprovistas (una, en río Verde para llevar agua a Guadalajara y León que dejaría seco a Zacatecas, Aguascalientes, Nayarit, San Luis, Jalisco y Durango) y desviar más ríos y desecar lagos (como quieren hacer con Chapala para que no se evapore) y construir pozos más profundos donde el agua puede ser arseniosa. Y el círculo es redondo. Y el río que nace agonizante llega muerto por ecocidio colectivo.