Periodista Social

Archivo de Febrero 2007

LOS NIÑOS PRESOS DE OAXACA

In General on Febrero 13, 2007 at 1:57 am

ENCARCELAN A NIÑOS EN OAXACA
2 de diciembre de 2007
Por Marcela Turati

Huajuapan, Oaxaca.— Toda la mañana del domingo, desde su encierro en la cárcel de Tlacolula, Francisco mareaba a los guardias con su terco sonsonete: “Señor, ¿a qué horas voy a ver a mi mamá?, ¡quiero ver a mi mamá!”
Su cantaleta de niño de nueve años ayudó a que los otros pequeños presos que tenía a su lado también consiguieran el permiso de abrazar a sus mamás, recluídas en el mismo penal. En los minutos del reencuentro, acariciaron los golpes de ellas, recibieron la bendición materna y lloraron juntos, antes de que las trasladaran lejos: al penal de alta seguridad de Nayarit.
Sólo en la colonia popular “San Juan Diego-El FNIC”, son cuatro los niños que el sábado 25 de noviembre –el día de la marcha de antiulisistas en la capital, que terminó en disturbios–, fueron capturados por elementos de la policía federal preventiva y la estatal. Los reos más pequeños del conflicto motivado por la inconformidad contra el gobernador Ulises Ruiz, tienen 9, 10, 12 y 13 años.
Ellos vieron la golpiza que recibieron los adultos (entre ellos, sus mamás y hermanos mayores), durmieron encerrados bajo llave, soportaron extensos interrogatorios, pasaron hambre, fueron incomunicados y sus cuerpos esculcados en busca de explosivos.
Una de ellas, Miriam, la más grande, fue amarrada de las manos y obligada a mantenerse en cuclillas, como los adultos.
El martes todos fueron excarcelados, pero no liberados del todo: periódicamente tienen que firmar su libertad, aunque todavía ni firma tienen. La pena por los delitos que se les imputa es más larga que sus años de vida: incendio de edificios, saqueo, sedición y uso de explosivos.
O, al menos, eso fue lo que les dijeron los trabajadores sociales con los que ellos y sus papás trataron.
Son también los primeros excarcelados que pueden decir qué pasó la noche del 25, cuando la policía extendió una gran red que arrastró a todo el que caminaba por la calle.
A ellos, la red los atrapó arriba de la Suburban, que los llevaría de regreso a la sierra Mixteca, una vez que sus mamás habían cumplido la cuota de marchar junto a la APPO, como muestra de la solidaridad que tiene Fenic, la organización que los dotó de lugar dónde fincar sus casitas de lámina.
“Los policías nos preguntaron que si llevábamos armas y nos llevaron al zócalo, nos sentaron,. Nos amarraron por detrás nuestras manos, nos llevaron a la cárcel de Tlacolula. Me quitaron mis dos chamarra y mis agujetas, me metieron con una señora.
“A los hombres los golpeaban, les jalaban sus cabellos, a las señoras les dieron cachetadas, les pegaban en la cabeza que porque no podían hablar bien el español”, dice Mayra Maceda, la de 13, que hasta la semana pasada estuvo en las listas de desaparecida.
Ella fue a la marcha en representación de su papá, que es ayudante de albañil y no consiguió permiso para faltar al trabajo para cumplir la cuota al FNIC. Iba emocionada, pero de eso no le queda ni una pizca. Jacobo, su papá, se culpa de la dejadez de haberla mandado en su representación.
“Si fuimos a la marcha fue por necesidad, porque estamos metidos en una organización y no tenemos dónde vivir, y ellos (FNIC) nos dan un lugar.
“Ahorita no están liberadas las niñas. Quieren pruebas de que todo lo que sucedió en Oaxaca ellos no lo hicieron, la quemazón de carros. Nos piden que ‘llévenos’ comprobantes de que son de buena conducta y que vayamos cada semana”, dice Jacobo indignado.
ME DESAPARTARON DE MAMA
Afuera de su casa, calladito, mirando siempre el piso, está Francisco Santos Reyes, el huérfano más pequeño de la marcha del día 25. La manifestación que le arrebató el mismo día a su mamá, Juana Mandalena, y a su hermana Paula.
“No platica nada, nomás que le agarró la policía su brazo y lo aventó pa’ llá, que a la mamá le jalaron su cabello, que a m’ija Paula le metieron un fierro (esposas) ése bien feo que le ponen en la mano y dice que se hinchó feo la mano de su hermana”, dice Fernando Lorenzo, su papá, que se ve angustiado por el retraimiento de su chiquito.
“Lo único que habla es que cuándo viene sui mamá, por eso le dije que a lo mejor ya va a venir”, agrega.
Lo dice al regresar con las credenciales de elector de las dos detenidas de la familia, la única prueba que tiene de su existencia, ya que no tiene ninguna foto de ellas. Le dice también a Francisco que corra a casa por su acta de nacimiento, porque ambos dudan de si tiene ocho o nueve años.
“Cuando llegó la policía nos llevaron donde había muchos policías (el zócalo). Nos metieron en el autobús y allí nos desapartaron. A nosotros los policías nos pusieron de un lado y a las mamás del otro. Las mujeres policías les estaban preguntando cómo se llamaban, les jalaban su pelo, le dieron patadas y cachetadas.
VI CUANDO GOLPEARON A MAMA
Cuando la señora Bernardita Ortiz Bautista se enteró de la marcha en la capital, alistó a sus dos niñas mayorcitas, Beatriz Belén, de 12, y Rosalba, de 10, y pidió a su hijo Alejandro, el que ya va al Conalep, que las acompañara. Pensaba que si marchaba podrían inscribirla al padrón del programa Oportunidades.
Caminaron bajo el sol como los maestros e hicieron el cerco humano a la PFP para exigirle salir de Oaxaca. Les tocó pararse cerca del mercado, donde ni se veía al zócalo ni se lanzó una pedrada. Fue a bordo de la suburban que agarraron a la familia.
“Llegaron los policías y nos dijeron que alzáramos las manos, yo me espanté, pensé que me iban a matar. Mi mamá y yo lloramos. Nos dijeron que cerráramos los ojos para no ver a dónde nos llevaron, pero yo sí vi. En un lugar donde hay una iglesia y muchos policías nos revisaron todo nuestro cuerpo, mochilas y nos preguntaban si traíamos cohetes”, dice Rosalba, la que se apuntó a la marcha para conocer Oaxaca por primera vez.
Ahí separaron a las niñas de Bernardita, que ya iba amarrada. Vieron cómo una mujer policía le pegaba con un palo largo (tolete) para que caminara rápido. En Tlacolula la volvieron a ver y a su hermano.
Estaban en las filas que sobre el piso, en cuclillas, con las manos detrás del cráneo y mirnado al piso, hacían por separado hombres y mujeres.
Ellas se sentaron sobre el piso. Les prohibieron hablar con la señora que tenían a un lado.
“Eran muchos hombres, como 50 o 100, algunos iban hinchados, un señor lo golpearon bien feo, le sacaron su ojo, le dijeron que caminara más rápido o le pegaban. Luego mandaron a las mamás a una casa, luego ya supe que era la cárcel. Mamá no volteó porque la agarraban del cabello y no las dejaban ver, y los policías nos dijeron que si seguimos platicando nos iban a golpear como los hombres”, sigue la más chica.
Todos los niños estuvieron media hora afuera de la cárcel, sentados. Más tarde los llevaron a cuartos con cama, y les dieron una cobija. Hasta el domingo al medio día se acordaron de que necesitaban comida y les dieron su ración del día: salsa de huevo y un vaso de agua.
Toda la mañana, Francisco estuvo exigiendo ver a su mamá, lo repetía cada 10 minutos.
Gracias a su insistencia, Rosalba y Belén vieron a Bernardita.
“Mi mamá me contó el domingo que le dieron dos patadas, no sé cuantas cachetadas, aparte le jalaron el cabello. Estaba triste y roja de su cara. Había llorado toda la noche, y cuando la vimos empezó a llorar, nos abrazamos, nos preguntó si nos habían pegado, si teníamos cobija y comida, me dijo que ya no llore, y después se la llevaron”, dice Belén, seria, muy seria.
El lunes a las 5 de la mañana, los niños fueron llevados al Tutelar de Menores. Dicen que ahí un señor les dijo que ya no iban a ver más a sus mamás y las interrogaron. En el camino fueron llevadas con un señor –“hinchado, le habían partido su cabeza”–, a quien dejaron en una clínica.
“Me preguntaban que qué hacía en Oaxaca, que si había quemado cosas, aventado bombas, cohetes, cargado piedras, les dije que yo no me metí en la pelea, me dijeron que si les decía dónde vivía me iban a llevar con mi papá, y les dije la verdad y ellos me dijeron mentiras porque me llevaron a Tlacolula”, dice Rosalba.
Su casa es un jacal de lámina, un cuadro hace seis años fraccionado. De atrás de la lámina salen cuatro niños más pequeños, sus hermanitos, de los que ahora se hacen cargo. Mientras mamá no vuelva, no volverán a la escuela.
No sólo tuvieron que convertirse en mamás de trancazo, también enfrentan cargos de adultos.
“En el consejo tutelar dijeron que nos metimos en la pelea, que habíamos quemado casas y escuelas, cargado balas y cohetes y bombas. Yo creo que todavía lo creen porque nos citaron el día 30”, dice Belén.

LA GENERACIÓN PEÑOLES

In General on Febrero 13, 2007 at 1:36 am

LOS NIÑOS CON HERENCIA DE PLOMO

Por Marcela Turati
Torreón, Coah.—“¡Entrevísteme a mí, yo tengo plomo en
la sangre!”, grita un niño afuera del kinder Jean
Piaget. “Yo también”, se ofrece otro de inmediato, y
sus gritos alebrestan a sus compañeros de fútbol.
Todos comienzan a competir, ya no por el balón sino
por ver quién ha sido el más dañado por el metal que
arroja la molesta y sucia vecina que vive al otro lado
de la barda; la empresa Peñoles.
“A mí me sale sangre de la nariz”, presume uno de
ellos, el más gordito. “A mí me duelen los huesos”,
dice el único ojiverde. “A mí me duele la cabeza, a
mi hermanito le da asma y el otro se murió, dijo mi
mamá que porque tenía plomo”, alterna otro de pelo
casi a rape y grandes orejas.
Todos tienen una historia que contar, se asumen como
medidores humanos del plomo ambiental. Son niños con
achaques de adultos que si no tienen asma, sí
sangrados nasales, cansancio extremo, dolor de huesos,
mareos, jaquecas, pesadez en la panza, o todo junto.
Son niños marchitos como plantas, envenenados por el
polvo que han tragado desde que nacieron. Forman parte
de la generación de Niños-Peñoles, de hijos del plomo.

Ellos son la carta de presentación y quienes dan el
recibimiento a la Colonia Luis Echeverría, traspatio
de la fundidora, cuyos habitantes fueron los primeros
de esta ciudad a quienes se les encontró la sangre
emponzoñada con el metal.
Eso fue hace ocho años.
Tras el escándalo inicial, la empresa reubicó a la
mitad de los echeverristas lejos de la zona tóxica y
plantó un bosque en el terreno deshabitado. Sin
embargo, dejó a la mitad de la colonia, a las familias
de los niños que juegan tras la barda que delimita a
la empresa.
Puerta adentro de las casas de la Luis Echeverría –que
tienen como paisaje se ve una montaña negra de
desechos y varias chimeneas humeantes– se esconden
historias como la de la abuela Martha Alicia Arreola
Medina.
“Mi hija se embarazó y tuvo un bebé, desde que se
embarazó le detectaron arsénico, el niño nació con
malformaciones y microcefalia el 15 de junio del 2000,
y como él hubo varios. Mi nieto nació con residuos de
arsénico y se murió a las 36 horas de nacido. La
empresa nunca reconoció su culpa.
“En ese tiempo, mi nieto José Antonio tenía dos años y
presentaba 41 microgramos por decilitro y cuando nació
mi nieto Gael Antonio, saliendo de la panza de su mamá
nació contaminado con 5 y es asmático, como muchos
niños de aquí. Tienen siete años viviendo fuera de la
colonia, por eso se normalizaron”, señala.
La señora Martha dice que muchas vecinas en edad
fértil tienen el veneno en el cuerpo y cuando se
embarazan expulsan a sus fetos, y las que logran dar a
luz tienen niños deformes. No tiene el dato de cuántos
casos ha detectado.
“Reubicaron a la gente que creyeron pertinente, no a
todos, a pesar de que en un estudio que se hizo y que
reconocieron las autoridades salió que las colonias
que vivimos pegadas a la empresa son inhabitables
porque nosotros respiramos toda la contaminación que
sueltan en la madrugada, la sentimos, nos pica y arde
la nariz y los ojos, como si respiráramos un químico;
veneno”, continúa.
Habla de todos los estudios que se han hecho. Reseña
cada uno de sus recortes periodísticos que tiene en su
archivo. Muestra fotos. Recuerda casos.
Su principal enojo es que desde el 2004, el gobierno
federal y el estatal dejaron libre a la empresa para
que ella estudiara la sangre de sus vecinos, los
diagnosticara, determinara su estado de salud y los
medicara. Supervisada por la secretaría de Salud del
Estado.
“Es anomalía que la propia empresa se lleve los
resultados y determine quiénes sí y quienes no tiene
plomo”, se queja.
Afuera de su casa espera un par de vecinas que quieren
relatar sus casos. En el recorrido, varias mamás
invitan a que se fotografíe a la empresa desde su
casa. Una señora ordena a los niños que posen con cara
de tristeza para las fotos. Los pequeños futbolistas
se disputan quién tiene la historia más conmovedora.
“Yo tengo plomo”, insiste el niño pelado a rape. “Dile
que también por el plomo se murió tu hermanito”, le
ordena con brusquedad una vecina. Él pone cara de
sorpresa. Se congela. Cabizbajo, a punto de llorar
pregunta: “¿Por eso se murió?”

PIES DE FOTOS CON TESTIMONIOS:
LOS VECINOS DE PEÑOLES

¿Qué significa tener plomo?, se le preguntó a los
niños de 4 a 11 años que se publicitaban como
portadores de plomo, y esto fue lo que respondieron:

1 PLAYERA NEGRA, José Antonio Martínez Medina, 10 años
“A veces me sale sangre por la nada y me duele la
cabeza porque contaminan mucho, porque cuando se nubla
aprovechan para sacar humo y huele feo, como a gas. A
veces me siento débil pero me dan caldo para agarrar
fuerza”

2 Víctor Alejandro Mendoza Cuevas, 8 años, ojos verdes
CHIVAS: “Me he enfermado del vómito, me da dolor de
estómago y cuando me está empezando a doler mejor me
duermo. Me duelen los huesos, casi ya no, pero sí a
veces las piernas y los brazos. La empresa es muy
sucia y nos está echando humo sucio para acá. ”

3. Sauro Alejandro Rodríguez Medina, 11 años, ADIDAS
“Siento que huele feo así de repente, huele como
metalúrgico, se queda así como en la boca el sabor feo
como a metal”

4. Gael Antonio Arreola, 4 años, EL MAS CHICO,
asmático. “Me duele el pechito”

5. Osvaldo Ochoa Encino, 11 años, ALTO: “Yo tengo
problemas en los pulmones, y cuando nos hacen un
estudio no sé cuánto sale”

6. OREJON José Antonio Muñoz Arreola, 9 años: “A
veces me duele la cabeza, me siento débil, cuando
vinieron mis primos no podía levantarme. A mi hermano
le da asma, nos gastamos mucho dinero porque tienen
que internarlo. Ese tiene 4 a´ños y el que falleció
duró 68 horas. Me dijo mi mamá que tenía plomo y el
corazón muy grandote y él muy chiquito. A veces vienen
los de Peñoles a limpiar aquí, quieren arreglar lo que
avientan pero el aire ya no se puede arreglar. Orita
están plantando pero con la contaminación que echan se
les van a morir todos los árboles, no deben estar aquí
porque nos contaminan”

LA GENERACIÓN PEÑOLES (o los hijos del plomo)

In Crónicas y reportajes on Febrero 13, 2007 at 1:36 am

LOS NIÑOS CON HERENCIA DE PLOMO

Por Marcela Turati
Torreón, Coah.—“¡Entrevísteme a mí, yo tengo plomo en
la sangre!”, grita un niño afuera del kinder Jean
Piaget. “Yo también”, se ofrece otro de inmediato, y
sus gritos alebrestan a sus compañeros de fútbol.
Todos comienzan a competir, ya no por el balón sino
por ver quién ha sido el más dañado por el metal que
arroja la molesta y sucia vecina que vive al otro lado
de la barda; la empresa Peñoles.
“A mí me sale sangre de la nariz”, presume uno de
ellos, el más gordito. “A mí me duelen los huesos”,
dice el único ojiverde. “A mí me duele la cabeza, a
mi hermanito le da asma y el otro se murió, dijo mi
mamá que porque tenía plomo”, alterna otro de pelo
casi a rape y grandes orejas.
Todos tienen una historia que contar, se asumen como
medidores humanos del plomo ambiental. Son niños con
achaques de adultos que si no tienen asma, sí
sangrados nasales, cansancio extremo, dolor de huesos,
mareos, jaquecas, pesadez en la panza, o todo junto.
Son niños marchitos como plantas, envenenados por el
polvo que han tragado desde que nacieron. Forman parte
de la generación de Niños-Peñoles, de hijos del plomo.

Ellos son la carta de presentación y quienes dan el
recibimiento a la Colonia Luis Echeverría, traspatio
de la fundidora, cuyos habitantes fueron los primeros
de esta ciudad a quienes se les encontró la sangre
emponzoñada con el metal.
Eso fue hace ocho años.
Tras el escándalo inicial, la empresa reubicó a la
mitad de los echeverristas lejos de la zona tóxica y
plantó un bosque en el terreno deshabitado. Sin
embargo, dejó a la mitad de la colonia, a las familias
de los niños que juegan tras la barda que delimita a
la empresa.
Puerta adentro de las casas de la Luis Echeverría –que
tienen como paisaje se ve una montaña negra de
desechos y varias chimeneas humeantes– se esconden
historias como la de la abuela Martha Alicia Arreola
Medina.
“Mi hija se embarazó y tuvo un bebé, desde que se
embarazó le detectaron arsénico, el niño nació con
malformaciones y microcefalia el 15 de junio del 2000,
y como él hubo varios. Mi nieto nació con residuos de
arsénico y se murió a las 36 horas de nacido. La
empresa nunca reconoció su culpa.
“En ese tiempo, mi nieto José Antonio tenía dos años y
presentaba 41 microgramos por decilitro y cuando nació
mi nieto Gael Antonio, saliendo de la panza de su mamá
nació contaminado con 5 y es asmático, como muchos
niños de aquí. Tienen siete años viviendo fuera de la
colonia, por eso se normalizaron”, señala.
La señora Martha dice que muchas vecinas en edad
fértil tienen el veneno en el cuerpo y cuando se
embarazan expulsan a sus fetos, y las que logran dar a
luz tienen niños deformes. No tiene el dato de cuántos
casos ha detectado.
“Reubicaron a la gente que creyeron pertinente, no a
todos, a pesar de que en un estudio que se hizo y que
reconocieron las autoridades salió que las colonias
que vivimos pegadas a la empresa son inhabitables
porque nosotros respiramos toda la contaminación que
sueltan en la madrugada, la sentimos, nos pica y arde
la nariz y los ojos, como si respiráramos un químico;
veneno”, continúa.
Habla de todos los estudios que se han hecho. Reseña
cada uno de sus recortes periodísticos que tiene en su
archivo. Muestra fotos. Recuerda casos.
Su principal enojo es que desde el 2004, el gobierno
federal y el estatal dejaron libre a la empresa para
que ella estudiara la sangre de sus vecinos, los
diagnosticara, determinara su estado de salud y los
medicara. Supervisada por la secretaría de Salud del
Estado.
“Es anomalía que la propia empresa se lleve los
resultados y determine quiénes sí y quienes no tiene
plomo”, se queja.
Afuera de su casa espera un par de vecinas que quieren
relatar sus casos. En el recorrido, varias mamás
invitan a que se fotografíe a la empresa desde su
casa. Una señora ordena a los niños que posen con cara
de tristeza para las fotos. Los pequeños futbolistas
se disputan quién tiene la historia más conmovedora.
“Yo tengo plomo”, insiste el niño pelado a rape. “Dile
que también por el plomo se murió tu hermanito”, le
ordena con brusquedad una vecina. Él pone cara de
sorpresa. Se congela. Cabizbajo, a punto de llorar
pregunta: “¿Por eso se murió?”

PIES DE FOTOS CON TESTIMONIOS:
LOS VECINOS DE PEÑOLES

¿Qué significa tener plomo?, se le preguntó a los
niños de 4 a 11 años que se publicitaban como
portadores de plomo, y esto fue lo que respondieron:

1 PLAYERA NEGRA, José Antonio Martínez Medina, 10 años
“A veces me sale sangre por la nada y me duele la
cabeza porque contaminan mucho, porque cuando se nubla
aprovechan para sacar humo y huele feo, como a gas. A
veces me siento débil pero me dan caldo para agarrar
fuerza”

2 Víctor Alejandro Mendoza Cuevas, 8 años, ojos verdes
CHIVAS: “Me he enfermado del vómito, me da dolor de
estómago y cuando me está empezando a doler mejor me
duermo. Me duelen los huesos, casi ya no, pero sí a
veces las piernas y los brazos. La empresa es muy
sucia y nos está echando humo sucio para acá. ”

3. Sauro Alejandro Rodríguez Medina, 11 años, ADIDAS
“Siento que huele feo así de repente, huele como
metalúrgico, se queda así como en la boca el sabor feo
como a metal”

4. Gael Antonio Arreola, 4 años, EL MAS CHICO,
asmático. “Me duele el pechito”

5. Osvaldo Ochoa Encino, 11 años, ALTO: “Yo tengo
problemas en los pulmones, y cuando nos hacen un
estudio no sé cuánto sale”

6. OREJON José Antonio Muñoz Arreola, 9 años: “A
veces me duele la cabeza, me siento débil, cuando
vinieron mis primos no podía levantarme. A mi hermano
le da asma, nos gastamos mucho dinero porque tienen
que internarlo. Ese tiene 4 a´ños y el que falleció
duró 68 horas. Me dijo mi mamá que tenía plomo y el
corazón muy grandote y él muy chiquito. A veces vienen
los de Peñoles a limpiar aquí, quieren arreglar lo que
avientan pero el aire ya no se puede arreglar. Orita
están plantando pero con la contaminación que echan se
les van a morir todos los árboles, no deben estar aquí
porque nos contaminan”

CUANDO EL HAMBRE QUITA EL HAMBRE

In General on Febrero 13, 2007 at 1:34 am

CUANDO EL HAMBRE QUITA EL HAMBRE
. EL NUEVO MUNICIPIO MÁS POBRE
Por Marcela Turati
(Primera Parte)

En La Montaña guerrerense hay un caserío de tierra roja llamado Dos Ríos donde azota una extraña enfermedad­: de un día a otro, cualquiera de sus habitantes amanece sin apetito y, así nomás, como de la nada, pasa los días sin probar tortilla. Al tiempo enflaquece, su organismo se chupa el poco músculo y de tanto cansancio ni levantarse puede del petate. Y, así, sin más, un día cualquiera, el enfermo pasa a difunto.
Esto lo relata Antonio López Paulino, el anciano con sombrero duro como tortilla tatemada que está sentado sobre un ladrillo a la entrada del pueblo, y a quien le pegó la rara epidemia. Está en los huesos y sólo espera la muerte.
“Ya no come nada, nada, a veces una tortilla, a veces no, ya tiene un mes que está malo, le ataca en el estómago, como que se le pasa al corazón, suda mucho, sale mucho sudor, no se quita con nada, ni con remedio ni pastilla y se muere la gente”, traduce del mixteco de don Antonio el comisario de este lugar, Ignacio Martínez Emilio.
Confirman la historia los dosrieños que a su alrededor escuchan, quienes comienzan a anotar nombres en la lista de los muertos recientes. Mencionan a “la difunta Justina Hernández”, que dejó 10 hijos; a la difunta Rufina López de Jesús, de unos 30 años, a la difunta Aurelia González, madre de tres huerfanitos; a la difunta Rosenda González, que dejó otros tantos. Y próximamente a don Antonio.
“La señora Justina se enfermó en agosto, tres meses no comió, nomás poquito de atole y 15 días ni atole ni agua; apenas se murió. Se le tapó la garganta. Les agarra que no les da hambre por la lombriz del estómago. Es normal, no da hambre”, explica Martínez.
“Cuando mero la Rufina murió se tapó del pescuezo, no pasa nada, ni tortilla, no come nada, no tenía nada de fuerza. Un mes pasó y se murió. Se murieron 12 personas: dos niños y 10 grandes”, dice resignado.
La descripción del comisario coincide con la sintomatología de la miseria. Es igualita a la enfermedad de la desnutrición que parece epidemia en Cochoapa El Grande, el nuevo municipio más pobre del país.
Dicen aquí que dejar de tener hambre por tanta hambre es un conocido padecimiento en esta región, la Sierra Mixteca , nuestra África mexicana, el accidente montañoso ubicado entre Guerrero y Oaxaca, donde se registran niveles de vida parecidos a los países del sur del Sahara.
Similares a los que viven los habitantes de países como Congo, Ruanda, Etiopía o Somalia.
Suena a lugar común, pero no es algo menor. Tener índices equivalentes a los subsaharianos, en Cochoapa significa no tener trabajo; no encontrar comida; no conocer el excusado; excluir de la dieta carne y verduras y, en casos extremos, echar al comal las raíces de los platanares o poner en el plato insectos; tomar agua del arroyo puerco; alumbrarse con velas.
Significa también que una simple diarrea puede ser asesina; aguantarse hasta por un mes la enfermedad porque antes no llegan las brigadas médicas; jugarse la vida cada vez que hay que transitar el camino de curvas y piedras que lleva a la ciudad; tener clases cuando a los maestros se les da en gana regresar al pueblo o no encontrar hombres jóvenes porque todos se fueron a la pizca de tomate, a Sinaloa, como hoy.
Aburrido de hablar en mixteco, con un sorpresivo español, don Antonio desbroza un largo lamento y, sin quererlo, ofrece una explicación de lo que significa ser un sobreviviente africano en México.
“No hay nada de comer, nada, nada, parece un animalito nosotro, nomás está pobre, no tiene fuerza, nomás viendo, después se va a morir. Si quiera los animales tienen dueño, les dan pastura, a nosotro no nos dan trabajo, la gente en sin no gana para refresco, nomás sentado todo el día. ¿Así cómo hace? Cuando hay tortilla come una con sal, nomás con eso, ni frijolitos se halla, muchos de los que se van a Sinaloa regresan muertos, porque aquí están sin comida allá se mueren, todos los años se mueren. Unas veces se mueren grandes, otras veces se mueren niños. Cada todo año se acaba la gente”.
Con su huesudo cuerpo encuclillado, su camisa a rayas coloridas, su inmovilidad de lagartija, don Antonio parece parte del paisaje. Su lamento comienza a ser repetitivo. Grita. Lloriquea. Termina siempre comparando la situación de los suyos con la de los animales. Incomoda su discurso. Aturde. Más si se suma que tres zopilotes sobrevuelan este pueblo de pocos árboles que compartan sombra.
“Unos de los de Sinaloa ya ni regresan para el entierro, se quedan allá”, se anima a decir la señora Luisa Hernández, traducida por Martínez, el único varón joven a la redonda, el comisario y comandante elegido a la fuerza y obligado por ello a no irse a Sinaloa.
Martínez no hace nada en todo el día, sólo deambula. La única patrulla de Dos Ríos no sirve, no tiene llantas, menos gasolina. Hoy le tocó fungir como traductor y guía.
El comisario ve pasar a la niña Adela González, la llama, y cuando la tiene cerca explica que ella es una de las huérfanas de la epidemia de los desnutridos. Es la hija de la difunta Aurelia.
“No va a la escuela, no hay dinero para comprar alimento e ir a la escuela, anda buscando su alimento todos los días, va de casa ajena a entregar agua para que le regale la tortilla”, explica y la niña asiente con la cabeza.
Pronto, don Antonio agrega a su quejorio la desgracia de Adela y dice: “Esta niña está pobre ella, no halla nada para comer, parece un animalito, no sabe nada, no piensa, la pobre quería morirse de hambre, está sola, ¿así cómo hace?”
EN EL FIN DEL MUNDO
Dos Ríos es sólo una de las 111 comunidades que conforman Cochoapa El Grande, la porción territorial que recién se independizó de Metlatónoc, el municipio que era el sinónimo de la miseria. El ayuntamiento se dividió en dos: Metlatónoc, donde quedaron los ricos pobres, y Cochoapa, la parte pobre-pobre, rayana en la indigencia.
Don Antonio es sólo uno de los muchos habitantes de Dos Ríos que salen a dar el recibimiento a los fuereños. Tener visitas es todo un acontecimiento si se considera que, de por sí, llegar a Cochoapa desde Tlapa ya es difícil. No sólo por las cinco horas de camino, también por lo descalabrado del trayecto.
Dicen aquí que Cochoapa está tan en el fin del mundo que ni siquiera los maestros enviados de la SEP terminan el ciclo escolar: de un día a otro se esfuman quejándose de que no hay comida.
Las tres jóvenes maestras normalistas que cumplen este año su turno aseguran que con ellas no ocurrirá lo mismo que sus antecesores porque traen sus enlatados de casa. Ellas sufren por otra cosa: el idioma. Ellas sólo hablan español y los niños mixteco.
Sin embargo, aseguran que los niños –“desnutriditos, lombricientos, con su chica panzota”, como los describe una de ellas– sí aprenden porque llegan a clases almorzados y, cuando no, llevan como lunch una tortillita con sal para el recreo.
“A ellos se les antoja una galleta, un refresco, algo de comer y no hay nada que comprarlo”, denunciará más adelante, en una de las casas, la abuela Catarina Cano Santiago.
Tras escucharla parece una broma macabra asomarse al salón de ventanas rotas donde se imparten los grados de Tercero a Sexto de primaria y ver en la pared un mural que simula un supermercado, con todo y envoltorios de Maruchan, Mirindas, Alpura, aceite, atún, Tortillinas y chile.
O ver, en el salón telarañiento de Primer Año, un mural con frutas como uva, pera y fresa, frutas que no son de la región y que los niños comen sólo cuando acompañan a sus papás a pizcar tomates. Son los niños migratorios que invariablemente pierden el año. Este ciclo, de 94 inscritos, 36 no volvieron.
“DIGALE QUE SÍ NACIMOS”
Varias mujeres se apresuran a mostrar su casa.
Se descubre entonces que la miseria de Dos Ríos es estándar: casas de adobe; techo de palitos; petates sobre el suelo o un tendido de tablas en lugar de cama; cobijas que siempre son pocas para tantos; chozas de piso de tierra roja; fogata que envicia el ambiente familiar a falta de estufa; muchos niños de menos talla y peso que los de la ciudad. Niños rojos, por la tierra en la que se arrastran.
Uno de ellos es Celestino Luca Marcelino, nacido el 25 de diciembre de 2005, que parece un Niño Dios flaquito, diminuto dentro de su cobija recostada sobre un petate. Celestino está enfermo de hambre. Su mamá no tiene pecho para darle. Pesa lo que un niño tres meses menor.
“Dice la señora que si ustedes pueden hacer algo por ellos, que si le dan ropita a los niños o jabón para que se bañaran o colchoneta para que no se enfermaran o algo así”, traduce Martínez en otra de las casas estándar.
Quien lo dijo es una joven que lleva prendido a un niño del pecho y que regaña a Eugenio, otro de sus pequeños que bailotea desnudo para llamar su atención: el niño tiene panza como cervecera, que en él es una anomalía, pues su hinchazón corresponde a las lombrices que carga dentro; está encorvado como anciano y tiene costras como quemaduras de cigarro en pierna, muslo y nalga, por una infección cutánea.
Son las enfermedades de los niños color tierra del África mexicana.
Eugenio no tiene ningún primo que le herede ropa. Sus hermanos mayores usan la poca que tienen hasta dejarla transparente. Uno de ellos sólo lleva pantalón, y no tiene playera. El otro sólo tiene la playera.
“No hay nada que comprarles”, repite la abuela Catarina y aunque se queja, no quiere irse a vivir a otro lado: tiene miedo de subirse a un carro.
Tiene razón. Para llegar aquí hay que luchar dos horas y media con caminos que parecen jorobas de camello y sólo cruzan carros con cualidades de tractor. Excélsior llegó aquí gracias a Paulino Díaz Díaz, un activista mixteco que vive en la mera cabecera municipal y que no se cansa de mandar cartas con fotografías de sus paisanos más pobres al Gobierno de Guerrero, a la Presidencia de la República , a la Comisión Nacional de Derechos Humanos y hasta a la ONU para denunciar la miseria de sus paisanos.
“Todos son pobres en este municipio pero los más pobres son los de Itatió o los de Arroyo Olor y varias comunidades que están muy distanciadas, no tienen nada que comer, hay pura gente descalza, sin ropa, su camino en mal estado, los niños andan pelados, la señora toda remendada, se duermen en el suelo, sus viviendas son de palo, piso de tierra, sin luz; da tristeza. Les mandé fotos a todos porque me da lástima verlos pero como están lejos nadie quiere entrar”, dice el actual secretario municipal del Ayuntamiento.
Dos Ríos, por lo que dice, no es la comunidad más pobre del municipio más pobre. Es una de tantas de la África mexicana.
Antes de que la camioneta deje atrás a Dos Ríos y que desde los altos cerros el caserío comience a verse chiquito, como si fuera una maqueta de casas cafés de adobe y palo, don Antonio, el anciano moribundo, se acerca a los fuereños y suelta como despedida: “Bueno que llegaron para ver a nosotro, para que el Presidente ayude, que vea que estamos peor que animalitos, que sepa que sí nacimos”.

LOS MINEROS NO DESCANSAN NUNCA

In General on Febrero 13, 2007 at 1:33 am

LOS MINEROS NO DESCANSAN NUNCA

Traviesos, los mineros muertos aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.

Por Marcela Turati

Atrapado en el túnel de la derrumbada mina Pasta de Conchos, un minero no descansa nunca. Con el cuerpo quemado, corre todas las noches, intenta traspasar los escombros, grita por ayuda. Al menos así lo sueña su viuda, quien todos los días, desde hace 11 meses, acampa bajo un toldo gris de tan sucio a unos metros de la bocamina, en espera de que le entreguen los restos de su marido.
“Hermanito, ¿cómo estás?, ¿qué pasó alla?, ¿no vas a ver a mamá?”, preguntó emocionado Javier Torres a su hermano mayor, Felipe de Jesús, una noche en que lo vio entrar a casa. Lo abrazaba, lo cargaba de la emoción; habían sido muchos meses de espera. Pero Felipe, “tieso, no contestaba, estuvo como ausente”. Y a Javier se le espantó el sueño.
Los 65 mineros muertos hoy hace 11 meses siguen vivos.
Traviesos, aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.
Casi un año del accidente y las heridas no cierran, y las familias no descansan. Dicen que lo harán hasta que recuperen el cuerpo del papá, del hermano, del abuelito, del hijo que les falta. Hasta que repose en una tumba donde puedan visitarlo y llevarle flores. Hasta que lo entierren y dediquen una misa a su ánima.
Mientras, sólo lo tienen por las noches. Se les mete a sus sueños. Es entonces cuando le platican cómo fue el día, lo regañan porque se fue o le preguntan si está bien, si quiere comer, si tiene sueño.
“Papi, ¿cuándo saliste? ¿Por qué no nos avisaron?”, le preguntó Tania una de esas noches a Jorge Vladimir, su papá, en cuanto lo vio a su lado tan sonriente como si nunca se hubiera ido, como si el túnel no hubiera expotado y él no estuviera atrapado.
“Lo que pasa es que la empresa ya nos está sacando y no está queriendo decir”, fue la intrigante respuesta que a la mañana siguiente la adolescente relató a su mamá.
En cambio, Agustín Botello se presenta con otra preocupación.
Cada que puede se mete en la mente de su esposa Rafaela Castañeda, “La Güera”, que diario acampa afuera de la mina con otras viudas, y le pregunta si necesita algo, como le preguntaba todos los días. Ella invariablemente le responde: “Está bien todo, nomás tú nos faltas”.
“Nunca lo he soñado muerto. O lo sueño así o como siempre, que estamos en la casa”, dice la viuda del hombre a quien le faltaban cuatro años para jubilarse de Pasta de Conchos. Su nieta Celeste Azucena, sentada sobre sus rodillas, escucha el relato.
María del Refugio López, “Cuquis”, como la conocen las demás viudas con las que espera todos los días alguna noticia relevante, como puede ser el hallazgo de una lámpara entre los escombros o el pedazo de un casco, dice que se topó una noche a José Isabel, el amor de su vida y padre de sus tres hijos.
En cuanto se vieron continuaron una discusión que dejaron a medias y que había comenzado cuando él le comunicó sus ganas de irse de brasero a Estados Unidos, porque en Coahuila el trabajo es malpagado. Se le había fijado esa idea desde que lo corrieron de la empresa Minerales de Monclova, tras años de trabajo, quesque porque se acabó la producción.
“En el sueño llega y me dice: ‘ya vine’, yo le digo: ‘ya no te vuelvas a ir’, él me contesta: ‘mira el dinero que te traje’, y yo le repito: ‘no, no quiero que te vayas de aquí, aunque ganes poco estaremos juntos siempre’. Y él me insiste que cuente el dinero, mientras yo le repito que no se vuelva a ir”.
Esa noche, en el sueño y cuando despertó, Refugio lloró mucho.
“Creo que se vino a despedir, aunque yo le decía no te vayas, se estaba despidiendo. Yo todas las noches quisiera verlo, pero no, no lo sueño”, comenta la viuda que rememora el 2006 por las fechas en las que su esposo estuvo ausente.
Le duele en especial cada día 18 de mes, porque el 18 de febrero fue el última día que lo vio con vida. Y a su lista suma el 10 de mayo en que faltó, el día del cumpleaños de ella y de él, la Navidad en que no arrullaron juntos al Niño Dios como acostumbraban y el Año Nuevo pasado afuera de la mina y esperando conocer la identidad del hombre recién rescatado.
Sufrió especialmente el 20 de junio porque ese día cumplían 25 años de casados. Ya tenían apartada la misma iglesia donde se habían casado, habían pagado el banquete y encargado los anillos, pero no pudieron festejarlo.
Para Fermín Rosales, las cosas tampoco han sido tan fáciles. Aunque él tuvo la fortuna de sobrevivir a la explosión, por varios meses no lo dejaron las pesadillas. En estas, sus ex compañeros le jugaron bromas pesadas.
“Soñaba que estaba trabajando con ellos, estábamos comiendo y se iban retirando, sus luces se iban alejando, yo quería irme con ellos, seguirlos, y no podía. Yo les decía que me esperaran y ellos me decían que me quedara, que al rato los alcanzaba, y ahí despertaba”, dice el treintañero que se mueve como anciano por los golpes que recibió en la espalda.
“Soñé a Mario Ramos, era mi amigo y ahí quedó atrapado, soñé que estábamos platicando y le caían unas vigas y yo estaba a un lado queriendo ayudarlo y no podía. Llegaba Ricardo, el que me sacó, y me decía que nos fuéramos y Mario no respondía y nos íbamos. La psicóloga me dijo que era natural, aunque ahora en Año Nuevo que estaban tronando cohetes arranqué corriendo, de repente se me vino eso, tuvo que ir mi hermana y alcanzarme”.
Mariana Guerrero quedó viuda de esposo y de hermano el 19 de febrero de 2006. Sin embargo, no se ve por las noches con ellos. Sus hijos tampoco.
Ella tiene una explicación para eso: “A los primeros días que nos dieron la definitiva hablé con Dios y le dije: ‘Si es tuyo, llévatelo, si es nuestro ya entréganoslo como sea que esté, pero dánoslo’, y se lo entregué”.
Su hija Claudia lo trajo mucho tiempo en la mente, día y noche, porque el sábado mortal él pidió que lo dejaran trabajar para pagarle su graduación. La quinceañera se lamenta mucho por haberlo dejado ir.
“¿Tú, aquí?, no puedes estar aquí porque no estás vivo”, dijo Elvira Martínez a su esposo Jorge Vladimir Muñoz, cuando lo vio, juguetón, a su lado.
“Él se sonreía cuando le decía eso. Se veía muy diferente, muy bonito, no guapo sino como una persona que miras alegre y limpia. En el sueño le pedí a una persona que me pellizcara para saber si estaba soñando, y mientras me cercioraba corría y lo abrazaba. “Era mi despedida porque no me despedí el día que se fue a trabajar, no tuve oportunidad de abrazarlo. Casi siempre sueño el abrazo que deseé y que me quedé con ganas de dar”, dice la mujer de 34 años.
Elvira pasó la nochebuena afuera de la mina. Cristian, su hijo de 12 años, le preguntaba desconcertado que por qué también en Navidad tenían que ir a la mina. Ella le dijo que porque no podían dejar que papá estuviera solo allá, y que cenar sin él era como si lo abandonaran.
“En cierta manera sabemos que está muerto porque una persona no puede vivir tanto tiempo sin alimento, sin agua, pero no nos hacemos a la idea hasta no ver el cuerpo. Ahorita toda la familia está en una irrealidad, en cierta forma mis hijos están esperando que regrese, me preguntan mucho cuándo va a llegar papi, y yo siempre sueño que lo abrazo”, dice.
Ella interpreta que él no se quiere ir porque, hasta el momento, en ninguno de los sueños en los que ha aparecido se ha despedido.
A su alrededor, juegan sus hijos. Tania hace una tarea escolar en el piso, Cristian y Estefanía juegan con la computadora. Cuando mira a su niña de cuatros años recuerda que le explicó como pudo la ausencia de ‘papi’.
Le dijo: “Tu papi ya no está, vinieron unos ángeles del cielo, le pusieron unas alitas y se lo llevaron volando”. Tiempo después, cuando una primita le dijo que la mina había explotado y que su papá se había muerto, la niña corrió hasta Elvira y le dijo: “¿Verdad que papi está vivo en el cielo?”
Doña Lucia Reyna, anciana madre de 71 años (“tenía seis hijos, ya me falta uno”, dice), sólo se ha topado dos veces con su Felipe de Jesús Torres. Los dos sueños ocurrieron antes de que rescataran el cuerpo de su primogénito y se lo entregaran.
“Lo soñé una vez bien triste, que vino y yo le decía ‘Ay, m’ijo’ y él no me habla, nomás me mira triste y se acostó en un catre y empezó a arder su cama. ‘Hijito, ¿no te cala la lumbre?’. ‘Nooo’, me dijo. Desperté, me dio mucha tristeza que anduviera en la lumbre.
“Otro día lo veía con su pelo todo negro, así, bonito como lo tenía, pero su panza tenía carne amarilla, bien raro. Yo quería seguirlo soñando pero ya no lo sueño. Pero es mejor no soñarlo porque no quiero que siga penando m’ijo”.

LOS SUEÑOS DE LAS VIUDAS

In Crónicas y reportajes on Febrero 13, 2007 at 1:33 am

LOS MINEROS NO DESCANSAN NUNCA

Traviesos, los mineros muertos aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.

Por Marcela Turati

Atrapado en el túnel de la derrumbada mina Pasta de Conchos, un minero no descansa nunca. Con el cuerpo quemado, corre todas las noches, intenta traspasar los escombros, grita por ayuda. Al menos así lo sueña su viuda, quien todos los días, desde hace 11 meses, acampa bajo un toldo gris de tan sucio a unos metros de la bocamina, en espera de que le entreguen los restos de su marido.
“Hermanito, ¿cómo estás?, ¿qué pasó alla?, ¿no vas a ver a mamá?”, preguntó emocionado Javier Torres a su hermano mayor, Felipe de Jesús, una noche en que lo vio entrar a casa. Lo abrazaba, lo cargaba de la emoción; habían sido muchos meses de espera. Pero Felipe, “tieso, no contestaba, estuvo como ausente”. Y a Javier se le espantó el sueño.
Los 65 mineros muertos hoy hace 11 meses siguen vivos.
Traviesos, aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.
Casi un año del accidente y las heridas no cierran, y las familias no descansan. Dicen que lo harán hasta que recuperen el cuerpo del papá, del hermano, del abuelito, del hijo que les falta. Hasta que repose en una tumba donde puedan visitarlo y llevarle flores. Hasta que lo entierren y dediquen una misa a su ánima.
Mientras, sólo lo tienen por las noches. Se les mete a sus sueños. Es entonces cuando le platican cómo fue el día, lo regañan porque se fue o le preguntan si está bien, si quiere comer, si tiene sueño.
“Papi, ¿cuándo saliste? ¿Por qué no nos avisaron?”, le preguntó Tania una de esas noches a Jorge Vladimir, su papá, en cuanto lo vio a su lado tan sonriente como si nunca se hubiera ido, como si el túnel no hubiera expotado y él no estuviera atrapado.
“Lo que pasa es que la empresa ya nos está sacando y no está queriendo decir”, fue la intrigante respuesta que a la mañana siguiente la adolescente relató a su mamá.
En cambio, Agustín Botello se presenta con otra preocupación.
Cada que puede se mete en la mente de su esposa Rafaela Castañeda, “La Güera”, que diario acampa afuera de la mina con otras viudas, y le pregunta si necesita algo, como le preguntaba todos los días. Ella invariablemente le responde: “Está bien todo, nomás tú nos faltas”.
“Nunca lo he soñado muerto. O lo sueño así o como siempre, que estamos en la casa”, dice la viuda del hombre a quien le faltaban cuatro años para jubilarse de Pasta de Conchos. Su nieta Celeste Azucena, sentada sobre sus rodillas, escucha el relato.
María del Refugio López, “Cuquis”, como la conocen las demás viudas con las que espera todos los días alguna noticia relevante, como puede ser el hallazgo de una lámpara entre los escombros o el pedazo de un casco, dice que se topó una noche a José Isabel, el amor de su vida y padre de sus tres hijos.
En cuanto se vieron continuaron una discusión que dejaron a medias y que había comenzado cuando él le comunicó sus ganas de irse de brasero a Estados Unidos, porque en Coahuila el trabajo es malpagado. Se le había fijado esa idea desde que lo corrieron de la empresa Minerales de Monclova, tras años de trabajo, quesque porque se acabó la producción.
“En el sueño llega y me dice: ‘ya vine’, yo le digo: ‘ya no te vuelvas a ir’, él me contesta: ‘mira el dinero que te traje’, y yo le repito: ‘no, no quiero que te vayas de aquí, aunque ganes poco estaremos juntos siempre’. Y él me insiste que cuente el dinero, mientras yo le repito que no se vuelva a ir”.
Esa noche, en el sueño y cuando despertó, Refugio lloró mucho.
“Creo que se vino a despedir, aunque yo le decía no te vayas, se estaba despidiendo. Yo todas las noches quisiera verlo, pero no, no lo sueño”, comenta la viuda que rememora el 2006 por las fechas en las que su esposo estuvo ausente.
Le duele en especial cada día 18 de mes, porque el 18 de febrero fue el última día que lo vio con vida. Y a su lista suma el 10 de mayo en que faltó, el día del cumpleaños de ella y de él, la Navidad en que no arrullaron juntos al Niño Dios como acostumbraban y el Año Nuevo pasado afuera de la mina y esperando conocer la identidad del hombre recién rescatado.
Sufrió especialmente el 20 de junio porque ese día cumplían 25 años de casados. Ya tenían apartada la misma iglesia donde se habían casado, habían pagado el banquete y encargado los anillos, pero no pudieron festejarlo.
Para Fermín Rosales, las cosas tampoco han sido tan fáciles. Aunque él tuvo la fortuna de sobrevivir a la explosión, por varios meses no lo dejaron las pesadillas. En estas, sus ex compañeros le jugaron bromas pesadas.
“Soñaba que estaba trabajando con ellos, estábamos comiendo y se iban retirando, sus luces se iban alejando, yo quería irme con ellos, seguirlos, y no podía. Yo les decía que me esperaran y ellos me decían que me quedara, que al rato los alcanzaba, y ahí despertaba”, dice el treintañero que se mueve como anciano por los golpes que recibió en la espalda.
“Soñé a Mario Ramos, era mi amigo y ahí quedó atrapado, soñé que estábamos platicando y le caían unas vigas y yo estaba a un lado queriendo ayudarlo y no podía. Llegaba Ricardo, el que me sacó, y me decía que nos fuéramos y Mario no respondía y nos íbamos. La psicóloga me dijo que era natural, aunque ahora en Año Nuevo que estaban tronando cohetes arranqué corriendo, de repente se me vino eso, tuvo que ir mi hermana y alcanzarme”.
Mariana Guerrero quedó viuda de esposo y de hermano el 19 de febrero de 2006. Sin embargo, no se ve por las noches con ellos. Sus hijos tampoco.
Ella tiene una explicación para eso: “A los primeros días que nos dieron la definitiva hablé con Dios y le dije: ‘Si es tuyo, llévatelo, si es nuestro ya entréganoslo como sea que esté, pero dánoslo’, y se lo entregué”.
Su hija Claudia lo trajo mucho tiempo en la mente, día y noche, porque el sábado mortal él pidió que lo dejaran trabajar para pagarle su graduación. La quinceañera se lamenta mucho por haberlo dejado ir.
“¿Tú, aquí?, no puedes estar aquí porque no estás vivo”, dijo Elvira Martínez a su esposo Jorge Vladimir Muñoz, cuando lo vio, juguetón, a su lado.
“Él se sonreía cuando le decía eso. Se veía muy diferente, muy bonito, no guapo sino como una persona que miras alegre y limpia. En el sueño le pedí a una persona que me pellizcara para saber si estaba soñando, y mientras me cercioraba corría y lo abrazaba. “Era mi despedida porque no me despedí el día que se fue a trabajar, no tuve oportunidad de abrazarlo. Casi siempre sueño el abrazo que deseé y que me quedé con ganas de dar”, dice la mujer de 34 años.
Elvira pasó la nochebuena afuera de la mina. Cristian, su hijo de 12 años, le preguntaba desconcertado que por qué también en Navidad tenían que ir a la mina. Ella le dijo que porque no podían dejar que papá estuviera solo allá, y que cenar sin él era como si lo abandonaran.
“En cierta manera sabemos que está muerto porque una persona no puede vivir tanto tiempo sin alimento, sin agua, pero no nos hacemos a la idea hasta no ver el cuerpo. Ahorita toda la familia está en una irrea
lidad, en cierta forma mis hijos están esperando que regrese, me preguntan mucho cuándo va a llegar papi, y yo siempre sueño que lo abrazo”, dice.
Ella interpreta que él no se quiere ir porque, hasta el momento, en ninguno de los sueños en los que ha aparecido se ha despedido.
A su alrededor, juegan sus hijos. Tania hace una tarea escolar en el piso, Cristian y Estefanía juegan con la computadora. Cuando mira a su niña de cuatros años recuerda que le explicó como pudo la ausencia de ‘papi’.
Le dijo: “Tu papi ya no está, vinieron unos ángeles del cielo, le pusieron unas alitas y se lo llevaron volando”. Tiempo después, cuando una primita le dijo que la mina había explotado y que su papá se había muerto, la niña corrió hasta Elvira y le dijo: “¿Verdad que papi está vivo en el cielo?”
Doña Lucia Reyna, anciana madre de 71 años (“tenía seis hijos, ya me falta uno”, dice), sólo se ha topado dos veces con su Felipe de Jesús Torres. Los dos sueños ocurrieron antes de que rescataran el cuerpo de su primogénito y se lo entregaran.
“Lo soñé una vez bien triste, que vino y yo le decía ‘Ay, m’ijo’ y él no me habla, nomás me mira triste y se acostó en un catre y empezó a arder su cama. ‘Hijito, ¿no te cala la lumbre?’. ‘Nooo’, me dijo. Desperté, me dio mucha tristeza que anduviera en la lumbre.
“Otro día lo veía con su pelo todo negro, así, bonito como lo tenía, pero su panza tenía carne amarilla, bien raro. Yo quería seguirlo soñando pero ya no lo sueño. Pero es mejor no soñarlo porque no quiero que siga penando m’ijo”.

LAS LECCIONES DE KAPU

In General on Febrero 5, 2007 at 12:16 pm

LAS LECCIONES DE KAPU
Por Marcela Turati

Entró al salón con su paso lento, su calvicie despeinada, su sonrisa de abuelito bueno, su rostro de polaco sonrosado. Estábamos emocionados: el maestro del taller era el periodista-leyenda, el hombre que desde la universidad nos hacía soñar cuando leíamos sus aventuras de testigo de una veintena de revoluciones; sus andanzas por el Congo, cuando lo tomaron por espía y estuvo a punto de ser ejecutado; su escape de las tropas rebeldes nigerianas a través de remotas carreteras, tras ser apaleado y robado; su posible muerte al atravesar la carretera que dividía a Honduras y El Salvador, cuando el fútbol estaba por desatar una guerra. Rizsard Kapuscinski.
Sus alumnos de los próximos días íbamos cargados de dudas eruditas: ¿Cómo reporteó El Emperador, su novela a múltiples voces sobre el emperador etíope Haile Selassie? ¿Cómo eligió la estructura de El Sha, que describe a un país y a un gobernante a través de fotos? ¿Cuánto tardó para escribir El Imperio, su novela vivencial sobre la Unión Soviética ?
Kapu, como pronto comenzamos a nombrar al maestro, aclaró poco. No detalló ninguna técnica. No reveló verdades ocultas. Evadía las preguntas. Fiel a la profesión que abrazó como forma de vida, él era el reportero y, como tal, entrevistaba a los alumnos.
Al tercer día de escuchar las grandes aventuras de los propios colegas y de notar que el maestro sólo escuchaba y no pretendía hablar, el taller de crónica prometía ser un fiasco.
De tanto en tanto, los alumnos nos quedábamos callados, esperando sacarle alguna frase iluminadora. Acorralado, soltaba entonces comentarios que nos regresaban a la esencia de la profesión, que le quitaban el glamour y los reflectores a lo que hacemos.
“Lo más importante en nuestra profesión es recordar todos los días que todo nuestro trabajo depende de otros. Es paradójico porque el reportero es solitario –se mueve entre desconocidos— pero los demás deciden sobre el éxito de lo que hacemos. Estamos con alguien 15 minutos y nunca lo volveremos a ver. El primer contacto decide todo. Hay que tener una profunda, sincera humildad, porque la gente siente cualquier gesto de arrogancia”, soltaba de pronto, con una sonrisa infantil que en segundos se tornaba pícara.
Kapuscinski, o Ricardo, como pedía en México que le dijeran, siempre se lamentó porque la ocupación soviética no le permitió estudiar Filosofía y terminó cursando Historia, aunque, quizás sin saberlo, era un filósofo de la profesión.
Al escucharlo uno aprendía lo que no se enseña en la universidad: la humildad como principal cualidad del reportero, el periodismo como misión, el reconicimiento de la dignidad humana del entrevistado, la toma de partido por los desprotegidos, la austeridad como forma de vida.
Acostumbrado a evadir las alfombras rojas, evitar los grandes palacios y las entrevistas con los poderosos, él entraba a cada uno de sus temas por la puerta de la cocina, entrevistaba a quienes nadie acostumbraba entrevistar. Así, de esas voces colectivas, asustadas, anónimas, recreó la monarquía dilapidadora y excéntrica que gobernó Etiopía, en El Emperador.
Kapu decía que el periodismo requiere una dedicación completa, mantener abiertos los sentidos, volcarse uno mismo a lo que está viviendo, y no sólo lo decía sino que lo practicaba, al grado que en Africa duró tres años sin hablar a casa, para reportarse con su esposa. Para él, ya era una desconcentración.
“Para el reportero es importante ir, no como turista, moverse de manera concentrada para tratar de recordar todo, memorizar. Ese es un viaje de trabajo, de esfuerzo. Posiblemente es el único momento de la vida que tienes para estar en ese lugar, donde encontramos a ese hombre o mujer, por eso hay que ser muy intensos, hay que darse todo, memorizar. Cuando vuelvas a ese lugar tienes que ser capaz de notar si ha cambiado la puerta de una casa”, decía, sencillo, sin pontificar.
Los grandes reportajes y crónicas que aparecen en sus libros nunca fueron publicados por periódicos polacos. Trabajaba para una agencia de noticias pobre y sólo alcanzaba a meter líneas telegráficas. Decía que para no enloquecer del trabajo “mecánico, burocrático y de esclavos” de la agencia de noticias, todo lo que se le quedó en las libretas y absorvió en la memoria lo volcó años después en sus libros.
“Tenía 100 dólares para escribir un golpe de estado y transmitir cada palabra costaba 50 centavos. Con 200 palabras describía un evento de un país del que nadie sabía nada (…) Yo me planteaba que el mundo es más rico, interesante y fabuloso, que no cabía en el lenguaje de la agencia de prensa. Cada libro mío es un segundo tomo de lo que escribí en mis notas”.
A las preguntas más elaboradas les tenía las respuestas más sencillas. No pocas veces desconcertaba.
–¿Cómo hizo para que los soldados lo dejaran pasar y entrar a ese país sitiado donde había un golpe de Estado?
–“Les sonreí”, fue su respuesta.
–¿Què se necesita para ser un buen periodista?
–”Ser, primero, buena persona”.
Con sus pequeñas intervenciones, Kapu, el maestro de Filosofía, iba recordando los básicos y conectándonos a tierra. A ratos parecía que daba clases de anti-periodismo, porque sus enseñanzas contrastraban con lo que se aprende en las redacciones. Pedía, por ejemplo, nunca traspasar los límites ajenos, huir de la fama y el dinero, no perder ningún amigo por una nota, ponerse en los zapatos del entrevistado, tener el amor a la humanidad como motor, dejar el ego a un lado porque –sentenciaba- el periodista que cree saber todo, está destinado a fracasar.
“Uno tiene que ser humilde y saber qué se puede preguntar y qué no, cuál es el límite humano, hasta donde puede escribir. Uno tiene que saber decir a sus jefes: ‘No pude’, pero puedes encontrar otras historias para no llegar con las manos vacías”.
Este misionero del periodismo, predicaba la humanización de cada historia, ponerle rostro a la noticia. Y lo ponía en práctica.
“Estoy en contra de reportar la guerra como partido de futbol. Hay que decir quién era esta gente que murió, dar nombres, detalles, circuntancias. Esto da el sentido de humanismo. La abstracción esconde el drama real y la tragedia. A los muertos hay que mostrarles la cara humana, mostrarles respeto, regresarles sus dignidad, es llorar con ellos la tragedia, ponerte en su lugar”, comentaba.
A este periodista apasionado por el Tercer Mundo le preocupaban los cambios que, con los avances tecnológicos y la aparición de conglomerados mediáticos, sufrió el oficio; la precarización laboral y la poca profesionalización del reportero, su falta de lectura y preparación; la ambiciòn como motor.
Se quejaba de que los periodistas actuamos como manada (“el 99% cubrimos el 1% de lo que pasa en el mundo”). Repetía que esta profesión no deja dinero. Decía que había de desconfiar de aquellas redacciones de pisos de mármol en las que las recepcionistas parecen edecanes.
¿En nuestro oficio es peligroso volvernos cínicos?, le preguntó uno de los alumnos. “No lo creo, mi experiencia es que en nuestro oficio entra gente que ya era cínica, entran por hacer carrera, dinero, planes de vida que no tienen nada que ver con nuestra vocación. Los periodistas con vocación y sabiduría son honestos y tratan de ser mejores. Nuestra profesión los hace cada vez más sensibles y vulnerables”.
Algunas preguntas le tocaban el corazòn. Entonces, con esa sonrisa que tienen los pacìficos, nos dejaba entrar a sus inquietudes como reportero de larga trayectoria que no dejò que lo absorviera el comfort y la burocracia de las redacciones: “Debemos ser humildes y darnos cuenta de que la inspiración y el entusiasmo de repente se apagan, se apaga el fuego interior, y si no tenemos formación no vamos a poder continuar. Hay que prepararse para este momento ya porque después será tarde”.
Así, durante toda esa semana, fue desgranando su credo de periodista y de buena persona. Regresándonos a los orígenes de la profesión. Impartiéndonos clases de filosofía. Predicando al periodismo como misión de vida llena de sacrificios.
Supe que dos años después, Kapu regresó a México a dar otro taller y no se aguantó las ganas de ir al Zócalo para ver de cerca la llegada del Ejército Zapatista. Varios colegas lo vieron reportear entre la multitud agolpada en el centro de la ciudad. Otra de esas noches en el DF anduvo en Garibaldi, la plaza de los borrachos, los mariachis y los tequilas, de juerga con sus alumnos.
Un dìa de esos tuve el honor de desayunar con èl. Durante ese encuentro en el restaurante de su hotel no dejò de quejarse de “la gente de la editorial” que lo habìa traìdo a Mèxico porque ordenaba su agenda y castraba su libertad. Yo estaba por viajar a Campeche a cubrir los efectos del huracàn “Isidore”, y èl, fiel a sì mismo, no dejaba de interrogarme sobre la situaciòn estaban viviendo los damnificados. Sus preguntas me dieron pistas de dònde empezar a reportear.
Otro dìa, ya en Campeche, recibì una llamada suya a mi celular: querìa saber, de primera mano, què habìa hecho Isidore y còmo estaba la gente, y, de paso, despedirse.
Luego supe de èl de oìdas. Escuché que en Argentina se llevó a sus pupilos a un partido de futbol, lo vi en las portadas de todos los periòdicos recibiendo el premio Prìncipe de Asturias en reconocimiento a su humanismo, leì que estaba presentando por el mundo su ùltimo libro de Viajes con Herodoto, a quien consideraba el primer periodista de la historia.
Siempre pensé que Kapu nunca moriría. En Africa, Amèrica Latina y Asia había sobrevivido a las enfermedades más extrañas, a mùltiples amagos de fusilamiento, a guerras y anarquìa. Y como siempre habìa salvado el pellejo y mantenido ìntegra su alma y su fe en el ser humano, lo pensaba como alguien inmortal.
Hasta ayer, cuando comencè a recibir mensajes a mi celular de varios colegas enlutecidos y con la misma tristeza compartida, expresada en tres palabras: Se muriò Kapu.
Sì, se muriò el Maestro. Se muriò una buena persona. Muriò Kapu.