Periodista Social

Archivo de Marzo 2007

hambre en oaxaca

In General on Marzo 6, 2007 at 12:49 am

HAY HAMBRE EN MUNICIPIOS CONURBADOS DE OAXACA
Por Marcela Turati (Fotos Nacho Galar)
PERIODICO EXCELSIOR. NOVIMEBRE DE 2006

Xoxocotlán.— El hambre comenzó a apretar en los municipios conurbados de Oaxaca.
Los campesinos que décadas atrás dejaron la milpa y migraron a la ciudad en busca de oportunidades, hambrientos, están regresando a sus lugares de origen. No tienen trabajo desde hace tres, cuatro meses, los mismos en los que los alimentos duplicaron su precio.
En la colonia Los Ángeles –que surtía de albañiles, lavanderas, trabajadoras domésticas y afanadores a Oaxaca–, la nueva dieta es tortilla y frijol con sal; los desempleados compran periódico en vez de pan, con la esperanza de encontrar en las secciones de anuncios clasificados el trabajo que no existe.
Por sus calles sin trazo ni pavimento ya no transitan los camiones repartidores de Coca, Marinela o Sabritas, por miedo a los saqueos de quienes se dicen APPO y porque no hay quien compre. Los vendedores de abarrotes ya se comieron su propia mercancía.
Mientras los antiulisistas de la APPO, los policías estatales vestidos de civiles y la PFP se enfrentan a 20 kilómetros de distancia, las familias piden fiado, atrancan sus casas de techo de lámina, se regresan al rancho natal o comienzan a exiliarse del hambre en Estados Unidos.
‘DIOS MIO, QUE NO ENFERMEN’
Cidronia Martínez mira a sus cuatro hijos humedecer su tortilla en el caldo de frijol y no logra espantar el miedo de que uno de ellos se le enferme por el ‘frial’ que hace. Los observa recargada en lo que fue un anaquel de la tiendita de abarrotes que tenía con Dimas, su esposo. La necesidad los empujó a comerse la mercancía.
De su tienda y los 7 mil pesos que le habían invertido en productos, sólo les quedaron dos jabones Zote, un Suavitel y una botella de cloro. Hace tres meses optaron por no surtirla; los mismos que Dimas lleva sin encontrar una obra donde le paguen por pegar ladrillos.
“Todo está jodidísimo. Tengo miedo de todo, por los niñitos, con qué dinero vamos al doctor si se enferman, y ahorita puro frijol, y los niños dicen que quieren más pero no hay forma”, dice sonriente, como si hablara de un caso que no es el suyo, como no queriendo que sus hijos se den cuenta de la carga que llevan sus palabras.
“Antes, por lo menos, dos tres veces a la semana comíamos pollo, verduras, frutas de la temporada, ahora ya ni eso, ahora, si acaso dos veces al mes. Ya hasta la cuenta perdí”, dice risueña.
Cubriéndose del frío con su gorro de estambre, Dimas recita de memoria las mutaciones que han subido los precios en la zona, que han sido los verdaderos rehenes del conflicto. Si el frijol costaba 11 pesos el kilo, ahora está a 15; la leche, de 7 se disparó a 10 la caja; el maíz, de 3 a 4.50; el jitomate, de 10, duplicó su precio; si con 10 pesos compraban 12 huevos, ahora sólo alcanzan 8.
“La gente se vino del campo para trabajar, y con esta situación se ha revertido esto: ahora en los pueblos es más fácil conseguir alimentos porque el campo no deja sin comida, todavía se puede sembrar, y acá quien no trabaja diario no come”, dice él, quien también es el jefe de la colonia.
Los estragos del hambre y la malpasada se reflejan en todas las casas a la redonda.
Dos familias vecinas emigraron a la Sierra Juárez , de donde algún día salieron para huir de la falta de oportunidades. La abuela zapoteca Ana Margarita Pérez Ruiz, vecina de Dimas y Cidronia, regresó a su pueblo natal para pedir comida prestada a sus parientes y alimentar a su plebe.
Ella quedó en el desempleo el 20 de julio.
“Hacía el quehacer con una licenciada que tenía una ferretería y como los maestros cerraron caminos y sus camiones ya no pasaban, me dijo que tenía que estar sin trabajar. Ayer fui a verla y me dijo que todavía no hay trabajo”, explica con la misma sonrisa de aparente despreocupación de Cidronia, pero por los ojos se le sale la tristeza.
Ana Margarita muestra los costales de maíz, frijol, chícharo y haba que trajo del rancho que abandonó décadas atrás, y a donde mandaba parte de los mil 200 pesos que ganaba a la semana.
“Hace un año tenía mis 7 mil pesos ahorraditos, ahora les pedí mil pesos a mi papá porque ya nos quedamos sin nada. Ya no comemos comida bien, nada de tasajo o pollo, ahora puro frijolito; a los niños tuvimos que suspenderles las frutas y el yogurt, desde hace un mes no probamos carne”, dice con esa desesperante sonrisa de ‘aquí no pasa nada’.
Bajo el tejabán de la casa de lámina, como todas las de esta colonia, su yerno, Pedro Ortiz, escudriña el periódico ‘Noticias’ en busca de trabajo. Desde hace un mes que dejó la fábrica refresquera en la que preparaba concentrados porque hasta tres horas tardaba en llegar, por el caos vial.
Cierra el periódico y comenta: “Antes venían bastantes trabajos pero ahora casi no. Y para mí, ninguno, buscan puro que ha estudiado más”.
En la colonia Los Angeles todo está suspendido. se desplomó el sueño de la electrificación subterránea, aunque sólo faltaba una firma. La que sería la nueva escuela se quedó en puro armazón. La gente que no ha emigrado no sale de casa, pues pocos tienen para pagar los 15 pesos que cobran las moto-taxis hasta el centro del municipio. Al cerro fraccionado, camino a Monte Albán, ya no suben camiones urbanos, pues los que daban el servicio yacen calcinados en alguna calle de la capital.
‘NI A LA ESCUELA PUDIMOS ENTRAR’
El regreso de los maestros a clases no sirvió de alivio a los losangelinos. Menos para gente como Rosa López Santiago, madre sola de tres hijos, dos de ellos en primaria
“Los maestros nos piden los 100 pesos de cooperaciones para arreglar las computadoras de la escuela y los tuve que dar”, dice sentada debajo de un árbol.
La joven-anciana de 26 años todos los días aguanta la mirada severa de sus pequeños cuando les sirve el plato raquítico con el menú repetido de caldo de frijol.
“Ellos quieren más pero les digo ‘aguántense, que no hay ahorita, y es que llevamos dos o tres meses sin comer pollo’”.
Junto a ella está Alma, su sobrina de 10 años, que no se aguanta y dice que “desde que empezó la guerra de los maestros”, ella, su hermana que iba a terminar la primaria y su hermano mayor ya no volvieron a la escuela.
“No tuvimos lo de la inscripción de 150 pesos que nos pedían a cada uno. Mi tío que está del otro lado nos manda un poquito, mi hermana Itaví ya iba en sexto, quería terminar la primaria, y mi hermano ya estaba en secundaria”, dice la niña que viste un uniforme escolar de la primaria Josefa O. de Domínguez, que alguien le dio de regalo.
Atravesando los carrizos que dividen los terrenos, los ancianos Cristino Santiago y Nieves Roque pasan hambre. Los 20, 25 pesos que gastaban en despensa les alcanza para la mitad y desde hace meses nadie visita su jacal para comprarles una de las chivas con las que cohabitan bajo el mismo techo chaparro.
Cristino está enfermo y trata de curarse con unas yerbas que se amarró al cuello. Dice que la medicina que tomaba triplicó su precio.
“Ora ya no compro tanto, nosotros no trabajamos, no hay dinero. Empezó el problema maestro-gobierno y 16 peso el kilo ‘azuca’, ya no hay cosa barata, medicina compraba 50 peso y orita 150, orita ya no hay gente que busca animales, el maestro quitó nuestro (camión) urbano y quemó”, resuma la viejita su situación.
“NI A FRIJOLES LLEGAMOS”
Como en las guerras, en los municipios conurbados de Oaxaca, las madres solas, los enfermos, los ancianos y los niños, son los primeros afectados de la falta de entendimiento político entre los oaxaqueños y la federación.
Hay familias que han podido matizar el sufrimiento de los niños, como la de Roberto Aguilar Córdoba, del pueblo de artesanos llamado Arrazola, que, literalmente, se encuentra tras lomita.
“Nos está llevando todo el traste a los artesanos, no viene turismo, y aquí el 80% se dedica a hacer alebrijes. Antes, a la semana venían dos o tres grupos de autobuses de extranjeros, ahora si se para un turista o dos al mes ya es ganancia, y lo mismo ocurre en San Martín Tilcajete, San Bartolo Coyotepec, Atzompa, Teotitlán”, dice frustrado.
Este creador de alebrijes que ha expuesto sus obras en Estados Unidos dejó sus últimas artesanías empeñadas en la ciudad de México, volvió a sembrar milpa y malvendió sus dos vacas y sus 12 borregos.
Ni con eso se salvó de la dieta de tortilla con sal, porque en su casa escasean también los frijoles.
“Por lo menos, dos, tres veces por semana mi esposa y yo comemos tortilla con sal, a las niñas sí tenemos que darles sus frijolitos y sus atoles de maíz porque están en crecimiento; nosotros nos aguantamos, al cabo ya vamos de salida”, dice el hombre de 41 años, padre de cuatro mujercitas.
El alebrijero que tuvo que volverse campesino, está por convertirse en albañil.
Se pone enero como plazo: si las cosas no mejoran seguirá la ruta de los 20 jefes de familia que hace varias décadas salieron de su rancho para mejorar su vida en Arrazola, y en septiembre tomaron un camión hacia Estados Unidos huyéndole al hambre.

Comienza a sentirse el hambre en Oaxaca

In Crónicas y reportajes on Marzo 6, 2007 at 12:49 am

HAY HAMBRE EN MUNICIPIOS CONURBADOS DE OAXACA
Por Marcela Turati (Fotos Nacho Galar)
PERIODICO EXCELSIOR. NOVIMEBRE DE 2006

Xoxocotlán.— El hambre comenzó a apretar en los municipios conurbados de Oaxaca.
Los campesinos que décadas atrás dejaron la milpa y migraron a la ciudad en busca de oportunidades, hambrientos, están regresando a sus lugares de origen. No tienen trabajo desde hace tres, cuatro meses, los mismos en los que los alimentos duplicaron su precio.
En la colonia Los Ángeles –que surtía de albañiles, lavanderas, trabajadoras domésticas y afanadores a Oaxaca–, la nueva dieta es tortilla y frijol con sal; los desempleados compran periódico en vez de pan, con la esperanza de encontrar en las secciones de anuncios clasificados el trabajo que no existe.
Por sus calles sin trazo ni pavimento ya no transitan los camiones repartidores de Coca, Marinela o Sabritas, por miedo a los saqueos de quienes se dicen APPO y porque no hay quien compre. Los vendedores de abarrotes ya se comieron su propia mercancía.
Mientras los antiulisistas de la APPO, los policías estatales vestidos de civiles y la PFP se enfrentan a 20 kilómetros de distancia, las familias piden fiado, atrancan sus casas de techo de lámina, se regresan al rancho natal o comienzan a exiliarse del hambre en Estados Unidos.
‘DIOS MIO, QUE NO ENFERMEN’
Cidronia Martínez mira a sus cuatro hijos humedecer su tortilla en el caldo de frijol y no logra espantar el miedo de que uno de ellos se le enferme por el ‘frial’ que hace. Los observa recargada en lo que fue un anaquel de la tiendita de abarrotes que tenía con Dimas, su esposo. La necesidad los empujó a comerse la mercancía.
De su tienda y los 7 mil pesos que le habían invertido en productos, sólo les quedaron dos jabones Zote, un Suavitel y una botella de cloro. Hace tres meses optaron por no surtirla; los mismos que Dimas lleva sin encontrar una obra donde le paguen por pegar ladrillos.
“Todo está jodidísimo. Tengo miedo de todo, por los niñitos, con qué dinero vamos al doctor si se enferman, y ahorita puro frijol, y los niños dicen que quieren más pero no hay forma”, dice sonriente, como si hablara de un caso que no es el suyo, como no queriendo que sus hijos se den cuenta de la carga que llevan sus palabras.
“Antes, por lo menos, dos tres veces a la semana comíamos pollo, verduras, frutas de la temporada, ahora ya ni eso, ahora, si acaso dos veces al mes. Ya hasta la cuenta perdí”, dice risueña.
Cubriéndose del frío con su gorro de estambre, Dimas recita de memoria las mutaciones que han subido los precios en la zona, que han sido los verdaderos rehenes del conflicto. Si el frijol costaba 11 pesos el kilo, ahora está a 15; la leche, de 7 se disparó a 10 la caja; el maíz, de 3 a 4.50; el jitomate, de 10, duplicó su precio; si con 10 pesos compraban 12 huevos, ahora sólo alcanzan 8.
“La gente se vino del campo para trabajar, y con esta situación se ha revertido esto: ahora en los pueblos es más fácil conseguir alimentos porque el campo no deja sin comida, todavía se puede sembrar, y acá quien no trabaja diario no come”, dice él, quien también es el jefe de la colonia.
Los estragos del hambre y la malpasada se reflejan en todas las casas a la redonda.
Dos familias vecinas emigraron a la Sierra Juárez , de donde algún día salieron para huir de la falta de oportunidades. La abuela zapoteca Ana Margarita Pérez Ruiz, vecina de Dimas y Cidronia, regresó a su pueblo natal para pedir comida prestada a sus parientes y alimentar a su plebe.
Ella quedó en el desempleo el 20 de julio.
“Hacía el quehacer con una licenciada que tenía una ferretería y como los maestros cerraron caminos y sus camiones ya no pasaban, me dijo que tenía que estar sin trabajar. Ayer fui a verla y me dijo que todavía no hay trabajo”, explica con la misma sonrisa de aparente despreocupación de Cidronia, pero por los ojos se le sale la tristeza.
Ana Margarita muestra los costales de maíz, frijol, chícharo y haba que trajo del rancho que abandonó décadas atrás, y a donde mandaba parte de los mil 200 pesos que ganaba a la semana.
“Hace un año tenía mis 7 mil pesos ahorraditos, ahora les pedí mil pesos a mi papá porque ya nos quedamos sin nada. Ya no comemos comida bien, nada de tasajo o pollo, ahora puro frijolito; a los niños tuvimos que suspenderles las frutas y el yogurt, desde hace un mes no probamos carne”, dice con esa desesperante sonrisa de ‘aquí no pasa nada’.
Bajo el tejabán de la casa de lámina, como todas las de esta colonia, su yerno, Pedro Ortiz, escudriña el periódico ‘Noticias’ en busca de trabajo. Desde hace un mes que dejó la fábrica refresquera en la que preparaba concentrados porque hasta tres horas tardaba en llegar, por el caos vial.
Cierra el periódico y comenta: “Antes venían bastantes trabajos pero ahora casi no. Y para mí, ninguno, buscan puro que ha estudiado más”.
En la colonia Los Angeles todo está suspendido. se desplomó el sueño de la electrificación subterránea, aunque sólo faltaba una firma. La que sería la nueva escuela se quedó en puro armazón. La gente que no ha emigrado no sale de casa, pues pocos tienen para pagar los 15 pesos que cobran las moto-taxis hasta el centro del municipio. Al cerro fraccionado, camino a Monte Albán, ya no suben camiones urbanos, pues los que daban el servicio yacen calcinados en alguna calle de la capital.
‘NI A LA ESCUELA PUDIMOS ENTRAR’
El regreso de los maestros a clases no sirvió de alivio a los losangelinos. Menos para gente como Rosa López Santiago, madre sola de tres hijos, dos de ellos en primaria
“Los maestros nos piden los 100 pesos de cooperaciones para arreglar las computadoras de la escuela y los tuve que dar”, dice sentada debajo de un árbol.
La joven-anciana de 26 años todos los días aguanta la mirada severa de sus pequeños cuando les sirve el plato raquítico con el menú repetido de caldo de frijol.
“Ellos quieren más pero les digo ‘aguántense, que no hay ahorita, y es que llevamos dos o tres meses sin comer pollo’”.
Junto a ella está Alma, su sobrina de 10 años, que no se aguanta y dice que “desde que empezó la guerra de los maestros”, ella, su hermana que iba a terminar la primaria y su hermano mayor ya no volvieron a la escuela.
“No tuvimos lo de la inscripción de 150 pesos que nos pedían a cada uno. Mi tío que está del otro lado nos manda un poquito, mi hermana Itaví ya iba en sexto, quería terminar la primaria, y mi hermano ya estaba en secundaria”, dice la niña que viste un uniforme escolar de la primaria Josefa O. de Domínguez, que alguien le dio de regalo.
Atravesando los carrizos que dividen los terrenos, los ancianos Cristino Santiago y Nieves Roque pasan hambre. Los 20, 25 pesos que gastaban en despensa les alcanza para la mitad y desde hace meses nadie visita su jacal para comprarles una de las chivas con las que cohabitan bajo el mismo techo chaparro.
Cristino está enfermo y trata de curarse con unas yerbas que se amarró al cuello. Dice que la medicina que tomaba triplicó su precio.
“Ora ya no compro tanto, nosotros no trabajamos, no hay dinero. Empezó el problema maestro-gobierno y 16 peso el kilo ‘azuca’, ya no hay cosa barata, medicina compraba 50 peso y orita 150, orita ya no hay gente que busca animales, el maestro quitó nuestro (camión) urbano y quemó”, resuma la viejita su situación.
“NI A FRIJOLES LLEGAMOS”
Como en las guerras, en los municipios conurbados de Oaxaca, las madres solas, los enfermos, los ancianos y los niños, son los primeros afectados de la falta de entendimiento político entre los oaxaqueños y la federación.
Hay familias que han podido matizar el sufrimiento de los niños, como la de Roberto Aguilar Córdoba, del pueblo de artesanos llamado Arrazola, que, literalmente, se encuentra tras lomita.
“Nos está llevando todo el trast
e a los artesanos, no viene turismo, y aquí el 80% se dedica a hacer alebrijes. Antes, a la semana venían dos o tres grupos de autobuses de extranjeros, ahora si se para un turista o dos al mes ya es ganancia, y lo mismo ocurre en San Martín Tilcajete, San Bartolo Coyotepec, Atzompa, Teotitlán”, dice frustrado.
Este creador de alebrijes que ha expuesto sus obras en Estados Unidos dejó sus últimas artesanías empeñadas en la ciudad de México, volvió a sembrar milpa y malvendió sus dos vacas y sus 12 borregos.
Ni con eso se salvó de la dieta de tortilla con sal, porque en su casa escasean también los frijoles.
“Por lo menos, dos, tres veces por semana mi esposa y yo comemos tortilla con sal, a las niñas sí tenemos que darles sus frijolitos y sus atoles de maíz porque están en crecimiento; nosotros nos aguantamos, al cabo ya vamos de salida”, dice el hombre de 41 años, padre de cuatro mujercitas.
El alebrijero que tuvo que volverse campesino, está por convertirse en albañil.
Se pone enero como plazo: si las cosas no mejoran seguirá la ruta de los 20 jefes de familia que hace varias décadas salieron de su rancho para mejorar su vida en Arrazola, y en septiembre tomaron un camión hacia Estados Unidos huyéndole al hambre.

REPORTAJE RIO SANTIAGO: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL

In General on Marzo 6, 2007 at 12:44 am

REPORTAJE RIO SANTIAGO, FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
Por Marcela Turati
PERIODICO EXCELSIOR

Juanacatlán, Jalisco.– Al pie de un acantilado que permite una vista panorámica, se ubica la primaria “Mártires del Río Blanco”, donde está a punto de repetirse la historia patria. Cual broma macabra, el nombre de la escuela es una fiel metáfora de la lenta muerte que viven los niños que en esas aulas toman clase: la intoxicación por el río espumoso que corre metros abajo.
Los nuevos mártires estudian al pie de la cascada de aguas cloacales y tóxicas que por su belleza era conocida como “El Niágara mexicano” y lugar de vacación por excelencia. Aprenden el abcedario, a sumar y restar, justo donde el río Santiago salta, después de haber recibido los desechos de Guadalajara y su zona metropolitana y arrastrado los químicos vertidos por las fábricas localizadas en el corredor industrial establecido a lo largo de su cauce.
Al brincar por el desnivel que antes era de piedra natural y hoy es una cortina metálica, se forma una espuma blanca que, cual lavadora desbordada, se acumula y crece. Cuando hay viento o llueve esa espuma vuela, cae en el patio escolar, y algunos niños que toca caen enfermos.
Estudiante dentro de esa toxina que se ha vuelto su escuela, el niño Luis Enrique Vázquez dice que desde que ingresó a primaria seguido siente dolores de cabeza y estómago. De las manchas blancas que tiene en la cara, dice que le salieron desde que empezó la primaria.
La niña Daiana Miroslava Huerta dice que a ella la espuma del río le mancha la piel, y le hace doler la garganta y cabeza. El doctor le dijo que es porque tiene la piel delgada y porque está en crecimiento.
Estos son algunos testimonios de niños manchados de la piel como si fueran plantas plagadas; de mujeres locales con mascadas en la cabeza por la quimioterapia que reciben; de jóvenes viudas del cáncer; de personas marchitas que aparecen en el video “Salto de Juanacatlán, donde el agua envenena…”, filmado por IMDEC y “Grupo Vida”, un conjunto de ciudadanos de la zona, que asegura que el río causa cáncer y que se ha dedicado a denunciarlo.
Los integrantes del grupo, todos profesionistas, han acudido a la televisión local, a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, a la Secretaría de Salud, al gobierno municipal, estatal y federal, y no han obtenido solución.
El gobierno estatal construyó una planta tratadora para eliminar tóxicos, pero el agua sigue espumosa.
En su desesperación, algunos habitantes de Juanacatlán invitaron al Subcomandante Marcos para que en su gira de La Otra Campaña respirara ese aire tóxico que despide el río, y lo denunciara, para ver si así llamaba la atención de alguien.
Sin embargo, el evento se tuvo que realizar en otro lugar porque es imposible detenerse encima del puente que une a las ciudades jaliscienses de La Piedad y Juanacatlán, donde se inaugura el río Santiago, como llaman a la prolongación del Río Lerma en su camino al pacífico.
Se tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para respirar el olor a gas-cloro-huevopodrido-químicos-ajo-chile-azufre-amoniaco y muerto que se atasca en la garganta, raspa la nariz, provoca lagrimones involuntarios, revuelve el estómago, da náuseas, causa jaqueca y saca ronchas en la piel al contacto.
También lo impiden las enjambres de moscos que se generan en su cauce y que de tan grandes y feroces podría pensarse que son mutantes africanos o que se fortalecieron con tanto químico vertido por las fábricas.
EN LA LUCHA CONTRA EL ECOCIDIO
“Quisimos demandar a las empresas contaminantes, pero ¿cuáles son las que contaminan? Es una suma del corredor industrial y del drenaje de Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y los lodos industriales. Entonces, ¿quiénes son los responsables del aumento de cáncer, del olor a huevo podrido, de las infecciones de la piel, de las enfermedades, de las náuseas, los mareos y los dolores de cabeza?”, pregunta Rodrigo Saldaña López, hombre flaco, de pelo y barba canosa.
Sobre el puente que se eleva sobre el espumoso río, intenta articular una frase entera para detallar el problema pero no lo consigue. Cada tanto, este hombre que dirige el “Grupo Vida” suspende la entrevista para aplastar a los bravos zancudos que descubre atacándolo o cierra la boca porque el mal olor hace imposible el habla.
“Hace tiempo morían en El salto dos personas maduras al año, las estadísticas actuales muestran que 28 por ciento de los habitantes mueren de cáncer y que entre los muertos había niños. Esto se pone alarmante para nosotros porque vivimos aquí. No es estadísitica, son gente que conocemos. Los de la Secretaría de Salud dicen siempre que hay muchas causas, ¡pero que nos demuestren que no es el río!”, dice con calma pero indignado.
Desde el 2001, el “Grupo Vida” se acercó a la abogada ambientalista de Guadalajara, Raquel Gutiérrez, en el intento por encontrar una respuesta por las vías judiciales. Al momento de la entrevista, Gutiérrez trae una tremenda jaqueca porque un día antes estuvo varias horas cerca del río documentando el grave problema de salud ambiental.
“En la zona ha aumentado el cáncer, huele siempre a huevo podrido, hay infecciones en la piel, huele tan mal que la gente pone toallas mojadas en las ventanas para que no pasen los olores”, explica la mujer con doctorado en Criminología especializada en Medio Ambiente.
Ella y sus alumnos de la Universidad de Guadalajara se han dedicado a estudiar los impactos de la salud en la zona y asegura que el ácido sulfhídrico que contiene el río está dañando la salud de los ha bitantes de la zona. En los máregenes del río hay 80 empresas industriales químicas asentadas.
“Se supone que antes de descargar, las aguas residuales son tratadas. Tenbemos una contaminación de carácter legal, p’ermitida por las normas oficiales mexicanas, pero como siguen descargando el proceso de contaminación se va acumulando y se hace inmanejable, y eso ya no lo mide la norma”, dice.
Con tres tesis doctorales en mano, la defensora dice que en un estudio que se hizo a 88 niños de la escuela José María Morelos, en la comunidad “El Terrero”, ubicado a los márgenes del Santiago, encontró niños con congestión nasal, ojos llorosos, dolor faríngeo y de cabeza, manchas en la piel, depreción y alteración de comportamiento (síntoma de posible intoxicación), entre otros padecimientos.
En el “Estudio Ambiental de Acido Sulfhídrico como contaminante del aire en las comunidades de Juanacatlán y El Salto”, tesis doctoral del MAestro en Ciencias Juan Gallardo Váldez documentó que 49% de su muestra sufría con frecuencia males respiratorios, 44% dolores de garganta, 4.6% enfermedades de la piel, 83% dolores de cabeza, 7.6% náuseas, 6% conjuntivitis, entre otros padecimientos.
De los entrevistados, 94% declaraba que percibía el olor del río, y para el 83% era a huevo podrido, para el 30% a drenaje y para el 17.5% a productos químicos. Para la mayoría el olor era intenso y lo sentían durante todo el año.
La solución, dice la abogada, no es únicamente limpiar el agua sino sacar los sedimentos acumulados en los alrededores de la zona industrial establecida hace 35 años. Propone además cambiar la norma oficial mexicana para que mida la contaminación acumulada.
LAS SOLUCIONES
De 11 años, El niño Abraham Delgadillo, sobreviviente a la escuela “Mártires del Río Blanco” dice que cuando llueve la espuma de río color nieve a sus compañeros les gusta jugar con ella. Él aprendió a no hacerlo más porque sabe que saca ronchas y enferma.
Lo dice en su casa, detrás del sillón en el que está acostada su mamá, Laura Miranda Gil –una mujer muy delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta que está envuelta en una enorme cobija que la mantiene inmóvil. Se parece a las mujeres marchitas que aparecen en el video del Grupo Vida, que manifiestan tener cáncer.
Está de más decirlo que Laura, como las demás, culpa de ello al río. “¿Qué más pudo ser?”, pregunta desde su debilidad.
En la sala se apila su padre, sus hermanos y hermanas, su hijo, todos alrededor de la enferma, todos culpando al río, todos sintiéndose en la mira. “¿Qué nadie va a hacer nada en contra de las fábricas que contaminan el río? O qué ¿nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta furiosa, al pie del sillón, su hermana.
Por ahora, esa pregunta no tiene respuesta. No se ve que haya por ningún lado.

RIO SANTIAGO: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL

In Crónicas y reportajes on Marzo 6, 2007 at 12:44 am

REPORTAJE RIO SANTIAGO, FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
Por Marcela Turati
PERIODICO EXCELSIOR

Juanacatlán, Jalisco.– Al pie de un acantilado que permite una vista panorámica, se ubica la primaria “Mártires del Río Blanco”, donde está a punto de repetirse la historia patria. Cual broma macabra, el nombre de la escuela es una fiel metáfora de la lenta muerte que viven los niños que en esas aulas toman clase: la intoxicación por el río espumoso que corre metros abajo.
Los nuevos mártires estudian al pie de la cascada de aguas cloacales y tóxicas que por su belleza era conocida como “El Niágara mexicano” y lugar de vacación por excelencia. Aprenden el abcedario, a sumar y restar, justo donde el río Santiago salta, después de haber recibido los desechos de Guadalajara y su zona metropolitana y arrastrado los químicos vertidos por las fábricas localizadas en el corredor industrial establecido a lo largo de su cauce.
Al brincar por el desnivel que antes era de piedra natural y hoy es una cortina metálica, se forma una espuma blanca que, cual lavadora desbordada, se acumula y crece. Cuando hay viento o llueve esa espuma vuela, cae en el patio escolar, y algunos niños que toca caen enfermos.
Estudiante dentro de esa toxina que se ha vuelto su escuela, el niño Luis Enrique Vázquez dice que desde que ingresó a primaria seguido siente dolores de cabeza y estómago. De las manchas blancas que tiene en la cara, dice que le salieron desde que empezó la primaria.
La niña Daiana Miroslava Huerta dice que a ella la espuma del río le mancha la piel, y le hace doler la garganta y cabeza. El doctor le dijo que es porque tiene la piel delgada y porque está en crecimiento.
Estos son algunos testimonios de niños manchados de la piel como si fueran plantas plagadas; de mujeres locales con mascadas en la cabeza por la quimioterapia que reciben; de jóvenes viudas del cáncer; de personas marchitas que aparecen en el video “Salto de Juanacatlán, donde el agua envenena…”, filmado por IMDEC y “Grupo Vida”, un conjunto de ciudadanos de la zona, que asegura que el río causa cáncer y que se ha dedicado a denunciarlo.
Los integrantes del grupo, todos profesionistas, han acudido a la televisión local, a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, a la Secretaría de Salud, al gobierno municipal, estatal y federal, y no han obtenido solución.
El gobierno estatal construyó una planta tratadora para eliminar tóxicos, pero el agua sigue espumosa.
En su desesperación, algunos habitantes de Juanacatlán invitaron al Subcomandante Marcos para que en su gira de La Otra Campaña respirara ese aire tóxico que despide el río, y lo denunciara, para ver si así llamaba la atención de alguien.
Sin embargo, el evento se tuvo que realizar en otro lugar porque es imposible detenerse encima del puente que une a las ciudades jaliscienses de La Piedad y Juanacatlán, donde se inaugura el río Santiago, como llaman a la prolongación del Río Lerma en su camino al pacífico.
Se tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para respirar el olor a gas-cloro-huevopodrido-químicos-ajo-chile-azufre-amoniaco y muerto que se atasca en la garganta, raspa la nariz, provoca lagrimones involuntarios, revuelve el estómago, da náuseas, causa jaqueca y saca ronchas en la piel al contacto.
También lo impiden las enjambres de moscos que se generan en su cauce y que de tan grandes y feroces podría pensarse que son mutantes africanos o que se fortalecieron con tanto químico vertido por las fábricas.
EN LA LUCHA CONTRA EL ECOCIDIO
“Quisimos demandar a las empresas contaminantes, pero ¿cuáles son las que contaminan? Es una suma del corredor industrial y del drenaje de Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y los lodos industriales. Entonces, ¿quiénes son los responsables del aumento de cáncer, del olor a huevo podrido, de las infecciones de la piel, de las enfermedades, de las náuseas, los mareos y los dolores de cabeza?”, pregunta Rodrigo Saldaña López, hombre flaco, de pelo y barba canosa.
Sobre el puente que se eleva sobre el espumoso río, intenta articular una frase entera para detallar el problema pero no lo consigue. Cada tanto, este hombre que dirige el “Grupo Vida” suspende la entrevista para aplastar a los bravos zancudos que descubre atacándolo o cierra la boca porque el mal olor hace imposible el habla.
“Hace tiempo morían en El salto dos personas maduras al año, las estadísticas actuales muestran que 28 por ciento de los habitantes mueren de cáncer y que entre los muertos había niños. Esto se pone alarmante para nosotros porque vivimos aquí. No es estadísitica, son gente que conocemos. Los de la Secretaría de Salud dicen siempre que hay muchas causas, ¡pero que nos demuestren que no es el río!”, dice con calma pero indignado.
Desde el 2001, el “Grupo Vida” se acercó a la abogada ambientalista de Guadalajara, Raquel Gutiérrez, en el intento por encontrar una respuesta por las vías judiciales. Al momento de la entrevista, Gutiérrez trae una tremenda jaqueca porque un día antes estuvo varias horas cerca del río documentando el grave problema de salud ambiental.
“En la zona ha aumentado el cáncer, huele siempre a huevo podrido, hay infecciones en la piel, huele tan mal que la gente pone toallas mojadas en las ventanas para que no pasen los olores”, explica la mujer con doctorado en Criminología especializada en Medio Ambiente.
Ella y sus alumnos de la Universidad de Guadalajara se han dedicado a estudiar los impactos de la salud en la zona y asegura que el ácido sulfhídrico que contiene el río está dañando la salud de los ha bitantes de la zona. En los máregenes del río hay 80 empresas industriales químicas asentadas.
“Se supone que antes de descargar, las aguas residuales son tratadas. Tenbemos una contaminación de carácter legal, p’ermitida por las normas oficiales mexicanas, pero como siguen descargando el proceso de contaminación se va acumulando y se hace inmanejable, y eso ya no lo mide la norma”, dice.
Con tres tesis doctorales en mano, la defensora dice que en un estudio que se hizo a 88 niños de la escuela José María Morelos, en la comunidad “El Terrero”, ubicado a los márgenes del Santiago, encontró niños con congestión nasal, ojos llorosos, dolor faríngeo y de cabeza, manchas en la piel, depreción y alteración de comportamiento (síntoma de posible intoxicación), entre otros padecimientos.
En el “Estudio Ambiental de Acido Sulfhídrico como contaminante del aire en las comunidades de Juanacatlán y El Salto”, tesis doctoral del MAestro en Ciencias Juan Gallardo Váldez documentó que 49% de su muestra sufría con frecuencia males respiratorios, 44% dolores de garganta, 4.6% enfermedades de la piel, 83% dolores de cabeza, 7.6% náuseas, 6% conjuntivitis, entre otros padecimientos.
De los entrevistados, 94% declaraba que percibía el olor del río, y para el 83% era a huevo podrido, para el 30% a drenaje y para el 17.5% a productos químicos. Para la mayoría el olor era intenso y lo sentían durante todo el año.
La solución, dice la abogada, no es únicamente limpiar el agua sino sacar los sedimentos acumulados en los alrededores de la zona industrial establecida hace 35 años. Propone además cambiar la norma oficial mexicana para que mida la contaminación acumulada.
LAS SOLUCIONES
De 11 años, El niño Abraham Delgadillo, sobreviviente a la escuela “Mártires del Río Blanco” dice que cuando llueve la espuma de río color nieve a sus compañeros les gusta jugar con ella. Él aprendió a no hacerlo más porque sabe que saca ronchas y enferma.
Lo dice en su casa, detrás del sillón en el que está acostada su mamá, Laura Miranda Gil –una mujer muy delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta que está envuelta en una enorme cobija que la mantiene inmóvil. Se parece a las mujeres marchitas que aparecen en el video del Grupo Vida, que manifiestan tener cáncer.
Está de más decirlo que Laura, c
omo las demás, culpa de ello al río. “¿Qué más pudo ser?”, pregunta desde su debilidad.
En la sala se apila su padre, sus hermanos y hermanas, su hijo, todos alrededor de la enferma, todos culpando al río, todos sintiéndose en la mira. “¿Qué nadie va a hacer nada en contra de las fábricas que contaminan el río? O qué ¿nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta furiosa, al pie del sillón, su hermana.
Por ahora, esa pregunta no tiene respuesta. No se ve que haya por ningún lado.

EL PUEBLO DE LOS NIÑOS CHIMUELOS

In General on Marzo 6, 2007 at 12:43 am

EL PUELO DE NIÑOS CHIMUELOS
Por Marcela Turati/FOTOS: Erik Meza
Guanajuato.- Terreros de la Concepción es un pueblo de niños sin dientes. El agua que beben se los carcomió.
Ninguna empresa es culpable. Simplemente el agua sana se acabó a causa del derroche que hacía famosa a esta árida tierra por los chiles que engendraba. Cuando los popotes de los pozos chuparon la última gota de agua joven, comenzaron a succionar el escaso líquido que quedaba hasta el fondo, el agua almacenada desde hace miles de años, el agua con sarro formado por metales venenosos propios de la tierra. Fue entonces cuando las dentaduras infantiles comenzaron a pudrirse.
Un ejemplo vivo es la quinceañera Cristina García, cuyo nacimiento coincidió con el festejado estreno del pozo. Sus primeras mamilas contenían agua maligna.
Desde niña la boca comenzó a apestarle. Tuvo muelas color café podrido que se le despostillaban a la hora de la comida, y lucían sin esmalte y carcomidas. Luego le aparecieron manchas en las encías. Hasta que, de plano, los dientes comenzaron a caérsele. Ella fue la más “infectada” de su generación.
Hoy, a la edad de echar novio, esta adolescente vive escondida. Le acompleja el desfiguro.
Una comisión de vecinos se organiza para convencerla de que muestre las ruinas de su dentadura para exponer la gravedad del problema pero la adolescente grita desde su casa que no quiere salir, da un portazo y se esconde en su cuarto. No quiere más fotos ni entrevistas. Desde el terregal del patio su abuela la regaña a gritos por desobediente y el ex delegado del pueblo la amenaza por poner en ridículo el nombre del pueblo, pero ella no hace caso. Con el ruido de un portazo responde lo obvio: no quiere nunca más servir de ejemplo de los estragos del agua del pozo. Ir a la escuela y servir de constante ejemplo ante sus compañeros de clase es suficiente.
“Como ya tiene sus 15 años es muy difícil convencerla. Ella como la mayoría de los nacidos del 90 para acá tienen estragos en su dentadura”, explica como excusándose el ranchero Francisco García, ex delegado de la comunidad ante el municipio, quien aprovechando la ocasión asegura que desde que dejó de tomar el agua infecta se le controló la diabetes.
“Yo tengo dos muchachas grandes, de cuando no había pozo, y tienen sus dentaduras completas. Y los otros cuatro que tomaron agua del pozo la tiene completamente manchada y estropeada”, dice Zenaida Posada, la mujer que atiende la tiendita comunitaria. “Como que se les quema todo el esmalte y les queda carcomido. No tienen remedio, ni el empastado, sólo ponerles dientes nuevos”.
Otro niño de la generación del pozo es Alfonso González, de 11. De recién nacido, María Guadalupe, su mamá, le daba leche en polvo mezclada con el agua contaminada. Cuando descubrieron el problema intentó comprar dos garrafones comerciales por semana para abastecerse de líquido, pero el dinero no le alcanzaba para darse ese lujo.
“Los dientes se me descarapelan cada día que como Sabritas; si como manzana se me caen, no me duele, nomás se caen. Desde lo siete años me di cuenta de que me dolían, como que ardía cuando mascaba chicles, chocolates o churros. Mi mamá me decía que me lavara los dientes y que así se me quitaría el dolor, y me los lavaba muy seguido pero se me iban cachos de muela cuando mascaba algo”, dice el infante que está sentado en una llanta sobre la duna en la que juegan los niños de este pueblo.
Terreros y las comunidades vecinas son pueblos de niños sin dientes por el arsénico y el flúor del agua contenidos en el agua del subsuelo. Según el inspector de la SEP, Artemio Hernández Rodríguez, con 20 años de trabajo en la zona, cinco comunidades con nombres que no corresponden a su situación de sequía y contaminación, padecen el mismo problema: Praga, Terreros de la Concepción, Lomas de San Juan, La estancia de las Flores y La Esperanza. Sus pozos abastecen a 18 comunidades.
ANTES Y DESPUES DEL POZO
Terreros está a 22 kilómetros de San Luis de la Paz, cabecera municipal al norte de Guanajuato en los límites con San Luis Potosí. Es considerado integrante de la cuenca Lerma-Chapala porque bajo su suelo, en lo profundo, corre un acuífero que lleva agua de lluvia captada hace miles de años. Es también uno de tantos pueblos sin hombres de la región, expulsor de mano de obra a Estados Unidos.
Por aquí no se ven plantas donde resguardarse del sol, pura nopalera y arena que de pronto se levanta en tormentas y forma remolinos. Los ranchitos están separados unos de otros por bardas de cactus en ésta que fue una próspera zona chilera hasta que el nivel del agua bajó, bajó y bajó, y se tuvieron que perforar pozos cada vez más profundos que siempre resultaban insuficientes.
Entonces se comenzó a raspar el sarro de la tierra. La borra. El agua mezclada con arsénico, flúor y algunas veces plomo. A la par, los hombre comenzaron a emigrar pues la electricidad necesaria para extraer el agua de riego era incosteable.
“Sí nos dieron nuestro pozo, pero no es potable, trae la infección”, lamenta don Francisco, el único adulto entre mujeres en este pueblo de migrantes.
La epidemia “infecciosa” comenzó a manifestarse así: primero eran las manchas en la encías; después aparecían en las muelas que, conforme se descarapelaban, se tornaban cafés. Los síntomas pasaban luego a los dientes de enfrente hasta que terminaban por ceder y caían de a uno por uno. Los niños que este año festejan sus 15 años, fueron los más afectados.
“A los niños se les manchan los dientes, y a uno de grande le da otras enfermedades. Yo estoy creyendo que el dolor de huesos que tenemos algunas es por eso”, dice doña Margarita, una de las habitantes de la comunidad que se acerca a exponer el problema.
“En su aspecto, los niño tienen los dientes muy feos. Esa es la manifestación del arsénico y de la exposición a metales pesados, pero lo más grave ocurre en el interior de su organismo. El arsénico provoca enfermedades graves, malformaciones, leucemias, cánceres. Pero Terreros no es la peor, otras (comunidades) como Mineral de Pozos que además de arsénico, el agua lleva plomo”, advierte Jaime Muñoz De la Tejera, ex regidor del Ayuntamiento y ex presidente de “Toltequidad”, organización ciudadana que está en quiebra desde que denunció el caso.
“Acá el problema de la sobreexplotaciçon del agua es muy grave y ese pozo empezó a sustraer los sedimentos, es como una taza de café con todos los asientos que quedan. Hasta abajo hay arsénicos y metales pesados”, agrega Ismael Muñoz de la Tejera, hermano de Jaime y responsable de la atención de la zona noreste del Estado para la Secretaría de Desarrollo Social de Guanajuato.
En 2002, cuando se descubrió “la infección”, los terrerenses dejaron de tomar el agua maldita y gastaron sus ahorros en comprar garrafones comerciales. Meses después recibieron una planta tratadora que hasta el día de hoy es desairada por la mayoría desconfiada de que no limpie bien el metal y le quite la toxicidad al agua. Para los hermanos Muñoz De la Tejera, esto es imposible.
“Ahí está la planta en servicio pero la gente no la usa, espera mejor la pipa. De aquí poquitas personas se confían de esa agua. Y es que primero nos dijeron que no había filtro que eliminara esos metales del agua porque eran muy finos, y de repente, así nomás, nos dijeron que sí había forma y la gente quiere que nos prueben que no es lo mismo. No sirve de nada que nos la cambien de sabor”, dice María de los Angeles, abuela de Cristina, la quinceañera con la dentadura estropeada.
“En tiempo de lluvia acaparamos el agua que cae porque le tenemos más confianza”, agrega.
El municipio, desde entonces, les envía pipas que cada mes. Y cuando no llega, la gente vuelve a tomar agua del pozo porque es la que se recibe en todas las casas. Y, como dice doña Margarita Martínez Posada, cuando no hay de otra abren la llave y la vuelven a usar. Y el problema se convierte en un círculo sin fin.
Ismael Muñoz denuncia que aunque en la región se decretó una veda se han abierto más de mil 500 pozos. “No sabemos cómo la Comisión Nacional del Agua da los permisos”, dice, y luego señala que el gobierno debería de proveer de protesis dentales para los niños.
El investigador del centro de Geociencias de la UNAM, Marcos Adrián Ortega Guerrero, estudioso del caso, tampoco se explica cómo después de la declaratoria oficial de veda se hubieran entregado concesiones de pozos que sacan agua enterrada –según sus cálculos– de 5 mil a 35 mil años atrás. En sus estudios detectó cerca de 8 mil casos de flúorosis dental, la enfermedad que causa la destrucción del hueso más duro del cuerpo humano: la encía. La muestra de que el agua tumbó los dientes de los niños.

COCHOAPA. CUANDO LOS MAS POBRES SE INDEPENDIZARON

In General on Marzo 6, 2007 at 12:39 am

COCHOAPA: CUANDO LOS MÁS POBRES SE INDEPENDIZARON
Por Marcela Turati (Segunda parte)

Paulino Díaz Díaz está en un pequeño cuarto azul, malventilado, con sillas maltrechas y un escritorio que deja poco espacio para visitas. En la pared que tiene tras de sí está colgada una bandera tricolor hecha en casa y un escudo nacional de plástico frágil, como de vaso desechable. La oficina hace las veces de Palacio de Gobierno de Cochoapa El Grande, el municipio guerrerense recién creado y que desde su estreno debutó como el más pobre del país.
Del top ten de la pobreza desbancó ni más ni menos que a Metlatónoc, el municipio de La Montaña guerrerense que durante años fue sinónimo de la miseria mexicana, motivo de infinitas promesas gubernamentales, de visitas de lacrimosos funcionarios, candidatos presidenciales en busca de votos o rijosos líderes populares que proclamaban la revolución.
No alcanzó tan deshonrosa clasificación por mérito propio. Hasta abril de 2005, Cochoapa El Grande era una comunidad más de Metlatónoc, olvidada del presupuesto municipal.
Fue gracias a un grupo de tercos cochoapeños, de 25 años de trámites, de idas y venidas de oficios, de marchas hacia la capital, de una controversia constitucional y un largo plantón, que logró, por fin, su independencia.
Así, el territorio más pobre, periférico y abandonado de Metlatónoc se ganó su lugar como municipio y es gobernado desde la oficina donde ahora está sentado el mixteco Paulino Díaz Díaz, flamante secretario general del Ayuntamiento.
Este hombre simpático, de cabellos en punta y baja estatura, hace la presentación en sociedad del nuevo municipio con las siguientes palabras: “Aquí hay mayoría de gentes analfabetas; muchas comunidades no tienen agua, luz ni camino; aquí no hay teléfono ni tenemos imagen de televisión ni radio; predomina la pobreza por la falta de empleo, no hay nada y la mayoría emigra a los diferentes estados, al corte de jitomate, o a Estados Unidos; en las montañas que vemos ya no hay pinos y no hay un lugar fértil para producir; tenemos bastante agua pero no hay forma de purificarla por falta de dinero y somos muy trabajadores, hacemos sombreros de palma que no tienen mercado: lo vendemos a un peso”.
Paulino es uno de los 67 empleados de la Presidencia Municipal. Es de los pocos que sabe usar la tecnología con la que este ayuntamiento cuenta: dos computadoras, dos impresoras, dos máquinas de escribir manuales y dos fotocopiadoras.
Este funcionario municipal no sabe cuántos habitantes tiene Cochoapa El Grande. Calcula que sólo en la cabecera deberán ser unos 5 mil. Según el Consejo Nacional de Población (Conapo) en todo el municipio hay cerca de 15 mil.
Eso sí, Paulino dice que todos son pobres. No por nada, en la dieta de los cochoapeños hay ardillas, armadillos, tejones, chapulines, chumiles, palomas, pájaros e iguanas. Lo que da el monte. No por nada sus índices de pobreza son equiparados a países africanos como Somalia, Etiopía o Ruanda, según el Conapo.
“Más arriba la gente no tiene nada que comer o se comen la raíz del platanar, lo mezclan con nixtamal, lo hacen macita y se lo comen. O asan el platanar o el mamey cuando están verdes. Y andan pelados, no tienen zapatos, muchos no tienen ropa”, comenta Paulino esperando a que lo escuchen. Ya se ha cansado de enviar fotos a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), al gobierno estatal, a la Presidencia de la República y la ONU para que ayuden a sus paisanos.
EL GANDHI DE COCHOAPA
La historia de la independencia es conocida. Se la deben a ‘Don Maxi’, un anciano que es algo así como ‘El Gandhi’ de Cochoapa.
La monja Silvia Rodríguez, de quien los cochoapeños desconfiaban recién llegada a la misión por ser una mujer sin marido, la relata a grandes rasgos: “Hace 60 años, Cochoapa era el pueblo-madre de la región pero algunos de sus habitantes vendieron terrenos de Metlatónoc a gente de fuera, y ellos hicieron negocio y pasaron para allá la cabecera. Muchos quedaron descontentos y empezaron a gestionar que se las regresaran, principalmente don Maxi.
“Al único niño que sabía leer y escribir y hablaba español lo pusieron a escribir cartas. Con el tiempo, muchos fueron dejándolos solos, decían que don Maxi estaba loco, y él insistía en que iba a ser municipio. Se la pasaban caminando a Tlapa y de ahí hasta Chilpancingo, pero la lucha tomó fuerza cuando metieron una controversia constitucional y, en 2003, cuando hicieron una movilización con muchísima gente de las comunidades que caminó hasta Chilpancingo, duraron semanas allá y se rolaban afuera del Congreso, alrededor de un fogoncito, tranquilos, pacíficos, pero pidiendo su municipio. Y lo lograron”.
La religiosa, quien muchas veces fue su mecanógrafa y redactora, dice que admira a los cochoapeños porque se la pasan gestionando para que les hagan caso. Tras cuatro años de intercambiar cartas lograron, por fin, que les construyeran una secundaria, pero fue insuficiente para tantos alumnos.
En este lugar, con 76 por ciento de analfabetismo, 100 niños se quedaron afuera de la primaria (por poco iban a ser 230, pero se estiraron los grupos) y lo mismo pasó en la secundaria. Todo por falta de maestros.
Una de las eternas gestoras es Angélica Flores Lorenzo, empleada de la misión y quien tiene 20 alumnos en su clase de computación. Muestra un oficio que envió al Gobernador Zeferino Torreblanca, en el que señala: “En 1979 vino una avioneta que fumigó con líquido barrancas y ríos donde acabó con la vida de rana gorda, rana flaca y rana pinta, cangrejos, palillos, ombligón, camarón y pescadillo, además de verdolagas, quelites y otros”.
Al final, solicita que se haga un estudio para detectar el envenenamiento del agua en la zona para poder restablecer todos los animales acuáticos comestibles.
EN LOS NIVELES AFRICANOS
Santiago Rafael Bravo, el alcalde perredista de este municipio mixteco con niveles de vida de África Subsahariana, no se encuentra este día soleado en el que el aire parece salido de un congelador abierto.
Aunque es presidente municipal, su sueldo no tiene nada que ver con el de sus homólogos radicados en los estados donde la obesidad y la diabetes son epidemias, pues él gana 12 mil pesos al mes.
En nómina tiene un secretario general, un síndico y a su respectivo asesor y a su chofer, un director y un subdirector de obras públicas, un oficial mayor, un contador y sus auxiliares, un procurador, un coordinador de desarrollo rural, seis regidores y sus suplentes, un tesorero, nueve secretarios, un director de seguridad pública, dos comandantes de policía y dos subcomandantes, 20 policías preventivos uniformados y dos vestidos de civiles y cuatro choferes de patrullas.
Además, en el organigrama está la presidenta honoraria del DIF, la directora real de ese organismo, un promotor, dos secretarios y un chofer.
A partir del 4 de abril del 2005, de ser un pueblo más que contaba con un comisario como autoridad y veía pasar los sobrantes que en la cabecera municipal decidieran invertirle, Cochoapa pasó ser cabecera, a manejar 27 millones de pesos, a contar con 67 empleados, dos camionetas y tres patrullas y administrar 111 comunidades.
¿En qué gastó Cochoapa su primer presupuesto? ¿A dónde fueron a parar los 27 millones de pesos del Ramo 33 enviados por la Federación el año pasado?
Según los papeles que Díaz tiene sobre el escritorio, se invirtieron en construir 7 aulas, una cancha, varias agencias municipales y el ‘partenón’ de cemento que unos albañiles levantan en el terreno contiguo.
En ese edificio doblepiso y múltiples cuartos han invertido seis millones.
Ese palacio en obra negra, con detalles moriscos, fungirá como Presidencia Municipal y superará en dimensiones y acabados la del vecino Metlatónoc.
La revancha les da gusto a muchos de aquí.
El presupuesto que llegue este año seguro se usará para renovar la flota de pick ups último modelo que sirven de patrullas, pues –-según Paulino– duran sólo un año por lo accidentado del terreno subibaja montañoso.
El pueblo-cabecera está rodeado de una cadena montañosa de manchones de bosque ralo en el que ya no quedan pinos, sólo algunos encinos y ocoteros. En los pedazos rapados de bosque hay intentos de milpas enanas o malogradas.
Su construcción más alta es la imponente iglesia localizada junto a la presidencia y a la cancha, que parece ser el único piso público de cemento, ya que ninguna de sus calles están pavimentadas.
Pese a que es el municipio campeón en miseria, en alguna oficina del Distrito Federal consideraron que no todos sus habitantes merecían recibir el subsidio del Programa Oportunidades. “¿Para qué queremos dinero? Mejor que nos den trabajo”, razona una mujer que vive en la única casa donde preparan comida a los forasteros.
Las únicas instituciones visibles son la Clínica de Salud, el templo, el curato, la casa de las monjas con su secundaria y prepa abierta, las escuelas primaria y secundaria de la SEP, el albergue de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indios y la camioneta de un funcionario de esa dependencia que vino a dar una charla sobre drogadicción que, como la desnutrición, es casi una epidemia en este lugar.
“En estas comunidades el maestro se va en mayo y regresa en septiembre, octubre, cuando deberían irse el 15 de julio y el 15 de agosto reanudar. Hay unas maestras que vienen a ganar su plaza y cuando se las dan nunca vuelven. Así son los médicos, vienen las brigadas una vez al mes”, comenta Paulino mientras da un recorrido por las callejuelas lodosas, que tiene a las orillas montones de basura.
“Cuando vino Fox dijo que todas las viviendas van a tener Piso Firme, hasta el último rincón, y el cemento ni siquiera llegó completo a la cabecera, y las que pudieron ponerlo no completaron”, prosigue.
Los reflectores cambiaron varios kilómetros su posición para enfocar a Cochoapa. En diciembre, el gobernador sesionó aquí con todo su gabinete. Comenzaron también a llegar los primeros periodistas.
La hermana Silvia tiene miedo de que Cochoapa se convierta en moda y que pronto lleguen funcionarios a tratar de imponer nuevos modelos de desarrollo, sin tomar en cuenta lo que desean sus habitantes.
“A ver si es cierto que les interesa”, dice.
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RECUADROS: “Siempre se quedan niños sin escuela”
“Aquí muchos niños se mueren, los que logran llegar a los 5 años, ya la hicieron”, dice la religiosa Silvia Rodríguez Aguilar, al relatar cómo se vive en el municpio más pobre del país, donde habita desde hace seis años. “Vivimos como en el siglo pasado”.
Dice que la gente no logra vivir muchos años, muere por catarros complicados, diarreas o partos.
Su congregación, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, da clases de secundaria y preparatoria abierta a los alumnos rezagados (aquellos que de tanto migrar no aprendieron bien a leer o a escribir), y ello le ha valido muchos enfrentamientos con autoridades gubernamentales y maestros sindicalizados de la región.
Se queja de la mala educación que reciben en el sistema oficial.
“Hay niños que salen de sexto que parecen de cuarto. Encontré un niño de sexto, Juanito, a quien su maestro le dijo que las divisiones no sirven y supe de otro maestro que ayudó a uno de sus alumnos a comprar el certificado de prepa”.
“Siempre se quedan niños sin escuela” dice, y platica que en octubre 230 niños de más pagaron su inscripción a la primaria, pero no fueron recibidos; gracias a los reclamos de sus padres, la escuela recibió a 130 pero dejó a 100 sin clases.
En la secundaria, los maestros también son insuficientes.
Lo que más le molesta es que el mayor porcentaje de analfabetismo en Méxco se da en Guerrero, y se incrementa en La Montaña.
“Aquí la gente siempre tiene hambre, no tienen fruta o verdura, es carísima. Los niños andan todos manchados de la piel, eso es desnutrición. No entra el camión de Conasupo pero sí el de la Pepsi, la cervezas, la Maruchan”, denuncia.
Dice, indignada que hace 3 años comenzaron a llegar camionetas que llevan gente a Estados Unidos. “Para eso sí les ponen todo fácil, para que se vayan”.
A los cohoapeños les admira su fortaleza, su buen humor, su entereza ante la desgracia. “La gente aquí sabe vivir, es muy feliz, muy alegre, ríe de todo, el problema es imponerles desde afuera lo que dicen que les hace falta”.

“SE NECESITAN POLÍTICAS CODISEÑADAS POR INDIGENAS”
Felipe Embris Bernal, director del Centro Coordinador para el Desarrollo Indígena de Tlapa, dice que el divisionismo entre la gente por cuestiones políticas, sociales, religiosas, y el narcotráfico, influyeron para que Metlatónoc se partiera en dos, y naciera el municipio de Cochoapa El Grande.
“En La Montaña el PRD está fraccionado en PRD, PT, Convergencia, influyó el divisionismo social y territorial, las divisiones religiosas y a eso hay que agregarle los problemas del narco, que de alguna manera ha reforzado la economía de las comunidades”, dice a Excélsior.
Achaca al divisionismo en el sindicato de maestros, a la mala educación que reciben los niños.
“Hay 3 ó 4 corrientes del magisterio, y eso afecta directamente a los niños por el ausentismo”.
En la zona también hay mucho alcoholismo y por esa razón Embris está en Cochoapa, de ese tema trata su próxima reunión.
El funcionario que conoce la región desde la década de los 70 recuerda que entonces los montes estaban poblados por pinos y ocotes, y señala que se ha venido una explotación feroz por parte de paraestatales y compañías privadas locales, y de Durango y Michoacán.
“Aquí no hubo desarrollo social ni económico. A partir de la década de los 90 empezaron las movilizaciones sociales y se empieza a dar atención a los sectores sociales”, dice.
El funconario del antiguo Instituto Nacional Indigenista (INI), hoy CDI, dice que el proceso de desarrollo siempre se da de los centros a la periferia, y por eso se explica que se hayan concentrado los recursos en la cabecera municipal de Metlatónoc, que tenía alrededor de 5 mil habitantes.
No acepta que a Cochoapa El Grande o Metlatónoc se les considere como los municipios más pobres.
“Yo siempre he estado en contra de clasificar a los más pobres, no acepto esa teoría que la dicen los que tienen dinero, los que viven bien, los estudiosos de la sociedad, porque ningún pueblo es pobre siempre y cuando sepa trabajar y ser respetuoso de sus recursos, y los pueblos indígenas son respetuosos. Aquí hay gran riqueza en cuanto a bosque”, dice.
Para poder acelerar el desarrollo de las comunidades indígenas de la región, recomienda dos cosas: que los pueblos indígenas participen en la elaboración de las políticas públicas que les afectan y no sean diseñadas a nivel central y que se reforzaran los órganos de fiscalización local.

coicoyán el saqueo a los más pobres

In General on Marzo 6, 2007 at 12:38 am

COICOYÁN O EL SAQUEO A LOS MAS POBRES

En el municipio más pobre de Oaxaca, no hay recurso que alcance. Víctima del saqueo de generaciones de presidentes municipales y sus asesores, del olvido federal y la estafa de funcionarios estatales, y rehén de comerciantes, su gente –deseosa de trabajar—emigra

Por Marcela Turati

En Coicoyán de las Flores, el municipio más pobre de Oaxaca, el saqueo del dinero público se convirtió en uno de los usos y costumbres de los presidentes municipales.
A punto de ser linchado, Adelaido Tenorio Villavicencio, el último de la dinastía de ediles, tuvo que pedir prestado a un usurero, vender su parcela y sus herramientas de carpintero para pagar 75 mil pesos de la deuda de más de 2 millones que dejó sin saber cómo.
Este mixteco con estudios de quinto de primaria, el grado donde apenas se afianzan las multiplicaciones, dice que aprendió de administración sobre la marcha y no entiende cómo tuvo ese faltante si el encargado de obras públicas, su secretaria Olivia y el contador eran gentes letradas, de la ciudad de Juxtlahuaca, que le consiguió el diputado priista Ricardo Vera López.
–¿No había riesgo de que le robaran?– se le pregunta en una brecha de terracería donde se le encuentra ayudando a pavimentar.
“La verdad sí no sé porque ellos andaban checando precios de los materiales, de los puentes, varillas, sacaban precio de la tienda, pedían materiales y decían tanto es la cuenta que vamos a pagar de material”, dice el campesino, entre nervioso y desconfiado. “Pero yo sí checaba”.
El nervio se le quedó atorado desde aquel día de 2005 cuando una turba agraviada lo rodeó y, a empujones, lo encerró en la cárcel en tanto decidía su suerte. Las ganas de lincharlo habían llegado de todos los rincones del municipio, habían cruzado los cerros a pie o en camioneta y se habían acumulado en la cabecera municipal.
Salieron en cuanto les llegó la noticia de que era el momento de quitarle los 2 millones de pesos que en 2004 había mandado la Federación y que no aparecían por ningún sitio.
Los campesinos de las 13 comunidades que integran Coicoyán estaban hartos: Paulino Melo, el anterior edil había huido con 4 millones de pesos. Y éste, el sustituto, “perdió” otros dos.
Estaban cansados de que los presidentes –del grupo de “Los Principales”, pero identificados con el PRI– se esfumaran los recursos del Ramo 33. Hartos administrar la pobreza sumando los poquitos que reciben cada año para completar el tendido de hilos con electricidad, el encementado de la cancha de basquetbol, el entubado del agua del arroyo, el techado de los cuartos maltrechos que llaman escuela, la compra de la ambulancia.
La ONU registra a este como el segundo municipio más pobre de México, con niveles de vida similares a los territorios palestinos ocupados. Las cifras oficiales indican que el segundo municipio más pobre del País recibe 8 millones de pesos al año.
A los coicoyenses les extraña la cifra: muy apenas los ven convertidos en obras.
“Yo creo que el gobierno siempre apoya, aunque sea poco pero nunca se olvida. La pena es que no se sabe en qué se va ese apoyo porque aquí no rinde cuentas, no hace corte de caja, cuando llega su año los presidentes se van y nadie pide que informen lo que es la cuenta porque nadie tiene estudio elevado de la política”, comenta resignado don Celso Flores, representante de bienes comunales.
Él tiene estudios avanzados de tercer año de primaria; tres cuartas partes de sus paisanos son analfabetas.
–¿Si le tocara administrar ese dinero, en qué lo gastaría?—se le pregunta.
“Desearíamos muchas cosas, pero no sé decirle, ni lo imaginamos ¿para qué hacer gastar a la mente en balde si no lo vamos a tener”, dice resignado este hombre que se encarga de vigilar “las colindancias” en el monte.
Roberto Basurto, nombrado administrador temporal del municipio desde que el Gobernador declaró la desaparición de poderes, se sorprende de lo que encontró cuando pisó esta tierra: no había obras; vaya, una calle pavimentada.
“En muchos municipios las cabeceras ya resolvieron sus necesidades, pero aquí las agencias están mal y la cabecera también. Debe haber algún lugar donde haya ido ese dinero porque, de que había recurso, había recurso”, dice.
ADMINISTRANDO LA POBREZA
Clavadas en las calles que estrenan pavimento, por las calles de Coicoyán se ven mantas con mensajes como estos: “Hierbe o clora tu agua para beber y desparasítate”, “usando condones evitas infecciones del ‘sida’”, “la obesidad se previene con ejercicio”, “vacuna a tus hijos para que crezca fuerte”.
Un hombre que tiene el estómago zurcido, al igual que su vieja chamarra, va caminando por las calles mientras dice: “¿No me da dos pesos? Me voy a morir. Me voy a comprar un alka-seltzer, tengo dolor en mi panza, toy enfermo, quiero un refresco, una tortilla”.
Coicoyán está en la cordillera de la sierra mixteca, en la periferia del Estado. Por su lejanía, es terreno fértil para la narcosiembra.
En las montañas se ven pueblos esparcidos como si Dios hubiera jugado matatena, que no se sabe cómo llegaron a la cima del cerro o al fondo del acantilado. Un río marca la división entre los mixtecos más pobres de Oaxaca y los de Guerrero.
“El principal problema de Coicoyán es el acceso y eso afecta en todo: si tienen una enfermedad chiquita se hace enorme porque tienen que ir al doctor a Juxtlahuaca (a 3 horas), si no se mueren de la enfermedad sí de los azotones del camino; el servicio de luz es irregular; todos cuesta mucho porque transportarlo es caro”, dice el tesorero municipal impuesto, Carlos Ceballos, oriundo de Huajuapan.
Algunos de los cerros están tan empinados que uno no se explica cómo aparecieron milpas enanas en esas pendientes verticales. Cómo hicieron para sembrar sin caer.
Los mixtecos de aquí son muy trabajadores, tejen todo el día, hacen sombreros de palma, un jugoso negocio que les deja un peso por cada pieza, sin descontar el material invertido.
Aunque todos están clasificados como pobres, por decisiones de algún funcionario sentado tras algún escritorio de alguna oficina de la ciudad sólo ciertas familias reciben el programa Oportunidades, de Sedesol.
“Oportunidades se valora, pero más que venir a recoger lo que se da como limosna, ¿por qué no mejor nos dan trabajo?”, razona Guillermina Ramírez, promotora de ese programa, mientras mira a su gente –actas de nacimiento en mano– apiñarse a las mesas de reclutamiento.
Sólo el 20 por ciento de los niños de aquí no están desnutridos. Ese dato no fue impedimento para que en alguna otra oficina decidieran retirarles los desayunos escolares.
Jaime López Rodríguez, director de la primaria “Antonio Caso”, de la comunidad Lázaro Cárdenas, explica el tamaño de la torpeza: “Los niños no vienen almorzados, si no desayunan se duermen en clase, no le echan ganas, llegan desanimados. Antes les daban su atolito, sus frijolitos, les distraían el hambre, pero ya no ha habido ese programa, se perdió. Y de los 104 niños que hay de tercero a sexto sólo 50 reciben Oportunidades. Unos a veces vienen descalzos, no tienen ni para sus lápices ni para sus cuadernos”.
El cura Jorge Oseo López dice que –“afortunadamente”– la gente de aquí migra y se sostiene con lo que gana fuera. En la temporada de pizca, la mayoría sale a los campos tomateros de Sinaloa, a donde viajan de fiado y sólo los más ricos pueden darse el lujo de exponer su vida en los desiertos de Estados Unidos.
De la capital de la pobreza oaxaqueña la gente se va y los recursos nomás no lucen. Ni hablar. Con la descentralización de recursos, se descentralizó también la corrupción.
“La costumbre que se tiene es que quien quiere ser presidente pide a sus familiares y amigos que voten por él, cuando llega se compra cosas para él, pone a sus hijos o busca asesores de fuera –ingenieros, arquitectos, contadores, secretarias— que a veces vienen preparados para robarles, los engañan, les hacen proyectos muy caros o les proponen que digan que costó más y se dividen ganancias. Los pueden manejar porque ni saben”, explica Alejandro Ramírez, ex agente municipal de la comunidad Lázaro Cárdenas.
“El presidente que renunció y desapareció terminó debiéndonos 300 mil pesos, le presentamos demanda ante la Auditoría Mayor de la Cámara de Diputados local y nunca nos hicieron caso, nos dijeron que sí los había entregado pero que el que estaba antes se los llevó”, explica.
Su sucesor, Genaro Alvarado, el agente municipal más preparado de los 13 que mandan en las comunidades, explica que los funcionarios de gobierno hacen firmar la comprobación de obras ficticias, a sus homólogos, la mayoría analfabetas, muchos sólo hablantes de mixteco.
–¿Usted sí lee lo que firma? –se le preguntó a José Bautista Solano, el agente de La Trinidad.
“Yo no, pero el señor que llegó sí lo leyó para mí un papel que dice que ya lo entregó todo el cemento, y le firmé, yo no sé leer cómo dijo eso, pero todavía falta firmar que llegó nada completo”, responde. El nunca pasó por la escuela.
LOS RECURSOS DESAPARECIDOS
En los discursos oficiales, Coicoyán aparece como prioridad. Pero en este lugar las obras se esfuman antes de llegar y aparecen como comprobadas.
Sólo el año pasado, la delegación de la Sedesol y el Instituto de Vivienda de Oaxaca habían palomeado a este municipio como “libre de pisos de tierra”, gracias al programa Piso Firme, a pesar de que no había llegado la grava y la arena, y en la espera de los materiales se echó a perder el cemento.
Lo mismo pasó con el programa de estufas ecológicas Lorena que, según dijo el presidente Vicente Fox cuando vino de visita la ONU, reduciría el 75 por ciento del humo que los indígenas respiran dentro de sus casas a la hora de prender sus fogatas para cocinar. Tampoco se concluyó la carretera que los conectaría con la ciudad.
La única escuela que tendría el programa Enciclomedia, de la SEP, no pudo estrenarlo: “faltó un cable y no está bien instalada la máquina, no sabemos nada y no tenemos con quién dirigirnos”, explica la directora de la escuela de Santiago Tilapa, Paulina López.
Y los habitantes del caserío Llano Encino Amarillo hasta se habían cooperado e invertido 25 mil pesos para reconstruir el salón donde iba instalarse el equipo, pero nunca llegó.
La era tecnológica entró al municipio través de siete computadoras donadas a las que –según Obdulia, la encargada de cuidarlas— por días enteros nadie usa y quienes lo hacen se divierten jugando solitario.
¿ACABÓ LA RAPIÑA?
Fue a partir de 2005 que comenzó a transparentarse el destino del presupuesto y a repartirse también entre las agencias. “Antes nos daban obras sólo cuando empezamos a reclamar, a movilizarnos, a marchar”, explica el ex agente Alejandro Ramírez.
Bajo la nueva administración, los ocho millones repartidos entre cabecera y agencias comienzan a notarse.
En Llano Encino Amarillo les alcanzó para pagar el sueldo de un maestro de música, la mitad de la tienda Conasupo y dos aulas (no se completó para construir la dirección y comprar una camioneta, y quedó pendiente conectar luz a varias casas).
En Tierra Colorada, además de las aulas, se compró una patrulla y finiquitó la deuda que tenían con un electricista; en Lázaro Cárdenas se llevó la luz a más casas; en Coyul ampliaron la calle principal y abrieron callecitas; en La Trinidad levantaron la mitad de un puente y El Jicaral ahorró para la mitad de una retroexcavadora. Por mencionar unos ejemplos.
“Hay infinidad de necesidades que no alcanza, cada agencia necesita un aula, pagar deudas, refrescos para el tequio o construir un baño. Pero no conozco ningún municipio que haga lo que hacemos nosotros: reunir a los 13 agentes municipales para priorizar obras, informar cuánto llegó y cuánto les toca según la población que tienen, y entregarlo en efectivo cada dos meses”, presume el tesorero impuesto.
Al parecer, por ahora, la rapiña se ha detenido.
Aparentemente se calmó la furia manifestada aquel día de 2005, en el que las ganas de linchar bajaron de todos los rincones del municipio, habían cruzado los cerros a pie o en camioneta y se habían acumulado en la cabecera municipal. Aquel día en el que a la secretaria Olivia –la recomendada por el diputado Vera–, la turba la sacó a empujones de la presidencia y le prohibió volver a pisar el municipio (hoy trabaja en el gobierno de Oaxaca en Juxtlahuaca).
No se repitió el día en el que la muchedumbre encerró a Adelaido en la cárcel, hasta que de la ciudad acudieron varios negociadores a liberarlo, el mismo en el que los agraviados tomaron el municipio y descubrieron que los archivos de la computadora ya habían sido borrados. Sin papel alguno que certificara los desvíos.
Por ahora, cuando se acuerdan de ese día, los agentes municipales se ríen.

VIAJE POR EL RIO LERMA

In General on Marzo 6, 2007 at 12:08 am

LA AGONIA DEL RÍO LERMA
Por Marcela Turati

Es un río que nace agonizante y termina oliendo a cadáver.
El Lerma nace de una laguna mexiquense empantanada que desgració un Presidente y, al inicio, se mueve impulsado por el drenaje de pueblos y ciudades vecinas de su cauce que lo inauguraron como el excusado favorito del Pacífico; pasa luego por la ciudad industrial que le da su nombre, donde apesta a amoniaco, y cosecha y arrastra botellas de plástico, cadáveres animales, lodos industriales y llantas. En Guanajuato lo detiene de tajo la presa Solís, parada que aprovechan los campesinos para robar impunemente sus aguas y los lirios para reproducirse al grado de que fue preciso erradicarlos con gusanos brasileños que, de paso, asfixiaron a toneladas de peces cuyos cadáveres flotaban por montones en las orillas.
A la vista de las autoridades, es bienvenido con residuos de una hidroeléctrica, una refinería y una fábrica de pesticidas en Salamanca, y de tanto químico con aroma a toneladas de ajos y huevos podridos, a veces el agua se enciende en llamas que tienen que ser sofocadas por el cuerpo de bomberos. Cruza por las fincas michoacanas escoltado por natas de excremento de cerdo y uno que otro cadáver porcino. Desemboca en Chapala, el lago jalisciense estrangulado por invasores que talan, construyen o plantan en sus riberas, y por la avaricia de no soltar agua de las presas río atrás. En El Salto de Juanacatlán, pueblo vecino, se convierte en río Santiago, donde el agua de tan tóxica suelta espuma blanca que enferma al contacto, atrae moscos gigantescos que parecen africanos y despide un pestilente sulfuro que –aseguran ahí– provoca cáncer.
No siempre fue así. Hace 50 años era sustento de pescadores, alegría de bañistas y un lujo tenerlo cerca. Hoy, convertido en drenaje, es la muestra fecal de la incapacidad del país para desarrollarse económicamente y, al mismo tiempo, cuidar los recursos naturales.
Viajar por su cauce es recorrer 708 kilómetros de malas políticas, conflictos entre gobernantes autistas, esfuerzos aislados por limpiarlo, indolencia colectiva, anhelo común de verlo sano, corrupción generalizada y contaminación hormiga que –concentrada– lo convierte en grave problema de salud pública.
Cruza por 205 municipios, 11 presas, 5 estados (México, Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Jalisco), 3 mil 500 industrias, y la vida de 1 de cada 10 mexicanos, pues 18 millones viven a sus orillas. Atraviesa, también, millones de historias.
Está, por ejemplo, la de la sirena que quedó atrapada en un ducto que succiona agua, día y noche, hacia el DF. O la de los dos trabajadores municipales que a primera hora de la mañana suben a una destartalada canoa para arrancar el lirio que pudría el agua. O la del pueblo donde a los niños se les caen los dientes por haber tomado biberón con agua de arsénico. O la de los funcionarios de Jalisco y Guanajuato que iban a protagonizar una guerra por el agua. O la del hombre que por el color de las manchas flotantes descubre de qué fábrica proviene el vertido clandestino. O la de la escuela primaria que ve bajar del aire una espuma voladora que mancha la piel de los alumnos, y los deja enfermos y marchitos. O la de los manatíes arrojados en un lago con la misión de erradicar plagas, pero que fueron asesinados por los aterrados pescadores que los creyeron monstruos marinos.
Aunque el Lerma es agua, en ningún punto es bebible o utilizable para una ducha. Se usa sólo para humedecer cultivos, alimentar animales y llevar lejos orines, cacas y restos industriales. Sólo el 6 por ciento de las aguas usadas reciben tratamiento antes de ser regresadas al cauce. Estudios de la Comisión Legislativa de la Cuenca Lerma-Chapala indican que en algunos puntos no es apta ni para dar de beber a la tierra.
Su contaminación lo ha hecho famoso. Su rescate puede ser, también, la prueba de que México es viable. Eso se verá a lo largo del trayecto.

PRIMERA PARADA.LA SIRENA ENTUBADA
1. Por ahora, en el kilómetro “0″, en Almoloya del Río, Estado de México, al pie de la Laguna Chignahuapan, un funcionario con peinado de Elvis Presley y bigote fino de galán de película antigua explica que el agua limpia corre entubada rumbo al DF y la sucia hacia el pacífico, por el Lerma. El río que ya no nace. O, al menos, no aquí, como antaño.
“Se acabó cuando acabó el manantial. El río es un canal de aguas negras tan contaminado que ya no sirve de río. Se lo acabaron”, dice el anónimo empleado de la Comisión de Aguas de la ciudad de México, quien de inmediato corrige: “Bueno, nos lo acabamos”.
Desde su oficina, este hombre con llavero de bola de billar y cadenas de oro, tiene como paisaje de fondo un canal de aguas negras que acorrala al pueblo con sus propios desechos y que con las lluvias se desborda y convierte a Almoloya en un enorme excusado; un basurero y la laguna de orillas lamosas y enyerbadas de lirio, punto de reunión entre garzas y patos migratorios llegados desde Canadá con borregos comunes y tractores.
De la potabilizadora sale un ducto que se pierde entre los amarillos y secos pastizales. Se dice que en su interior podría estar atrapada una sirena “güera, trenzona y bonita”, y su carismático sireno. Desde el entubamiento del agua nunca más fueron vistos por estos lugares.
Al alba o al atardecer, a la sirena le daba por bañarse en los manantiales y aguas termales que daban fama a Almoloya del Río de sucursal del paraíso y de cuna del río Lerma. No por nada fue balneario de varios Presidentes: Venustiano Carranza, por ejemplo, dejó un ahuehuete sembrado en un islote.
Coqueta, la mujer-pescado invitaba a los lugareños a tomarse un baño entre peces y yerba zacate. El sireno, en cambio, encantaba “con su belleza y su carisma” a las féminas de la región y las invitaba a dar un recorrido en su chalupa cuando las sorprendía sumergidas lavando ropa. Algunas enloquecieron de amor.
Un día, los dos desaparecieron. Coincidió, dicen, con las perforaciones de los 100 pozos, los dinamitazos y el entubamiento de la laguna y sus nueve manantiales; en el intento por extraer 250 millones de metros cúbicos de agua para el insaciable Valle de México. A la velocidad con que el ducto voraz chupó el agua, desgració estos parajes y torció los destinos: convirtió a los pescadores en maquiladores de pantalones, a los artistas del petate en migrantes, a los sirenos en desaparecidos y las aguas prístinas en podrideros estancados. El presidente Miguel Alemán es recordado, por ello, con mala memoria.
Al ver la estafa del progreso, los almoloyenses se pusieron bravos. Protestaron. Amenazaron. Exigieron indemnización. Se conformaron al recibir en sus casas agua entubada y gratuita (al día de hoy no pagan nada), unos lavaderos y una escuela que ya se cayó.
Sin manantiales, el río es parido a duras penas. Es un apéndice pantanoso de la laguna que, entre llantas y maleza, se va angostando hasta que se encarrila en una zanja. Al inicio permanece inmóvil. Se mueve con ayuda de arroyos, lluvias, deshielo del Ajusco y el Nevado de Toluca, orines y desperdicios de las fábricas cercanas. Obviamente, el turismo no volvió a asomarse por aquí. Ni siquiera el día en que el municpio trajo a dos hipopótamos como atractivo.
“Tuvimos que donarlos a un rancho porque ya no fue recomendable tenerlos: se salían y se subían caminando hasta el centro”, explica la secretaria Lidia Avila, al mostrar la foto de los paquidermos tomando el sol en lo que parece una isla pantanosa y resulta ser pasto común mexiquense.
“De una mañana a otra se acabó el agua. Es como si hoy en la noche bombean y mañana que despierta y no hay. Fue como en el año 45. En el 53 empecé mi carrera de costura”, narra Eligio Escobedo desde su taller casero improvisado. Su padrasto fue uno de los que, desde entonces, echaron de menos a la sirena. Sus vecinas –Brígida Acosta, de 68 años, y su mamá, Candelaria Ariscorreta– también.
“Era trenzona, vestía de negro bien bonito: sus zapatos eran como huaraches, y hasta que bajaba al agua se transformaba en pescado. La muchacha anduvo enamorando a un señor Diego de por acá, le dijo: ‘no te vayas, te necesito’, pero lo espantó. Dentro del agua, su casa era de tabique rojo y ahí se metía con su marido el sireno, alto, güero y guapo con patillas muy bonitas. Se casaron de bonito en la iglesia. Fuimos a la misa y los seguimos pero se nos perdieron”, dice la anciana Candelaria, quien afirma ser más vieja que la Revolución Mexicana.
Desde uno de los islotes surgidos con la bombeada del lago, Francisco Juárez Nazario –88 años, piernas chuecas, botas de plástico, sombrero duro como tortilla tatemada– explica: “Un día yo joven fui a ver qué se movía en el agua ¡y era la sirena, mitad con cuerpo y mitad pescado!, la vi, se estaba bañando, echando jicarazos. En ese tiempo había agua blanca en la laguna. Pero ya nunca la vi cuando se desecó. Aquí nacía el río Lerma, ahora esta lagunita mantiene Chapala. Antes todo era laguna grande, esta agua que ve es de oxidación que viene del pueblo”.
Él, como sus contemporáneos, duda de la suerte que corrieron los sirenos. Si mudaron de residencia, como especula Candelaria. Si fueron succionados por una tubería. Si murieron intoxicados por tanto drenaje camino al mar. Eso, quizás, se descubrirá más adelante. Pero ahora, el siguiente punto del recorrido es la ciudad industrial Lerma, donde el espejo de agua no existe.
Sólo guiados por el concentrado olor a químicos que revuelve el estómago y pica las fosas nasales como untada de chile, el río se detecta bajo los puentes de la carretera México-Toluca. Está debajo de una capa gruesa como lona que lo mismo carga llantas, envases de plástico, lirio seco, troncos que a un perro descompuesto.
Se sigue hasta Querétaro, donde los queretanos lo reciben con descargas industriales. Recoge “fosfatos, grasas, aceites, cadmio, cromo, níquel, plomo, nitrógeno, mercurio, coliformes fecales”, según un estudio legislativo. Eso significa que en ese punto el agua no es apta ni para riego agrícola.

2. PARADA: LA GUERRA DEL AGUA
Un letrero anuncia: “Bienvenido a Guanajuato, cuna de la Independencia”. La primera parada del río en tierra de Fox es la Presa Solís, la mayor de toda la cuenca hidrológica. Este gigante puede albergar hasta un millón 250 mil metros cúbicos de líquidos; es aprovechada por 18 mil productores y 102 mil hectáreas de cultivos. Dos campesinos que le sacan ventaja son los hermanos Nicanor y Manuel Ramírez, del rancho san Cayetano, quienes miran bajo un árbol al río encajonado.
“Nosotros conocimos el piso de esta presa, eran puras llanadas, todo parejito. Había un arroyo, árboles, gente. Hoy el agua está enferma y ensuciada con esos drenajes que están llegando de Toluca”, dice Nicanor, el mayor. 1949, fue el año de la inauguración de esta presa; en tiempos de Alemán.
Un manto de lirio acuático cubre la superficie acuática y evidencia la contaminación y el estancamiento de un río que, sin atención, puede convertirse en criadero de larvas del paludismo. En Solís han tratado de todo para erradicarla: máquinas para moler la planta, extracción a mano limpia, rocío de insecticida. Hasta la importación de gusanos extranjeros.
–Ora que estaba cerrado el lirio se maleó el agua, ni podíamos pescar –explica Nicanor.
–Echaron unos gusanitos de Brasil. Eran 3 kilos de gusanito comprados a 17 mil pesos, que agujeran la ráiz y la planta se hunde hasta el fondo. Pero el gusano enfermó el agua, la echó a perder. Había muchísimo carperío muerto, pura cosa triste y olía a podrido. Quedó corrompida como agua de florero. Ya casi volvió a estar buena el agua… y el lirio ya está comenzando a resucitar –completa Manuel.
Esta presa no sólo dota de sustento a 500 familias que, como la Ramírez, tiene autorización de pesca. También protagoniza de sus propias historias. Como cuando se desbordó en el 2003 y de tanta agua arrastró peces asfixiados hasta La Piedad, Michoacán, llevando consigo un cóctel infeccioso que sacó ronchas a Eva Guadalupe, entonces de 4 años; dejó sin cultivo a productores de Chapala, como el restaurantero Carlos Fernández, quien invadía ilegalmente los bordes que pensaba ya secos; obligó a la familia Martínez Martínez, de Salamanca, a vivir seis meses en un albergue para damnificados. Ellos lo narrarán en persona kilómetros adelante.
¿La causa de la inundación? Según Nicanor, la siguiente: “los remacheros no dejaron salir nada, todo lo almacenaron, no quieren nunca dejar el agua porque es puro dinero porque el gobierno la vende. Pero como cayeron muchas lluvias el agua se salió y ocasionó muchas pérdidas en maíz y sorgo. Dos años fue esa perdedera, no aprovechamos nada. Todo se acabó”.
Desde su construcción, la Solís es motivo de guerra entre Guanajuato y Jalisco. Aunque se han firmado acuerdos de buena vecindad, éstos cada tanto se violan. En el mismo 2003, campesinos del Bajío bloquearon las cortinas metálicas para impedir el envío de agua al Lago de Chapala, a 432 kilómetros de distancia; algunos –según documentó la prensa– hasta inundaron sus tierras con tal de acaparar los recursos, y diputados locales condenaron el pacto de entrega de agua. En respuesta el gobierno de Jalisco amenazó con no soltar agua del río Verde que abastece a la ciudad de León y se rumoró que un comando iba a volar las cortinas de la presa si no dejaban pasar el agua. Los expertos de Guanajuato, entonces, exigieron entonces a sus homólogos tapatíos cuidar los bosques para que el lago no se evaporara, y éstos, a su vez, demandaron no desperdiciar la mitad del agua de riego como ocurre en Guanajuato. En eso estaban –una abogada ponía ante un tribunal internacional la queja por el maltrato al Lerma cada que se topa una presa– cuando sucedió la inundación que se llevó todo, hasta el maíz y el sorgo de Manuel y Nicanor.
Pero eso quedó en el pasado. Ahora los dos reumáticos jefes de familia miran apacibles la improvisada bomba hecha con motor de tractor que jala agua a través de un tubo agujerado de plástico e inunda diariamente, de 8 de la mañana a 11 de la noche, su cultivo de forraje para el ganado. En Guanajuato esos artefactos caseros, de tan comunes, ya tienen nombre: “charqueras”. (83 por ciento del agua de la cuenca se usa para la agricultura, dirá un investigador más adelante, y se fuga por la vieja tecnología empleada, se contamina con pesticidas, su extracción no es controlada por el gobierno y se desperdicia por la mala costumbre campesina de inundar el terreno para que “amarre” la cosecha, como ahora mismo lo hacen los Ramírez.)
–Fui a Celaya a pedir permiso para sacar agua con un ingeniero José Rodríguez y me dijo que no me lo daría porque sino todos se agolpan pero me dijo: “Agarra el agua y riega”. Y así hice– justifica Manuel.
–Lo que hacemos es en beneficio de la Nación –completa el otro.
–Ya siendo para nosotros es en beneficio de la Nación porque somos una arenita de la nación.
Mientras esos amables hombres benefician a la Patria con su “charqueo”, en la comunidad de Terreros de la Concepción, en el norteño municipio de San Luis de La Paz, la sequía expulsa a la gente.
El desértico pueblo está al norte de Guanajuato, en los límites con San Luis Potosí, es considerado integrante de la cuenca Lerma-Chapala porque bajo su suelo, en lo profundo, corre un acuífero que lleva agua de lluvia captada hace miles de años.
Por el contenido del agua prehistórica, Terreros y las comunidades vecinas, son pueblos de niños sin dientes: el arsénico y el flúor del agua de los pozos se los está arrebatando. Ninguna empresa fue culpable, simplemente el agua sana se acabó con el derroche del riego que hacía de este lugar famoso por los chiles que engendraba. Los popotes de los pozos chuparon el agua joven, y ahora arañan y sacan lo que queda hasta el fondo, algo así como el sarro que reviste las cavidades profundas. El agua, entonces, sale mezclada con metales venenosos propios de la tierra.
Una víctima del despilfarro es la quinceañera Cristina García. Su nacimiento coincidió con el estreno del pozo. Sus primeras mamilas llevaban agua maligna. Desde niña, la boca comenzó a apestarle. Tuvo muelas color café podrido que se le despostillaban a la hora de la comida, y lucían sin esmalte y carcomidas. Luego fueron la manchas en las encías. Hasta que, de plano, los dientes comenzaron a caérsele. Hoy, a la edad de echar novio, esta adolescente vive escondida. Le acompleja el desfiguro.
“La mayoría de los nacidos del 90 para acá tienen estragos en su dentadura”, explica el ranchero Francisco García, ex delegado municipal de la comunidad, quien asegura, de paso, que desde que dejó de tomar el agua infecta se le controló la diabetes.
Otro niño de la generación del pozo es Alfonso González, de 11. “Cada día que como Sabritas se me descarapelan o si como manzana se me caen. No me duele, nomás se caen. Desde lo siete años me di cuenta de que me dolían, como que ardìa cuando mascaba chicles, chocolates o churros. Mi mamá me decìa que me lavara los dientes y así se me quitaba. Y me los lavaba muy seguido pero se me iban cachos de muela cuando mascaba algo”, dice sentado en una llanta sobre la duna en la que juega.
En 2002, cuando se descubrió “la infección”, los terrerenses dejaron de tomar agua del pozo y gastaron sus ahorros en comprar agua de garrafón. Meses después recibieron una planta tratadora que hasta el día de hoy es desairada. Desconfían que no limpie bien el metal. El municipio, desde entonces, les envía pipas que cada mes. Y los meses que no llega, la gente vuelve a tomar agua del pozo.
“Ahí está la planta en servicio pero la gente no la usa, espera mejor la pipa. De aquí poquitas personas se confían de esa agua. Y es que primero nos dijeron que no había filtro que eliminara esos metales del agua porque eran muy finos, y de repente, así nomás, nos dijeron que sí había forma y la gente quiere que nos prueben que no es lo mismo. No sirve de nada que nos la cambien de sabor”, dice María de los Angeles, abuela de Cristina.
“En su aspecto, los niño tienen los dientes muy feos. Esa es la manifestación del arsénico, pero lo más grave es en su interior. El arsénico provoca enfermedades graves, malformaciones, leucemias, cánceres.
“Terreros no es la peor. Otras comunidades como Mineral de Pozos además de arsénico, tienen plomo en el agua”, advierte Jaime Muñoz De la Tejera, ex regidor del ayuntamiento y ex presidente de “Toltequidad”, organización en quiebra desde que denunció el caso.
“Ya estamos en los límites. Acá se está acabando el agua y ese pozo empezó a sustraer los sedimentos. Es como una taza de café con todos los asientos que quedan. Hasta abajo hay arsénicos y metales pesados El problema de sobreexplotación es muy fuerte. Se supone que aquí hay una veda y desde entonces a la fecha han abierto más de mil 500 pozos. No sabemos cómo la CNA da los permisos”, agrega su hermano Ismael, responsable de la Sedesol Estatal de la atención de la zona.
El investigador del centro de Geociencias de la UNAM, Marcos Adrián Ortega Guerrero, estudioso del caso, tampoco se explica cómo después de la declaratoria oficial de veda se hubieran entregado concesiones de pozos que sacan agua enterrada de 5 mil a 35 mil años atrás. En sus estudios detectó cerca de 8 mil casos de flúorosis dental, la enfermedad que causa la destrucción del hueso más duro del cuerpo humano: la encía. Y aunque alrededor no se ve agua sino un paisaje desértico al que rompen la monotonía algunos nopales, el agua que corre por debajo, de alguna manera tiene que ver con el Lerma.
El río va llegando a la sureña ciudad de Salamanca. Se limpió en el camino hasta que lo recibe una corriente negra del río Laja, con el que se topa.

3. PARADA: DONDE EL RÍO ES VENENO
El señor Clemente Tornero Soto siempre pensó que el día que ardieran los ríos sería el fin del mundo, pero le tocó presenciar esa escena apocalíptica y aún vive para contarla. “En Salamanca el río Lerma se enciende de tanta contaminación que lleva. La última vez que se quemó, hace dos años, ardió cinco kilómetros hasta Pueblo Nuevo. Varias veces los bomberos han tenido que apagarlo”, dice en la cafetería de un hotel.
La contaminación del Lerma nomás ha traído desgracias a este ex político, ecologista y empresario: en 1994, lo obligó a cerrar el balneario que tenía en el kilómetro 11.5 en la carretera Salamanca-León porque el agua salía espumosa y salina. En 1998 clausuró su molino de trigo (“Harinera Industrial del Bajío”) porque detectó que el agua con la que inyectaba el proceso estaba contaminada. Ese mismo año cerró su empacadora “El Ciprés” en respuesta a un dilema ético: “¿vamos a lavar los nopales con agua envenenada con plomo?”
“En 1998 cuando era regidor clausuramos en la ciudad pozos que estaban pegados a la empresa Tekchm (antes Fertimex), fabricante de pesticidas prohibidos en otros países. Estaban tan contaminados que cuando los niños de las colonias san Juan de la Presa y san Juan de los Cántaros transpiraban esa agua les hacía escamas la piel y se les caía la piel en el recorrido faringe-laringe-estómago-vientre. Y ahora tenemos mucho cáncer. La Secretaría de Salud inmediatamente dice que no es cierto, que el agua no está contaminada. Siempre lo niegan, son hipócritas, mentirosos”, rumia enojado. En el cuarto donde se hospeda, su papá agoniza de cáncer; antes, enterró a su madre de la misma enfermedad y culpa de su tragedia a la contaminación ambiental que beben, respiran, huelen, pisan en la ciudad industrial donde viven.
En Salamanca el río se convierte en una alfombra de lirio. El líquido se ve sólo donde los tubos escupen presumiblemente tóxicos (en este ciudad está asentada una hidroeléctrica, una refinería, curtidoras de pieles, fábricas de pesticidas, por mencionar algunas industrias).
A la vera del Lerma hace picnic la familia Martínez Martínez –madre, tres hijas, ocho nietos– que invierte sus ánimos en espantarse al agresivo mosco cúlex, que estos días se ha convertido en plaga y enemigo público número uno de los salmantinos. En el 2003, esta familia vivió seis meses en un albergue, cuando se desató la presa Solís y les robó sus pertenencias y sumió su casa bajo agua.
“El río huele a puro drenaje todo el día y en veces echan perros muertos y dejan una oliscada que sube hasta la casa. Hace poco se quemó, lo andaban apagando unos bomberos por allá y yo pensaba cómo se va a quemar el río si tiene agua, y luego pensé ‘pues cómo no, si tiene diesel’”, razona María Martínez, la de 29 años, madre de dos de los ocho chiquillos que corren alrededor, en estos terrenos donde fueron reubicados por el municipio. Aunque en días calurosos como hoy, teniendo el río al lado (apestoso “como a azufre, a amoniaco, como a guayaba, como si ahorcara, a huevo”, según dice Guadalupe, la hermana de María) y en el que ni siquiera pueden mojarse la cabeza para refrescarse, preferirían regresar a vivir junto a las vías del tren. Los Martínez gastan el dinero que les sobra en insecticidas, un lujo que pocas veces pueden darse para evitar el enjambre de zancudos. A la chiquita de seis meses que colocaron junto al picadillo de soya y el agua de lechuga se le notan ahora mismo las ronchas grandes y rojas que intentan prevenir con insecticida.
Ahora mismo, a unos metros del día de campo, el gerente del Consejo Técnico de Aguas (Cotas), Juan Manuel Mejía, explica que es una buena señal la llegada del mosco, pues antes, en el río, ni vida había. Detecta ahora mismo una mancha negra flotante compuesta de material no identificado que, especula, podría provenir de Celaya y, específicamente, de una fábrica de alimentos para ganado que, elucubra, viajó por el río Laja. Descarta que sea de la refinería pues asegura que la paraestatal ya cumple la normatividad ambiental, como varias personas repetirán en el camino. Aunque, más adelante, encontraremos un ducto descarga al río y un letrero que indica que es propiedad de Pemex.
Salamanca está tan contaminada que engendró personajes como el ingeniero ambiental Joel Berlín, experto en la lectura de las manchas acuáticas.
“Si es color arco-irirs son solventes de talleres o alguna pipa que descargó directo al río. Si es café son aceites que también se le pueden haber ido a Pemex. Si son negras son plastas de combustóleo que normalmente son de la CFE. Si todo el río es negro viene de la zona industrial Cortázar-Villagrán. Si es verde es porque contiene Nitrofenol. Si es roja, se le salió a Univex”, explica este hombre que fue director ambiental del municipio y quien participó en el sofocamiento de los épicos incendios del agua, que datan, según dice, de 1998.
Los recientes los adjudica a vagos piromaniacos que queman las orillas.
Dice que le tocó detectar casos de leucemia que, sospecha, fueron causados por descargas de aminas, aceites cancerígenos usados para proteger tuberías, en la comunidad de Mancera. La extraña descarga fulminó al ganado sediento que bebió del río y enfermó a dos niños. Se queja de que la CNA nunca atendió su denuncia. Sin embargo, es un optimista. Asegura que la contaminación salmantina ha mejorado y que en unos años podría convertirse en en ejemplo de ciudad-verde.
La contaminación, río abajo, cruzando Michoacán, será diferente. En el pueblo de Cuatro Milpas nadan libremente las cacas de cerdos que mezclados con agua parecen papilla. La estela de mierda que lleva el río es lo único que molesta a los arranca-plagas, Vitalino Trujillo y Ernesto Moreno quienes todos los días, salvo los domingos, suben a una vieja canoa para arrancar manualmente “la infección del lirio” y evitar el mosquerío. Y, lo han logrado. En los 80 un médico bautizó La Piedad como la Capital Nacional de la Cisticercosis y las crónicas relataban que por el río nadaban libremente puercos desollados o pedacerías; que ríos de sangre escurrían hasta el río. Pero de esa realidad poco queda.
“De todo, lo único que nos faltaba fue encontrar es un difunto, pero de ahí en fuera encontramos perros, gatos, cerdos, botellas de plástico, basura y drenaje y esa nata de heces de puercos que se viene cuando hay aigresito. Pero en estos años el río, ya están arreglando el drenaje. Ha mejorado porque le hemos metido ganas de a diario”, explica el jefe de los saneadores, Alfonso Cázares Piceno, un joven flaco y macizo con pinta de futbolista.
“Ya está cambiando, ya no dejamos echar cosas al río: ahora si vemos un perro muerto lo andamos enterrando para que no se quede en el agua”, agrega Ernesto mientras desmata los alrededores del río.
Uno de los cerebros de esta operación es el doctor Javier Saldaña Venegas. Cansado de ver niños con hepatitis, cisticercos en la cabeza, enfermos del estómago, con dolor de cabeza o de alergias en nariz, ojos y piel, además de dos a tres casos nuevos de cáncer al año (“de niños que desde que estaban en su cunita por años respiraron a diario insecticida para espantar los moscos (…) un día vi a una familia entera con cisticercos: papá, mamá, hijos”, recuerda). Convocó a un grupo de ciudadanos para crear la organización “Salvemos al Lerma”. Hoy, ha logrado que los desechos municipales no se tiren al río sino que tengan su propio canal; que dos empleados municipales se dediquen a erradicar la plaga acuática y, con ello, espantar a los moscos; que se compren camiones desasolvadores para evitar el desborde del drenaje, construir un sendero ecológico para que la gente vea cómo sería el río recuperado, entre otros milagros.
“En dos o tres años, La Piedad podría ser la primera ciudad que maneja al 100 por ciento sus aguas negras. Lo estamos logrando y erradicando al mosco que por 30 años buscaban las autoridades acabar. Y lo único que hicimos fue quitar el lirio manual y con ganchos. Pero se puede, pensamos que si cada municipio hace lo mismo y limpia la parte de río que le corresponde, salvaríamos al Lerma”, dice el director del Hospital General Benito Juárez y presidente del Colegio de pediatras de Michoacán
El milagro ecológico, sin embargo, todavía es imperceptible para Eva Guadalupe Tejeda, niña de seis años, de Pénjamo, al otro lado del río. Para entrar a su casa pasa por un pasillo de cerdos y moscas, pues a alguien se le ocurrió ponerlos en la entrada de su casa. Respira el olor a drenaje que pretendía llegar al río y se estancó afuera de su casa (por desgracia tiene el río cerca). Pero hoy no huele tan mal como cuando se atascaron toneladas de peces muertos de cuando se desbordó la presa Solís. Su mamá, sus tías, su abuela, sus hermanas se quejan y rememoran los viejos tiempos, hace apenas 10 años, cuando todavía lavaban en el río y rara vez tenían que espantar con la mano alguna inmundicia que les llevaba la corriente. Ahora, el río es de caca.
“A mí me salieron granos por meterme a echar clavados cuando el río se vino acá y estaba crecido. Me echaron una pomada y me dejó en el pie cicatrices de grano”, dice la niña de zapatos rosas de tacón a su medida, que apenas le dejan caminar, mientras ofrece un recorrido por las orillas. Salta zanjas para esquivar los caminos de desperdicios caseros que desembocan al río y los lodos de caca líquidas de las granjas. Camina hacia la casa de los niños con hepatitis desde que tomaron agua ribereña y a la del que le salieron hongos en la cabeza y a la que le salieron mezquinos en la piel, pero por lo visto ninguno está en casa.
Pasado este punto, el río va luciendo más saludable y cristalino. Es escaso y no logra llenar el lago de Pátzcuaro como antes. Pasa los límites geográficos, y entra en el lago de Chapala, a una hora de Guadalajara. Es será la siguiente parada.

4. PARADA: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
El lago luce como un plácido mar. Muy a lo lejos se alcanza a ver la otra orilla. El restaurantero Carlos Fernando Díaz señala la parcela de garbanzo que su vecino y enemigo Cleofas Zaragoza volvió a cultivar en los terrenos lacustres, una vez recuperado del desbordamiento de la presa Solís de hace tres años. Se queja de que la CNA otorgó 400 títulos para sembrar a la vera del lago. Confiesa que él también cultivó. Incluso, los últimos su restaurante ha ido ganando terreno al lago: donde antes saltaban “las olas del río” construyó una explanada de cemento para más con mesas y, lago adentro, unárea de juegos para niños seguida por los restos de su milpa inundada. En el nombre lleva el cuerpo del delito “Restaurante Riveras de Chapala”. Se apresura en aclarar que paga impuestos, que el terreno se lo concesionó la CNA y que él sí ha respetado el libre paso al lago porque sabe que es zona federal.
“Yo puse una queja por las nuevas construcciones en la parte más baja de la laguna que están rellenando, y Benjamín Aviña, jefe del departamento de inspección, me contestó: “¿Te están perjudicando a tí? No ¿verdad?, pues déjalos”, denuncia.
En su menú ya no ofrece pescados blancos, emblema de la laguna, porque “ya no hay”.
Aunque se recuperó la laguna, en un año perdió 40 centímetros; evaporados. En 2003 se llenó lo que en toda la década no se había visto, y el excedente duró sólo ese año. Los reportes señalan que Chapala da 240 millones de metros cúbicos de agua a Guadalajara, 90 millones para las poblaciones ribereñas y el riego y mil 440 millones se le evaporan. El dato de la evaporación hace rabiar a los ecologistas guanajuatenses quienes luchan por no enviar agua hasta que Jalisco la cuide. El lirio es otro problema. Si en Solís usaron gusanos brasileños, aquí se trajeron manatíes que tuvieron un triste destino.
“(Se introdujeron) manatíes traídos del sureste del país, en la idea de que comieran lirio a sus anchas, pero causaron pavor entre los pescadores, que los veían como monstruos y terminaron muertos a remazos”, documentó Semarnat. “Se quedaron enredados en la red de los pescadores y como no querían perder las redes, el gobierno les dio permiso de matarlos y cuando les abrieron el estómago descubrieron que eran un engaño: comían peces y no lirio”, es la explicación del lanchero José Guadalupe Baraja en su lancha de toldo rojo bautizada “Lupita” con la que ha ayudado, en común acuerdo con lancheros y pescadores, para limpiar el Lago para atraer peces y turismo. El paseo que ofrece hoy, una vez que el motor sorteó la zona de los lirios que flotan juntos como pedazos de icebergs por el agua, incluye observar las actividades de un pescador –Javier Aguiano– para ver cómo batalla a la hora de sacar los peces con raíz de lirio y lodo, en la red que se embasura y abulta como cobija, y dónde están los ductos que chupan agua a Guadalajara, razón principal, según él, para explicar la “evaporación” del agua.
El problema es tan largo como los kilómetros contaminados. Sólo de Chapala se han organizado % reuniones para intentar poner solución. Una abogada, Raquel Gutiérrez puso una demanda internacional contra las presas que afectan el Lerma, como se materializa en Chapala por la poca agua que llega. Las reuniones, acuerdos y firmas entre el Presidente, funcionarios federales, gobernadores estatales, legisladores, a la vista parecen haber dado el mismo resultado que echar una pastilla de cloro al río.
Gómez Reyna, en un papel improvisado de filósofo de la cuenca, lanza preguntas que alguien tendrá que responder para que el Lerma sea viable como río y México como país: ¿De qué sirve limpiar el 20 por ciento de las aguas con plantas de tratamiento si lo revuelves con el 80 por ciento sucio porque la tiras a la misma agua? ¿Qué se puede hacer si hay menos de 10 inspectores para vigilar la cuenca, uno para casa 100 kilómetros? ¿Por que cuando el agua la usan en el DF la tiran por el Pánuco y no la regresan? ¿Cómo vamos a planear el uso del agua si es secreto el padrón de usuarios en la cuenca? ¿Por qué cada gobierno ve el problema aislado y no se ve integral? ¿Por qué no hay una comisión de especialistas que vigilen la cuenca y no sólo políticos metidos? “Aunque se haga algo para limpiarla en algunos lugares es como dar un mejoralito para un cáncer. Esto tiene que ser un proyecto nacional, a gran escala que no tiene que ser manejado con centralismo y con fines políticos, sino tiene que ser por un grupo multidisciplinario de expertos”, diagnostica.

Aunque el recorrido debía acabar en Chapala, según la extraña división que le dió la CNA a la cuenca, este reportaje no estaría completo sin un vistazo por el río Santiago, el que nace de Chapala y completa el camino del Lerma hasta hacerse uno con el océano Pacífico. Sin embargo, es imposible. Ni siquiera pararse encima del puente que une La Piedad y Juanacatlán, Jalisco, donde se inaugura el nuevo río porque el olor a gas- huevo podrido-tóxico-ajo-chile-azufre-amoniaco-muerto que despide gases, así como las enjambres de moscos que de tan grandes y feroces que con tanto químico podría pensarse que son mutantes.
La última parada es la escuela primaria “Mártires del Río Blanco”; fiel metáfora de la lente muerta que viven los alumnos de esa escuela, día a día. Ubicados al pie de la cloaca que era conocida como “el Niágara mexicano”, donde el río salta y genera una espuma blanca que se acumula y crece, como enorme muñeco de nieve, y cuando hay viento vuela y cae en el patio escolar y roza a alguno que, generalmente cae enfermo. El niño Luis Enrique dice que a él le da dolores de cabeza y estómago y manchas en la cara desde que entró a la escuela. Diana Miroslava que le mancha la piel y le duele garganta y cabeza y si se moja le da Abraham Delgadillo dice que les gusta jugar con la espuma aunque sabe que saca ronchas y enferma a muchos. No a él. Lo dice junto a su mamá, Laura Miranda Gil, delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta, ella debajo de cobijas. Padece cáncer. Está de más decirlo que culpa de ello al río.
“¿Nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta su hermana molesta. No tendrá respuesta. No se ve por ningún lado. El Lerma termina aquí y engendra otra historia similar que correrá rumbo al pacífico. En los 708 kilómetros recorridos todos se quejan del que está atrás les contaminó el agua o se las detuvo, sin embargo, pocos pensaron en lo que envían a los que están adelante.
México sigue necesitando agua y para abastecer de líquido potable la solución que se ha encontrado es construir más presas, desviar más ríos, desecar lagos y construir pozos más profundos. Y el río que nace agonizante llega muerto. La causa: ecocidio colectivo.