Periodista Social

LA CIUDAD DE LOS NIÑOS SOLOS

In General on Enero 25, 2008 at 2:43 am

Ejércitos de niños y niñas caminan entre tolvaneras de arena gruesa que se levantan en las colonias donde aparecen cuerpos de mujeres asesinadas. Se les ve en parques de cemento grafitteado; vagando con pandillas de adultos; mirando la calle a través de la ventana de la casa donde los dejaron encerrados; jugando fútbol hasta que anochece; caminando por el centro desconcertados porque hace poco estaban en Veracruz o Estados Unidos, o, solitas, caminando entre dunas para llegar a la tienda.
Ejércitos de niños y niñas caminan entre tolvaneras de arena gruesa que se levantan en las colonias donde aparecen cuerpos de mujeres asesinadas. Se les ve en parques de cemento grafitteado; vagando con pandillas de adultos; mirando la calle a través de la ventana de la casa donde los dejaron encerrados; jugando fútbol hasta que anochece; caminando por el centro desconcertados porque hace poco estaban en Veracruz o Estados Unidos, o, solitas, caminando entre dunas para llegar a la tienda.
Es Ciudad Juárez, la ciudad de los niños solos.

La número uno, da nomber uan, la frontera más fabulosa y bella del mundo a la que canta Juan Gabriel, es la ciudad donde una cuarta parte de los niños no tienen guarderías ni un conocido que los cuide mientras trabajan sus papás.

Cuando los pequeños se despiertan por la mañana no encuentran a nadie en casa y se alistan ellos mismos para ir al kínder o a la primaria. Regresan y pican algo o se aguantan el hambre. Salen a la calle a buscar compañía. Hacen tiempo esperando que regrese papá o mamá, quienes, de tan cansados que salen de las maquiladoras, les hacen compañía con la respiración de la siesta.

Juanito es inquilino de este arenal vuelto Tierra del Nunca Jamás porque no hay adultos, donde el hábito a las drogas se adquiere desde los cinco años y los niños duran poco porque la cifra de menores de edad asesinados encabeza la lista nacional.

Cuando van a la escuela sus hermanos Laura, Quico y Karla, de 7, 9 y 12 años, Juanito queda a cargo de la abuela que lo deja en la calle cuando calcula que Karla ya salió de clases.

Vaga todo el día, pasea por el baldío que sirve como punto de reunión de las bandas de “cholos”. Mira a algunos inyectarse droga, sube y baja la resbaladilla, se esconde en un cuarto abandonado que los vecinos usan de basurero, ve pasar al loquito que se desnuda y avienta botellazos, pide que alguien impulse el columpio en el que está sentado.

–Juanito, ¿cuántos años tienes? –le pregunto cuando lo encuentro en el único parque que tiene la periférica colonia Díaz Ordaz, tratando sin éxito de colgarse de un rinoceronte metálico muy alto para su estatura.

Él mira sus deditos y levanta con duda cuatro.

–¿Dónde está tu mamá?
–Trabajando maquila.
–¿Y tus hermanos?
–En la casa.
–Y tú, ¿qué haces en la calle?
–Nomás.
–¿A qué horas llega tu mamá?
–A las sete y a la sei.
–¿Quién te cuida?
–Mi mana… mi mana tiene novio.
–¿Nunca has tenido un accidente?
–Sí, se quemó mi casa onde vive Berta.

II ‘ LA CIUDAD NUMERO UNO’

Joselín tenía un año y Brandon cuatro cuando se les quemó la piel junto con su casa de cartón, en la que su mamá y su papá los dejaban encerrados cuando iban a trabajar como veladores de una maquiladora.
Irvin, su hermano mayor, murió calcinado. Tenía cinco años.

En un tinaco metálico de 200 litros lleno de cemento, abandonado en una choza de cartón, fue encontrado el cuerpo de Airis Estrella. La última vez que la vieron con vida pasaba por una tienda de abarrotes, antes de que la raptaran, violaran y asesinaran a golpes.
Estrella tenía siete años.

A Anahí Orozco la envolvieron en un colchón y le prendieron fuego. El hombre que se metió a su casa –donde ella cuidaba de su hermanita de año y medio y de una vecina de tres, mientras sus mamás iban a la maquila– quería borrar evidencias que condujeran a lo que después se supo: la asfixió cuando le tapaba la boca para que no gritara mientras la violaba.
Anahí tenía 10 años.

Los tres niños fueron encontrados muertos el mismo mes. Todos vivían en la ciudad número uno, da nomber uan, “foco rojo” en explotación sexual infantil y con el porcentaje más alto de alumnos de primaria iniciados en la droga.

Los periódicos de esta Tierra del Nunca Jamás relatan historias de niñas y niños calcinados, violados, descuartizados, asesinados, abandonados, ejecutados. Las desgracias ocurren casi siempre en estas colonias sin servicios, construidas lejos del centro, sobre las dunas, por esos intentos desesperados de los recién llegados de todo el país por tener un lugar donde afincarse.

Aunque Juanito es uno de los niños solos de los que dan cuenta las estadísticas, sus cuatro años los ha vivido con suerte.

“Hasta ahora no ha tenido un accidente y pos nunca se ha pegado tan fuerte”, dice su hermana mayor, aburrida de ser una madre improvisada de medio tiempo.

“Esta niña está chiquilla y se va con sus amiguillas y los deja solos”, la acusa María de la Paz Alcalá , su casera, que de vez en cuando se asoma al patio de la casa para ver qué están haciendo sus pequeños vecinos.
“Les hace falta una familia; a mí me dicen abuelita aunque no soy. La pobre de su mamá tiene que trabajar y hasta que viene de trabajar les da de comer”, dice la mujer.

Juanito pasa por el pasillo que conduce a la calle y se pierde de vista.

Son las cuatro y media de la tarde y, a dos cuadras de distancia, ha comenzado un ritual: camiones ruteros se detienen frente a un local, abren sus puertas y, de su interior, bajan jovencitas con batas azules. Ningún pasajero repela por la espera.

Los camiones arrancan cuando las mujeres salen del local y vuelven a subirse apretando en su regazo a los bebés que dejaron a las cinco de la mañana, o llevando de la mano a un chiquito que apenas camina.

Rosa Alvarez es una de ellas. Lleva cosido en su bata un gran letrero con el mensaje: “trabaja con seguridad”. Ella mira contenta a su bebé envuelto en la cobija amarilla. Lo abraza. Suspira de alivio porque está bien.

Las empleadas de las maquiladoras trabajan nueve horas y media diarias, cinco días a la semana. Las obreras del primero, segundo y tecer turno caminan por los arenales donde, de vez en vez, aparecen cuerpos enterrados, para tomar el camión antes de las cinco de la mañana o regresan a la media noche.

En la frontera donde debe vivir Dios sólo una tercera parte de las mamás se dedica de tiempo completo a su familia y las mujeres trabajan dos horas más que el resto de las obreras mexicanas, pues la producción de computadoras, tableros para automóviles, refrigeradores o aspiradoras no puede esperar.

Consiguen vivienda en zonas tan lejanas que, en promedio, pierden tres horas del día para transportarse; tres horas que pasan adentro de un camión, recorriendo colonias sin servicios, lejos de sus hijos, agotadas de la rutina.

De los 50 mil niños que tienen menos de cuatro años, las guarderías sólo tienen cupo para 7 mil. Ninguna tiene turno vespertino.

Aunque uno de cada tres habitantes de Juárez son menores de edad, como los niños y adolescentes no votan, no hay ley, presupuesto o programa que se acuerde de ellos. No hay organización que levante una campaña por “los muertitos de Juárez”.

“La niñez y la juventud son los grandes ausentes de la política social, no hay ninguna política de los tres órdenes de gobierno que los atienda. En Juárez hay muchos niños de 11, 12, 14 años que se quedan cuidando de sus hermanitos, no alcanzan las guarderías y no hay ninguna para el turno vespertino”, dice María Teresa Almada, directora de la organización Casa Promoción Juvenil, que se dedica a hacer habitables los barrios rudos.

Continúa con su diagnóstico: “Miles de niños pasan el día solos, miles de adolescentes pasan todo el día en la calle… 30 por ciento de los adolescentes de entre 12 y 15 años no estudian ni trabajan… la mayor parte de los miembros de las pandillas normalmente se inician a los doce” .

Por la ventana de su oficina se puede ver a Juanito jugando con otros niños. Están en ese simulacro de parque sin pasto y de piso de piedras y cascajo, que se salvó del ‘boom’ inmobiliario.

“La vida gira en torno a la maquila, no hay tiempo para nada más. Encima, la ciudad tiene pocos equipamientos culturales o infraestructura deportiva. En las zonas que están creciendo no se dejaron pedazos recreativos”, advierte Almada.

III

En la ciudad que es un amor se han hecho varios estudios y foros para analizar la problemática de la infancia, han aterrizado políticos, funcionarios de organismos internacionales y activistas, para advertir el futuro que ya los alcanzó, pero no ha ocurrido nada.

Se sabe que la mitad de las calles no tienen pavimento, que esta es la frontera de mayor crecimiento, que se construye cada vez más en la periferia aunque el centro está practicamente vacío y concentra las guarderías, primarias y secundarias.

“Juárez tiene que construir una agenda para su infancia, y para sus adolescentes, porque no existen las estructuras sociales que les permitan crecer con afecto, con cuidado, con atención, con transmisión de saberes, porque los adultos están muy cansados, agobiados, trabajan y trabajan y no tienen el tiempo y la paciencia para educar a los niños”, dijo la especialista Clara Jusidman al presentar el estudio “Relaciones entre el trabajo y la familia”.

“No hay otra forma de revertir la violencia que a través de estrategias culturales, deportivas, acciones que reconstruyan el tejido social y devuelvan a la gente la confianza de convivir con sus vecinos”, agrega Almada, mujer que se dedica a hacer habitables las colonias.

“No se entiende que las autoridades inviertan en poner más policías, no hay otra froma de revertir la violencia más que a través de estrategias culturales, deportivas que reconstruyen el tejido social (…) Los problemas de infancia, adolescencia y jóvenes se dejan de manera irresponsable a cada familia para que los resuelva sin que existan concidiones sociales para que atiendan a sus miembros”, dice.

Oscurece y Juanito sigue en la calle. No tarda en llegar Migue, un niño “que le hace al trapo, a la mariguana, al pegarrey”. Una mamá que pasa por el parque se queja de que en el arroyo hay mucho cholo que se inyecta frente a los niños en las piernas, en el cuello.

–¿Dónde está tu mamá? –le pregunto a Juanito cuando lo encuentro de nuevo terreno en el baldío.
–Dormida.
IIII
Con los ojos hinchados por el sueño intenso, en la habitación en penumbras, está Bety Cisneros.
“Ora sí me quedé dormida: llegué, les di de comer y me acosté porque ayer me quedé muy noche porque no quieren dormir temprano”, dice apenada al ser sorprendida durmiendo.
Juanito y Laura, sus hijos más pequeños, se le acurrucan cuando la ven incorporarse. Cuatro meses atrás ella vivía con su mamá y le dejaba durante el día a sus hijos, pero tenían tantos problemas que decidió independizarse. Su esposo se fue a Estados Unidos y no volvió.
Está asustada. No sabe si esta entrevista implicará que le quiten a sus hijos. Se sincera y explica que no tiene otra opción mas que dejar a los niños al cuidado de su hija mayor. Dice que el miedo la acompaña desde que sale de casa, antes de las cinco de la mañana, las nueve horas que dura en la línea de producción de aspiradoras aspiradoras y durante el largo trayecto de regreso.
Conoce de sobra las historias de niños muertos en accidentes.
“Todo el tiempo pienso que sí estarán bien, trato de dejarles comida hecha ya nomás para una calentada. Me preocupa la estufa, hablé mucho con ellos, les dije que no estuvieran moviéndole y que no se salgan pero éste, el chiquito (y señala a Juan) se me sale mucho aunque le digo que se lo van a robar. Me voy preocupada pero tengo que trabajar, estoy sola, si dejo de trabajar quién les va a dar de comer”.
No sabe cómo podría mejorar su vida. Tarda un buen rato en plantearse lo que nunca había reflexionado.
“Me gustaría no tener que entrar tan temprano, entrar poquito más tarde, como a las siete, así ya dejaría a los niños levantados, y me gustaría salir a las tres, y que no me descontaran tanto cuando tengo que faltar porque están enfermos, porque me rebajan mucho, como 250 de las 630 que gano a la semana”.
Reflexiona unos segundo y agrega: “Pero esto es imposible. A ellos nomás les importa sacar su producción”. Al menos, no en Juárez.

TESTIMONIO
La abuela Maripaz Alcalá volvió a ser madre durante cuatro meses; los mismos que vivió con la niña de un año que le regaló su vecina Elizabeth Herrera.
Recibió a su nueva hija acompañada de un recado: “Les dejo a mi hija Maritza Jasmín porque yo sé que con ustedes ba a estar mejor porque ustedes sí le pueden dar lo que yo no puedo. Cuidenmela mucho y háganla muy feliz”.
La abuela recuerda que Maritza llegó muy sucia y con la panza hinchada por tanto parásito.
“Me la mandó mala del estómago, sin zapatos, con una calceta nada más y con una panzota que la tuve que desparasitar porque hacía de popó pura arena con tierra”, dice la mujer de 55 años quien, al momento, muestra la tosca carta redactada en una hoja arrancada de un cuaderno escolar.
Con la otra mano muestra el teléfono celular donde tiene la foto de Maritza cuando recién llegó y otras de la transformación de la bebé cuando estaba bien cuidada.
Esa ni fue la única hija que Elizabeth regaló. El mismo día, la vecina entregó a Miriam, su pequeña de tres años, a una hija de doña Maripaz.
“Esa otra llegó con sus pies con hongos, con un mameluco orinado de varios días y el carro quedó oloroso, haga de cuenta que metimos a un borrachillo. Andaba sin calcetines, descalza, comía tierra o los desperdicios que encontraba. Ese día estaba toda mojada, con los tenis llenos de arena”, recuerda.
A los cuatro meses, Elizabeth se arrepintió de lo que hizo y fue por las niñas. Ya Miriam había sido registrada como Brigite Alejandra, y tenía fotos de estudio y juguetes color rosa, y Maritza se había convertido en Yoselin.
“Me da mucha tristeza que se la haya llevado porque sé que cuando no las puede cuidar las deja con una vecina borracha, sé que cuando llueve les cae la lluvia en la cara porque tiene su casa con hoyos, y sé que ellas lloraban de hambre, por eso me las regaló. Un día la niña de 3 años nos dijo que hay un señor que la toca cuando va a mear y cuando las íbamos a regresar la niña mayorsita decía: ‘No me dejes con Chapela porque no me da de comer’. Pero tuvimos que dársela”.
Una carta le queda de recuerdo de la despedida: “Siendo las 12 del día se hizo la entrega de la niña Maritza Jasmín a la señora Elizabeth Herrera (…) dicha niña se encuentra en buenas condiciones físicas, cuenta con un año nueve meses de edad ya que dicha mamá se dedicaba a labores de trabajo y no podía atenderla”.

RECUADRO, LAS POSIBLES SOLUCIONES:
“No hay soluciones fáciles, se tienen que concertar con determinados actores para generar condiciones para la infancia y juventud. Serían: inversión en desarrollo de políticas sociales; programas educativos, culturales y estrategias de prevención: creación de estímulos fiscales a empresas dispuestas a armonizar familia y trabajo, que hagan jornadas de trabajo más cortas para mujeres con hijos pequeños y tengan esquemas flexibles de trabajo; equipamiento de la ciudad para que tenga ofertas culturales y de ocio; programas educativos menos convencionales para jóvenes”.