Periodista Social

Un ejército contra las minas

In General on Agosto 10, 2008 at 9:40 am

Bajo la tierra que rodea a sus casas o a todo su pueblo, en vez e cebollas o tomates, están enterrados estos “soldados” asesinos. Dispersos en la malza hay objetos de metal que los niños confunden con bates de béisbol, pero resultan ser explosivos y matar. En los caminos las señalizaciones son rojas y tienen rotuladas calaveras blancas. Es la alerta para impedir el paso a los lugares donde hay minas antipersonales.

En la austera casa con puertas y ventanas abiertas hay un teléfono público pocas veces usado a estas horas de sofoco; una mujer que mira hastiada la calle de tierra ardiente y, en una pared, un colorido póster donde se ve a Supermán a pleno vuelo con una niña en brazos y a la Mujer Maravilla que con su lazo mágico jala a otro niño hasta elevarlo por los cielos.
Parecen tan contentos, superhéroes y niños juntos, de esquivar rayos.
Esta impresión desaparece cuando uno lee el mensaje impreso en el afiche que, como broma ácida, advierte: “Supermán y la Mujer Maravilla han venido a ayudar a los niños de América Central, pero aún cuando ellos no puedan estar aquí tú puedes mantenerte a tí y a otros a salvo de las minas terrestres. ¡Corre la voz, las minas matan a los niños! PELIGRO”.
Visto a detalle se entiende que los superhéroes salvaron a los niños de morir despedazados por la mina terrestre recién activada que explota simultáneamente al rescate. Abajo, tres números teléfónicos invitan a llamar para aclarar dudas en Honduras, Nicaragua y Costa Rica, los países sembrados con esta amenaza.
Esta es la realidad de Wiwili y de los municipios nicaragüenses colindantes con Honduras que en la década de los 80 fueron territorio de los enfrentamientos entre el ejército del izquierdista gobierno sandinista y los contrarrevolucionarios financiados por Estados Unidos. Eran tiempos de la guerra fría.
Ambos bandos, para repeler todo ataque enemigo y evitar que les siguieran los pasos, enviaron a la guerra a su mejor arma, al “soldado perfecto”, aquél que no comía, no tomaba agua, no desfallecía por el sol, no se movía de lugar; siempre atento, nunca fallaba un golpe, ni siquiera dos décadas después: la mina antipersonal.
Las zonas preferidas por los guerreros para enterrar estos explosivos fueron cuevas, picos de cerros, bodegas de alimentos, centros de abastecimiento, silos metálicos, plantas de energía, torres de control, puentes, caminos, pueblos, las fronteras, los aeropuertos y puntos militares.
Oficialmente, hasta mayo, cerca de 873 nicaragüenses habían sufrido accidentes con minas antipersonal y artefactos explosivos, según los registros del Programa de Asistencia al Desminado en Centroamérica de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Al día de hoy los habitantes de 16 municipios y dos regiones autónomas siguen compartiendo la misma amenaza: bajo la tierra que rodea a sus casas o a todo su pueblo, en vez e cebollas o tomates, están enterrados estos “soldados” asesinos. Dispersos en la malza hay objetos de metal que los niños confunden con bates de béisbol, pero resultan ser explosivos y matar. En los caminos las señalizaciones son rojas y tienen rotuladas calaveras blancas. Es la alerta para impedir el paso a las zonas minadas.
En 1990 había 138 mil minas bajo el pellejo de Nicaragua. 138 mil reportadas oficialmente porque la guerrilla no dejó registros. Hace cuatro meses se había retirado y destruido el 88 por ciento del arsenal. El compromiso internacional es que este año el país quede libre de minas, y en eso parece ocupado el Ejército.
El Huracán ‘Mitch’ dificultó la promesa pues al pasar por estos lugares jaló consigo tierra maldita sobre tierra limpia, y algunas zonas libres de minas dejaron de serlo.
La amenaza sigue tan viva que en pueblos como Plan de Grama, del estado de Jinotega, o Jalapa, de Nueva Segovia, se ven mantas colgadas con leyendas como ésta: “Las minas y artefactos explosivos matan… no los toques”.
Por esas tierras fronterizas, las historias de los accidentados son cosa corriente. Está, por ejemplo, la de José Ramiro, el niño que encontró en el campo un ‘chunche’ tirado. Cursioso, estrenó el nuevo juguete. Al poco tiempo se aburrió. Camino a casa sintió la explosión que mató a sus cuatro hermanos y a él le arrancó el brazo.
O la de María del Carmen Reyes, la niña de 12 que se quedó sin pierna cuando tomó un atajo para llevarles el lonche a sus hermanos.

ESA COSA QUE ESTÁ EN EL TECHO
Por las noches, Amada Duarte no podía dormir. Mucho menos las noches cuando había partido de fútbol en la cancha del pueblo, ubicada puerta afuera de su casa. A veces, en vez de cerrar los ojos miraba al techo de zinc esperando la detonación mortal que no ocurría.
El insomnio apareció el día que un vecino descubrió que el “adorno” de la cornisa de su casa –parecido a un telescopio viejo y oxidado— era en realidad un poderoso lanzagranadas.
“Quiera Dios que no vaya a ser una cosa fea. Me da miedo que pueda reventar eso y que quiebre a alguien porque ahí dormimos abajo”, me dijo la mujer de la comunidad Plan de Grama, con gesto entre desesperado y resignado, mientras esperaba la llegada de lo soldados a los que había pedido auxilio.
Tenía 50 años, y un gesto entre desesperado y resignado. Hablaba con voz baja, no se acercaba por nada a la parte maldita de su casa. Como si así conjurara el peligro. Como para no despertar de su sueño a la bestia.
Aunque los militares desactivaron del peligro, la muerte ronda cerca de estos pueblos, husmea en los calzoncillos de sus habitantes. Al grado de que los adultos ya le perdieron el respeto.
“Algunos tienen temor (a los explosivos), pero otros tienden a jugar con ellos, a trasladarlos al interior de su casa. Los ponen encima de la televisión, en la sala como reliquia o en la cocina como adorno pues desconocen que existen cargas adicionales que no explotan al momento. Se ha incrementado el riesgo de explosivo por los artefactos dentro de casas, pues personas que se consideran expertas los llevan a casa”.
Lo dice Wanda Obando, la encargada por parte de UNICEF del programa de información y educación para la prevención de accidentes en Nicaragüa.
A lo largo de la entrevista, le sobran anécdotas sobre la familiaridad con la que la gente trata a los explosivos, como el caso de la señora que colocó uno en su cocineta de barro, como adorno, y se quemó el cuerpo. Al menos corrió con suerte; 75 de los accidentados no han sobrevivido para dar testimonio.
La pelirroja funcionaria muestra algunas fotos como evidencia: una, del placard de un hombre que alberga un artefacto explosivo entre sus rastrillos, sprays para pelo y cosas personales; otra, de un artefacto de guerra hallado en el granero de una familia.
La que más indigna a Obando es la foto de un campo con verde maleza crecida y tupida, donde se ven cintas amarillas de plástico tiradas al suelo, como las que suelen ponerse en las escenas de un crimen de las películas de Hollywood.
“Tenemos un problema fuerte y es que la gente reventó los rótulos que indicaban el peligro. Algunas personas las quitan por diversión”, dice sin ocultar su enojo.
Comenta entonces que un mes antes un hombre se metió a ese campo donde alguna vez hubo señalización y cintas amarillas. Nomás pudo avanzar un metro cuando una mina ya le había triturado una pierna.
“Los niños campesinos son los que más riesgos corren de ser víctimas de una explosión por una mina o un artefacto explosivo. Son el grupo más vulnerable por su naturaleza inquieta, curiosa y por el desconocimiento que tienen. Ellos observan a la gente que habla de las minas con tanta familiaridad y escuchan mentiras de gente que dice que se paró en una mina y no le pasó nada”, explica.
Así como los niños son las frecuentes víctimas de esta guerra del pasado, son también quienes están cambiando el desenlace de esta pesadilla.
Si no, basta asomarse a Plan de Grama, uno de los sofocantes pueblitos del municipio de Wiwilí, para descubrir lo que ahí ocurre. Habría que entrar a la casa de la familia Palacio Lanza, buscar en su cuarto a José Antonio –un niño de 12 años, ojos verdes y curiosidad desbordada– y pedirle que explique cómo provocó el punto de quiebre de esta historia. O al menos, en su comunidad.
José Antonio no lo hizo solo, es integrante de un ejército de 42 niños reforzados por 22 adultos. Y de un ejército más amplio, formado por mil 497 líderes comunitarios, maestros, adolescentes y niños en 192 comunidades de su estado natal.
Él visita casa por casa de su pueblo, con la misma terquedad y entusiasmo que lo hiciera un Testigo de Jehová, para dejar plantada una idea, la misma que llevaban plasmada en su playera y en su gorra: “Sigamos por el camino seguro”.
“Señora, ¿tiene 10 minutos?”, es la pregunta con la que el niño y su compañero de colegio se introducen en las casas ajenas. Y cuando capta la atención, comienza su charla.

LLENO DE SOLDADOS PERFECTOS
A pueblos como Plan de Grama se llega en un camión de redilas. Los pasajeros hacen fuerza con los brazos, todo el camino, para no resbalar por las tablas puestas en lugar de asientos y que parecen embarradas de mantequillas. L as subidas son tan empinadas que en cualquier momento cualquiera puede salir impactado hacia un barranco.
Al momento de llegar, lo primero que se ve, como si fuera escenografía de fondo, es el verde y arbolado cerro Wamblancito. Hace dos décadas el Ejército dejó ahí 522 minas enterradas. Esa es, al menos, la cifra de los explosivos reconocidos.
En el cerro hay unos hombres vestidos como Robocop. Son soldados en plena labor de desminado.
Observándolos de lejos, José Antonio explica lo que diariamente los ve hacer: primero, uno de ellos se introduce entre la maleza del cerro con un aparato detector de minas; si suena, toca el turno al “sondeador”, quien con unas tijeras corta la tierra para ver si, efectivamente, el objeto identificado es una mina. Si no es falsa alarma, un tercero la hace explotar.
Aunque los reportes indican que hasta mayo de este año el ejército nicaragüense había desactivado 258 mil minas, los militares todavía tienen la tarea que encontrar 22 mil que siguen ocultas. 22 mil, de las conocidas.
En pueblo como Plan de Grama o Jalapa, el ejército de niños –uniformados con camisetas y gorras, armados con rotafolios, y de dos en dos por el camino— hace también su tarea.
Cuando en una casa le dan autorización, José Antonio comienza la explicación:
–Los caminos seguros son los que usa la comunidad, si usamos esos sí vamos a llegar a casa. Hay gente haragana que cree que decimos que es minado por hacerlo caminar más, y se va por ese camino costo y se da cuenta del erró cuando ya es tarde. El camino seguro se hizo para nosotros, pero si me voy al monte hay bastante mina, si paso por el camino para ir a la laguna.
Poseído por su papel, el pequeño maestro muestra el mapa amplificado de Nicaragua lleno de puntos rojos. Cada punto, señaliza un lugar maldito. Uno representa a Wiwilí. A Plan de Grama.
La estrategia de su compañera de fórmula, la cartoceañera María Luisa Peralta Gómez, es comenzar con una pregunta ‘gancho’:
–Señora, ¿conoce alguna de estas? –suelta mientras muestra las fotografías de las minas y los artefactos explosivos regados por la región.
Enganchadas con el reto, las amas de casa que acceden a este tipo de charlas generalmente responden que aquella cosa metálica se parece a la “porrita” con la que juegan los niños béisbol y sus hijos dicen que aquella otra parece una ‘chuncha’ de ésas que pegan hojas (engrapadora) o que la de en medio es igual a una lámpara.
–No. Es una mina. Si la encuentra cuidadito la vaya a tocar, venga por mí o llámele al Ejército –es la contestación que da la adolescente casa por casa.
Y con la frialdad de una experta va señalando las fotos impresas y explicando: “Este es Pon-2… esta es una granada saltarina… esta es una granada de mortero… estas son granadas de mano… este es tiro de bala… este es manipulante y este es el seguro de la granada… estas son balas de AK… para hacerlo explotar si tenían ocupada la mano la mordían y rápido la lanzaban, al caer explota, tiene capacidad de matar a las personas que estén en un conjunto”.
La chica morena que alterna sus estudios con el trabajo y gana algo así como 1 dólar por servir todo el día en una casa ajena, tiene esos mismos dibujos en la pasta de su libreta escolar.
En la mayoría de las casas las explicaciones de los niños fueron son recibidas, aunque, de algunas salen con mal sabor de boca.
“No en todas las casas nos quieren recibir y en unas nos han dicho que ellos sabían más que nosotros, que qué les vamos a enseñar, que cuando no habíamos nacido ellos ya estaban en la guerra”, explica María Luisa apenada, como si ella fuera la culpable del desdén.
Aunque la guerra terminó cuando ella nacía, no le era ajena. Uno de sus recuerdos de cuna es una balacera. Otro, cuando descubrió que vivía sobre terreno explosivo pues su mamá le suplicaba que caminara con cuidado, que mirara dónde pisaba, que nunca tocara un objeto desconocido. Desde niña el miedo la acompañó en sus paseos.
José Antonio también está familiarizado con la guerra, pero a él si lo tocó la desgracia: una mina mató a su papá. De esto nunca habla.
Quizás por el accidente, este niño que tiene la piel llena de rasguños y cicatrices viejas y recientes que denotan sus vagancias infantiles, interpreta con tanta pasión su rol de educador comunitario. Y presume ser el mejor de los informadores, el que ha memorizado todo y más. Lo dice como si se le fuera la vida en ello.
–¿Qué pasa si piso una mina? –le pregunto.
–Le puede quitar cualquier miembro de su cuerpo, sus manos, sus pies, puede quedar ciego o con heridas en el cerebro, y le puede quitar la vida –responde rápido.
Mira el horizonte. Estamos sentados afuera de la cancha de fútbol donde vive doña Amanda. De fondo tenemos al cerro Wamblancito. Enumera historias de personas que han quedado sin brazos o piernas por “aventarse” minas. Habla del toro que pasó por el cerro Don Calixto, donde hace ‘añales’ nadie pasaba, pero nomás cruzó la alambrada explotó en pedazos. De la granada de mortero amarrada al techo de zinc de la casa del campo de béisbol. Del viejito que no quería decir dónde vio una mina y cuando lo convencieron de que denunciara ubicó un hoyo con 340 minas.
“Viera a las víctimas”, dice como impresionado, y por primera vez en la plática a su frase la acompaña un gesto de tristeza. “A una niña que vi le quedaron nomás puras cicatrices; un hombre quedó sin talón; otro con la pierna ‘charneleada’ de una mina saltrarina; a otro le quedó un ojo blanco; otro no tiene una mano. Esas personas no pueden trabajar, no pueden dar sustento a la familia”.
–¿Qué debo hacer si me accidento? –le pregunto.
–Por ejemplo, si yo voy con mi hermanito y si él pisa una mina, aunque me duela debo dejarlo ahí solo, avisar a mis padres o al Ejército. No debo tratar de rescatarlo porque una mina nunca está sola: donde hay una hay otras cinco o 10. Nunca debo meterme. Sólo el Ejército sabe como sacarla y revisa que quede libre de minas– responde con la frialdad de un científico, pero algo pasa por su mente que traga saliva.
Oscurece, los niños tienen que regresar a casa. María Luisa a la posada que limpia hasta media noche y con cuyo sueldo mantiene a su familia. José Antonio con su mamá y su hermanito que ya lo esperan.
Además, es mejor regresar antes de que anochezca totalmente, para ver por dónde y qué estamos pisando. Para no errar el camino y escuchar el ¡click! mortal.
“Cuando se acabó todito Nicaragua quedó minado. Por el Ejército y la Contra muchos inocentes han caído. Ahora que está el programa de desminado tenemos fe de que todo quede limpio”, pronuncia como últimas palabras José Luis antes de emprender camino a casa.
Los veo alejarse –confiados, sin miedo– por el camino principal del pueblo, rodeado de casas donde ya cumplieron su misión de brigadistas. Cuyas puertas quedaron marcadas con pósters en los que se ve el mundo feliz que los niños predican, el del camino seguro.
En estos carteles no hay superhéroes salvadores. Sólo dos niños corriendo hacia su escuela, seguidos de un joven campesino, un ama de casa con una carga de ropa al hombre y un hombre sosteniendo un saco. Al fondo una persona pasea en un caballo. Todos parecen felices, caminando por el sendero correcto.
Los rodea un prado verde, lleno de árboles frutales, flanqueado por montañas. En medio hay una zona árida cercada con cintas amarillas y un letrero rojo (Peligro Minas No Entre Manténgase Alejado) con una calavera pintada que, ahora sí, nadie traspasa.
Esta historia no se ha acabado en Nicaragua. La misma comienza ahora mismo en otros pueblos donde el camino todavía no es seguro y los niños irán, casa por casa, a enseñar a la gente por dónde hay que transitar.

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