En 1947, el médico-escritor-funcionario-activista-especialista-brasileño Josué de Castro se quejaba de la falta de bibliografía sobre el hambre.
En su libro “Geografía del Hambre” escribió que si se hiciera un estudio comparativo del hambre con otras calamidades sociales que azotan al mundo –llámese guerras, pestes o epidemias— verificaríamos, más de una vez, que la menos debatida, la menos conocida en sus causas y efectos, es precisamente el hambre.
Afirmaba que por cada mil publicaciones referentes a los problemas de la guerra, se cuenta con una sobre el hambre, pese a que los estragos producidos por esta última calamidad son mayores que los de las guerras y epidemias juntas.
Este experto escribió una crónica durísima y bellísima, titulada ”El ciclo del cangrejo”, en la que aborda la desgracia del hambre y traduce a los lectores el drama de los habitantes de los manglares que conoció en su infancia. Narra la situación de hombres, mujeres y niños que sufren para encontrar qué comer. El relato me estremece, y creo yo que es un ejemplo perfecto de una crónica breve, completa y poética, que explica causas y consecuencias del hambre, que toca explicaciones biológicas, sociales, políticas; el ciclo completo de la miseria.
Ayudada por mi amiga Jacquie, lo traduje como pude del portugués, pero esta versión se entiende.
EL CICLO DEL CANGREJO
Por Josué de Castro
La familia Silva vive en los “manglares” de la ciudad de Recife, en un “mocambo” que el jefe de familia hizo cuando llegó de cima. La familia es originaria del desierto. Dejó Camiri durante la sequía, perseguida por el hambre. Hizo una paradita en Brejo para intentar el trabajo de las fábricas, mas no se pudo sostener con los salarios de esa zona, sin tener derecho a plantar siquiera caña. Sin tener, ni al menos el recurso del xiquexique y de la macambira, como en el desierto, para cuando el hambre apretase.
En ese tiempo esparcióse por el interior un rumor de que el gobierno había creado un ministerio para defender los intereses del trabajador y que con los cuidadores de la ley, la vida en la ciudad era una belleza, el trabajador ganando tanto que daba para comer hasta matar el hambre. La familia Silva oyó esa historia, la creyó piamente y resolvió bajar para la ciudad, para gozar de las ventajas que el gobierno bueno ofrecía a los pobres.
Luego de la llegada la familia vio que la cosa era otra. No había duda de que la ciudad era bonita, con tanto palacio y las calles fervilhando de automóviles. Pero la vida del obrero, apretada como siempre. Mucha cosa para los ojos, poca cosa para la barriga.
El caboclo Zé Luis da Silva no se quiso desanimar. Se adaptó: “Quien no tiene remedio remediado está”. Entró en la lucha de la ciudad con todas las fuerzas que disponía, mas sus fuerzas no rendían para dar a la familia una casa para vivir, ropa y comida. Casa sólo de 80 mil reales para arriba, para comida unos 150 y los salarios sin pasar de los 5 mil reales por día.
Comenzó el arrocho. Sólo había una manera de despertar: era caer en el mangle. En el mangle no se paga casa, se come cangrejo y anda casi desnudo. El mangle es un paraíso. Sin el color rosa o azul del paraíso celeste, pero con los colores negros de la lema, paraíso de los cangrejos.
En el mangle el terreno no es de nadie. Es de la mar. Cuando ella se enche, se estira y se espreguiza, alaga la tierra toda, mas cuando ella baja y se encoge, deja descubiertos los calombos más altos. En uno de esos, el caboclo Zé Luis levantó su mocambo. Las paredes de varas de mangle de lama amasada. La coberta de plha, capim seco y otros materiales que el monturo fortalece. Todo de gratis encontrado alló mismo, en una franca camaradería con la naturaleza. El mangle es un camarada. Da todo, casa y comida: mocambo y cangrejo.
Ahora, cuando el caboclo sale de mañana para el trabajo, ya el resto de la familia cae al mundo. Los niños van pulando do jirau, abriendo la puerta y cayendo al mangle. Lavan las lagañas de sus ojos con el agua barrienta, hacen porquería y pipí, allí mismo, después entierran los brazos lama adentro para atrapar cangrejos. Con las piernas y los brazos enterrados en la lama, la familia Silva está con la vida garantizada. Zé Luis va para el trabajo tranquilo, porque deja a la familia adentro de la propia comida, enterrada en la lama fervilhante de cangrejos y siris.
Los mangles de Capibaribe son el paraíso del cangrejo. Si la tierra fue hecha para el hombre, con todo para bien servirlos, también el mangle fue hecho especialmente para el cangrejo. Todo ahí, es, fue o está para ser cangrejo, inclusive la lama y el hombre que vive en ella. La lama mezclada con orina, excremento y otros residuos que la mar trae, cuando aún no es cangrejo, va a ser. El cangrejo nace de ella, vive de ella. Crece comiendo lama, engordando con las porquerías de ella, haciendo con lama la carnita blanca de sus patas y la jalea verdosa de sus vísceras pegajosas. Por otro lado el pueblo de ahí vive de atrapar cangrejos, chuparle las patas, comer y lamer sus cascos hasta que queden limpios como un copo. Y con su carne hecha de lama hacer la carne de su cuerpo y la carne del cuerpo de sus hijos. Son cien mil individuos, cien mil ciudadanos hechos de carne de cangrejo. Lo que el organismo rechaza, vuelve como detrito, para la lama del mangle, para volverse cangrejo otra vez.
En esta placidez de charco, identificada, unificada en el ciclo del cangrejo, la familia Silva va viviendo, con su vida solucionada, con una de las estapas del ciclo maravilloso. Cada elemento de la familia marcha dentro de ese ciclo hasta el fin, hasta el día de su muerte.
Ese día los vecinos piadosos llevarán aquella lama que dejó de vivir, dentro de un cajón para el cementerio de Santo Amaro, donde ella seguirá las etapas de semilla y de flor. Etapas demasiado poéticas, llenas de una poesía que el mangle no comportaría. Partiendo aparentemente, ese día, el ciclo del cangrego, mas los parientes que quedan, derraman caridosos sus lágrimas en el mangue para alimentar la lama que alimenta el ciclo del cangrejo”.
Muy bueno.