Por Marcela Turati/Enviada por Excélsior
Esta es la historia de la ciudad donde un granjero tiene un pozo que dejó de dar agua y extrae petróleo. Una urbe cuyo cuerpo de bomberos acudió varias veces a apagar el río porque ardía en llamas. Cuyas calles amanecían con cadáveres de pájaros que se desplomaban al pasar por su cielo. Donde una nube verdosamarillenta roció con veneno para plagas a 16 mil personas que, desde entonces, quedaron marchitas y enfermas.
Es un lugar donde se desarrolla la historia fatal de tres niños que eligieron irse de pinta a los cerros aledaños y se calcinaron en un monte de ácidos industriales. De la familia que, para calentarse del frío, robó maderas del patio de una fábrica de plaguiocidas y se convulsionó con los gases de la combustión. De multitudes de niños con bronquitis que sangran al respirar y se encierran en casa cuando huele feo.
Ciudad donde cada tanto se reeditan peleas, cuerpo a cuerpo, de personal del municipio contra plagas de moscos salvajes y de lirios acuáticos.
Todas esas vivencias confluyen en Salamanca, Guanajuato: ciudad-veneno por excelencia. Urbe con un olor característico a ajo-huevo podrido-cadáver insepulto-azufre-amoniaco-insecticida-drenaje-cebolla y tóxico, considerada la campeona nacional en contaminación ambiental.
Los salmantinos consiguieron el título para su ciudad a base de las descargas por aire, agua y tierra “cortesía” de sus sucias paisanas: la refinería de Pemex; la termoeléctrica de la Comisión Federal de Electricidad; Tekchem, la fábrica de pesticidas prohibidos en otras partes del mundo; las productoras de asfaltos, solventes y otros químicos.
El ingeniero ambiental de la universidad de Guanajuato, Joel Berlín Izaguirre, la equipara con Londres. No por su belleza; por su peligrosidad. Dice que comparte caracteristicas que tenía la ciudad europea en 1952, cuando más de 4 mil personas murieron asfixiadas por la contaminación ambiental.
“Nos quieren comparar con la ciudad de México, pero en Salamanca se da una situación diferente. Es como la de Londres porque aquí también hay dióxido de azufre y partículas suspendidas en el ambiente (Imecas), pero por suerte no ha habido humedad y bajas temperaturas como allá”, dice el ex director ambiental del municipio y miembro del consejo que se dedica a medir la calidad del aire.
El resultado es un cóctel venenoso que incluye mortandad masiva de peces y aves, y ciudadanos enfermos que se quejan de que el cáncer es una epidemia, aunque los funcionarios estatales y nacionales siempre lo niegan.
“Es obvio que sí hay un problema grave de cáncer en la población, pero las autoridades no pasan la información. Ellos no registran en el acta de defunción de las personas que murieron de cáncer, sólo escriben que mueren de paro cardiaco”, denuncia el diputado local Luis Alberto Camarena Rougón, presidente de la comisión estatal de Medio Ambiente.
En este reportaje encontrará las Siete Pesadillas que convirtieron a Salamanca en un cochinero y que ocasionaron la declaración del secretario de Salud, José Angel Córdova Villalobos -hace dos fines de semana– de que el combate a la contaminación que padecen los salmantinos no puede postergarse más.
Y, de ser preciso, incluirá el cierre de la refinería de Petróleos Mexicanos.
1. LOS POZOS CONTAMINADOS CON HIDROCARBUROS
En 1998, una llamada de emergencia llevó al entonces director ambiental del municipio, Joel Berlín, a la escuela “Jaime Torres Bodet”, la de los Padres Agustinos, donde los bebederos arrojaban agua lechosa que sabía y olía a diesel.
Encontró que si alguien echaba un cerillo, el tinaco podía incendiarse. Y que el problema no era propio de la escuela, pues se reproducía en varias de las casas cercanas a la refinería.
En “La Granja Verónica”, por ejemplo, el señor Anghbe comenzó a extraer combustible en lugar de agua, del pozo casero que tiene en la huerta de su casa.
“En 93 el pozo empezó a dar una solució blancusca que olía a hidrocarburos, por eso se empezaron a meter escritos a Pemex, pero desde el 87 ya habíamos dejado de tomar agua de ahí. Estuvo viniendo el personal de coontraincendios, todos los días se echaban de tres a cuatro horas extrayendo agua y la regresaban a la refinería para separar el agua del aceite”, dice el dueño de la granja.
–Entonces, usted podía haberse hecho rico-se le comenta.
–Posiblemente, pero como no nos daban permiso para extraer no pudimos explotarla. Y cuando venía Pemex a veces ni la luz que utilizaba (en la motobomba) pagaba.
Salía negro-negro, como si fuera petróleo destilado.
Investigando las causas por las que el drenaje de la refinería se había mezclado con el agua de los pozos cercanos, las autoridades municipales descubrieron que los drenajes industriales de Pemex y posiblemente de otras compañías se habían roto a causa de una falla geolgíca y su contenido se había escurrido a los pozos que los colonos bebían.
“Encontramos que desde 1980 hasta 1998 se rompieron ductos (…) Pemex fue el responsable indirecto: hay hundimiento de suelo por sobreexplotación de aguas y se rompieron tuberías, la falla rompió drenajes de Pemex y su contenido se trnasportó por el subsuelo y los llevó a estos pozos”, dice Berlín.
En el 2000, el municipio clausuró tres pozos. Algunos de estos -a decir del especialista– tenían “productos más peligrosos”, “no solubles” como benceno, tolueno o bentilcenteno.
El vocero de Pemex en la región, Alfonso García Moreno, acepta que hubo una fuga pero niega la información. Dice que -”por sentido común”– la gente no bebe agua con sabor a gasolina durante años y señala que el escurriemiento duró un par de días y de inmediato se remedió tapando los pozos que, según asegura, después fueron rehabilitados.
Como muestra de su dicho entrega un papel con logotipos de la CFE y PEMEX en el que indica que en el año 2005 “el espesor de producto libre” (hidrocarburos) en el acuífero era de cero a cinco centímetros sobre el agua. “A la fecha es prácticamente nulo”, escribe al calce del documento.
El ingeniero Berlín, en cambio, señala que el escurrimiento duró años. Asegura que hay pozos -como el que está ubicado cerca del cuarteado Restaurante-Bar que lleva el atinado nombre de “La Falla”-que todavía dan combustible.
“El pozo tiene más de siete años, y todavía registra cinco, cuatro metros de diesel y gasolina por encima (del agua). La duda es por qué sigue sacando. La falla se sigue moviendo”, dice.
2. EL AGUA DE LA LLAVE QUE HACE DAÑO
El empresario Clemente Tornero Soto cerró el balneario que tenía en el kilómetro 11.5 en la carretera Salamanca-León porque el agua salía con espuma y muy salina. En 1998 clausuró su molino de trigo (“Harinera Industrial del Bajío”) porque detectó que el agua con la que inyectaba el proceso estaba contaminada. Ese mismo año cerró su empacadora “El Ciprés” porque se rehusaba a lavar los nopales con “agua envenenada con plomo”.
El caso del ecologista y empresario es común en esta ciudad, donde las aguas superficiales también están contaminadas. Pero, en diferentes grados.
Según el ingeniero ambiental Joel Berlín, los habitantes de comunidades como El Cajón o Los Prietos se quejan de que tienen muchos casos de leucemia, y que animales se han muerto después de beber agua de los riachuelos.
Asegura también que el agua salmatina tiene arsénico.
“Un 70 por ciento de los pozos de Guanajuato tienen porque Guanajuato un estado mineralizado con alra producción de roca mineral y tiene metales, entre ellos arsénico, que es muy factible de encontrar en muchos pozos que surten agua a comunidades o surten a ciudades. Pero aquí el problema no es grave como el de una comunidad de Irapuato”, asegura.
3.RESPIRANDO DIÓXIDO DE AZUFRE Y VANADIO
Cada mañana al despertar, antes de que le dé tiempo de persignarse, la señora Victoria Martínez aspira el olor de “la hediondez” y vuelve a la realidad. Mecánicamente se levanta, humedece toallas y las coloca en las puertas y ventanas de su casa, ansiando que contengan algo del mal olor.
Los mecheros de la refinería y las chimeneas de la termoeléctrica funcionan las 24 horas del día. Encima de ellos se ven nubes que envuelven a la ciudad en una neblina que huele a azufre.
Desde que se levanta, Victoria comienza a padecer su sintomatología rutinaria: lagrimeo, tos, dolor de cabeza y afonía. A media tarde ya está de mal humor.
“Nos enfermamos mucho de la garganta por la contaminación del agua y del aire. Las fábricas echan sus humos en la noche y también vierten todo al río y cuando hace calor todo se evapora. Hay meses que a mi niño lo llevo al doctor cada ocho días, siempre, siempre, por la garganta y el doctor me dice que es por la contaminación. Por la contaminación tengo que usar lentes”, se queja.
Durante la entrevista -en el local de abarrotes en penumbras, lleno de niños que juegan a las maquinitas — no deja de tallarse la nariz y de toser, al poco tiempo ya está llorando de la rabia. Dice que se ha organizado con otras amas de casa para marchar a la Presidencia Municipal y exigir que detengan la contaminación, pero nadie ha puesto fin al pestilente azufre que se percibe en el ambiente.
“De repente se viene la contaminación, y cuando los niños la huelen se vienen corriendo a las casas a encerrarse. No los dejamos salir, preferimos que se queden dentro viendo tele”, dice la mujer de la colonia San Juan de la Presa.
Durante 2006, uno de cada diez días la contaminación superó los límites establecidos por las normas oficiales de calidad del aire. El año pasado fueron 34 días en los que los salmantinos respiraron tóxicos dañinos a la salud, a pesar de que ley establece prohíbe que se rebase más de un día al año.
De acuerdo con Semarnat, cada día se lanzan al aire, en promedio, 309 toneladas de dióxido de azufre y 35 de partículas contaminantes. En noviembre de 2004, las inmediaciones de la termoeléctrica parecían fosa común de pájaros que murieron envenenados.
“Se hizo un estudio que muestra que los jóvenes de aquí tienen más ancho el tórax, mayor masa pulmonar para compensar la falta de oxígeno por el monóxido de carbono y las combustiones vehiculares e industriales”, dice el investigador de la Universidad de Guanajuato, Joel Berlín, integrante del patronato que monitorea la calidad del aire.
“La incidencia de asma es de cuatro a uno en Salamanca que en otras ciudad.”, dice el presidente de la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados federal, Ector Jaime Ramírez.
Otro de los estudios indican que aire y tierra están llenos de vanadio, metal provocado por el uso de combustóleo durante medio siglo, el cuál genera daños cardiacos, renales y al sistema nervioso.
El vocero de Pemex en la zona, Alfonso García Moreno señala que el problem del aire sucio no proviene únicamente de la refinería, y señala que los automóviles, las otras infustrias y la termoeléctrica también emiten partículas al aire.
Dice que Pemex ha respetado las normas de calidad de aire y que desde que comenzó el Programa Pro -Aire, la ciudad nunca ha tenido una contingencia ambiental, “sólo precontingencias y son pocas”.
4. EL RIO FLAMABLE Y PLAGADO
El carro de bomberos intentaba sofocar las llamas que viajaban encima del río Lerma, en su paso hacia Michoacán. Le echaban agua al agua para apagarla. La escena, que parece sacada del Apocalipsis, ocurrió varias veces la década pasada y -según algunos vecinos ribereños-todavía sucede.
“Los cuatro accidentes de quemada del río que a mí me tocó enfrentar fueron responsabilidad fue de los drenajes de la ciudad que echaba al río solventes”, dice Joel Berlín, quien fue director de Medio Ambiente del municipio de 1998 al 2003 y trabajador de Pemex en el área de control de pruebas ambientales.
Los incendios parecen ya superados. El problema más común es que el Lerma, en su paso por Salamanca, se convierte en una alfombra de lirio. El espejo de agua se percibe entonces sólo donde los tubos escupen aguas presumiblemente tóxicas provenientes de la hidroeléctrica, la refinería, las curtidoras de pieles o las fábricas de pesticidas.
A la vera del Lerma hace picnic la familia Martínez Martínez –madre, tres hijas, ocho nietos. Este año lo pueden hacer, el pasado tenían que espantarse el agresivo mosco cúlex que se convirtió en plaga y enemigo público número uno de los salmantinos. Los niños tenían en el cuerpo piquetes rojos como granos y tenían que defenderse de los ataques a base de insecticidas.
“Hace tiempo lo andaban apagando unos bomberos por allá y yo pensaba cómo se va a quemar el río si tiene agua, y luego pensé ‘pues cómo no, si tiene diesel’”, razona María Martínez, la de 29 años, madre de dos de los ocho chiquillos que corren a la orilla del río, donde fueron reubicados por el municipio.
Los días de calor, el río hede “como a drenaje, a azufre, a amoniaco, como a guayaba, como si ahorcara, a huevo… horrible, horrible”, describe Guadalupe, la hermana soltera de María.
Otra vecina del río, la anciana Zenaida González tiene también comentarios dice que en sus 60 años de vida nunca se le ha ocurrido tocar el agua del río porque lleva agua “prieta, muy fiera” y dice que puede indicar la ubicación exacta de los desagües de Pemex y Tekchem.
La alta contaminación del agua engendró personajes como los empleados del Consejo Técnico de Aguas (Cotas), especialistas en la lectura de manchas que viajan por el río. O como el ex director ambiental del municipio, Joel Berlín.
“Si es color arco-iris son solventes de talleres o alguna pipa que descargó directo al río. si es café son aceites que también se le pueden haber ido a Pemex. Si son negras son plastas de combustóleo que normalmente son de la CFE. Si todo el río es negro viene de la zona industrial Cortazar-Villagrán. Si es verde es porque contiene Nitrofenol. Si es roja, se le salió a Univex”, explica el experto.
5. CHERNOBYL A LA GUANAJUATENSE
Siete de la tarde. Una nube grisácea de 10 toneladas de productos químicos utilizados para fabricar plaguicidas se alza sobre Salamanca. El oloroso vapor a ajo podrido impregna a cuanto salmantino se encuentra en las calles aledañas a la explosión.
“La explosión me agarró en la calle y me impregnó toda de malatión. No podía ver, me sentía mareada, veía borroso, sentía piquetes en la cabeza. Todavía hoy sufro las consecuencias”, dice Gloria Barrón, vecina de la fábrica de plaguicidas “Tekchem”, antes llamada “Fertimex”, quien se marea seguido, como si estuviera embarazada y tiene una sinusitis aguda, como sus hijos.
Los habitantes de la colonia San Juan de la Presa no supieron qué hacer. Los que estaban en su casa salieron a la calle, intentando huir, y respiraron el tóxico. Los que estaban en la calle corrieron a casa, y tragaron más veneno. Uno de ellos fue el universitario Leonardo Alvarado que al llegar a su casa se desmayó. Comenzó a vomitar. Recibió varias trasfusiones de sangre para rebajarle la contaminada. No pudo terminar su carrera. Todavía hoy se siente débil.
Pero es afortunado, varios de sus vecinos tienen cáncer o ya fallecieron.
Horas después se sabría que el tóxico fugado se llama malatión, un hidrocarburo saturado de fósforo y que su uso está prohibido en Estados Unidos y otros países.
El accidente que cambió la vida de los colonos de san Juan de la Presa, Nativitas, Obrera y el Pitayo, con casi 16 mil habitantes, ocurrió el 12 de septiembre del 2000.
Afectó a personas como el albañil Miguel Angel Martínez, quien desde entonces usa manga larga y gorra, porque le salen manchas blancas en la piel. Del puro respirar comienza a sangrar de la nariz.
Nunca ha sido revisado por un doctor, no ha tenido dinero para ello.
Según el tiempo de exposición, el malatión provoca dolor de cabeza, anorexia, debilidad, vértigo, miosis, visión borrosa, vómitos, retortijones estomacales, lagrimeo, sudoración, disnea, constracción muscular, fiebre, pérdida de control de esfínteres, y -en casos extremos– convulsiones, shock y fallas respiratorias.
6. LOS DESECHOS A CIELO ABIERTO
El 6 de mayo 1998, tres adolescentes de una secundaria de Salamanca se fueron a pinta a los cerros cercanos. Uno de ellos no regresó.
Fernando Rangel, el que iba adelante del grupo, niño de 14 años, resbaló en el lodo y murió asfixiado y quemado por ácido sulfúrico. El amigo que iba detrás intentó rescatarlo pero comenzó a sentir que las piernas se le quemaban y quedó atrapado.
El tercero fue el que alcanzó a salir y pedir ayuda.
Fernando Rangel quedó sumergido en fango químico de la empresa Fertimex, también conocida como Tekchem. Una de las que tiran sus residuos a cielo abierto.
Según datos de la Cámara de Diputados, para diciembre de 2006 la empresa había contaminado 114 mil toneladas de suelo con residuos peligrosos de insecticidas clorados (como malatión y paratión) y generado 20 mil toneladas de lodos ácidos y residuos peligrosos, y están depositados al aire libre.
El reporte señala también que la empresa que fabrica plaguicidas como el DDT, hexaclorobenceno, toxafeno y endrín, prohibidos en muchos países, tiene en sus terrenos 57 mil toneladas de fertilizantes químicos heredados.
La organización ecologista DAME dice que el del Cerrito de la Cruz no fue el único accidente que ha ocurrido.
“Tenemos grabado el testimonio de una familia que se llevó maderos de Tekchem a su casa, para calentarse. Una de sus hijas murió, comenzó a convulsionarse y la otra se quedó sin habla, como con discapacidad intelectual, y tiene ataques. La familia nos dio su testimonio pero estaba tan asustada que no quiso presentar denuncia”, dice Maura Vázquez, una de las dirigentes de la organización.
7. EL SILENCIO GUBERNAMENTAL
En Salamanca no pasa nada. Nadie muere de cáncer porque no hay ningún reporte público que lo certifique. No hay más enfermos que los normales. O, al menos, eso han dicho las autoridades.
Ambientalistas, diputados, investigadores y ciudadanos han solicitado por años que se divulguen los resultados de las investigaciones sobre los riesgos a los que están sometidos, pero sus reclamos no tienen respuesta.
“La CNA hizo monitoreo de agua, lo malo es que no entrega resultados”, dice el dueño de la “Granja Verónica”, donde el pozo comenzó a dar combustible en lugar de agua.
“Los médicos particulares han manifestado el aumento de esto. Spolo ellos porque el sector salud siempre ha querido ocultar. Algunos de Pemex han determinad muchos casos de leucemia en niños y lupus”, dice Joel Berlín, ingeniero ambiental de la Universidad de Guanajuato.
“Los estudios que se han hecho no se han dado a conocer”, dice la ambientalista Maura Vázquez, de la organicación DAME.
“(Las autoridades estatales) siempre dicen que Salamanca está igual de contaminada que las otras ciudades del Estado”, denuncia el diputado Camarena Rougón, del Partivo Verde.
“Nos han hecho muchos estudios pero nunca nos han trído los resultados”, dice una de las amas de casa de la colonia afectada por la fuga de Tekchem, que Greenpeace consideró el desastre ambiental más importante del año.
Ante la desgracia, en ese y otros siniestros, los funcionarios actuaron como apagafuegos.
El subsecretario estatal, Sebastián Barrera, dijo que no había motivo de alarma.
El alcalde sugirió a la gente beber leche para disminuir el efecto del tóxico, aunque con leche se fija el tóxico al organismo.
El hermano del entonces gobernador y secretario de Protección Civil del Estado, Eduardo Romero Hicks, afirmó que el malatión es poco tóxico y el cuerpo lo desecha rápidamente.
El vocero de la empresa. Pablo Ortiz, dijo que el malatión es “ligeramente tóxico”, pero que no se registró ningún aborto, muerto, personas graves o bebés con malformaciones.
El director del Instituto Estatal de Ecología, Raúl Arriaga, dijo que el accidente no fue grave y que la sustancia se desintegra en un día y sale completamente del organismo.
El secretario de Salud estatal, Carlos Tena dio por cerrado el caso, a la semana del siniestro, y dijo que “sería ocioso” dar seguimiento médico a los afectados.
Los diputados Salvador Marquez y Beatriz Hernández pidieron la reapertura de la planta y sugirieron entrenar a los vecinos para enfrentar ese tipo de contingencias.
Sin embargo, la toxicóloga Lilia Albert sospecha que los dueños de la empresa ocultaron la presencia de otras sustancias en la nube tóxica porque -según su experiencia- el malatión no tiene las propiedades de dejar los autos oxidados, como ocurrió. Incluso, todavía hoy los postes de luz de las colonias aledañas a la fábrica se oxidan y constantemente tienen que ser cambiados.
En un gesto de interés hacia Salamanca, el Gobierno del Estado ubicó en esa ciudad la sede de la Procuraduría de Protección al Ambiente del Estado y del Instituto de Ecología. Pero, ¿de qué nos sirve tener las oficinas aquí si no hay justicia ambiental, si no se respetan las normas ambientales?”, se pregunta la ecologista Vázquez.
(Publicado en Excélsior en 2007)
Marcela,
Ha sido un gustazo descubrir tu blog hace un par de semanas. Creo que ya me lo leí la mayor parte y bueno, confirmo que hay temas tan actuales que hacen que los escritos bien escritos no los hagan parecer antiguos, caso Contaminación en Salamanca.
Además del gusto, tu blog ha sido un voltear a ver mis ganas de hacer periodismo aún cuando ya había “decidido” dejarlo por la paz.
Gracias!
(desde el bonito-León-guanajuato!!!)
snm