El caso más extremo que conocí fue el de Marcelo Canellas, un brillante reportero brasileño que durante tres años insistió a sus jefes que lo autorizaran a hacer un reportaje sobre el hambre en Brasil; ellos negaban el permiso porque, le decían, los televidentes están cansados del tema.
Después de escuchar mi historial, el editor que se interesó en mí para que colaborara en su revista no seguía tan convencido de que yo pudiera darle las historias que quería. Él sentía que los temas sociales que yo llevaba en mente no combinaban con las fotos de los modelos que posan junto a autos de lujo, varoniles fragancias y corbatas de moda.
Hubo un silencio incómodo en su oficina.
“Yo quiero historias de pobreza tipo Hollywood. No me interesa publicar sobre los pobres de la esquina, quiero historias como Sierra Leona o el tsunami asiático”, me explicó exasperado.
Nunca conseguí colaborar en esa revista. Su definición de “pobreza tipo Hollywood”, de primeras, me pareció descarnada y me dio muchas vueltas en la cabeza, pero con el tiempo la agradecí porque sintetizaba lo que muchos editores buscan y no saben explicar.
No pocas veces me he topado con colegas periodistas frustrados porque sus historias sobre barrios marginales repelen a su editor. Es un tema estigmatizado en las redacciones latinoamericanas.
El día que su terquedad los venció y accedieron, Canellas hizo un trabajo tan revelador que ganó los principales premios de periodismo nacionales e internacionales.
“Todo tema conocido puede mostrarse como novedoso según la manera cómo lo presentes”, me dijo años después.
Los editores, como la mayoría de los ciudadanos, se acostumbraron a convivir con la pobreza, la piensan como karma y destino, la ven como una condición natural del país y no como anomalía.
Ellos, como muchos lectores, en cuanto se topan con la foto de un niño famélico se blindan y en automático dan vuelta a la página y se dicen “eso ya lo sé”.
En un país como México, donde cinco de cada diez habitantes vive en la pobreza, la necesidad de contar historias sociales no es acuciante, sino ineludible.
¿Por qué? México es la novena economía mundial pero ocupa uno de los primeros lugares en desigualdad en repartición de riquezas; en el país cohabita el hombre más rico del mundo y cinco millones de personas que se van a dormir con el estómago vacío.
Muchas veces me he preguntado por qué, si la desigualdad es un tema central, los medios de comunicación lo tienen proscrito.
Con esa incógnita en mente viajé varios meses por México y Latinoamérica, leí periódicos y revistas, visité redacciones, entrevisté colegas, hablé con editores, charlé con activistas sociales y concluí que los periodistas somos parte del problema
RECETA PARA ESCRIBIR SOBRE POBREZA
¿Quiere escribir sobre pobres? Siga esta infalible receta:
El texto debe arrancar con un niño con la panza hinchada por las lombrices, al que le escurren los mocos por la nariz, está descalzo y lleva una camiseta de mugre. En su defecto, tiene que aparecer una mujer, de preferencia indígena o extranjera, lamentándose a todo pulmón de su desgracia. Entre más drama, mejor.
Le sigue la descripción del pueblo o el barrio donde están ubicados, acompañado de todas sus necesidades. El próximo paso es documentar las carencias con porcentajes (que si el 68% de sus habitantes no tiene luz o el 90% carece de agua) y respaldarlas con los dichos de alguna autoridad –llámese cura, alcalde o trabajadora social—que confirme la pobreza del lugar.
Después de enumerar las múltiples desgracias de esa gente, ensaye las descripciones más escatológicas y reseñe las anécdotas más terribles. Remate con la más triste. Y ya está listo.
Si siguió al pie de la letra las instrucciones, felicidades, seguramente provocó el llanto de algún lector.
Esta receta que compartí es la estructura que he encontrado en la mayoría de los textos que he leído sobre el tema.
Los reportajes son miopes: describen una sola comunidad y no la región en conjunto; agotan una anécdota sin contextualizarla, sin meterla a escala para dimensionarla. No abordan el tema como fenómeno social, todo se queda en una desgracia individual a manera de “reality show”.
Esa miopía desvincula las decisiones políticas o económicas que desgraciaron a comunidades o regiones enteras y acentúa en el lector la idea de que la pobreza no tiene causa, lógica o solución. En vez de informar, desinforma.
LOS AUTOGOLES DE LOS PERIODISTAS
“Los chicos de la calle son cada día más numerosos y violentos. Forman las divisiones inferiores de la delincuencia. Mendigan, roban, trafican drogas y se prostituyen, regenteados por mayores”(fragmento de reportaje)
“Algunos locos. Casi todos alcohólicos. Otros, con problemas de adaptación. Otros, simplemente, pobrísimos (…) Los ‘sin techo’ o ‘deambulantes crónicos’ son aquellos a los que en algún momento de su vida, y sin que nadie sepa por qué, se les produjo un click interior y deciden cambiar de vida”(fragmento de reportaje)
“Nomás nos queda ir al cielo, señor, para que se acabe tanto sufrir, tanto penar, tanto dolor”(fragmento de reportaje)
El problema no siempre es la insensibilidad del editor ni el lector que se tapa los ojos. Los fragmentos que coloqué anteriormente son una muestra de lo que se publica diariamente en la prensa y reflejan algunos vicios del periodismo de la pobreza.
*Es lacrimógeno, intenta hacer llorar en vez de explicar el fenómeno.
*Victimiza a las personas pobres, las despoja de derechos, las describe como objetos sin voz propia para hablar de sus problemas y no como sujetos constructores de su propio destino.
*Las descripciones se basan en las carencias, en lo que los hace “diferentes” a nosotros. La conclusión final es: “pobres pobres”.
*La información se basa en declaraciones de “personas autorizadas”, como funcionarios, curas, monjas, trabajadoras sociales.
*Tiende a sacar conclusiones fáciles para explicar la noticia y reproduce prejuicios como pobre- víctima, sexoservidora-culpable, indígena-flojo, negro-delincuente.
*La noticia está plagada de estadísticas despojadas de sentido que no ayudan a entender.
*Es anecdótico, se basa en la tragedia de unos cuantos pero no la dimensiona como un fenómeno social que afecta a muchos.
*Vuelve héroes a personas externas que, cn esfuerzos solitarios, intentan “salvar” a la comunidad. Prefiere a esos héroes solitarios en lugar de colectivos organizados. Si un pobre se rebela, es pintoresco y hasta admirable. Si lo hace un colectivo, es tratado como un problema de seguridad nacional.
*Deja la impresión de que la pobreza es natural, que no tiene causa y tampoco solución. El discurso es inmovilizador.
* Culpabiliza a las personas pobres de su situación y no revela las estructuras injustas y las decisiones políticas y económicas que reproducen la miseria.
*Se queda en la mera denuncia y no le interesa la rendición de cuentas. Carece de seguimiento sistemático que provoque un cambio, un debate o una nueva ley.
*La información no se mete al terreno de la búsqueda de soluciones o de casos de éxito que alumbren caminos de solución.
NO ES DAR VOZ A SIN VOZ, ES RECONOCER SU DERECHO A LA EXPRESION
Doña Neusi era una mulata delgada, de huesos duros y 84 años, a la que conocí en la villa miseria brasileña “Zero Horas”, donde las calles parecían laberintos llenos de perros salvajes. El predio había tomado el nombre del periódico con el que compartía terreno. La encontré cuando yo hacía un reportaje sobre el presupuesto participativo en Porto Alegre y la gente la señalaba a ella como ejemplo de superación personal y liderazgo.
“Yo no tengo un título de licenciada, sólo tengo bajo el brazo el título que me dio la vida porque conozco lo que es la miseria”, me dijo en su casa de madera: un pasillo sin adornos con un sillón, una mesa y una pared falsa que separaba otro ambiente donde tenía un colchón.
–¿Y qué es la miseria?—le pregunté.
–Miseria es tener que cagar dentro de una lata y luego tirar la lata por ahí, donde se pueda; miseria es que una rata muerda el chupón del biberón de tu bebé; es tener que ir a trabajar y dejar a tus hijos en la calle porque no hay guarderías– contestó como si supiera el concepto de memoria.
Su respuesta me pareció más significativa que las teorías de los organismos internacionales o las entidades de gobierno que califican el grado de pobreza con base a un ingreso impuesto a rajatabla (uno o dos dólares al día, según quién mida) o al acceso a ciertos servicios.
Pero las mediciones son engañosas y tienen sus trucos.
Si la línea de medición de la miseria fuera de uno o dos dólares, se mentiría diciendo que en Japón no hay indigentes. Pero, por las noches toda una camada de jóvenes nipones desempleados rentan cabinas de internet y pasan la noche encerrados en un cuarto estrecho, sin ventilación, sentados frente a una computadora. Tienen lo necesario para pagar ese asiento y no dormir en la calle. Enferman de la columna, por la mala postura. Aunque no están a la intemperie son indigentes. No viven en la calle; escapan a las estadísticas. Tampoco hay estadísticas para todo.
Como reporteros debemos de saber los trucos locales para desmontar las estadísticas con las que los gobiernos camuflajean la pobreza.
En México están más que medidos los pobres rurales, los que siembran maíz y están atenidos al capricho de las lluvias, que viven en permanente estado de desnutrición y tienen la mitad de su familia en Estados Unidos; pero hay escasas mediciones sobre los nuevos pobres urbanos que habitan los cerros que rodean a las grandes urbes, fundan casas en zonas sin servicios básicos y viven aterrorizados por las violentas pandillas que aparecen en sus colonias por causa del desempleo.
EL ENGAÑO DE LOS RANKINGS
A los gobiernos, las instituciones y los organismos internacionales les encanta sacar anualmente sus ‘rankings’ de la pobreza en los que, repentina e inexplicablemente, el municipio más pobre de la lista mejora 100 posiciones sin explicación de por medio.
Cada tanto se publicitan nuevos estudios que prometen haber encontrado el método perfecto para medir la pobreza y para decirnos, ahora sí, dónde están los habitantes más olvidados y excluidos y de qué carecen. Y que sólo nos enredan más que al principio.
El municipio que la ONU declara hoy el más pobre casi nunca coincide con el que anuncia el gobierno federal o el estatal o la academia, y entre todos se contradicen.
Si en octubre, por ejemplo, el nuevo municipio más pobre de México era Cochoapa El Grande, Guerrero, para febrero el cetro lo había recuperado Metlatónoc, el histórico sinónimo de la marginación y Cochoapa había sido enviado a la segunda división y ocupaba el lugar 101 de la lista. O San Martín Peras, de ser el segundo más necesitado, por un decreto burocrático dejó de figurar en el listado; como si milagrosamente hubiera remontado en menos de un año el lugar número 18 de entre los mexicanos que más mueren por pobreza.
Es absurdo. Los mexicanos estamos tan obsesionados con los ‘rankings’ de la miseria, que en todas las universidades que se precian de ser importantes hay especialistas en la materia que se autodenominan “pobretólogos” y, muchas veces, han acuñado un lenguaje que enreda más al entendimiento de la pobreza como fenómeno.
Un día declaran que los sin techo ya no deben ser llamados así, sino personas en situación de pobreza patrimonial y en todos sus estudios utilizan esa jerga. O que ya no existen los hambrientos sino que ahora sólo hay personas en pobreza alimentaria. O que los excluídos del trabajo son del tipo de pobreza de capacidades.
Sé que el lenguaje estigmatiza, crea cultura popular, discrimina y condena a las personas, pero también creo que al usar los conceptos de escritorio, el lenguaje pierde fuerza, la pobreza se desdibuja y la denuncia no llega a calar. Y en esto hay que encontrar un justo medio.
Los reporteros publicamos notas sobre estudios con resultados contradictorios y jerga confusa, que resultan inintelegibles.
Rara vez pisamos la calle para entender y explicar lo que es la pobreza, y qué implicaciones y rostro y voz tiene. Rara vez preguntamos a señoras como doña Neusi, que posiblemente ganan más de un dólar al día pero no tienen guardería dónde dejar a sus hijos, cuál es su definición de la pobreza y cómo se autodefinen.
Medimos a las personas con la miope vara del dinero que ganan y posiblemente de la comida que se llevan a la boca pero pocas veces nuestras investigaciones se ocupan de los derechos que todas las personas tienen a la buena alimentación, a una vivienda digna, a la salud y a la educación de calidad, al medio ambiente sano, a vivir sin violencia, al tiempo de hocio, a elegir el propio destino o a hacer el amor.
Ya lo dijeron antes: No sólo de pan vive el hombre.
LA SOBREDOSIS DE CIFRAS
En muchas ocasiones las cifras no ayudan, estorban. Si no tienen un referente contra el cuál medirse y revestirse de significado, los números pueden llegar a confundir.
¿Importa mucho si en La Montaña de Guerrero, la región donde se concentra la miseria en México, el 50 o el 70% de la gente desarrolla su vida sobre pisos de tierra?
Si nos hemos acostumbrado a que los más pobres no tengan encementadas sus casas, el embarrado rápido de cifras no hace la diferencia. No incomoda. Las notas no reflejan si los porcentajes se refieren a mucho o poco, si la situación mejoró o empeoró con los años.
No es lo mismo indicar que en Metlatónoc, la capital de la miseria mexicana, las paredes y los pisos son de tierra, a traducirle al lector que eso significa.
El indígena mixteco, Ramiro García, que hace algunos años impartía clases de higiene en el municipio, fue mi traductor de cifras. Me explicó que que vivir sobre piso de tierra es sinónimo de que los bebés que apenas gatean vivan con diarreas, vómitos y calenturas por toda la tierra sucia que se meten a la boca; de que las paredes de adobe sean nido de abejorros negros, alacranes, arañas cafés o lagartijas que muerden y hacen doler los huesos y la cabeza, y matan a los niños más pequeños.
Las cifras, si no van acompañadas de significado, de referentes, de equivalentes, pierden dimensión. Sólo con equivalentes las denuncias sobre la pobreza toman justa dimensión.
EL ROSTRO DE LA MISERIA
¿Cómo se describe a una persona pobre? ¿Siempre desde su sufrimiento o carencia?
El año pasado, en un taller de periodismo narrativo, el escritor Juan Villoro daba luces al respecto con una frase: “Los pobres tienen derecho a tener sus neurosis”.
Así, explicaba que no hay que hacerlos héroes o víctimas, que lo mismo alguno es enojón, otro avaro, otro bonachón, otro simpático, otro dramático, otro vividor, y todos tienen derecho a ser humanos, a no ser estereotipados y a tener un mal día.
UN PROBLEMA DE ESTRUCTURA
Los estudios sobre la prensa coinciden en que los periodistas se refieren a las personas pobres, que son la mayoría de la población latinoamericana, con un “distanciamiento casi hostil”; en cambio, a los más ricos los describe con simpatía.
Hacer una buena cobertura de los problemas sociales significa, por ello, mirar y pensar distinto a lo acostumbrado: ir a contracorriente de la clase social en la que nos criamos y zafarnos muchas veces de las pretensiones de la empresa mediática para la que uno trabaja.
El problema de esta mirada viciada no es exclusivo del periodista, es estructural.
En la universidad se enseña únicamente el periodismo cupular, deportivo, económico o de farándula y no un periodismo ciudadano que sepa investigar los temas de interés público y su efecto en la sociedad, que sepa a tratar con personas de a pie y sus problemas.
En su articulo “No hay peor ciego que quien no quiere ver”, el periodista indio P. Sainath señala que, a medida que la publicidad manda en los medios de comunicación, los artículos sobre la vida ordinaria de la gente desaparecen de la prensa a ritmo acelerado.
“Hay corresponsales a tiempo completo para cubrir moda, glamour, diseño e ¡inclusive para decirle al lector adónde ir a comer! (…) En una sociedad donde menos de 2% de la población tiene inversiones, un diario no especializado en temas financieros tiene 11 personas dedicadas a cubrir negocios. Ninguno tiene un periodista encargado de seguir en forma permanente los temas de pobreza, desempleo o vivienda”, denuncia.
Y explica: “Cuando los medios de comunicación obedecen sólo a la exigencia de multiplicar sus utilidades, es muy difícil que puedan ponerse al servicio del interés público”.
LOS “GUETTOS” PERIODISTICOS
Una funcionaria responsable de las políticas de desarrollo del país decía: “A la política social le ha tocado atender a los damnificados de la política económica y servir de ambulancia”. Y le faltó decir que, a semejanza del gobierno, los periodistas sociales nos hemos dedicado a contar pobres y sus dramas.
Pocas veces hemos hecho trabajos arqueológicos para encontrar y señalar el origen de la miseria, para ubicar la decisión económica o política que arrojó a un colectivo a vivir en pobreza, para ponerle causa al “reality show” lacrimoso del día.
El periodismo está descoyuntado.
Las notas sobre los problemas sociales aparecen aisladas, lejos de las decisiones políticas o las inversiones en la bolsa (aunque en la bolsa se jueguen las pensiones de los jubilados de cuyos dramas hablamos en las notas sociales).
Las notas sobre la pobreza nacen y mueren sin generar ninguna otra reflexión posible mas que la pobreza es producto de la mala suerte, del karma. No tiene causa, ni fin, ni culpables, sólo víctimas.
La prensa pretende ignorar que hay decisiones políticas y económicas que pueden llevar a una persona o a un colectivo a ser pobre. Y que la pobreza es la suma de distintos factores de riesgo: entre más factores acumule una persona, más riesgo tiene de caer en la pobreza.
En un contexto de desempleo, por ejemplo, los jóvenes sin experiencia laboral son algunas de las primeras víctimas. Y acumulan pérdida de oportunidades quienes, además, estudiaron en escuelas de baja calidad o viven en un barrio con fama de violento o sin servicios básicos, o tienen que invertir más de lo que ganan en transporte público o su mamá estaba desnutrida a la hora de parirlos. Cada factor cuenta.
En Argentina, por ejemplo, después de la crisis del 2001 se creó una nueva clase de indigentes: eran varones adultos que empezaron a poblar parques. Llamaban la atención porque se les veía viviendo a la intemperie vestidos con sus trajes todavía presentables. Eran hombres que no podían ocultar su pinta de clasemedieros ni su charla culta, pero que habían abandonado sus hogares para no convertirse en una carga para sus familias y porque sentían vergüenza de su desempleo.
Ellos, los adultos mayores que tenían deudas bancarias porque habían establecido un negocio o pedido dinero en dólares o ampliado su casa o enfrentado una enfermedad familiar, fueron los blancos de esa crisis.
Si no mencionamos los factores de riesgo, las causas, el vínculo a las decisiones politicas o económicas no desnudamos en nuestras notas la trama social y las estructuras injustas que propician que en México la pobreza sea destino.
POR UN PERIODISMO QUE BUSCA REBELARSE
Los retos para hacer un mejor periodismo social son muchos y requieren enfrentar estructuras.
Implica cambiar de mirada, ir a contracorriente de la propia educación y los prejuicios, investigar mejor y más a fondo, introyectar otra narrativa y luchar contra la superficialidad que exigen la mayoría de las empresa mediáticas.
Es necesario encontrar una nueva manera de hacer lo que llamamos “periodismo social” o “ciudadano”, y ensayar maneras distintas de elaborar la información.
Hacer una cobertura seria, que aborde temas estratégicos, sea consistente y terca en cuanto a seguimiento, que explique las causas y aborde soluciones, que se refiera a derechos y no a dádivas, que aporte elementos para la reflexión, mueva a la acción y provoque cambios sociales.
La intención no sólo es denunciar, también anunciar las maneras en que la realidad puede ser cambiada.
Escribir sobre la pobreza no es un asunto de buen corazón y bonita prosa, es de profesionalización y de método. De lo contrario reforzaremos la idea de que la pobreza es natural y que la única información que vale la pena son las notas de pobreza tipo Hollywood.
Querida Marcela, revisa este texto que nomas no se puede leer bien, sale cortado y es una làstima. Un abrazo