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Un ejército contra las minas
In General on Agosto 10, 2008 at 9:40 amBajo la tierra que rodea a sus casas o a todo su pueblo, en vez e cebollas o tomates, están enterrados estos “soldados” asesinos. Dispersos en la malza hay objetos de metal que los niños confunden con bates de béisbol, pero resultan ser explosivos y matar. En los caminos las señalizaciones son rojas y tienen rotuladas calaveras blancas. Es la alerta para impedir el paso a los lugares donde hay minas antipersonales.
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EL DRAMA DE EPIFANIO LABRA (ASUNTO DE USOS Y COSTUMBRES)
In General on Marzo 4, 2008 at 6:12 am
En las comunidades mixtecas que viven en la sierra que comparten Oaxaca y Guerrero, los matrimonios son negociados en una transacción comercial, llamada dote, en la que la novia no interviene. El precio por una esposa puede ser de 25 litros de aguardiente o hasta de 50 mil pesos, y se pueden tener tantas mujeres como se pueda pagar y mantener
LA CIUDAD DE LOS NIÑOS SOLOS
In General on Enero 25, 2008 at 2:43 amEjércitos de niños y niñas caminan entre tolvaneras de arena gruesa que se levantan en las colonias donde aparecen cuerpos de mujeres asesinadas. Se les ve en parques de cemento grafitteado; vagando con pandillas de adultos; mirando la calle a través de la ventana de la casa donde los dejaron encerrados; jugando fútbol hasta que anochece; caminando por el centro desconcertados porque hace poco estaban en Veracruz o Estados Unidos, o, solitas, caminando entre dunas para llegar a la tienda.
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SE VENDE MUJER PARA MATRIMONIO
In General on Mayo 10, 2007 at 10:11 amEn La Montaña de Guerrero, las parteras acuñaron una tarifa en pago a sus servicios: si nace varón, cobran 800 pesos; si es mujer, 300 pesos, en consolación a la familia.
El dato es un reflejo de lo que vale la vida de las mujeres en la zona más pobre del país, en el México que tiene niveles de pobreza equivalente a países africanos y registros brutales de violencia que no raras veces terminan en feminicidios.
¿QUE PASÓ AL INTERIOR DE LA MINA EL DÍA CERO?
In General on Mayo 10, 2007 at 10:08 am¿QUE PASÓ AL INTERIOR DE LA MINA EL DÍA CERO?
Por Marcela Turati/Publicado en periódico Excélsior
19 DE FEBRERO DE 2006
2:00 a.m. Un ruido seco sale de la panza de la mina. Pum. El siguiente, más fuerte, viene acompañado de un derrumbe. Del cielo caen rocas, vigas de metal, pilotes de madera, tierra.
Cinco toneladas de escombros aplastan al movedor de banda José Manuel Peña Saucedo, lo tiran, lo atrapan de costado en la diagonal 17. Muere por asfixia: una montaña de roca le rompe siete costillas y le oprime los pulmones hasta la muerte. Sus últimas inhalaciones son de aire con polvo de carbón.
En la diagonal 9 queda tendido Felipe de Jesús Reyna, y otros dos o tres compañeros. En los dos kilómetros 780 metros de túnel están atrapados 76 mineros; 65 de ellos para siempre.
Minutos antes de las 2:00 a.m. Dos mil 600 metros adentro de la mina 8 de Pasta de Conchos, de Sabinas, Coahuila, y a 160 metros bajo tierra, 25 mineros están en plena maniobra de colocación del Minero Continuo, la máquina taladradora que extrae carbón.
En ese laberinto el ventilador estaba detenido (había sido apagado ocho horas antes), y el gas metano subía peligrosamente. Ya había rebasado el 1.5% permitido. Ya pasaba el 4% que lo hacía volátil.
Faltaba una chispa para que todo explotara. Una chispa que podía salir de las cajas eléctricas que no estaban blindadas como en las minas más modernas, o que podía ser producida, incluso, por la electricidad de un cabello o el roce de la ropa.
Justo en la diagonal 42, el lugar más alejado y peor ventilado, donde se ha acumulado más gas y concentrado la mayoría de los trabajadores de este tercer turno, están suspendidas las labores del Minero Continuo y su medidor de metano, el que detiene la producción cuando los niveles se disparan e indica que hay que evacuar.
2:00 a.m. y segundos. El tronido seco del fondo de la mina no viaja solo. Un “caldo hirviendo de carbón” lo acompaña. En lo oscuro, Jesús Galván lo ve venir. Por instinto se tapa la cara con las manos. La piel se le derrite; no volverá a servirle la mano. El aire lo empuja y le tumba el casco; el caldo le salpica la frente.
Por cinco minutos da vueltas, llorando del dolor. Se desmaya. Unos rescatistas lo encontrarán más tarde 700 metros adentro de la mina y tres días después despertará en el hospital.
Al mismo tiempo las estructuras se desploman en efecto dominó. El cielo de rocas se desploma sobre 76 hombres.
La endeble estructura de Pasta de Conchos no tenía mallas metálicas en el techo que contuvieran los derrumbes. Era una túnel con marcos de madera y vigas metálicas sin separadores entre sí. Con frecuencia las piedras se desprendían y lesionaban trabajadores.
Carecía de tomas de agua para sofocar incendios y elementos tan simples como botiquín o “cuerda de vida”, la que conduce a la salida cuando todo está oscuro. Los pilotes de madera no ajustaban del techo al piso; los cables eléctricos no estaban resguardados en cajas metálicas; algunas zonas estaban inundadas.
La situación de la mina no correspondía a las ganancias que deja el carbón: 130 dólares la tonelada por 280 mil toneladas extraídas al año. Las ventas acumuladas de Grupo México, al 30 de septiembre de 2006, fueron por 4,490.9 millones de dólares, un 18% mayores a las ventas del mismo período del año 2005.
4:00 a.m. Fermín Rosales despierta y se da cuenta de que está tirado en el piso. Ve tinieblas. Escucha unos quejidos cercanos, alguien más allá pide auxilio. Pregunta a la oscuridad quién está cerca. Ricardo Salazar, Marcos Marín y ‘Morlacos’ Cruz contestan. Se buscan a tientas, razonan en voz alta hacia dónde quedó la salida.
Fermín saca el autorrescatador que lleva consigo y que le dará dos horas de oxígeno. Va palpando las rocas, tentando montones de tierra, la mina deshecha como polvorón. Una peste a quemado viene del fondo y lo impregna todo.
Sale del comedor, camina 100 metros , le faltan otros 500 en subida para alcanzar la salida. Piensa que tiene la espalda quebrada y se acuerda que minutos antes –que cree que fueron dos horas— un golpe de aire lo impulsó contra las paredes y lo dejó inconsciente.
“Morlacos” Cruz Álvarez no reacciona. No entiende qué pasó. No puede incorporarse. Fermín lo toma del brazo, se apoyan y van hacia donde sienten aire.
Pasos adelante Fermín se deja vencer: el dolor en el pecho, la espalda, la cabeza, las rodillas no lo deja seguir. Se asusta al acordarse de que el cable metálico que los sacaría al exterior no funcionaba al inicio del turno.
Descubren que unas luces se acercan y se sientan a esperar el rescate.
Al mismo tiempo, a unos metros. A Marco Antonio Contreras, operador de banda, le cae una viga en el estómago y la pierna, trata de calmarse, escucha gritos de dolor cercanos. Se arrastra con una pierna hasta que topa con lucecitas de cascos y grita: “¡Vengan, atrás hay dos quemados!”, y pregunta si ya sirve el malacate.
Ayuda a sacar a sus compañeros heridos con la experiencia de salvamento que tomó en las minas de Mimosa, de Altos Hornos de México, antes de que su despido.
6:00 a.m. “T-t-engo frío…. m-e-m-e duele todo”, dice Hervey Flores a las personas que encuentra cuando despierta en el hospital.
Recurda el sonido del dinamitazo acompañado por de tanques de gas con fuga, no olvida el olor a quemado.
Una nube negra lo noqueó; le arrancó el caso, le quemó cara, manos y cabello, le flameó los ojos y rastrilló una ceja y lo tumbó al suelo sin conciencia. Cuando reaccionó palpó en la oscuridad fierros y piedras encima de su cuerpo.
Un ingeniero le decía que aguantara, que ya iban a sacarlo.
18 DE FEBRERO, UN DIA ANTES
18:00 p.m. La labor del segundo turno era sencilla: apagar el ventilador auxiliar y quitar las lonas de ventilación para colocar al Minero Continuo en otro cañón. Al apagarlo el aire se espesa. El gas comienza a acumularse y lo hará durante ocho horas.
El procedimiento era de rutina: los mineros ya no diferencian cuándo está prendido el ventilador y cuándo no, ya se acostumbraron a que mientras más avanzaban en el túnel para el corte de carbón, menos aire llega.
Avanzan más rápido que los trabajos para crear un nuevo tiro de ventilación que sea suficiente para airear los 2.6 kilómetros de pasillo. Sus patrones no esperaron los meses que faltaba para que el trabajo estuviera terminado.
22:00 p.m. Antonio sale de su casa rumbo a Pasta de Conchos. Va contento porque es su último día que trabaja.
Por la mañana había ido a misa con toda su familia para darle gracias a Dios porque había librado los peligros que lleva su oficio de minero. Tan animado estaba que había comenzado a planear su fiesta de aniversario de bodas y de cumpleaños, y anotado la lista de invitados.
Pidió a Chavis, su esposa, que ese día se pusiera el vestido con el que se habían casado, pero ella decía que ya no le entraba. Su último día de trabajo sería el último de su vida.
23:30 p.m. Comienza el tercer turno del sábado 18 de febrero.
Los mineros demoran en entrar porque las telesillas, el malacate y algunas máquinas tienen falla; acuerdan parar a las 4 de la mañana para empezar la caminata al exterior previendo que sólo así saldrían a las seis de la mañana, al final del turno, los colegas mayores de 60 años, que tenían que recorrer hasta 3 kilómetros por falta de telesillas.
Los 76 se pierden dentro de la boca mina. El gasero Mario de Jesús Coprdero no baja antes que todos para medir los niveles de gas y autorizar la entrada; en Pasta de Conchos no se acostumbra.
No se sabe si en algún momento detectó que los niveles de metano indicaban que todo era volátil. No pudo salir a dar su versión.
La orden de los trabajadores de ese tercer turno era reinstalar las lonas de ventilación y el Minero Continuo en el diagonal 42, y reencender el ventilador auxiliar. Llevaban ocho horas sin funcionar. Tampoco había metanómetro donde especifica la norma.
15 DE FEBRERO, TRES DIAS ANTES
Los resultados de la medición quincenal indicaban que en el punto más hondo de la mina, el aire ingresaba al 50 por ciento de lo normal. No llegaban los 350 mil metros cúbicos por minuto que la norma oficial establece.
Ese día y los siguientes, los mineros siguieron bajando.
7 DE FEBRERO, 12 DÍAS ANTES
El inspector federal de la Secretaría de Trabajo inspecciona la mina y verifica que la empresa hubiera cumplido las recomendaciones que desde 2004 estaban consideradas como de remediación inmediata.
Entre estas: activar los paros de emergencia a lo largo de las bandas transportadoras; reforzar el sistema de fortificación en el cielo; eliminar vigas dañadas; practicar el repolveo con polvo inerte y hacerlo de manera periódica; activar el paro de emergencia continuo número 1 y colocar válvulas de seguridad faltantes en dos recipientes sujetos a presión”.
No insiste en todas las recomendaciones, como es el caso del uso de polvo inerte que aísla posibles chispazos de carbón y evita que se expandan.
Las toneladas de polvo inerte que Grupo México había comprado alcanzaban para la mitad de la mina, no consideraron que sus trabajadores iban cada vez más hondo y no paraban nunca.
Incluso, cuando los niveles de gas superaban 1.5%, ponían una bolsa sobre el detector del Minero Continuo para que no detuviera la producción.
2005
Altos Hornos de México castiga a sus trabajadores que se rehúsan a ser reubicados de su mina recién cerrada Mimosa 2, porque perderían su antigüedad. Los incluye en una lista negra y sanciona con no recontratarlos hasta el 2007.
Los “castigados” piden trabajo en Pasta de Conchos. Varios son contratados directamente y otros tomados por General de Hulla, la empresa subcontratista que hace trabajos en la misma mina a menor paga.
Por ejemplo, un Operador de Equipo de Producción de Grupo México gana a la semana mil 500 pesos con bono y uno de General de Hulla 700.
Galván estaba entre los despedidos, llevaba 20 años en Mimosa y lo tomaron por poco sueldo en Hulla. En el accidente se quemó las manos.
OTRA VEZ, 19 DE FEBRERO DE 2006
8:00 a.m. Siete mineros maltrechos fueron rescatados e introducidos en ambulancia; cuatro salieron por su propio pie y 65 no aparecen.
En cientos de hogares de la región comienza a sonar el teléfono y a escucharse la misma pregunta: “¿Ayer fue a trabajar tu esposo? ¿Ya escuchaste lo que dice la radio?”
EL DRAMA DE EPIFANIO LABRA (UN ASUNTO DE USOS Y COSTUMBRES)
In General on Mayo 10, 2007 at 10:08 amEL DRAMA DE EPIFANIO LABRA (UN ASUNTO DE USOS Y COSTUMBRES)
En las comunidades mixtecas que viven en la sierra que comparten Oaxaca y Guerrero, los matrimonios son negociados en una transacción comercial, llamada dote, en la que la novia no interviene. El precio por una esposa puede ser de 25 litros de aguardiente o hasta de 50 mil pesos, y se pueden tener tantas mujeres como se pueda pagar y mantener
Por Marcela Turati/Publicado en el diario Excélsior
El drama de Epifanio Labra comenzó aquel día de octubre en que unos policías neoyorquinos golpearon la puerta de su departamento del Bronx y lo encontraron a medio episodio de violencia conyugal. El encorajinado mixteco se resistió a ser arrestado. Argumentó que tenía derecho de pegarle a su mujer, Eleuteria Margarito, de 15 años, porque era una inmadura y le hablaba a otro hombre.
“Yo pagué por ella 20 mil pesos y dos guajolotes”, alegó en valía de sus derechos sobre Eleuteria, pero estas palabras terminaron por hundirlo.
El Distrito de Nueva York lo culpó de compra y tráfico de una menor de edad con el fin de prostitución y violación, violencia doméstica e introducción ilegal al país. El castigo propuesto para el guerrerense de 33 años, por practicar en Estados Unidos los usos y costumbres de su pueblo, fue de 25 años de cárcel.
Durante el juicio “United States of America vs. Epifanio Labra”, el campesino milpero no atinaba a entender su culpa. Él sólo había hecho lo que hicieron sus bisabuelos, abuelos y padres: aunque estaba casado con otra mujer arregló el precio de Eleuteria con la madre de esta, sin consultarla si lo quería por marido, y la golpeaba cuando quería.
No entendía que su error fue haber hecho en Nueva York lo que acostumbraba hacer en Alcozauca.
El caso movilizó a la cancillería mexicana, la comisión nacional para pueblos indígenas, organizaciones sociales, funcionarios de la ONU y preocupados antropólogos. Incluso, una misión de defensores de derechos humanos viajó a la sierra mixteca para entrevistar a los abuelitos de Epifanio.
En Estados Unidos el jurado vio el video en el que los ancianos, desde su rancho, explicaban que la pareja estaba casada bajo las costumbres de la mixteca baja, que Eleuteria lo había aceptado como esposo y lo había extrañado mucho cuando migró a Estados Unidos, que en México habían tenido una relación cariñosa y que su nieto era un hombre bueno.
Luego, los abuelos Labra explicaron eso mismo, en vivo, a un grupo de abogados estadounidenses que los visitó para constatarlo.
En Nueva York, mientras tanto, Eleuteria declaraba en calidad de testigo protegido que ella había sido vendida y que Epifanio la sometía a golpes cuando quería tener relaciones sexuales.
Este caso que dejó boquiabiertos a los estadounidenses, porque avala prácticas que atentan contra la dignidad de la mujer, no es raro en México.
En las comunidades mixtecas que viven en la sierra que comparte Oaxaca y Guerrero, los matrimonios son negociados por una costumbre, llamada dote, en la que la novia no interviene. El precio por una esposa puede ser de 25 litros de aguardiente o hasta de 50 mil pesos, y se pueden tener tantas mujeres como se pueda pagar y mantener.
En ese accidente montañoso que es La Mixteca los niveles de vida son equiparables a los de África Subsahariana, la mayoría de los indígenas no sabe leer y escribir y la violencia contra las mujeres es tan normal que su inclusión hace disparar las estadísticas nacionales.
En lugares como este es normal encontrar a muchos epifanios y a muchas eleuterias.
“EUA VS. EPIFANIO LABRA”
El destino de Epifanio se amacizó a finales de 2001 o principios de 2002 –no recuerda la fecha exacta–, cuando acompañó a su hermano a una fiesta en el vecino pueblo San Antonio de las Mesas, Oaxaca, tras lomita de su natal Alcozauca.
Ahí se encontró con Eleuteria. La niña ya estaba casadera, ya tenía 12 años, la edad ideal para matrimoniarse, la que garantiza que no ha agarrado “mañas” ni ha sido tocada por otro hombre. Pronto, se apersonó con los futuros suegros, negociaron la dote y acordaron que la pagaría al regresar del viaje que haría a Estados Unidos.
Al día siguiente se la llevó de fiado. Él regresó a Guerrero con Eleuteria; su hermano con otra de las hermanas Margarito. Vivieron en la casa del abuelo por unos días y tuvieron sus primeras relaciones sexuales: pronto, él la dejó a cargo de sus dos hijos y se fue a Estados Unidos a reunirse con su primera esposa, otra mixteca, con quien llevaba seis años casado.
En el gabacho trabajó como albañil. Al año regresó a San Antonio de las Mesas a pagar la deuda contraída con los suegros. En menos de un mes, arregló con un coyote para que los cruzara a los dos la frontera, por 3 mil dólares, y en Estados Unidos pagó otros 100 dólares por una identificación falsa que permitiera a Eleuteria volar a Nueva York.
En el Bronx, la pareja procreó a Sergio y a Tania. En octubre de 2005, Epifanio fue detenido golpeando a su esposa.
“Where are you from?… When did you get married?… What is the relation that you have with them?”, preguntó en inglés un policía a Epifanio, al encontrarlo con una quinceañera y dos niños; sus hijos.
Detenido en el Departamento de Policía, Epifanio narró su historia. Entre más detalles daba, más se autoinculpaba sin saberlo.
“Labra dijo que él había golpeado a la Víctima en un par de ocasiones (…) Labra alegó que él nunca golpeó a la Víctima por resistir a sus avances sexuales, que ella sólo la golpeó por ser inmadura y por hablarle a otro hombre”, escribió el agente especial Keith Kolovich, del Departament of Homeland Security Inmigration and Customs Enforcement, en el expediente 05MAG1739, tras escuchar el relato.
Desde una casa de seguridad, Eleuteria narró también su versión de la historia. No queda claro si contaba con traductor del mixteco al inglés.
“ La Víctima dice que Labra regularmente la forzaba a tener relaciones sexuales con él (…) el tipo de fuerza que usó incluía patadas, golpes en las piernas, cuerpo y cabeza”, redactó Kolovich.
Para el agente, la culpabilidad de Epifanio era clara: estando casado compró a una menor de edad (“por aproximadamente 2 mil dólares americanos y un par de pavos”, escribió), la introdujo ilegalmente a Estados Unidos, tenía relaciones sexuales con ella contra su voluntad y la golpeaba.
Una funcionaria de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas entregó a los defensores estadounidenses un alegato antropológico sobre los usos y costumbres en La Mixteca y la tradición dote, con la que intentó salvarle el pellejo al inculpado.
“…Un matrimonio es una alianza entre familias… la dote o pago de la novia, como se dice vulgarmente, no se debe interpretar como una transacción comercial, sino como un elemento simbólico que intenta reparar la ausencia de una hija… una mujer es apta para darse en matrimonio cuando adquiere la habilidad de cocinar y cuidar la casa… cuando aparecen los signos reproductivos de la edad nubil, como son la menstruación y los pechos… ‘a una mujer mayor ya nadie la quiere’”, explicaba en el documento.
De las golpizas ni habló. Esas sí, ni cómo justificarlas. Aunque están penadas por las leyes mexicanas, son una costumbre arraigada.
El caso se resolvió ocho meses después. En 2006, Epifanio salió de la prisión del Condado del Bronx. En La Montaña de Guerrero dicen que regresó a su pueblo de origen, donde hoy vive y siembra maíz. Eleuteria ganó el derecho a divorciarse y a decidir a quién quiere para marido.
EL ALCALDE DE LA R-15
In General on Mayo 10, 2007 at 9:47 amEL ALCALDE DE LA R-15
Por Marcela Turati /Periódico Excélsior
Jesús Velázquez, el alcalde del municipio serrano Guadalupe y Calvo, donde se rumoraba que estaba escondido “El Chapo” Guzmán, carga una metralleta R-15.
Lo hace en la película “Plomo en la Sierra ”, que comenzó a distribuirse la semana antepasada en Chihuahua, donde protagoniza a ‘Chuy’ Castillo, un agricultor pobre caído en desgracia que en el narcotráfico ve la oportunidad de salir adelante.
Transformado en “el malo de la película”, usa armas, carga y descarga mercancía, y se enfrenta a plomazos con judiciales y soldados. El botín, sin embargo, lo reparte entre los más pobres.
El nombre del alcalde, hasta hace unas semanas desconocido, aparece en la cartelera junto al de los actores Erick del Castillo y Rafael Goyri.
“En esta película soy malo de a de veras, yo y Rafael somos los jefes de la mafia, empezamos muy humildes y fuimos creciendo, él como jefe y yo como ayudante o socio, y nos convertimos en jefes de lo que es el narco y nos peleamos contra el Ejército. Es que como el Ejército y unos maleantes me mataron a mi familia cuando andaba yo en mi labor, pizcando maíz, por eso yo supuestamente le entré al negocio malo, tratando de vengarme”, relata emocionado el priista.
La entrevista con este político-revelación se hace en una modesta cafetería del centro de Chihuahua, a donde llegó manejando su troca; ocho horas de camino mediante. Viajó a la capital del Estado a hacer gestiones y para viajar al Distrito Federal a recoger ropa, medicinas, cobijas y juguetes que le donaron para sus gobernados.
Velázquez dice que la invitación a ser actor lo tomó por sorpresa. Ocurrió cuando Goyri estaba filmando “ La Ram Blanca ”, en Guadalupe y Calvo, y lo invitó a ser extra.
“En esa película nomás era colaborador de un protagonista que era de esos malos, yo nomás lo acompañaba a pelearnos en enfrentamientos con la policía judicial, pero me destituyeron: me mataron a media película”, dice risueño.
A punto de iniciarse el rodaje del segundo filme, Goyri lo invitó a ser uno de los protagonistas; un verdadero capo de la mafia.
“En un principio no quería salir, el tema no me gustaba muy bien porque yo pensaba: ‘siendo presidente, cómo voy a estar metido en eso’, y al último pensé que una película es una película y ni modo que vayan a pensar que es cierto eso que estoy actuando”, se justifica.
Velázquez es un hombre de 45 años que tuvo nueve hermanos y es padre de familia. Vivió en su rancho, San Julián, hasta que fue elegido alcalde. No pudo estudiar secundaria (“no hubo oportunidad”, explica). Ahora se presenta como empresario, dueño de un pedazo de bosque y, últimamente, como actor.
–¿Y quién gana en la película? –se le pregunta.
–Nosotros ganamos– responde con una sonrisota; inmediatamente, agrega: “No se crea, se quedó congelada la imagen cuando nos rodearon los militares y empezamos a abrir fuego, y no se supo quién ganó”.
–Entonces el Ejército los mató.
–Nooo, no nos dejamos –alega– se quedó en suspenso, quién sabe qué pasa.
–¿En su municipio hay mucho narco?
–No.
Con la pregunta se le congela la sonrisa. Tarda unos segundos en retomar el hilo de la conversación, se pone triste, deja de comer la gelatina que saboreaba.
“Por eso no quería hacer la película, luego iban a estar diciendo que se hizo porque hay mucha (droga), y no es cierto. Eso es muy delicado. No es ninguna denuncia de lo que no hay. Yo he visto películas como la de ‘El Carro Rojo’, de don Mario Almada, a quien admiro, y un montón que hacen alusión de narcotraficantes, y eso no significa nada. ¿A poco se puede malinterpretar?”, pregunta entristecido.
Se le insiste en el tema, y dice que los recientes operativos antinarcóticos no llegaron a su municipio, porque la gente es pacífica. Argumenta que la locación fue Guadalupe y Calvo porque tiene muchas bellezas naturales, y era una oportunidad para atraer al turismo. Agrega que el suyo es un municipio rural, donde poco más de la mitad de la población son tarahumaras, y hay mucha pobreza y niños desnutridos.
“(Al equipo de producción) les presté facilidades y les indiqué los lugares más bonitos del municipio para que hicieran las escenas. Me dio gusto que eligieran filmar en el municipio para aprovechar para promocionarlo o que interese a algún otro artista en hacer una película allá”.
Aunque su municipio es de difícil acceso, asegura que la película dejó una derrama por el turismo: “Rápidamente noté la afluencia de gente que llegó al municipio con la intención de arrimarse a ver cómo se filma, y esos que se arriman consumen en la tienda, compran, y los de la película ocuparon los hotelitos y restaurantes durante dos meses”.
Eso sí. La prensa local le ha aplaudido que la película muestra paisajes hermosos, como la Presa del Caldillo, las Barrancas del Cobre, la Hacienda del Beneficio, la antigua Casa de Moneda, las Cabañas ‘El Hostal’, la cascada ‘El Chorro de Catalina’, el cerro del Mohinora (“el más alto del Estado”), la presidencia municipal, la plaza y hasta el arco que da la bienvenida a la cabecera.
“Pregúnteme mejor como hice para filmar, cómo me las ingenié para no entorpecer mi labor de presidente”, sugiere cuando le regresa el entusiasmo y, sin esperar, él mismo se contesta: “Desde temprano hasta las 3 de la tarde, mi labor de alcalde, y después las tres grababa las escenas que me tocaban, por eso decían los medios que yo era de día alcalde, por la tarde actor”.
Antes de levantarse de la mesa, el alcalde deja de recuerdo el DVD con los 90 minutos de acción, donde se ve su evolución de indio con jergón encima a ranchero de saco negro con incrustaciones de piel que, cuando quiere, es muy malo y en sus buenos momentos se convierte en un Robin Hood que reparte su botín entre los habitantes de su municipio, que aparecen de extras.
En la tapa se le ve malencarado y con un sombrero blanco como el que trae puesto hoy, aparece también una avioneta, las barrancas y una R-15. En la sinopsis se lee: “La historia refleja una realidad que vive nuestro país. Nuestros personajes se ven en la necesidad de sembrar yerba, y después de una balacera descubren el potencial tan grande que es el narcotráfico llegando a ser los capos de la sierra. El ejército los persigue, desatándose una guerra encarnizada”.
Chuy Velásquez, si se le llama por su nombre artístico, habla también de su futuro artístico: “Me han estado invitando a filmar otras más y he dicho que sí, que más adelante, a ver si hacemos algo pero de otro tema”.
Al final, emocionado, lanza una pregunta: “¿Por qué el interés en entrevistarme a mí? ¿A poco nunca habían invitado a un presidente municipal a actuar? ¿Tuve tanta suerte?”.
Los 37 periodistas asesinados y desaparecidos en México
In General on Mayo 10, 2007 at 9:46 amEn el corte de caja que diversas organizaciones sociales presentaron ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre la situación de las prensa en México hasta mayo de 2007, señalaron que en los últimos siete años 32 periodistas han sido asesinados en el país –2 de ellos durante este sexenio–; cinco están desaparecidos; siete medios de comunicación han sufrido atentados y ningún caso ha sido resuelto. De ellos, sólo una es mujer.
LA CIUDAD DE LOS NIÑOS SOLOS
In General on Mayo 10, 2007 at 9:43 amLA CIUDAD DE LOS NIÑOS SOLOS
Por Marcela Turati
Ejércitos de niños y niñas caminan entre tolvaneras de arena gruesa que se levantan en las colonias donde aparecen cuerpos de mujeres asesinadas.
Se les ve en parques de cemento grafitteado; vagando con pandillas de adultos; mirando la calle a través de la ventana de la casa donde los dejaron encerrados; jugando fútbol hasta que anochece; caminando por el centro desconcertados porque hace poco estaban en Veracruz o Estados Unidos, o, solitas, caminando entre dunas para llegar a la tienda.
Es Ciudad Juárez, la ciudad de los niños solos.
La número uno, da nomber uan, la frontera más fabulosa y bella del mundo a la que canta Juan Gabriel, es la ciudad donde una cuarta parte de los niños no tienen guarderías ni un conocido que los cuide mientras trabajan sus papás.
Cuando los pequeños se despiertan por la mañana no encuentran a nadie en casa y se alistan ellos mismos para ir al kínder o a la primaria. Regresan y pican algo o se aguantan el hambre. Salen a la calle a buscar compañía. Hacen tiempo esperando que regrese papá o mamá, quienes, de tan cansados que salen de las maquiladoras, les hacen compañía con la respiración de la siesta.
Juanito es inquilino de este arenal vuelto Tierra del Nunca Jamás porque no hay adultos, donde el hábito a las drogas se adquiere desde los cinco años y los niños duran poco porque la cifra de menores de edad asesinados encabeza la lista nacional.
Cuando van a la escuela sus hermanos Laura, Quico y Karla, de 7, 9 y 12 años, Juanito queda a cargo de la abuela que lo deja en la calle cuando calcula que Karla ya salió de clases.
Vaga todo el día, pasea por el baldío que sirve como punto de reunión de las bandas de “cholos”. Mira a algunos inyectarse droga, sube y baja la resbaladilla, se esconde en un cuarto abandonado que los vecinos usan de basurero, ve pasar al loquito que se desnuda y avienta botellazos, pide que alguien impulse el columpio en el que está sentado.
–Juanito, ¿cuántos años tienes? –le pregunto cuando lo encuentro en el único parque que tiene la periférica colonia Díaz Ordaz, tratando sin éxito de colgarse de un rinoceronte metálico muy alto para su estatura.
Él mira sus deditos y levanta con duda cuatro.
–¿Dónde está tu mamá?
–Trabajando maquila.
–¿Y tus hermanos?
–En la casa.
–Y tú, ¿qué haces en la calle?
–Nomás.
–¿A qué horas llega tu mamá?
–A las sete y a la sei.
–¿Quién te cuida?
–Mi mana… mi mana tiene novio.
–¿Nunca has tenido un accidente?
–Sí, se quemó mi casa onde vive Berta.
II ‘ LA CIUDAD NUMERO UNO’
Joselín tenía un año y Brandon cuatro cuando se les quemó la piel junto con su casa de cartón, en la que su mamá y su papá los dejaban encerrados cuando iban a trabajar como veladores de una maquiladora.
Irvin, su hermano mayor, murió calcinado. Tenía cinco años.
En un tinaco metálico de 200 litros lleno de cemento, abandonado en una choza de cartón, fue encontrado el cuerpo de Airis Estrella. La última vez que la vieron con vida pasaba por una tienda de abarrotes, antes de que la raptaran, violaran y asesinaran a golpes.
Estrella tenía siete años.
A Anahí Orozco la envolvieron en un colchón y le prendieron fuego. El hombre que se metió a su casa –donde ella cuidaba de su hermanita de año y medio y de una vecina de tres, mientras sus mamás iban a la maquila– quería borrar evidencias que condujeran a lo que después se supo: la asfixió cuando le tapaba la boca para que no gritara mientras la violaba.
Anahí tenía 10 años.
Los tres niños fueron encontrados muertos el mismo mes. Todos vivían en la ciudad número uno, da nomber uan, “foco rojo” en explotación sexual infantil y con el porcentaje más alto de alumnos de primaria iniciados en la droga.
Los periódicos de esta Tierra del Nunca Jamás relatan historias de niñas y niños calcinados, violados, descuartizados, asesinados, abandonados, ejecutados. Las desgracias ocurren casi siempre en estas colonias sin servicios, construidas lejos del centro, sobre las dunas, por esos intentos desesperados de los recién llegados de todo el país por tener un lugar donde afincarse.
Aunque Juanito es uno de los niños solos de los que dan cuenta las estadísticas, sus cuatro años los ha vivido con suerte.
“Hasta ahora no ha tenido un accidente y pos nunca se ha pegado tan fuerte”, dice su hermana mayor, aburrida de ser una madre improvisada de medio tiempo.
“Esta niña está chiquilla y se va con sus amiguillas y los deja solos”, la acusa María de la Paz Alcalá , su casera, que de vez en cuando se asoma al patio de la casa para ver qué están haciendo sus pequeños vecinos.
“Les hace falta una familia; a mí me dicen abuelita aunque no soy. La pobre de su mamá tiene que trabajar y hasta que viene de trabajar les da de comer”, dice la mujer.
Juanito pasa por el pasillo que conduce a la calle y se pierde de vista.
Son las cuatro y media de la tarde y, a dos cuadras de distancia, ha comenzado un ritual: camiones ruteros se detienen frente a un local, abren sus puertas y, de su interior, bajan jovencitas con batas azules. Ningún pasajero repela por la espera.
Los camiones arrancan cuando las mujeres salen del local y vuelven a subirse apretando en su regazo a los bebés que dejaron a las cinco de la mañana, o llevando de la mano a un chiquito que apenas camina.
Rosa Alvarez es una de ellas. Lleva cosido en su bata un gran letrero con el mensaje: “trabaja con seguridad”. Ella mira contenta a su bebé envuelto en la cobija amarilla. Lo abraza. Suspira de alivio porque está bien.
Las empleadas de las maquiladoras trabajan nueve horas y media diarias, cinco días a la semana. Las obreras del primero, segundo y tecer turno caminan por los arenales donde, de vez en vez, aparecen cuerpos enterrados, para tomar el camión antes de las cinco de la mañana o regresan a la media noche.
En la frontera donde debe vivir Dios sólo una tercera parte de las mamás se dedica de tiempo completo a su familia y las mujeres trabajan dos horas más que el resto de las obreras mexicanas, pues la producción de computadoras, tableros para automóviles, refrigeradores o aspiradoras no puede esperar.
Consiguen vivienda en zonas tan lejanas que, en promedio, pierden tres horas del día para transportarse; tres horas que pasan adentro de un camión, recorriendo colonias sin servicios, lejos de sus hijos, agotadas de la rutina.
De los 50 mil niños que tienen menos de cuatro años, las guarderías sólo tienen cupo para 7 mil. Ninguna tiene turno vespertino.
Aunque uno de cada tres habitantes de Juárez son menores de edad, como los niños y adolescentes no votan, no hay ley, presupuesto o programa que se acuerde de ellos. No hay organización que levante una campaña por “los muertitos de Juárez”.
“La niñez y la juventud son los grandes ausentes de la política social, no hay ninguna política de los tres órdenes de gobierno que los atienda. En Juárez hay muchos niños de 11, 12, 14 años que se quedan cuidando de sus hermanitos, no alcanzan las guarderías y no hay ninguna para el turno vespertino”, dice María Teresa Almada, directora de la organización Casa Promoción Juvenil, que se dedica a hacer habitables los barrios rudos.
Continúa con su diagnóstico: “Miles de niños pasan el día solos, miles de adolescentes pasan todo el día en la calle… 30 por ciento de los adolescentes de entre 12 y 15 años no estudian ni trabajan… la mayor parte de los miembros de las pandillas normalmente se inician a los doce” .
Por la ventana de su oficina se puede ver a Juanito jugando con otros niños. Están en ese simulacro de parque sin pasto y de piso de piedras y cascajo, que se salvó del ‘boom’ inmobiliario.
“La vida gira en torno a la maquila, no hay tiempo para nada más. Encima, la ciudad tiene pocos equipamientos culturales o infraestructura deportiva. En las zonas que están creciendo no se dejaron pedazos recreativos”, advierte Almada.
III
En la ciudad que es un amor se han hecho varios estudios y foros para analizar la problemática de la infancia, han aterrizado políticos, funcionarios de organismos internacionales y activistas, para advertir el futuro que ya los alcanzó, pero no ha ocurrido nada.
Se sabe que la mitad de las calles no tienen pavimento, que esta es la frontera de mayor crecimiento, que se construye cada vez más en la periferia aunque el centro está practicamente vacío y concentra las guarderías, primarias y secundarias.
“Juárez tiene que construir una agenda para su infancia, y para sus adolescentes, porque no existen las estructuras sociales que les permitan crecer con afecto, con cuidado, con atención, con transmisión de saberes, porque los adultos están muy cansados, agobiados, trabajan y trabajan y no tienen el tiempo y la paciencia para educar a los niños”, dijo la especialista Clara Jusidman al presentar el estudio “Relaciones entre el trabajo y la familia”.
“No hay otra forma de revertir la violencia que a través de estrategias culturales, deportivas, acciones que reconstruyan el tejido social y devuelvan a la gente la confianza de convivir con sus vecinos”, agrega Almada, mujer que se dedica a hacer habitables las colonias.
“No se entiende que las autoridades inviertan en poner más policías, no hay otra froma de revertir la violencia más que a través de estrategias culturales, deportivas que reconstruyen el tejido social (…) Los problemas de infancia, adolescencia y jóvenes se dejan de manera irresponsable a cada familia para que los resuelva sin que existan concidiones sociales para que atiendan a sus miembros”, dice.
Oscurece y Juanito sigue en la calle. No tarda en llegar Migue, un niño “que le hace al trapo, a la mariguana, al pegarrey”. Una mamá que pasa por el parque se queja de que en el arroyo hay mucho cholo que se inyecta frente a los niños en las piernas, en el cuello.
–¿Dónde está tu mamá? –le pregunto a Juanito cuando lo encuentro de nuevo terreno en el baldío.
–Dormida.
IIII
Con los ojos hinchados por el sueño intenso, en la habitación en penumbras, está Bety Cisneros.
“Ora sí me quedé dormida: llegué, les di de comer y me acosté porque ayer me quedé muy noche porque no quieren dormir temprano”, dice apenada al ser sorprendida durmiendo.
Juanito y Laura, sus hijos más pequeños, se le acurrucan cuando la ven incorporarse. Cuatro meses atrás ella vivía con su mamá y le dejaba durante el día a sus hijos, pero tenían tantos problemas que decidió independizarse. Su esposo se fue a Estados Unidos y no volvió.
Está asustada. No sabe si esta entrevista implicará que le quiten a sus hijos. Se sincera y explica que no tiene otra opción mas que dejar a los niños al cuidado de su hija mayor. Dice que el miedo la acompaña desde que sale de casa, antes de las cinco de la mañana, las nueve horas que dura en la línea de producción de aspiradoras aspiradoras y durante el largo trayecto de regreso.
Conoce de sobra las historias de niños muertos en accidentes.
“Todo el tiempo pienso que sí estarán bien, trato de dejarles comida hecha ya nomás para una calentada. Me preocupa la estufa, hablé mucho con ellos, les dije que no estuvieran moviéndole y que no se salgan pero éste, el chiquito (y señala a Juan) se me sale mucho aunque le digo que se lo van a robar. Me voy preocupada pero tengo que trabajar, estoy sola, si dejo de trabajar quién les va a dar de comer”.
No sabe cómo podría mejorar su vida. Tarda un buen rato en plantearse lo que nunca había reflexionado.
“Me gustaría no tener que entrar tan temprano, entrar poquito más tarde, como a las siete, así ya dejaría a los niños levantados, y me gustaría salir a las tres, y que no me descontaran tanto cuando tengo que faltar porque están enfermos, porque me rebajan mucho, como 250 de las 630 que gano a la semana”.
Reflexiona unos segundo y agrega: “Pero esto es imposible. A ellos nomás les importa sacar su producción”. Al menos, no en Juárez.
TESTIMONIO
La abuela Maripaz Alcalá volvió a ser madre durante cuatro meses; los mismos que vivió con la niña de un año que le regaló su vecina Elizabeth Herrera.
Recibió a su nueva hija acompañada de un recado: “Les dejo a mi hija Maritza Jasmín porque yo sé que con ustedes ba a estar mejor porque ustedes sí le pueden dar lo que yo no puedo. Cuidenmela mucho y háganla muy feliz”.
La abuela recuerda que Maritza llegó muy sucia y con la panza hinchada por tanto parásito.
“Me la mandó mala del estómago, sin zapatos, con una calceta nada más y con una panzota que la tuve que desparasitar porque hacía de popó pura arena con tierra”, dice la mujer de 55 años quien, al momento, muestra la tosca carta redactada en una hoja arrancada de un cuaderno escolar.
Con la otra mano muestra el teléfono celular donde tiene la foto de Maritza cuando recién llegó y otras de la transformación de la bebé cuando estaba bien cuidada.
Esa ni fue la única hija que Elizabeth regaló. El mismo día, la vecina entregó a Miriam, su pequeña de tres años, a una hija de doña Maripaz.
“Esa otra llegó con sus pies con hongos, con un mameluco orinado de varios días y el carro quedó oloroso, haga de cuenta que metimos a un borrachillo. Andaba sin calcetines, descalza, comía tierra o los desperdicios que encontraba. Ese día estaba toda mojada, con los tenis llenos de arena”, recuerda.
A los cuatro meses, Elizabeth se arrepintió de lo que hizo y fue por las niñas. Ya Miriam había sido registrada como Brigite Alejandra, y tenía fotos de estudio y juguetes color rosa, y Maritza se había convertido en Yoselin.
“Me da mucha tristeza que se la haya llevado porque sé que cuando no las puede cuidar las deja con una vecina borracha, sé que cuando llueve les cae la lluvia en la cara porque tiene su casa con hoyos, y sé que ellas lloraban de hambre, por eso me las regaló. Un día la niña de 3 años nos dijo que hay un señor que la toca cuando va a mear y cuando las íbamos a regresar la niña mayorsita decía: ‘No me dejes con Chapela porque no me da de comer’. Pero tuvimos que dársela”.
Una carta le queda de recuerdo de la despedida: “Siendo las 12 del día se hizo la entrega de la niña Maritza Jasmín a la señora Elizabeth Herrera (…) dicha niña se encuentra en buenas condiciones físicas, cuenta con un año nueve meses de edad ya que dicha mamá se dedicaba a labores de trabajo y no podía atenderla”.
RECUADRO, LAS POSIBLES SOLUCIONES:
“No hay soluciones fáciles, se tienen que concertar con determinados actores para generar condiciones para la infancia y juventud. Serían: inversión en desarrollo de políticas sociales; programas educativos, culturales y estrategias de prevención: creación de estímulos fiscales a empresas dispuestas a armonizar familia y trabajo, que hagan jornadas de trabajo más cortas para mujeres con hijos pequeños y tengan esquemas flexibles de trabajo; equipamiento de la ciudad para que tenga ofertas culturales y de ocio; programas educativos menos convencionales para jóvenes”.
Donde se practica el periodismo buscasoluciones
In General, Periodismo buscasoluciones on Mayo 1, 2007 at 12:38 amEstos son los apuntes de un viaje que hice por Brasil y Argentina, donde me clavé visitando periodistas sociales para comparar lo que ellos hacen con lo que hacemos en México. Esto fue, a grandísimos rasgos, lo que le escribí en su momento a un amigo de lo que encontré.
APUNTES PARA UN PERIODISMO SOCIAL
In General on Abril 1, 2007 at 1:44 pmAPUNTES PARA UN PERIODISMO SOCIAL
Por Marcela Turati
¿Quiénes son los Periodistas Sociales?
Si los catalogamos de la manera tradicional y rígida de las redacciones, podríamos decir que los periodistas sociales son aquellos que “no cubren las fuentes políticas ni económicas ni judiciales”.
Son entonces, y por exclusión, los que cubren los temas “humanos”. Se les dice así normalmente a los reporteros que están asignados a las fuentes educativas, ecológicas, religiosas, los temas de salud, de derechos humanos o nadan en el mundo de las organizaciones sociales y de derechos humanos.
Generalmente son mujeres a quienes se les asignan esas tareas, pensando que tienen buen corazón o la sensibilidad de acercarse a un niño en llanto. Casi siempre son reporteros novatos que cuando demuestran su capacidad para reportear son ascendidos a fuentes “más importantes”.
Si los catalogamos de la manera más justa podremos decir que periodista social es aquel que, independientemente de los temas que cubre, tiene una mirada distinta porque se preocupa por lo que pasa con la gente común y busca incluirla en sus notas, que huye de la habladuría del político y sólo los usa como referencia, que entra al tema que sea por la puerta de la cocina y no por las recepciones de mármol, que no queda satisfecho con la nota rosa y lacrimógena porque diferencia su oficio del de guionista de telenovela mexicana, que se sabe ciudadano, hurga en la calle y escombra en los basureros, que lee los nuevos fenómenos, que busca a quien nadie entrevista y conversan como iguales y le da el mismo peso que a quien se ostenta como autoridad, que bucea en las estadísticas, recorre las incubadoras de los nuevos estudios, que echa un vistazo a ejemplos nacionales e internacionales que rompen esquemas, y de todo eso hace una mezcolanza que intenta hacerla digerible al lector, usando su mejor escritura, sus ángulos más novedosos, su frescura.
El periodismo social es una cuestión de actitud, es un pararse desde otro lugar distinto al tradicional, es un asunto de mirada.
¿Qué es el Periodismo Social?
Es el que piden los lectores, en el que se ven reflejados los ciudadanos de a pie. Es el que saca los primeros lugares cuando se les pregunta a los lectores de diarios qué es lo que quieren que se publique. Es el que tiene rostro porque habla de fenómnos que afectan a mucha gente.
ESBOZO PARA IDENTIFICARSE COMO UN PERIODISTA SOCIAL
*No somos voceros de los políticos o empresarios, ellos ya tienen sus propias empresas de relaciones públicas y jefes de prensa, y gastan mucho en publicidad con tal de asegurarse un espacio en nuestros medios. Usamos sus declaraciones como referencia, dándole el mismo peso al que tienen otros actores sociales.
*Nos preocupa lo que le pasa a la gente común, a la gente de a pie, a los considerados “nadies”, a los que pocos buscan para entrevistar. Nuestros temas salen de la calle, de esas conversaciones con ciudadanos, de una mirada educada para detectar nuevas tendencias, de los descubrimientos de los monitoreadores de las políticas públicas, de las investigaciones de los estudiosos en la materia.
No salen de las redacciones ni de las oficinas de gobierno.
*Los temas que cubrimos le interesan a la gente porque tocan su vida. No son mensajes cifrados entre políticos. Son problemas que tienen rostro, que le duelen a alguien, lo alegran o le modifican la vida.
*No nos limitamos a poner punto final después de haber enumerado todas las desgracias posibles, no queremos aumentar la deuda que tenemos con la gente por robo de esperanza.
Nos sabemos “espejos inteligentes” de la realidad, por eso mismo buscamos también soluciones a los problemas que denunciamos. Sabemos que la denuncia debe de ir acompañada del anuncio de otra realidad posible. Y que lo posible es un campo del periodismo.
*Aunque trabajamos con la vida y las fibras sensibles de la gente, huimos de las notas lacrimógenas que parecen salidas de la mejor escuela de telenovela mexicana. Abordamos la historias de la gente con respeto y cuidando su dignidad, y las usamos, no como casos aislados para conmover, sino como ejemplo de tendencias sociales, como una ventana a una realidad más amplia, a un fenómeno social.
*Huimos de la nota “rosa” del héroe o la heroína solitaria que hace cosas excepcionales y a quienes pocos pueden imitar. Preferimos hablar de gente común que se organiza para cambiar las cosas, que lucha con dignidad frente a su circunstancia; de la gente que incomoda.
*Creemos que la noticia debe ser redonda. No nos gusta sólo retratar lo visible, el hecho manifiesto, también hurgamos en las causas porque sabemos que detrás de cada niño abandonado o padre de familia desempleado hubo una decisión política o económica que lo aventó a la calle, y que fenómenos sociales como el de los indigentes no se entienden de manera aislada o con mirada miope.
*Sabemos que los lectores están cansados de los problemas sociales porque parecen eternos y por el tono dramático y amargo con el que los periodistas los presentamos. Por eso buscamos romper con ese estigma y presentarlos de una manera inteligente, fresca, con datos provocadores y desmitificadores, con nuevas voces, una redacción ágil, moderna y hasta divertida, que deje atrás los clichés con los que se relata la pobreza porque queremos provocar refexiones.
*Como periodistas estamos comprometidos con la verdad, con nuestros lectores y con nuestra conciencia. Somos personas despiertas a la indignación, que tomamos partido y no podemos pretender ser neutros ante asuntos que no debieran tener cabida como el maltrato infantil, los secuestros, la discriminación, la exclusión…
Declaramos que en ciertos temas la neutralidad no cabe. Nos asumimos como periodistas con punto de vista y comprometidos con los derechos humanos.
*No aspiramos a hacer llorar a un par de lectores. Buscamos hacer una cobertura seria, dura, que aborde temas estratégicos, que sea consistente y terca en cuanto a seguimiento, que de elementos para la reflexión, mueva a la acción y termine por reflejarse en una nueva ley o política pública. (A la que también daremos seguimiento a la hora de su implementación y los resultados)
*No nos casamos con nuestras propias ideas o nuestros propios prejuicios a la hora de escribir, pues buscamos aportar el menú más variado de voces –muchas veces opuestas entre sí o contrarias a nuestra forma de pensar– que ayuden a redondear nuestra nota. No creemos en los blancos y negros, nos gusta pintar matices.
Será el lector que saque su conclusión y nuestro trabajo es darle la información más completa posible.
*No creemos que el pobre es pobre por flojo, porque así le tocó o porque quiere. Creemos que las personas pobres son sujetos activos y tomadores de decisiones, y no objetos sin elección inmersos en una tragedia griega.
No nos casamos con el juego de víctimas y victimarios, buenos y malos.
Sin embargo, también creemos que el engranaje sociopolíticoeconómico hace la vida más fácil para algunos y parece querer aniquilar a otros, y queremos dejar al descubierto y denunciar esos engranajes y el efecto que tinen sobre la gente.
*Nos rebelamos a que existan personas pobres. No creemos que así debe ser ni que la pobreza sea herencia y destino.
No nos acostumbraremos a pensar que no se puede hacer nada para modificar esta realidad porque los pobres no son parte del paisaje ni accidente.
Sabemos que hay factores de riesgo que predisponen a ciertas personas a caer en la pobreza, que se puede poner fin con las condiciones que generan la pobreza y que nuestro papel es el de vigilar, desde nuestra posición prvilegiada de periodistas-vigías, a quienes tienen la responsabilidad de hacerlo y a quienes contratamos para ello.
*Pretendemos visibilizar los otros puntos de vista distintos de los que perpetuan el status quo y anuncian que hay que mantener las cosas como están. Soñamos con otra realidad. Esto no significa que seamos voceros de las organizaciones no gubernamentales, de los activistas de siempre o de las asociaciones civiles, pues a ellos también los cuestionamos y pedimos cuentas.
*No queremos ser líderes políticos ni activistas, somos periodistas que dan la noticia lo más completo posible (con causas-hechos-consecuencias-posiblidades) para que el ciudadano tenga mejor información y tome sus mejores decisiones.
*Aunque utilizamos mucho el periodismo testimonial como técnica buscamos que esta historia nos revele una tendencia, refleje una realidad más profunda o nos abra los ojos a nuevas realidades.
Huimos del periodismo que se queda en las anécdotas, y cuando un tema no da por sí mismo entonces lo usamos como excusa y ventana para profundizar en él con estadísticas, datos duros, opiniones, estudios.
*Al igual que los periodistas de las áreas políticas o de finanzas, nosotros también damos seguimiento sistemático a nuestros temas, exigimos cuentas a las autoridades, monitoreamos las políticas públicas y mantenemos vivo nuestro tema hasta que se convierte en asunto de debate.
Nuestras notas o reportajes no pretenden adornar los periódicos los domingos o rellenar las páginas. Buscamos que sean tan profesionales y estén tan bien sustentadas que pueden llegar a portada y ser la nota principal de nuestros diarios.
*Creemos que para el periodismo que hacemos se necesita una profesionalización. Los periodistas sociales no somos los novatos de las redacciones o los reporteros de mejor corazón, sino aquellos que conjugamos conocimientos suficientes para tomar el pulso a la sociedad, traducirlo a un idioma inteligible y conectarlo con la política y la economía.
Somos profesionales que escribimos de los temas que la gente quiere leer.
*Los temas sociales que abordamos no son sinónimo de malas noticias, depresión y pesimismo. Esos son lugares comunes de los que queremos desencasillarnos y de los que queremos desacostumbrar al lector, presentándolos con inteligencia, sensibilidad y frescura.
El lector tiene derecho a la ternura de una nota inspiradora; no tiene por qué respirar puro repelente.
*A un periodista social no se le reconoce por las fuentes que cubre sino por la actitud con la que aborda los temas que preocupan a la gente, por eso buscamos pararnos desde otro ángulo, ensayar otra mirada, tener una actitud distinta a la hora de informar.
*Nuestro periodismo aspira a fortalecer a la ciudadanía, a que las personas se sepan con derechos y sean capaces de ejercerlos y de modificar su situación, y a que los responsables de las riendas de este país se sientan vigilados y se acstumbren a rendir cuentas.
hambre en oaxaca
In General on Marzo 6, 2007 at 12:49 amHAY HAMBRE EN MUNICIPIOS CONURBADOS DE OAXACA
Por Marcela Turati (Fotos Nacho Galar)
PERIODICO EXCELSIOR. NOVIMEBRE DE 2006
Xoxocotlán.— El hambre comenzó a apretar en los municipios conurbados de Oaxaca.
Los campesinos que décadas atrás dejaron la milpa y migraron a la ciudad en busca de oportunidades, hambrientos, están regresando a sus lugares de origen. No tienen trabajo desde hace tres, cuatro meses, los mismos en los que los alimentos duplicaron su precio.
En la colonia Los Ángeles –que surtía de albañiles, lavanderas, trabajadoras domésticas y afanadores a Oaxaca–, la nueva dieta es tortilla y frijol con sal; los desempleados compran periódico en vez de pan, con la esperanza de encontrar en las secciones de anuncios clasificados el trabajo que no existe.
Por sus calles sin trazo ni pavimento ya no transitan los camiones repartidores de Coca, Marinela o Sabritas, por miedo a los saqueos de quienes se dicen APPO y porque no hay quien compre. Los vendedores de abarrotes ya se comieron su propia mercancía.
Mientras los antiulisistas de la APPO, los policías estatales vestidos de civiles y la PFP se enfrentan a 20 kilómetros de distancia, las familias piden fiado, atrancan sus casas de techo de lámina, se regresan al rancho natal o comienzan a exiliarse del hambre en Estados Unidos.
‘DIOS MIO, QUE NO ENFERMEN’
Cidronia Martínez mira a sus cuatro hijos humedecer su tortilla en el caldo de frijol y no logra espantar el miedo de que uno de ellos se le enferme por el ‘frial’ que hace. Los observa recargada en lo que fue un anaquel de la tiendita de abarrotes que tenía con Dimas, su esposo. La necesidad los empujó a comerse la mercancía.
De su tienda y los 7 mil pesos que le habían invertido en productos, sólo les quedaron dos jabones Zote, un Suavitel y una botella de cloro. Hace tres meses optaron por no surtirla; los mismos que Dimas lleva sin encontrar una obra donde le paguen por pegar ladrillos.
“Todo está jodidísimo. Tengo miedo de todo, por los niñitos, con qué dinero vamos al doctor si se enferman, y ahorita puro frijol, y los niños dicen que quieren más pero no hay forma”, dice sonriente, como si hablara de un caso que no es el suyo, como no queriendo que sus hijos se den cuenta de la carga que llevan sus palabras.
“Antes, por lo menos, dos tres veces a la semana comíamos pollo, verduras, frutas de la temporada, ahora ya ni eso, ahora, si acaso dos veces al mes. Ya hasta la cuenta perdí”, dice risueña.
Cubriéndose del frío con su gorro de estambre, Dimas recita de memoria las mutaciones que han subido los precios en la zona, que han sido los verdaderos rehenes del conflicto. Si el frijol costaba 11 pesos el kilo, ahora está a 15; la leche, de 7 se disparó a 10 la caja; el maíz, de 3 a 4.50; el jitomate, de 10, duplicó su precio; si con 10 pesos compraban 12 huevos, ahora sólo alcanzan 8.
“La gente se vino del campo para trabajar, y con esta situación se ha revertido esto: ahora en los pueblos es más fácil conseguir alimentos porque el campo no deja sin comida, todavía se puede sembrar, y acá quien no trabaja diario no come”, dice él, quien también es el jefe de la colonia.
Los estragos del hambre y la malpasada se reflejan en todas las casas a la redonda.
Dos familias vecinas emigraron a la Sierra Juárez , de donde algún día salieron para huir de la falta de oportunidades. La abuela zapoteca Ana Margarita Pérez Ruiz, vecina de Dimas y Cidronia, regresó a su pueblo natal para pedir comida prestada a sus parientes y alimentar a su plebe.
Ella quedó en el desempleo el 20 de julio.
“Hacía el quehacer con una licenciada que tenía una ferretería y como los maestros cerraron caminos y sus camiones ya no pasaban, me dijo que tenía que estar sin trabajar. Ayer fui a verla y me dijo que todavía no hay trabajo”, explica con la misma sonrisa de aparente despreocupación de Cidronia, pero por los ojos se le sale la tristeza.
Ana Margarita muestra los costales de maíz, frijol, chícharo y haba que trajo del rancho que abandonó décadas atrás, y a donde mandaba parte de los mil 200 pesos que ganaba a la semana.
“Hace un año tenía mis 7 mil pesos ahorraditos, ahora les pedí mil pesos a mi papá porque ya nos quedamos sin nada. Ya no comemos comida bien, nada de tasajo o pollo, ahora puro frijolito; a los niños tuvimos que suspenderles las frutas y el yogurt, desde hace un mes no probamos carne”, dice con esa desesperante sonrisa de ‘aquí no pasa nada’.
Bajo el tejabán de la casa de lámina, como todas las de esta colonia, su yerno, Pedro Ortiz, escudriña el periódico ‘Noticias’ en busca de trabajo. Desde hace un mes que dejó la fábrica refresquera en la que preparaba concentrados porque hasta tres horas tardaba en llegar, por el caos vial.
Cierra el periódico y comenta: “Antes venían bastantes trabajos pero ahora casi no. Y para mí, ninguno, buscan puro que ha estudiado más”.
En la colonia Los Angeles todo está suspendido. se desplomó el sueño de la electrificación subterránea, aunque sólo faltaba una firma. La que sería la nueva escuela se quedó en puro armazón. La gente que no ha emigrado no sale de casa, pues pocos tienen para pagar los 15 pesos que cobran las moto-taxis hasta el centro del municipio. Al cerro fraccionado, camino a Monte Albán, ya no suben camiones urbanos, pues los que daban el servicio yacen calcinados en alguna calle de la capital.
‘NI A LA ESCUELA PUDIMOS ENTRAR’
El regreso de los maestros a clases no sirvió de alivio a los losangelinos. Menos para gente como Rosa López Santiago, madre sola de tres hijos, dos de ellos en primaria
“Los maestros nos piden los 100 pesos de cooperaciones para arreglar las computadoras de la escuela y los tuve que dar”, dice sentada debajo de un árbol.
La joven-anciana de 26 años todos los días aguanta la mirada severa de sus pequeños cuando les sirve el plato raquítico con el menú repetido de caldo de frijol.
“Ellos quieren más pero les digo ‘aguántense, que no hay ahorita, y es que llevamos dos o tres meses sin comer pollo’”.
Junto a ella está Alma, su sobrina de 10 años, que no se aguanta y dice que “desde que empezó la guerra de los maestros”, ella, su hermana que iba a terminar la primaria y su hermano mayor ya no volvieron a la escuela.
“No tuvimos lo de la inscripción de 150 pesos que nos pedían a cada uno. Mi tío que está del otro lado nos manda un poquito, mi hermana Itaví ya iba en sexto, quería terminar la primaria, y mi hermano ya estaba en secundaria”, dice la niña que viste un uniforme escolar de la primaria Josefa O. de Domínguez, que alguien le dio de regalo.
Atravesando los carrizos que dividen los terrenos, los ancianos Cristino Santiago y Nieves Roque pasan hambre. Los 20, 25 pesos que gastaban en despensa les alcanza para la mitad y desde hace meses nadie visita su jacal para comprarles una de las chivas con las que cohabitan bajo el mismo techo chaparro.
Cristino está enfermo y trata de curarse con unas yerbas que se amarró al cuello. Dice que la medicina que tomaba triplicó su precio.
“Ora ya no compro tanto, nosotros no trabajamos, no hay dinero. Empezó el problema maestro-gobierno y 16 peso el kilo ‘azuca’, ya no hay cosa barata, medicina compraba 50 peso y orita 150, orita ya no hay gente que busca animales, el maestro quitó nuestro (camión) urbano y quemó”, resuma la viejita su situación.
“NI A FRIJOLES LLEGAMOS”
Como en las guerras, en los municipios conurbados de Oaxaca, las madres solas, los enfermos, los ancianos y los niños, son los primeros afectados de la falta de entendimiento político entre los oaxaqueños y la federación.
Hay familias que han podido matizar el sufrimiento de los niños, como la de Roberto Aguilar Córdoba, del pueblo de artesanos llamado Arrazola, que, literalmente, se encuentra tras lomita.
“Nos está llevando todo el traste a los artesanos, no viene turismo, y aquí el 80% se dedica a hacer alebrijes. Antes, a la semana venían dos o tres grupos de autobuses de extranjeros, ahora si se para un turista o dos al mes ya es ganancia, y lo mismo ocurre en San Martín Tilcajete, San Bartolo Coyotepec, Atzompa, Teotitlán”, dice frustrado.
Este creador de alebrijes que ha expuesto sus obras en Estados Unidos dejó sus últimas artesanías empeñadas en la ciudad de México, volvió a sembrar milpa y malvendió sus dos vacas y sus 12 borregos.
Ni con eso se salvó de la dieta de tortilla con sal, porque en su casa escasean también los frijoles.
“Por lo menos, dos, tres veces por semana mi esposa y yo comemos tortilla con sal, a las niñas sí tenemos que darles sus frijolitos y sus atoles de maíz porque están en crecimiento; nosotros nos aguantamos, al cabo ya vamos de salida”, dice el hombre de 41 años, padre de cuatro mujercitas.
El alebrijero que tuvo que volverse campesino, está por convertirse en albañil.
Se pone enero como plazo: si las cosas no mejoran seguirá la ruta de los 20 jefes de familia que hace varias décadas salieron de su rancho para mejorar su vida en Arrazola, y en septiembre tomaron un camión hacia Estados Unidos huyéndole al hambre.
REPORTAJE RIO SANTIAGO: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
In General on Marzo 6, 2007 at 12:44 amREPORTAJE RIO SANTIAGO, FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
Por Marcela Turati
PERIODICO EXCELSIOR
Juanacatlán, Jalisco.– Al pie de un acantilado que permite una vista panorámica, se ubica la primaria “Mártires del Río Blanco”, donde está a punto de repetirse la historia patria. Cual broma macabra, el nombre de la escuela es una fiel metáfora de la lenta muerte que viven los niños que en esas aulas toman clase: la intoxicación por el río espumoso que corre metros abajo.
Los nuevos mártires estudian al pie de la cascada de aguas cloacales y tóxicas que por su belleza era conocida como “El Niágara mexicano” y lugar de vacación por excelencia. Aprenden el abcedario, a sumar y restar, justo donde el río Santiago salta, después de haber recibido los desechos de Guadalajara y su zona metropolitana y arrastrado los químicos vertidos por las fábricas localizadas en el corredor industrial establecido a lo largo de su cauce.
Al brincar por el desnivel que antes era de piedra natural y hoy es una cortina metálica, se forma una espuma blanca que, cual lavadora desbordada, se acumula y crece. Cuando hay viento o llueve esa espuma vuela, cae en el patio escolar, y algunos niños que toca caen enfermos.
Estudiante dentro de esa toxina que se ha vuelto su escuela, el niño Luis Enrique Vázquez dice que desde que ingresó a primaria seguido siente dolores de cabeza y estómago. De las manchas blancas que tiene en la cara, dice que le salieron desde que empezó la primaria.
La niña Daiana Miroslava Huerta dice que a ella la espuma del río le mancha la piel, y le hace doler la garganta y cabeza. El doctor le dijo que es porque tiene la piel delgada y porque está en crecimiento.
Estos son algunos testimonios de niños manchados de la piel como si fueran plantas plagadas; de mujeres locales con mascadas en la cabeza por la quimioterapia que reciben; de jóvenes viudas del cáncer; de personas marchitas que aparecen en el video “Salto de Juanacatlán, donde el agua envenena…”, filmado por IMDEC y “Grupo Vida”, un conjunto de ciudadanos de la zona, que asegura que el río causa cáncer y que se ha dedicado a denunciarlo.
Los integrantes del grupo, todos profesionistas, han acudido a la televisión local, a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, a la Secretaría de Salud, al gobierno municipal, estatal y federal, y no han obtenido solución.
El gobierno estatal construyó una planta tratadora para eliminar tóxicos, pero el agua sigue espumosa.
En su desesperación, algunos habitantes de Juanacatlán invitaron al Subcomandante Marcos para que en su gira de La Otra Campaña respirara ese aire tóxico que despide el río, y lo denunciara, para ver si así llamaba la atención de alguien.
Sin embargo, el evento se tuvo que realizar en otro lugar porque es imposible detenerse encima del puente que une a las ciudades jaliscienses de La Piedad y Juanacatlán, donde se inaugura el río Santiago, como llaman a la prolongación del Río Lerma en su camino al pacífico.
Se tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para respirar el olor a gas-cloro-huevopodrido-químicos-ajo-chile-azufre-amoniaco y muerto que se atasca en la garganta, raspa la nariz, provoca lagrimones involuntarios, revuelve el estómago, da náuseas, causa jaqueca y saca ronchas en la piel al contacto.
También lo impiden las enjambres de moscos que se generan en su cauce y que de tan grandes y feroces podría pensarse que son mutantes africanos o que se fortalecieron con tanto químico vertido por las fábricas.
EN LA LUCHA CONTRA EL ECOCIDIO
“Quisimos demandar a las empresas contaminantes, pero ¿cuáles son las que contaminan? Es una suma del corredor industrial y del drenaje de Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y los lodos industriales. Entonces, ¿quiénes son los responsables del aumento de cáncer, del olor a huevo podrido, de las infecciones de la piel, de las enfermedades, de las náuseas, los mareos y los dolores de cabeza?”, pregunta Rodrigo Saldaña López, hombre flaco, de pelo y barba canosa.
Sobre el puente que se eleva sobre el espumoso río, intenta articular una frase entera para detallar el problema pero no lo consigue. Cada tanto, este hombre que dirige el “Grupo Vida” suspende la entrevista para aplastar a los bravos zancudos que descubre atacándolo o cierra la boca porque el mal olor hace imposible el habla.
“Hace tiempo morían en El salto dos personas maduras al año, las estadísticas actuales muestran que 28 por ciento de los habitantes mueren de cáncer y que entre los muertos había niños. Esto se pone alarmante para nosotros porque vivimos aquí. No es estadísitica, son gente que conocemos. Los de la Secretaría de Salud dicen siempre que hay muchas causas, ¡pero que nos demuestren que no es el río!”, dice con calma pero indignado.
Desde el 2001, el “Grupo Vida” se acercó a la abogada ambientalista de Guadalajara, Raquel Gutiérrez, en el intento por encontrar una respuesta por las vías judiciales. Al momento de la entrevista, Gutiérrez trae una tremenda jaqueca porque un día antes estuvo varias horas cerca del río documentando el grave problema de salud ambiental.
“En la zona ha aumentado el cáncer, huele siempre a huevo podrido, hay infecciones en la piel, huele tan mal que la gente pone toallas mojadas en las ventanas para que no pasen los olores”, explica la mujer con doctorado en Criminología especializada en Medio Ambiente.
Ella y sus alumnos de la Universidad de Guadalajara se han dedicado a estudiar los impactos de la salud en la zona y asegura que el ácido sulfhídrico que contiene el río está dañando la salud de los ha bitantes de la zona. En los máregenes del río hay 80 empresas industriales químicas asentadas.
“Se supone que antes de descargar, las aguas residuales son tratadas. Tenbemos una contaminación de carácter legal, p’ermitida por las normas oficiales mexicanas, pero como siguen descargando el proceso de contaminación se va acumulando y se hace inmanejable, y eso ya no lo mide la norma”, dice.
Con tres tesis doctorales en mano, la defensora dice que en un estudio que se hizo a 88 niños de la escuela José María Morelos, en la comunidad “El Terrero”, ubicado a los márgenes del Santiago, encontró niños con congestión nasal, ojos llorosos, dolor faríngeo y de cabeza, manchas en la piel, depreción y alteración de comportamiento (síntoma de posible intoxicación), entre otros padecimientos.
En el “Estudio Ambiental de Acido Sulfhídrico como contaminante del aire en las comunidades de Juanacatlán y El Salto”, tesis doctoral del MAestro en Ciencias Juan Gallardo Váldez documentó que 49% de su muestra sufría con frecuencia males respiratorios, 44% dolores de garganta, 4.6% enfermedades de la piel, 83% dolores de cabeza, 7.6% náuseas, 6% conjuntivitis, entre otros padecimientos.
De los entrevistados, 94% declaraba que percibía el olor del río, y para el 83% era a huevo podrido, para el 30% a drenaje y para el 17.5% a productos químicos. Para la mayoría el olor era intenso y lo sentían durante todo el año.
La solución, dice la abogada, no es únicamente limpiar el agua sino sacar los sedimentos acumulados en los alrededores de la zona industrial establecida hace 35 años. Propone además cambiar la norma oficial mexicana para que mida la contaminación acumulada.
LAS SOLUCIONES
De 11 años, El niño Abraham Delgadillo, sobreviviente a la escuela “Mártires del Río Blanco” dice que cuando llueve la espuma de río color nieve a sus compañeros les gusta jugar con ella. Él aprendió a no hacerlo más porque sabe que saca ronchas y enferma.
Lo dice en su casa, detrás del sillón en el que está acostada su mamá, Laura Miranda Gil –una mujer muy delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta que está envuelta en una enorme cobija que la mantiene inmóvil. Se parece a las mujeres marchitas que aparecen en el video del Grupo Vida, que manifiestan tener cáncer.
Está de más decirlo que Laura, como las demás, culpa de ello al río. “¿Qué más pudo ser?”, pregunta desde su debilidad.
En la sala se apila su padre, sus hermanos y hermanas, su hijo, todos alrededor de la enferma, todos culpando al río, todos sintiéndose en la mira. “¿Qué nadie va a hacer nada en contra de las fábricas que contaminan el río? O qué ¿nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta furiosa, al pie del sillón, su hermana.
Por ahora, esa pregunta no tiene respuesta. No se ve que haya por ningún lado.
EL PUEBLO DE LOS NIÑOS CHIMUELOS
In General on Marzo 6, 2007 at 12:43 amEL PUELO DE NIÑOS CHIMUELOS
Por Marcela Turati/FOTOS: Erik Meza
Guanajuato.- Terreros de la Concepción es un pueblo de niños sin dientes. El agua que beben se los carcomió.
Ninguna empresa es culpable. Simplemente el agua sana se acabó a causa del derroche que hacía famosa a esta árida tierra por los chiles que engendraba. Cuando los popotes de los pozos chuparon la última gota de agua joven, comenzaron a succionar el escaso líquido que quedaba hasta el fondo, el agua almacenada desde hace miles de años, el agua con sarro formado por metales venenosos propios de la tierra. Fue entonces cuando las dentaduras infantiles comenzaron a pudrirse.
Un ejemplo vivo es la quinceañera Cristina García, cuyo nacimiento coincidió con el festejado estreno del pozo. Sus primeras mamilas contenían agua maligna.
Desde niña la boca comenzó a apestarle. Tuvo muelas color café podrido que se le despostillaban a la hora de la comida, y lucían sin esmalte y carcomidas. Luego le aparecieron manchas en las encías. Hasta que, de plano, los dientes comenzaron a caérsele. Ella fue la más “infectada” de su generación.
Hoy, a la edad de echar novio, esta adolescente vive escondida. Le acompleja el desfiguro.
Una comisión de vecinos se organiza para convencerla de que muestre las ruinas de su dentadura para exponer la gravedad del problema pero la adolescente grita desde su casa que no quiere salir, da un portazo y se esconde en su cuarto. No quiere más fotos ni entrevistas. Desde el terregal del patio su abuela la regaña a gritos por desobediente y el ex delegado del pueblo la amenaza por poner en ridículo el nombre del pueblo, pero ella no hace caso. Con el ruido de un portazo responde lo obvio: no quiere nunca más servir de ejemplo de los estragos del agua del pozo. Ir a la escuela y servir de constante ejemplo ante sus compañeros de clase es suficiente.
“Como ya tiene sus 15 años es muy difícil convencerla. Ella como la mayoría de los nacidos del 90 para acá tienen estragos en su dentadura”, explica como excusándose el ranchero Francisco García, ex delegado de la comunidad ante el municipio, quien aprovechando la ocasión asegura que desde que dejó de tomar el agua infecta se le controló la diabetes.
“Yo tengo dos muchachas grandes, de cuando no había pozo, y tienen sus dentaduras completas. Y los otros cuatro que tomaron agua del pozo la tiene completamente manchada y estropeada”, dice Zenaida Posada, la mujer que atiende la tiendita comunitaria. “Como que se les quema todo el esmalte y les queda carcomido. No tienen remedio, ni el empastado, sólo ponerles dientes nuevos”.
Otro niño de la generación del pozo es Alfonso González, de 11. De recién nacido, María Guadalupe, su mamá, le daba leche en polvo mezclada con el agua contaminada. Cuando descubrieron el problema intentó comprar dos garrafones comerciales por semana para abastecerse de líquido, pero el dinero no le alcanzaba para darse ese lujo.
“Los dientes se me descarapelan cada día que como Sabritas; si como manzana se me caen, no me duele, nomás se caen. Desde lo siete años me di cuenta de que me dolían, como que ardía cuando mascaba chicles, chocolates o churros. Mi mamá me decía que me lavara los dientes y que así se me quitaría el dolor, y me los lavaba muy seguido pero se me iban cachos de muela cuando mascaba algo”, dice el infante que está sentado en una llanta sobre la duna en la que juegan los niños de este pueblo.
Terreros y las comunidades vecinas son pueblos de niños sin dientes por el arsénico y el flúor del agua contenidos en el agua del subsuelo. Según el inspector de la SEP, Artemio Hernández Rodríguez, con 20 años de trabajo en la zona, cinco comunidades con nombres que no corresponden a su situación de sequía y contaminación, padecen el mismo problema: Praga, Terreros de la Concepción, Lomas de San Juan, La estancia de las Flores y La Esperanza. Sus pozos abastecen a 18 comunidades.
ANTES Y DESPUES DEL POZO
Terreros está a 22 kilómetros de San Luis de la Paz, cabecera municipal al norte de Guanajuato en los límites con San Luis Potosí. Es considerado integrante de la cuenca Lerma-Chapala porque bajo su suelo, en lo profundo, corre un acuífero que lleva agua de lluvia captada hace miles de años. Es también uno de tantos pueblos sin hombres de la región, expulsor de mano de obra a Estados Unidos.
Por aquí no se ven plantas donde resguardarse del sol, pura nopalera y arena que de pronto se levanta en tormentas y forma remolinos. Los ranchitos están separados unos de otros por bardas de cactus en ésta que fue una próspera zona chilera hasta que el nivel del agua bajó, bajó y bajó, y se tuvieron que perforar pozos cada vez más profundos que siempre resultaban insuficientes.
Entonces se comenzó a raspar el sarro de la tierra. La borra. El agua mezclada con arsénico, flúor y algunas veces plomo. A la par, los hombre comenzaron a emigrar pues la electricidad necesaria para extraer el agua de riego era incosteable.
“Sí nos dieron nuestro pozo, pero no es potable, trae la infección”, lamenta don Francisco, el único adulto entre mujeres en este pueblo de migrantes.
La epidemia “infecciosa” comenzó a manifestarse así: primero eran las manchas en la encías; después aparecían en las muelas que, conforme se descarapelaban, se tornaban cafés. Los síntomas pasaban luego a los dientes de enfrente hasta que terminaban por ceder y caían de a uno por uno. Los niños que este año festejan sus 15 años, fueron los más afectados.
“A los niños se les manchan los dientes, y a uno de grande le da otras enfermedades. Yo estoy creyendo que el dolor de huesos que tenemos algunas es por eso”, dice doña Margarita, una de las habitantes de la comunidad que se acerca a exponer el problema.
“En su aspecto, los niño tienen los dientes muy feos. Esa es la manifestación del arsénico y de la exposición a metales pesados, pero lo más grave ocurre en el interior de su organismo. El arsénico provoca enfermedades graves, malformaciones, leucemias, cánceres. Pero Terreros no es la peor, otras (comunidades) como Mineral de Pozos que además de arsénico, el agua lleva plomo”, advierte Jaime Muñoz De la Tejera, ex regidor del Ayuntamiento y ex presidente de “Toltequidad”, organización ciudadana que está en quiebra desde que denunció el caso.
“Acá el problema de la sobreexplotaciçon del agua es muy grave y ese pozo empezó a sustraer los sedimentos, es como una taza de café con todos los asientos que quedan. Hasta abajo hay arsénicos y metales pesados”, agrega Ismael Muñoz de la Tejera, hermano de Jaime y responsable de la atención de la zona noreste del Estado para la Secretaría de Desarrollo Social de Guanajuato.
En 2002, cuando se descubrió “la infección”, los terrerenses dejaron de tomar el agua maldita y gastaron sus ahorros en comprar garrafones comerciales. Meses después recibieron una planta tratadora que hasta el día de hoy es desairada por la mayoría desconfiada de que no limpie bien el metal y le quite la toxicidad al agua. Para los hermanos Muñoz De la Tejera, esto es imposible.
“Ahí está la planta en servicio pero la gente no la usa, espera mejor la pipa. De aquí poquitas personas se confían de esa agua. Y es que primero nos dijeron que no había filtro que eliminara esos metales del agua porque eran muy finos, y de repente, así nomás, nos dijeron que sí había forma y la gente quiere que nos prueben que no es lo mismo. No sirve de nada que nos la cambien de sabor”, dice María de los Angeles, abuela de Cristina, la quinceañera con la dentadura estropeada.
“En tiempo de lluvia acaparamos el agua que cae porque le tenemos más confianza”, agrega.
El municipio, desde entonces, les envía pipas que cada mes. Y cuando no llega, la gente vuelve a tomar agua del pozo porque es la que se recibe en todas las casas. Y, como dice doña Margarita Martínez Posada, cuando no hay de otra abren la llave y la vuelven a usar. Y el problema se convierte en un círculo sin fin.
Ismael Muñoz denuncia que aunque en la región se decretó una veda se han abierto más de mil 500 pozos. “No sabemos cómo la Comisión Nacional del Agua da los permisos”, dice, y luego señala que el gobierno debería de proveer de protesis dentales para los niños.
El investigador del centro de Geociencias de la UNAM, Marcos Adrián Ortega Guerrero, estudioso del caso, tampoco se explica cómo después de la declaratoria oficial de veda se hubieran entregado concesiones de pozos que sacan agua enterrada –según sus cálculos– de 5 mil a 35 mil años atrás. En sus estudios detectó cerca de 8 mil casos de flúorosis dental, la enfermedad que causa la destrucción del hueso más duro del cuerpo humano: la encía. La muestra de que el agua tumbó los dientes de los niños.
COCHOAPA. CUANDO LOS MAS POBRES SE INDEPENDIZARON
In General on Marzo 6, 2007 at 12:39 amCOCHOAPA: CUANDO LOS MÁS POBRES SE INDEPENDIZARON
Por Marcela Turati (Segunda parte)
Paulino Díaz Díaz está en un pequeño cuarto azul, malventilado, con sillas maltrechas y un escritorio que deja poco espacio para visitas. En la pared que tiene tras de sí está colgada una bandera tricolor hecha en casa y un escudo nacional de plástico frágil, como de vaso desechable. La oficina hace las veces de Palacio de Gobierno de Cochoapa El Grande, el municipio guerrerense recién creado y que desde su estreno debutó como el más pobre del país.
Del top ten de la pobreza desbancó ni más ni menos que a Metlatónoc, el municipio de La Montaña guerrerense que durante años fue sinónimo de la miseria mexicana, motivo de infinitas promesas gubernamentales, de visitas de lacrimosos funcionarios, candidatos presidenciales en busca de votos o rijosos líderes populares que proclamaban la revolución.
No alcanzó tan deshonrosa clasificación por mérito propio. Hasta abril de 2005, Cochoapa El Grande era una comunidad más de Metlatónoc, olvidada del presupuesto municipal.
Fue gracias a un grupo de tercos cochoapeños, de 25 años de trámites, de idas y venidas de oficios, de marchas hacia la capital, de una controversia constitucional y un largo plantón, que logró, por fin, su independencia.
Así, el territorio más pobre, periférico y abandonado de Metlatónoc se ganó su lugar como municipio y es gobernado desde la oficina donde ahora está sentado el mixteco Paulino Díaz Díaz, flamante secretario general del Ayuntamiento.
Este hombre simpático, de cabellos en punta y baja estatura, hace la presentación en sociedad del nuevo municipio con las siguientes palabras: “Aquí hay mayoría de gentes analfabetas; muchas comunidades no tienen agua, luz ni camino; aquí no hay teléfono ni tenemos imagen de televisión ni radio; predomina la pobreza por la falta de empleo, no hay nada y la mayoría emigra a los diferentes estados, al corte de jitomate, o a Estados Unidos; en las montañas que vemos ya no hay pinos y no hay un lugar fértil para producir; tenemos bastante agua pero no hay forma de purificarla por falta de dinero y somos muy trabajadores, hacemos sombreros de palma que no tienen mercado: lo vendemos a un peso”.
Paulino es uno de los 67 empleados de la Presidencia Municipal. Es de los pocos que sabe usar la tecnología con la que este ayuntamiento cuenta: dos computadoras, dos impresoras, dos máquinas de escribir manuales y dos fotocopiadoras.
Este funcionario municipal no sabe cuántos habitantes tiene Cochoapa El Grande. Calcula que sólo en la cabecera deberán ser unos 5 mil. Según el Consejo Nacional de Población (Conapo) en todo el municipio hay cerca de 15 mil.
Eso sí, Paulino dice que todos son pobres. No por nada, en la dieta de los cochoapeños hay ardillas, armadillos, tejones, chapulines, chumiles, palomas, pájaros e iguanas. Lo que da el monte. No por nada sus índices de pobreza son equiparados a países africanos como Somalia, Etiopía o Ruanda, según el Conapo.
“Más arriba la gente no tiene nada que comer o se comen la raíz del platanar, lo mezclan con nixtamal, lo hacen macita y se lo comen. O asan el platanar o el mamey cuando están verdes. Y andan pelados, no tienen zapatos, muchos no tienen ropa”, comenta Paulino esperando a que lo escuchen. Ya se ha cansado de enviar fotos a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), al gobierno estatal, a la Presidencia de la República y la ONU para que ayuden a sus paisanos.
EL GANDHI DE COCHOAPA
La historia de la independencia es conocida. Se la deben a ‘Don Maxi’, un anciano que es algo así como ‘El Gandhi’ de Cochoapa.
La monja Silvia Rodríguez, de quien los cochoapeños desconfiaban recién llegada a la misión por ser una mujer sin marido, la relata a grandes rasgos: “Hace 60 años, Cochoapa era el pueblo-madre de la región pero algunos de sus habitantes vendieron terrenos de Metlatónoc a gente de fuera, y ellos hicieron negocio y pasaron para allá la cabecera. Muchos quedaron descontentos y empezaron a gestionar que se las regresaran, principalmente don Maxi.
“Al único niño que sabía leer y escribir y hablaba español lo pusieron a escribir cartas. Con el tiempo, muchos fueron dejándolos solos, decían que don Maxi estaba loco, y él insistía en que iba a ser municipio. Se la pasaban caminando a Tlapa y de ahí hasta Chilpancingo, pero la lucha tomó fuerza cuando metieron una controversia constitucional y, en 2003, cuando hicieron una movilización con muchísima gente de las comunidades que caminó hasta Chilpancingo, duraron semanas allá y se rolaban afuera del Congreso, alrededor de un fogoncito, tranquilos, pacíficos, pero pidiendo su municipio. Y lo lograron”.
La religiosa, quien muchas veces fue su mecanógrafa y redactora, dice que admira a los cochoapeños porque se la pasan gestionando para que les hagan caso. Tras cuatro años de intercambiar cartas lograron, por fin, que les construyeran una secundaria, pero fue insuficiente para tantos alumnos.
En este lugar, con 76 por ciento de analfabetismo, 100 niños se quedaron afuera de la primaria (por poco iban a ser 230, pero se estiraron los grupos) y lo mismo pasó en la secundaria. Todo por falta de maestros.
Una de las eternas gestoras es Angélica Flores Lorenzo, empleada de la misión y quien tiene 20 alumnos en su clase de computación. Muestra un oficio que envió al Gobernador Zeferino Torreblanca, en el que señala: “En 1979 vino una avioneta que fumigó con líquido barrancas y ríos donde acabó con la vida de rana gorda, rana flaca y rana pinta, cangrejos, palillos, ombligón, camarón y pescadillo, además de verdolagas, quelites y otros”.
Al final, solicita que se haga un estudio para detectar el envenenamiento del agua en la zona para poder restablecer todos los animales acuáticos comestibles.
EN LOS NIVELES AFRICANOS
Santiago Rafael Bravo, el alcalde perredista de este municipio mixteco con niveles de vida de África Subsahariana, no se encuentra este día soleado en el que el aire parece salido de un congelador abierto.
Aunque es presidente municipal, su sueldo no tiene nada que ver con el de sus homólogos radicados en los estados donde la obesidad y la diabetes son epidemias, pues él gana 12 mil pesos al mes.
En nómina tiene un secretario general, un síndico y a su respectivo asesor y a su chofer, un director y un subdirector de obras públicas, un oficial mayor, un contador y sus auxiliares, un procurador, un coordinador de desarrollo rural, seis regidores y sus suplentes, un tesorero, nueve secretarios, un director de seguridad pública, dos comandantes de policía y dos subcomandantes, 20 policías preventivos uniformados y dos vestidos de civiles y cuatro choferes de patrullas.
Además, en el organigrama está la presidenta honoraria del DIF, la directora real de ese organismo, un promotor, dos secretarios y un chofer.
A partir del 4 de abril del 2005, de ser un pueblo más que contaba con un comisario como autoridad y veía pasar los sobrantes que en la cabecera municipal decidieran invertirle, Cochoapa pasó ser cabecera, a manejar 27 millones de pesos, a contar con 67 empleados, dos camionetas y tres patrullas y administrar 111 comunidades.
¿En qué gastó Cochoapa su primer presupuesto? ¿A dónde fueron a parar los 27 millones de pesos del Ramo 33 enviados por la Federación el año pasado?
Según los papeles que Díaz tiene sobre el escritorio, se invirtieron en construir 7 aulas, una cancha, varias agencias municipales y el ‘partenón’ de cemento que unos albañiles levantan en el terreno contiguo.
En ese edificio doblepiso y múltiples cuartos han invertido seis millones.
Ese palacio en obra negra, con detalles moriscos, fungirá como Presidencia Municipal y superará en dimensiones y acabados la del vecino Metlatónoc.
La revancha les da gusto a muchos de aquí.
El presupuesto que llegue este año seguro se usará para renovar la flota de pick ups último modelo que sirven de patrullas, pues –-según Paulino– duran sólo un año por lo accidentado del terreno subibaja montañoso.
El pueblo-cabecera está rodeado de una cadena montañosa de manchones de bosque ralo en el que ya no quedan pinos, sólo algunos encinos y ocoteros. En los pedazos rapados de bosque hay intentos de milpas enanas o malogradas.
Su construcción más alta es la imponente iglesia localizada junto a la presidencia y a la cancha, que parece ser el único piso público de cemento, ya que ninguna de sus calles están pavimentadas.
Pese a que es el municipio campeón en miseria, en alguna oficina del Distrito Federal consideraron que no todos sus habitantes merecían recibir el subsidio del Programa Oportunidades. “¿Para qué queremos dinero? Mejor que nos den trabajo”, razona una mujer que vive en la única casa donde preparan comida a los forasteros.
Las únicas instituciones visibles son la Clínica de Salud, el templo, el curato, la casa de las monjas con su secundaria y prepa abierta, las escuelas primaria y secundaria de la SEP, el albergue de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indios y la camioneta de un funcionario de esa dependencia que vino a dar una charla sobre drogadicción que, como la desnutrición, es casi una epidemia en este lugar.
“En estas comunidades el maestro se va en mayo y regresa en septiembre, octubre, cuando deberían irse el 15 de julio y el 15 de agosto reanudar. Hay unas maestras que vienen a ganar su plaza y cuando se las dan nunca vuelven. Así son los médicos, vienen las brigadas una vez al mes”, comenta Paulino mientras da un recorrido por las callejuelas lodosas, que tiene a las orillas montones de basura.
“Cuando vino Fox dijo que todas las viviendas van a tener Piso Firme, hasta el último rincón, y el cemento ni siquiera llegó completo a la cabecera, y las que pudieron ponerlo no completaron”, prosigue.
Los reflectores cambiaron varios kilómetros su posición para enfocar a Cochoapa. En diciembre, el gobernador sesionó aquí con todo su gabinete. Comenzaron también a llegar los primeros periodistas.
La hermana Silvia tiene miedo de que Cochoapa se convierta en moda y que pronto lleguen funcionarios a tratar de imponer nuevos modelos de desarrollo, sin tomar en cuenta lo que desean sus habitantes.
“A ver si es cierto que les interesa”, dice.
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RECUADROS: “Siempre se quedan niños sin escuela”
“Aquí muchos niños se mueren, los que logran llegar a los 5 años, ya la hicieron”, dice la religiosa Silvia Rodríguez Aguilar, al relatar cómo se vive en el municpio más pobre del país, donde habita desde hace seis años. “Vivimos como en el siglo pasado”.
Dice que la gente no logra vivir muchos años, muere por catarros complicados, diarreas o partos.
Su congregación, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, da clases de secundaria y preparatoria abierta a los alumnos rezagados (aquellos que de tanto migrar no aprendieron bien a leer o a escribir), y ello le ha valido muchos enfrentamientos con autoridades gubernamentales y maestros sindicalizados de la región.
Se queja de la mala educación que reciben en el sistema oficial.
“Hay niños que salen de sexto que parecen de cuarto. Encontré un niño de sexto, Juanito, a quien su maestro le dijo que las divisiones no sirven y supe de otro maestro que ayudó a uno de sus alumnos a comprar el certificado de prepa”.
“Siempre se quedan niños sin escuela” dice, y platica que en octubre 230 niños de más pagaron su inscripción a la primaria, pero no fueron recibidos; gracias a los reclamos de sus padres, la escuela recibió a 130 pero dejó a 100 sin clases.
En la secundaria, los maestros también son insuficientes.
Lo que más le molesta es que el mayor porcentaje de analfabetismo en Méxco se da en Guerrero, y se incrementa en La Montaña.
“Aquí la gente siempre tiene hambre, no tienen fruta o verdura, es carísima. Los niños andan todos manchados de la piel, eso es desnutrición. No entra el camión de Conasupo pero sí el de la Pepsi, la cervezas, la Maruchan”, denuncia.
Dice, indignada que hace 3 años comenzaron a llegar camionetas que llevan gente a Estados Unidos. “Para eso sí les ponen todo fácil, para que se vayan”.
A los cohoapeños les admira su fortaleza, su buen humor, su entereza ante la desgracia. “La gente aquí sabe vivir, es muy feliz, muy alegre, ríe de todo, el problema es imponerles desde afuera lo que dicen que les hace falta”.
“SE NECESITAN POLÍTICAS CODISEÑADAS POR INDIGENAS”
Felipe Embris Bernal, director del Centro Coordinador para el Desarrollo Indígena de Tlapa, dice que el divisionismo entre la gente por cuestiones políticas, sociales, religiosas, y el narcotráfico, influyeron para que Metlatónoc se partiera en dos, y naciera el municipio de Cochoapa El Grande.
“En La Montaña el PRD está fraccionado en PRD, PT, Convergencia, influyó el divisionismo social y territorial, las divisiones religiosas y a eso hay que agregarle los problemas del narco, que de alguna manera ha reforzado la economía de las comunidades”, dice a Excélsior.
Achaca al divisionismo en el sindicato de maestros, a la mala educación que reciben los niños.
“Hay 3 ó 4 corrientes del magisterio, y eso afecta directamente a los niños por el ausentismo”.
En la zona también hay mucho alcoholismo y por esa razón Embris está en Cochoapa, de ese tema trata su próxima reunión.
El funcionario que conoce la región desde la década de los 70 recuerda que entonces los montes estaban poblados por pinos y ocotes, y señala que se ha venido una explotación feroz por parte de paraestatales y compañías privadas locales, y de Durango y Michoacán.
“Aquí no hubo desarrollo social ni económico. A partir de la década de los 90 empezaron las movilizaciones sociales y se empieza a dar atención a los sectores sociales”, dice.
El funconario del antiguo Instituto Nacional Indigenista (INI), hoy CDI, dice que el proceso de desarrollo siempre se da de los centros a la periferia, y por eso se explica que se hayan concentrado los recursos en la cabecera municipal de Metlatónoc, que tenía alrededor de 5 mil habitantes.
No acepta que a Cochoapa El Grande o Metlatónoc se les considere como los municipios más pobres.
“Yo siempre he estado en contra de clasificar a los más pobres, no acepto esa teoría que la dicen los que tienen dinero, los que viven bien, los estudiosos de la sociedad, porque ningún pueblo es pobre siempre y cuando sepa trabajar y ser respetuoso de sus recursos, y los pueblos indígenas son respetuosos. Aquí hay gran riqueza en cuanto a bosque”, dice.
Para poder acelerar el desarrollo de las comunidades indígenas de la región, recomienda dos cosas: que los pueblos indígenas participen en la elaboración de las políticas públicas que les afectan y no sean diseñadas a nivel central y que se reforzaran los órganos de fiscalización local.
coicoyán el saqueo a los más pobres
In General on Marzo 6, 2007 at 12:38 amCOICOYÁN O EL SAQUEO A LOS MAS POBRES
En el municipio más pobre de Oaxaca, no hay recurso que alcance. Víctima del saqueo de generaciones de presidentes municipales y sus asesores, del olvido federal y la estafa de funcionarios estatales, y rehén de comerciantes, su gente –deseosa de trabajar—emigra
Por Marcela Turati
En Coicoyán de las Flores, el municipio más pobre de Oaxaca, el saqueo del dinero público se convirtió en uno de los usos y costumbres de los presidentes municipales.
A punto de ser linchado, Adelaido Tenorio Villavicencio, el último de la dinastía de ediles, tuvo que pedir prestado a un usurero, vender su parcela y sus herramientas de carpintero para pagar 75 mil pesos de la deuda de más de 2 millones que dejó sin saber cómo.
Este mixteco con estudios de quinto de primaria, el grado donde apenas se afianzan las multiplicaciones, dice que aprendió de administración sobre la marcha y no entiende cómo tuvo ese faltante si el encargado de obras públicas, su secretaria Olivia y el contador eran gentes letradas, de la ciudad de Juxtlahuaca, que le consiguió el diputado priista Ricardo Vera López.
–¿No había riesgo de que le robaran?– se le pregunta en una brecha de terracería donde se le encuentra ayudando a pavimentar.
“La verdad sí no sé porque ellos andaban checando precios de los materiales, de los puentes, varillas, sacaban precio de la tienda, pedían materiales y decían tanto es la cuenta que vamos a pagar de material”, dice el campesino, entre nervioso y desconfiado. “Pero yo sí checaba”.
El nervio se le quedó atorado desde aquel día de 2005 cuando una turba agraviada lo rodeó y, a empujones, lo encerró en la cárcel en tanto decidía su suerte. Las ganas de lincharlo habían llegado de todos los rincones del municipio, habían cruzado los cerros a pie o en camioneta y se habían acumulado en la cabecera municipal.
Salieron en cuanto les llegó la noticia de que era el momento de quitarle los 2 millones de pesos que en 2004 había mandado la Federación y que no aparecían por ningún sitio.
Los campesinos de las 13 comunidades que integran Coicoyán estaban hartos: Paulino Melo, el anterior edil había huido con 4 millones de pesos. Y éste, el sustituto, “perdió” otros dos.
Estaban cansados de que los presidentes –del grupo de “Los Principales”, pero identificados con el PRI– se esfumaran los recursos del Ramo 33. Hartos administrar la pobreza sumando los poquitos que reciben cada año para completar el tendido de hilos con electricidad, el encementado de la cancha de basquetbol, el entubado del agua del arroyo, el techado de los cuartos maltrechos que llaman escuela, la compra de la ambulancia.
La ONU registra a este como el segundo municipio más pobre de México, con niveles de vida similares a los territorios palestinos ocupados. Las cifras oficiales indican que el segundo municipio más pobre del País recibe 8 millones de pesos al año.
A los coicoyenses les extraña la cifra: muy apenas los ven convertidos en obras.
“Yo creo que el gobierno siempre apoya, aunque sea poco pero nunca se olvida. La pena es que no se sabe en qué se va ese apoyo porque aquí no rinde cuentas, no hace corte de caja, cuando llega su año los presidentes se van y nadie pide que informen lo que es la cuenta porque nadie tiene estudio elevado de la política”, comenta resignado don Celso Flores, representante de bienes comunales.
Él tiene estudios avanzados de tercer año de primaria; tres cuartas partes de sus paisanos son analfabetas.
–¿Si le tocara administrar ese dinero, en qué lo gastaría?—se le pregunta.
“Desearíamos muchas cosas, pero no sé decirle, ni lo imaginamos ¿para qué hacer gastar a la mente en balde si no lo vamos a tener”, dice resignado este hombre que se encarga de vigilar “las colindancias” en el monte.
Roberto Basurto, nombrado administrador temporal del municipio desde que el Gobernador declaró la desaparición de poderes, se sorprende de lo que encontró cuando pisó esta tierra: no había obras; vaya, una calle pavimentada.
“En muchos municipios las cabeceras ya resolvieron sus necesidades, pero aquí las agencias están mal y la cabecera también. Debe haber algún lugar donde haya ido ese dinero porque, de que había recurso, había recurso”, dice.
ADMINISTRANDO LA POBREZA
Clavadas en las calles que estrenan pavimento, por las calles de Coicoyán se ven mantas con mensajes como estos: “Hierbe o clora tu agua para beber y desparasítate”, “usando condones evitas infecciones del ‘sida’”, “la obesidad se previene con ejercicio”, “vacuna a tus hijos para que crezca fuerte”.
Un hombre que tiene el estómago zurcido, al igual que su vieja chamarra, va caminando por las calles mientras dice: “¿No me da dos pesos? Me voy a morir. Me voy a comprar un alka-seltzer, tengo dolor en mi panza, toy enfermo, quiero un refresco, una tortilla”.
Coicoyán está en la cordillera de la sierra mixteca, en la periferia del Estado. Por su lejanía, es terreno fértil para la narcosiembra.
En las montañas se ven pueblos esparcidos como si Dios hubiera jugado matatena, que no se sabe cómo llegaron a la cima del cerro o al fondo del acantilado. Un río marca la división entre los mixtecos más pobres de Oaxaca y los de Guerrero.
“El principal problema de Coicoyán es el acceso y eso afecta en todo: si tienen una enfermedad chiquita se hace enorme porque tienen que ir al doctor a Juxtlahuaca (a 3 horas), si no se mueren de la enfermedad sí de los azotones del camino; el servicio de luz es irregular; todos cuesta mucho porque transportarlo es caro”, dice el tesorero municipal impuesto, Carlos Ceballos, oriundo de Huajuapan.
Algunos de los cerros están tan empinados que uno no se explica cómo aparecieron milpas enanas en esas pendientes verticales. Cómo hicieron para sembrar sin caer.
Los mixtecos de aquí son muy trabajadores, tejen todo el día, hacen sombreros de palma, un jugoso negocio que les deja un peso por cada pieza, sin descontar el material invertido.
Aunque todos están clasificados como pobres, por decisiones de algún funcionario sentado tras algún escritorio de alguna oficina de la ciudad sólo ciertas familias reciben el programa Oportunidades, de Sedesol.
“Oportunidades se valora, pero más que venir a recoger lo que se da como limosna, ¿por qué no mejor nos dan trabajo?”, razona Guillermina Ramírez, promotora de ese programa, mientras mira a su gente –actas de nacimiento en mano– apiñarse a las mesas de reclutamiento.
Sólo el 20 por ciento de los niños de aquí no están desnutridos. Ese dato no fue impedimento para que en alguna otra oficina decidieran retirarles los desayunos escolares.
Jaime López Rodríguez, director de la primaria “Antonio Caso”, de la comunidad Lázaro Cárdenas, explica el tamaño de la torpeza: “Los niños no vienen almorzados, si no desayunan se duermen en clase, no le echan ganas, llegan desanimados. Antes les daban su atolito, sus frijolitos, les distraían el hambre, pero ya no ha habido ese programa, se perdió. Y de los 104 niños que hay de tercero a sexto sólo 50 reciben Oportunidades. Unos a veces vienen descalzos, no tienen ni para sus lápices ni para sus cuadernos”.
El cura Jorge Oseo López dice que –“afortunadamente”– la gente de aquí migra y se sostiene con lo que gana fuera. En la temporada de pizca, la mayoría sale a los campos tomateros de Sinaloa, a donde viajan de fiado y sólo los más ricos pueden darse el lujo de exponer su vida en los desiertos de Estados Unidos.
De la capital de la pobreza oaxaqueña la gente se va y los recursos nomás no lucen. Ni hablar. Con la descentralización de recursos, se descentralizó también la corrupción.
“La costumbre que se tiene es que quien quiere ser presidente pide a sus familiares y amigos que voten por él, cuando llega se compra cosas para él, pone a sus hijos o busca asesores de fuera –ingenieros, arquitectos, contadores, secretarias— que a veces vienen preparados para robarles, los engañan, les hacen proyectos muy caros o les proponen que digan que costó más y se dividen ganancias. Los pueden manejar porque ni saben”, explica Alejandro Ramírez, ex agente municipal de la comunidad Lázaro Cárdenas.
“El presidente que renunció y desapareció terminó debiéndonos 300 mil pesos, le presentamos demanda ante la Auditoría Mayor de la Cámara de Diputados local y nunca nos hicieron caso, nos dijeron que sí los había entregado pero que el que estaba antes se los llevó”, explica.
Su sucesor, Genaro Alvarado, el agente municipal más preparado de los 13 que mandan en las comunidades, explica que los funcionarios de gobierno hacen firmar la comprobación de obras ficticias, a sus homólogos, la mayoría analfabetas, muchos sólo hablantes de mixteco.
–¿Usted sí lee lo que firma? –se le preguntó a José Bautista Solano, el agente de La Trinidad.
“Yo no, pero el señor que llegó sí lo leyó para mí un papel que dice que ya lo entregó todo el cemento, y le firmé, yo no sé leer cómo dijo eso, pero todavía falta firmar que llegó nada completo”, responde. El nunca pasó por la escuela.
LOS RECURSOS DESAPARECIDOS
En los discursos oficiales, Coicoyán aparece como prioridad. Pero en este lugar las obras se esfuman antes de llegar y aparecen como comprobadas.
Sólo el año pasado, la delegación de la Sedesol y el Instituto de Vivienda de Oaxaca habían palomeado a este municipio como “libre de pisos de tierra”, gracias al programa Piso Firme, a pesar de que no había llegado la grava y la arena, y en la espera de los materiales se echó a perder el cemento.
Lo mismo pasó con el programa de estufas ecológicas Lorena que, según dijo el presidente Vicente Fox cuando vino de visita la ONU, reduciría el 75 por ciento del humo que los indígenas respiran dentro de sus casas a la hora de prender sus fogatas para cocinar. Tampoco se concluyó la carretera que los conectaría con la ciudad.
La única escuela que tendría el programa Enciclomedia, de la SEP, no pudo estrenarlo: “faltó un cable y no está bien instalada la máquina, no sabemos nada y no tenemos con quién dirigirnos”, explica la directora de la escuela de Santiago Tilapa, Paulina López.
Y los habitantes del caserío Llano Encino Amarillo hasta se habían cooperado e invertido 25 mil pesos para reconstruir el salón donde iba instalarse el equipo, pero nunca llegó.
La era tecnológica entró al municipio través de siete computadoras donadas a las que –según Obdulia, la encargada de cuidarlas— por días enteros nadie usa y quienes lo hacen se divierten jugando solitario.
¿ACABÓ LA RAPIÑA?
Fue a partir de 2005 que comenzó a transparentarse el destino del presupuesto y a repartirse también entre las agencias. “Antes nos daban obras sólo cuando empezamos a reclamar, a movilizarnos, a marchar”, explica el ex agente Alejandro Ramírez.
Bajo la nueva administración, los ocho millones repartidos entre cabecera y agencias comienzan a notarse.
En Llano Encino Amarillo les alcanzó para pagar el sueldo de un maestro de música, la mitad de la tienda Conasupo y dos aulas (no se completó para construir la dirección y comprar una camioneta, y quedó pendiente conectar luz a varias casas).
En Tierra Colorada, además de las aulas, se compró una patrulla y finiquitó la deuda que tenían con un electricista; en Lázaro Cárdenas se llevó la luz a más casas; en Coyul ampliaron la calle principal y abrieron callecitas; en La Trinidad levantaron la mitad de un puente y El Jicaral ahorró para la mitad de una retroexcavadora. Por mencionar unos ejemplos.
“Hay infinidad de necesidades que no alcanza, cada agencia necesita un aula, pagar deudas, refrescos para el tequio o construir un baño. Pero no conozco ningún municipio que haga lo que hacemos nosotros: reunir a los 13 agentes municipales para priorizar obras, informar cuánto llegó y cuánto les toca según la población que tienen, y entregarlo en efectivo cada dos meses”, presume el tesorero impuesto.
Al parecer, por ahora, la rapiña se ha detenido.
Aparentemente se calmó la furia manifestada aquel día de 2005, en el que las ganas de linchar bajaron de todos los rincones del municipio, habían cruzado los cerros a pie o en camioneta y se habían acumulado en la cabecera municipal. Aquel día en el que a la secretaria Olivia –la recomendada por el diputado Vera–, la turba la sacó a empujones de la presidencia y le prohibió volver a pisar el municipio (hoy trabaja en el gobierno de Oaxaca en Juxtlahuaca).
No se repitió el día en el que la muchedumbre encerró a Adelaido en la cárcel, hasta que de la ciudad acudieron varios negociadores a liberarlo, el mismo en el que los agraviados tomaron el municipio y descubrieron que los archivos de la computadora ya habían sido borrados. Sin papel alguno que certificara los desvíos.
Por ahora, cuando se acuerdan de ese día, los agentes municipales se ríen.
VIAJE POR EL RIO LERMA
In General on Marzo 6, 2007 at 12:08 amLA AGONIA DEL RÍO LERMA
Por Marcela Turati
Es un río que nace agonizante y termina oliendo a cadáver.
El Lerma nace de una laguna mexiquense empantanada que desgració un Presidente y, al inicio, se mueve impulsado por el drenaje de pueblos y ciudades vecinas de su cauce que lo inauguraron como el excusado favorito del Pacífico; pasa luego por la ciudad industrial que le da su nombre, donde apesta a amoniaco, y cosecha y arrastra botellas de plástico, cadáveres animales, lodos industriales y llantas. En Guanajuato lo detiene de tajo la presa Solís, parada que aprovechan los campesinos para robar impunemente sus aguas y los lirios para reproducirse al grado de que fue preciso erradicarlos con gusanos brasileños que, de paso, asfixiaron a toneladas de peces cuyos cadáveres flotaban por montones en las orillas.
A la vista de las autoridades, es bienvenido con residuos de una hidroeléctrica, una refinería y una fábrica de pesticidas en Salamanca, y de tanto químico con aroma a toneladas de ajos y huevos podridos, a veces el agua se enciende en llamas que tienen que ser sofocadas por el cuerpo de bomberos. Cruza por las fincas michoacanas escoltado por natas de excremento de cerdo y uno que otro cadáver porcino. Desemboca en Chapala, el lago jalisciense estrangulado por invasores que talan, construyen o plantan en sus riberas, y por la avaricia de no soltar agua de las presas río atrás. En El Salto de Juanacatlán, pueblo vecino, se convierte en río Santiago, donde el agua de tan tóxica suelta espuma blanca que enferma al contacto, atrae moscos gigantescos que parecen africanos y despide un pestilente sulfuro que –aseguran ahí– provoca cáncer.
No siempre fue así. Hace 50 años era sustento de pescadores, alegría de bañistas y un lujo tenerlo cerca. Hoy, convertido en drenaje, es la muestra fecal de la incapacidad del país para desarrollarse económicamente y, al mismo tiempo, cuidar los recursos naturales.
Viajar por su cauce es recorrer 708 kilómetros de malas políticas, conflictos entre gobernantes autistas, esfuerzos aislados por limpiarlo, indolencia colectiva, anhelo común de verlo sano, corrupción generalizada y contaminación hormiga que –concentrada– lo convierte en grave problema de salud pública.
Cruza por 205 municipios, 11 presas, 5 estados (México, Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Jalisco), 3 mil 500 industrias, y la vida de 1 de cada 10 mexicanos, pues 18 millones viven a sus orillas. Atraviesa, también, millones de historias.
Está, por ejemplo, la de la sirena que quedó atrapada en un ducto que succiona agua, día y noche, hacia el DF. O la de los dos trabajadores municipales que a primera hora de la mañana suben a una destartalada canoa para arrancar el lirio que pudría el agua. O la del pueblo donde a los niños se les caen los dientes por haber tomado biberón con agua de arsénico. O la de los funcionarios de Jalisco y Guanajuato que iban a protagonizar una guerra por el agua. O la del hombre que por el color de las manchas flotantes descubre de qué fábrica proviene el vertido clandestino. O la de la escuela primaria que ve bajar del aire una espuma voladora que mancha la piel de los alumnos, y los deja enfermos y marchitos. O la de los manatíes arrojados en un lago con la misión de erradicar plagas, pero que fueron asesinados por los aterrados pescadores que los creyeron monstruos marinos.
Aunque el Lerma es agua, en ningún punto es bebible o utilizable para una ducha. Se usa sólo para humedecer cultivos, alimentar animales y llevar lejos orines, cacas y restos industriales. Sólo el 6 por ciento de las aguas usadas reciben tratamiento antes de ser regresadas al cauce. Estudios de la Comisión Legislativa de la Cuenca Lerma-Chapala indican que en algunos puntos no es apta ni para dar de beber a la tierra.
Su contaminación lo ha hecho famoso. Su rescate puede ser, también, la prueba de que México es viable. Eso se verá a lo largo del trayecto.
PRIMERA PARADA.LA SIRENA ENTUBADA
1. Por ahora, en el kilómetro “0″, en Almoloya del Río, Estado de México, al pie de la Laguna Chignahuapan, un funcionario con peinado de Elvis Presley y bigote fino de galán de película antigua explica que el agua limpia corre entubada rumbo al DF y la sucia hacia el pacífico, por el Lerma. El río que ya no nace. O, al menos, no aquí, como antaño.
“Se acabó cuando acabó el manantial. El río es un canal de aguas negras tan contaminado que ya no sirve de río. Se lo acabaron”, dice el anónimo empleado de la Comisión de Aguas de la ciudad de México, quien de inmediato corrige: “Bueno, nos lo acabamos”.
Desde su oficina, este hombre con llavero de bola de billar y cadenas de oro, tiene como paisaje de fondo un canal de aguas negras que acorrala al pueblo con sus propios desechos y que con las lluvias se desborda y convierte a Almoloya en un enorme excusado; un basurero y la laguna de orillas lamosas y enyerbadas de lirio, punto de reunión entre garzas y patos migratorios llegados desde Canadá con borregos comunes y tractores.
De la potabilizadora sale un ducto que se pierde entre los amarillos y secos pastizales. Se dice que en su interior podría estar atrapada una sirena “güera, trenzona y bonita”, y su carismático sireno. Desde el entubamiento del agua nunca más fueron vistos por estos lugares.
Al alba o al atardecer, a la sirena le daba por bañarse en los manantiales y aguas termales que daban fama a Almoloya del Río de sucursal del paraíso y de cuna del río Lerma. No por nada fue balneario de varios Presidentes: Venustiano Carranza, por ejemplo, dejó un ahuehuete sembrado en un islote.
Coqueta, la mujer-pescado invitaba a los lugareños a tomarse un baño entre peces y yerba zacate. El sireno, en cambio, encantaba “con su belleza y su carisma” a las féminas de la región y las invitaba a dar un recorrido en su chalupa cuando las sorprendía sumergidas lavando ropa. Algunas enloquecieron de amor.
Un día, los dos desaparecieron. Coincidió, dicen, con las perforaciones de los 100 pozos, los dinamitazos y el entubamiento de la laguna y sus nueve manantiales; en el intento por extraer 250 millones de metros cúbicos de agua para el insaciable Valle de México. A la velocidad con que el ducto voraz chupó el agua, desgració estos parajes y torció los destinos: convirtió a los pescadores en maquiladores de pantalones, a los artistas del petate en migrantes, a los sirenos en desaparecidos y las aguas prístinas en podrideros estancados. El presidente Miguel Alemán es recordado, por ello, con mala memoria.
Al ver la estafa del progreso, los almoloyenses se pusieron bravos. Protestaron. Amenazaron. Exigieron indemnización. Se conformaron al recibir en sus casas agua entubada y gratuita (al día de hoy no pagan nada), unos lavaderos y una escuela que ya se cayó.
Sin manantiales, el río es parido a duras penas. Es un apéndice pantanoso de la laguna que, entre llantas y maleza, se va angostando hasta que se encarrila en una zanja. Al inicio permanece inmóvil. Se mueve con ayuda de arroyos, lluvias, deshielo del Ajusco y el Nevado de Toluca, orines y desperdicios de las fábricas cercanas. Obviamente, el turismo no volvió a asomarse por aquí. Ni siquiera el día en que el municpio trajo a dos hipopótamos como atractivo.
“Tuvimos que donarlos a un rancho porque ya no fue recomendable tenerlos: se salían y se subían caminando hasta el centro”, explica la secretaria Lidia Avila, al mostrar la foto de los paquidermos tomando el sol en lo que parece una isla pantanosa y resulta ser pasto común mexiquense.
“De una mañana a otra se acabó el agua. Es como si hoy en la noche bombean y mañana que despierta y no hay. Fue como en el año 45. En el 53 empecé mi carrera de costura”, narra Eligio Escobedo desde su taller casero improvisado. Su padrasto fue uno de los que, desde entonces, echaron de menos a la sirena. Sus vecinas –Brígida Acosta, de 68 años, y su mamá, Candelaria Ariscorreta– también.
“Era trenzona, vestía de negro bien bonito: sus zapatos eran como huaraches, y hasta que bajaba al agua se transformaba en pescado. La muchacha anduvo enamorando a un señor Diego de por acá, le dijo: ‘no te vayas, te necesito’, pero lo espantó. Dentro del agua, su casa era de tabique rojo y ahí se metía con su marido el sireno, alto, güero y guapo con patillas muy bonitas. Se casaron de bonito en la iglesia. Fuimos a la misa y los seguimos pero se nos perdieron”, dice la anciana Candelaria, quien afirma ser más vieja que la Revolución Mexicana.
Desde uno de los islotes surgidos con la bombeada del lago, Francisco Juárez Nazario –88 años, piernas chuecas, botas de plástico, sombrero duro como tortilla tatemada– explica: “Un día yo joven fui a ver qué se movía en el agua ¡y era la sirena, mitad con cuerpo y mitad pescado!, la vi, se estaba bañando, echando jicarazos. En ese tiempo había agua blanca en la laguna. Pero ya nunca la vi cuando se desecó. Aquí nacía el río Lerma, ahora esta lagunita mantiene Chapala. Antes todo era laguna grande, esta agua que ve es de oxidación que viene del pueblo”.
Él, como sus contemporáneos, duda de la suerte que corrieron los sirenos. Si mudaron de residencia, como especula Candelaria. Si fueron succionados por una tubería. Si murieron intoxicados por tanto drenaje camino al mar. Eso, quizás, se descubrirá más adelante. Pero ahora, el siguiente punto del recorrido es la ciudad industrial Lerma, donde el espejo de agua no existe.
Sólo guiados por el concentrado olor a químicos que revuelve el estómago y pica las fosas nasales como untada de chile, el río se detecta bajo los puentes de la carretera México-Toluca. Está debajo de una capa gruesa como lona que lo mismo carga llantas, envases de plástico, lirio seco, troncos que a un perro descompuesto.
Se sigue hasta Querétaro, donde los queretanos lo reciben con descargas industriales. Recoge “fosfatos, grasas, aceites, cadmio, cromo, níquel, plomo, nitrógeno, mercurio, coliformes fecales”, según un estudio legislativo. Eso significa que en ese punto el agua no es apta ni para riego agrícola.
2. PARADA: LA GUERRA DEL AGUA
Un letrero anuncia: “Bienvenido a Guanajuato, cuna de la Independencia”. La primera parada del río en tierra de Fox es la Presa Solís, la mayor de toda la cuenca hidrológica. Este gigante puede albergar hasta un millón 250 mil metros cúbicos de líquidos; es aprovechada por 18 mil productores y 102 mil hectáreas de cultivos. Dos campesinos que le sacan ventaja son los hermanos Nicanor y Manuel Ramírez, del rancho san Cayetano, quienes miran bajo un árbol al río encajonado.
“Nosotros conocimos el piso de esta presa, eran puras llanadas, todo parejito. Había un arroyo, árboles, gente. Hoy el agua está enferma y ensuciada con esos drenajes que están llegando de Toluca”, dice Nicanor, el mayor. 1949, fue el año de la inauguración de esta presa; en tiempos de Alemán.
Un manto de lirio acuático cubre la superficie acuática y evidencia la contaminación y el estancamiento de un río que, sin atención, puede convertirse en criadero de larvas del paludismo. En Solís han tratado de todo para erradicarla: máquinas para moler la planta, extracción a mano limpia, rocío de insecticida. Hasta la importación de gusanos extranjeros.
–Ora que estaba cerrado el lirio se maleó el agua, ni podíamos pescar –explica Nicanor.
–Echaron unos gusanitos de Brasil. Eran 3 kilos de gusanito comprados a 17 mil pesos, que agujeran la ráiz y la planta se hunde hasta el fondo. Pero el gusano enfermó el agua, la echó a perder. Había muchísimo carperío muerto, pura cosa triste y olía a podrido. Quedó corrompida como agua de florero. Ya casi volvió a estar buena el agua… y el lirio ya está comenzando a resucitar –completa Manuel.
Esta presa no sólo dota de sustento a 500 familias que, como la Ramírez, tiene autorización de pesca. También protagoniza de sus propias historias. Como cuando se desbordó en el 2003 y de tanta agua arrastró peces asfixiados hasta La Piedad, Michoacán, llevando consigo un cóctel infeccioso que sacó ronchas a Eva Guadalupe, entonces de 4 años; dejó sin cultivo a productores de Chapala, como el restaurantero Carlos Fernández, quien invadía ilegalmente los bordes que pensaba ya secos; obligó a la familia Martínez Martínez, de Salamanca, a vivir seis meses en un albergue para damnificados. Ellos lo narrarán en persona kilómetros adelante.
¿La causa de la inundación? Según Nicanor, la siguiente: “los remacheros no dejaron salir nada, todo lo almacenaron, no quieren nunca dejar el agua porque es puro dinero porque el gobierno la vende. Pero como cayeron muchas lluvias el agua se salió y ocasionó muchas pérdidas en maíz y sorgo. Dos años fue esa perdedera, no aprovechamos nada. Todo se acabó”.
Desde su construcción, la Solís es motivo de guerra entre Guanajuato y Jalisco. Aunque se han firmado acuerdos de buena vecindad, éstos cada tanto se violan. En el mismo 2003, campesinos del Bajío bloquearon las cortinas metálicas para impedir el envío de agua al Lago de Chapala, a 432 kilómetros de distancia; algunos –según documentó la prensa– hasta inundaron sus tierras con tal de acaparar los recursos, y diputados locales condenaron el pacto de entrega de agua. En respuesta el gobierno de Jalisco amenazó con no soltar agua del río Verde que abastece a la ciudad de León y se rumoró que un comando iba a volar las cortinas de la presa si no dejaban pasar el agua. Los expertos de Guanajuato, entonces, exigieron entonces a sus homólogos tapatíos cuidar los bosques para que el lago no se evaporara, y éstos, a su vez, demandaron no desperdiciar la mitad del agua de riego como ocurre en Guanajuato. En eso estaban –una abogada ponía ante un tribunal internacional la queja por el maltrato al Lerma cada que se topa una presa– cuando sucedió la inundación que se llevó todo, hasta el maíz y el sorgo de Manuel y Nicanor.
Pero eso quedó en el pasado. Ahora los dos reumáticos jefes de familia miran apacibles la improvisada bomba hecha con motor de tractor que jala agua a través de un tubo agujerado de plástico e inunda diariamente, de 8 de la mañana a 11 de la noche, su cultivo de forraje para el ganado. En Guanajuato esos artefactos caseros, de tan comunes, ya tienen nombre: “charqueras”. (83 por ciento del agua de la cuenca se usa para la agricultura, dirá un investigador más adelante, y se fuga por la vieja tecnología empleada, se contamina con pesticidas, su extracción no es controlada por el gobierno y se desperdicia por la mala costumbre campesina de inundar el terreno para que “amarre” la cosecha, como ahora mismo lo hacen los Ramírez.)
–Fui a Celaya a pedir permiso para sacar agua con un ingeniero José Rodríguez y me dijo que no me lo daría porque sino todos se agolpan pero me dijo: “Agarra el agua y riega”. Y así hice– justifica Manuel.
–Lo que hacemos es en beneficio de la Nación –completa el otro.
–Ya siendo para nosotros es en beneficio de la Nación porque somos una arenita de la nación.
Mientras esos amables hombres benefician a la Patria con su “charqueo”, en la comunidad de Terreros de la Concepción, en el norteño municipio de San Luis de La Paz, la sequía expulsa a la gente.
El desértico pueblo está al norte de Guanajuato, en los límites con San Luis Potosí, es considerado integrante de la cuenca Lerma-Chapala porque bajo su suelo, en lo profundo, corre un acuífero que lleva agua de lluvia captada hace miles de años.
Por el contenido del agua prehistórica, Terreros y las comunidades vecinas, son pueblos de niños sin dientes: el arsénico y el flúor del agua de los pozos se los está arrebatando. Ninguna empresa fue culpable, simplemente el agua sana se acabó con el derroche del riego que hacía de este lugar famoso por los chiles que engendraba. Los popotes de los pozos chuparon el agua joven, y ahora arañan y sacan lo que queda hasta el fondo, algo así como el sarro que reviste las cavidades profundas. El agua, entonces, sale mezclada con metales venenosos propios de la tierra.
Una víctima del despilfarro es la quinceañera Cristina García. Su nacimiento coincidió con el estreno del pozo. Sus primeras mamilas llevaban agua maligna. Desde niña, la boca comenzó a apestarle. Tuvo muelas color café podrido que se le despostillaban a la hora de la comida, y lucían sin esmalte y carcomidas. Luego fueron la manchas en las encías. Hasta que, de plano, los dientes comenzaron a caérsele. Hoy, a la edad de echar novio, esta adolescente vive escondida. Le acompleja el desfiguro.
“La mayoría de los nacidos del 90 para acá tienen estragos en su dentadura”, explica el ranchero Francisco García, ex delegado municipal de la comunidad, quien asegura, de paso, que desde que dejó de tomar el agua infecta se le controló la diabetes.
Otro niño de la generación del pozo es Alfonso González, de 11. “Cada día que como Sabritas se me descarapelan o si como manzana se me caen. No me duele, nomás se caen. Desde lo siete años me di cuenta de que me dolían, como que ardìa cuando mascaba chicles, chocolates o churros. Mi mamá me decìa que me lavara los dientes y así se me quitaba. Y me los lavaba muy seguido pero se me iban cachos de muela cuando mascaba algo”, dice sentado en una llanta sobre la duna en la que juega.
En 2002, cuando se descubrió “la infección”, los terrerenses dejaron de tomar agua del pozo y gastaron sus ahorros en comprar agua de garrafón. Meses después recibieron una planta tratadora que hasta el día de hoy es desairada. Desconfían que no limpie bien el metal. El municipio, desde entonces, les envía pipas que cada mes. Y los meses que no llega, la gente vuelve a tomar agua del pozo.
“Ahí está la planta en servicio pero la gente no la usa, espera mejor la pipa. De aquí poquitas personas se confían de esa agua. Y es que primero nos dijeron que no había filtro que eliminara esos metales del agua porque eran muy finos, y de repente, así nomás, nos dijeron que sí había forma y la gente quiere que nos prueben que no es lo mismo. No sirve de nada que nos la cambien de sabor”, dice María de los Angeles, abuela de Cristina.
“En su aspecto, los niño tienen los dientes muy feos. Esa es la manifestación del arsénico, pero lo más grave es en su interior. El arsénico provoca enfermedades graves, malformaciones, leucemias, cánceres.
“Terreros no es la peor. Otras comunidades como Mineral de Pozos además de arsénico, tienen plomo en el agua”, advierte Jaime Muñoz De la Tejera, ex regidor del ayuntamiento y ex presidente de “Toltequidad”, organización en quiebra desde que denunció el caso.
“Ya estamos en los límites. Acá se está acabando el agua y ese pozo empezó a sustraer los sedimentos. Es como una taza de café con todos los asientos que quedan. Hasta abajo hay arsénicos y metales pesados El problema de sobreexplotación es muy fuerte. Se supone que aquí hay una veda y desde entonces a la fecha han abierto más de mil 500 pozos. No sabemos cómo la CNA da los permisos”, agrega su hermano Ismael, responsable de la Sedesol Estatal de la atención de la zona.
El investigador del centro de Geociencias de la UNAM, Marcos Adrián Ortega Guerrero, estudioso del caso, tampoco se explica cómo después de la declaratoria oficial de veda se hubieran entregado concesiones de pozos que sacan agua enterrada de 5 mil a 35 mil años atrás. En sus estudios detectó cerca de 8 mil casos de flúorosis dental, la enfermedad que causa la destrucción del hueso más duro del cuerpo humano: la encía. Y aunque alrededor no se ve agua sino un paisaje desértico al que rompen la monotonía algunos nopales, el agua que corre por debajo, de alguna manera tiene que ver con el Lerma.
El río va llegando a la sureña ciudad de Salamanca. Se limpió en el camino hasta que lo recibe una corriente negra del río Laja, con el que se topa.
3. PARADA: DONDE EL RÍO ES VENENO
El señor Clemente Tornero Soto siempre pensó que el día que ardieran los ríos sería el fin del mundo, pero le tocó presenciar esa escena apocalíptica y aún vive para contarla. “En Salamanca el río Lerma se enciende de tanta contaminación que lleva. La última vez que se quemó, hace dos años, ardió cinco kilómetros hasta Pueblo Nuevo. Varias veces los bomberos han tenido que apagarlo”, dice en la cafetería de un hotel.
La contaminación del Lerma nomás ha traído desgracias a este ex político, ecologista y empresario: en 1994, lo obligó a cerrar el balneario que tenía en el kilómetro 11.5 en la carretera Salamanca-León porque el agua salía espumosa y salina. En 1998 clausuró su molino de trigo (“Harinera Industrial del Bajío”) porque detectó que el agua con la que inyectaba el proceso estaba contaminada. Ese mismo año cerró su empacadora “El Ciprés” en respuesta a un dilema ético: “¿vamos a lavar los nopales con agua envenenada con plomo?”
“En 1998 cuando era regidor clausuramos en la ciudad pozos que estaban pegados a la empresa Tekchm (antes Fertimex), fabricante de pesticidas prohibidos en otros países. Estaban tan contaminados que cuando los niños de las colonias san Juan de la Presa y san Juan de los Cántaros transpiraban esa agua les hacía escamas la piel y se les caía la piel en el recorrido faringe-laringe-estómago-vientre. Y ahora tenemos mucho cáncer. La Secretaría de Salud inmediatamente dice que no es cierto, que el agua no está contaminada. Siempre lo niegan, son hipócritas, mentirosos”, rumia enojado. En el cuarto donde se hospeda, su papá agoniza de cáncer; antes, enterró a su madre de la misma enfermedad y culpa de su tragedia a la contaminación ambiental que beben, respiran, huelen, pisan en la ciudad industrial donde viven.
En Salamanca el río se convierte en una alfombra de lirio. El líquido se ve sólo donde los tubos escupen presumiblemente tóxicos (en este ciudad está asentada una hidroeléctrica, una refinería, curtidoras de pieles, fábricas de pesticidas, por mencionar algunas industrias).
A la vera del Lerma hace picnic la familia Martínez Martínez –madre, tres hijas, ocho nietos– que invierte sus ánimos en espantarse al agresivo mosco cúlex, que estos días se ha convertido en plaga y enemigo público número uno de los salmantinos. En el 2003, esta familia vivió seis meses en un albergue, cuando se desató la presa Solís y les robó sus pertenencias y sumió su casa bajo agua.
“El río huele a puro drenaje todo el día y en veces echan perros muertos y dejan una oliscada que sube hasta la casa. Hace poco se quemó, lo andaban apagando unos bomberos por allá y yo pensaba cómo se va a quemar el río si tiene agua, y luego pensé ‘pues cómo no, si tiene diesel’”, razona María Martínez, la de 29 años, madre de dos de los ocho chiquillos que corren alrededor, en estos terrenos donde fueron reubicados por el municipio. Aunque en días calurosos como hoy, teniendo el río al lado (apestoso “como a azufre, a amoniaco, como a guayaba, como si ahorcara, a huevo”, según dice Guadalupe, la hermana de María) y en el que ni siquiera pueden mojarse la cabeza para refrescarse, preferirían regresar a vivir junto a las vías del tren. Los Martínez gastan el dinero que les sobra en insecticidas, un lujo que pocas veces pueden darse para evitar el enjambre de zancudos. A la chiquita de seis meses que colocaron junto al picadillo de soya y el agua de lechuga se le notan ahora mismo las ronchas grandes y rojas que intentan prevenir con insecticida.
Ahora mismo, a unos metros del día de campo, el gerente del Consejo Técnico de Aguas (Cotas), Juan Manuel Mejía, explica que es una buena señal la llegada del mosco, pues antes, en el río, ni vida había. Detecta ahora mismo una mancha negra flotante compuesta de material no identificado que, especula, podría provenir de Celaya y, específicamente, de una fábrica de alimentos para ganado que, elucubra, viajó por el río Laja. Descarta que sea de la refinería pues asegura que la paraestatal ya cumple la normatividad ambiental, como varias personas repetirán en el camino. Aunque, más adelante, encontraremos un ducto descarga al río y un letrero que indica que es propiedad de Pemex.
Salamanca está tan contaminada que engendró personajes como el ingeniero ambiental Joel Berlín, experto en la lectura de las manchas acuáticas.
“Si es color arco-irirs son solventes de talleres o alguna pipa que descargó directo al río. Si es café son aceites que también se le pueden haber ido a Pemex. Si son negras son plastas de combustóleo que normalmente son de la CFE. Si todo el río es negro viene de la zona industrial Cortázar-Villagrán. Si es verde es porque contiene Nitrofenol. Si es roja, se le salió a Univex”, explica este hombre que fue director ambiental del municipio y quien participó en el sofocamiento de los épicos incendios del agua, que datan, según dice, de 1998.
Los recientes los adjudica a vagos piromaniacos que queman las orillas.
Dice que le tocó detectar casos de leucemia que, sospecha, fueron causados por descargas de aminas, aceites cancerígenos usados para proteger tuberías, en la comunidad de Mancera. La extraña descarga fulminó al ganado sediento que bebió del río y enfermó a dos niños. Se queja de que la CNA nunca atendió su denuncia. Sin embargo, es un optimista. Asegura que la contaminación salmantina ha mejorado y que en unos años podría convertirse en en ejemplo de ciudad-verde.
La contaminación, río abajo, cruzando Michoacán, será diferente. En el pueblo de Cuatro Milpas nadan libremente las cacas de cerdos que mezclados con agua parecen papilla. La estela de mierda que lleva el río es lo único que molesta a los arranca-plagas, Vitalino Trujillo y Ernesto Moreno quienes todos los días, salvo los domingos, suben a una vieja canoa para arrancar manualmente “la infección del lirio” y evitar el mosquerío. Y, lo han logrado. En los 80 un médico bautizó La Piedad como la Capital Nacional de la Cisticercosis y las crónicas relataban que por el río nadaban libremente puercos desollados o pedacerías; que ríos de sangre escurrían hasta el río. Pero de esa realidad poco queda.
“De todo, lo único que nos faltaba fue encontrar es un difunto, pero de ahí en fuera encontramos perros, gatos, cerdos, botellas de plástico, basura y drenaje y esa nata de heces de puercos que se viene cuando hay aigresito. Pero en estos años el río, ya están arreglando el drenaje. Ha mejorado porque le hemos metido ganas de a diario”, explica el jefe de los saneadores, Alfonso Cázares Piceno, un joven flaco y macizo con pinta de futbolista.
“Ya está cambiando, ya no dejamos echar cosas al río: ahora si vemos un perro muerto lo andamos enterrando para que no se quede en el agua”, agrega Ernesto mientras desmata los alrededores del río.
Uno de los cerebros de esta operación es el doctor Javier Saldaña Venegas. Cansado de ver niños con hepatitis, cisticercos en la cabeza, enfermos del estómago, con dolor de cabeza o de alergias en nariz, ojos y piel, además de dos a tres casos nuevos de cáncer al año (“de niños que desde que estaban en su cunita por años respiraron a diario insecticida para espantar los moscos (…) un día vi a una familia entera con cisticercos: papá, mamá, hijos”, recuerda). Convocó a un grupo de ciudadanos para crear la organización “Salvemos al Lerma”. Hoy, ha logrado que los desechos municipales no se tiren al río sino que tengan su propio canal; que dos empleados municipales se dediquen a erradicar la plaga acuática y, con ello, espantar a los moscos; que se compren camiones desasolvadores para evitar el desborde del drenaje, construir un sendero ecológico para que la gente vea cómo sería el río recuperado, entre otros milagros.
“En dos o tres años, La Piedad podría ser la primera ciudad que maneja al 100 por ciento sus aguas negras. Lo estamos logrando y erradicando al mosco que por 30 años buscaban las autoridades acabar. Y lo único que hicimos fue quitar el lirio manual y con ganchos. Pero se puede, pensamos que si cada municipio hace lo mismo y limpia la parte de río que le corresponde, salvaríamos al Lerma”, dice el director del Hospital General Benito Juárez y presidente del Colegio de pediatras de Michoacán
El milagro ecológico, sin embargo, todavía es imperceptible para Eva Guadalupe Tejeda, niña de seis años, de Pénjamo, al otro lado del río. Para entrar a su casa pasa por un pasillo de cerdos y moscas, pues a alguien se le ocurrió ponerlos en la entrada de su casa. Respira el olor a drenaje que pretendía llegar al río y se estancó afuera de su casa (por desgracia tiene el río cerca). Pero hoy no huele tan mal como cuando se atascaron toneladas de peces muertos de cuando se desbordó la presa Solís. Su mamá, sus tías, su abuela, sus hermanas se quejan y rememoran los viejos tiempos, hace apenas 10 años, cuando todavía lavaban en el río y rara vez tenían que espantar con la mano alguna inmundicia que les llevaba la corriente. Ahora, el río es de caca.
“A mí me salieron granos por meterme a echar clavados cuando el río se vino acá y estaba crecido. Me echaron una pomada y me dejó en el pie cicatrices de grano”, dice la niña de zapatos rosas de tacón a su medida, que apenas le dejan caminar, mientras ofrece un recorrido por las orillas. Salta zanjas para esquivar los caminos de desperdicios caseros que desembocan al río y los lodos de caca líquidas de las granjas. Camina hacia la casa de los niños con hepatitis desde que tomaron agua ribereña y a la del que le salieron hongos en la cabeza y a la que le salieron mezquinos en la piel, pero por lo visto ninguno está en casa.
Pasado este punto, el río va luciendo más saludable y cristalino. Es escaso y no logra llenar el lago de Pátzcuaro como antes. Pasa los límites geográficos, y entra en el lago de Chapala, a una hora de Guadalajara. Es será la siguiente parada.
4. PARADA: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
El lago luce como un plácido mar. Muy a lo lejos se alcanza a ver la otra orilla. El restaurantero Carlos Fernando Díaz señala la parcela de garbanzo que su vecino y enemigo Cleofas Zaragoza volvió a cultivar en los terrenos lacustres, una vez recuperado del desbordamiento de la presa Solís de hace tres años. Se queja de que la CNA otorgó 400 títulos para sembrar a la vera del lago. Confiesa que él también cultivó. Incluso, los últimos su restaurante ha ido ganando terreno al lago: donde antes saltaban “las olas del río” construyó una explanada de cemento para más con mesas y, lago adentro, unárea de juegos para niños seguida por los restos de su milpa inundada. En el nombre lleva el cuerpo del delito “Restaurante Riveras de Chapala”. Se apresura en aclarar que paga impuestos, que el terreno se lo concesionó la CNA y que él sí ha respetado el libre paso al lago porque sabe que es zona federal.
“Yo puse una queja por las nuevas construcciones en la parte más baja de la laguna que están rellenando, y Benjamín Aviña, jefe del departamento de inspección, me contestó: “¿Te están perjudicando a tí? No ¿verdad?, pues déjalos”, denuncia.
En su menú ya no ofrece pescados blancos, emblema de la laguna, porque “ya no hay”.
Aunque se recuperó la laguna, en un año perdió 40 centímetros; evaporados. En 2003 se llenó lo que en toda la década no se había visto, y el excedente duró sólo ese año. Los reportes señalan que Chapala da 240 millones de metros cúbicos de agua a Guadalajara, 90 millones para las poblaciones ribereñas y el riego y mil 440 millones se le evaporan. El dato de la evaporación hace rabiar a los ecologistas guanajuatenses quienes luchan por no enviar agua hasta que Jalisco la cuide. El lirio es otro problema. Si en Solís usaron gusanos brasileños, aquí se trajeron manatíes que tuvieron un triste destino.
“(Se introdujeron) manatíes traídos del sureste del país, en la idea de que comieran lirio a sus anchas, pero causaron pavor entre los pescadores, que los veían como monstruos y terminaron muertos a remazos”, documentó Semarnat. “Se quedaron enredados en la red de los pescadores y como no querían perder las redes, el gobierno les dio permiso de matarlos y cuando les abrieron el estómago descubrieron que eran un engaño: comían peces y no lirio”, es la explicación del lanchero José Guadalupe Baraja en su lancha de toldo rojo bautizada “Lupita” con la que ha ayudado, en común acuerdo con lancheros y pescadores, para limpiar el Lago para atraer peces y turismo. El paseo que ofrece hoy, una vez que el motor sorteó la zona de los lirios que flotan juntos como pedazos de icebergs por el agua, incluye observar las actividades de un pescador –Javier Aguiano– para ver cómo batalla a la hora de sacar los peces con raíz de lirio y lodo, en la red que se embasura y abulta como cobija, y dónde están los ductos que chupan agua a Guadalajara, razón principal, según él, para explicar la “evaporación” del agua.
El problema es tan largo como los kilómetros contaminados. Sólo de Chapala se han organizado % reuniones para intentar poner solución. Una abogada, Raquel Gutiérrez puso una demanda internacional contra las presas que afectan el Lerma, como se materializa en Chapala por la poca agua que llega. Las reuniones, acuerdos y firmas entre el Presidente, funcionarios federales, gobernadores estatales, legisladores, a la vista parecen haber dado el mismo resultado que echar una pastilla de cloro al río.
Gómez Reyna, en un papel improvisado de filósofo de la cuenca, lanza preguntas que alguien tendrá que responder para que el Lerma sea viable como río y México como país: ¿De qué sirve limpiar el 20 por ciento de las aguas con plantas de tratamiento si lo revuelves con el 80 por ciento sucio porque la tiras a la misma agua? ¿Qué se puede hacer si hay menos de 10 inspectores para vigilar la cuenca, uno para casa 100 kilómetros? ¿Por que cuando el agua la usan en el DF la tiran por el Pánuco y no la regresan? ¿Cómo vamos a planear el uso del agua si es secreto el padrón de usuarios en la cuenca? ¿Por qué cada gobierno ve el problema aislado y no se ve integral? ¿Por qué no hay una comisión de especialistas que vigilen la cuenca y no sólo políticos metidos? “Aunque se haga algo para limpiarla en algunos lugares es como dar un mejoralito para un cáncer. Esto tiene que ser un proyecto nacional, a gran escala que no tiene que ser manejado con centralismo y con fines políticos, sino tiene que ser por un grupo multidisciplinario de expertos”, diagnostica.
Aunque el recorrido debía acabar en Chapala, según la extraña división que le dió la CNA a la cuenca, este reportaje no estaría completo sin un vistazo por el río Santiago, el que nace de Chapala y completa el camino del Lerma hasta hacerse uno con el océano Pacífico. Sin embargo, es imposible. Ni siquiera pararse encima del puente que une La Piedad y Juanacatlán, Jalisco, donde se inaugura el nuevo río porque el olor a gas- huevo podrido-tóxico-ajo-chile-azufre-amoniaco-muerto que despide gases, así como las enjambres de moscos que de tan grandes y feroces que con tanto químico podría pensarse que son mutantes.
La última parada es la escuela primaria “Mártires del Río Blanco”; fiel metáfora de la lente muerta que viven los alumnos de esa escuela, día a día. Ubicados al pie de la cloaca que era conocida como “el Niágara mexicano”, donde el río salta y genera una espuma blanca que se acumula y crece, como enorme muñeco de nieve, y cuando hay viento vuela y cae en el patio escolar y roza a alguno que, generalmente cae enfermo. El niño Luis Enrique dice que a él le da dolores de cabeza y estómago y manchas en la cara desde que entró a la escuela. Diana Miroslava que le mancha la piel y le duele garganta y cabeza y si se moja le da Abraham Delgadillo dice que les gusta jugar con la espuma aunque sabe que saca ronchas y enferma a muchos. No a él. Lo dice junto a su mamá, Laura Miranda Gil, delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta, ella debajo de cobijas. Padece cáncer. Está de más decirlo que culpa de ello al río.
“¿Nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta su hermana molesta. No tendrá respuesta. No se ve por ningún lado. El Lerma termina aquí y engendra otra historia similar que correrá rumbo al pacífico. En los 708 kilómetros recorridos todos se quejan del que está atrás les contaminó el agua o se las detuvo, sin embargo, pocos pensaron en lo que envían a los que están adelante.
México sigue necesitando agua y para abastecer de líquido potable la solución que se ha encontrado es construir más presas, desviar más ríos, desecar lagos y construir pozos más profundos. Y el río que nace agonizante llega muerto. La causa: ecocidio colectivo.
LOS NIÑOS PRESOS DE OAXACA
In General on Febrero 13, 2007 at 1:57 amENCARCELAN A NIÑOS EN OAXACA
2 de diciembre de 2007
Por Marcela Turati
Huajuapan, Oaxaca.— Toda la mañana del domingo, desde su encierro en la cárcel de Tlacolula, Francisco mareaba a los guardias con su terco sonsonete: “Señor, ¿a qué horas voy a ver a mi mamá?, ¡quiero ver a mi mamá!”
Su cantaleta de niño de nueve años ayudó a que los otros pequeños presos que tenía a su lado también consiguieran el permiso de abrazar a sus mamás, recluídas en el mismo penal. En los minutos del reencuentro, acariciaron los golpes de ellas, recibieron la bendición materna y lloraron juntos, antes de que las trasladaran lejos: al penal de alta seguridad de Nayarit.
Sólo en la colonia popular “San Juan Diego-El FNIC”, son cuatro los niños que el sábado 25 de noviembre –el día de la marcha de antiulisistas en la capital, que terminó en disturbios–, fueron capturados por elementos de la policía federal preventiva y la estatal. Los reos más pequeños del conflicto motivado por la inconformidad contra el gobernador Ulises Ruiz, tienen 9, 10, 12 y 13 años.
Ellos vieron la golpiza que recibieron los adultos (entre ellos, sus mamás y hermanos mayores), durmieron encerrados bajo llave, soportaron extensos interrogatorios, pasaron hambre, fueron incomunicados y sus cuerpos esculcados en busca de explosivos.
Una de ellas, Miriam, la más grande, fue amarrada de las manos y obligada a mantenerse en cuclillas, como los adultos.
El martes todos fueron excarcelados, pero no liberados del todo: periódicamente tienen que firmar su libertad, aunque todavía ni firma tienen. La pena por los delitos que se les imputa es más larga que sus años de vida: incendio de edificios, saqueo, sedición y uso de explosivos.
O, al menos, eso fue lo que les dijeron los trabajadores sociales con los que ellos y sus papás trataron.
Son también los primeros excarcelados que pueden decir qué pasó la noche del 25, cuando la policía extendió una gran red que arrastró a todo el que caminaba por la calle.
A ellos, la red los atrapó arriba de la Suburban, que los llevaría de regreso a la sierra Mixteca, una vez que sus mamás habían cumplido la cuota de marchar junto a la APPO, como muestra de la solidaridad que tiene Fenic, la organización que los dotó de lugar dónde fincar sus casitas de lámina.
“Los policías nos preguntaron que si llevábamos armas y nos llevaron al zócalo, nos sentaron,. Nos amarraron por detrás nuestras manos, nos llevaron a la cárcel de Tlacolula. Me quitaron mis dos chamarra y mis agujetas, me metieron con una señora.
“A los hombres los golpeaban, les jalaban sus cabellos, a las señoras les dieron cachetadas, les pegaban en la cabeza que porque no podían hablar bien el español”, dice Mayra Maceda, la de 13, que hasta la semana pasada estuvo en las listas de desaparecida.
Ella fue a la marcha en representación de su papá, que es ayudante de albañil y no consiguió permiso para faltar al trabajo para cumplir la cuota al FNIC. Iba emocionada, pero de eso no le queda ni una pizca. Jacobo, su papá, se culpa de la dejadez de haberla mandado en su representación.
“Si fuimos a la marcha fue por necesidad, porque estamos metidos en una organización y no tenemos dónde vivir, y ellos (FNIC) nos dan un lugar.
“Ahorita no están liberadas las niñas. Quieren pruebas de que todo lo que sucedió en Oaxaca ellos no lo hicieron, la quemazón de carros. Nos piden que ‘llévenos’ comprobantes de que son de buena conducta y que vayamos cada semana”, dice Jacobo indignado.
ME DESAPARTARON DE MAMA
Afuera de su casa, calladito, mirando siempre el piso, está Francisco Santos Reyes, el huérfano más pequeño de la marcha del día 25. La manifestación que le arrebató el mismo día a su mamá, Juana Mandalena, y a su hermana Paula.
“No platica nada, nomás que le agarró la policía su brazo y lo aventó pa’ llá, que a la mamá le jalaron su cabello, que a m’ija Paula le metieron un fierro (esposas) ése bien feo que le ponen en la mano y dice que se hinchó feo la mano de su hermana”, dice Fernando Lorenzo, su papá, que se ve angustiado por el retraimiento de su chiquito.
“Lo único que habla es que cuándo viene sui mamá, por eso le dije que a lo mejor ya va a venir”, agrega.
Lo dice al regresar con las credenciales de elector de las dos detenidas de la familia, la única prueba que tiene de su existencia, ya que no tiene ninguna foto de ellas. Le dice también a Francisco que corra a casa por su acta de nacimiento, porque ambos dudan de si tiene ocho o nueve años.
“Cuando llegó la policía nos llevaron donde había muchos policías (el zócalo). Nos metieron en el autobús y allí nos desapartaron. A nosotros los policías nos pusieron de un lado y a las mamás del otro. Las mujeres policías les estaban preguntando cómo se llamaban, les jalaban su pelo, le dieron patadas y cachetadas.
VI CUANDO GOLPEARON A MAMA
Cuando la señora Bernardita Ortiz Bautista se enteró de la marcha en la capital, alistó a sus dos niñas mayorcitas, Beatriz Belén, de 12, y Rosalba, de 10, y pidió a su hijo Alejandro, el que ya va al Conalep, que las acompañara. Pensaba que si marchaba podrían inscribirla al padrón del programa Oportunidades.
Caminaron bajo el sol como los maestros e hicieron el cerco humano a la PFP para exigirle salir de Oaxaca. Les tocó pararse cerca del mercado, donde ni se veía al zócalo ni se lanzó una pedrada. Fue a bordo de la suburban que agarraron a la familia.
“Llegaron los policías y nos dijeron que alzáramos las manos, yo me espanté, pensé que me iban a matar. Mi mamá y yo lloramos. Nos dijeron que cerráramos los ojos para no ver a dónde nos llevaron, pero yo sí vi. En un lugar donde hay una iglesia y muchos policías nos revisaron todo nuestro cuerpo, mochilas y nos preguntaban si traíamos cohetes”, dice Rosalba, la que se apuntó a la marcha para conocer Oaxaca por primera vez.
Ahí separaron a las niñas de Bernardita, que ya iba amarrada. Vieron cómo una mujer policía le pegaba con un palo largo (tolete) para que caminara rápido. En Tlacolula la volvieron a ver y a su hermano.
Estaban en las filas que sobre el piso, en cuclillas, con las manos detrás del cráneo y mirnado al piso, hacían por separado hombres y mujeres.
Ellas se sentaron sobre el piso. Les prohibieron hablar con la señora que tenían a un lado.
“Eran muchos hombres, como 50 o 100, algunos iban hinchados, un señor lo golpearon bien feo, le sacaron su ojo, le dijeron que caminara más rápido o le pegaban. Luego mandaron a las mamás a una casa, luego ya supe que era la cárcel. Mamá no volteó porque la agarraban del cabello y no las dejaban ver, y los policías nos dijeron que si seguimos platicando nos iban a golpear como los hombres”, sigue la más chica.
Todos los niños estuvieron media hora afuera de la cárcel, sentados. Más tarde los llevaron a cuartos con cama, y les dieron una cobija. Hasta el domingo al medio día se acordaron de que necesitaban comida y les dieron su ración del día: salsa de huevo y un vaso de agua.
Toda la mañana, Francisco estuvo exigiendo ver a su mamá, lo repetía cada 10 minutos.
Gracias a su insistencia, Rosalba y Belén vieron a Bernardita.
“Mi mamá me contó el domingo que le dieron dos patadas, no sé cuantas cachetadas, aparte le jalaron el cabello. Estaba triste y roja de su cara. Había llorado toda la noche, y cuando la vimos empezó a llorar, nos abrazamos, nos preguntó si nos habían pegado, si teníamos cobija y comida, me dijo que ya no llore, y después se la llevaron”, dice Belén, seria, muy seria.
El lunes a las 5 de la mañana, los niños fueron llevados al Tutelar de Menores. Dicen que ahí un señor les dijo que ya no iban a ver más a sus mamás y las interrogaron. En el camino fueron llevadas con un señor –“hinchado, le habían partido su cabeza”–, a quien dejaron en una clínica.
“Me preguntaban que qué hacía en Oaxaca, que si había quemado cosas, aventado bombas, cohetes, cargado piedras, les dije que yo no me metí en la pelea, me dijeron que si les decía dónde vivía me iban a llevar con mi papá, y les dije la verdad y ellos me dijeron mentiras porque me llevaron a Tlacolula”, dice Rosalba.
Su casa es un jacal de lámina, un cuadro hace seis años fraccionado. De atrás de la lámina salen cuatro niños más pequeños, sus hermanitos, de los que ahora se hacen cargo. Mientras mamá no vuelva, no volverán a la escuela.
No sólo tuvieron que convertirse en mamás de trancazo, también enfrentan cargos de adultos.
“En el consejo tutelar dijeron que nos metimos en la pelea, que habíamos quemado casas y escuelas, cargado balas y cohetes y bombas. Yo creo que todavía lo creen porque nos citaron el día 30”, dice Belén.
LA GENERACIÓN PEÑOLES
In General on Febrero 13, 2007 at 1:36 amLOS NIÑOS CON HERENCIA DE PLOMO
Por Marcela Turati
Torreón, Coah.—“¡Entrevísteme a mí, yo tengo plomo en
la sangre!”, grita un niño afuera del kinder Jean
Piaget. “Yo también”, se ofrece otro de inmediato, y
sus gritos alebrestan a sus compañeros de fútbol.
Todos comienzan a competir, ya no por el balón sino
por ver quién ha sido el más dañado por el metal que
arroja la molesta y sucia vecina que vive al otro lado
de la barda; la empresa Peñoles.
“A mí me sale sangre de la nariz”, presume uno de
ellos, el más gordito. “A mí me duelen los huesos”,
dice el único ojiverde. “A mí me duele la cabeza, a
mi hermanito le da asma y el otro se murió, dijo mi
mamá que porque tenía plomo”, alterna otro de pelo
casi a rape y grandes orejas.
Todos tienen una historia que contar, se asumen como
medidores humanos del plomo ambiental. Son niños con
achaques de adultos que si no tienen asma, sí
sangrados nasales, cansancio extremo, dolor de huesos,
mareos, jaquecas, pesadez en la panza, o todo junto.
Son niños marchitos como plantas, envenenados por el
polvo que han tragado desde que nacieron. Forman parte
de la generación de Niños-Peñoles, de hijos del plomo.
Ellos son la carta de presentación y quienes dan el
recibimiento a la Colonia Luis Echeverría, traspatio
de la fundidora, cuyos habitantes fueron los primeros
de esta ciudad a quienes se les encontró la sangre
emponzoñada con el metal.
Eso fue hace ocho años.
Tras el escándalo inicial, la empresa reubicó a la
mitad de los echeverristas lejos de la zona tóxica y
plantó un bosque en el terreno deshabitado. Sin
embargo, dejó a la mitad de la colonia, a las familias
de los niños que juegan tras la barda que delimita a
la empresa.
Puerta adentro de las casas de la Luis Echeverría –que
tienen como paisaje se ve una montaña negra de
desechos y varias chimeneas humeantes– se esconden
historias como la de la abuela Martha Alicia Arreola
Medina.
“Mi hija se embarazó y tuvo un bebé, desde que se
embarazó le detectaron arsénico, el niño nació con
malformaciones y microcefalia el 15 de junio del 2000,
y como él hubo varios. Mi nieto nació con residuos de
arsénico y se murió a las 36 horas de nacido. La
empresa nunca reconoció su culpa.
“En ese tiempo, mi nieto José Antonio tenía dos años y
presentaba 41 microgramos por decilitro y cuando nació
mi nieto Gael Antonio, saliendo de la panza de su mamá
nació contaminado con 5 y es asmático, como muchos
niños de aquí. Tienen siete años viviendo fuera de la
colonia, por eso se normalizaron”, señala.
La señora Martha dice que muchas vecinas en edad
fértil tienen el veneno en el cuerpo y cuando se
embarazan expulsan a sus fetos, y las que logran dar a
luz tienen niños deformes. No tiene el dato de cuántos
casos ha detectado.
“Reubicaron a la gente que creyeron pertinente, no a
todos, a pesar de que en un estudio que se hizo y que
reconocieron las autoridades salió que las colonias
que vivimos pegadas a la empresa son inhabitables
porque nosotros respiramos toda la contaminación que
sueltan en la madrugada, la sentimos, nos pica y arde
la nariz y los ojos, como si respiráramos un químico;
veneno”, continúa.
Habla de todos los estudios que se han hecho. Reseña
cada uno de sus recortes periodísticos que tiene en su
archivo. Muestra fotos. Recuerda casos.
Su principal enojo es que desde el 2004, el gobierno
federal y el estatal dejaron libre a la empresa para
que ella estudiara la sangre de sus vecinos, los
diagnosticara, determinara su estado de salud y los
medicara. Supervisada por la secretaría de Salud del
Estado.
“Es anomalía que la propia empresa se lleve los
resultados y determine quiénes sí y quienes no tiene
plomo”, se queja.
Afuera de su casa espera un par de vecinas que quieren
relatar sus casos. En el recorrido, varias mamás
invitan a que se fotografíe a la empresa desde su
casa. Una señora ordena a los niños que posen con cara
de tristeza para las fotos. Los pequeños futbolistas
se disputan quién tiene la historia más conmovedora.
“Yo tengo plomo”, insiste el niño pelado a rape. “Dile
que también por el plomo se murió tu hermanito”, le
ordena con brusquedad una vecina. Él pone cara de
sorpresa. Se congela. Cabizbajo, a punto de llorar
pregunta: “¿Por eso se murió?”
PIES DE FOTOS CON TESTIMONIOS:
LOS VECINOS DE PEÑOLES
¿Qué significa tener plomo?, se le preguntó a los
niños de 4 a 11 años que se publicitaban como
portadores de plomo, y esto fue lo que respondieron:
1 PLAYERA NEGRA, José Antonio Martínez Medina, 10 años
“A veces me sale sangre por la nada y me duele la
cabeza porque contaminan mucho, porque cuando se nubla
aprovechan para sacar humo y huele feo, como a gas. A
veces me siento débil pero me dan caldo para agarrar
fuerza”
2 Víctor Alejandro Mendoza Cuevas, 8 años, ojos verdes
CHIVAS: “Me he enfermado del vómito, me da dolor de
estómago y cuando me está empezando a doler mejor me
duermo. Me duelen los huesos, casi ya no, pero sí a
veces las piernas y los brazos. La empresa es muy
sucia y nos está echando humo sucio para acá. ”
3. Sauro Alejandro Rodríguez Medina, 11 años, ADIDAS
“Siento que huele feo así de repente, huele como
metalúrgico, se queda así como en la boca el sabor feo
como a metal”
4. Gael Antonio Arreola, 4 años, EL MAS CHICO,
asmático. “Me duele el pechito”
5. Osvaldo Ochoa Encino, 11 años, ALTO: “Yo tengo
problemas en los pulmones, y cuando nos hacen un
estudio no sé cuánto sale”
6. OREJON José Antonio Muñoz Arreola, 9 años: “A
veces me duele la cabeza, me siento débil, cuando
vinieron mis primos no podía levantarme. A mi hermano
le da asma, nos gastamos mucho dinero porque tienen
que internarlo. Ese tiene 4 a´ños y el que falleció
duró 68 horas. Me dijo mi mamá que tenía plomo y el
corazón muy grandote y él muy chiquito. A veces vienen
los de Peñoles a limpiar aquí, quieren arreglar lo que
avientan pero el aire ya no se puede arreglar. Orita
están plantando pero con la contaminación que echan se
les van a morir todos los árboles, no deben estar aquí
porque nos contaminan”
CUANDO EL HAMBRE QUITA EL HAMBRE
In General on Febrero 13, 2007 at 1:34 amCUANDO EL HAMBRE QUITA EL HAMBRE
. EL NUEVO MUNICIPIO MÁS POBRE
Por Marcela Turati
(Primera Parte)
En La Montaña guerrerense hay un caserío de tierra roja llamado Dos Ríos donde azota una extraña enfermedad: de un día a otro, cualquiera de sus habitantes amanece sin apetito y, así nomás, como de la nada, pasa los días sin probar tortilla. Al tiempo enflaquece, su organismo se chupa el poco músculo y de tanto cansancio ni levantarse puede del petate. Y, así, sin más, un día cualquiera, el enfermo pasa a difunto.
Esto lo relata Antonio López Paulino, el anciano con sombrero duro como tortilla tatemada que está sentado sobre un ladrillo a la entrada del pueblo, y a quien le pegó la rara epidemia. Está en los huesos y sólo espera la muerte.
“Ya no come nada, nada, a veces una tortilla, a veces no, ya tiene un mes que está malo, le ataca en el estómago, como que se le pasa al corazón, suda mucho, sale mucho sudor, no se quita con nada, ni con remedio ni pastilla y se muere la gente”, traduce del mixteco de don Antonio el comisario de este lugar, Ignacio Martínez Emilio.
Confirman la historia los dosrieños que a su alrededor escuchan, quienes comienzan a anotar nombres en la lista de los muertos recientes. Mencionan a “la difunta Justina Hernández”, que dejó 10 hijos; a la difunta Rufina López de Jesús, de unos 30 años, a la difunta Aurelia González, madre de tres huerfanitos; a la difunta Rosenda González, que dejó otros tantos. Y próximamente a don Antonio.
“La señora Justina se enfermó en agosto, tres meses no comió, nomás poquito de atole y 15 días ni atole ni agua; apenas se murió. Se le tapó la garganta. Les agarra que no les da hambre por la lombriz del estómago. Es normal, no da hambre”, explica Martínez.
“Cuando mero la Rufina murió se tapó del pescuezo, no pasa nada, ni tortilla, no come nada, no tenía nada de fuerza. Un mes pasó y se murió. Se murieron 12 personas: dos niños y 10 grandes”, dice resignado.
La descripción del comisario coincide con la sintomatología de la miseria. Es igualita a la enfermedad de la desnutrición que parece epidemia en Cochoapa El Grande, el nuevo municipio más pobre del país.
Dicen aquí que dejar de tener hambre por tanta hambre es un conocido padecimiento en esta región, la Sierra Mixteca , nuestra África mexicana, el accidente montañoso ubicado entre Guerrero y Oaxaca, donde se registran niveles de vida parecidos a los países del sur del Sahara.
Similares a los que viven los habitantes de países como Congo, Ruanda, Etiopía o Somalia.
Suena a lugar común, pero no es algo menor. Tener índices equivalentes a los subsaharianos, en Cochoapa significa no tener trabajo; no encontrar comida; no conocer el excusado; excluir de la dieta carne y verduras y, en casos extremos, echar al comal las raíces de los platanares o poner en el plato insectos; tomar agua del arroyo puerco; alumbrarse con velas.
Significa también que una simple diarrea puede ser asesina; aguantarse hasta por un mes la enfermedad porque antes no llegan las brigadas médicas; jugarse la vida cada vez que hay que transitar el camino de curvas y piedras que lleva a la ciudad; tener clases cuando a los maestros se les da en gana regresar al pueblo o no encontrar hombres jóvenes porque todos se fueron a la pizca de tomate, a Sinaloa, como hoy.
Aburrido de hablar en mixteco, con un sorpresivo español, don Antonio desbroza un largo lamento y, sin quererlo, ofrece una explicación de lo que significa ser un sobreviviente africano en México.
“No hay nada de comer, nada, nada, parece un animalito nosotro, nomás está pobre, no tiene fuerza, nomás viendo, después se va a morir. Si quiera los animales tienen dueño, les dan pastura, a nosotro no nos dan trabajo, la gente en sin no gana para refresco, nomás sentado todo el día. ¿Así cómo hace? Cuando hay tortilla come una con sal, nomás con eso, ni frijolitos se halla, muchos de los que se van a Sinaloa regresan muertos, porque aquí están sin comida allá se mueren, todos los años se mueren. Unas veces se mueren grandes, otras veces se mueren niños. Cada todo año se acaba la gente”.
Con su huesudo cuerpo encuclillado, su camisa a rayas coloridas, su inmovilidad de lagartija, don Antonio parece parte del paisaje. Su lamento comienza a ser repetitivo. Grita. Lloriquea. Termina siempre comparando la situación de los suyos con la de los animales. Incomoda su discurso. Aturde. Más si se suma que tres zopilotes sobrevuelan este pueblo de pocos árboles que compartan sombra.
“Unos de los de Sinaloa ya ni regresan para el entierro, se quedan allá”, se anima a decir la señora Luisa Hernández, traducida por Martínez, el único varón joven a la redonda, el comisario y comandante elegido a la fuerza y obligado por ello a no irse a Sinaloa.
Martínez no hace nada en todo el día, sólo deambula. La única patrulla de Dos Ríos no sirve, no tiene llantas, menos gasolina. Hoy le tocó fungir como traductor y guía.
El comisario ve pasar a la niña Adela González, la llama, y cuando la tiene cerca explica que ella es una de las huérfanas de la epidemia de los desnutridos. Es la hija de la difunta Aurelia.
“No va a la escuela, no hay dinero para comprar alimento e ir a la escuela, anda buscando su alimento todos los días, va de casa ajena a entregar agua para que le regale la tortilla”, explica y la niña asiente con la cabeza.
Pronto, don Antonio agrega a su quejorio la desgracia de Adela y dice: “Esta niña está pobre ella, no halla nada para comer, parece un animalito, no sabe nada, no piensa, la pobre quería morirse de hambre, está sola, ¿así cómo hace?”
EN EL FIN DEL MUNDO
Dos Ríos es sólo una de las 111 comunidades que conforman Cochoapa El Grande, la porción territorial que recién se independizó de Metlatónoc, el municipio que era el sinónimo de la miseria. El ayuntamiento se dividió en dos: Metlatónoc, donde quedaron los ricos pobres, y Cochoapa, la parte pobre-pobre, rayana en la indigencia.
Don Antonio es sólo uno de los muchos habitantes de Dos Ríos que salen a dar el recibimiento a los fuereños. Tener visitas es todo un acontecimiento si se considera que, de por sí, llegar a Cochoapa desde Tlapa ya es difícil. No sólo por las cinco horas de camino, también por lo descalabrado del trayecto.
Dicen aquí que Cochoapa está tan en el fin del mundo que ni siquiera los maestros enviados de la SEP terminan el ciclo escolar: de un día a otro se esfuman quejándose de que no hay comida.
Las tres jóvenes maestras normalistas que cumplen este año su turno aseguran que con ellas no ocurrirá lo mismo que sus antecesores porque traen sus enlatados de casa. Ellas sufren por otra cosa: el idioma. Ellas sólo hablan español y los niños mixteco.
Sin embargo, aseguran que los niños –“desnutriditos, lombricientos, con su chica panzota”, como los describe una de ellas– sí aprenden porque llegan a clases almorzados y, cuando no, llevan como lunch una tortillita con sal para el recreo.
“A ellos se les antoja una galleta, un refresco, algo de comer y no hay nada que comprarlo”, denunciará más adelante, en una de las casas, la abuela Catarina Cano Santiago.
Tras escucharla parece una broma macabra asomarse al salón de ventanas rotas donde se imparten los grados de Tercero a Sexto de primaria y ver en la pared un mural que simula un supermercado, con todo y envoltorios de Maruchan, Mirindas, Alpura, aceite, atún, Tortillinas y chile.
O ver, en el salón telarañiento de Primer Año, un mural con frutas como uva, pera y fresa, frutas que no son de la región y que los niños comen sólo cuando acompañan a sus papás a pizcar tomates. Son los niños migratorios que invariablemente pierden el año. Este ciclo, de 94 inscritos, 36 no volvieron.
“DIGALE QUE SÍ NACIMOS”
Varias mujeres se apresuran a mostrar su casa.
Se descubre entonces que la miseria de Dos Ríos es estándar: casas de adobe; techo de palitos; petates sobre el suelo o un tendido de tablas en lugar de cama; cobijas que siempre son pocas para tantos; chozas de piso de tierra roja; fogata que envicia el ambiente familiar a falta de estufa; muchos niños de menos talla y peso que los de la ciudad. Niños rojos, por la tierra en la que se arrastran.
Uno de ellos es Celestino Luca Marcelino, nacido el 25 de diciembre de 2005, que parece un Niño Dios flaquito, diminuto dentro de su cobija recostada sobre un petate. Celestino está enfermo de hambre. Su mamá no tiene pecho para darle. Pesa lo que un niño tres meses menor.
“Dice la señora que si ustedes pueden hacer algo por ellos, que si le dan ropita a los niños o jabón para que se bañaran o colchoneta para que no se enfermaran o algo así”, traduce Martínez en otra de las casas estándar.
Quien lo dijo es una joven que lleva prendido a un niño del pecho y que regaña a Eugenio, otro de sus pequeños que bailotea desnudo para llamar su atención: el niño tiene panza como cervecera, que en él es una anomalía, pues su hinchazón corresponde a las lombrices que carga dentro; está encorvado como anciano y tiene costras como quemaduras de cigarro en pierna, muslo y nalga, por una infección cutánea.
Son las enfermedades de los niños color tierra del África mexicana.
Eugenio no tiene ningún primo que le herede ropa. Sus hermanos mayores usan la poca que tienen hasta dejarla transparente. Uno de ellos sólo lleva pantalón, y no tiene playera. El otro sólo tiene la playera.
“No hay nada que comprarles”, repite la abuela Catarina y aunque se queja, no quiere irse a vivir a otro lado: tiene miedo de subirse a un carro.
Tiene razón. Para llegar aquí hay que luchar dos horas y media con caminos que parecen jorobas de camello y sólo cruzan carros con cualidades de tractor. Excélsior llegó aquí gracias a Paulino Díaz Díaz, un activista mixteco que vive en la mera cabecera municipal y que no se cansa de mandar cartas con fotografías de sus paisanos más pobres al Gobierno de Guerrero, a la Presidencia de la República , a la Comisión Nacional de Derechos Humanos y hasta a la ONU para denunciar la miseria de sus paisanos.
“Todos son pobres en este municipio pero los más pobres son los de Itatió o los de Arroyo Olor y varias comunidades que están muy distanciadas, no tienen nada que comer, hay pura gente descalza, sin ropa, su camino en mal estado, los niños andan pelados, la señora toda remendada, se duermen en el suelo, sus viviendas son de palo, piso de tierra, sin luz; da tristeza. Les mandé fotos a todos porque me da lástima verlos pero como están lejos nadie quiere entrar”, dice el actual secretario municipal del Ayuntamiento.
Dos Ríos, por lo que dice, no es la comunidad más pobre del municipio más pobre. Es una de tantas de la África mexicana.
Antes de que la camioneta deje atrás a Dos Ríos y que desde los altos cerros el caserío comience a verse chiquito, como si fuera una maqueta de casas cafés de adobe y palo, don Antonio, el anciano moribundo, se acerca a los fuereños y suelta como despedida: “Bueno que llegaron para ver a nosotro, para que el Presidente ayude, que vea que estamos peor que animalitos, que sepa que sí nacimos”.
LOS MINEROS NO DESCANSAN NUNCA
In General on Febrero 13, 2007 at 1:33 amLOS MINEROS NO DESCANSAN NUNCA
Traviesos, los mineros muertos aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.
Por Marcela Turati
Atrapado en el túnel de la derrumbada mina Pasta de Conchos, un minero no descansa nunca. Con el cuerpo quemado, corre todas las noches, intenta traspasar los escombros, grita por ayuda. Al menos así lo sueña su viuda, quien todos los días, desde hace 11 meses, acampa bajo un toldo gris de tan sucio a unos metros de la bocamina, en espera de que le entreguen los restos de su marido.
“Hermanito, ¿cómo estás?, ¿qué pasó alla?, ¿no vas a ver a mamá?”, preguntó emocionado Javier Torres a su hermano mayor, Felipe de Jesús, una noche en que lo vio entrar a casa. Lo abrazaba, lo cargaba de la emoción; habían sido muchos meses de espera. Pero Felipe, “tieso, no contestaba, estuvo como ausente”. Y a Javier se le espantó el sueño.
Los 65 mineros muertos hoy hace 11 meses siguen vivos.
Traviesos, aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.
Casi un año del accidente y las heridas no cierran, y las familias no descansan. Dicen que lo harán hasta que recuperen el cuerpo del papá, del hermano, del abuelito, del hijo que les falta. Hasta que repose en una tumba donde puedan visitarlo y llevarle flores. Hasta que lo entierren y dediquen una misa a su ánima.
Mientras, sólo lo tienen por las noches. Se les mete a sus sueños. Es entonces cuando le platican cómo fue el día, lo regañan porque se fue o le preguntan si está bien, si quiere comer, si tiene sueño.
“Papi, ¿cuándo saliste? ¿Por qué no nos avisaron?”, le preguntó Tania una de esas noches a Jorge Vladimir, su papá, en cuanto lo vio a su lado tan sonriente como si nunca se hubiera ido, como si el túnel no hubiera expotado y él no estuviera atrapado.
“Lo que pasa es que la empresa ya nos está sacando y no está queriendo decir”, fue la intrigante respuesta que a la mañana siguiente la adolescente relató a su mamá.
En cambio, Agustín Botello se presenta con otra preocupación.
Cada que puede se mete en la mente de su esposa Rafaela Castañeda, “La Güera”, que diario acampa afuera de la mina con otras viudas, y le pregunta si necesita algo, como le preguntaba todos los días. Ella invariablemente le responde: “Está bien todo, nomás tú nos faltas”.
“Nunca lo he soñado muerto. O lo sueño así o como siempre, que estamos en la casa”, dice la viuda del hombre a quien le faltaban cuatro años para jubilarse de Pasta de Conchos. Su nieta Celeste Azucena, sentada sobre sus rodillas, escucha el relato.
María del Refugio López, “Cuquis”, como la conocen las demás viudas con las que espera todos los días alguna noticia relevante, como puede ser el hallazgo de una lámpara entre los escombros o el pedazo de un casco, dice que se topó una noche a José Isabel, el amor de su vida y padre de sus tres hijos.
En cuanto se vieron continuaron una discusión que dejaron a medias y que había comenzado cuando él le comunicó sus ganas de irse de brasero a Estados Unidos, porque en Coahuila el trabajo es malpagado. Se le había fijado esa idea desde que lo corrieron de la empresa Minerales de Monclova, tras años de trabajo, quesque porque se acabó la producción.
“En el sueño llega y me dice: ‘ya vine’, yo le digo: ‘ya no te vuelvas a ir’, él me contesta: ‘mira el dinero que te traje’, y yo le repito: ‘no, no quiero que te vayas de aquí, aunque ganes poco estaremos juntos siempre’. Y él me insiste que cuente el dinero, mientras yo le repito que no se vuelva a ir”.
Esa noche, en el sueño y cuando despertó, Refugio lloró mucho.
“Creo que se vino a despedir, aunque yo le decía no te vayas, se estaba despidiendo. Yo todas las noches quisiera verlo, pero no, no lo sueño”, comenta la viuda que rememora el 2006 por las fechas en las que su esposo estuvo ausente.
Le duele en especial cada día 18 de mes, porque el 18 de febrero fue el última día que lo vio con vida. Y a su lista suma el 10 de mayo en que faltó, el día del cumpleaños de ella y de él, la Navidad en que no arrullaron juntos al Niño Dios como acostumbraban y el Año Nuevo pasado afuera de la mina y esperando conocer la identidad del hombre recién rescatado.
Sufrió especialmente el 20 de junio porque ese día cumplían 25 años de casados. Ya tenían apartada la misma iglesia donde se habían casado, habían pagado el banquete y encargado los anillos, pero no pudieron festejarlo.
Para Fermín Rosales, las cosas tampoco han sido tan fáciles. Aunque él tuvo la fortuna de sobrevivir a la explosión, por varios meses no lo dejaron las pesadillas. En estas, sus ex compañeros le jugaron bromas pesadas.
“Soñaba que estaba trabajando con ellos, estábamos comiendo y se iban retirando, sus luces se iban alejando, yo quería irme con ellos, seguirlos, y no podía. Yo les decía que me esperaran y ellos me decían que me quedara, que al rato los alcanzaba, y ahí despertaba”, dice el treintañero que se mueve como anciano por los golpes que recibió en la espalda.
“Soñé a Mario Ramos, era mi amigo y ahí quedó atrapado, soñé que estábamos platicando y le caían unas vigas y yo estaba a un lado queriendo ayudarlo y no podía. Llegaba Ricardo, el que me sacó, y me decía que nos fuéramos y Mario no respondía y nos íbamos. La psicóloga me dijo que era natural, aunque ahora en Año Nuevo que estaban tronando cohetes arranqué corriendo, de repente se me vino eso, tuvo que ir mi hermana y alcanzarme”.
Mariana Guerrero quedó viuda de esposo y de hermano el 19 de febrero de 2006. Sin embargo, no se ve por las noches con ellos. Sus hijos tampoco.
Ella tiene una explicación para eso: “A los primeros días que nos dieron la definitiva hablé con Dios y le dije: ‘Si es tuyo, llévatelo, si es nuestro ya entréganoslo como sea que esté, pero dánoslo’, y se lo entregué”.
Su hija Claudia lo trajo mucho tiempo en la mente, día y noche, porque el sábado mortal él pidió que lo dejaran trabajar para pagarle su graduación. La quinceañera se lamenta mucho por haberlo dejado ir.
“¿Tú, aquí?, no puedes estar aquí porque no estás vivo”, dijo Elvira Martínez a su esposo Jorge Vladimir Muñoz, cuando lo vio, juguetón, a su lado.
“Él se sonreía cuando le decía eso. Se veía muy diferente, muy bonito, no guapo sino como una persona que miras alegre y limpia. En el sueño le pedí a una persona que me pellizcara para saber si estaba soñando, y mientras me cercioraba corría y lo abrazaba. “Era mi despedida porque no me despedí el día que se fue a trabajar, no tuve oportunidad de abrazarlo. Casi siempre sueño el abrazo que deseé y que me quedé con ganas de dar”, dice la mujer de 34 años.
Elvira pasó la nochebuena afuera de la mina. Cristian, su hijo de 12 años, le preguntaba desconcertado que por qué también en Navidad tenían que ir a la mina. Ella le dijo que porque no podían dejar que papá estuviera solo allá, y que cenar sin él era como si lo abandonaran.
“En cierta manera sabemos que está muerto porque una persona no puede vivir tanto tiempo sin alimento, sin agua, pero no nos hacemos a la idea hasta no ver el cuerpo. Ahorita toda la familia está en una irrealidad, en cierta forma mis hijos están esperando que regrese, me preguntan mucho cuándo va a llegar papi, y yo siempre sueño que lo abrazo”, dice.
Ella interpreta que él no se quiere ir porque, hasta el momento, en ninguno de los sueños en los que ha aparecido se ha despedido.
A su alrededor, juegan sus hijos. Tania hace una tarea escolar en el piso, Cristian y Estefanía juegan con la computadora. Cuando mira a su niña de cuatros años recuerda que le explicó como pudo la ausencia de ‘papi’.
Le dijo: “Tu papi ya no está, vinieron unos ángeles del cielo, le pusieron unas alitas y se lo llevaron volando”. Tiempo después, cuando una primita le dijo que la mina había explotado y que su papá se había muerto, la niña corrió hasta Elvira y le dijo: “¿Verdad que papi está vivo en el cielo?”
Doña Lucia Reyna, anciana madre de 71 años (“tenía seis hijos, ya me falta uno”, dice), sólo se ha topado dos veces con su Felipe de Jesús Torres. Los dos sueños ocurrieron antes de que rescataran el cuerpo de su primogénito y se lo entregaran.
“Lo soñé una vez bien triste, que vino y yo le decía ‘Ay, m’ijo’ y él no me habla, nomás me mira triste y se acostó en un catre y empezó a arder su cama. ‘Hijito, ¿no te cala la lumbre?’. ‘Nooo’, me dijo. Desperté, me dio mucha tristeza que anduviera en la lumbre.
“Otro día lo veía con su pelo todo negro, así, bonito como lo tenía, pero su panza tenía carne amarilla, bien raro. Yo quería seguirlo soñando pero ya no lo sueño. Pero es mejor no soñarlo porque no quiero que siga penando m’ijo”.
LAS LECCIONES DE KAPU
In General on Febrero 5, 2007 at 12:16 pmLAS LECCIONES DE KAPU
Por Marcela Turati
Entró al salón con su paso lento, su calvicie despeinada, su sonrisa de abuelito bueno, su rostro de polaco sonrosado. Estábamos emocionados: el maestro del taller era el periodista-leyenda, el hombre que desde la universidad nos hacía soñar cuando leíamos sus aventuras de testigo de una veintena de revoluciones; sus andanzas por el Congo, cuando lo tomaron por espía y estuvo a punto de ser ejecutado; su escape de las tropas rebeldes nigerianas a través de remotas carreteras, tras ser apaleado y robado; su posible muerte al atravesar la carretera que dividía a Honduras y El Salvador, cuando el fútbol estaba por desatar una guerra. Rizsard Kapuscinski.
Sus alumnos de los próximos días íbamos cargados de dudas eruditas: ¿Cómo reporteó El Emperador, su novela a múltiples voces sobre el emperador etíope Haile Selassie? ¿Cómo eligió la estructura de El Sha, que describe a un país y a un gobernante a través de fotos? ¿Cuánto tardó para escribir El Imperio, su novela vivencial sobre la Unión Soviética ?
Kapu, como pronto comenzamos a nombrar al maestro, aclaró poco. No detalló ninguna técnica. No reveló verdades ocultas. Evadía las preguntas. Fiel a la profesión que abrazó como forma de vida, él era el reportero y, como tal, entrevistaba a los alumnos.
Al tercer día de escuchar las grandes aventuras de los propios colegas y de notar que el maestro sólo escuchaba y no pretendía hablar, el taller de crónica prometía ser un fiasco.
De tanto en tanto, los alumnos nos quedábamos callados, esperando sacarle alguna frase iluminadora. Acorralado, soltaba entonces comentarios que nos regresaban a la esencia de la profesión, que le quitaban el glamour y los reflectores a lo que hacemos.
“Lo más importante en nuestra profesión es recordar todos los días que todo nuestro trabajo depende de otros. Es paradójico porque el reportero es solitario –se mueve entre desconocidos— pero los demás deciden sobre el éxito de lo que hacemos. Estamos con alguien 15 minutos y nunca lo volveremos a ver. El primer contacto decide todo. Hay que tener una profunda, sincera humildad, porque la gente siente cualquier gesto de arrogancia”, soltaba de pronto, con una sonrisa infantil que en segundos se tornaba pícara.
Kapuscinski, o Ricardo, como pedía en México que le dijeran, siempre se lamentó porque la ocupación soviética no le permitió estudiar Filosofía y terminó cursando Historia, aunque, quizás sin saberlo, era un filósofo de la profesión.
Al escucharlo uno aprendía lo que no se enseña en la universidad: la humildad como principal cualidad del reportero, el periodismo como misión, el reconicimiento de la dignidad humana del entrevistado, la toma de partido por los desprotegidos, la austeridad como forma de vida.
Acostumbrado a evadir las alfombras rojas, evitar los grandes palacios y las entrevistas con los poderosos, él entraba a cada uno de sus temas por la puerta de la cocina, entrevistaba a quienes nadie acostumbraba entrevistar. Así, de esas voces colectivas, asustadas, anónimas, recreó la monarquía dilapidadora y excéntrica que gobernó Etiopía, en El Emperador.
Kapu decía que el periodismo requiere una dedicación completa, mantener abiertos los sentidos, volcarse uno mismo a lo que está viviendo, y no sólo lo decía sino que lo practicaba, al grado que en Africa duró tres años sin hablar a casa, para reportarse con su esposa. Para él, ya era una desconcentración.
“Para el reportero es importante ir, no como turista, moverse de manera concentrada para tratar de recordar todo, memorizar. Ese es un viaje de trabajo, de esfuerzo. Posiblemente es el único momento de la vida que tienes para estar en ese lugar, donde encontramos a ese hombre o mujer, por eso hay que ser muy intensos, hay que darse todo, memorizar. Cuando vuelvas a ese lugar tienes que ser capaz de notar si ha cambiado la puerta de una casa”, decía, sencillo, sin pontificar.
Los grandes reportajes y crónicas que aparecen en sus libros nunca fueron publicados por periódicos polacos. Trabajaba para una agencia de noticias pobre y sólo alcanzaba a meter líneas telegráficas. Decía que para no enloquecer del trabajo “mecánico, burocrático y de esclavos” de la agencia de noticias, todo lo que se le quedó en las libretas y absorvió en la memoria lo volcó años después en sus libros.
“Tenía 100 dólares para escribir un golpe de estado y transmitir cada palabra costaba 50 centavos. Con 200 palabras describía un evento de un país del que nadie sabía nada (…) Yo me planteaba que el mundo es más rico, interesante y fabuloso, que no cabía en el lenguaje de la agencia de prensa. Cada libro mío es un segundo tomo de lo que escribí en mis notas”.
A las preguntas más elaboradas les tenía las respuestas más sencillas. No pocas veces desconcertaba.
–¿Cómo hizo para que los soldados lo dejaran pasar y entrar a ese país sitiado donde había un golpe de Estado?
–“Les sonreí”, fue su respuesta.
–¿Què se necesita para ser un buen periodista?
–”Ser, primero, buena persona”.
Con sus pequeñas intervenciones, Kapu, el maestro de Filosofía, iba recordando los básicos y conectándonos a tierra. A ratos parecía que daba clases de anti-periodismo, porque sus enseñanzas contrastraban con lo que se aprende en las redacciones. Pedía, por ejemplo, nunca traspasar los límites ajenos, huir de la fama y el dinero, no perder ningún amigo por una nota, ponerse en los zapatos del entrevistado, tener el amor a la humanidad como motor, dejar el ego a un lado porque –sentenciaba- el periodista que cree saber todo, está destinado a fracasar.
“Uno tiene que ser humilde y saber qué se puede preguntar y qué no, cuál es el límite humano, hasta donde puede escribir. Uno tiene que saber decir a sus jefes: ‘No pude’, pero puedes encontrar otras historias para no llegar con las manos vacías”.
Este misionero del periodismo, predicaba la humanización de cada historia, ponerle rostro a la noticia. Y lo ponía en práctica.
“Estoy en contra de reportar la guerra como partido de futbol. Hay que decir quién era esta gente que murió, dar nombres, detalles, circuntancias. Esto da el sentido de humanismo. La abstracción esconde el drama real y la tragedia. A los muertos hay que mostrarles la cara humana, mostrarles respeto, regresarles sus dignidad, es llorar con ellos la tragedia, ponerte en su lugar”, comentaba.
A este periodista apasionado por el Tercer Mundo le preocupaban los cambios que, con los avances tecnológicos y la aparición de conglomerados mediáticos, sufrió el oficio; la precarización laboral y la poca profesionalización del reportero, su falta de lectura y preparación; la ambiciòn como motor.
Se quejaba de que los periodistas actuamos como manada (“el 99% cubrimos el 1% de lo que pasa en el mundo”). Repetía que esta profesión no deja dinero. Decía que había de desconfiar de aquellas redacciones de pisos de mármol en las que las recepcionistas parecen edecanes.
¿En nuestro oficio es peligroso volvernos cínicos?, le preguntó uno de los alumnos. “No lo creo, mi experiencia es que en nuestro oficio entra gente que ya era cínica, entran por hacer carrera, dinero, planes de vida que no tienen nada que ver con nuestra vocación. Los periodistas con vocación y sabiduría son honestos y tratan de ser mejores. Nuestra profesión los hace cada vez más sensibles y vulnerables”.
Algunas preguntas le tocaban el corazòn. Entonces, con esa sonrisa que tienen los pacìficos, nos dejaba entrar a sus inquietudes como reportero de larga trayectoria que no dejò que lo absorviera el comfort y la burocracia de las redacciones: “Debemos ser humildes y darnos cuenta de que la inspiración y el entusiasmo de repente se apagan, se apaga el fuego interior, y si no tenemos formación no vamos a poder continuar. Hay que prepararse para este momento ya porque después será tarde”.
Así, durante toda esa semana, fue desgranando su credo de periodista y de buena persona. Regresándonos a los orígenes de la profesión. Impartiéndonos clases de filosofía. Predicando al periodismo como misión de vida llena de sacrificios.
Supe que dos años después, Kapu regresó a México a dar otro taller y no se aguantó las ganas de ir al Zócalo para ver de cerca la llegada del Ejército Zapatista. Varios colegas lo vieron reportear entre la multitud agolpada en el centro de la ciudad. Otra de esas noches en el DF anduvo en Garibaldi, la plaza de los borrachos, los mariachis y los tequilas, de juerga con sus alumnos.
Un dìa de esos tuve el honor de desayunar con èl. Durante ese encuentro en el restaurante de su hotel no dejò de quejarse de “la gente de la editorial” que lo habìa traìdo a Mèxico porque ordenaba su agenda y castraba su libertad. Yo estaba por viajar a Campeche a cubrir los efectos del huracàn “Isidore”, y èl, fiel a sì mismo, no dejaba de interrogarme sobre la situaciòn estaban viviendo los damnificados. Sus preguntas me dieron pistas de dònde empezar a reportear.
Otro dìa, ya en Campeche, recibì una llamada suya a mi celular: querìa saber, de primera mano, què habìa hecho Isidore y còmo estaba la gente, y, de paso, despedirse.
Luego supe de èl de oìdas. Escuché que en Argentina se llevó a sus pupilos a un partido de futbol, lo vi en las portadas de todos los periòdicos recibiendo el premio Prìncipe de Asturias en reconocimiento a su humanismo, leì que estaba presentando por el mundo su ùltimo libro de Viajes con Herodoto, a quien consideraba el primer periodista de la historia.
Siempre pensé que Kapu nunca moriría. En Africa, Amèrica Latina y Asia había sobrevivido a las enfermedades más extrañas, a mùltiples amagos de fusilamiento, a guerras y anarquìa. Y como siempre habìa salvado el pellejo y mantenido ìntegra su alma y su fe en el ser humano, lo pensaba como alguien inmortal.
Hasta ayer, cuando comencè a recibir mensajes a mi celular de varios colegas enlutecidos y con la misma tristeza compartida, expresada en tres palabras: Se muriò Kapu.
Sì, se muriò el Maestro. Se muriò una buena persona. Muriò Kapu.
El Salvador, Cuando los hijos vuelven a casa
In General on Junio 20, 2006 at 2:43 pmEl Salvador: CUando los hijos vuelven a casa después de la guerra
Por Marcela Turati
El ciudadano francés Emilien Maudet, de 24 años, estaba de vacaciones en El Salvador cuando le vino a la mente un recuerdo que lo dejó abatido.
“Comencé a tener una regresión, a vivir el pasado. Vi una luz como de una cámara de foto y que yo estaba chico tomando agua y comiendo tomates salvajes en el campo”, narra el joven moreno con rasgos indígenas, con un español al que le falta vocabulario.
Aunque desde los 10 años salió de El Salvador para vivir en Francia con una familia adoptiva, fue hasta los 24, y de vuelta a su tierra natal, cuando recordó cómo fue que se separó de sus padres.
“Cuando me detuve ellos siguieron, estaban en el monte huyendo con mis hermanitos Dimas y Toño. No se dieron cuenta que me quedé, después supe que fue porque mi papá pensaba que mi tío me llevaba de la mano”, dice el joven de cara alargada, pelo negro crespo y ojos tristes.
Lo que siguió al extravío sí la recuerda bien.
“Pasé una semana perdido en la naturaleza, durmiendo en la cueva de un cusuco. Tenía cinco años, estaba lloviendo bastante. No quería demostrarme porque tenía miedo que me maten los militares. Salí porque me estaba muriendo de hambre. Cuando los militares me encontraron me puse a llorar de miedo que me fueran a matar porque eran contrarios a mis papás. Un soldado me dijo que no tuviera miedo, me dio comida, cama, ropa, me curó, como un papá. Estuve un mes con ellos viviendo”.
De ahí en delante su infancia estuvo marcada por las separaciones. Cuando se había encariñado lo pasaron a otro cuartel, luego a un hospital, después a otro, terminó en un orferinato donde lo golpeaban. En 1985 una pareja francesa lo adoptó y tuvo que volver a adaptarse, pero lejos de su país.
“Mi mamá se llamaba Bernardette, me dijo que no me quitaba de mi país, que no me robaba, que sólo iba a seguir la educación que me habían dado mis padres, que nunca les iba a faltar al respeto por la educación que me iba a dar”, dice lento, deteniéndose en cada palabra.
Cuando tenía 24 años Bernardette lo alentó para que regresara a reencontrarse con su país. En ese viaje tuvo el repetitivo sueño del flashazo al que le seguía una escena en la que se encontraba con su papá y su mamá. Regresó a Francia triste y con los recuerdos removidos.
Pero a veces los milagros ocurren. No a diario, pero ocurren. En El Salvador suceden desde hace 12 años, y Emilien fue uno de los favorecidos.
En 1998, en otra visita a su país de origen, contó a una señora su historia y esta a su vez la relató a una asociación llamada Pro-Búsqueda, dedicada a buscar a niños desaparecidos durante la guerra reciente.
Ellos contactaron al joven y tomaron su testimonio plagado de datos inexactos que había almacenado en su cabeza de niño confundido. Pensaba que se llamaba Emiliano Martínez Martínez, y resultó que su verdadero apellido era Valladares Martínez. Erró su lugar de procedencia. Sólo sabía el dato que cualquier chiquito conoce con exactitud: “Mi papá se llamaba Domingo y mi mamá María”. Esa era la clave.
De regreso en Francia recibió una carta que le sacó lágrimas de emoción: habían dado con María.
“En el 99 vine a conocer a mi mamá. Cuando la vi fue alegría y también tristeza de ver a mi familia en la pobreza, porque antes teníamos tierras pero ahora mi mamá vende en el mercado y a mi papá lo mataron los guerrilleros.
“Cuando nos vimos ella me dijo que sabía que yo vivía, que siempre le pedía a Dios que me guardara. Yo le dije que siempre soñaba de un día encontrarlos.
Se siente bien bonito tener familia, uno ya no se siente solo, se recupera de las malos momentos, se siente fuerte”. Lo dice con una sonrisa, Emilio, como ahora se presenta.
USTED ES JOSE, NO ES MIKE
En una pared de un edificio de San Salvador hay una galería de fotos de jóvenes que se perdieron cuando niños y fueron localizados ya adultos. En esta se encuentra un tal Emilien Maudet o Emilio Valladares Martínez, abrazado a María.
En otro espacio está el joven estadounidense Michael Paradise o José Melvin Rivera (su nombre salvadoreño) y su madre biológica; la italiana Marta Isabel Jacopino o Villatorio, si se le llama por su apellido salvadoreño, y sus padres; la belga Magaly Thomas o María Marlén Oliva; la francesa Delmy Thorain o Delmy Cristina Moranda Fajardo; el estadounidense Mike Kennedy o José Fredi Avelar.
Es la oficina de la Asociación Pro-Búsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos que desde 1994 se dedica a buscar los extraviados de la guerra que duró de 1980 a 1992.
La pared da cuenta de los milagros inducidos: jóvenes que se creían solos en el mundo descubrieron que tenían papás, hermanos, abuelos que siempre lo esperaron; chicos con recurrentes pesadillas que descubrieron que esos sueños eran pedazos de una dolorosa realidad enterrada en su memoria; padres que encontraron a sus hijos después de 8, 10, 12 años de separación y sentimientos de culpa.
En el cuarto de la entrada espera Marta, una mujer sin dientes, de pelos blancos largos, rapada del cráneo y sin dientes. Lleva un mandil sobre la falda negra. No sabe hablar bien. De todo lo que dice lo único que se le entiende es que su hijo fue encontrado en Estados Unidos y no ha podido verlo. Ella está aquí para recibir terapia psicológica.
Pro-Búsqueda es dirigida por el sacerdote jesuita Jon Cortina, y no cuenta con ayuda gubernamental. En sus 10 años de existencia ha recibido 703 solicitudes de búsqueda de niños perdidos.
Ya logró que 154 jóvenes se reencontraran con sus familias; en otros 77 casos descubrió el paradero de los extraviados pero aún no ha podido unir a las familias y confirmó que 36 más murieron. Todavía tienen pendientes 436 sin resolver.
Las cifras las aporta Sandra Lovo, la coordinadora general de la asociación, una joven de 33 años que desde hace seis se acercó a la organizacion con esperanza de encontrar a su hermanito desaparecido en Guatemala durante la captura de su mamá. Aún no tiene suerte.
“Los niños (encontrados) crecieron en diferentes circunstancias: algunos en orfanatorios, otros viviendo con familias que los adoptaron directamente o fueron recogidos por familias de militares o allegados al ejército o por familias que no estaban vinculados a la guerra”, explica.
Alrededor del 60 por ciento de los localizados estaban en El Salvador.
Explica que unos desaparecieron durante los grandes operativos militares donde fueron robados; otros sobrevivieron a masacres; unos se extraviaron durante la huida de su familia; los hijos de guerrilleros cuando los trasladaban a casas de seguridad separados de sus papás y algunos pocos fueron reclutados para la guerra.
“A algunos se los arrancaron a las madres de sus brazos a punta de fusil; otros niños, en el fragor de un operativo militar y una operación de ‘tierra arrasada’ quedaban perdidos y se los llevaba el Ejército; hay niños que fueron encontrados debajo de los cadáveres de sus familiares muertos”, explica el padre Cortina.
Maida Ramos fue una de las madres que no extravió a su bebé, sino que los militares se lo arrancaron de los brazos y se lo llevaron. Ella tenía 16 años, Nelson Aníbal seis meses.
“Era en 82, estaba la guerra. Con mucha gente íbamos huyendo de los bombardeos y el Ejército, yo con él en los brazos, cuando me agarró un soldado y me lo quitó. Yo lloraba y lloraba cuando vi que un helicóptero se echó varios viajes con niños, se llevaron como 55. Ellos asistieron a una señora que dio a luz ahí y contentos de que salió varón se lo llevaron.
“Me dijeron que no llorara que esos niños iban a servir al gobierno porque si nos los dejaban iban a servir de guerrilleros”, narra la mujer de 39 años, sentada en una frágil silla de plástico, en el portal de su casa del poblado Los Ranchos, en Chalatenango, de la que entran y salen sus hijos de 16, 13, 8, y 5 años, que nacieron después.
A León Duvón, de Guarjila -pueblo contiguo al de Maida- le cuesta explicar cómo se perdió Andrea, la de siete años, la que apenas se recuperaba de la operación que tuvo después de que una bomba le arrancó el brazo y la dejó ‘cutilla’ (manca).
“Teníamos cuatro días de gira, éramos bastante gente, los heliquépteros aventando tropas donde ibamos a pasar. El (río) Sumpal estaba hondo, yo llevaba a la Carmen y a la cutilla en el hombro, como la bichita no tenía mano ya la iba a llevar el río, ya no iba aguantando.
“La fuerza armada iba disparando, los enfermos ahí murieron bastante, las personas caían, los caballos, fue masacre. Donde pasamos de un cerro a otro empezaron a tirar tropa por aigre y tierra. Todos corrían, ella no pudo. Cuando se quedó, se quedó. Ni como regresar si las tropas andaban siguiendo, yo trataba de disimular porque cuatro (hijos) más teníamos y una de tres días”, dice el ranchero sin alzar los ojos, mientras lija un hueso de animal.
Del otro lado de la carretera, también en este rancho, está la casa de Berta Castro, o Tita, como la llaman. Ella antes de explicar cómo fue que se separó de su primogénito, explica lo que fue la guerra para que se entienda lo que va a platicar.
“El día que se perdió estaban cerca, iban avanzando los militares que habían masacrado gente. Llevábamos muchos días caminando, a mí me tocaba cargar con los dos niños, la de 16 meses y el de 5 años. Mi papá andaba conmigo, me dijo: Mirá, hay que dejar al niño y después volvemos. Era por defenderlo, por miedo de que fuera matado y me sentí obligada a dejarlo.
“Serían las nueve de la noche, iba a haber una gran tormenta. Toqué en una casa y pedí que lo cuidaran, dijeron que sí y nos fuimos. A los ocho años pude regresar de Honduras a buscarlo, no se pudo mas antes, si estaba militarizado todo, si apenas veían gente la mataban”, explica como si necesitara justificarse. “Cuando volví me dijeron que se lo dieron a los militares”.
‘NO ME VA A PERDONAR’
Para su labor, Pro-Búsqueda cuenta con dos áreas: investigación, donde se reciben las denuncias (cada año de 20 a 30 nuevas) y se rastrea el paradero de la víctima, y el área de psicología, donde se ayuda a los involucrados a enfrentarse a la nueva realidad.
Lucio Carrillo es uno de los investigadores del centro y también es un reencontrado, pues por medio del centro se reunió con sus tres hermanas mayores, las únicas que sobrevivieron de una familia compuesta por 11 hermanos, papá y mamá.
Él explica: “Cada denuncia la metemos a la base de datos y analizamos dónde desaparecieron, cómo, qué año, qué casos coinciden; buscamos fichas de adopciones de los juzgados, periódicos de entonces, soldados activos en esa época y los entrevistamos, algunos dan información y otros no por miedo de lo que han hecho.
“Revisamos padrón electoral, directorio telefónico, internet, hacemos sondeos en la zona, buscamos informantes, vamos al lugar donde desaparecieron”.
Lucio, como el resto del equipo, aprendió las técnicas de investigación al fogueo del trabajo.
Dice que cada caso puede tardar desde un día hasta varios años en resolverse. Y algunos ocultan secretos dolorosos. Como el de una muchacha que, recuerda, llegó del extranjero a pedir que encontraran a su mamá. Cuando localizaron a la señora y le dijeron quién la buscaba “se puso como loca, a llorar y dijo que su hija no la iba a perdonar por lo que hizo, pues ella la había regalado”.
En otros casos ha quedado al descubierto el tráfico de niños, pues abogados corruptos aprovecharon el conflicto para sacar actas de defunción falsas de los padres de los supuestos huérfanos y los ofrecieron en adopción.
“Hay más de 400 casos sin resolver y probablemente no podamos por nosotros mismos por la limitante que tenemos de acceso a la información”, dice Lovo, quien señala que es difícil, por ejemplo, dar con el paradero de niños que fueron recogidos por militares y crecieron con ellos.
“Luchamos porque por decreto de ley se cree una Comisión Nacional de Búsqueda de Niños Desaparecidos porque eso nos permitiría resolver más casos; la ley respaldaría nuestra bùsqueda y no estaríamos atenidos a la buena voluntad de los involucrados para que nos enseñen sus archivos, sino que estarían obligados a hacerlo. Pero de parte del gobierno del partido ARENA ha habido falta de voluntad”.
NO ERAN PESADILLAS LO QUE SOÑABA
En la galería de fotos de los reencuentros, la mayoría de los jóvenes abrazan a sus familiares. Pero algunos se quedan al margen, de pie, como si estuvieran incómodos junto a sus progenitores.
La vida es más compleja que los cuentos de hadas y estas historias no terminan en final feliz al momento del encuentro familiar. Lo que pasa después puede ser más doloroso.
“Los jóvenes no sienten lo mismo que sus familias biológicas. Desde pequeños despositaron su cariño en otra familia y aunque no quieren herir a los padres biológicos que los estuvieron buscando, tampoco sienten lo mismo por ellos”, dice Gianina Hásbun, psicóloga que trabajó en la asociación e hizo un estudio sobre los resultados obtenidos.
“Además, el reencuentro lleva irremediablemente a la historia de la separación, al cómo se perdió el hijo y muchos padres sienten culpa porque no hicieron lo suficiente para buscarlo. Nuestro trabajo entonces era hacerlos recordar qué momento estaban viviendo para que no se juzgaran con parámetros actuales sino en situación de guerra”, recuerda.
Julia López, la actual coordinadora del área de psicología, dice que es duro enfrentarse a la realidad y pone un ejemplo real: un chico que en Estados Unidos se apellida Kennedy y 20 años después se entera que se apellida Olivas y que su papá vive en un pueblo llamado Chalatenanago.
“Nuestro trabajo es ayudarlos a encontrarse sus raíces, con su pasado”, explica.
Por eso, antes del reencuentro se reúne con los jóvenes encontrados para saber qué tan dañados quedaron por el conflicto armado, porque unos presenciaron el asesinato de sus papás, la masacre de todo su pueblo, fueron baleados o dañados por las bombas.
“Los recuerdos son duros y ellos se han anestesiado. Creen que los flashes que tienen son sueños, pero son jirones de la realidad. Dicen que no se acuerdan de nada, que de pronto estaban en Estados Unidos con sus papás adoptivos.
“Pero conocer sus raíces, a sus padres biológicos, pasa por algo muy doloroso que es revivir lo vivido. No es fácil, hay que prepararlos psicológicamente para el reencuento a ellos y a toda la familia.
“Los hermanos del joven encontrado están resentidos porque los papás sólo vivieron en función de la búsqueda del hijo; el joven tiene miedo y se siente jaloneado por la familia adoptiva que lo chantajea (‘yo te he criado, te di estudios’) y la biológica que quiere que se vaya a vivir con ellos; los padres adoptivos que creen que van a perder su hijo y los biológicos que tienen la fantasía de que va a encontrar a su hijo chico, de cinco años, igual que cuando se perdió y que quieren llevarle de regalo un peluche”.
Para los militares que recogieron a los niños después de las matanzas, es todavía más difícil afrontar la verdad pues podrían enfrentar un duro reclamo: ‘Tú mataste a mis padres, cómo es posible que tú me quieras’.
Cortina sostiene que aunque duele remover el pasado y encontrarse con las propias raíces, vale la pena.
Los jóvenes se aclaran dudas fundamentales de su identidad que no les permitían vivir, estabilizarse, como ¿cuántos años tengo, quién soy, de dónde vengo, a quién me parezco, estoy solo en el mundo?; los padres, a su vez, terminan con esa incertidumbre de preguntarse día a día dónde está el hijo perdido y si está bien.
CUANDO LA SANGRE LLAMA
‘Cuando vino Andrea y nos vimos yo iba a pegar gritos llorando por acordarme de esos mementos cuando ella quedó, que fueron momentos de muerte… y encontrarla con vida gracias a Dios. Nos dimos el abrazo de alegría por volvernos a encontrarnos’, dice León Duvon, el padre de la niña herida por una bomba, la que se extravió a media huida. Cuando lo dice se le cierra la garganta.
Presume que su Andrea ahora está casada y tiene hijos. Es secretaria. Vive en San Salvador y cada que puede viaja a Guarjila para estar con su familia.
Tita, la vecina de los Duvon, al otro lado de la carretera, también se reunió con su Nelson Rutilio, a quien dejó en manos de desconocidos cuando él tenía cinco años, y que ellos a su vez entregaron al Ejército, y de ahí lo dieron a una familia.
Eso en diciembre pasado, después de que la gente de Pro-Búsqueda le sacó sangre para compararla con la de un joven que se parecía mucho a ella, que había sido recogido y que vivía en un rancho cercano. Le dejaron una foto del desconocido para ver si lo reconocía.
“Cuando vi el foto de mi hijo lo estuve mirando y dije, cabalito, así ha de ser mi hijo. Siente uno como calofrilllitos, como que la sangre se revuelve. Y cabal, él era, la sangre salió positiva, y es que una siente que es su hijo”.
Mientras platica corretea por el patio su nieto de seis años y su hijo de siete años, quien heredó el nombre de Nelson en memoria del perdido.
“El reencuentro fue muy bonito. Había mucha gente que lo conocieron chiquito y llegó un gran muchacho porque mi muchacho es bien alto y blanco”, presume. “Sentí alegría y tristeza de tanto tiempo de no verlo y tenía miedo de que me rechazara, como otros muchachos, pero gracias a Dios no”.
A Nelson Rutilio también le dio un vuelco la vida. De creer que su única familia era el hombre que lo crió, descubrió que tiene cinco hermanos carnales, mamá, cuatro sobrinos, tíos y abuela.
Pero los milagros no terminan aquí.
CUANDO LA SANGRE LLAMA
Un día de 1994, cuando tenía 12 años, Juan Carlos Serrano se paseaba por la puerta del orferinato donde se había criado y vio a mucha gente preguntando por familiares perdidos.
Le llamó la atención el suceso pero no le dio importancia pues todos sus recuerdos eran de ese lugar, donde agarró miedo al agua, porque as veces que lo ahogaban como castigo por portarse mal, donde un día lo quemaron en una cocina eléctrica y a veces le pegaban con un cable.
“De niño me dijeron que me habían encontrado abandonado en la guerra y como me había criado sin familia sentía que era normal no tener a nadie. A los siete años me dio curiosidad, cuando veía que a mis compañeros los visitaban familiares, yo pensaba: ‘¿Yo no tengo a nadie, ni un primo me queda?’”, dice el joven ya de 23 años.
De un día a otro, cuando le hicieron pruebas de sangre, descubrió que no sólo tenía un primo, sino también cuatro hermanos, que vivían en Los Ranchos, Chalatenango. Supo que su mamá vivía y se llamaba Maida. Que de seis meses había sido arrancado de sus brazos y llevado lejos en un helicóptero militar. Que ella nunca dejó de buscarlo, que denunció su robo en cuantos lugares pudo. Que su verdadero nombre era Nelson Aníbal Ramos. Y que habría una fiesta de reencuentro con su familia.
“(Cuando vino) él quedó paradito, yo también, hasta que una tía me dijo: ¿Qué no ve que ese es suyo, que se parece a su papá? Yo dudé, no es lo mismo verlo de seis meses que de 12 años. Luego lo abracé, le dije cómo lo había perdido y cómo costó encontrarlo, me preguntó por su papá, le dije que murió”, recuerda Maida.
“Quizás la costumbre de estar sin familiares me hizo no emocionarme”, explica él. “No sabía qué hacer, qué decir, si nunca estuve con estas personas, y que le digan a uno esta es tu mamá, estos tus hermanos, es bien raro”.
Su historia no terminó con la foto del abrazo posado entre desconocidos que pretenden simular cariño. Juan Carlos no regresó a vivir a casa. Primero, no se lo permitieron en el orfanatorio. Cuando era independiente él no quiso hacerlo. Tampoco aceptaba a su madre, su pobreza y su vida campesina.
“Llegó a momentos en que me rechazaba, llegó a decirme que lo había abandonado, que para él era preferible que lo hubiera abortado. Entonces le dije: ‘Si me necesita ya sabe donde encontrarme, yo voy a esperarlo con los brazos abiertos’. Y me fui. Él tenía 17 años. Pasaron 6 meses hasta que un día lo vi asomarse en casa y me dijo: ‘Aquí viene el perdido’. Ya venía cambiado”.
“En el fondo sí me llenó bastante espacio saber que tengo familia, un apoyo donde siento confianza, a dónde acudir en cualquier cosa. Uno siente que en cualquier situación está a familia, que si uno necesita se desplazan para ver qué hacer”, dice él.
Juan Carlos trabajó un tiempo en San Salvador, luego quiso migrar a Estados Unidos, pero lo expulsaron. Maida tuvo más suerte y estuvo cuatro años trabajando en una cafetería gringa. El día de esta entrevista tenía pocos días de haber regresado.
El reconoce que le cuesta adaptarse a su familia. No se atormenta por la mala suerte que tuvo, piensa que quizá fue mejor que un soldado lo apartara de su madre de chiquito porque así ella pudo desenvolverse mejor en las montañas y sobrevivir. “Estuvo mejor así y los dos estamos bien”.
Dice un dicho que la sangre llama a la sangre, y en el caso de Juan Carlos así fue. De ser un chico que creció sin saber lo que era la familia, un día sintió que su lugar estaba en su casa, al lado de sus cinco hermanos y de su prima, que quedaron solos cuando emigró su mamá.
“Sentí que aquí me necesitaban, sentí la necesidad de estar cerca de la familia. Cuando ella se fue sentí que tenía que llenar la butaca del hermano mayor, estar viendo por los pequeños, cuidar la casa, porque no está mi padrastro ni estaba mi mamá, y yo como mayor tenía ver cómo se va saliendo adelante”.
Y en eso estaba, cumpliendo su papel de hermano mayor.
“Mire si existen los milagros”, dice Maida con la piel enchinada de la emoción.
3 MIRADAS A ARGENTINA
In General on Junio 20, 2006 at 2:39 pm3 MIRADAS A ARGENTINA A TRAVÈS DEL TIEMPO. Estas cartas las escribí en 3 momentos distintos, todas desde Buenos Aires. Quizás algunos de ustedes recibieron la primra, pero ahora, las tres juntas toman sentido y son un buen termómetro de cómo está el país y también explican un poco por qué sigo aquí. Se las comparto. Y les mando muchos saludos
1. (Noviembre Del 2001, antes del estallido de la crisis)
¡Hola a todos! ¿Cómo están? Perdonen que les escriba un correo comunal –yo tambièn los odio– pero acá me cobran a precio de oro el Internet. En este momento estoy en Buenos Aires. Llegué aquí el día 8 y estoy muy contenta, caminando, mirando, escuchando y oliendo esta ciudad en la que no se deja de hablar de Maradona (incluso un diario llevó de 8 columnas que Maradona había dado permiso para que se usara el número 10 en las camisetas) y de la crisis económica.
Desde que mis amigos me recogieron en el aeropuerto me comenzaron a platicar que ya nada es como antes, que diariamente se enteran de amigos que se quedaron en la ruina y que por eso prefieren a veces no enterarse de nada, que llevan 4 años con crecimiento cero…
En cualquier programa de la radio se escucha lo mismo. La gente habla para desahogarse hasta a los programas de deportes y muchas estaciones incluyen mensajes para levantar el ánimo.
La otra vez me tocó escuchar a una señora que habló a uno y dijo al aire que ya no había que esperar más de Maradona, que era un ser humano cualquiera, y que si él se levantaba no iba a mejorar el país. En una crónica del homenaje a Maradona el cronista lo comparaba a él con la Argentina: “está deshecho”.
Ahora vivo en casa de Graciela, una amiga que pasó de vivir en la esquina “más cara de la ciudad” –según cuenta–, a un departamento de una recámara. Ella duerme en una camita en la sala comedor y en el cuarto dormimos una de sus hijas y yo. Lo triste de la historia es que su hijo de 23 años tiene que vivir con la abuela porque no cabe en el departamento y su otra hija se fue a probar suerte a España.
La situación económica, sin embargo, no les quita el buen ánimo ni la generosidad. Y la ciudad se mantiene hermosa, con todo y los paros de los recolectores de basura y las manifestaciones de maestros y jubilados que me ha tocado presenciar. (Ahora hay un escándalo porque el SNTE de acá se negó por primera vez a que los maestros hagan el censo demográfico, y el Presidente dijo que de ser necesario mandaría a militares, policías y todo empleado público a hacerlo).
El jueves que llegué fui a la Plaza de Mayo y me tocó ver justamente la manifestación de las madres que todos los jueves a los 3 y media, desde hace 20 años, piden que les digan el paradero de sus hijos.
Ahí conocí a un tipo –ex guerrillero, supongo por lo que me contó y para variar y no perder la costumbre– que me invitó a conocer la Universidad Popular, la universidad fundada por las madres.
Fui una noche a visitar y tomé una clase de derechos humanos donde se analizaba un texto de Gramsci acerca de la importancia de medir fuerzas. Interesante. Y el concepto de la universidad popular mucho más. Las madres son toda una institución acá: tienen un enorme edificio con cafetería y librería, una universidad, producen postales, pinturas, videos, libros y un periódico pequeño y están por poner una imprenta. En su universidad tienen a 900 estudiantes en alrededor de 6 carreras (economía política, periodismo crítico, educación popular y cine, por ejemplo) y educan para la resistencia. Sus materias son lectura del marxismo, historia de las madres, nuevos pensadores, economía de exclusión, y semanalmente dan cátedras gratuitas sobre la ideología del Che y temas por el estilo.
Como comentaba antes, he tenido buena suerte. Justo cuando admiraba la fachada del hermoso Teatro Colón abrieron la puerta y me tocó que la función gratuita del preestreno de una obra musical parecida a Erótica del fin del mundo, porque era como una función de circo, muy divertida. Y por dentro el teatro es más bonito: afrancesado con más de seis pisos de altura y frescos en el techo.
Una noche conocí también el barrio de Palermo Viejo y por casualidad comenzaba una obra de teatro dentro de una cafetería. La graciosa obra hacía una crítica de la educación oficial; la disfruté a pesar de que no capté muchas cosas.
Al salir, Eduardo, el hombre que es pareja de Graciela, la amiga que me hospedó, me contó que por la crisis han florecido muchos artistas y obras así, en las que pagas con lo que quieras cooperar cuando pasan el sombrero.
Luego tendría más claro eso del trabajo informal en la Plaza Dorrego, esa plaza en el antiguo y pintoresco barrio de San Telmo llena de estatuas vivientes, bailarines de tango, titiriteros, cantantes y tianguistas adultos, casi ancianos, disfrazados sin pudor de diablos o de personajes del siglo pasado, niños, egipcios, cartas, uvas u lo que fuera.
No me quiero extender porque los minutos cuestan oro y tengo 2 pesos en la bolsa. Tengo demasiado que contar de Perú, Machu Pichu, Cuzco, Iquitos, Arequipa, y mucho de acá y de la bella ciudad de Colonia (la primera ciudad uruguaya), pero lo desahogaré en otros correos.
Voy a estar unos días más aquí y el fin de semana creo que me muevo para las cataratas de Iguazú o para la Patagonia. No estoy muy segura. Bueno, les mando un abrazo a todos y espero no haberlos aburrido mucho.
2. (Agosto de 2004, post crisis y cacerolazo)
¡Hola! Les escribo sólo a ustedes, los que me han dicho –no sé si sinceramente, y si no ya se amolaron– que extrañan mis crónicas viajeras. Les cuento que durante el mes que no escribí decidí hacer un poco de silencio en mi vida, pero ahora siento que ya fue suficiente así que les platicaré, siempre a grandes rasgos pero tratando de no extenderme mucho, lo que ha sido mi tercera experiencia de Buenos Aires.
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Los carteles callejeros –con una foto con los escombros de un edificio– invitaban a una concentración masiva convocada para el domingo afuera del edificio de la AMIA.
La noche anterior a la cita yo estuve en una fiesta, bailando, tomando vino, saboreando las empanadas caseras que preparan mis amigos, acompañando al coro de voces que ponen letra a la música de la guitarra. Ésa, como casi todas las fiestas a las que aquí he asistido, terminó de madrugada.
A las 6 de la mañana estábamos llegando al sencillo departamento de Normi y Billy, los amigos que me adoptaron esa noche.
A eso de las 8,30 de la mañana, Normi y yo ya estábamos saliendo a la calle para no faltar a la convocatoria dominical afuera de la AMIA. Conforme nos acercábamos veíamos que las calles ya estaban copadas, que sería imposible ver nada.
Cuando el apretujadero de cuerpos nos bloqueó el paso, desistimos y nos metimos a un café cercano para, desde ahí, acompañar el dolor de los familiares de las víctimas del atentado terrorista que hace 10 años mató a 380 argentinos.
Se cumplían 3560 días desde que los terroristas –¿islámicos?, nunca se investigó profundamente– habían estallado la AMIA, el edificio donde se presta servicios médicos, de trabajo, sociales a la comunidad judía argentina.
Además de recordar a las víctimas del atentado, la gente acudió a pedir justicia pues ese caso, como todos los grandes casos, la Justicia no lo había resuelto. Ningún culpable en la cárcel; expedientes perdidos; evidencias desaparecidas; jueces corrompidos.
Así, sentadas en el café, a través de la pared de cristal, veíamos los rostros del dolor de los congregados afuera. Las cejas fruncidas. Los ojos llorosos. Las gargantas anudadas. Las caras que se preguntaban qué pasó y por qué, cómo es que murió tanta gente, por qué tanto odio. Y escuchábamos a los oradores recordar a sus muertos, a ese niño católico de cinco años que siempre preguntaba a su mamá cuándo visitaría a sus abuelitos que están en el cielo. Y ese día, por desgracia, pasaba por el lugar al momento que estalló la bomba.
Escuchábamos acerca del final de ese desempleado polaco que llegó a Argentina escapando de los nazis, donde alcanzó a vivir 80 y tantos años hasta que un día se le ocurrió ir a ver si los trabajadores sociales le habían encontrado alguna ocupación pero lo recibió la bomba.
Una familiar de las víctimas por el micrófono decía y repetía: “Aquí estamos. A 10 años. Aplastados. Consternados. Sin esperanza. Adoloridos. Muertos de dolor. Aún bajo los escombros…..”
Yo sentía raro. Por un lado, lloraba con ellos, me sentía igual de indignada. Por otro, me sentía extraña al escuchar que el lamento ahora era de los judíos que estaban preguntándose por qué eran perseguidos y tan odiados. Algunos gestos me causaban un reborujo interno, hacían que se me cruzaran los cables.
Me di entonces cuenta de lo acostumbrada que estoy a escuchar que los judíos ahora son siempre los malos, como los gringos. Y me dio vergüenza.
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Caminé de regreso con la Normi. Hacía un frío polar. Nos metimos a un café de esos que abundan en esta ciudad y que parecen estar siempre llenos; grandes, de paredes de cristal para no perderse lo hermoso de la arquitectura porteña; con sillas de maderas finas, mesas antiguas, ricos postres a la vista y periódicos dispuestos para todo el que quiera leer las horas que desee.
Ahí nos contamos a grandes rasgos nuestras vidas. Ella, abogada desempleada después de que jerarcas católicos la intentaron obligar crear falsos expedientes a trabajadores para correrlos sin causa. Por su negativa la persiguieron y acosaron a tal grado que entró en una crisis nerviosa y en una depresión severa que le hizo no desear levantarse en las mañanas. Tenía miedo.
En eso estaba cuando conoció a Billy. A las semanas de conocerse ya vivían juntos.
Él es un escritor uruguayo que a principios de año había dejado su trabajo y todo lo que tenía en Uruguay y se trasladó a Argentina para cumplir su sueño de publicar un libro de cuentos, viviendo de sus ahorros que ya escasean.
Uno de esos días la conoció a ella. Sin mucho preámbulo decidieron vivir juntos. Ella me contaba que de pronto él se sentía mal porque no podía ayudar a pagar los gastos del departamento, pero que ella le dijo: “Ya me estás pagando. Porque si vives aquí conmigo me das ganas de levantarme todas las mañanas y para eso, para el sonido de tu guitarra que me alegra el día, para los mates calientes que me ofreces en la mañana, no hay precio. Con eso me pagas”.
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Volví a Argentina para tomar un curso. Como siempre, Ceci me brindó hospedaje. Algunos la conocen a ella, a quienes no les cuento que es una amiga que trabajaba conmigo en el periódico, quien después de una larga racha de tristeza, un día me pidió que la fuera a ver a su depa y me dijo, con una luz que nunca había visto en sus ojos y una sonrisa abarcante, que había decidido dejar todo y volver a empezar en Argentina. ¿Por qué en Argentina? Porque estaba convencida de que la vida le estaba enviando signos: su amor por el escritor Julio Cortázar; el chico que había conocido por Internet; la belleza de Buenos Aires… Y así, sin más, renunció a la chamba, dejó su depa, su familia, sus amigos, su país y se mudó para acá con poco equipaje, sin redes o certezas de ningún tipo.
De haber llegado sin nada, siguiendo las señales de la vida, al poco tiempo ya tenía una comunidad de amigos envidiable; un trabajo muy bueno; un departamento bonito; y era muy feliz. Y ahora se dedica a recibir a todos los amigos mexicanos que queremos estar en Argentina (me da risa, su casa es como el consulado mexicano en Buenos Aires) y a compartir a sus amigos con todos lo recién llegados.
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La vida que he llevado acá me gusta mucho. Por las mañanas y las tardes bailaba en mis clases de danza-yoga con un grupo variopinto: españoles, italianos, rusos, brasileños, israelíes, argentinos y mexicanos. En las tardes o por las noches he tenido encuentros deliciosos con gente siempre interesante.
Un día tomé un café con un periodista chileno que se ha dedicado a viajar, a cronicar el mundo, y a quien conocí a través de su recién publicado libro de crónicas que me hizo reír mucho. En nuestro encuentro me dijo que acababa de comprar una vaca para hacer un libro-reportaje sobre todo el proceso de la carne en Argentina. Su vaca ya tenía cuatro meses y en dos más cumpliría la mayoría de edad y podría ser convertida en chuleta. Pero, como siempre ocurre, ya se estaba enamorando de “La Negra”, y ya no sabía si podía terminar el reportaje o dejarla vivir.
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Buenos Aires es muchísimo más barata de lo que yo la conocí, más serena (no hay tanta vida nocturna como antes, los cafés se llenan poco). La gente está más irritada, como deprimida, grita y se insulta por cualquier cosa como desesperada.
Comienza a verse el deterioro. Poco se escucha hablar de Maradona. Escuché decir a una chica que ya no quiere ahorrar para el futuro, que considera que su futuro está hipotecado, que no piensa dar una moneda para pagar una pensión jubilatoria pues sabe que todo se lo van a robar.
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Los viernes y sábados por la noche los disfruto en la casa de los chico “Pirovanos”. Son varios muchachos que proceden de un pueblo cercano a Buenos Aires que lleva ese nombre: Pirovano.
Ellos gustan de la trova, del folclore, cenan siempre juntos y cocinan riquísimo (desde el pan hasta las empanadas o los ravioles en jugo de carne). Son medio obreros, medio artesanos, medio músicos, medio locos y bohemios. Cada fin de semana abren las puertas de su casa y reciben a todos los amigos que queramos llegar.
Jorge, el anfitrión y patriarca del grupo, el aglutinador y punto de unión, es un hombre siempre joven y con la casa siempre lista para recibir gente.
En su casa-taller (vecina de la casa donde vive el resto de los pirovanos y frente a la coa de otra pareja amiga) se llevan a cabo las reuniones. Se come asado, se toma vino, se baila, se cantan chacareras, se toca guitarra, bongo y batería, se comparten los cigarrillos y la vida.
En esta casa descubrí lo que siempre he buscado en mis viajes: una verdadera comunidad. Y lo encontré en esa especie de comunión que se celebra alrededor del asado. En ese grupo donde el único credo es la amistad, la autenticidad y la solidaridad. Donde los chicos trabajan para vivir, no viven para trabajar.
No importa que la casa quede sucia, que el rito de preparar el asado (costillas, chorizos, carne asada) se repita cada semana en la azotea de su casa, que hayan quedado manchas de vino en la alfombra o una copa rota, Jorge abre siempre su casa con la misma sonrisa generosa, afectuosa, sencilla, agradecida con la vida.
Como si con ese gesto quisiera regresar un poco de lo que él ha recibido.
Lo mismo llega un día a las reuniones un violinista callejero que interpreta su música, o una chica que alguien conoció por Internet en el círculo de admiradores de Benedetti, o una pareja de ex militantes contra la dictadura militar, o una mexicana que vino a tomar clases de danza yoga. No faltan los niños (hijos de alguno del grupo), que se pelean el Internet o juegan en el taller. Hasta Poroto, el gato, participa.
En dado punto, simpe hay quién recuerda a todos que es hora de mover la mesa –mesa enorme donde llegamos a comer más de 20— y comienza el baile sobre el piso alfombrado.
(Esta carta la estoy terminando en su computadora, atrás cenan los demás los restos de la comida, pues la reunión que empezó a la 1 de la tarde a esta hora, las nueve de la noche, no ha terminado)
Aunque este es una especie de ritual de Los Pirovano, y al final aportamos todos algo para pagar una parte de la comida y los vinos (nunca podremos pagar el buen rato y la compañía), la crisis generó que mucha gente comenzara a dejar de salir a divertirse y a hacer reuniones o cenas caseras. La alegría no se pierde aunque escasee el dinero. La creatividad siempre da una salida: Por ejemplo, una amiga vende en la calle fotos con paisajes porteños y Jorge organizó hace poco una cena en la que el “cover” consistía en llevar alimentos que después serían usados para aliviar la estrechez de la familia de un amigo priovano que recién quedó desempleado.
El espíritu nunca muere.
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Apéndice: El día que volé a México Normi y Billy me encaminaron varias cuadras hasta tomar el taxi a casa para recoger mi maleta. Era casi de madrugada y seguía el frío invernal. Me fui emocionada por tan bonita despedida: salir de una fiesta, de la celebración de lo cotidiano, de la amistad, de la vida; cargada con abrazos apretados de la banda Pirovano; escoltada hasta el taxi por entrañables amigos y, abrigada con ese colectivo abrazo de despedida, abordé el avión de regreso a casa.
3. (mayo de 2005)
Hola. Perdón, hasta hoy pude sentarme tranquilamente a escribir, pues apenas tengo tiempo libre. Desde hace días traigo en la cabeza comentar cosas que me sorprenden de Argentina, que no he visto en otras partes.
Lo que más me ha impactacado es el deterioro. La ciudad más europea de América Latina se comienza a latinoamericanizar.
Los edificios hermosos, réplicas de palacios europeos, tienen las paredes graffiteadas o repletas de propaganda política pegada con engrudo.
Los bancos, si tienen puertas, las tienen de lámina. Si son de vidrio seguramnte están quebradas o cuarteadas y, por tan sistemáticos que son los destrozos, los dueños ya ni siquiera se molestan en cambiarlos. Sus fachadas están decoradas con carteles o grafittis llenos de insultos a los banqueros.
En la noche la basura se ve desparramada por las calles y todo el día las cacas de perro en las banquetas.
Aunque ya pasó lo peor de la crisis y ya comienza a recuperarse económicamente, la gente (los restaurantes, cines, teatros vuelven a estar llenos), el deterioro va en creciente.
Con la crisis aparecieron personajes importantísimos, protagonistas de la historia diaria.
Unos son los cartoneros, esas familias de pepenadores que por la tarde llegan a la ciudad en burros, camiones de volteo o en el último vagón de los trenes y esperan con ansia las bolsas de basura que la gente saca por la noche para espulgar los restos, quedarse con lo todavía útil, apropiarse del cartón que luego pueden vender.
Ellos son una de las causas por las que las calles lucen sucias; llegan, desgarran las bolsas y dejan todo regado. Me parece como si esa fuera una manera de vengarse de los argentinos que se sentía europea y que siempre eligieron ignorar que en los alrededores también había pobres, que existía otra realidad: la de las villas miseria, la del hambre, la de los que escarban en los restos de los demás para sobrevivir.
Otros de estos personajes que surgieron con fuerza son los paseadores de perros, jóvenes que van por la calle sosteniendo con cada mano correas con 10, 20 perros, y su trabajo es sacarlos a pasear mientras sus ricos dueños trabajan.
La gente acá ama a los perros, hasta en el más pequeño departamento siempre vive un perro.
Cuando vine antes de la crisis, ví a la gente pasear al perro con una bolsita en la mano, para recoger sus cacas; en la época “post-corralito” –después de que el gobierno secuestró los ahorros bancarios de los ciudadanos y trasladó los ahorros en dólares a pesos– parece que la gente olvidó esa costumbre “civilizada” de responsabilizarse por los excrementos de sus perros y las calles lucen cagadas.
Los personajes más notables de la crisis son los famosos piqueteros, esas hordas de desocupados (desempleados) que cierran las calles un día sí y el otro también, para pedir programas de ayuda del gobierno.
Por ellos, edificios como el Congreso o la Casa Rosada (la oficina presidencial) están vallados permanentemente, pues las protestas eran tan violentas que cuando podían destrozaban puertas, ventanas, fachadas o golpeaban granaderos.
Como ahora todo es un caos, todos pueden ser piqueteros.
En semanas pasadas, por ejemplo, un grupo de estudiantes de una prepa sacaron sus bancas y las colocaron a media avenida, y ahí, en medio de autos recordándoles a sus madres, tomaron clases, en protesta porque el techo de su escuela (un edificio viejísimo, colonial, hermoso) se caía a pedazos.
Por esos días, músicos de orquesta, dieron un concierto gratuito afuera del Teatro Colón –uno de los 3 con mejor acústica en el mundo, como gustan decir los guías de turistas que visitan ese lujoso teatro de 6 pisos–, en protesta por sus condiciones laborales.
Al día siguiente por la noche los maestros sitiaron el Congreso y los universitarios cerraron varias calles (el autobús en el que yo viajaba quedó entrampado en uno de esos cortes vehiculares).
Ayer las noticias dieron cuenta de un muchacho que organizó un campamento-piquete afuera de la casa de la chica que le gusta, para llamar su atención y exigirle que cumpliera sus demandas de amarlo eternamente.
Estado acá me doy cuenta que hay cosas que odio de los argentinos y otras que les admiro mucho. Odio que se la pasan quejándose, victimizándose, como si sólo a ellos les ocurrieran las desgracias que cuentan (parece que no han escuchado a hablar de que privatizaciones y saqueos ocurrieron en toda América Latina).
Pero les admiro que no se quedan en la queja. Me encanta ver que sí reaccionan a eso, que son consecuentes con su repudio a la clase política y a los banqueros.
He escuchado –por ejemplo– que si un político de mala memoria entra a un restaurante, la gente comienza a golpear con sus tenedores los vasos o platos y de tanto ruiderío obligan al personaje a abandonar el lugar.
La gente sale a la calle y protesta, así como los estudiantes, los músicos, los piqueteros de las semanas pasadas. Tampoco faltan las protestas fuera de los bancos.
Otro ejemplo: Hubo un incendio en diciembre en una discoteca donde se murieron calcinados casi 200 jóvenes y niños. Los jueces decidieron excarcelar al empresario dueño del lugar y la gente se encendió. Los padres llegaron con gasolina a intentar quemar los tribunales, se enfrentaron a golpes a los policías, quisieron sacar a fuerzas a los jueces, bloquearon todo el día y durante la noche los tribunales, se manifestaron en Plaza de Mayo y los días siguientes, exigiendo fin a la impunidad.
Cuando el empresario salió libre fueron a acampar afuera de su casa.
Otra cosa que me sorprende son los famosos “escraches” o protestas afuera de las casas de los militares que materializaron las desapariciones durante la guerra sucia. Algunas de esas manifestaciones se anuncian por un periódico de izquierda, otras son sigilosas, de pronto, sin que ningún vecino lo sospeche, una calle se llena de gente, muchos jóvenes, que rodean una casa, gritan consignas, hacen ruido estrenduoso y reparten a todos sus vecinos fichas criminales con los antecedentes del tipo “escracheado” para que sepan quién vive en la puerta de al lado.
No deja de doler la crisis, que aquí se manifiesta en todo su esplendor porque se ve cómo de un día para otro clase media pasó a ser nada, los medio pobres quedaron en la indigencia, y los avances se han ido perdiendo. Los techos de los edificios hermosos que tanto impresionaban a los turistas, comienzan a descascararse y ya es imposible taparlo.
Una vez iba por la calle y vi a un anciano, todo trajeado, con el traje y los zapatos antes finos ya gastados por el uso, metiendo la mano a un basurero y buscando cajetillas de cigarro para ver si en alguna encontraba alguno. Esa imagen me conmovió bastante.
Siempre vez mujeres tiradas en la banqueta pidiendo para sus hijos, y aunque nosotros estamos acostumbrados a ver esa escena, acá es nueva la aparición explícita de la pobreza que copa las calles.
Hace dos años, por ejemplo, causó revuelo la entrevista a una niña que confesó llorando que tenía hambre y no tenía qué comer.
Parece que el país va saliendo del túnel, aunque a veces parecería que la salida está muy lejos. Ya veo que comienzan a nomalizarse las cosas. Que el gobierno comienza a tener éxito negociando las deudas que tiene el país con los oganismos financieros internacionales. Que el estrés ha bajado y los insultos en la calle
Si (como algunos argentinos) tomo a Maradona como medidor del país, y veo que Maradona está recuperándose de su adicción, con 20 y tantos kilos menos, feliz, resucitado, estrenpandose como conductor de un programa de televisión, quizás pueda afirmar que siguen cosas mejores.
“Los pirovanos” siguen festejando la vida. Algunos de quienes conocí el año pasado aparecen todavía en las reuniones, otros no, algunas parejas sobreviven y otras ya se deshicieron. Pero siempre hay caras nuevas: la psicóloga social que da terapia en plazas donde duermen indigentes, el editor de libros; el periodista que con su propio dinero realiza un programa (que transmite en cablevisión) sobre los rincones argentinos; las nuevas generaciones de pirovanos que vienen a Buenos Aires a empezar la carrera y a inyectar sangre nueva a esta comunidad…
Bueno, tengo que irme. Otro día les cuento un poco más de las clases que estoy tomando. Esper no haberlos aburrido. Les mando un saludote.
3 MIRADAS DE ARGENTINA
In General on Junio 20, 2006 at 2:38 pm3 MIRADAS DE ARGENTINA A TRAVÈS DEL TIEMPO. Estas cartas las escribí en 3 momentos distintos, todas desde Buenos Aires. Quizás algunos de ustedes recibieron la primra, pero ahora, las tres juntas toman sentido y son un buen termómetro de cómo está el país y también explican un poco por qué sigo aquí. Se las comparto. Y les mando muchos saludos
1. (Noviembre Del 2001, antes del estallido de la crisis)
¡Hola a todos! ¿Cómo están? Perdonen que les escriba un correo comunal –yo tambièn los odio– pero acá me cobran a precio de oro el Internet. En este momento estoy en Buenos Aires. Llegué aquí el día 8 y estoy muy contenta, caminando, mirando, escuchando y oliendo esta ciudad en la que no se deja de hablar de Maradona (incluso un diario llevó de 8 columnas que Maradona había dado permiso para que se usara el número 10 en las camisetas) y de la crisis económica.
Desde que mis amigos me recogieron en el aeropuerto me comenzaron a platicar que ya nada es como antes, que diariamente se enteran de amigos que se quedaron en la ruina y que por eso prefieren a veces no enterarse de nada, que llevan 4 años con crecimiento cero…
En cualquier programa de la radio se escucha lo mismo. La gente habla para desahogarse hasta a los programas de deportes y muchas estaciones incluyen mensajes para levantar el ánimo.
La otra vez me tocó escuchar a una señora que habló a uno y dijo al aire que ya no había que esperar más de Maradona, que era un ser humano cualquiera, y que si él se levantaba no iba a mejorar el país. En una crónica del homenaje a Maradona el cronista lo comparaba a él con la Argentina: “está deshecho”.
Ahora vivo en casa de Graciela, una amiga que pasó de vivir en la esquina “más cara de la ciudad” –según cuenta–, a un departamento de una recámara. Ella duerme en una camita en la sala comedor y en el cuarto dormimos una de sus hijas y yo. Lo triste de la historia es que su hijo de 23 años tiene que vivir con la abuela porque no cabe en el departamento y su otra hija se fue a probar suerte a España.
La situación económica, sin embargo, no les quita el buen ánimo ni la generosidad. Y la ciudad se mantiene hermosa, con todo y los paros de los recolectores de basura y las manifestaciones de maestros y jubilados que me ha tocado presenciar. (Ahora hay un escándalo porque el SNTE de acá se negó por primera vez a que los maestros hagan el censo demográfico, y el Presidente dijo que de ser necesario mandaría a militares, policías y todo empleado público a hacerlo).
El jueves que llegué fui a la Plaza de Mayo y me tocó ver justamente la manifestación de las madres que todos los jueves a los 3 y media, desde hace 20 años, piden que les digan el paradero de sus hijos.
Ahí conocí a un tipo –ex guerrillero, supongo por lo que me contó y para variar y no perder la costumbre– que me invitó a conocer la Universidad Popular, la universidad fundada por las madres.
Fui una noche a visitar y tomé una clase de derechos humanos donde se analizaba un texto de Gramsci acerca de la importancia de medir fuerzas. Interesante. Y el concepto de la universidad popular mucho más. Las madres son toda una institución acá: tienen un enorme edificio con cafetería y librería, una universidad, producen postales, pinturas, videos, libros y un periódico pequeño y están por poner una imprenta. En su universidad tienen a 900 estudiantes en alrededor de 6 carreras (economía política, periodismo crítico, educación popular y cine, por ejemplo) y educan para la resistencia. Sus materias son lectura del marxismo, historia de las madres, nuevos pensadores, economía de exclusión, y semanalmente dan cátedras gratuitas sobre la ideología del Che y temas por el estilo.
Como comentaba antes, he tenido buena suerte. Justo cuando admiraba la fachada del hermoso Teatro Colón abrieron la puerta y me tocó que la función gratuita del preestreno de una obra musical parecida a Erótica del fin del mundo, porque era como una función de circo, muy divertida. Y por dentro el teatro es más bonito: afrancesado con más de seis pisos de altura y frescos en el techo.
Una noche conocí también el barrio de Palermo Viejo y por casualidad comenzaba una obra de teatro dentro de una cafetería. La graciosa obra hacía una crítica de la educación oficial; la disfruté a pesar de que no capté muchas cosas.
Al salir, Eduardo, el hombre que es pareja de Graciela, la amiga que me hospedó, me contó que por la crisis han florecido muchos artistas y obras así, en las que pagas con lo que quieras cooperar cuando pasan el sombrero.
Luego tendría más claro eso del trabajo informal en la Plaza Dorrego, esa plaza en el antiguo y pintoresco barrio de San Telmo llena de estatuas vivientes, bailarines de tango, titiriteros, cantantes y tianguistas adultos, casi ancianos, disfrazados sin pudor de diablos o de personajes del siglo pasado, niños, egipcios, cartas, uvas u lo que fuera.
No me quiero extender porque los minutos cuestan oro y tengo 2 pesos en la bolsa. Tengo demasiado que contar de Perú, Machu Pichu, Cuzco, Iquitos, Arequipa, y mucho de acá y de la bella ciudad de Colonia (la primera ciudad uruguaya), pero lo desahogaré en otros correos.
Voy a estar unos días más aquí y el fin de semana creo que me muevo para las cataratas de Iguazú o para la Patagonia. No estoy muy segura. Bueno, les mando un abrazo a todos y espero no haberlos aburrido mucho.
2. (Agosto de 2004, post crisis y cacerolazo)
¡Hola! Les escribo sólo a ustedes, los que me han dicho –no sé si sinceramente, y si no ya se amolaron– que extrañan mis crónicas viajeras. Les cuento que durante el mes que no escribí decidí hacer un poco de silencio en mi vida, pero ahora siento que ya fue suficiente así que les platicaré, siempre a grandes rasgos pero tratando de no extenderme mucho, lo que ha sido mi tercera experiencia de Buenos Aires.
**
Los carteles callejeros –con una foto con los escombros de un edificio– invitaban a una concentración masiva convocada para el domingo afuera del edificio de la AMIA.
La noche anterior a la cita yo estuve en una fiesta, bailando, tomando vino, saboreando las empanadas caseras que preparan mis amigos, acompañando al coro de voces que ponen letra a la música de la guitarra. Ésa, como casi todas las fiestas a las que aquí he asistido, terminó de madrugada.
A las 6 de la mañana estábamos llegando al sencillo departamento de Normi y Billy, los amigos que me adoptaron esa noche.
A eso de las 8,30 de la mañana, Normi y yo ya estábamos saliendo a la calle para no faltar a la convocatoria dominical afuera de la AMIA. Conforme nos acercábamos veíamos que las calles ya estaban copadas, que sería imposible ver nada.
Cuando el apretujadero de cuerpos nos bloqueó el paso, desistimos y nos metimos a un café cercano para, desde ahí, acompañar el dolor de los familiares de las víctimas del atentado terrorista que hace 10 años mató a 380 argentinos.
Se cumplían 3560 días desde que los terroristas –¿islámicos?, nunca se investigó profundamente– habían estallado la AMIA, el edificio donde se presta servicios médicos, de trabajo, sociales a la comunidad judía argentina.
Además de recordar a las víctimas del atentado, la gente acudió a pedir justicia pues ese caso, como todos los grandes casos, la Justicia no lo había resuelto. Ningún culpable en la cárcel; expedientes perdidos; evidencias desaparecidas; jueces corrompidos.
Así, sentadas en el café, a través de la pared de cristal, veíamos los rostros del dolor de los congregados afuera. Las cejas fruncidas. Los ojos llorosos. Las gargantas anudadas. Las caras que se preguntaban qué pasó y por qué, cómo es que murió tanta gente, por qué tanto odio. Y escuchábamos a los oradores recordar a sus muertos, a ese niño católico de cinco años que siempre preguntaba a su mamá cuándo visitaría a sus abuelitos que están en el cielo. Y ese día, por desgracia, pasaba por el lugar al momento que estalló la bomba.
Escuchábamos acerca del final de ese desempleado polaco que llegó a Argentina escapando de los nazis, donde alcanzó a vivir 80 y tantos años hasta que un día se le ocurrió ir a ver si los trabajadores sociales le habían encontrado alguna ocupación pero lo recibió la bomba.
Una familiar de las víctimas por el micrófono decía y repetía: “Aquí estamos. A 10 años. Aplastados. Consternados. Sin esperanza. Adoloridos. Muertos de dolor. Aún bajo los escombros…..”
Yo sentía raro. Por un lado, lloraba con ellos, me sentía igual de indignada. Por otro, me sentía extraña al escuchar que el lamento ahora era de los judíos que estaban preguntándose por qué eran perseguidos y tan odiados. Algunos gestos me causaban un reborujo interno, hacían que se me cruzaran los cables.
Me di entonces cuenta de lo acostumbrada que estoy a escuchar que los judíos ahora son siempre los malos, como los gringos. Y me dio vergüenza.
**
Caminé de regreso con la Normi. Hacía un frío polar. Nos metimos a un café de esos que abundan en esta ciudad y que parecen estar siempre llenos; grandes, de paredes de cristal para no perderse lo hermoso de la arquitectura porteña; con sillas de maderas finas, mesas antiguas, ricos postres a la vista y periódicos dispuestos para todo el que quiera leer las horas que desee.
Ahí nos contamos a grandes rasgos nuestras vidas. Ella, abogada desempleada después de que jerarcas católicos la intentaron obligar crear falsos expedientes a trabajadores para correrlos sin causa. Por su negativa la persiguieron y acosaron a tal grado que entró en una crisis nerviosa y en una depresión severa que le hizo no desear levantarse en las mañanas. Tenía miedo.
En eso estaba cuando conoció a Billy. A las semanas de conocerse ya vivían juntos.
Él es un escritor uruguayo que a principios de año había dejado su trabajo y todo lo que tenía en Uruguay y se trasladó a Argentina para cumplir su sueño de publicar un libro de cuentos, viviendo de sus ahorros que ya escasean.
Uno de esos días la conoció a ella. Sin mucho preámbulo decidieron vivir juntos. Ella me contaba que de pronto él se sentía mal porque no podía ayudar a pagar los gastos del departamento, pero que ella le dijo: “Ya me estás pagando. Porque si vives aquí conmigo me das ganas de levantarme todas las mañanas y para eso, para el sonido de tu guitarra que me alegra el día, para los mates calientes que me ofreces en la mañana, no hay precio. Con eso me pagas”.
**
Volví a Argentina para tomar un curso. Como siempre, Ceci me brindó hospedaje. Algunos la conocen a ella, a quienes no les cuento que es una amiga que trabajaba conmigo en el periódico, quien después de una larga racha de tristeza, un día me pidió que la fuera a ver a su depa y me dijo, con una luz que nunca había visto en sus ojos y una sonrisa abarcante, que había decidido dejar todo y volver a empezar en Argentina. ¿Por qué en Argentina? Porque estaba convencida de que la vida le estaba enviando signos: su amor por el escritor Julio Cortázar; el chico que había conocido por Internet; la belleza de Buenos Aires… Y así, sin más, renunció a la chamba, dejó su depa, su familia, sus amigos, su país y se mudó para acá con poco equipaje, sin redes o certezas de ningún tipo.
De haber llegado sin nada, siguiendo las señales de la vida, al poco tiempo ya tenía una comunidad de amigos envidiable; un trabajo muy bueno; un departamento bonito; y era muy feliz. Y ahora se dedica a recibir a todos los amigos mexicanos que queremos estar en Argentina (me da risa, su casa es como el consulado mexicano en Buenos Aires) y a compartir a sus amigos con todos lo recién llegados.
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La vida que he llevado acá me gusta mucho. Por las mañanas y las tardes bailaba en mis clases de danza-yoga con un grupo variopinto: españoles, italianos, rusos, brasileños, israelíes, argentinos y mexicanos. En las tardes o por las noches he tenido encuentros deliciosos con gente siempre interesante.
Un día tomé un café con un periodista chileno que se ha dedicado a viajar, a cronicar el mundo, y a quien conocí a través de su recién publicado libro de crónicas que me hizo reír mucho. En nuestro encuentro me dijo que acababa de comprar una vaca para hacer un libro-reportaje sobre todo el proceso de la carne en Argentina. Su vaca ya tenía cuatro meses y en dos más cumpliría la mayoría de edad y podría ser convertida en chuleta. Pero, como siempre ocurre, ya se estaba enamorando de “La Negra”, y ya no sabía si podía terminar el reportaje o dejarla vivir.
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Buenos Aires es muchísimo más barata de lo que yo la conocí, más serena (no hay tanta vida nocturna como antes, los cafés se llenan poco). La gente está más irritada, como deprimida, grita y se insulta por cualquier cosa como desesperada.
Comienza a verse el deterioro. Poco se escucha hablar de Maradona. Escuché decir a una chica que ya no quiere ahorrar para el futuro, que considera que su futuro está hipotecado, que no piensa dar una moneda para pagar una pensión jubilatoria pues sabe que todo se lo van a robar.
**
Los viernes y sábados por la noche los disfruto en la casa de los chico “Pirovanos”. Son varios muchachos que proceden de un pueblo cercano a Buenos Aires que lleva ese nombre: Pirovano.
Ellos gustan de la trova, del folclore, cenan siempre juntos y cocinan riquísimo (desde el pan hasta las empanadas o los ravioles en jugo de carne). Son medio obreros, medio artesanos, medio músicos, medio locos y bohemios. Cada fin de semana abren las puertas de su casa y reciben a todos los amigos que queramos llegar.
Jorge, el anfitrión y patriarca del grupo, el aglutinador y punto de unión, es un hombre siempre joven y con la casa siempre lista para recibir gente.
En su casa-taller (vecina de la casa donde vive el resto de los pirovanos y frente a la coa de otra pareja amiga) se llevan a cabo las reuniones. Se come asado, se toma vino, se baila, se cantan chacareras, se toca guitarra, bongo y batería, se comparten los cigarrillos y la vida.
En esta casa descubrí lo que siempre he buscado en mis viajes: una verdadera comunidad. Y lo encontré en esa especie de comunión que se celebra alrededor del asado. En ese grupo donde el único credo es la amistad, la autenticidad y la solidaridad. Donde los chicos trabajan para vivir, no viven para trabajar.
No importa que la casa quede sucia, que el rito de preparar el asado (costillas, chorizos, carne asada) se repita cada semana en la azotea de su casa, que hayan quedado manchas de vino en la alfombra o una copa rota, Jorge abre siempre su casa con la misma sonrisa generosa, afectuosa, sencilla, agradecida con la vida.
Como si con ese gesto quisiera regresar un poco de lo que él ha recibido.
Lo mismo llega un día a las reuniones un violinista callejero que interpreta su música, o una chica que alguien conoció por Internet en el círculo de admiradores de Benedetti, o una pareja de ex militantes contra la dictadura militar, o una mexicana que vino a tomar clases de danza yoga. No faltan los niños (hijos de alguno del grupo), que se pelean el Internet o juegan en el taller. Hasta Poroto, el gato, participa.
En dado punto, simpe hay quién recuerda a todos que es hora de mover la mesa –mesa enorme donde llegamos a comer más de 20— y comienza el baile sobre el piso alfombrado.
(Esta carta la estoy terminando en su computadora, atrás cenan los demás los restos de la comida, pues la reunión que empezó a la 1 de la tarde a esta hora, las nueve de la noche, no ha terminado)
Aunque este es una especie de ritual de Los Pirovano, y al final aportamos todos algo para pagar una parte de la comida y los vinos (nunca podremos pagar el buen rato y la compañía), la crisis generó que mucha gente comenzara a dejar de salir a divertirse y a hacer reuniones o cenas caseras. La alegría no se pierde aunque escasee el dinero. La creatividad siempre da una salida: Por ejemplo, una amiga vende en la calle fotos con paisajes porteños y Jorge organizó hace poco una cena en la que el “cover” consistía en llevar alimentos que después serían usados para aliviar la estrechez de la familia de un amigo priovano que recién quedó desempleado.
El espíritu nunca muere.
**
Apéndice: El día que volé a México Normi y Billy me encaminaron varias cuadras hasta tomar el taxi a casa para recoger mi maleta. Era casi de madrugada y seguía el frío invernal. Me fui emocionada por tan bonita despedida: salir de una fiesta, de la celebración de lo cotidiano, de la amistad, de la vida; cargada con abrazos apretados de la banda Pirovano; escoltada hasta el taxi por entrañables amigos y, abrigada con ese colectivo abrazo de despedida, abordé el avión de regreso a casa.
3. (mayo de 2005)
Hola. Perdón, hasta hoy pude sentarme tranquilamente a escribir, pues apenas tengo tiempo libre. Desde hace días traigo en la cabeza comentar cosas que me sorprenden de Argentina, que no he visto en otras partes.
Lo que más me ha impactacado es el deterioro. La ciudad más europea de América Latina se comienza a latinoamericanizar.
Los edificios hermosos, réplicas de palacios europeos, tienen las paredes graffiteadas o repletas de propaganda política pegada con engrudo.
Los bancos, si tienen puertas, las tienen de lámina. Si son de vidrio seguramnte están quebradas o cuarteadas y, por tan sistemáticos que son los destrozos, los dueños ya ni siquiera se molestan en cambiarlos. Sus fachadas están decoradas con carteles o grafittis llenos de insultos a los banqueros.
En la noche la basura se ve desparramada por las calles y todo el día las cacas de perro en las banquetas.
Aunque ya pasó lo peor de la crisis y ya comienza a recuperarse económicamente, la gente (los restaurantes, cines, teatros vuelven a estar llenos), el deterioro va en creciente.
Con la crisis aparecieron personajes importantísimos, protagonistas de la historia diaria.
Unos son los cartoneros, esas familias de pepenadores que por la tarde llegan a la ciudad en burros, camiones de volteo o en el último vagón de los trenes y esperan con ansia las bolsas de basura que la gente saca por la noche para espulgar los restos, quedarse con lo todavía útil, apropiarse del cartón que luego pueden vender.
Ellos son una de las causas por las que las calles lucen sucias; llegan, desgarran las bolsas y dejan todo regado. Me parece como si esa fuera una manera de vengarse de los argentinos que se sentía europea y que siempre eligieron ignorar que en los alrededores también había pobres, que existía otra realidad: la de las villas miseria, la del hambre, la de los que escarban en los restos de los demás para sobrevivir.
Otros de estos personajes que surgieron con fuerza son los paseadores de perros, jóvenes que van por la calle sosteniendo con cada mano correas con 10, 20 perros, y su trabajo es sacarlos a pasear mientras sus ricos dueños trabajan.
La gente acá ama a los perros, hasta en el más pequeño departamento siempre vive un perro.
Cuando vine antes de la crisis, ví a la gente pasear al perro con una bolsita en la mano, para recoger sus cacas; en la época “post-corralito” –después de que el gobierno secuestró los ahorros bancarios de los ciudadanos y trasladó los ahorros en dólares a pesos– parece que la gente olvidó esa costumbre “civilizada” de responsabilizarse por los excrementos de sus perros y las calles lucen cagadas.
Los personajes más notables de la crisis son los famosos piqueteros, esas hordas de desocupados (desempleados) que cierran las calles un día sí y el otro también, para pedir programas de ayuda del gobierno.
Por ellos, edificios como el Congreso o la Casa Rosada (la oficina presidencial) están vallados permanentemente, pues las protestas eran tan violentas que cuando podían destrozaban puertas, ventanas, fachadas o golpeaban granaderos.
Como ahora todo es un caos, todos pueden ser piqueteros.
En semanas pasadas, por ejemplo, un grupo de estudiantes de una prepa sacaron sus bancas y las colocaron a media avenida, y ahí, en medio de autos recordándoles a sus madres, tomaron clases, en protesta porque el techo de su escuela (un edificio viejísimo, colonial, hermoso) se caía a pedazos.
Por esos días, músicos de orquesta, dieron un concierto gratuito afuera del Teatro Colón –uno de los 3 con mejor acústica en el mundo, como gustan decir los guías de turistas que visitan ese lujoso teatro de 6 pisos–, en protesta por sus condiciones laborales.
Al día siguiente por la noche los maestros sitiaron el Congreso y los universitarios cerraron varias calles (el autobús en el que yo viajaba quedó entrampado en uno de esos cortes vehiculares).
Ayer las noticias dieron cuenta de un muchacho que organizó un campamento-piquete afuera de la casa de la chica que le gusta, para llamar su atención y exigirle que cumpliera sus demandas de amarlo eternamente.
Estado acá me doy cuenta que hay cosas que odio de los argentinos y otras que les admiro mucho. Odio que se la pasan quejándose, victimizándose, como si sólo a ellos les ocurrieran las desgracias que cuentan (parece que no han escuchado a hablar de que privatizaciones y saqueos ocurrieron en toda América Latina).
Pero les admiro que no se quedan en la queja. Me encanta ver que sí reaccionan a eso, que son consecuentes con su repudio a la clase política y a los banqueros.
He escuchado –por ejemplo– que si un político de mala memoria entra a un restaurante, la gente comienza a golpear con sus tenedores los vasos o platos y de tanto ruiderío obligan al personaje a abandonar el lugar.
La gente sale a la calle y protesta, así como los estudiantes, los músicos, los piqueteros de las semanas pasadas. Tampoco faltan las protestas fuera de los bancos.
Otro ejemplo: Hubo un incendio en diciembre en una discoteca donde se murieron calcinados casi 200 jóvenes y niños. Los jueces decidieron excarcelar al empresario dueño del lugar y la gente se encendió. Los padres llegaron con gasolina a intentar quemar los tribunales, se enfrentaron a golpes a los policías, quisieron sacar a fuerzas a los jueces, bloquearon todo el día y durante la noche los tribunales, se manifestaron en Plaza de Mayo y los días siguientes, exigiendo fin a la impunidad.
Cuando el empresario salió libre fueron a acampar afuera de su casa.
Otra cosa que me sorprende son los famosos “escraches” o protestas afuera de las casas de los militares que materializaron las desapariciones durante la guerra sucia. Algunas de esas manifestaciones se anuncian por un periódico de izquierda, otras son sigilosas, de pronto, sin que ningún vecino lo sospeche, una calle se llena de gente, muchos jóvenes, que rodean una casa, gritan consignas, hacen ruido estrenduoso y reparten a todos sus vecinos fichas criminales con los antecedentes del tipo “escracheado” para que sepan quién vive en la puerta de al lado.
No deja de doler la crisis, que aquí se manifiesta en todo su esplendor porque se ve cómo de un día para otro clase media pasó a ser nada, los medio pobres quedaron en la indigencia, y los avances se han ido perdiendo. Los techos de los edificios hermosos que tanto impresionaban a los turistas, comienzan a descascararse y ya es imposible taparlo.
Una vez iba por la calle y vi a un anciano, todo trajeado, con el traje y los zapatos antes finos ya gastados por el uso, metiendo la mano a un basurero y buscando cajetillas de cigarro para ver si en alguna encontraba alguno. Esa imagen me conmovió bastante.
Siempre vez mujeres tiradas en la banqueta pidiendo para sus hijos, y aunque nosotros estamos acostumbrados a ver esa escena, acá es nueva la aparición explícita de la pobreza que copa las calles.
Hace dos años, por ejemplo, causó revuelo la entrevista a una niña que confesó llorando que tenía hambre y no tenía qué comer.
Parece que el país va saliendo del túnel, aunque a veces parecería que la salida está muy lejos. Ya veo que comienzan a nomalizarse las cosas. Que el gobierno comienza a tener éxito negociando las deudas que tiene el país con los oganismos financieros internacionales. Que el estrés ha bajado y los insultos en la calle
Si (como algunos argentinos) tomo a Maradona como medidor del país, y veo que Maradona está recuperándose de su adicción, con 20 y tantos kilos menos, feliz, resucitado, estrenpandose como conductor de un programa de televisión, quizás pueda afirmar que siguen cosas mejores.
“Los pirovanos” siguen festejando la vida. Algunos de quienes conocí el año pasado aparecen todavía en las reuniones, otros no, algunas parejas sobreviven y otras ya se deshicieron. Pero siempre hay caras nuevas: la psicóloga social que da terapia en plazas donde duermen indigentes, el editor de libros; el periodista que con su propio dinero realiza un programa (que transmite en cablevisión) sobre los rincones argentinos; las nuevas generaciones de pirovanos que vienen a Buenos Aires a empezar la carrera y a inyectar sangre nueva a esta comunidad…
Bueno, tengo que irme. Otro día les cuento un poco más de las clases que estoy tomando. Esper no haberlos aburrido. Les mando un saludote.
NICARAGUA. LOS NIÑOS VS. LAS MINAS
In General on Junio 20, 2006 at 2:33 pmNICARAGUA: UN EJERCITO DE NIÑOS CONRA LAS MINAS
Por Marcela Turati
Wiwili, Nicaragua.- En la austera casa con puertas y ventanas abiertas hay un teléfono público pocas veces usado a estas horas de sofoco; una mujer que mira hastiada la calle de tierra ardiente y, en una pared, un colorido póster donde se ve a Supermán a pleno vuelo con una niña en brazos y a la Mujer Maravilla que con su lazo mágico jala a otro niño hasta elevarlo por los cielos.
Parecen tan contentos, superhéroes y niños juntos, de esquivar rayos.
Esta impresión desaparece cuando uno lee el mensaje impreso en el afiche que, como broma ácida, advierte: “Supermán y la Mujer Maravilla han venido a ayudar a los niños de América Central, pero aún cuando ellos no puedan estar aquí tú puedes mantenerte a tí y a otros a salvo de las minas terrestres. ¡Corre la voz, las minas matan a los niños! PELIGRO”.
Visto a detalle se entiende que los superhéroes salvaron a los niños de morir despedazados por la mina terrestre recién pisada que explota simultáneamente al rescate. Abajo, tres números teléfónicos invitan a llamar para aclarar dudas en Honduras, Nicaragua y Costa Rica, los países sembrados con esta amenaza.
Esta es la realidad de Wiwili y de los municipios nicaragüenses colindantes con Honduras que en la década de los 80 fueron territorio de los enfrentamientos entre el ejército del izquierdista gobierno sandinista y los contrarrevolucionarios financiados por Estados Unidos. En tiempos de la guerra fría.
Ambos bandos, para repeler todo ataque enemigo y evitar que les siguieran los pasos, enviaron a la guerra a su mejor arma, al “soldado perfecto”, aquél que no comía, no tomaba agua, no desfallecía por el sol, no se movía de lugar; siempre atento, nunca fallaba un golpe, ni siquiera dos décadas después: la mina antipersonal.
Las zonas preferidas por los guerreros para enterrar minas fueron cuevas, picos de cerros, bodegas de alimentos, centros de abastecimiento, silos metálicos, plantas de energía, torres de control, puentes, caminos, pueblos, las fronteras, los aeropuertos y puntos militares.
Oficialmente, hasta mayo, cerca de 873 nicaragüenses habían sufrido accidentes con minas antipersonal y artefactos explosivos, según los registros del Programa de Asistencia al Desminado en Centroamérica de la OEA.
Los habitantes de 16 municipios de dos estados y dos regiones autónomas siguen compartiendo la misma amenaza: entre la maleza que rodea a casas o a pueblos enteros están enterrados estos artefactos mortales, como podían estar sembrados tomates o cebollas. Tirados en el campo hay objetos de metal que los niños confunden con bates de béisbol, pero resultan ser explosivos y matar. En los caminos las señalizaciones son rojas y tienen rotuladas calaveras blancas, la alerta para impedir el paso a las zonas minadas.
En 1990 había 138 mil minas bajo el pellejo de Nicaragua –reportadas oficialmente–; hasta mayo pasado se había retirado y destruido el 88 por ciento. El compromiso internacional es que este año el país quede libre de minas, y en eso parece ocupado el Ejército.
El Huracán ‘Mitch’ dificultó la promesa pues al pasar por estos lugares jaló consigo tierra maldita sobre tierra limpia, y algunos territorios libres de minas dejaron de serlo.
La amenaza sigue tan viva que –al menos hasta diciembre pasado– en pueblos como Plan de Grama, del estado de Jinotega, se veían mantas colgadas con leyendas como ésta: “Las minas y artefactos explosivos matan… no los toques”. El próximo semestre se comenzarán a ver en los pueblos de Jalapa, en el estado vecino de Nueva Segovia, otro de los infestados de explosivos.
Por esas tierras, las historias de los accidentados son cosa corriente. Está, por ejemplo, la de José Ramiro, el niño que con sus hermanitos encontró en el campo un ‘chunche’ tirado con el que comenzaron a jugar. Él se aburrió y camino a casa oyó la explosión que mató a sus cuatro hermanos y a él lo dejó sin brazo. O la de María del Carmen Reyes, la niña de 12 que se quedó sin pierna cuando tomó un atajo para llevarles el lonche a sus hermanos.
ESA COSA QUE ESTÁ EN EL TECHO
Por las noches, Amada Duarte no podía dormir. Menos si había partido de fútbol en la cancha que tiene en lugar de jardín frontal. A veces, miraba fijamente al techo de zinc esperando la detonación mortal que no ocurría.
En abril del año pasado, cuando la visité en Wiwilí, acababa de descubrir que el techo de la casa a la que recién se había mudado, en el pueblo Plan de Grama, tenía un adorno en la cornisa. Parecía un telescopio viejo y oxidado. Hasta que un vecino identificó que se trataba de un poderoso lanzagranadas.
“Quiera Dios que no vaya a ser una cosa fea, nosotras nos asustamos. Me da miedo que pueda reventar eso ahí y que quiebre a alguien porque ahí dormimos abajo. Los soldados nos dijeron que sí van a venir a quitarlo, pero no nos dijeron cuando”, dijo la mujer de 50 años, con gesto entre desesperado y resignado.
Hablaba con voz baja y no se acercaba por nada a la parte de su casa bajo amenza, como si así conjurara el peligro.
Así es la vida cotidiana en estos pueblos, la muerte está tan cerca, husmeando en los calzones de sus habitantes, que los adultos ya le perdieron el respeto.
“Algunos tienen temor (a los explosivos), pero otros tienden a jugar con ellos, a trasladarlos al interior de su casa. Los ponen encima de la televisión, en la sala como reliquia o en la cocina como adorno pues desconocen que existen cargas adicionales que no explotan al momento. Se ha incrementado el riesgo de explosivo por los artefactos dentro de casas, pues personas que se consideran expertas los llevan a casa”.
Esto lo dijo Wanda Obando, la encargada por parte de la UNICEF del programa de información y educación para la prevención de accidentes en Nicaragüa.
A lo largo de la entrevista, le sobraban anécdotas sobre la familiaridad con la que la gente trata a los explosivos, como el caso de la señora que puso uno en su cocineta de barro, como adorno, y se quemó el cuerpo. Al menos corrió con suerte; 75 de los accidentados no sobrevivieron para dar testimonio.
Mostró algunas fotos como evidencia: una, del cajón de un hombre que albergaba un artefacto explosivo entre su desodorante y lociones; otra, de un objeto de guerra hallado en el granero de una familia.
La que más indignaba a Obando era la foto de un campo con maleza crecida y tupida, donde se veían cintas amarillas de plástico tiradas al suelo, como las que suelen ponerse en las escenas de un crimen.
“Tenemos un problema fuerte y es que la gente reventó los rótulos que indicaban el peligro. Algunas personas las quitan por diversión”, dijo.
Luego comentó que un mes antes un hombre se había metido a ese campo donde alguna vez hubo señalización y cinta amarilla. Nomás pudo avanzar un metro cuando una mina ya le había triturado una pierna.
“Los niños campesinos son los que más riesgos corren de ser víctimas de una explosión por una mina o un artefacto explosivo. Son el grupo más vulnerable por su naturaleza inquieta, curiosa y por el desconocimiento que tienen. Ellos observan a la gente que habla de las minas con tanta familiaridad y escuchan mentiras de gente que dice que se paró en una mina y no le pasó nada”, explicó.
Así como los niños son las frecuentes víctimas de esta guerra del pasado, son también quienes están cambiando el desenlace de esta maldición.
Si no, basta asomarse a Plan de Grama, uno de los sofocantes pueblitos del municipio de Wiwilí, para descubrir lo que ahí ocurrió. Habría que entrar a la casa de la familia Palacio Lanza, buscar en su cuarto a José Antonio –un niño de 12 años, ojos verdes y curiosidad desbordada– y pedirle que explique cómo provocó el punto de quiebre de esta historia (al menos, en su comunidad).
José Antonio no lo hizo solo, era integrante de un ejército de 42 niños reforzados por 22 adultos en su comunidad (en total, mil 497 líderes comunitarios, maestros, adolescentes y niños en 192 comunidades del Estado).
Cuando lo conocí visitaba casa por casa de su pueblo, con la misma terquedad y entusiasmo que lo hiciera un Testigo de Jehová, para dejar plantada una idea, la misma que llevaban plasmada en su playera y en su gorra: “Sigamos por el camino seguro”.
“Señora, ¿tiene 10 minutos?”, fue la pregunta con la que el niño y su compañero de colegio se introducían en las casas ajenas cuando fui a visitarlos. Entonces, comenzaban su charla.
LLENO DE SOLDADOS PERFECTOS
A pueblos como Plan de Grama se llega en un camión de redilas. Todo el camino los pasajeros thacen fuerza con los brazos para no resbalar por las tablas que llevan como asientos y que parecen embarradas de mantequillas, pues las subidas son tan empinadas que en cualquier momento cualquiera puede salirse.
Al momento de llegar se aprecia como escenografía de fondo el cerro Wamblancito, donde hace dos décadas el Ejército dejó 522 minas enterradas. Esa es, al menos, la cifra de los explosivos reconocidos.
En el cerro había unos hombres vestidos como Robocop. Eran soldados en plan labor de desminado.
Observándolos de lejos, José Antonio explicó lo que diariamente los vió hacer: primero, uno de ellos se metía al monte minado con un aparato detector de minas; si sonaba, tocaba el turno al “sondeador”, quien con unas tijeras cortaba la tierra para ver si efectivamente el objeto identificado era una mina, y si lo confirmaba entraba el tercero que la hacía explotar.
Aunque los reportes indican que hasta mayo de este año el ejército nicaragüense había desactivado 258 mil minas, los militares todavía tienen la tarea que encontrar 22 mil que siguen ocultas. 22 mil, de las conocidas.
En pueblo como Plan de Grama, el ejército de niños –uniformados con camisetas y gorras con la leyenda: “Sigamos por el camino seguro”, armados con rotafolios, y de dos en dos por el camino— hizo también su tarea.
Cuando en una casa le daban autorización, José Antonio comenzaba la explicación:
“Los caminos seguros son los que usa la comunidad, si usamos esos sí vamos a llegar a casa. Hay gente haragana que cree que decimos que es minado por hacerlo caminar más, y se va por ese camino costo y se da cuenta del erró cuando ya es tarde. El camino seguro se hizo para nosotros, pero si me voy al monte hay bastante mina, si paso por el camino para ir a la laguna”.
Poseído por su papel, el pequeño maestro mostraba el mapa amplificado de Nicaragua lleno de puntos rojos. Cada punto, señalizaba un lugar maldito. Uno representaba a Wiwilí. A Plan de Grama.
La estrategia de su compañera de fórmula, la cartoceañera María Luisa Peralta Gómez, era comenzar con una pregunta ‘gancho’:
–Señora, ¿conoce alguna de estas? –soltaba mientras mostraba las fotografías de las minas y los artefactos explosivos regados por la región.
Enganchadas con el reto, las amas de casa que acceden a este tipo de charlas generalmente responden que aquella cosa metálica se parece a la porrita con la que juegan los niños béisbol y sus hijos dicen que aquella otra parece una ‘chuncha’ de ésas que pegan hojas (engrapadora) o que la de en medio es igual a una lámpara.
–No. Es una mina. Si la encuentra cuidadito la vaya a tocar, venga por mí o llámele al Ejército –era la contestación que daba casa por casa.
Y con la frialdad de una experta iba señalando las fotos impresas y explicando: “Este es Pon-2… esta es una granada saltarina… esta es una granada de mortero… estas son granadas de mano… este es tiro de bala… este es manipulante y este es el seguro de la granada… estas son balas de AK… para hacerlo explotar si tenían ocupada la mano la mordían y rápido la lanzaban, al caer explota, tiene capacidad de matar a las personas que estén en un conjunto”.
La chica morena que alterna el trabajo con el estudio y gana algo así como 1 dólar por servir todo el día en una casa ajena, tenía los mismos dibujos en la pasta de su libreta escolar, regalada por UNICEF, y por eso los tenía memorizados.
En la mayoría de las casas las explicaciones de los niños fueron bien recibidas; de algunas salían con mal sabor de boca.
“No en todas las casas nos quisieron recibir y en unas nos decían que sabían más que nosotros, que qué les vamos a enseñar, que cuando no habíamos nacido ellos ya estaban en la guerra”, explicó María Luisa apenada, como si ella fuera la culpable del desdén.
Aunque la guerra terminó cuando ella nacía, no le era ajena. Uno de sus recuerdos de cuna es una balacera. Otro, cuando siendo todavía niña descubrió que vivía sobre terreno explosivo pues su mamá le suplicaba que caminara con cuidado, que mirara dónde pisaba, que nunca tocara un objeto desconocido. Desde entonces la acompañó el miedo en sus paseos.
José Antonio también estaba familiarizado con la guerra, pero a él si le tocó la desgracia: una mina mató a su papá. De esto nunca habla.
Quizás por el accidente, este niño que tiene la piel llena de rasguños y cicatrices viejas y recientes que denotan sus vagancias infantiles, interpretaba con tanta pasión su rol de educador comunitario. Y presumía ser el mejor de los informadores, el que había memorizado todo y más. Lo decía como si se le fuera la vida en ello.
–¿Qué pasa si piso una mina? –le pregunté.
–Le puede quitar cualquier miembro de su cuerpo, sus manos, sus pies, puede quedar ciego o con heridas en el cerebro, y le puede quitar la vida –respondió rápido.
Enumeró enseguida historias de personas que han quedado sin brazos o piernas por “aventarse” minas. Habló del toro que pasó por el cerro Don Calixto, donde hace ‘añales’ nadie pasaba, pero nomás cruzó la alambrada explotó en pedazos. De la granada de mortero amarrada al techo de zinc de la casa del campo de béisbol. Del viejito que no quería decir dónde vio una mina y cuando lo convencieron a que denunciara ubicó un hoyo con 340 minas.
“Viera a las víctimas”, decía como impresionado, y por primera vez en la plática a su frase la acompañó un gesto de tristeza. “A una que vi le quedaron nomás puras cicatrices, un hombre quedó sin talón, otro con la pierna ‘charneleada’ de una mina saltrarina, a otro le quedó un ojo blanco, otro no tiene una mano. Esas personas no pueden trabajar, no pueden dar sustento a la familia”.
–¿Qué debo hacer si me accidento?
–Si yo voy con mi hermanito y si él pisa una mina, aunque me duela debo dejarlo ahí solo, avisar a mis padres o al Ejército. No debo tratar de rescatarlo porque una mina nunca está sola: donde hay una hay otras cinco o 10. Nunca debo meterme. Sólo el Ejército sabe como sacarla y revisa que quede libre de minas– respondió frío como un experto, pero algo pasó por su mente que comenzó a saliva.
Oscurecía, los niños tenían que regresar a casa. María Luisa a la posada que limpiaba hasta media noche y con cuyo sueldo mantenía a su familia. José Antonio con su mamá y su hermanito que ya lo esperaban. Además, era mejor regresar antes de que anocheciera totalmente y no se viera por dónde y qué se pisa.
“Cuando se acabó todito Nicaragua quedó minado. Por el Ejército y la Contra muchos inocentes han caído. Ahora que está el programa de desminado tenemos fe de que todo quede limpio”, pronunció como últimas palabras José Luis antes de emprender camino a casa.
Los ví alejarse caminando confiados por el camino principal del pueblo, rodeado de casas donde ya cumplieron su misión de brigadistas. Con puertas quedaron marcadas con el póster en el que se ve el mundo feliz que los niños predicaban, el del camino seguro.
En estos carteles no había superhéroes salvadores. Sólo dos niños corriendo hacia su escuela, seguidos de un joven campesino, un ama de casa con una carga de ropa y un hombre sosteniendo un saco. Al fondo una persona paseaba sobre un caballo. Todos parecían felices, caminando por el sendero correcto.
Los rodeaba un prado verde, lleno de árboles frutales, flanqueado por montañas. En medio había zona árida cercada con cintas amarillas y un letrero rojo (Peligro Minas No Entre Manténgase Alejado) con una calavera pintada que, ahora sí, nadie traspasaba.
Esta historia no se ha acabado en Nicaragua. La misma se repetirá este año, comenzará en otros pueblos donde el camino todavía no es seguro y los niños irán, casa por casa, a enseñar a la gente por dónde hay que transitar.
7 CARTAS DESDE BRASIL
In General on Junio 20, 2006 at 2:19 pm7 CARTAS DESDE BRASIL (SIN EÑES NI ACENTOS)
CARTA 1. CARNAVALEANDO EN RÍO
Hola a todos, espero que estén bien. Ya estoy de nuevo en las andadas y ya me volvieron las ganas de escribir cartas, así que quienes lo deseen tendrán noticias mías de nueva cuenta.
Como saben estoy en Brasil. Ahora mismo estoy en Rio de Janeiro. Justo ayer terminó el carnaval (termina siempre el miércoles de ceniza para arrepentirse de todos los excesos que se cometen carnavaleando) así que todavía tengo confetti, arena y espuma en el pelo y ritmo de samba en las venas.
Llegué hasta acá desde Porto Alegre, que está en la punta sur de Brasil, tras tomar dos camiones que juntos hicieron más de 28 horas de camino, sumado a una escala de seis en Sao Paulo.
En Porto Alegre fui al Foro Social Mundial, pero a esa experiencia le dedicaré otra de mis cartas.
Viajé a Río medio asustada por todo lo que había escuchado sobre esta ciudad – con todo y películas tipo Ciudad de Dios–. Todo mundo te dice que acá roban, que hay guerra entre las pandillas de las favelas, que hay mucha violencia callejara. La verdad estaba medio preocupada por llegar sola, en Río, sin conocidos ni hospedaje, pero lo valía el carnaval. (Además, siendo justos, la ciudad de México es igual o peor de violenta).
Pero nada más me bajé del omnibus y la vida comenzó a sonreirme. Primero, llegué a la zona de hostales lindos que había visto por Internet, pero me di cuenta que todo estaba lleno y carísimo (50 dólares una cama, en un cuarto común con banio compartido). Recorrí varios hostales pero no encontré espacio en ninguno porque “É carnaval”, como dicen los brasileiros. Hasta que, en uno de los hostales, el recepcionista me dijo que había un hostal en el centro, que acababa de mandar a unos turistas y que si quería un vecino me llevaba para allá.
Un poco desconfiada accedí a ver el hostal céntrico del que hablaba. Llegamos a un edificio viejo en pleno centro histórico –centro viejo y feo con olor a meada como las calles que rodean al zócalo del DF–. Entonces me ensenió el supuesto hostal que resultpó ser un apartamento amplico y recién remodelado con dos cuartos, que el recepcionista aquel rentaba para turistas. Aunque accedí a quedarme –no tenía opción mientras no consiguiera algo mejor— no dejaba de sentir cierta desconfianza.
Pero… de veras que alguien me cuida y ese día y cada uno de estos días que he estadoa cá he vuelto a constatarlo. Porque, en el piso de arriba vivía Paula, la hermana de este muchacho duenio del departamento. Nos hicimos amigas, me invitó a desayunar con ella y las dos amigas (Thaís y Diana) con las que compartía departamento –jovencitas de entre 23 y 25 anios, estudiantes de enfermería— y me invitaron a quedarme con ellas pues las otras dos que viven ahí están de vacaciones así que les sobran camas.
Y la companía ha sido inmejorable. Casi a diario nos levantamos temprano, Diana cocina para todas y con un sándwich en la mano q nos prepara de lunch vamos a la playa donde nos encontramos con más amigos de ellas. Vamos también con los otros dos turistas –un peruano y un alemán— que están hospedados en el apartamento donde originalmente yo iba a dormir.
A ellas les encanta la fiesta, la danza callejera, la playa. Van emocionadísimas porque quizás conocen al hombre de su vida, y si no, de perdida besan a alguien. Aunque del beso se puede pasar a otros asuntos no tan ingenuos. No hay ningún problema para ello. Además, el gobierno repartió condones por montón.
Así que el primer día conocí con ellas la playa de Ipanema, famosa por la canción. Vi de lejos al Cristo del Corcovado abrazando a la ciudad y las grises favelas que empiezan a comerce la vegetación de los hermosos y puntiagudos cerros que parecen chichones.
Y bueno, Brasil no ha dejado de asombrarme desde el día que llegué. De Río me asombró la arena tan fina de la playa y las aguas tan cristalinas, lo llenas de gente que estaba la playa, lo hermosas y guapos que son los hombres y las mujeres, cómo se sienten cómodos con su cuerpo y lo lucen y usan a más no poder, cómo TODAS las mujeres llevan mini bikinis –desde la anciana hasta la más pequenia… excepto yo, que con mi traje de banio el primer día fui como el patito feo de la playa, pero al día siguiente aprendí la lección–, lo amables y coquetos que son, la convivencia tranquila de la gente de diferentes razas y clases sociales. Pero, quizás lo que más me ha asombrado es su pasión por el baile y su sensualidad desbordante.
Me explico: Por la maniana estuvimos en el mar pero como a eso de las 4 de la tarde todos comenzaron a abandonar la arena y caminar hacia la avenida principal. Y de pronto, pasó un camión con un sonido, salieron bateristas de la nada y se organizó un tremendo bailongo que duró 4 horas. Éramos cientos o miles, apretados unos contra otros, dando algunos pasitos, todos bailando. Cantaban mil, diez mil, cien mil veces la misma canción una y otra vez sin pausa.
Muchos iban semi disfrazados porque el calor es tan insportable que no puedes vestir disfraz completo o simplemente iban con gorros alusivos a su personaje. Por ahí pasaba una hilera de hombres vestidos de apaches con todo y flechas, por allá una cleopatra anciana, más allá un gordo vestido de vaca pechugona, acá enseguida un hombre monja, por allá dos 70 anieros con gorros de tarro cervecero, por acá un hombre vestido de diablo con todo y sus alitas, trinche y cola…
Cantábamos una canción que decia más o menos así: “La poesía paseando por Ipanema, el amor se siente…Si te abraza, te besa, te mira, te toca lo hace sin ningún pudor, y no importa, es carnaval, es armonía, es casi amor….” Muchos traían en la cabeza un paliacate en el que se leía: Vístase, use “camisinha”, en alusión a la campania gubernamental por el uso de preservativos durante el carnaval.
Cuando el desfile improvisado pasaba por la avenida, desde las ventanas la gente apoyaba y aplaudía o bailaba.
Lo mismo viví al día siguiente en la playa de Copacabana. Y por la noche en el bohemio barrio de Lapa. Y antes en el centro. Y más noche a plena avenida. Y de regreso a casa, a bordo del amión. De pronto llegan músicos y la gente baila por horas y repite una canción que puede ser de un grupo musical o de una escuela de samba, y los mismos seis, ocho párrafos hasta el infinito. La gente baila, las mujeres menean violentamente sus caderas y los hombres mueven tan rápido las piernas que parecen jugar una cascarita en fast-track.
*
Acá he bailado lo que nunca. La otra noche que salí con Thaís y Diana los tambores comenzaron a sonar y en unos segundos ellas ya estaban en medio de un grupo de desconocidos bailando samba, y de la nada, un mulato me agarró y comenzó a bailar conmigo y a obligarme con sus movimientos a despertar mis caderas. Mis caderas por lo visto son como un animal dormido, en comparación con las caderas brasileiras.
–Beixaste, Marcela—era la pregunta que siempre me hacían las chicas cuando me veían platicando con algún desconocido. Si lo besé o no.
*
Otra cosa que noto es que pese al tumulto, los apretujones y empujones, la gente no se pelea. Es más, disfruta del roce y empalme de los cuerpos. “É carnaval”, dicen. “Puedes beixar a quien quieras, es carnaval”, me explicaban las chicas con teoría y en la práctica, ay que cuando íbamos caminando ellas iban besando a desconocidos. Tres besos distintos vi que Thaís dió cuando caminaba.
*
Y sí, Brasil se detiene y enloquece esta semana..
Antes de Río estuve haciendo un reportaje en Porto Alegre días antes del carnaval, pero ya no encontré funcionarios para entrevistar, ni maestros universitarios. Todos estaban en la playa por el carnaval. Brasil se detiene literalmente. Las clases recomienzan en marzo. El presupuesto de los muncipios se decide en marzo (después de las fiestas del carnaval a las que luego se unen las vacaciones de semana santa). La vida continúa en marzo.
La experiencia más interesante hasta ahora ha sido ir al Sambódromo a ver la competencia entre escuelas de samba. Son dos días de competencia en la que participan 7 escuelas distintas cada día.
Con Martín, el peruano, hice fila para presenciar el segundo día de competencia. Llegamos desde las 4 de la tarde, entramos al estadio especial para samba a las 5, agarramos un lugar en primera fila y esperamos hasta las 9 dela noche a que el espectáculo empezara. A eso de las 10 pasó la primera escuela de Samba con un desfile que tenía como tema las orgías de la historia –desde las romanas hasta nuestros días–. E iban desfilando carros enormes con bailarinas semi desnudas encima del Dios Baco o del Becerro de Oro que levantaron los judíos, y miles de bateristas –con sus sombreros coronados por plumas– abajo desfilando con sus tambores que hacían retumbar el smabódromo, un carro con los cantantes, y abajo miles de gentes (hasta 7, 9 mil personas desfilan en cada escuela), disfrazados según el tema, sambando y cantando la misma canción. Iban orgullosísimos, sintiéndose las estrellas de la noche.
Ellos son los alumnos de las escuelas de samba. Pero, cualquier puede participar si paga una especie de cover y combra su disfraz, cualquier persona puede salir bailando (ya me prometí volver otro anio para salir bailando).
En el desfile no sólo aparecen esas chicas semi desnudas que han hecho famoso el carnaval, también vi desfilar desde ancianos con bastón, un hombre sin piernas, contingentes de sillas de ruedas, mujeres delgadas o gordas envueltas en plumas, ninios….
Hay un jurado que les califica los vestuarios, las coreografías, los carros alegóricos, el desempenio de las reynas del carnaval, la coherencia del desfile con respecto al tema, la fluidez del paso del contingente, entre muchas otras características que deben cumplir.
Cada escuela tiene derecho de estar en la pista hasta una hora y 20, luego se prepara la otra escuela, y la otra, así toda la noche. Y el público baila y canta sin parar toda la noche. Así que salimos al día siguiente a las 8,30 de la manaina, cuando ya era de día.
La triunfadora de la temporada fue la escuela Beixa Flor, que tuvo como tema la evangelización de los jesuitas a los indios guaraníes y cómo llegaron los ganaderos a robarles sus tierras. O sea, denso y sesudo.
La escuela de samba que emocionó a todo mundo y que salió triunfadora tenía entre sus personajes al Papa bailando samba, a un Cristo sangrante yque cargaba su cruz tras unos romanos en plena borrachera, a unos misioneros exóticos guaranizados, a unos guaraníes vestidos de sacerdotes. La locura. Pero, como me dirian las chicas, se vale de todo porque: “É carnaval”.
CARTA 2. PORTO ALEGRE, UNA CIUDAD ALEGRE Y JUSTA
Mi primera parada en Brasil fue Porto Alegre, una ciudad al sur-sur-sur del país, en el estado Rio Grande do Sul. Y como primera parada no pude escoger una ciudad mejor ya que, si tuviera q describir a los portoalegrenses en una palabra diría que son amigables. Que toda la ciudad lo es.
Esta ciudad es conocida por varias razones. Una, porque aquí nació el Foro Social Mundial (FSM) –la reunión de gente organizada que quiere cambiar el mundo y hacer el mundo menos feo, menos inhumano, menos excuyente—; la otra, porque es la capital del famoso Presupuesto Participativo, que realmente cambió el aspecto de la ciudad.
Qué es eso del presupuesto participativo: por 16 anios, la gente ha votado y decidido en qué se va a gastar el presupuesto de la ciudad (el presupuesto que no está comprometido, que es como el 15% de lo que les da el gobierno federal). Así, la gene decide si se necesitan más viviendas, clínicas de salud, pavimentación, drenaje, vías de comunicación, guarderías…
Yo digo que es el presupuesto del que disponen los pobres, el presupuesto que les hace justicia, aunque algunas de las obras –como las costosas vialidades—son más bien para clase media y alta.
Y bueno, llegué –para variar— sin hotel reservado y sin idea de dónde hospedarme. Los hoteles de la ciudad estaban al tope porque se esperaban 160 mil personas para el FSM. Yo caminé por varios hoteles y pregunté si había cupo, y nada. Hasta que me metí a un edificio viejo y ruinoso, que tenía rotulado en la pared: “hospedería familiar” y ahí sí había cupo. Así que tomé el cuarto disponible en ese edificio de mala muerte, que era una especie de vecindad, oscura, con un taller mecánico en el segundo piso, con familias hacinadas en lso cuartos vecinos al mío, con los pasillos oscuros. Uy, daba un poco de miedo, pero fue lo que encontré.
Al llegar le hablé Rick, un amigo de una amiga de Argentina, que firma en su chat como “románticoamante” y él pasó por mí, me llevó a una churrasquería y vaya qué cosa. Uno se sienta en mesas comunales y durante dos o tres horas hay un desfile de meseros que salen de la cocina con espadas de todo tipo de carne, y van recorriendo las mesas y cortando pedazos y sirviéndote en el pato hasta que digas basta o revientes Así uno prueba carne con salsa de ajo o de cortes finos o corazones de pollo asados o pollo o vacío o etc, etc, etc.
En la tarde, cuando Rick se enteró que me había hospedado en la zona roja comenzó a buscarme otro lugar. Y, vaya que Alguien me cuida, porque en uno de los primeros hoteles céntrico que preguntamos justamente había un cuarto que los propietarios no habían querido rentar para no saturarse de gente y que me alquilaron a cerca de 100 pesos la noche. Era con banio compartido pero ni quién se fija.
Decía que la ciudad es amigable en todos los sentidos. Hay vías especiales para bicicletas, carriles especiales para autobuses, muchos parques –algunso con lagos–, camiones con elevadores para discapacitados, menos ninios de la calle indigentes que ciudades parecidas. La gente es educadísima, y todos quieren ayudarte. Todos te quieren dejar en la puerta del lugar por el que les preguntaste cómo llegar. También, varios te quieren invitar a salir.
Uno de ellos fue Fabrizio, un joven muy guapo que conocí caminando por la calle. Comenzamos a platicar y me invitó a tomar un refresco. Me platicó que es policía y ya entrados en la charla me invitó a conocer a pie la ciudad. Paseamos por afuera de edificios muy lindos. Y cuando estábamos en el techo de uno, viendo la ciudad, me dijo que el pago por sus servicios era un beso. Yo me reí mucho. Después me dijo que no tuviera miedo, que lo secuestrara, que el úncio peligro era que él se enamorara de mí.
Entonces…. no les voy a contar más. Se van a quedar con la duda de si hubo o no beso, por morbosos.
En Porto Alegre no sólo me esperaba Rick, también Fabiana, una amiga de un amigo mexicano (viva el messenger!!!) que es publirrelacionista y se tomó muy en serio su papel de sacarme a pasear. Con ella y sus amigas comía, pasaba la tarde y en la noche íbamos unos barrios padrísimos llenos de bares y restaurantes. Caminar por ahí era una delicia ya que los bares tienen mesas en las banquetas así que todas las banquetas se llenan de jóvenes que se toman su cerveza bien helada, platican, bailan con o sin música, adentro o afuera del bar, sentados en sillas, en la banqueta o parados.
Vaya que esta es una ciudad progresista. Conocí a un tipo que trabaja en una ONG por los derechos de los homosexuales que me contó que durante tres anios el gobierno del PT les pidió a los grupos gays, de feministas, de negros y trasvestis que dieran clases de derechos humanos a los policías en formación, pero que ahora, con el cambio de gobierno (pues tras 16 anios en el poder perdió el PT en la ciudad) les quitaron los cursos.
Hasta ahora sólo les he contado la parte “nice” de mi viaje por la ciudad. Pero al hacer el reportaje sobre el presupuesto participativo conocí la otra cara, la de la pobreza, la del mercado público con sus olores a pescado, la de los gays que luchan por sus derechos.
Por un juez guapísimo, amigo de una amiga, di con un funcionario (Assis Brassil un sociólogo también guapísimo, que cuando lo entrevistaba yo nomás me imaginaba que me daba un beso) que me contactó con algunos de los vecinos beneficiados con lo del presupuesto participativo.
Me dio el nombre de una calle y me dijo que llegando ahí preguntara por Chiquinho. Ay, Dios, me parecía misión imposible porque la calle estaba llena de condominios finos, de multifamiliares. Y a quienes preguntaba no sabían quién era el mentado Chiquinho. Hasta que le pregunté a un anciano y ése le pidió a un vecino que me encaminara al condominio de Chiquinho y cuando ése tenía que desviarse me encomendaba con otro y ése con otro, hasta que el último me depositó en la casa del famoso Chiquinho. Pero él no estaba.
Chiquinho vive en una privadita con casas como del cuento de Hansel y Gretel. Había muchos ninios jugando futbol afuera y los hombres estaban juntos ayudando a uno que arreglaba un carro. Una vecina comenzó a platicarme que antes vivían en una villa miseria –casas de cartón, sin drenaje, con hambre, lo de siempre–, pero cuando se enteraron de los del presupuesto participativo del gobierno del PT (Partido de los Trabajadores) fueron cada dos semanas, durante 5 anios, a pedir la cosntrucción de una vivienda, hasta que en el 2000 se las entregaron. Así que ella era feliz porque pagaba 12 reales al mes (algo así como 8 boletos de autobús) por una casa propia y en Petrópolis, un barrio de ricos.
(Claro que al Presupuesto Participativo se le han hecho críticas de ser populista y demagogo, de usar a los pobres para que siempre voten por el PT, para que vayan a sus actos… pero esa es una de las cosas que están por perfeccionarse).
Para lo del reportaje hablé también con un abogado que dedica casi todo su tiempo voluntariamente a organizar barrios pobres para que se den cuenta de su realidad y pidan lo que necesitan. (Claro que los pedidos de cada barrio u organización entran en una dura y larga competencia entre los pedidos de otros cientos de barrios, y al final, gana el más necesario o el que más apoyo tuvo de la gente y que además tuvo visto bueno del gobierno). El tipo hablaba, con mucha convicción, de crear “ciudadanía” y me mostró los cambio que habían hecho ya en el mercado y me habló de los condominios que habían dado a habitantes de favelas.
Gracias a él llegué a casa de Donia Neusi, una habitante de la Villa Miseria “Zero Horas’ que lleva el mismo nombre que un periódico local.
Dona Neusi es, para él, el ejemplo de lo que hace el presupuesto participativo, de lo que crea la recuperación de la autoestima ciudadana. Pues ella es una anciana de 84 anios que toda su vida fue sirvienta y durante anios fue a las juntas del presupuesto a escuchar, y no hablaba porque tenía pena y miedo. Un día le tocó decir algo pero ella se sentía incapaz y quería que alguien le dijera lo que debía decir.
Pero el día que tomó el micrófono para pedir algo ya nunca lo soltó. Ahora es líder barrial y ha trabajado tanto por su gente que en marzo los reubican a todos en un condominio muy bonito. Estaba muy emocionada, me ensenió la propganada con los folletos del lugar.
Cuando llegué a su casa, ella me estaba esperando. Yo no sabía si nos íbamos a entender porque cuando le hablé por teléfono había sido imposible entendernos. Pero ya cara a cara, cuando ella me platicaba algo, y yo no entendía alguna de las palabras, me la actuaba o buscaba el objeto del que hablaba para que le entendiera. Así, en su modesta casita, platicaba muy apasionada sobre las bondades del presupuesto, sobre cómo por fin el gobierno escuchó a los pobres, sobre cómo se organizaron para que les dieran las casitas de madera en las que ahora viven y sobre lo problemático que fue decidir quién se irá a vivir al condominio bonito.
Me dijo que cuando habla ante un público siempre empieza diciendo: “Yo no tengo un título de licenciada, yo sólo tengo bajo el braso el título que me dio la vida porque conozco lo que es la miseria”. Y qué es la miseria, le pregunté. Y entonces ella me dio la definición más exacta y más cruda de lo que es la miseria. Me dijo: “Miseria es cagar en una bolsa de plástico colocada dentro de una lata y luego tirar la bolsa por ahí, miseria es que una rata muerda el chupón del biberón de tu bebé, es tener que ir a trabajar y dejar a tus hijos en la calle porque no hay guarderías…”
(Esto me recuerda inevitablemente a una mujer que conocí en la Sierra Tarahumara. Estaba yo parada en una carretera, esperando un raid, y ella se acercó a mí nomás para hacerme plática, proque su camino era largo y porque no tenía dinero para el autobús. La mujer era blanca y joven pero se veía viejísima, sin dientes, con la dentadura podrida y encorvada con su costalote en la espalda. Y me contó riéndose que había regresado varios kilómetros a las cabanias donde trabajaba su esposo porque le dolía la espalda. Yo nomás miraba al tamanio costal que cargaba y me explicaba su dolor. Pero en eso me dijo: “Me dolía el lomo porque no me hallo sin carga, necesit carga para caminar, ya me impuse así).
Con Dona Neusi fui a recorrer la colonia, y me fue presentado a sus vecinas. A una que se le quemó la casa con toda la ropa dentro, otra que no tiene sanitario, y otras que no entendí nunca qué me decían. A todas ellas les decía muy emocionada: “Ella es una periodista y vino a visitarnos”.
Iba oscureciendo, yo tenía un autobús que tomar. Ella seguía feliz, contándome sobre cómo su vida cambió a raíz de que se supo ciudadana, con voz y derechos. Me decía que si el nuevo gobierno quiere quitar el presupuesto participativo, saldrá a la calle a luchar. Al final le pedí que por favor me llevara a donde pudiera tomar un taxi.
La anciana flaca pero de huesos duros, maciza como roble, aprisionó su brazo con el mío, como las senioras aprisionan su bolsa del mandado, y así, sostenida me fue sacando del barrio. Me indicaba por dónde no íbamos a pasar, por qué era peligroso caminar por allá donde había perros rabiosos, por qué era mejor por aquí, me iba contando su realidad.
Cuando iba con ella me llegó una idea. Que me gustaría que mi ángel de la guarda fuera como ella. Que si pudiera escoger, la escogería a ella como ángel de la guarda. A una mujer apasionada, que se había superado de la nada, que me tomó tan fuerte que no me soltó hasta que pasó el peligro, que había vivido, que me explicaba su barrio y lo conocía como la palma de su mano, que era respetada, que no me dejó hasta depositarme segura dentro de un taxi y hasta darle las órdenes al taxista de dónde me debía de dejar.
Al fnal, contenta, abrazándome me dijo que si vuelvo a Porto Alegre después de abril que pase a visitarla al Condominio María Isabel, que pregunte por ella y me quedé ahí un tiempo. Bueno, me voy. Hoy es el desfile de los campeones del carnaval de samba y me espera otra noche de desvelo y baile en el sambódromo. Les mando un abrazo. Chau!!!
Pd. Les sigo debiendo la carta sobre el Foro Social Mundial.
CARTA 3. CURANDO DESDE EL CUERPO EN CAMPINAS
La puerta que teníamos delante estaba cerrada. Leana y yo estábamos en un patio del Centro de Salud para enfermos mentales de Campinas, una ciudad a hora y media de Sao Paulo. En eso vimos acercarse a un joven que parecía agresivo y tenía algo, una especie de fierro en la mano.
–Meume feinando, feinando –nos decía como enojado. A las dos se nos fue la sangre al suelo. Estábamos contra la pared y la persona que traería la llave para salir no aparecía por ningún lado. “…feinando…feinando”, decía.
–Eu sou Marcela — le dije en mi intento de portugués. Y sí, le atiné, estaba presentándose. Se llamaba Fernando, como mi hermano y vivía en el Centro de Salud de Campinhas, una especie de granja-hospital q es ejemplo mundial en trato humanitario a enfermos mentales.
Llegué ahí desde que me contacté con Leana, una mujer q conocí en el curso de verano de danza-yoga (o movimeinto armónico expresivo) q hice en Buenos Aires el anio pasado. Cuando llegué a Sao Paulo le llamé y quedamos de ir a una de sus clases de movimiento. Y sí, el primer sábado estábamos en el Parque Rio Branco, a las 10 de la maniana, bailando con las demás personas que cada semana llegan a bailar.
Estábamos en un terreno verde, con bambúes gigantes a los alrededores. En cuanto Leana llegó y prendió la grabadora, de la nada comenzaron a llegar mujeres, muchas de ellas ancianas, que hicieron un círculo y comenzaron a imitar sus movimientos que parecen desestructurados pero son pensados para enderezar la postura y sacar los sentimientos acumulados en el cuerpo. (Como sabiamente oí decir a alguien esta semana: Nuestro cuerpo se amolda a nuestros sentimeintos y los sentimientos también moldean el cuerpo).
Bajo la sombra de los bambúes y sobre la tierra mojada por la lluvia nocturna danzamos, felices, relajadas. La gente se paraba para observarnos, algunos nos acompaniaban, otros nomás miraban. Nadie se escandalizaba, en Brasil es compun q la gente dance, haga música, en el ómnibus, en el parque, en la calle. Ahí las ancianas se expandían. Para las qe viven solas, la cita de los sábados significa companía así q nunca faltan. Una de ellas era una chinita q no habla nada de portugués pero que no falta a las clases… cuando la veía me parecía q revivía las danzas de tai-chi que vi en China hacer a miles de perosnas que por las manianas llenan los parques, cada centímetro de pasto.
Leana y yo decidimos visitar a Nice, otra mujer q conocimos en Buenos Aires que vive en Campinhas. Así q una maniana muy temprano salimos de Sao Paulo hacia allá. LLegamos justo a las 9, a la hora de su primera clase. Y ya estaban unas 30 personas, muchas de ellas ancianas, moviéndose a su alrededor, haciendo gimnasia bailada. La mayoría eran viejitos y –quién lo iba a decir — enfermos mentales.
terminada la clase una mujer cantó una canción mexicana en mi honor y otra declamó un poema. Se sentían honrados de que los fui a visitar “desde México”.
Más tarde Nice nos llevó al Centro de Salud donde trabajan los enfermos. Es una especie de granja (me recordó el Hospital San Paulo para leprosos que visitó el Che en la película de los Diarios de Motocicletas), donde los enfermos tienen una cooperativa y trabajan en diferentes talleres, y de lo que ganan con la venta de sus productos se lo dividen entre todos. Así, visitamos a los del área de cocina, carpintería, vitrales, joyería, herrería, costura, pintura… las artes que puedan imaginarse. Incluso tienen un periódico y un programa de radio.
Sólo los que están en crisis o más enfermos están internados en el hospital, el resto hace su vida como cualquier ciudadano productivo. Visitabamos, por ejemplo, el área de artesanías y los vimos pegando pedazos de mosaicos en portarretratos o mesas. Unos comenzaban a gritar de emoción cuando vepian a Nice, a otros les salía la loquera y la atosigaban contándole lo mismo una y mil veces. Otros se paraban de sus mesas e iban con la instructora a preguntarle de nuevo las instrucciones de lo q hacen diariamente: ?Se pone primero el mosaico y después el pegamento?
El día que fuimos estaban felices porque iban a tener próximamente una excursión a una ciudad vecina.
“Cuando hay excursiones intentan no entrar en crisis, se cuidan mucho, unos hasta trabajan en casas para pagarse el viaje y pagar el viaje de su nieto. Se ponen felices”, contaba Nice. Otra trabajadora de ahí decía que ya cuando empiezan a trabajar, como ganan dinero, intentan tampoco entrar en crisis.
Este hospital tiene una larga lista de espera de personas que desean ingresar y un programa piloto de ex-hospitalización, pues desde hace tres anios los enfermos viven en casas rentadas en la ciudad, en medio de la gente, como cualquier persona, y ahí tratan de llevar una vida normal.
Y bueno, con Nice fui a unas clases de Danza Yoga más tarde, en una academia normal, donde las mujeres me recibieron muy bien y me regalaron un CD de Chico Buarque.
Carta 4. EN LAS GRANDES CIUDADES
Luciana y su esposo me recogieron un sabado por la maniana afuera del Metro y cruzamos Sao Paulo para ir al area conurbada –ahi donde las cales se vuelven caos, las tiendas en puestos ambulantes, las casas tienen color cemento– donde ya nos estaban esperando nos 25 jovenes de los barrios marginales de la zona.
Era su primer dia de clases con Luciana –una bonita reportera de 30 anios del periodico O Estadode S. Paulo– q con otro grupo de periodistas les iba a enseniar a hacer su propio periodico barrial. Los chicos estaban emocionados y llenos de planes, se sentian ya periodistas porq iban a documentar la vida de sus barrios llenos de caos, drogas y violencia. Uno propuso tener una seccion de rap y de hip-hop en el periodiquillo naciente, otro una seccion de cartas de amor, uno mas uno de cursos gratuitos q podian tomar. Me divertia escucharlos, enterarme de sus inquietudes, viendolosemocionados porq quizascon lo q ahi aprendieran iban a tener una fuente de trabajo en un futuro, lo cual es dificil para los de su barrio.
Yo solo pude estar ese primer dia de clases con ellos y era la segunda vez q veia a Luciana.
La conoci porq una vez iniciado mi viaje a Brasil comence a contactarme con periodistas q cubren temas del area social –como yo hacia en Mexico– para ver su trabajo, platicarles del mio y conocer sus propuestas. Hice investigaciones por Internert y llegue, primero, a la agencia ~reporters sociales~, fundada por otros treintanieros q se cansaron de la insensibilidad de sus periodicos, se independizaron y hoy ofrecen reportajes especializados sobre temas sociales(salud, educacion, pobreza, derechos humanos…) q en sus medios no eran publicados.
Despues me contacte con las chicas de ~Anjos, q en espaniol quiere decir angeles~, siglas de la asociacion nacional de reporteros sociales, una organizacion creada por mujeres periodistas preocupadas porq en los medios se les de espacio a los temas sociales para crear un conciencia ciudadana.
En ese encuentro y en otros que he tenido en mi viaje por Brasil he quedado super emocionada, sintiendo q escucho a mis almas gemelas en lo que a lo profesional se refiere.
Un sabado en un cafe a las 5 de la tarde estaba hablando con tres de las chicas q fundaron Anjos, y ellas me contaban como fue q nacio su grupo. “No nos conociamos, estabamos esperando q nos entrevistaran en la Universidad de Sao Paulo para q nos admitieran a una maestria de periodismo y mientras esperabamos comenzamos a platicar de lo q cada una hacia en su periodico. Luego comenzamos a platicar de lo mal q publican en nuestros diarios los temas sociales, dela poca importancia que se les da, de q se necesita empujar ese tema y concientizar a los jefes de q es importante.. y asi hablando y hablando empezamos a soniar q podiaos hacer algo, entonces alguien sugirio unirnos para hacer algo y asi nacio”, decia Fabiana, otra de 30 anios q trabaja para revistas.
Y bueno, ellas y otras iniciativas como las suyas han comenzado a cambiar la situacion de la prensa brasileira. Ademas de querer impartir clases de periodismo social a las futuras generacionesdeperioistas (para q dejen de ver al pobre como criminal y dejen atras sus prejuicios a la hora decubrir temas), quieren empujar a q los pobres tengan sus propios periodicos asesora a las ONG mas pequenias para quesepan como hacer q se publique la informacion q tienen.
De ahi q fui con Luciana a su primer clase.
Eso fue m viaje a Sao Paulo, un ciudad parecidisima al DF por lo grande, sobrepoblada caotica, aunque con parques gigantes muy verdes. En Sao Paulo estuve en casa de una reportera peruana q conoci en Porto Alegre, q me acogio en su nuevo departamento, pues apenas unos meses atras se mudo de su pais para trabajar en Brasil. La experiencia, para las dos, creo yo, fue buena. Para mi porq de pronto sentia q la ciudad, con el cielo semi gris y sus enormes rascacielos, me sofocaba. Para ella, porq en el proceso de mudanza a un pais nuevo de pronto se sentia desencanchada, desubicada, y sin ningun conocido a la redonda. Asi que era lindo, para las dos, llegar a la casa, cenar juntas, a veces llorar juntas y compartir lo q nos ocurrio durante el dia. Era raro porq con ella senti lo q con pocas personas he senidoto: cuando me contaba sus dudas existenciales yo sentia q ya habia vivido o estaba viviendo lo mismo q ella, o cuando ella me contaba sobre su vida creia q estaba hablando sobre la mia. Como si fuera un espejo.
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En Sao Paulo mas que lugares turisticos conoci periodistas y visite el periodico Folha de Sao Paulo, q me dejo boquitabierta con sus dies pisos de altura y su enorme rotativa en la entrada y la exhibicion de sus portadas historicas.
En Brasilia segui mas o menos el mismo ritmo. Alla segui mi investigacion sobre periodismo social. Conoci periodistas interesatisimos como Marcelo Canellas, reportero estrella de la Red Globo(el equivalente de Televisa pero en elefate), de 37 anios, que ha gando premios internacionales por sus trabajos. El ppaso 4 anios convenciendo a sus jefes de q le dejaran hacer un reportaje sobre el hambre en Brasil. Sus jefes le decian q el tema ya estaba muy quemado, q no habia nada nuevo q agregarle a lo q la gente ya sabia, q la gente se habia cansado del tema. Hasta q, depsues de 4 anios de insistencia, le dieron el permiso y lo hizo. Viajo por cinco estados un mes y otros 50 dias lo edito. Al final quedo un reportaje en cinco partes, decinco minutos cada uno, q gano premios en Brasil, Espania y Latinoamerica. Lo mismo con otro reportaje sobre los trabajadores q son esclavos en Brasil.
El tipo –a quien al hablar se le notaba la paciencia, el buen corazon, la dulzura en la mirada– me contaba lo q le indigna la pobreza, lo q le emociona saber q sus reportajes son usados por campesinos o trabajadores organizados para discutir de sus derechos y sus problemas.
“Suenio con un mundo menos desigual, pero seria pretencioso creer q con mi trabajo yo voy a cambiar a la sociedad brasileira, yo con mi trabajo solo vpya senialar lo q debe ser cambiado, cambiarlo le toca a otros. Pero siento q el mejor premio q recibo es saber q sindicatos o cooperativas se reunen para ver mi reportaje del trabajo esclavo, y discutir sus derechos”, me decia en la cabina de edicion.
Y bueno, no solo es Marcelo, el resto de periodistas con los q platique tambien son una buena noticia. Asi q el viaje alas grandes ciudades estuvo cargado de ese ingrediente.
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Pese a todas las buenas personas q encontre, casi odie Brasilia. Es una ciudad q aman los arquitectos, la gente q gusta del orden, de los deportes y las areas verdes, pero yo casi termine por aborrecerla. La ciudad fue construida en los anios 60 especialmente para ser capital de Brasil y esta tan bien planeada q en el centro esta la terminal de camiones urbanos y alrededor la vida se distribuye por sectores, q si el sector de secretarias de estado y oficina de gobierno, q si el sector de casas norte y sur, q si el sector de bodegas y areas aisladas, q si el sector militar, q si el hotelero o el comercial o el de disenio o el bancario. Y entre uno y otro sector, entre una y otra cuadra –q son kilometricas– hay enormes parques en vez de camellones. Y eso es lo terrible. Es una ciudad no hecha para peatones. Si quieres ir a comer algo o irpor un chicle, a caminar, caminar, caminar o tomar varios autobuses hasta llegar a la zona de restuarantes (estoy exagerando, pero no mucho), si quieres visitar las explanadas de las secretarias de estado –q estan unas junto a otras– tienes q caminar kilometros bajo el sol.
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Otra cosa q hizo a Brasilia un poco desolado es q me hospede en un hostal medio lejos del centro de la ciudad (en el sector de bodegas y areas aisladas, para mas senias). Mi unica amiga era Bia, una reprotera del Correio Brasilienza y su esposo, un fotografo del mismo diario, q justo esos dias andaban apurados, terminando un reportaje q iba a ser publicado ese fin de semana, asi q los vi poco.
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Ahora estoy en Salvador de Bahia, escribiendo este correo. El ritmo del viaje ha cambiado completamente, voy mucho a la playa (esta nomas cruzando la calle), camino mucho por el bello centro de la ciudad, ocasionalmente salgo con otros viajeros para playas cercanas, leo libros de Jorge Amado para estar a tono, bailo en las fiestas callejeras q se organizan todos los dias en casi todas las plazas, hago amigos.
Es chistoso pero la pregunta q mas intriga a la gente q conozco durante mis viajes es: “A poco viajas sola?”. La respuesta es afirmativa –siempre q el q me lo pregunte no sea un tipo con dobles intenciones, claro esta–; sin embargo, pienso varios segundos antes de responder pues aunque una salga sola de su pais, es una gran mentira decir q viaja sola. En el camino una va “encontrando” amigos y al final nunca esta sola. Hay veces q desde q me bajo del avion ya salgo con compania o conozco a otro mochilero en el mismo autobus q me va a llevar a la zona donde voy a hospedarme. Es chistoso, pero nos reconocemos de una sola mirada, y no es por lo fachoso q podemos andar, sino pq somos los unicos q bajando de un avion tomamos un autobus, q no llevamos maleta sino mochila al hombro, q llegamos pidiendo mapas del lugar a explorar, q andamos mirando a otros de reojo para ver si alguien se nos parece.
Cuando mucho, una esta sola el primer dia despues de su llegada. Generalmente en el desayuno ya encontraste a alguien con quien salir conocer la ciudad y en la noche a estas haciendo planes para ir a bailar o planeando viajar juntos por varios dias, compartiendo el mismo itinerario, discutiendo el ritmo del viaje y lo q se quiere gastar, convenciendo al otro de visitar los lugares q uno quiere visitar y ajustandose tambien a los planes del otro (sin sacrificar mucho).
“Donde te quedas?” Es otra de las preguntas. Y bueno, yo evito un hotel a menos de q me haya hartado de mucha convivencia quiera algo de paz. Pero quedarse en un hostal y elegir uno de ambiente es basico. Aunque tendras solo una cama y un locker, y compartiras el banio, eso se compensa con las amistades q haces de otros q viajan solos como tu, a quien prestas dinero si son asaltads, quienes te cuidan si te enfermas, quienes te esperan para salir a cenar.
En fin, de esos encuentros hablare en mi proxima carta, mi carta bahiana, q me estalla ya en el pecho del puro pensarla, por la vida se respira aqui, por la belleza, por el baile, por la sensualidad desbordada. Pero bueno,por lo pronto les mando un beso a todos. Muchos saludos, abrazos apretados y escribanme de vez en cuando, plis.
Carta 5. DESDE BAHIA DE TODOS LOS SANTOS
Hola a todos. Perdonen q no he contestado correos, la verdad he estado saturada mentalmente… no sé por que, supongo q llegué a la etapa del viaje en la q me siento saturada y necesito descansar. Esta carta la escribí hace tiempo y era sobre Bahia. Se divide en dos partes. La Bahia q siempre está de fiesta y que emociona al llegar, y la Bahia profunda, de la que quieres salir corriendo. Ahí va:
Viajar a Bahía es como tomar una cucharada de un jarabe concentrado de Brasil. Si en Río de Janeiro me sorprendíó la sensualidad, acá el erotismo se respira en el ambiente y cruzando una calle o entrando a una playa se convierte en lujuria, se materializa en miradas q te siguen al pasar, en susurros de amor q sientes en la oreja, en abrazos surgidos de la nada. Esta parte norte de
Brasil es la parte a la q llegaron los conquistadores, la parte negra donde se concentran los descendientes de los esclavos, donde se nota más la mezcla q hizo de Brasil lo que es. Es la parte donde conviven ritos y religiones de lo más variados, donde los dioses negros fueron trasplantados y ocultados bajo disfraces católicos. Es la zona donde abunda la fiesta, los bailes, la capoeira (una especie de arte marcial q mezcla música y acrobacias dignas de circo o de películas de chinos q luchan en el aire) y donde se realiza el mejor carnaval callejero, el más popular y animado.
En el corazón de Salvador de Bahía –o Bahia de todos los Santos como bautizaron inicialmente los conquistadores a esta ciudad ex capital del Brasil, desde la q se embarcaba el cacao para las Europas– existe un barrio llamado Pelourinho, que concentra todo lo descrito.
Pelourinho es el centro antiguo de Salvador, un barrio con iglesias q brillan de tanto oro q tienen en sus retablos, de pintorescos edificios coloniales con fachadas de colores, de inclinadas callecitas empedradas, de barsitos al aire libre, de museos e historia, construido en un alto desde donde se ve la bahía.
En Pelourinho es normal escuchar tambores, baterías, música. Al tratar de descubrir de dónde viene el sonido, sin darte cuenta ya estás dentro de una vecindad en un ensayo de una banda o participando de un baile callejero, rodeada de gente disfrazada. En algún punto, un desfile puede cruzar con otro y puedes acompaniarlo y luego a otro y a otro. Como si todos los días fuera carnaval.
Yo me di a la tarea de aprender a bailar los ritmos nordestinos, a despertar mi cadera, a coordinar el movimiento de cintura y piernas, a imitar a las brasileiras, así q comencé a arrimarme a todos lados donde oía música, a participar en los bailes callejeros y en las fiestas de las plazas, a recorrer antro por antro, a seguir a las olas de jóvenes q se desplazan de un lado a otro buscando música. No faltaron maestras q comenzaron a enseniarme espontáneamente. Bailé lo mismo en la ciudad como en la playa. Sola o en grupo.
Los primeros días tenía una explosión de gozo de estar aquí, de lo lindo q es este barrio, de la historia que conserva, de la fiesta popular, del erotismo bahiano, del movimiento de los cuerpos. Y me preguntaba: “?Por qué la gente va a Asia de luna de miel y no acá, si esto es el paraíso?”. Luego encontraría la respuesta.
Estuve primero en un hostal fuera de Pelourinho que me quedaba a una cuadra de una playa con un mar claro y tranquilo que parecía piscina, pues no tenía olas. Ese hostal tenía un ambiente especial y a diario, en el desayuno, hacía nuevos amigos con los que terminaba saliendo a cenar, a la playa, a recorrer islas o saliendo de viaje.
Así fue mi primer encuentro con Salvador de Bahía. Cada día era diferente, podía sólo tenderme en la playa, recorrer Pelourinho, acompaniar fiestas callejeras, recorrer museos, leer novelas de Jorge Amado (el escritor brasileiro más querido q hizo de Salvador el escenario de sus jocosas historias ) o ver películas de sus libros. Pasé aquí también mi cumpleanios, q recibí en una fiesta y lo terminé en otra.
De tanto que me gustó Pelourinho, o Peló, como le dicen los turistas, acabé por mudarme a ese barrio y ahí me quedé varios días, hasta que me descubrí agotada, sin fuerzas para irme, rebasada por lo q había visto. Tras una terapia grupal con otras chicas q conocí en mi hostal, descubrí q todas estábamos cansadas, con ganas de irnos pero sin fuerzas para hacerlo.
No sé cómo explicarlo pero hay una extrania energía concentrada en este barrio. Puede haber mucha fiesta, mucha belleza, mucha alegría, mucho ritmo pero también encerrar mucho sufrimiento, mucha pobreza, muchos policías, muchos robos y mucho “malandraje”– como los llamaba Jorge Amado.
Vi cómo los policías militares encargados de prácticamente sitiar el barrio para cuidar a los turistas, golpean a los lugarenios. Los vi poner contra la pared a varios muchachos, sacar a jalones a una senora q se acercó a la mesa de un bar, agarrar a un ninio y llevarlo arrastrando a la comisaria, expulsar a golpes a un hombre q se metio a un restaurante. Ante mis narices, un taxista golpeó a una ninia q quiso robarle y le gritó muchas veces q merecía ser asesinada y con su mano hizo como si tuviera un rifle y le disparara en la sien.
Como si tuviera radar integrado, me di cuenta de varios robos q los otros q me acompaniaban no veían. Descubrí ninios hambrientos que entraban rápido a los restuarantes a chupar las sobras que los turistas dejaban en los platos. En 10 segundos se empinaban el guiso, antes de que los policìas los tundieran a golpes por su “descortesia” con los extrranjeros.
En Peló las mujeres y los ninios te siguen para recoger la lata q intuyen vas a tirar y se la pelean como se disputan la basura. Otros inventan unas historias terribles para q les des dinero pero te aburren cuando las escuchas muchas veces. Unos más te piden y te piden y cuando no les ayudas te hacen un drama y se pone al borde de la lágrima o te insultan o amenazan, dependiendo de su humor. De pronto esa tensa relación turista-mendigo se vuelve inmanejable. Uno no sabe qué se supone qué hacer.
Mi primera solución fue comprarle leche a unos ninios pero desistí cuando vi que comenzaron a pelearse entre ellos, a amenazarse y a pedirme q no les comprara a los demás que llegaban pq no la merecían. Al final, terminé huyendo de las hordas de ambulantes que quieren ponerte en la munieca un listón de recuerdo del Senhor do Bom Fim y terminan cobrándotelo.
Hice “amistad” con un tipo de 35 anios q pesaba 50 kilos y vivia en la calle. Ya había comido su ración diaria de comida, sí, un pan. Vi su sorpresa pq junto a mí se convirtió en persona ante los demás y, por primera vez, los ambulantes le ofrecían cosas para comprar. Nos vimos dos días, al tercero desapareció. Acompanie a cenar a un artesano con rastas q me convidó de una sopa grasosa y horrible, hecha de la sobra de otras sopas que costaba 1.50 (medio dólar) e incluía un pan.
Pelourinho agarró otro significado cuando me di cuenta que el barrio se llamaba así porq era el nombre del árbol donde amarraban a los esclavos y los torturaban hasta la muerte. De pronto descubrí q la energía concentrada ahí carga con ese peso. Que es un lugar que duele a los brasileiros pero que los atrae como turistas. Que en el centro del barrio lleno de iglesias hay una en particular ( la del Rosario de los Pretos) q construyeron esclavos para ellos mismos con su dinero y trabajo, pues no los dejaban escuchar misa. Que tras las pintorescas fachadas llenas de artesanías se esconden vecindades en las que malviven apretujadas varias familias…
Quería irme, pero no podía. Estaba como hipnotizada en ese excitante barrio que celebró alegre y bulliciosamente la semana santa. Consternada por la miseria (no me entendían los europeos la consternación viniendo de una mexicana). Pero no podía irme, al menos no hasta encontrar algo q me reconciliara con el lugar, q me diera algo de esperanza a la sin salida…. q en la siguiente carta les contaré qué fue. Voy atrasada en relatos. Ya sali de Bahia, estuve en Fortaleza y ahora estoy en Amazonia. Luego escribo más. Les mando por lo pronto un abrazote. Cuidense. Saludos!!
CARTA 6. EL OTRO BRASIL
Hola a todos, espero q estén muy bien en todos los sentidos. Les envío esta, mi antepenúltima carta de Brasil, pues ya casi estoy de salida de este país en vista de q se me acabó mi visa. Yo sigo bien aunq confieso q ya me duelen los huesos de tanto viaje y ya necesito una buena cama. Será la semana entrante cuando ya estaré en Argetina. Mientras tanto, les cuento de varios encuentros importantes que tuve por acá. Saludos.
*
1.
Mientras bailaba en una plaza de Salvador, rodeada de gente en fiesta y muchos indigentes q recogen las latas tiradas mientras bailan, un tipo se acercó y me preguntó si era espanhola o mexicana. Me extranhó q mencionara México, pues muchas de las personas q he encontrado no saben ni dónde queda México y cuando me oyen hablar sólo me preguntan si soy argentina, espanhola o americana, no se les ocurre otro país para mencionar. Comenzamos a platicar y resultó que él, un hombre que duerme en la calle, conocía México..
Le pregunté q cómo es q conocía México y me dijo que cuando formó parte del Movimiento de los Sin Tierra (MST) fue enviado a Chiapas para manifestar su solidaridad a los zapatistas. “Ah”.
Bailamos un poco y luego nos sentamos en la plaza a conversar. Yo tenía muchas preguntas q hacerle a este sin-tierra, ex integrante de ese movimiento social tan importante para América Latina del que había escuchado mucho y del q había visto muchas fotos de campesinos ocupando haciendas o enfrentándose a la policía.
El hombre se llamaba Duilson, según el papel q me mostró y q estaba casi deshecho por el tiempo y por las lluvias. Era una constancia de alguna dependencia de gobierno en la q decía q él se llamaba así. Era su única identidad.
Su otra posesión, además de la camiseta, los pants (pantalonera) y chanclas de hule q llevaba puestos, era un vaso de plástico q usaba cuando pedía agua, pues, según me explicó, cuando les das el vaso no se pueden rehusar a llenarlo; si no traes no te dan.
(me conmueve mucho ese gesto de los más pobres, cargan siempre con un documento y cuando se presentan siempre te lo ensenhan, como si no fueras a creerles o como si así reafirmaran su existencia o como si le dieran mucha formalidad a la presentación, no sé a q se debe)
Duilson era simpático. Era poco moreno, pelo chino, barba, menor a mi estatura, tenía 35 anhos y pesaba 55 kilos!! Estaba muy flaco. Al principio me costaba mucho platicar con él porque olía muy fuerte a basura mezclada con sudor, pero intenté no tomar eso en cuenta.
Sentados alrededor de una mesa en la plaza me contó que no tuvo papá, su mamá nunca se ocupó de él ni de su hermano, q es de un estado lejano, q un día se vio sin tierra, estudios, herencia, trabajo o futuro y…
(–Por q dejaste tu casa?
–Por hambre. El hambre duele mucho. No aguantaba. Duele muy feo –respondió).
…decidió engrosar las filas del movimiento de los sin-tierra e invadir con ellos una hacienda. Y se quedó ahí un anho, “resistiendo”.
Todo lo q decia me lo actuaba, como dando por hecho q yo no entendía nada de portugués o como reforzando lo q decía. Parecía un cómico trágico, por sus gestos seme figurabaun payaso q actúan una tragedia, actuaba todo, hasta el hambre o la discriminación q sufría por su “color de piel”.
Me dijo q estudiaba filosofía, luego entendí q toma unos cursos q da una ONG en la q imprimen ganas a los indigentes a superarse, de no dejarse desintegrar por el anonimato y luchar por ser alguien.
–Qué pasó con la invasión, ¿por qué no tienes tierra?
–Aguanté un año, pero cuando nos dieron la Hacienda (que el gobierno la expropió y se las dió) no alcanzó tierra para mí pues yo no estaba casado ni tenía familia.No era candidato a tener tierra. Luego me emplié cortando caña –y hacía movimientos como si tuviera frente a sí un manojo de cañas y un machete– pero lo q me pagaban apenas me alcanzaba para comer entoncesme vine a la ciudad y aquí estoy, durmiendo en la calle.
– ¿Y cómo es una invasión,por qué dices q casi nadie aguanta?
–Es muy difícil. Vivir un año en el suelo, bajo un plástico, una lona, mojándote cuando llueve, con frío en la noche, no todos resisten. ¿Usted nunca ha acampado?¿No ha dormido bajo un plástico?
–No,la verdad –le dije.
–¿Noooooooo? –y me miraba sorprendido.
(El era para mí el rostro de los sin-tierra, ese movimiento q critican tanto los medios de comunicación por estar formado por familias q no muestran los más mínimos modales y no respetan la propiedad privada. Que, de buenas a primeras, cualquier madrugada, “invaden” una Hacienda ociosa o una tierra q era del Estado y q se apropió ilegalmente un hacendero, levantan sus casas de plástico y comienzan a cultivarla. Y ahí se quedan hasta q el gobierno les reconozca su derecho a tener tierra y la expropie o hasta q entre la policía y los mate, encarcele o desaloje.
Ya q a ellos no les tocó tierra, pues simplemente se la toman. Se hacen justicia a la fuerza. Es eso o morir de hambre en el campo o irse a vivir a una favela o morar en la calle.)
Mientras platicábamos y tomábamos agua, fuimos varias veces interrumpidos por ambulantes, quesq el q vende varas de quesos, q el cacahuatero, q lléves su recuerdito del senhor-do-bom-fim… y cada vez q nos ofrecían algo, Duilson se impresionaba pues a él nunca le ofrecían nada para comprar. Y estando conmigo había dejado de ser invisible, había vuelto a ser persona.
Me platicaba de las discriminaciones q sufre por su “color de piel” (que yo veía delmismo color de la mía), q desde q vivió con los sin tierra abrió los ojos a lo q es la discriminación y la injusticia (“tengo 35 años y pesos 55 kilos, eso es injusticia”), q intenta explicarle esos conceptos a sus colegas indigentes con quienes quiere hacer una revolución q tenga como primer paso tomar por asalto la catedral y q de ahí se extienda a todo el país…
Como no había comido pq el comedor a donde va lo cerraron pq unos indigentes se pelearon, compré dos varas de queso. Lo q me conmovió fue q en cuanto las tomó las quiso compartir con el mismo quesero q nos la había vendido y conmigo.
Al día siguiente nos vimos, y estuvimos un par de horas pasenado por Pelourinho y platicando. Después se fue pq ya le cerraban el comedor donde compra su comida a un real (yo gastaba en hospedaje 25 diarios). Quedamos de vernos al otro día pero ya nunca volvió. Desapareció. No supe si era por lo q me decía q la policía lo miraba feo por estar junto a mí o pq simplemente cambió de barrio o pq le pasó algo. Lo busqué mucho con la mirada los siguientes días pero ya no apareció.
*
2
Otro encuentro q tuve fue con Cesar della Rocca (creo q así se llama), un italiano q fue director de UNICEF y q un día, hace varios años, caminando por Bahía, encontró a un niño de la calle. Platicaron, y de la plática el italiano quedó muy impresionado. El niño no tenía sueños, le daba lo mismo robar, matar o morir, todo intento de sueño era boicoteado por el propio niño q se preguntaba: ¿para qué, si al cabo me voy a morir?.
El italiano decidió hacer algo para cambiar eso, para hacer q los niños vuelvan a desear. Y de ahí surgió el enorme proyecto llamado Projeto Axé, q se ha copiado en muchas partes del mundo como una vía exitosa para recuperar a los niños de la calle. Y q parte de lo q bautizaron como la pedagogía del deseo.
La idea del italiano era hacer un proyercto diferente, no como los otros “proyectos pobres para pobres”. Nada de dar sobras a los pobres, sino tratarlos como lo q son, ciudadanos de primera categoría. Entonces comenzó a capacitar voluntarios para q ser “educadores callejeros” y trabajando en las esquinas con los niños de la calle comenzaran a destrabarlos ese obstáculo q tienen de volver a soñar. Una vez q el niño quiere experimentar una nueva vida, acude a los talleres del proyecto, donde les enseñan ballet o deportes o alta costura o diseño de muebles o música, pero todo enseñado por prestigiosos maestros. Porq no hay q dar sobras al pobre por ser pobre, si se le educa se le educa bien.
Y los niños, además de q trabajan unas horas, ganan dinero y se educan, llegan a tener sueños. A bailar en escenarios europeos, a hacer obras de arte, a confeccionar ropa de moda q venden en varias tiendas. Y además de aprender eso aprenden a ser ciudadanos, aprenden lo valioso q son y la necesidad de articularse para exigirle al gobierno q atienda su problemática, aprenden sus derechos y son enseñados a hacerlos valer. ¿Revolucionario, no?
*
3.
Brasil es una mezcla de fiesta y tragedia. De belleza y miseria. Es el país donde menos ricos concentran más riqueza. Es la octava economía del mundo, así q, como bien dicen, más que país pobre es un país injusto. Y tanta desigualdad, tanta concentración de tierras y de riquezas ha generado una violencia espantosa.
Hace unas semanas, unos policías de Río llegaron a un barrio y mataron indiscriminadamente a 30, ninios, mujeres, jóvenes, nomás para mandarle un mensaje a su jefe q amenazó con investigar si habían torturado y decapitado a un tipo. En Río se vive una guerra civil q ha dejado más muertos q la guerra de Vietnam o revoluciones africanas.
En todas las ciudades turísticas hay muchos robos.
Y la violencia no es sólo ahí. También en el campo. Llegué justo el día del asesinato de la misionera gringa Dorothy Stang, una viejita de sonrisa dulce q parecia inofensiva. Murió leyéndoles a sus asesinos las Bienaventuranzas, pues cuando ellos le mostraron sus armas ella sacó su Biblia. Fue una muerta más del conflicto de tierras. Ella defendía un pedazo de selva estatal q unos terratenientes se habian apoderado y defendía a familias de campesinos q ahí estaba asentados y q estaban haciendo un proyecto de conservación y uso de la selva.
Un consorcio de madereros la mandó matar (hay hasta lista de precios por activista asesinado, dependiendo si es campesino, cura, lider sindical, abogado…). Luego siguieron otras muertes rurales.
Parece q la situación q describía Jorge Amado en los anios 60 y 70 continúa. Es como si hubieran salido de sus libros los terratenientes q resolvían todo conflicto con pistoleros. La cosa está q arde. Por un lado, las multinacionales quieren pedazos de selva ya talados para plantar soya pues los chinos quieren mucha soya, por otro los ganaderos llegan y talan para convertir selva en pasto y dar de comer a su extenso ganado. Por otro los madereros ilegales. Para empeorarla, están los traficantes de tierras, q falsifican títulos de propiedad de terrrenos estatales arbolados y los venden como si fueran de ellos y a varias personas. A esto se le suman los campesinos del Movimientos de los Sin Tierra y de otros movimeintos q llegan a invadir tierras ociosas o tierras del gobierno invadidas por hacenderos. Y los indígenas q son propietarios de las tierras por ley pero no tienen cómo protegerlas de las invasiones. Y la iglesia apoyando a los pobres, los jueces a los ricos, y el gobierno q no hace nada. Y como no se ponen de acuerdo hay muchas matanzas en el campo.
El hambre es otra cosa palpable.
Ayer q viajaba por Pará entendí lo q había leido en un libro. Q de tanta desnutrición q hay en algunas zonas ya se creó una sub-raza, q es formada por hombres q parecen pigmeos. Y sí, ayer q venía en el autobús vi personajes q parecían salidos de las fotografias de Sebastiao Salgado,pero en miniatura. Labradores morenos, pelo chino, barbudos, llenos de tierra, como si estuvieran embarrados de carbón, ropa rota, sombrero de fieltro roto, flaquitos, sin músculo y muy chaparritos. Los vi con sus familias de 5, 6, 7 hijos pequenios, con todas sus pertenencias, mudándose a donde haya trabajo, sin comer nada en las paradas q hacía el omnibus, viendo a los demás comer.
Y bueno, ellos son el otro rostro del Brasil del carnaval, de las playas paradisiacas, de la samba, de las mujeres más bellas del mundo, de los mejores futbolistas.
CARTA 7. NAVEGANDO EN LA AMAZONIA BRASILEIRA
Hola, de nuevo, sigo con Brasil. Besos:
Tenía ante a mí a un hombre cuarentón que temblaba con esos temblores de niño con un susto incontrolable. No controlaba sus manos, intentaba calmar la temblorina jugando con la manga de su camisa de manta. Veía siempre hacia abajo y escondía su cara tras el copete largo que llevaba por tanto tiempo sin cortarse el pelo café grisáceo. Hablaba y la voz se le quebraba. Todos en el cuarto guardábamos silencio.
Tenía ante mí al rostro del trabajo esclavo que todavía se usa en Brasil. El hombre se llamaba Mabio Fernandes, pero el nombre no importa. Sería el primer “hombre-esclavo” que encontraría en mi camino, y no el último.
En Amazonia me dí cuenta de que el trabajo esclavo todavía existe. Funciona así: contratistas van a las zonas más pobres buscando trabajadores, a quienes se llevan a alguna hacienda a otro estado. Los tienen trabajando meses o años, sin sueldo. Si piden salario les sacan las cuentas acumuladas por la comida que consumieron y les dicen que están en deuda. Los trabajadores no pueden escapar o lo hacen a riesgo de ser descubiertos por los pistoleros que cuidan la hacienda.
Leí la historia de un muchacho que desde los 8 años trabajaba en una hacienda donde lo vendió su mamá. Nunca le pagaron un solo real y el día que uno de sus compañeros reclamó le cortaron las manos, a otros los mataban y enterraban ahí mismo. Cuando escapoó y contó su historia causó revuelo.
Leí otra historia:la policía organizó redadas para liberar a los hombres-esclavo. En un día liberaron ¡¡¡mil 800!!! en un solo municipio.
Me topé a Mabio, el hombre-esclavo tembloroso, en la oficina de la Comisión Pastoral de la Tierra, la instancia de la gilesia que vela por los derechos de los campesinos. Esa mañana llegó él y al poco rato otro con la misma historia de maltratos –”no me dieron protección para los plaguicidas, tomábamos agua del río, no daban carne, la comida (arroz y frijol) era mala y cara”–. Después visitaría una casa donde se hospedaban unos 30 hombres que llevaban semanas o incluso meses esperando que la policía liberara al resto de sus compañeros y cobrara sus deudas al hacendero que los estafó.
El hombre tembloroso, como los otros, no tenía esposa, ni hijos. Vivió para trabajar, siempre encorvado hacia el azadón, saltando de un hacienda a otra. Y, si tenía dinero, hacía una pausa entre un trabajo y otro, hasta que el dinero volvía a escasear y a buscar de nuevo.
–¿Por qué esta vez sí denunciaste y a tus patrones anteriores no?
–Porque fue maltrato, lo peor fue la amenaza,me dijo que no iba a pagar los 400 y que si mandaba a los federales (la policía) iba a mandarme matar, lo otro fue maltrato de alimentación que no me daban pq nací pobre y como quedé pobre, en la calle, tomé un poco de coraje, perdí miedo.
Aunque los “peones” como él saben cada vez más de sus derechos, y comienzan a protestar, a denunciar, o se unen en movimientos tipo los-sin-tierra, lo más descorazonante es saber que muchos de ellos cuando son liberados volverán a emplearse en haciendas que los esclavizan.
Al verlos me ácordé la canción Funeral de un Labrador, de Chico Buarque (tomado de un poema famoso): “Este hoyo en el que estás, es de buen tamaño, ni largo ni fondo, es la parte que te corresponde de este latifundio, es la tierra que querías ver dividida, estarás más ancho de lo que estabas en el mundo…”
*
Estaba en el estado de Pará, uno de los que forman la región llamada Amazonía. Es el estado donde más muertes por conflictos de tierra hay, el estado líder en trabajo esclavo y uno de los punteros en tala clandestina y destrucción de la selva.
De Bahía había saltado a Fortaleza y de Fortaleza a Pará, en el norte-norte de Brasil, donde desemboca el Río Amazonas que, navegado, en 5 días conduce a Manaus, la capital de Amazonía.
En Belém tomé una especie de barco-lancha para llegar a una comunidad indígena llamada Novo Lugar. Fueron dos días de viaje. Iba en una de esas plataformas donde van todos los pasajeros amontonados, con hamacas como asientos y hasta tres pisos de hamacas por metro. Llevaba un poco de comida, latas, galletas y algo de agua. No llevaba hamaca porqueme subí sin saber que la necesitaba.
En el barco iban varios polizontes: una tarántula a la que me quedaba viendo por horas, para cerciorarme de que seguía en su lugar (no tan cerca de mí) y hormigas enormes. A veces, la gente lleva cerdos, pero esta vez, por suerte, no me tocó compartir con animales el viaje.
Yo, como buena citadina, llevé mi comida personalizada, pura cosa fina que compré en un súper movida por el antojo. “Mis” sandwiches de crossaint, “mis” galletas cremosas de fresa, “mis” latas de atún preparado y condimentado, “mi” pan tostado integral-ligth, “mi” saborizante de agua, “mi” litro y medio de agua, “mi” lata de botanitas surtidas, “mis” zanahorias enanas, “mis” manzanas y “mi” pastrami para casos de hambre extrema.
Compré cantidades para mí –para el viaje de ida y vuelta y mi estancia en la comunidad– y para alguna persona que, seguro, conocería en el viaje. Pero, obviamente, erré. No contaba con que cada que me movía, varias manos se levantaban ofreciéndome café, comida, galletas, café, golosinas. Me sentí mierda por mi actitud “Scrooge”, con mis latitas individuales, por la red de protección con la que viajo al encuentro con los más pobres, por el repelente que uso a la hora en que pica el mosco de la malaria o la crema antibactericida para casos extremos. Ofrecí a mis compañeros de viaje crossaints, galletas, botanitas, zanahorias; me hice famosa por lo rico de la comida que llevaba. Me guardé las latas para lo que me deparara el destino en la comunidad y me quedé también con el agua purificada que, cuando escaseó y pasé sed, me arrepentí de no haberme llevado más.
Navegué por ríos anchos como mares y de diferentes colores, rodeada de indígenas y mestizos ribereños. Pasamos por lugares increíbles: por islas sumergidas de las que solo salían copas de árboles gigantes; por pueblos que no tienen calles ni banquetas sólo casas sobre el agua y canoas a la puerta, para que al salir de tu casa te trasnportes a la del vecino y donde los puercos nadaban en los pantanos; por bosques cerrados que se reflejaban como espejo en el agua y formaba paisajes fantásticos.
*
Novo Lugar era una comunidad indígena miserable sin tienda donde comprar algo de comida o medio de transporte a la redonda. La lancha-barco pasa dos veces a la semana, una de ida a Belem y otra de regreso.
Llegué movida por mi interés de ver el otro aspecto del problema de Amazonia: la invasión de tierras por grandes plantadores, el despojo creciente a los indígenas, el tráfico de tierras. Llegué con Ediche, mi regordeta anfitriona, una lideresa indígena quien vive con el miedo de que asesinen a Dadá, su hijo veinteañero, quien liderea del movimiento para pedir que las tierras sean declarada reserva indígena, y quien se salvó ya de los pistoleros contratados por los invasores. Como es común en la región.
Ediche fungía de mi guardaespaldas y traductora, aunque a veces no me entendía una palabra y nomás asentía como si hubiera entendido.
Con ella y otros de sus familiares me adentré a la selva. Cuando me caía, ella soltaba la carcajada: cuado había que saltar un tronco no dejaba de verme a ver si hacía algo gracioso, si corría huyendo de las hormigas gigantes soltaba la carcajada, si pisaba mal y toda mi pierna se hundía en fango casi soltaba lágrimas, muerta de la risa del espectáculo. Y yo… la quería matar.Estaba tan de malas que queria irme de la aldea.
Lo peor de todo (que hoy me da risa, pero entonces no) eran sus mentiras. Ella dificilmente me entendía pero yo sí entendía todo lo q ella decía. Entonces, cuando me presentaba a la comunidad inventaba unos rollos apantallantes: “Es que en su país no hay naturaleza, por eso viene a ver la de acá”, “no come nada de lo que nosotros comemos, nada más castañas”, “viene a ayudarnos en nuestra lucha”… y yo guardaba silencio o a veces intentaba intervenir, pero no servía de nada, porque ella ya se había autonombrado mi traductora.
La noche que estuve, en la comunidad hicieron bailes muy bonito y una oración para agaradecer mi presencia. Y como me ocurrió en otros lados (en una asamblea indígena y después en plena misa en una iglesia) me pidieron que les dirigiera unas palabras. Por la noche, alumbrados por una velitapues en ese paraje selvático a la orilla del río no hay luz, les enseñé a bailar, a hacer el triangulito, a hacer el un-dos, un-dos, pasitos básicos que se les dificultaban mucho y les parecían muy chistosos.
Dormí como piedra con la familia en la choza común, en una hamaca. Pasé sed los dos días que estuve ahí, porque solo cuando mi necesidad era mucha tomaba, como ellos, el agua café recién sacada del río.
Al día siguiente dormí en otro pueblo, en la casa de una pareja de ancianos catequistas super amables (como siempre, ellos como la familia de Ediche conseguían carne especialmente para mí pese a mis súplicas de que no lo hicieran). El viejito era todo un personaje: se la pasaba dando sermones y diciendo que Dios lo bendició por bueno y maldijo a los malos por malo. Una tarde me platicó su versión del diluvio universal, lleno de detalles de los animales que iban a bordo, que, de tan larga y tan maligna comenzó a desesperarme y estuve a punto de entrar en un debate teológico con él para combatoir su teoría del dios vengador. Pero, mejor me fugué.
*
En uno de esos viajes por el río (Santarém-Novo Lugar-Santarém-Altamira) me robaron mi cámara nueva. Todavía me da coraje imaginarme a algún vivillo que seguramente llegó arrastrándose abajo de mi hamaca y de las hamacas vecinas, rompió los candados de la mochila que dormía debajo de mí y que previsoramente había encadenada al poste más cercano. Con el ladrón se fueron todas mis fotos –de viaje y de mis futuros reportajes– y mi paciencia de turista.
Me enojé muchísimo. Me dio harto coraje. Quería matar al dueño del barco. Cuando podía iba y palpaba por encima de las maletas de los pasajeros que dormían cerca a mí –intentando reconocer la forma de mi cámara– y no pocas veces tuve discusiones con algunos.
Uno de mis enemigos declarados, y para mí principal sospechoso, era un joven que dormí en la hamaca vecina y no había dejado de verme durante el viaje. Cuando se dio cuenta que sospechaba de él abrió su maleta ante mis ojos y me enseñó su ropa y su identificación de fiscal y pidió que le enseñara mis papeles migratorios (cosa que hice como que no oí porque me rabiaba más que yo pasara a convertirme en sospechosa).
Pasado nuestro enfrentamiento se fue un rincón de la borda y comenzó a tomar y a tomar cerveza. Antes de bajarse en el puerto de su destino se acostó en la hamaca contigua y me declaró su amor a primera vista, esa era la razón por la que no dejaba de verme. Me platicó que era fiscal y ganadero (pensé que por eso los jueces nunca condenan a los ganaderos que invaden tierras y sí a los campesinos). Casi lloró al confesar que le hirió que sospeché de él. Me pidió un beso antes de tocar puerto, propuesta que me hizo gracia. Y cuando bajó y se montó a su moto, todavía seguía teatralizando su amor (muy brasileño él), actuando el palpite de su corazón, lanzando miradas coquetas.
*
Esta última parte del viaje no fue del todo buena. Ya estaba agotada e irritada por tanto viaje. Quería salirme de la selva pero no sabía cómo sería la manera más segura (si vas por carretera asaltan, por avión cuesta casi un vuelo internacional, por barco son 7 días). Me costaba tomar cualquier decisión, quería que alguien empacara por mí, me comprara un boleto de avión, me llevara al aeropuerto y me condujera a mi asiento… cosa que obviamente no ocurrió.
Salí finalmente por tierra y en raid, gracias a que unos militares en un puesto de revisión donde me puse a pedir aventón, detuvieron a una pareja de politicos evangélicos que iban a donde yo. Luego volé a Sao Paulo y llegué a casa de mi amiga reporteros casi a las 2 de la mañana en estado lamentable, hablando sin parar de lo que había pasado en el viaje (sin agua, robada, con miedo a ser asaltada, sin cámara, con pulgas, conmovida por el trabajo esclavo), descargué mi irritación y tristeza, me recriminé mi forma de viajar y diagnostiqué mis fallas… y ella me escuchaba pacientemente como si estuviera en una terapia. Así fueron mis dos o tres días con ella.
Cuando me sentí fuerte compra mi pasaje a Buenos Aires. Ya no quería más viaje por tierra o barco, ya tenía la columna destrozada, así que volé hacia acá, desde donde ahora escribo.
Bueno, eso fue, a grandísimos rasgos, la última parte de mi viaje a Brasil que espero no les haya aburrido y agradezco que hayan compartido conmigo. Saludos a todos y gracias por leer.
Pero, esto no es una despedida porque (les cayó la maldición), sigue la parte Argentina y la que siga. Bueno, les mando un abrazo. CHau!
LA MUERTE DE RAMONA
In General on Junio 20, 2006 at 2:11 pmSEMBLANTE Y MUERTE DE LA COMANDANTA RAMONA
Por Marcela Turati
Suitic, México.- Ayer, en el centro de Salud de San Andrés Larráinzar todo el día estuvo estacionada la ambulancia. A tres kilómetros de ahí, en el pueblito de Suitic, una combi rentada con apuros recogió a una tzotzil agonizante, hija de don Manuel Díaz.
No alcanzó a llevarla al hospital de San Cristóbal de Las Casas, a 45 minutos de distancia. Camino a la ciudad falleció por diarrea, vómito con sangre y calentura.
Su diminuto cuerpo de mujer del campo, que no sobrepasaba el metro y medio de altura, estuvo tendido varias horas adentro de la casa rodeada de milpa seca y en la cima del cerro. Entre las paredes de concreto y el techo de lámina, fue velado sobre unas tablas y envuelto en sábanas hasta la hora en que llegó el ataúd de madera, como dicta la costumbre.
A cada rincón de México llegó la noticia de la muerte de esta indígena de 47 años que de niña no tuvo estudios, que desde “tiernita” trabajó de sirvienta, que aprendió lo que eran sus derechos adoctrinada por unas monjas, que el 1 de enero de 1994 se levantó en armas junto con otros indígenas del sureste de México y que entre las filas del EZLN llegó a ser conocida como la Comandanta Ramona.
“El mundo perdió a una de esas mujeres que paren los mundos. México perdió a una de esas luchadoras que le hace falta. A nosotros nos arrancaron un pedazo de corazón”, anunció así, el Subcomandante Marcos, la muerte de su compañera de filas.
Ramona, para la prensa; Josefina, para los allegados, María, para los familiares; es uno de los símbolos de lo que es el zapatismo de carne y hueso.
“Había estado bien, nomás con poquita calentura antier. Ayer por la mañana hasta se levantó hasta la puerta y empezó así, bien rápido”, relató una de sus sobrinas mientras, niño a la espalda, andaba por el lodoso camino del cerro empinado que conduce a casa del viejo Manuel, el dolido padre; anciano de 91 años, casi sordo que quedó solo en casa.
Discretos, varios indígenas encapuchados estaban apostados en la ruta de acceso al velorio e impedían el paso a los desconocidos. Temprano por la mañana sólo algunas religiosas de la diócesis de San Cristóbal y activistas de organizaciones no gubernamentales habían entrado a dar el pésame.
Ramona era una indígena como muchas: criaba borregos y pollos; usaba el telar; bordaba imágenes sobre telas que después vendía. Nunca tuvo hijos.
Dentro de la organización armada se dedicaba, principalmente, a hablar con las mujeres zapatistas y a mantener viva la fe en el movimiento del que estaba convencida.
En 1996 le fue trasplantado un riñón en el Centro Médico Siglo XXI, hospital gubernamental en la ciudad de México. “La Comandanta Ramona le arrancó 10 años a la muerte (…), tenía un trasplante de riñón”, explicó Marcos al dar la noticia en Tonalá.
El alegre bordado que Ramona hizo durante su convalecencia fue convertido en póster; era su representación de lo que es la sociedad civil: de muchos colores.
No se le conocieron acciones militares en las tomas de cabeceras municipales que hizo el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, al aparecer el 1 de enero de hace 12 años. Su aparición pública fue en los diálogos entre el grupo alzado y el gobierno federal, que se llevaron a cabo en San Andrés Larráinzar.
La última vez que se le vio en público fue en la comunidad zapatista La Garrucha, a donde llegó a bordo de una ambulancia para asistir a los encuentros preparatorios de “La otra campaña”, que inició Marcos al iniciar 2006 y por la cuál recorrerá todo México. Ahí estuvo, encapuchada, con su falda negra y su blusa blanca bordadas en telar con motivos indígenas, sus trenzas largas y sus huaraches.
“Era 100 por ciento luchadora, pues. La verdad, es una gente buena, una buena persona”, opinó el presidente municipal autónomo de San Andrés Larráinzar, Andrés Sántiz, responsable de lo que sucede en la comarca. Su gobierno, afín al zapatismo, es paralelo al de la presidencia municipal instalada enfrente y reconocida por el gobierno mexicano.
“Si quiere saber por qué era una luchadora vete directo al “Caracol” de Oventic (la sede de la junta de gobierno de los zapatistas de esa región). Nosotros no hay información. No decimos si murió hoy o mañana. No hay información”, dijo siguiendo la orden de la comandancia zapatita de guardar silencio ante la prensa.
Como un día antes había informado el Subcomandante, el Caracol de Oventic fue cerrado para que los zapatistas, en privador, pudieran “doler” la muerte de su compañera. No hubo acceso a la prensa.
Dicen los cercanos, que Ramona había estado bien las últimas semanas. Un día antes estuvo bordando y hasta bromeaba. Por la noche tuvo calentura. A la mañana siguiente podía caminar, aunque el malestar seguía. Luego empezó la vomitadera. Sus familiares demoraron mucho en conseguir un auto que los trasladara al hospital.
Fieles a su convicción de no aceptar nada del “mal gobierno”, rasgo que los distingue como indígenas zapatistas, no acudieron a la clínica de salud más cercana, a 5 minutos de la casa.
“Estuvimos toda la mañana ahí y nunca nos pidieron ayuda”, informó el médico Francisco Roblero. “Ayer aquí hubo ambulancia todo el día”, dijo la enfermera Leticia del Carpio.
Con apuros, los familiares consiguieron que les rentaran –a 140 pesos el viaje de ida y 140 de regreso– una combi de la cooperativa San Andrés Yajualó, para transportarla a San Cristóbal.
Ramona murió a 15 kilómetros de iniciado el camino, antes de llegar a la comunidad San Juan Chamula. Ya pasaba el medio día.
“Si la hubieran traído se hubiera podido salvar porque le hubiéramos puesto suero y mandado a San Cristóbal para que le pusieran plasma. Pero, así son los zapatistas. Casi no vienen y los que llegan a venir ya los traen graves o vienen muertos”, dijo el doctor Oscar Muñoz, médico en turno de los fines de semana.
Su muerte aún no consta en actas oficiales, como quizás tampoco se tenga registro de su nacimiento. Su cuerpo será entregado a la tierra el domingo.
VIAJANDO POR EL RIO LERMA
In General on Junio 20, 2006 at 2:00 pmVIAJANDO POR EL RÍO LERMA
Por Marcela Turati
Es un río que nace agonizante y termina oliendo a cadáver.
El Lerma nace de una laguna mexiquense empantanada que desgració un Presidente y, al inicio, se mueve impulsado por el drenaje de pueblos y ciudades vecinas de su cauce que lo inauguraron como el excusado favorito del Pacífico; pasa luego por la ciudad industrial que le da su nombre, donde apesta a amoniaco, y cosecha y arrastra botellas de plástico, cadáveres animales, lodos industriales y llantas. En Guanajuato lo detiene de tajo la presa Solís, parada que aprovechan los campesinos para robar impunemente sus aguas y los lirios para reproducirse al grado de que fue preciso erradicarlos con gusanos brasileños que, de paso, asfixiaron a toneladas de peces cuyos cadáveres flotaban por montones en las orillas.
A la vista de las autoridades, es bienvenido con residuos de una hidroeléctrica, una refinería y una fábrica de pesticidas en Salamanca, y de tanto químico con aroma a toneladas de ajos y huevos podridos, a veces el agua se enciende en llamas que tienen que ser sofocadas por el cuerpo de bomberos. Cruza por las fincas michoacanas escoltado por natas de excremento de cerdo y uno que otro cadáver porcino. Desemboca en Chapala, el lago jalisciense estrangulado por invasores que talan, construyen o plantan en sus riberas, y por la avaricia de no soltar agua de las presas río atrás. En El Salto de Juanacatlán, pueblo vecino, se convierte en río Santiago, donde el agua de tan tóxica suelta espuma blanca que enferma al contacto, atrae moscos gigantescos que parecen africanos y despide un pestilente sulfuro que –aseguran ahí– provoca cáncer.
No siempre fue así. Hace 50 años era sustento de pescadores, alegría de bañistas y un lujo tenerlo cerca. Hoy, convertido en drenaje, es la muestra fecal de la incapacidad del país para desarrollarse económicamente y, al mismo tiempo, cuidar los recursos naturales.
Viajar por su cauce es recorrer 708 kilómetros de malas políticas, conflictos entre gobernantes autistas, esfuerzos aislados por limpiarlo, indolencia colectiva, anhelo común de verlo sano, corrupción generalizada y contaminación hormiga que –concentrada– lo convierte en un grave problema de salud pública.
Cruza por 205 municipios, 11 presas, 5 estados (México, Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Jalisco), 3 mil 500 industrias, y la vida de 1 de cada 10 mexicanos, pues 11 millones viven a sus orillas. Atraviesa, también, millones de historias.
Está, por ejemplo, la de la sirena que quedó atrapada en un ducto que succiona agua, día y noche, hacia el DF. O la de los dos trabajadores municipales que a primera hora de la mañana suben a una destartalada canoa para arrancar el lirio que pudría el agua antes de que llegaran ellos. O la del pueblo donde a los niños se les caen los dientes por haber tomado biberón con agua de arsénico. O la de los funcionarios de Jalisco y Guanajuato que iban a protagonizar una guerra por el agua. O la del hombre que por el color de las manchas que arrastra el río descubre de qué fábrica proviene el vertido clandestino. O la de la escuela primaria que ve bajar del aire una espuma voladora que mancha la piel de los alumnos, y los deja enfermos y marchitos. O la de los manatíes arrojados en un lago con la misión de erradicar plagas, pero que fueron asesinados por los aterrados pescadores que los creyeron monstruos marinos.
Aunque el Lerma es agua, en ningún punto es bebible o utilizable para una ducha. Se usa sólo para humedecer cultivos, alimentar animales y llevar lejos orines, cacas y restos industriales. Sólo el 6 por ciento de las aguas usadas reciben tratamiento antes de ser arrojadas de vuelta al cauce. Estudios de la Comisión de la Cuenca Lerma-Chapala indican que en algunos puntos no es apta ni para dar de beber a la tierra.
Su contaminación lo ha hecho famoso. Su rescate puede ser, también, la prueba de que México es viable.
Eso se verá a lo largo del trayecto. Por ahora, en el kilómetro “0″, en Almoloya del Río, Estado de México, al pie de la Laguna Chignahuapan, un funcionario con peinado de Elvis Presley y bigote fino de galán de película mexicana antigua explica que el agua limpia corre entubada rumbo al DF y la sucia hacia el pacífico, por el Lerma. El río que ya no nace. O, al menos, no aquí, como antaño.
1A. PARADA. LA SIRENA ENTUBADA
“Se acabó cuando acabó el manantial que aquí había. El río hoy es un canal de aguas negras tan contaminado que ya no sirve de río. Ya se lo acabaron”, dice el anónimo empleado de la Comisión de Aguas de la ciudad de México, aunque de inmediato corrige: “Bueno, nos lo acabamos”.
Desde su oficina, este hombre con llavero de bola de billar y esclavas y cadenas de oro, tiene como paisaje de fondo un canal de aguas negras que acorrala al pueblo con sus propios desechos y que con las lluvias se desborda y convierte a Almoloya en un enorme excusado; un basurero clandestino y la laguna de orillas lamosas y enyerbadas de lirio, convertidas en establo y tierras de cultivo, punto de reunión entre garzas y patos migratorios llegados desde Canadá y borregos comunes, vacas y tractores.
De la potabilizadora que él supervisa sale un ducto que se pierde entre los amarillos y secos pastizales. El tubo es grueso, gordo y en apariencia impenetrable. Se dice que en su interior podría estar atrapada una sirena “güera, trenzona y bonita”, y su carismático sireno. Desde el entubamiento del agua nunca más fueron vistos por estos lugares.
Al alba o al atardecer, a la sirena le daba por bañarse en los manantiales y aguas termales que daban fama a Almoloya del Río de sucursal del paraíso y de cuna del río Lerma. No por nada fue balneario de varios Presidentes: Venustiano Carranza, por ejemplo, dejó un ahuehuete sembrado en un islote.
Coqueta, la mujer-pescado invitaba a los lugareños a tomarse un baño con ella entre peces y yerba zacate. El sireno, en cambio, encantaba “con su belleza y su carisma” a las féminas de la región y las invitaba a dar un recorrido en su chalupa cuando las sorprendía sumergidas lavando ropa o recolectando peces. No fueron pocas las que enloquecieron de amor.
Un día, así nomás, los dos desaparecieron. Coincidió, dicen, con las perforaciones de los 100 pozos, los dinamitazos y el entubamiento de esta laguna y sus nueve manantiales; en el intento por extraer 250 millones de metros cúbicos de agua para el siempre insaciable Valle de México. A la velocidad con que el ducto voraz chupó el agua, desgració estos parajes y torció los destinos: convirtió a los pescadores en maquiladores de pantalones, a los artistas del petate en migrantes, a los sirenos en desaparecidos y las aguas prístinas en podrideros estancados. El presidente Miguel Alemán es recordado, por ello, con mala memoria.
Al ver la estafa del progreso, los almoloyenses se pusieron bravos. Protestaron. Amenazaron. Exigieron indemnización. Se conformaron al recibir en sus casas agua entubada y gratuita (al día de hoy no pagan nada), unos lavaderos y una escuela que ya se cayó.
Ya sin manantiales, el río es parido a duras penas. En su nacimiento es un apéndice pantanoso de la laguna que, entre llantas y maleza, se va angostando hasta que se encarrila y cabe en una zanja. Al inicio permanece inmóvil. Se mueve con ayuda de arroyos, lluvias, deshielo del Ajusco y el Nevado de Toluca, orines y desperdicios de las fábricas que salen a su encuentro. Por obvias razones, el turismo no volvió a asomarse por aquí. Ni siquiera el día en que la actual administración municipal trajo a dos hipopótamos como atractivo.
“Tuvimos que donarlos a un rancho porque ya no fue recomendable tenerlos porque se salían y se subían caminando hasta el centro”, explica la atenta secretaria municipal Lidia Avila, al mostrar la foto de los dos paquidermos tomando el sol en lo que parece una isla pantanosa y resulta ser pasto común mexiquense.
“De una mañana a otra, luego, luego, se acabó el agua. Es como si hoy en la noche bombean y mañana que despierta no hay. Eso fue como en el año 45. En el 53 empecé mi carrera de costura”, narra Eligio Escobedo desde el taller improvisado en su casa donde tiene retazos de tela encima de sacos de maíz desgranado. Su padrasto fue uno de los que, desde entonces, echaron de menos a la sirena. Sus vecinas –Brígida Acosta, de 68 años, y su mamá, Candelaria Ariscorreta– también.
“Era trenzona. Se vestía de negro y bien bonito: sus zapatos no eran como zapatos, eran como huaraches, y hasta que bajaba al agua se transformaba en pescado. La muchacha anduvo enamorando a un señor Diego de por acá, cuando lo vio le dijo: ‘no te vayas, te necesito’, pero lo espantó. Dentro del agua, su casa era de tabique rojo y ahí se metía con su marido, el sireno que era alto, güero y guapo con unas patillas muy bonitas. Se casaron de bonito en la iglesia pero cuando bajaron se echaron pa’ dentro del agua y se perdieron. Fuimos a la misa y los seguimos pero se nos perdieron”, dice la anciana Candelaria, quien afirma ser más vieja que la Revolución Mexicana.
Desde uno de los islotes surgidos con la bombeada del lago, como Principito en un pequeño planeta rodeada de aguas puercas, Francisco Juárez Nazario –88 años, piernas chuecas, botas de plástico, sombrero duro como tortilla tatemada– explica: “Un día yo joven fui a ver qué se movía en el agua ¡y era la sirena, mitad con cuerpo y mitad pescado!, la vi, se estaba bañando, echando jicarazos. En ese tiempo había agua blanca en la laguna. Pero ya nunca la vi. Ya se desecó. Aquí nacía el río Lerma, ahora esta lagunita mantiene Chapala y va por la carretera. Antes todo era laguna grande. Ya esta agua que ve es de oxidación que viene del pueblo corrompida”.
Él, como todos sus contemporáneos, tiene la duda de la suerte que corrieron lo sirenos con la retirada del río. Si mudaron de residencia, como especula doña Candelaria. Si fueron succionados o atrapados por una tubería. Si murieron intoxicados por tanto drenaje vertido al río, en su camino al mar. Eso, quizás, se descubrirá más adelante. Pero ahora, el siguiente punto del recorrido es la ciudad industrial Lerma, donde el espejo de agua no existe.
Sólo guiados por el concentrado olor a químicos que revuelven el estómago y pican las fosas nasales como untada de chile habanero, el río se detecta bajo los puentes de la carretera México-Toluca. Está debajo de una capa gruesa de como lona de basura que lo mismo carga llantas, aceites, envases de plástico, lirio café y seco, trozos de madera, pedazos de porcelana de un excusado que a un perro muerto en descomposición.
Se sigue hasta pasar por una esquina de Querétaro, donde da vida a los ríos que mojan el Estado y cruzan la capital. En su breve trayecto, los queretanos lo reciben con descargas industriales. Un estudio pagado por los diputados de la Comisión Lerma-Chapala concluyó que al pasar por la capital, el afluente del Lerma contiene altas concentraciones de “Sustancias Activas al Azul de Metileno, Fosfatos totales, DBO5, Grasas y aceites,Cadmio, Cromo, Níquel, Plomo, Nitrógeno total, Mercurio, Sólidos suspendidos totales, Materia flotante; Coliformes fecales; Huevos de helminto y baja concentración de Oxígeno Disuelto”. Lo cuál se traduce en que la calidad del agua, en ese punto, no es apta para riego agrícola, abasto de agua potable y público urbano, ni para la protección de la vida acuática, por sus índices de toxicidad. Como tampoco lo serán los 31 puntos monitoreados por los legisladores desde México hasta Jalisco.
2A. PARADA: LA GUERRA DEL AGUA
Un letrero anuncia: “Bienvenido a Guanajuato, cuna de la Independencia”. La primera parada del río en tierra de Fox es la Presa Solís, la mayor de toda la cuenca hidrológica. Este gigante puede albergar en su panza hasta un millón 250 mil metros cúbicos de líquidos, y es aprovechada por 18 mil productores y 102 mil hectáreas de cultivos. Dos campesinos que le sacan ventaja pese a no estar en el padrón de usuarios, son Nicanor y Manuel Ramírez, del rancho san Cayetano, quienes charlan debajo de un árbol mientras miran al río encajonado en forma de alberca. A simple vista, parece que toman el sol de la tarde, aunque, en la plática, hacen notorio que supervisan el riego de sus plantas.
“Nosotros conocimos el piso de esta presa, eran puras llanadas, todo parejito. Había un arroyo, muchos árboles, gente. Cuando se levantó la presa nosotros ni sabíamos pescar y vimos cómo el pescado comenzó a multiplicarse y vinieron a pescar de todos lados, hasta que comenzamos a fijarnos cómo le hacían y aprendimos. Ora pescamos mojarra, charal, pescado blanco, carpa huachinango, carpa espejo. Desde el año pasado no sacamos bagre. El agua está enferma y ensuciada con esos drenajes que están llegando de arriba, de Toluca, que está echando a perder mucho el agua”, dice Nicanor, el hermano mayor, campesino convertido en pescador. 1949, fue el año de la inauguración de esta presa. En tiempos de Alemán.
Un manto de lirio acuático cubre la superficie del agua. La existencia de esa plaga evidencia la contaminación y el estancamiento de un río, y sin control puede convertirse en criadero de larvas del mosco del paludismo. En Solís han tratado de todo para erradicarla: máquinas para moler la planta, extracción manual, rocío de insecticida. Hasta la importación de gusanos extranjeros.
–Ora que estaba cerrado el lirio se maleó el agua. Ni podíamos pescar –explica Nicanor.
–Echaron unos gusanitos de Brasil. Eran 3 kilos de gusanito comprados a 17 mil pesos, que agujeran la ráiz y la planta se hunde hasta el fondo. Pero el gusano enfermó el agua, la echó a perder –completa su hermano. Y en delante, la charla se convierte en un diálogo entre ellos: uno comienza el comentario y el otro lo completa.
–Había muchísima mortandad de pescados, mucho carperío muerto, pura cosa triste y olía a podrido. Quedó corrompida como agua de florero.
–Sólo en ese rincón murieron como 60 toneladas de carpa — dice Manuel, el menor, señalando un rincón junto a la cortina de cemento y piedra que evita el escurrimiento.
–Ya casi volvió a estar buena el agua… y el lirio ya está comenzando a resucitar.
Esta presa no sólo dota de sustento a 500 familias que, como la Ramírez, tiene autorización de pesca. También protagoniza de sus propias historias. Como cuando se desbordó en el 2003 y de tanta agua arrastró peces asfixiados peces hasta La Piedad, Michoacán, llevando consigo una pestilencia insoportable y un cóctel infeccioso que sacó ronchas y dejó cicatrices a Eva Guadalupe, entonces de 4 años; dejó sin cultivo a productores de la Laguna de Chapala, como el restaurantero Carlos Fernández o su vecino Cleofas Zaragoza, quienes invadían ilegalmente los bordes que pensaban ya secos; obligó a la familia Martínez Martínez, de Salamanca, a vivir seis meses en un albergue para damnificados. Ellos lo narrarán en persona kilómetros más adelante.
¿La causa de la inundación? Según Nicanor fue la siguiente: “los remacheros no dejaron salir nada, todo lo almacenaron, no quieren nunca dejar el agua porque es puro dinero porque el gobierno la vende. Pero como cayeron muchas lluvias el agua se salió y ocasionó muchas pérdidas en maíz y sorgo. Dos años fue esa perdedera, no aprovechamos nada. Todo se acabó”.
Desde su construcción, la Solís es motivo de guerra entre Guanajuato y Jalisco. Aunque se han firmado acuerdos de buena vecindad, éstos cada tanto se violan. En el mismo 2003, campesinos del Bajío bloquearon las cortinas metálicas para impedir el envío de agua al Lago de Chapala, a 432 kilómetros de distancia; algunos –según documentó la prensa– hasta inundaron sus tierras con tal de acaparar los recursos, y diputados locales condenaron el pacto de entrega de agua. En respuesta el gobierno de Jalisco amenazó con no soltar agua del río Verde que abastece a la ciudad de León y se rumoró que un comando iba a volar las cortinas de la presa si no dejaban pasar el agua. Los expertos de Guanajuato, entonces, exigieron entonces a sus homólogos tapatíos cuidar los bosques para que el lago no se evaporara, y éstos, a su vez, demandaron no desperdiciar la mitad del agua de riego como ocurre en Guanajuato. En eso estaban –una abogada ponía ante un tribunal internacional la queja por el maltrato al Lerma cada que se topa una presa– cuando sucedió la inundación que se llevó todo, hasta el maíz y el sorgo de Manuel y Nicanor.
Pero eso quedó en el pasado. Ahora los dos reumáticos jefes de familia miran apacibles la improvisada bomba hecha con motor de tractor que jala agua a través de un tubo agujerado de plástico e inunda diariamente, de 8 de la mañana a 11 de la noche, su cultivo de forraje para el ganado. En Guanajuato esos artefactos caseros, de tan comunes, ya tienen nombre: “charqueras”. (83 por ciento del agua de la cuenca se usa para la agricultura, dirá un investigador más adelante, y se fuga por la vieja tecnología empleada, se contamina con pesticidas, su extracción no es controlada por el gobierno y se desperdicia por la mala costumbre campesina de inundar el terreno para que “amarre” la cosecha, como ahora mismo lo hacen los Ramírez.)
–Fui a Celaya a pedir permiso para sacar agua con un ingeniero José Rodríguez y me dijo que no me lo daría porque sino todos se agolpan pero me dijo: “Agarra el agua y riega”. Y así hice– justifica Manuel.
–Lo que hacemos es en beneficio de la Nación –completa el otro.
–Ya siendo para nosotros es en beneficio de la Nación porque somos una arenita de la nación.
Mientras esos amables hombres benefician a la Patria con su “charqueo”, en la comunidad de Terreros de la Concepción, en el norteño municipio de San Luis de La Paz, la sequía expulsa a la gente.
El desértico pueblo está al norte de Guanajuato, en los límites con San Luis Potosí, es considerado integrante de la cuenca Lerma-Chapala porque bajo su suelo, en lo profundo, corre un acuífero que lleva agua de lluvia captada hace miles de años.
Por el contenido del agua prehistórica, Terreros y las comunidades vecinas, son pueblos de niños sin dientes: el arsénico y el flúor del agua de los pozos se los está arrebatando. Ninguna empresa fue culpable, simplemente el agua sana se acabó con el derroche del riego que hacía de este lugar famoso por los chiles que engendraba. Los popotes de los pozos chuparon el agua joven, y ahora arañan y sacan lo que queda hasta el fondo, algo así como el sarro que reviste las cavidades profundas. El agua, entonces, sale mezclada con metales venenosos propios de la tierra.
Una víctima del despilfarro es la quinceañera Cristina García. Su nacimiento coincidió con el estreno del pozo. Sus primeras mamilas llevaban agua maligna. Desde niña, la boca comenzó a apestarle. Tuvo muelas color café podrido que se le despostillaban a la hora de la comida, y lucían sin esmalte y carcomidas. Luego fueron la manchas en las encías. Hasta que, de plano, los dientes comenzaron a caérsele. Hoy, a la edad de echar novio, esta adolescente vive escondida. Le acompleja el desfiguro.
“La mayoría de los nacidos del 90 para acá tienen estragos en su dentadura”, explica el ranchero Francisco García, ex delegado municipal de la comunidad, quien asegura, de paso, que desde que dejó de tomar el agua infecta se le controló la diabetes.
Otro niño de la generación del pozo es Alfonso González, de 11. “Cada día que como Sabritas se me descarapelan o si como manzana se me caen. No me duele, nomás se caen. Desde lo siete años me di cuenta de que me dolían, como que ardìa cuando mascaba chicles, chocolates o churros. Mi mamá me decìa que me lavara los dientes y así se me quitaba. Y me los lavaba muy seguido pero se me iban cachos de muela cuando mascaba algo”, dice sentado en una llanta sobre la duna en la que juega.
En 2002, cuando se descubrió “la infección”, los terrerenses dejaron de tomar agua del pozo y gastaron sus ahorros en comprar agua de garrafón. Meses después recibieron una planta tratadora que hasta el día de hoy es desairada. Desconfían que no limpie bien el metal. El municipio, desde entonces, les envía pipas que cada mes. Y los meses que no llega, la gente vuelve a tomar agua del pozo.
“Ahí está la planta en servicio pero la gente no la usa, espera mejor la pipa. De aquí poquitas personas se confían de esa agua. Y es que primero nos dijeron que no había filtro que eliminara esos metales del agua porque eran muy finos, y de repente, así nomás, nos dijeron que sí había forma y la gente quiere que nos prueben que no es lo mismo. No sirve de nada que nos la cambien de sabor”, dice María de los Angeles, abuela de Cristina.
“En su aspecto, los niño tienen los dientes muy feos. Esa es la manifestación del arsénico, pero lo más grave es en su interior. El arsénico provoca enfermedades graves, malformaciones, leucemias, cánceres.
Terreros no es la peor. Otras como Mineral de Pozos además de arsénico, el agua lleva plomo. Los dientes son unas de las manifestaciones cuando los niños están expuestos a contaminación de metales pesados”, advierte Jaime Muñoz De la Tejera, ex regidor del ayuntamiento y ex presidente de “Toltequidad”, organización en quiebra desde que denunció el caso.
“Ya estamos en lo límites. Acá se está acabando el agua y ese pozo empezó a sustraer los sedimentos. Es como una taza de café con todos los asientos que quedan. Hasta abajo hay arsénicos y metales pesados El problema de sobreexplotación es muy fuerte. Se supone que aquí hay una veda y desde entonces a la fecha han abierto más de mil 500 pozos. No sabemos cómo la CNA da los permisos”, agrega su hermano Ismael, responsable de la Sedesol Estatal de la atención de la zona.
El investigador del centro de Geociencias de la UNAM, Marcos Adrián Ortega Guerrero, estudioso del caso, tampoco se explica cómo después de la declaratoria oficial de veda se hubieran entregado concesiones de pozos que sacan agua enterrada de 5 mil a 35 mil años atrás. En sus estudios detectó cerca de 8 mil casos de flúorosis dental, la enfermedad que causa la destrucción del hueso más duro del cuerpo humano: la encía. Y aunque alrededor no se ve agua sino un paisaje desértico al que rompen la monotonía algunos nopales, el agua que corre por debajo, de alguna manera tiene que ver con el Lerma.
3. PARADA: DONDE EL RÍO ES VENENO
El señor Clemente Tornero Soto siempre pensó que el día que ardieran los ríos sería el fin del mundo, pero le tocó presenciar esa escena apocalíptica y aún vive para contarla. “En Salamanca el río Lerma se enciende de tanta contaminación que lleva. La última vez que se quemó, hace dos años, ardió cinco kilómetros hasta Pueblo Nuevo. Varias veces los bomberos han tenido que apagarlo”, dice en la cafetería de un hotel.
Por lo visto, la contaminación del Lerma ha seguido a este ex político, ecologista y empresario: en 1994, lo obligó a cerrar el balneario que tenía en el kilómetro 11.5 en la carretera Salamanca-León porque el agua salía con espuma y muy salina. En 1998 clausuró su molino de trigo (“Harinera Industrial del Bajío”) porque detectó que el agua con la que inyectaba el proceso estaba contaminada. Ese mismo año cerró su empacadora “El Ciprés” en respuesta a un dilema ética: “¿vamos a lavar los nopales con agua envenenada con plomo?”
“En 1998 cuando era regidor clausuramos en la ciudad pozos que estaban pegados a la empresa Tekchm (antes Fertimex), fabricante de pesticidas prohibidos en otros países. Estaban tan contaminados que cuando los niños de las colonias san Juan de la Presa y san Juan de los Cántaros transpiraban esa agua les hacía escamas la piel y se les caía la piel en el recorrido faringe-laringe-estómago-vientre. Y ahora tenemos mucho cáncer. La Secretaría de Salud inmediatamente dice que no es cierto, que el agua no está contaminada. Siempre lo niegan, son hipócritas, mentirosos”, rumia enojado. En el cuarto donde se hospeda, su papá agoniza de cáncer; antes, enterró a su madre de la misma enfermedad y culpa de su tragedia a la contaminación ambiental que beben, respiran, huelen, pisan en la ciudad industrial donde viven.
En Salamanca el río se convierte en una alfombra de lirio. El espejo de agua se percibe sólo donde los tubos escupen aguas presumiblemente tóxicas (en este ciudad está asentada una hidroeléctrica, una refinería, curtidoras de pieles, fábricas de pesticidas, por mencionar algunas industrias que vierten sus desechos en el Lerma).
A la vera del Lerma hace picnic la familia Martínez Martínez –madre, tres hijas, ocho nietos– que invierte sus ánimos en espantarse el agresivo mosco cúlex, que estos días se ha convertido en plaga y enemigo público número uno de los salmantinos. En el 2003, esta familia vivió seis meses en un albergue, cuando se desató la presa Solís y les robó sus pertenencias y sumió su casa.
“El río huele a puro drenaje, así todo el día Y en veces echan perros muertos y dejan una oliscada que sube hasta la casa. Hace poco lo andaban apagando unos bomberos por allá y yo pensaba cómo se va a quemar el río si tiene agua, y luego pensé ‘pues cómo no, si tiene diesel’”, razona María Martínez, la de 29 años, madre de dos de los ocho chiquillos que corren a la orilla del río, donde fueron reubicados por el municipio. Aunque prefieren vivir junto a las vías del tren. Hoy, día de calor, el río hede “como a azufre, a amoniaco, como a guayaba, como si ahorcara, a huevo, horrible, horrible”, diagnostica Guadalupe, la hermana soltera de María.
Los Martínez gastan el dinero que les sobra en insecticidas, un lujo que pocas veces pueden darse para evitar el enjambre de zancudos. No se explican por qué los niños se enferman con tanta frecuencia. A la chiquita de seis meses que colocaron junto al agua de lechuga y el picadillo de soya se le notan ahora mismo las ronchas grandes y rojas que intentan prevenir con insecticida.
Ahora mismo, también, a unos metros del día de campo, el gerente del Consejo Técnico de Aguas (Cotas), Juan Manuel Mejía, explica que es una buena señal la llegada del mosco, pues antes, en el río, ni vida había. Detecta ahora mismo una mancha negra compuesto de material no identificado que, especula, podría provenir de Celaya y, específicamente, de una fábrica de alimentos para ganado y haberse transportado a través del río Laja. Descarta que sea de la refinería pues asegura que la paraestatal ya cumple la normatividad ambiental, como lo escucharemos varias veces en el camino. Aunque, más adelante, encontraremos un ducto descarga al río y un letrero que indica que es propiedad de Pemex.
Mejía, al igual que su colega, el ingeniero ambiental Joel Berlín Izaguirre, de tanto convivir con la contaminación se especializaron en la lectura de manchas.
“Si es color arco-irirs son solventes de talleres o alguna pipa que descargó directo al río. si es café son aceites que también se le pueden haber ido a Pemex. Si son negras son plastas de combustóleo que normalmente son de la CFE. Si todo el río es negro viene de la zona industrial Cortazar-Villagrán. Si es verde es porque contiene Nitrofenol. Si es roja, se le salió a Univex”, dice Berlín, el ex director ambiental del municipio y quien participó en el sofocamiento de los épicos incendios del agua, que datan, según dice, de 1998. Los recientes, dicen, ha sido por la quema de maleza de las orillas. También le tocó detectar casos de leucemia en la comunidad de Mancera que sospecha fueron causados por descargas de aminas –aceites cancerígenos usados para proteger tuberías–. La extraña descarga mataba al ganado al momento de beber del río. Pero, se queja, la CNA nunca atendió su denuncia.
Cómo estaría antes el río para que ambos digan que últimamente ha sido saneado.
La contaminación, río abajo, cruzando Michoacán, será diferente. En el pueblo de Cuatro Milpas nadan libremente las cacas de cerdos que mezclados con agua parecen papilla. Esa estela de mierda que lleva el río es lo único que molesta a los arranca-plagas, Vitalino Trujillo y Ernesto Moreno quienes todos los días, salvo los domingos, suben a una vieja canoa para arrancar manualmente “la infección del lirio” y evitar el mosquerío. Y, lo han logrado. Antes, La Piedad era sinónimo de la porquería. La crónicas relataban que por el río nadaban libremente puercos desollados o sus partes; que ríos de sangre bajaban al río. Pero de esa realidad poco queda.
“De todo, lo único que nos falta encontrar es un difunto, pero de ahí en fuera encontramos perros, gatos, cerdos, botellas de plástico, basura y drenaje y esa nata de heces de puercos que se viene cuando hay aigresito. Pero en estos años el río, ya están arreglando el drenaje. ha mejorado porque le hemos metido ganas, aquí de a diario y diario”, explica su jefe Alfonso Cázares Piceno, un joven con pinta de futbolista.
“Aquí me crié. Más antes sí se bañaba uno cuando era el verdadero río Lerma. Ya no es, ya se acabó porque el agua que pasaba por aquí fue desviada para que pasara por el canal grande. Aquí ya se acabó el río”, dice
“YA está cambiando, ya no dejamos echar cosas al río- Ahora si vemos un perro muerto lo andamos enterrando para que no se quede en el agua, señor Ernesto Moreno Castillo, trabajador municipal.
Uno de los cerebros de esta operación es el doctor Javier Saldaña Venegas. Cansado de ver hepatitis, cisticercos en la cabeza, enfermedades del estómago, alergias en nariz, ojos y piel, dolores de cabeza, además de dos a tres casos nuevos de cáncer al año (“de niños que desde que estaban en su cunita y por años respiraban a diario raidolitos para espantar los moscos”), el pediatra decidió no dejarse vencer por la impotencia; terreno fértil para ello, pues La Piedad, pueblo ex rebocero, tiene fama de ser el “Epicentro Nacional de la Cisticercosis” (“un día vi a una familia entera con cisticercos: papá, mamá, hijos. Y a un sobrino mío de 13 años se lo detectamos a tiempo”, recuerda). Convocó a un grupo de ciudadanos para crear la organización “Salvemos al Lerma”. Hoy, ha logrado que los desechos municipales no se tiren al río sino que tengan su propio canal; que dos personas se dediquen a erradicar la plaga acuática y, con ello, espantar a los moscos; que se compren camiones desasolvadores para que no se desborde el drenaje con las lluvias, construir un sendero ecológico para que la gente vea cómo sería el río recuperado, entre otros milagros.
“En dos o tres años La Piedad podría ser la primera ciudad que maneja al 100 por ciento sus aguas negras. Lo estamos logrando y también erradicar al mosco que por 30 años buscaban las autoridades erradicar. Y lo único que hicimos fue quitar el lirio manual y con ganchos. Hace 4 años no podíamos hablar en la calle por los moscos. Pensamos que si cada municipio hace lo mismo y limpia la parte de río que le corresponde, salvaríamos al Lerma”, dice el director del Hospital General Benito Juárez y presidente del Colegio de pediatras de Michoacán
El milagro ecológico, sin embargo, todavía es imperceptible para la niña de seis años Eva Guadalupe Tejeda, de Pénjamo, el otro lado del río. Para entrar a su casa pasa por un pasillo de cerdos y moscas, pues a alguien se le ocurrió ponerlos en la entrada de su casa. Respira el olor a drenaje que pretendía llegar al río y se estancó afuera de su casa (por desgracia tiene el río cerca). Dice que no se compara con la pestilencia de las toneladas de peces que hace dos años agonizaban en las orillas del río cuando se desbordó la presa Solís. Su mamá, sus tías, su abuela, sus hermanas se quejan y rememoran los viejos tiempos, hace apenas … años, cuando los drenajes no descargaban al río y todavía se bañaban en él y hacían de lado, con la mano, una que otra inmundicia que les llevaba la corriente. Ahora, el río es de caca.
” A mí me salieron granos por meterme a echar clavados cuando el río se vino acá y estaba crecido. Me echaron una pomada y me dejó en el pie cicatrices de grano”, dice, mientras ofrece un recorrido por las orillas en el que salta zanjas para esquivar los caminos de desperdicios que salen de las casas rumbo al río y los lodos de caca líquidas de las granjas. La niña a la que no le sale el diente de enfrente lleva unos diminutos zapatos rosas de tacón, como de fantasía, como de princesa, que apenas la dejan caminar. Encamina hacia la casa de los niños con hepatitis que, dicen, enfermaron por el río, y a la del que le salieron hongos en la cabeza, y a la que le salieron mezquinos en la piel, pero por lo visto ninguno está en casa.
Por Michoacán, el río luce más cristalino. El lago de Pátzcuaro le hace falta agua. El río entra por la puerta grande y desemboca en, pasando los límites geográficos, en el lago de Chapala, a una hora de Guadalajara. Es será la siguiente parada.
4. PARADA: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
El lago luce como un plácido mar. Muy a lo lejos se alcanza a ver la otra orilla. El restaurantero Carlos Fernando Díaz señala la parcela de garbanzo que su vecino y enemigo Cleofas Zaragoza volvió a cultivar en los terrenos del lago, una vez recuperado del desbordamiento de la presa Solís de hace tres años. Se queja de que la CNA otorgó 400 títulos para sembrar a la vera del lago. Confiesa que él también cultivó. Incluso, su restaurante en 35 años ha ido ganando terreno al lago, donde antes saltaban “las olas del río” ahora hay una explanada de cemento, y una nueva ala con mesas y, lago adentro, el área de juegos para niños seguidos por los restos de su milpa inundada. En el nombre lleva el cuerpo del delito “Restaurante Riveras de Chapala”. No miente. Se apresura en aclarar que paga impuestos, que el terreno se lo concesionó la CNA y que él sí ha respetado el libre paso al lago porque sabe que es zona federal.
“Yo puse una queja por las nuevas construcciones en la parte más baja de la laguna que están rellenando, y Benjamín Aviña, jefe del departamento de inspección me contestó: “¿Te están perjudicando a tí? No ¿verdad?, pues déjalos”, lamenta.
Por la contaminación dice que ya no vende peces del lago porque le resulta más fácil comprar puro de vivero traído de cerro arriba. En su menú no ofrece pescados blancos, emblema de la laguna, porque “ya no hay”.
Aunque se recuperó la laguna, en un año perdió 40 centímetros; evaporados. De un trancazo se llenó lo que en toda la década no se había visto, y el excedente duró sólo un año. Los reportes señalan que Chapala da 240 millones de metros cúbicos de agua a Guadalajara, 90 millones para las poblaciones ribereñas y el riego y mil 440 millones se le evaporan. El doctor responsable del doctorado de cuenca en la universidad de Guadalajara, José Antonio Gómez Reyna se pregunta ¿cómo lo miden con tanta precisión y si esa no es una forma de tratar de justificar tanto faltante de agua? El dato de la evaporación hace rabiar a los ecologistas guanajuatenses que luchan por no enviar agua hasta que Jalisco no cuide el agua. El lirio es otro problema. Si en Solís usaron gusanos brasileños, aquí se trajeron manatíes que tuvieron un triste destino.
“(Se introdujeron) manatíes traídos del sureste del país, en la idea de que comieran lirio a sus anchas, pero causaron pavor entre los pescadores, que los veían como monstruos y terminaron muertos a remazos”, documentó Semarnat. “Se quedaron enredados en la red de los pescadores y como no querían perder las redes, el gobierno les dio permiso de matarlos y cuando les abrieron el estómago descubrieron que eran un engaño: comían peces y no lirio”, es la explicación del lanchero José Guadalupe Baraja en su lancha de toldo rojo bautizada “Lupita” con la que ha ayudado, en común acuerdo con lancheros y pescadores, para limpiar el Lago para atraer peces y turismo. El paseo que ofrece hoy, una vez que el motor sorteó la zona de los lirios que flotan juntos como pedazos de icebergs por el agua, incluye observar las actividades de un pescador –Javier Aguiano– para ver cómo batalla a la hora de sacar los peces con raíz de lirio y lodo, en la red que se embasura y abulta como cobija, y dónde están los ductos que chupan agua a Guadalajara, razón principal, según él, para explicar la “evaporación” del agua.
El problema es tan largo como los kilómetros contaminados. Sólo de Chapala se han organizado % reuniones para intentar poner solución. Una abogada, Raquel Gutiérrez puso una demanda internacional contra las presas que afectan el Lerma, como se materializa en Chapala por la poca agua que llega. Las reuniones, acuerdos y firmas entre el Presidente, funcionarios federales, gobernadores estatales, legisladores, a la vista parecen haber dado el mismo resultado que echar una pastilla de cloro al río.
Gómez Reyna, en su papel de filósofo de la cuenca, lanza preguntas que alguien tendrá que responder para que el Lerma sea viable como río y México como país: ¿De qué sirve limpiar el 20 por ciento de las aguas con plantas de tratamiento si lo revuelves con el 80 por ciento sucio porque la tiras a la misma agua? ¿Qué se puede hacer si hay menos de 10 inspectores para vigilar la cuenca, uno para casa 100 kilómetros? ¿Por que cuando el agua la usan en el DF la tiran por el Pánuco y no la regresan? ¿Cómo vamos a planear el uso del agua si es secreto el padrón de usuarios en la cuenca? ¿Por qué cada gobierno ve el problema aislado y no se ve integral? ¿Por qué no hay una comisión de especialistas que vigilen la cuenca y no sólo políticos metidos? “Aunque se haga algo para limpiarla en algunos lugares es como dar un mejoralito para un cáncer. Esto tiene que ser un proyecto nacional, a gran escala que no tiene que ser manejado con centralismo y con fines políticos, sino tiene que ser por un grupo multidisciplinario de expertos”, diagnostica.
Aunque el recorrido debía acabar en Chapala, según la extraña división que le dió la CNA a la cuenca, este reportaje no estaría completo sin un vistazo por el río Santiago, el que nace de Chapala y completa el camino del Lerma hasta hacerse uno con el océano Pacífico. Sin embargo, es imposible. Ni siquiera pararse encima del puente que une La Piedad y Juanacatlán, Jalisco, donde se inaugura el nuevo río porque el olor a gas- huevo podrido-tóxico-ajo-chile-azufre-amoniaco-muerto que despide gases y causan instantáneamente jaqueca, mareo, dolor de estómago y ronchas en la piel al contacto, así como las enjambres de moscos que de tan grandes y feroces que con tanto químico podría pensarse que son mutantes o fortalecidos como los africanos.
Rodrigo Saldaña López, un hombre flaco, de pelo y barba canos, se pelea contra los moscos y el mal olor. Es el creador del “Grupo Vida”, integrado por profesionistas asustados por el aumento de cáncer, la peste, se acercó a la abogada Gutiérrez para demandar a las empresas contaminantes que dejaran de hacerlo. “Pero ¿cuáles son las que contaminan, ahí es una suma del corredor industrial y del drenaje de Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y los lodos industriales. Los responsables del aumento de cáncer, del mal olor a huevo podrido, de las infecciones de la piel, de las enfermedades, de las náuseas, los mareos, los dolores de cabeza?”, se pregunta ella, la Erin Brokovich mexicana, la mujer que demandó por contaminación por cromo en estados Unidos e hizo a una empresa que indemnizara a todo un poblado. Trae una jaqueca porque un día antes estuvo cerca del río documentando el ecocidio.
“Hace tiempo morían en El salto dos personas maduras al año. Las estadísticas actuales muestran que 28 por ciento de los habitantes mueren de cáncer y que entre los muertos había niños. esto se pone alarmante para nosotros porque vivimos aquí. No es estadísitica, son gente que conocemos. Los de la Secretaría de Salud dicen siempre que hay muchas causas, pero que nos demuestren que no es el río”, dice.
La última parada es la escuela primaria “Mártires del Río Blanco”; fiel metáfora de la lente muerta que viven los alumnos de esa escuela, día a día. Ubicados al pie de la cloaca que era conocida como “el Niágara mexicano”, donde el río salta y genera una espuma blanca que se acumula y crece, como enorme muñeco de nieve, y cuando hay viento vuela y cae en el patio escolar y roza a alguno que, generalmente cae enfermo. El niño Luis Enrique dice que a él le da dolores de cabeza y estómago y manchas en la cara desde que entró a la escuela. Diana Miroslava que le mancha la piel y le duele garganta y cabeza y si se moja le da Abraham Delgadillo dice que les gusta jugar con la espuma aunque sabe que saca ronchas y enferma a muchos. No a él. Lo dice junto a su mamá, Laura Miranda Gil, delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta, ella debajo de cobijas. Padece cáncer. Está de más decirlo que culpa de ello al río.
“¿Nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta su hermana molesta. No tendrá respuesta. No se ve que haya por ningún lado. El Lerma termina aquí y a su vez engendra otra historia similar que correrá rumbo al pacífico. En los 708 kilómetros recorridos todos se quejan del que está atrás les contaminó el agua o se las detuvo, sin embargo, siguieron sin preocuparse por lo que envían a los que están adelante.
La población sigue necesitando agua y para abastecer de líquido potable la solución que se ha encontrado es construir más presas para abastecer mega-urbes dejando a las más débiles desprovistas (una, en río Verde para llevar agua a Guadalajara y León que dejaría seco a Zacatecas, Aguascalientes, Nayarit, San Luis, Jalisco y Durango) y desviar más ríos y desecar lagos (como quieren hacer con Chapala para que no se evapore) y construir pozos más profundos donde el agua puede ser arseniosa. Y el círculo es redondo. Y el río que nace agonizante llega muerto por ecocidio colectivo.
5. Preguntas para interrogar mi nota
In General on Abril 11, 2006 at 9:13 amAntes de entregar una nota para su publicación, los periodistas deberíamos de someterla a una serie de preguntas para ver si pasa la prueba del periodismo ciudadano y constructivo.
Son 35 preguntas que he recopilado en distintos cursos, asimilado de charlas con otros reporteros o sacado de mi propia experiencia, que podrán salvarnos de sentir vergüenza al mirarnos al espejo al día siguente, el día de la publicación.
El ejercicio toma sólo 5 minutos. Y es este:
INTENCION
1. ¿Qué busco con esta nota?
2. ¿Para quién la escribí?
3. ¿La información le sirve al lector?
FUENTE
4. ¿Quién es mi fuente (o fuentes) y cuáles sus intereses?
5. ¿A quién ayuda/ A quién afecta?, ¿Busqué ambas versiones y las consigné?
6. Si mi fuente es oficial, ¿quién puede contrastarla?
7. ¿Lo que afirmo tiene suficientes fuentes que lo sustenten?
SENCILLEZ Y CONTEXTO
8. ¿La entendería mi mamá o mi tío o mi vecino? ¿Qué le falta?
9. ¿Explica las causas del problema? ¿Adelanta las consecuencias?
CAPTAR INTERÉS
10. ¿Invita a leerla? ¿Está bien escrita, tiene buen desarrollo y estructura?
JUSTEZA CON LOS INVOLUCRADOS
11. ¿Cómo o con qué valores describo a los protagonistas? ¿Los estereotipé, reflejé mis prejuicios?
12. ¿Fui justa con los involucrados en la nota?
DAR VOZ
13. ¿Entrevisté a puro “especialista”? ¿Por qué no agregar la opinión de gente organizada contra ese mismo problema?
14. ¿Hay mujeres en mi texto? ¿Y niños?
15. ¿Qué especialista, organización social o voz ciudadana puede enriquecerlo?
16. ¿Busqué a las mismas fuentes de siempre o di cabida a nuevas voces?
SOLUCIONES
17. ¿Ya busqué qué soluciones se han encontrado al problema que denuncio? ¿O quién ha hecho algo al respecto?
18. ¿En algún párrafo abrí “ventanas de esperanza” que den a entender a mis lectores que hay cosas que se pueden hacer para cambiar la situación ( como cuadros con herramientas, propuestas, ejemplos exitosos, comparaciones con otros casos, historias de gente que hizo algo para cambiar la situación…)?
19. ¿Esta nota alienta la confrontación o ayuda a la solución o entendimiento de un problema?
20. ¿Omití alguna buena noticia o acción positiva relacionada con el tema que haya surgido durante la investigación?
SEGUIMIENTO
21. ¿Qué seguimiento le voy a dar mañana para insistir sobre el asunto? ¿Lo voy a dejar morir?
HUMANIZAR
22. ¿Puedo humanizar este texto con historias, testimonios, voces de personas que involucren al lector y le hablen de su propia realidad?
23. ¿Los números, estadísticas y cifras que presento están contextualizados con referentes que le digan algo a los lectores?
ANGULO
24. ¿Mi ángulo es lugar común, y si es así cómo lo puedo enriquecer?
25. ¿Cómo puedo escalar este tema para portada? ¿Con qué ángulo, entrevista, dato o agregado?
26. ¿Investigué si se publicó antes en algún otro diario, con qué ángulo? ¿Qué es lo novedoso del mío?
AUTOCENSURA
27. ¿Me autocensuré? ¿Qué no escribí? ¿Por qué?
APOSTAR POR EL CAMBIO
28. ¿Reproduzco en mi nota algún estereotipo O prejuicio?
29. ¿Discrimino a alguien con las palabras que utilizo?
30. ¿Mi planteamiento ayuda a perpetuar alguna estructura social injusta o a excluir a los mismos de siempre?
PROFUNDIZAR
31. ¿Qué vínculo económico – político – social tiene mi nota?
ERRORES
32. ¿Leí mis voz detenidamente (y en voz alta) antes de entregarla para cerciorarme de que no tiene errores?
33. ¿Verifiqué cada hecho que consigno? ¿Los nombres, las fechas y los lugares?
34. ¿Éntiendo todo lo que escribí? ¿Aclaré mis propias dudas con la persona indicada?
RESPONSABILIDAD
35.¿Mañana que se publique mi nota voy a poder verme al espejo sin sentir vergüenza?
(Por Marcela Turati)
Comentarios a este blog
In General on Diciembre 2, 2005 at 3:30 amLas siguientes son algunas de las opiniones que han anexado en nuestro blog www.periodismodeesperanza.blogspot.com algunos navegantes de la red. Otras fueron enviadas a mi correo por conocidos míos, pero las anexo porque comentan algunos artículos, o el proyecto en sí, del periodismo que busca soluciones e invita a la acción. Vienen de México, Perú y España, y algunos otros no traen dirección que les identifique. Pero es una buena noticia y el mejor regalo de cumpleaños porque ¡ya cumplimos 5 meses!… Es para festejarlo. ¡Salud!
1)
EL BLOG ME PARECE UN PROYECTO DE SUMO INTERÉS, POR LA RIQUEZA DE LAS
EXPERIENCIAS QUE SE NARRAN Y SOBRE TODO PORQUE PROPUGNAN POR UN PERIODISMO SOCIAL, RARO EN ESTOS TIEMPOS DE MERCADOTECNIA Y POLIARQUÍA INFORMATIVA.
DEFINITIVAMENTE TODOS LOS LECTORES DE ESTE BLOG ESTAMOS EN DEUDA.
Guillermo P.
México
2)
En el caso de México, considero que aún estamos pasando por un periodo de transición. Con los medios creo que es lo mismo. Estoy totalmente de acuerdo en que hay que reconsiderar el papel de los medios de información. Si bien es ideal que el periodismo de propuesta se practique en un país como en México, donde tanta gente está en busca de esperanza para pdoer salir adelante, por experiencia propia, pienso que hay pocos medios que vayan actualmente en ese sentido. Se han concentrado en dar a conocer información dura o ser, como alguna vez lo dijo un editor de El País, “voceros de las cúpulas del poder…”..han sido sólo un medio por el cuál se mandan mensajes que no tienen nada que ver con la realidad diaria que vive este país. Sin embargo, nosotros como periodistas podemos comenzar a poner nuestro granito de arena, y no quedarnos con la mera declaración del político de moda y buscar más allá…y como dice el texto, proponer soluciones a las malas noticias que venden tanto. Yo en lo personal, he dejado de publicar, pero creo que incluso desde donde trabajo ahora, una oficina de Comunicación Social, puedo esforzarme en ese sentido.
Hanako
3)
hola. buen blog. me acaban de hacer leer el artículo de javier darío restrepo en un curso de periodismo. se me hace muy interesante la idea. me recordó agradablemente a cortázar haciendo la diferencia entre el lector macho y el lector hembra. Aún así, falta mucho para lograr el “periodismo de esperanza”, en especial considerando que la sociedad, en estos tiempos de terrorismo informativo, no es crítica ni cuestiona lo que se le presenta y menos aún se implica. solamente “lo sufre”.
me gustaría que dijeran más específicamente quienes son los que manejan este blog.
un gran saludo.
Issa
4)
Sus reflexiones sobre lo que ven y sobre el periodismo de “esperanza” nos alientan a aquellos que dejamos, por razones más que personales estúpidas, nuestros sueños estacionados.
Anónimo
5)
Hola, amigos del grupo de Periodismo de Esperanza.
Me alegra encontrar gente con altos ideales especialmente en éste campo del Periodismo.
Felicitaciones por el trabajo que realizan. Sigan adelante!
Me gustaría hacer réplica en mi País (Perú), de los temas de Periodismo de Esperanza.
Si tienen materiales al respecto, en Power Point para seminarios, talleres, conferencias; por favor envienme.
Gracias anticipadamente,
Ruthy Chalco Mendoza
PRODUCTORA EJECUTIVA NT
6)
Marcela:
Creo que de alguna forma me vi reflejado en tu escrito cuando hablas de las broncas que pasa uno en este bello oficio. Broncas inherentes, gajes del oficio, como los que a veces enfrentas con tus jefes inmediatos, para convercerlos del interés público que representa la nota o el reportaje que les presentas.
O con la frustración que sientes cuando de pronto “el de arriba” decide descontinuar una serie de informaciones sin ofrecer explicación alguna, dejándo vestidos y alborotados no sólo a tí, sino también a todos aquellos ciudadanos que habían confiado en que finalmente un medio de comunicación los estaría pelando en sus problemas.
Esto último es lo que me hace ponerme verde -como Hulk-, sobre todo cuando sabes que los reclamos de la gente son justos.
Me identifico además cuando haces mención de lo que estimula más a un reportero. Reconforta saber que uno contribuye, desde tu posición, para arreglar un problema social. Cuando no se logra, por algún motivo, es cuando surge la frustración.
Sin embargo, la dinámica de este trabajo a veces no te da tiempo de lamentar el tropiezo.
En lo particular, esos pequeños fracasos me han eseñado a retomar los asuntos con mayor precisión e insistir, ofreciendo mayores argumentos, para que finalmente los editores “compren” la idea.
(Quizá sin saberlo, con su predisposición y prejuicios, estos últimos me han convertido en un reportero terco. Aclaro que no tengo nada en su contra de los editores, inclusive tengo buenos amigos en esos puestos, pero en ocasiones dan la apariencia de ser unos entes con atole en la sangre, con una visión que no va más allá de su escritorio. Batalla para ponerme en sus zapatos, más cuando sólo les interesa conservar su puesto)
Por otro lado, para los reporteros casados o solteros, que en alguna ocasión se hayan visto frustrados por el hecho de no ver realizado su mayor anhelo, que es ver publicadas sus notas, encuentran en sus familias apoyo y comprensión, sobre todo cuando se anda con el pico caido.
Sus porras, al igual que las de los amigos y colegas, a veces se necesitan.
No quisiera generalizar en el caso de los casados, ya que conozco a compañeros cuyas esposas no soportaron a la otra ( la prensa, claro) y terminaron divorciados. Habrá estadísticas al respecto? En fin, no quiero aburrite con más rollo.
Estoy seguro que tu propuesta habrá de motivar a otros compañeros a compartir sus pensamientos y, porqué no, también a que algunas empresas periodisticas renuentes a transparentar su quehacer diario, retomen el ejemplo y hagan lo propio
Saludos desde Juárez.
Un reportero de
EL DIARIO
7)
Agradezco mucho que hayas dado respuesta a mi
e-mail, y pues como lo mencione es interesante el que
una periodista conciba su ejercicio diario como una
forma poco ortodoxa, y que busque transitar del
periodismo corporativo hacia un periodismo más cercano
a la gente, que busque las causas de lo que afecta a
la gente de a pie, pero que tambien proponga
soluciones al alcance de las personas.
Llegué al blog, gracias al link que tienen en
La Crónica, lo encontré buscando un articulo del Maestro Carreño Carlón. Sus últimas colaboraciones han estado enfocadas a
realizar análisis comparativos sobre la ética de los
periodistas de EEUU y de México. Creo que con su
experiencia, y aunque podamos estar de acuerdo o no
con sus enfoques, ha logrado poner en la agenda de los
medios este tipo de debates.
Finalment, te quiero comentar, que creo sin temor a
caer en blofeo, o en el comentario adulador, que la
labor que están haciendo nos hace a los lectores
considerar que nuestro planeta es un lugar
apasionante, que vale la pena que sea conocido,
comprendido y salvado.
Hay pocos periodistas de los que habla Ryszard Kapuscinski, que
trabajan dando muestras de abnegación y de dedicación,
con entusiasmo y espíritu de sacrificio, renunciando a
las facilidades y al bienestar, con el único objetivo
de dar testimonio del mundo que nos rodea y de la
multitud de peligros y esperanzas que entraña.
GP
Analista de medios “amateur”.
Hola Marcela,
Estuve leyendo el glob, me pareció muy interesante. A las preguntas que te haces sobre si es primero la persona que la noticia, no tengo duda que es más importante salvar a las personas que a la Humanidad. No porque salvar a la Humanidad no sea el fin de cualquier trabajo ya sea periodístico, médico, judicial, político y hasta policial si me pongo, pero lo único que podemos hacer los seres humanos es salvar personas y sacrificar, si es necesario, la noticia, nuestro trabajo y hasta nuestra vida.
Claro que esta es mi opinión general, luego entro en perfecta sintonía con lo que dices de que cada caso, cada momento es un mundo. La vida es así para todos, tengamos el oficio que tengamos.
¿Puede una auxiliadora social dejar su trabajo y convertirse en periodista por un día en caso de necesidad? Todo depende de cuál sea la verdadera necesidad.
Respecto a la idea general de trabajar por la esperanza, que no por el optimismo, no encuentro otro medio, no sólo de trabajar, sino de sobrevivir. Últimamente, mis amigos que sufren que los medios sólo deseen hacer programas nocivos con mucha audiencia están pasando por una especie de depresión extraña, y todos sabemos que la depresión no es sino una complicada falta de confianza en la esperanza.
Pero no es real. El mundo del mercado no es real, si acaso es realista que es una ínfima parte de la realidad; del mismo modo pienso que la Economía no es real, es completamente absurda, se basa en el realismo, en hechos pasados, para subsistir, pero ningún economista sabe vaticinar el futuro ni trabajar en él: son meros vendedores de humo, sacerdotes de un universo que no saben cómo funciona; pero como muy bien dices, la gente no es tonta y aunque calla, sabe escuchar. Eso me ha pasado toda mi vida y he podido comprobarlo.
Uno nunca está completamente solo. Y aunque algunos sentimientos nos abandonen y queramos lanzar todo por la borda, los encontraremos a la vuelta del camino. Y si no, tampoco somos tan importantes para la Humanidad, nos debemos en mayor medida a la gente que nos necesita y que tenemos más cerca. Y eso podemos hacerlo desde nuestro carrito de tamales, la mesa presidencial, bajo un horrendo burka, en la cárcel o bajo el mando militar. Nunca debemos olvidar ser personas, cuando trabajamos para personas. También trabajamos para nosotros mismos y para nuestros corazones.
SEGUNDA PARTE
No entiendo por qué en el grupo de discusión no entran en un debate interesante acerca del periodismo actual. ¿Dan las cosas por hecho, aunque puedan equivocarse? Es cierto que mucha gente hoy en día, en España por ejemplo, cuando les hablas de reflexionar sobre lo que están haciendo -sobre todo si lo que hacen les da bastante dinero- se ponen enfermos, porque uno, como dice el refrán, no puede servir a Dios y al Diablo. Si están sirviendo al Diablo, con sus titulares, sus pompas y sus obras te llamarán -con gran razón, al menos semántica- “fanático”. Aquí les hablé a algunas personas del “periodismo de la Esperanza” y abrieron una gran sonrisa mientras decían: “Qué bonito”. Y nos enzarzamos en una larga charla.
Tal vez deban abrir el debate más allá de sus conocidos.
Antonio
Periodista español, columnista, humorista que trabaja en la televisión
9)
Mil felicidades por este nuevo proyecto que deseo que crezca y que se haga realidad, hay mucho que prender de esto.
Pues hablando un poco más de moral y etica, tambien en mi rubro (periodismo de viajes) hay de donde trabajarlas, de hecho los viajeros pueden hacer mucho daño a las comunidades que visitan, modifican drasticamente sus habitos y hacen que se pierda el arraigo cultural y el orgullo de ser quienes son. El aspecto positivo es también interesante, al viajar especialmente de mochila y con tiempo te permite conocer más a fondo las comunidades y su problematica; es interesante cuando se crea un verdaderos intercambio en el que ellos parenden de ti y tu de ellos y se da esto con un respeto absoluto.
Uno de los libros de crónicas viajeras, que lei durante mi estancia en Asia, fue escrito por un periodista al que le pidieron el divorcio y se dio a la fuga a Asia, a su regreso desidio dejar el periodismo y convertirse en taxista y fundo Backpack Nation, pensando que las ONG son una burla, muchas son un fraude y pocas veces logran dar una verdadera ayuda, su teoria es que uno puede ayudar a pequeños proyectos o personas que lo necesiten, cada año viajeros de todo el mundo envian a backpack nation una historia con algun proyecto, estos proyectos generalmente se ponen en marcha con poco dinero: mil dólares. Cuando existe un fondo recaudado gracias a donaciones, se ponen a votación las historias y la que gana se lleva el dinero que se donará exclusivamente a ese proyecto, además sin intervenciones bancarias o de gobiernos, el dinero va de mano a mano, el viajero debe regresar o idear la forma de hacer llegar el dinero a su proyecto. Gente ayudando gente, gente que estuve en al comunidad y conoce exactamente la necesidad más importante de la misma.
Alicia B.
México
10)
Felicidades primero por interesarte en el
debate, la deliberación y el trabajo pensante sobre el periodismo. En
este oficio casi nulas veces nos damos el tiémpo para reflexionar por
qué nos dedicamos a esto, por qué queremos seguir, cómo deseamos
continuar, cuáles son nuestras fortalezas, nuestros vicios, nuestras
debilides, pero sobre todo, qué podemos hacer o que está a nuestro
alcalce para mejorar la labor de cada uno y la de la empresa donde
trabajamos. La mayoría de mis compañeros, por ejemplo, cuando no
están conformes con algo no dicen lo que piensan y mucho menos
proponen, sin embargo, podrían salir cosas padrídimas de la
provocación crítica.
Selene
Guadalajara
11)
Marcela: Me vi reflejado en algunos pasajes de tu texto y también confesarte que desde hace varios meses (o años) atravieso un a crisis vocacional.
Yo me digo periodista (de deportes, pero periodista) y a menudo me siento tan mal de llegar a mi oficina, sentarme detrás de la computadora y de vez en cuando salir a reportear… El mundo sigue girando afuera mientras yo sigo aquí, aplastado, haciéndole dizque al editor de una revista de futbol, leyendo y criticando todo y a todos, aplastadote, sin hacer nada…
Tu texto me movio y ya veré qué hacer paara quitarme esta pereza.
Saludos
Roberto,
Revista deportiva mexicana
12)Por curiosidad entre a este blog, ahora por identificación seguiré sus notas.
Fui reportera 10 años, ahora, desde el ejercicio público, te puedo decir Marcela, que se encuentran algunas respuestas a la “crisis vocacional” que mencionas.
Ser puente entre lo necesario y lo posible es la pregunta eterna de la conciencia social. Te puedo decir que luego de 5 años, siento la misma frustración cuando “debo cumplir con el manual de trámites” para resolver la posibilidad de llevar algo de ingreso a una familia, que es la diferencia entre comer o no hacerlo; pero el ejercicio público me ha permitido conocer la fragilidad humana y tener algunos pequeños logros, como a la persona que le resolví una duda, al que lo acerqué a sus trámites de becas, que le dí una respuesta a sus inquietudes y hasta a quien escuche por más de dos horas quejándose de sus hijos.
Ojalá, más periodistas tengan crisis vocacionales, porque ello permite humanizar el ejercicio de la comunicación y a la vez, poder compartir experiencias que mejoren el ejercicio de la administración pública.
Un abrazo fraterno.
María Inés
Funcionaria delg obierno del DF
4. DIAGNÓSTICO: LAS NOTICIAS ESTÁN ROBANDO LA ESPERANZA A LA GENTE
In General on Diciembre 2, 2005 at 3:02 amQuiero compartirles esta entrevista que hice, a principios de año, a Ignacio Ramonet. Se las recomiendo porque es muy esclarecedora. Habla de esa sesación que todos hemos tenido de que algo falta en el periodismo, que dejó de ser lo que era, que sirve a intereses que no son los ciudadanos y que transmite una ideología que roba la fe. Al salir de esta entrevista me surgió la necesidad de crear una “red” entre periodistas para manetener la lucidez, la profesionalidad laboral y la esperanza. Así como la necesidad de planear una estrategia para resistir a esta tendencia del periodismo intoxicante, del que burocratiza la profesión. De todo esto habla este filósofo de la comunicación.
Si les mueve en algo, no duden en compartirlo. Un abrazo.
ENTREVISTA A IGNACIO RAMONET
Por Marcela Turati
Llegó el momento de regular a los medios de comunicación pues traicionaron su objetivo de defender a los ciudadanos y se convirtieron en perros guardianes del orden establecido, diagnostica el intelectual hispanofrancés Ignacio Ramonet.
En cada foro que pisa lanza esa idea, antecedida por su denuncia de que el Cuarto Poder ya no es un contrapeso de los poderes que decía vigilar, porque cínicamente se entregó a ellos y abandonó las causas ciudadanas.
Esta afrenta soltada a rajatabla y de cara a los propios medios se oye como algo no propio para un periodista y respetable teórico de la comunicación cuyos libros son obligatorios en facultades de periodismo. Pero es de esperarse viniendo del director del rotativo francés Le Monde Diplomatique, el mensuario de referencia para quienes se oponen al pensamiento único y desean una globalización de otro tipo.
Según su diagnóstico, los grandes medios envenenan el espíritu de sus consumidores, provocan una intoxicación masiva, roban la esperanza general, difunden ideas contrarias a la sociedad y traicionan su misión de aliados de los ciudadanos y correctores de los disfuncionamientos de la democracia. En lugar de ello, reclama, se convirtieron en vigilantes del orden establecido y propagandistas del decálogo neoliberal.
Por ello propone la ecológica tarea de separar la información de la marea negra de mentiras intoxicantes con la que llega mezclada. El filtro propuesto para esa descontaminadora tarea es crear otro poder que vigile al “súper poder mediático”. Un Quinto Poder Ciudadano.
“La creación de un observatorio de medios es mi propuesta para disponer de un arma única, masiva, efectiva. En vez de crear una ley de regularización de los medios, que es discutible, los ciudadanos tienen que organizarse para ser vigilantes de la información”, explica el intelectual que imparte clases en universidades de España, Francia Rusia y asesora a la ONU.
Su propuesta parte de una premisa básica: la información es un bien común público y, por ello, su calidad no puede estar garantizada únicamente por dueños de medios. Muchos menos, cuando éstos consideran a la información como mera mercancía.
Esta idea que presentó en sociedad en el 2002 –en el Foro Social Mundial, del que es uno de los ideólogos– la concretó meses después. Y hoy, con poco más de tres años de vida, el Observatorio Ciudadano de Medios (o “Media Watch Global”) es el experimento viviente con el que pretende demostrar que, a través del control ciudadano, una prensa orgánica es posible.
–¿Cómo fue que los medios dejaron su papel de guardianes de los ciudadanos y pasaron a ser guardianes del orden establecido? ¿Cómo abandonan su papel de Cuarto Poder?
IGNACIO RAMONET–La idea del Cuarto Poder es una invención de los intelectuales franceses de finales del siglo XIX cuando, utilizando la opinión pública, se consigue detener una decisión gubernamental importante. Es lo que se llamó el caso Dreyfuss, cuando el escritor
Emile Zolá publicó en la primera plana de un periódico un artículo titulado “Yo acuso”, para acusar al gobierno, de haberle mentido a la nación haciendo un proceso a un oficial del ejército por traición a la patria cuando en realidad lo estaban juzgando prácticamente por ser judío.
O sea, denunció un antisemitismo de Estado, pues él no era culpable de traición. Esto crea una polémica nacional, el gobierno tiene que ceder y el hombre sale de la cárcel.
Los poderes tradicionales son el Legislativo, Ejecutivo y Judicial, esos eran los tres poderes para que pudiera funcionar la sociedad de manera armoniosa y libre.
Cada uno de esos poderes puede funcionar pero puede cometer errores. Hay miles de casos en que los tribunales condenan a inocentes o se hacen leyes discriminatorias, aún en las democracias.
¿Quién puede denunciar esto cuando el gobierno que toma esas decisiones es democrático? El poder de los medios, el poder de la información: es el Cuarto Poder, que es un contrapeso a los poderes en el marco democrático, o es también un corrector de una especie de abuso estructural de la cuestión.
–¿Y cómo fue que los medios de comunicación pervirtieron su misión?
IR–Aunque nunca hubo una edad de oro del periodismo, en la que los periodistas eran magníficos o la prensa estupenda, sí podemos decir que hubo una época en que
muchos periodistas pensaban que dentro del marco de lo que siempre ha sido un negocio, había un proyecto cívico. Y algunos periódicos lo hicieron.
Repito: siempre ha existido prensa de mala calidad, pero siempre ha existido a la vez una prensa con aspiraciones más constructivas, de construir no sólo opinión pública, sino construir sociedad.
Con el avance actual de la globalización, la globalización tiene como tentación mercantilizarlo todo y la información es esencialmente una mercancía por estos mega grupos de comunicación que han aparecido en la segunda mitad de los años 90, que son grupos que poseen muchos medios de prensa escrita, radios, televisiones, Internet y muchas más cosas, como música o equipos deportivos.
Aparecen estos grupos como actores de la globalización y su proyecto es puramente de rentabilidad, el mero objetivo de la prensa, para ellos, es ganar dinero. Y todos han copiado este modelo.
–¿Cuál es la ideología que difunden estos grupos periodísticos?
IR–El Cuarto Poder como contrapoder ya no tiene sentido. Todos ellos difunden
esta idea de que el neoliberalismo es bueno para todo: las privatizaciones, la apertura de las fronteras, la idea de que hay que reducir al Estado, los impuestos y las tasas, desaparecer sindicatos, privatizar la salud y la escuela y todo el sistema cultural; que la cultura no debe ser ayudada por el Estado, etcétera.
Todas estas ideas, que son los diez mandamientos de la globalización, están defendidas por todas estas corporaciones.
Siguiendo con el Cuarto Poder, ese poder se ha añadido a los poderes tradicionales. Antes el ciudadano podía estar oprimido por los otros tres poderes, pero hoy la prensa pasa a ser un opresor más en la medida que no le da buena información, le da una información que puede ser mentirosa o que puede tener un interés que no toma en cuenta el interés del ciudadano.
La manera más común de no respetar la verdad que tienen los periódicos, no es mintiendo, es sólo ocultando la verdad, no dando la noticia. El ocultamiento es una forma bastante frecuente.
–Entonces, ¿si antes los medios recibían “línea” del gobierno, ahora
reciben una “línea” empresarial?
IR—Es la línea de la empresa, exacto. Ahora los medios defienden el patriotismo de la empresa no el patriotismo del gobierno. Se ha pasado de una dependencia a otra dependencia. Pero el problema es que antes, la otra dependencia era conocida.
Ahora se dice que la prensa es libre pero se ha pasado de una dependencia del poder político a una dependencia del poder económico.
– Es cierto que ahora cualquiera puede ‘pegarle’ al gobierno sin consecuencias.
IR–Para mí es la prueba de que hemos cambiado de época, porque al verdadero poder nunca se le toca y siempre es muy peligroso tocarlo. Lo que ocurre actualmente es que hemos cambiado de centro de poder.
Los gobiernos tienen mucho menos poder hoy que el que tenían antes, porque el poder lo tienen las empresas. En el marco de la globalización, el poder número uno es el económico.
¿Cómo lo podemos ver? Porque el poder mediático se pasa la vida atacando al poder político, tirándolo por los suelos, tratándolo de corrupto, de vendido, de inepto. Pero nadie toca al poder económico, al contrario, todos los medios están haciendo el elogio
todos los días de la globalización. ¡Es la prueba!
El primer poder es el poder económico, el segundo es el mediático y sólo el tercero es el político.
–¿Cómo nos envenena la prensa?
IR– Es equiparable con la alimentación. Por una parte tienes en los países desarrollados una variedad de productos que no había antes –pues antes la comida era escasa y la gente moría de hambre–, pero desde la revolución agrícola hay una súper producción de comida. Pero te das cuenta de que está contaminada por plaguicidas, mal elaborada, envenenada y produce la muerte.
Pasa lo mismo con la prensa: en las dictaduras no se permitía la información y la que había no era fiable; en cambio, en los países democráticos la información es súper abundante, pero está contaminada. Hay mucha información ¡y ahora gratuita!
Esta prensa, poquito a poco, sin que nos demos cuenta, nos envenena en esta abundancia, por sobresaturación.
En el New York Times del fin de semana tienes tanta información como toda la que podía consumir durante toda su vida alguien como Cervantes. Es decir que en el siglo XVII una vida entera te permitía adquirir las informaciones que hoy puedes adquirir al leer un periódico.
La saturación es tal que vivimos en un laberinto de la información ( …) Hay tanta información que la información te impide llegar a la información.
Y aunque hay una sobreabundancia de información, la información en todos lados es la misma. Hay un sistema de monólogo, jamás ha habido tan poca variedad de información, es la clonación de la información.
Entonces, ¿de qué sirve que haya miles de medios, si en realidad hay como máximo un discurso? ¡Ahí está la censura, esa es la censura moderna!
–¿La solución es el observatorio de medios?
IR– No es “la” solución…
–¿Por qué no regular mediante leyes?
IR– No creo mucho en las leyes porque esas leyes van a ser brutalmente combatidas,
porque los medios conducen esta batalla en nombre de lo que ellos llaman la libertad de expresión, pero es en nombre de la libertad de empresa…
–Pero en ciertos casos, cuando se trata de regular a la prensa, se busca imponer reglas para que no ‘toquen’ a los políticos, imponer lo que llamamos la ley mordaza.
IR– Ahí entramos a un debate que pudre a la sociedad, porque todo mundo tiene razón. Cuando un gobierno quiere hacer una ley, limitando en el marco democrático, es un problema.
Los periodistas y propietarios de medios tienen razón cuando dicen que
es una ley mordaza. Y el gobierno tiene razón cuando dice que no se puede permitir que los medios hagan lo que les da la gana, porque en realidad lo que hacen es atacar al gobierno en nombre de una ideología diferente.
Tenemos el ejemplo de Venezuela, donde lo han hecho no en nombre de la verdad ni del profesionalismo.
–Usted decía que los medios han confundido la libertad de expresión con la libertad de empresa…
IR– Si un medio, utilizando métodos totalmente criticables, difunde mentiras, falsedades, calumnias contra el gobierno y si el gobierno dice que lo están calumniando el medio inmediatamente dice: “Nos quieren clausurar”.
Evidentemente van a utilizar el argumento de la libertad de expresión, pero muy
frecuentemente lo confunden con la libertad de empresa.
Ellos consideran que porque son una empresa que está en el sector de la comunicación, todo les está permitido. Como a toda empresa hay que respetarlas cuando se respetan correctamente desde el punto de vista legal, del social, pero el hecho de ser una empresa de comunicación no la hace superior a cualquier otra empresa.
De hecho, cuando hurgas, te das cuenta que defienden la libertad de empresa y cuando
defienden el neoliberalismo, la globalización, están defendiendo a la empresa por encima de la libertad de expresión.
–Una solución, entonces, es la creación de observatorios.
IR– Entiendo que los países hagan leyes, pero lo que propongo es que haya una verdadera movilización ciudadana porque en la época en la que estamos el poder que nos queda es el de los ciudadanos movilizados. Aún podemos utilizarlo.
Hay una hiper potencia que es Estados Unidos y hay otra hiper potencia que vemos en Porto Alegre, que es la ciudadana.
–Pero esa potencia no pudo parar la guerra de Irak, con todo y sus manifestaciones masivas.
IR– Pasó porque no están organizados, pero es una fuerza moral. Y en realidad, (EU) tampoco ha podido ganar la guerra en Irak y probablemente no la van a ganar
¿Y quién está resistiendo? La sociedad iraquí.
En definitiva, a veces se pierden batallas, pero ahí es donde se puede ganar.
Esa segunda hiperpotencia no está organizada en términos de poder, sólo de resistencia. Hay que inspirarse de organizaciones que han podido llevar a cabo una lucha.
–¿Cómo funciona el observatorio?
IR– Su fuerza es moral. El observatorio pretende reunir a tres tipos de personas. Primero, a periodistas, que son los primeros interesados; segundo a universitarios, pues son los mejores especialistas de la comunicación y quienes mejor conocen el funcionamiento de los medios porque llevan años estudiándolos; y tercero, a usuarios porque son los
que están consumiendo los medios, y entre ellos puede haber personalidades
morales –filósofos, escritores, jueces, abogados– que pueden servirnos.
Asociando estos tres tipos que deben estar representados de manera equitativa, podemos constituir un observatorio que imponga el respeto a todo el mundo.
–Deme casos en los que haya funcionado.
IR– Por ejemplo, a Venezuela llegaron especialistas del mundo entero para ver y denunciar la situación, porque antes sólo se oía a los propietarios de los medios venezolanos denunciando la situación y el mundo entero creía que tenían razón. Hasta que vinieron y vieron.
–¿Cómo operan los observatorios?
IR– En sus sitios de Internet difunden información porque, hoy día, la información es una necesidad. Lo que necesitan los periodistas es tener más conocimiento sobre su propia práctica, porque la mera práctica de la profesión no les permite forzosamente
perfeccionarse si no ven en qué territorio están. Y una de las profesiones cuyo territorio más se ha modificado los últimos 10 años es esta.
De ahí la necesidad de una reflexión teórica permanente, que el observatorio hace.
El observatorio primero analiza el funcionamiento de los medios en un momento preciso.
Por ejemplo, el brasileño observó la cobertura durante la campaña electoral y lanzó informes extremadamente serios, hechos por varios especialistas. Sus análisis muestran cómo se pueden tomar libertades con respecto a la verdad. Un observatorio puede lanzar campañas de boicoteo de medios o, en última instancia, lanzar consignas de manifestaciones delante de la puerta de un medio. O, como ocurrió en Francia, que convocó a una manifestación afuera del Ministerio de la Comunicación porque había un proyecto de privatización de medios.
– ¿Y los medios han cambiado a raíz el surgimiento de los observatorios?
IR– Bueno, el observatorio existe desde hace muy poco tiempo como para cambiar. Pero en Venezuela ha cambiado. Contrariamente a lo que creemos, se ha demostrado que
los medios de comunicación no son capaces de movilizar a la opinión pública, pese a su fuerza mediática descomunal. El efecto del observatorio ha permitido contrarrestar esta campaña, se han creado infinidad de medios alternativos y el gobierno he hecho una ley para evitar los ataques no fundados, no contra la política sino contra las personas.
–¿Y realmente la gente compra esta prensa de calidad que ustedes buscan fomentar? ¿Hay relación entre calidad y rentabilidad?
IR– Hay dos fenómenos contradictorios. En todos nuestros países –en México como Brasil o Francia– hoy día hay muchas más personas con estudios secundarios
y superiores que con respecto a hace 20, 30 años; pero la calidad la información ha
disminuido. Es contradictorio.
No es normal que un país tenga un nivel educacional mejor y que al mismo tiempo el nivel mediático haya disminuido. La gente que ha hecho estudios está frustrada cuando consume la información que consume.
Tú no puedes educarte, ser crítico y de repente ver que las noticias te las da un payaso. Ahí hay un fenómeno que no corresponde.
Hay cada vez hay más gente que consume los telediarios o la prensa porque es lo único que hay, pero está reclamando una información de calidad. Es como la alimentación: la gente está consumiendo alimentos orgánicos, que valen más caros de lo normal. Hay gente que está dispuesta a pagar más en alimentación si tiene garantía que los alimentos no tienen pesticidas.
Hoy día lo que quisiera es llegar a un kiosco y comprar prensa orgánica. Quisiera decir: “Oiga, ¿me garantiza que este periódico dice la verdad, que no miente? No me importa si es de derechas o de izquierdas, eso me da igual, lo que quiero es que me de hechos serio, objetivos, verificados”.
Sí hay gente que está dispuesta a pagar más, lo que pasa es que la prensa esa orgánica no existe. Bueno, ahí está nuestro periódico (Le Monde Diplomatique).
–¿Qué podemos hacer los periodistas para acompañar este proceso?
IR– Es absurdo que sean héroes y que se salgan de sus periódicos. Todos conocemos a colegas muy honestos que trabajan para periódicos y tienen que ganarse la vida. Y qué bueno que están ahí porque defienden una forma de periodismo diferente –en la medida de sus posibilidades– porque evidentemente hay un posibilismo.
En la medida en que hay un observatorio, los periodistas nos pueden ayudar a informar lo que no funciona, y si no, este es el momento de crear nuevos
periódicos. Esta generación debe ser la creadora de estos medios orgánicos organizados en redes.
3. Un periodismo que busca soluciones, ¿para qué?
In General on Septiembre 16, 2005 at 11:04 amTe invitamos a inscribirte a nuestro grupo de discusión(http://mx.groups.yahoo.com/group/periodismo_de_esperanza) donde –esta quincena– discutimos el texto “3 aproximaciones al periodismo que busca soluciones“, basado en los escritos de tres periodistas (dos brasileños y una argentina) que nos proporcionan buenos argumentos acerca de por qué es necesaria una forma de hacer periodismo diferente a la tradicional; explican –de manera clara y sencilla– la propuesta de la búsqueda de soluciones; o ejemplifican cómo lo incluyeron en su cobertura.
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1. ¿En que suma el Periodismo Social?
Búsqueda + Soluciones
“Cada día vemos con estupor cómo las denuncias se suceden unas
a las otras en los medios de comunicación sin que esta suerte de
catálogo de lo siniestro tenga algún efecto inmediato. Al final este sano
espíritu denunciante del periodismo genera en los periodistas y en
el público una sensación de profunda frustración y, a la larga,
una cierta parálisis (nada puede cambiar porque nada cambia a pesar de
que las situaciones salen a la luz).
Esto debiera movilizar a los periodistas a analizar cómo hacer
más efectivo nuestro trabajo. En este sentido el periodismo social no se
queda sólo en la denuncia de los hechos sino que, dentro de lo
posible, investiga la solución al problema y la incluye como un
elemento destacado dentro de la cobertura.
¿Qué significa esto exactamente? Lejos de pedir a los
periodistas que propongan salidas propias (como muchas veces se entiende esta
propuesta), se induce la búsqueda de alguna resolución exitosa
al problema dado.
La mayoría de los conflictos tiene una solución innovadora que es llevada adelante por alguna entidad pública o privada, en una alianza de ambas, o en una instancia en un país
extranjero. Se trata de un recurso de gran utilidad para cautivar al
lector con una historia original o — más importante– para dejar
claro por comparación que no se está haciendo lo suficiente
para solucionar el problema.
(…) La investigación de soluciones genera un impacto mayor que
la mera denuncia: mueve a la acción. Demuestra que la falta e
respuesta se debe al desinterés o ineficiencia e insta a encontrar una
solución”.
Autora: Alicia Cytrynblum, periodista argentina directora de la ONG Periodismo Social (www.periodismosocial.org.ar). (Nota: El texto fue tomado del capítulo 2 de su libro “Periodismo Social, Una nueva disciplina”. De Ediciones La Crujía y Periodismo Social).
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2. ¿Qué tienen que ver Los Niños y Los Adolescentes con El
Periodismo?
“(…)Para la Agencia de Noticias por los Derechos de la Infancia
(ANDI), ONG brasilera con 10 años de vida, un periodismo que
apenas denuncia puede causar un estado de parálisis en la sociedad: el
ciudadano necesita tener la certeza de que, a través de políticas
públicas y del esfuerzo de cada individuo, es posible construir un
mundo nuevo.
De otra forma no tendría sentido trabajar como voluntario en proyectos sociales, hacer donaciones, elegir políticos comprometidos con causas sociales. No habría razón para que los
empresarios invirtieran parte de sus ganancias en proyectos de promoción del desarrollo humano sustentable.
Para la ANDI, solamente si también se investigan las soluciones, el
periodismo podrá dar a sus lectores (o a su audiencia de radio y televisión) un retrato completo de la realidad: los problemas y los caminos trazados por la sociedad para combatirlos. Un cuadro parcial no puede ser llamado de “investigación”.
Al mostrar que existen soluciones, la prensa termina por denunciar el peor problema que una sociedad puede tener: la omisión. La omisión de sus gobernantes y de la misma sociedad civil. Si hay problemas pero se conocen las soluciones, sólo la omisión, la desidia, puede justificar que estos problemas persistan.
Mezclar la denuncia de los problemas con el debate alrededor de las soluciones es “denunciar la omisión” – y es éste precisamente, el nuevo papel del periodismo investigativo en el siglo XXI, siglo en el que todos debemos luchar por convertir la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en algo más que una mera carta de intenciones”.
Autor: Geraldinho Vieira, periodista brasileño impulsor del periodismo busca-soluciones (Nota: lo escribió cuando era director Ejecutivo de la Agencia ANDI, donde ya no trabaja)
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3. Fragmento de la entrevista a Marcelo Canelas, reportero especial de televisión de la Red Globo, dedicado a temas sociales. Ganador de premios nacionales e internaconales por sus reportajes.
Al ser cuestionado sobre su premiado reportaje sobre el hambre en
Brasil (transmitido en febrero 2003) dijo:
“Procuramos evidenciar que el hambre no es un problema geográfico –está ligado a la
concentración de ingreso. En la periferia de las grandes ciudades la situación es igual a la del territorio semiárido nordestino. La solución depende del compromiso y no se resuelve con el envío de canastas básicas. Es preciso aprovechar las experiencias de los
movimientos sociales y las propuestas de autonomía en las soluciones
presentadas por ellos.
(…) Hay un vicio de origen en la cobertura típica: la que atiende a los intereses de ciertos segmentos de la sociedad. Vamos a tomar como ejemplo la cobertura de Economía. Se habla mucho del mercado financiero, la subida y bajada del dólar, de la bolsa. Mas la
prensa se olvida de que las personas son afectadas por eso. Es un error no
hacer periodismo bajo la óptica de las personas. Y con relación a temas como pobreza, desigualdad social y desarrollo humano es importante proponer temas ligadoa la ciudadanía y escuchar a los que piensan y promueven soluciones viables. Los movimientos sociales, las asociaciones y las cooperativas están en esa lista”.
(La entrevista aparece en el libro “Que país é Este?: pobreza, desigualdade e desenvolvimiento humano e social no foco da imprensa brasileira”. Coeditado por ANDI-UNICEF-Instituto Ayrton Senna-Cortez Editora).
12 cartas desde India
In General on Septiembre 4, 2005 at 9:28 pmCARTA 1: LLEGANDO A INDIA (5,500 caracteres)
Tras dos días de camino y una escala en Hong Kong, llegué a Delhi. Mi primer vistazo de la India fue estrujante. Fue ese primer día. Salí sola por la mañana, me trepé en un camión con la intención de bajarme hasta encontrar un lugar bonito y no me animé a hacerlo hasta que me botaron del asiento en la última parada: la estación del tren.
Inmediatamente, un joven se acercó y me dijo que corriera porque ese no era un lugar apropiado para una mujer (me pregunto cuál sí será). No me quedé a mirar mucho, sólo vi indigentes tirados en la tierra y, por lo visto, ese paisaje se ve en todas partes.
Caminando sin rumbo descubrí –primero por el olor– que hay baños públicos, exclusivos para hombres, en las paredes de las avenidas principales. Sin puertas, agua, excusado o nada, pero eso sí, muy adornados con mosaicos de colores.
Me enfrenté también por primera vez al tráfico: en una sola avenida uno tiene que esquivar bicitaxis, mototaxis, vacas, camiones, microbuses, carros y mares de gente. Llegó un momento en que me paralicé, asustada, en una glorieta. No me animaba a seguir caminando porque no entendía el tráfico. Incómoda, también, porque todos los hombres se me quedaban viendo indisimuladamente, como cosa rara, otros miraban también mi mochila.
En el camino encontré de todo, hasta un hospital para pájaros. Tuve que entrar con una actitud de reverencia y quitarme los zapatos. Y descalza fui pisando alpiste y basura que preferí no mirar. Desde la ventana del segundo piso ví que afuera, en la explanada, había decenas de hombres semi desnudos, tirados, y nadie los atendía.
Anduve como vagabunda un rato, sin animarme a perderme por las estrechas y laberínticas callejuelas del mercado contiguo. Sabía que para entrar tenía que abrir me paso a empujones, pues el tumulto te empujaba hacia fuera. Tenía miedo y muchas ganas de llorar. Para resguardarme pagué un boleto para entrar al “Red Fort”, un palacio rojo de puertas espectacularmente anchas y altas, construido así para que entraran elefantes.
Me rescató de la tristeza un hombre de Calcuta que ofreció pasearme en su bicitaxi por 50 rupias una hora –aproximadamente un dólar–. Me monté a su rickshaw y anduvimos juntos recorriendo lugares increíbles: un templo de sikh dharmas donde me explicaron su filosofía y por qué usan turbante, el guía del lugar me invitó a cenar a su casa, y comenzó a coquetarme porque, según me dijo, él y yo teníamos el pelo del mismo largo.
El rickshaw me llevó por callejuelas perdidas a templos jainistas; a mercados donde venden de todo para las novias; a la mezquita más grande de la India, donde tuve que entrar descalza (con los zapatos en la mano, por aquello de los robos) y donde muchos musulmanes me pidieron que los retratara o me pidieron retratarse conmigo con sus cámaras.
Parte del ‘tour’ consistió en llevarme a una tienda a que me probara unos saris de seda. El guapo hijo del dueño, después de ponerme un lunar rojo en la frente, sacó su comida y la compartió conmigo, y ahí estuvimos empujando con una especie de tortilla unos chícharos, una salsa de yogurt y unas papas con curry.
Paseando en ese bicitaxi fui muy feliz. Anduvimos mi amigo el conductor y yo bajo la lluvia como si nada. Él me contaba que el era el mejor ‘rickshaw’ que había en Delhi, y le creí cuando olvidé en el asiento mi bolsa con el dinero y me la dió intacta. Me contó que emigró de Calcuta, buscando una vida mejor, y que tiene 3 hijos y esposa.
Cuando lo veía recordaba aquel primer libro que leí de la India, “La Ciudad de la Alegría”, que contaba la historia de un rickshaw (hombre-caballo, porque antes no usaban bici sino cargaban todo el peso de la carreta y de la persona que llevaban) que tras perder su cosecha llegó a la ciudad sin dinero, vivía en las vías del tren con su familia –como las familias que ví en la estación–, que vendió litros de sangre para pagar la dote de su hija, que moriría pronto porque el peso que cargaba le iba acabando los pulmones.
Y cuando lo veía toser me acordaba de esa historia. Nos despedimos por la noche, le pedí que me dijera cuanto era lo que creía que era justo recibir por pasearme, pero no quería subir el precio. Así, le pague 10 veces más de lo acordado. Cuando vio el billete se le alumbró la cara.
Hoy ya estuve acompañada con una francesa que conocí que se llama Benedicte. Fuimos a pasear, entramos a varios mercados, pero no llegamos muy lejos porque es imposible caminar sin que te atropelle una bicicleta o una moto. Vi también una fila de personas mutiladas, decenas, pidiendo limosna a la entrada de las mezquitas, y a mucha gente viviendo en parques, en la calle, en las glorietas, en donde sea.
Hoy la gente me pareció muy amable. Las miradas dejaron de parecerme hostiles como el primer día, pienso que me ven como yo los veo a ellos, como una persona diferente. Tengo una sensación especial que me llena de tranquilidad y es que descubrí que puedo comunicarme, hasta con la gente que está pidiendo limosna y que me sigue por varias calles.
A Benedicte le da mucha risa que la gente me habla en hindi, pues por mi pelo negro creen que soy de aquí. Y bueno, tengo mucho más que contar pero creo que nunca acabaría. Podría contar los olores, sabores, sensaciones, el daño que me ha hecho la comida tan condimentada, el asombro de ver que los hombres se toman de la mano en la calle pero no tocan a sus mujeres públicamente (ví a unos policías barbados con turbantes cruzar la calle de la manita), pero eso lo dejo para la siguiente carta. Saludos.
CARTA 2. NUNCA SOLA (5.166 caracteres)
Les cuento algunas cosas que deje en el tintero por falta de espacio: En Delhi nunca estás sola, siempre vas acompañada. Invariablemente alguien te está siguiendo, sino físicamente, sí con la mirada. Te siguen los pordioseros que te piden comida en español, inglés, hindi, francés e italiano. Te sigue la gente que quiere que le tomes una foto (he visto a varios que cuando saco la cámara hacen todo para llamar mi atención para que los fotografíe, que cuando los volteo a ver ponen su mejor pose o se agarran de la mano).
Siempre que estás comprando algo te rodea la gente, esperan a que te pruebes el sari que estás viendo o palpes la muñeca de trapo que te atrajo; y en silencio escuchan el rito del regateo y al final dan su aprobación sobre si la transacción fue buena.
Estoy hospedada en un hostal para mochileros donde hay todo menos mochileros. Como está ubicado en una zona no turística –en medio de las embajadas–, sólo se hospedan indios aquí. Eso lo hace divertidísimo. Por las mañanas, por ejemplo, desayunamos comida que no conocía. Hoy fue una especie de crepa con papa con curry dentro.
El cajero en cuanto me ve por la mañana me regala café y el cocinero me da una rebanada de pan, muestras máximas de aprecio. La comida es mala, pero la disfruto porque sé que es lo único que comeré durante el día y por la compañía de la gente que es muy agradable. Hoy Benedicto (la belga que conocí en el avión) y yo desayunamos con 40 adolescentes de una escuela técnica del interior del país que venían a conocer la capital. En el desayuno me hice amiga de una joven de Bombay que vino a capacitarse como secretaria. Ella y yo nos la pasamos muertas de risa por mi mal inglés y porque no me creía que era mexicana, como todos, piensa que soy local, de ahí pasamos a compartir nuestros males de amores, y luego a hablar de religión. Curioso, resulto católica y del Opus Dei.
Aunque el hostal está feo y sucio (parece convento viejo), me siento contenta porque el cuarto que nos tocó tiene una terraza desde donde se ven otras casas, y por la mañana me despierto con el canto de los pájaros y en la noche me arrulla la lluvia.
Eso sí, como a las 3 de la mañana se me va el sueño irremediablemente. A las 7 de la mañana de aquí, 7 de la noche en México, acudo a clases de yoga, y me doy cuenta que la viejita que me da las clases en México no me ha estado estafando, porque muchas posiciones que enseña la maestra aquí yo ya las conocía.
Hoy finalmente no fuimos al Taj Mahal. Decidí dejarlo para después porque me queda camino a Varanassi y porque lo turístico cada vez me llama menos la atención. Me quedé en Delhi y sin planearlo tuve excelente compañía. Como siempre Dios hace todo para consentirme.
Y es que le hable al corresponsal de Reforma y de CNN, Rodolfo Bermejo, a quien no conocía, y vino por mí para pasearme. Resultó que es paisano, de ciudad Juárez, tenemos conocidos en común, tiene poco mas de 30 años y es buena gente. Con él fui a la Universidad de Delhi y a un jardín donde la gente venera a Gandhi. Inspirada por el paseo me seguí al Museo Casa de Gandhi, donde me tiré al pasto a leer un libro sobre el Mahatma.
En el museo me persiguió un tipo con turbante negro y barba larga que quería a fuerzas que le diera un beso. Primero me desconcertó porque se acercaba y se mojaba los labios con la lengua, pero yo pensaba que era una seña especial india y me acercaba mas para preguntarle qué quería decirme. Cuando capte el ‘kiss me’ me asusté. Después me empezó a seguir por los pasillos, a esperarme tras los pilares de las salas, hasta que le grité frente a todos que se fuera, que no lo iba a besar. Y creo que eso lo apenó porque desapareció. Luego me enteraría que eso es lo que se debe de hacer ante el frecuente acoso a extranjeras solas.
Después, conocí a un seguidor de Gandhi que me regaló dos libros pequeños con los pensamientos de su maestro. Me invitó a pasar un año en India, viviendo en las comunidades de seguidores, para convertirme en uno de ellos y fabricar mi propia ropa, cultivar mi propia comida y aprender e incorporar a mi vida el pensamiento político, económico, social, religioso de Gandhi. Y para convencerme me enseñó uno de los consejos de Mahatma que decía que la gente no debe de leer periódicos porque no dicen la verdad, y que si no se leen no se pierde nada. Lo curioso es que yo no le había dicho a este hombre que mi profesión es periodista.
De ahí me fui a pasear por algunos barrios con bazares atiborrados de gente. Ví de lejos la colonia tibetana instalada en Delhi y otra vez ganado bloqueando las calles. Mañana voy a una fiesta que me invito Rodolfo para conocer gente de México que se enamoró de la India y ya vive aquí.
PD1. Hoy me entere también por qué te piden vacuna antirrábica antes de venir. No me la puse pensando: ‘Si me muerde un perro en la India y no en México es mala suerte’; pero la vacuna es por si te muerde un chango. Cuando me dijeron pensé: ¿Changos? ¿Dónde hay? No tardé en descubrir uno en un árbol en plena ciudad. Justo enseguida de un hombre que tocaba la flauta sentado en el piso, y de cuya cesta salían dos cobras bailando al ritmo de la música (¡¡Es en serio!!)”
Tercera Carta: LOS ENCUENTROS (5,323 car)
El día ha sido largo y lindo, y aún no termina. Hoy fue un día de encuentros con gente que tenia que conocer. Y esos encuentros me llevan a pensar que por algo estoy aquí. Que pronto voy a obtener respuestas.
Desde temprano fue un día lindo. Empezó a las 7 de la mañana con la clase de yoga, donde somos generalmente tres alumnos y la maestra, una bonita joven hindú con coloridos vestidos llenos de espejos y lentejuelas. Creo que voy a extrañarla a ella y sus dulces cantos en sánscrito –canta una canción que dice es muy poderosa y que conoce gente que estuvo enferma y con diagnóstico médico terminal, quienes han cantado por días esa canción y se han curado– y la oración con la que termina la clase: “Oramos a Dios para que todo vaya bien hoy, para que todos seamos felices, para que estemos llenos de gozo y para que la paz prevalezca”.
Realmente siento que esa oración nos protege. Hoy en el desayuno nos despedimos de los jóvenes de la secundaria técnica que estaban en Delhi de visita. Hicieron fila para sacarse foto con Benedicte y conmigo y llevársela de recuerdo a sus casas. Cuando se despidieron, uno de ellos se regresó preocupado porque no nos había deseado feliz año nuevo, pese a que estamos en noviembre.
Fuimos después a un palacio estilo Taj Mahal, localizado en Delhi, con unas tumbas dentro. Ahí comenzó a seguirme un niño como de 12 años. A mí me daba risa pero Benedicte le gritó, nerviosa, que nos dejara en paz. De ahí comimos en una fondita unas frituras que nunca supe qué contenían –en lo de la comida Benedicte es muy aventada, todo lo que se le antoja en la calle lo compra y mastica sin miedo, en cambio yo paso hambre durante el día porque no encuentro restaurantes a la vista–.
En la fonda conocimos a un refugiado etíope y uno somalí, con los que platicamos de la situación del mundo, de las diferencias entre Africa e India, de sus planes de vida. Cuando nos despedimos, uno de ellos, Teddy, dijo: ‘Nos vemos en la otra vida’. Su certeza me dejó con paz.
Al salir, el dueño de la fonda me regaló un prendedor de plástico de Radha Krishna, una deidad negra a la que representan tocando la flauta, y me llevó al templo que tiene detrás de la tienda –por todos lados hay templos caseros–, que es cuidado por un viejito que llevaba pintada la frente con una especie de ceniza naranja. Hay muchos ancianos así por la calle, o con ceniza negra.
Nunca entendí lo que trataba de explicarme de los dos dioses de plástico que tenía guardados detrás de una cortina de terciopelo, junto a unos calendarios –como los que regalan en talleres mecánicos– de un dios que representan como elefante. Al salir, me estaba esperando el niño de 12 años que ví desde que estábamos en las tumbas.
Llevaba al menos 2 horas esperándome. Se me acercó, me ayudo a negociar bien el precio del rickshaw –todo en India es baratísimo, un viaje en rickshaw sale a 10 pesos, el desayuno a medio dólar, el camión a menos de un peso–, se peleó con varios rickshaws para explicarles a donde yo quería ir, según lo que él me había entendido.
Ya cuando me subí, me pasó una tarjeta donde estaba escrito que quería tener el número donde podía contactarme. Me derritió el corazón.
Fui al Museo Casa de Indira Gandhi, visitadísimo por los indios y desairado por los turistas. Después de pelearme un rato, abrieron para mí sola una parte de la casa donde fue asesinada la ex Primera Ministra, que estaba cerrada al público por reparaciones.
De ahí me fui a la residencia del Embajador de México en India, quien había salido unos minutos antes de llegar yo, para encontrarme con Beatriz, una sonorense de 35 años, que era una ejecutiva de una empresa trasnacional, se la pasaba viajando de Los Ángeles a Barcelona, teléfono celular en mano, haciendo ‘business’, hasta que un día pensó que se estaba echando a perder por dentro, y dejó todo y se fue a vivir en comunidades de los seguidores de Gandhi y a estudiar su filosofía.
Aguantó 6 meses en ese lugar, muy meritorio porque tenia que cultivar su propia comida y fabricar su propia ropa. Lleva 17 meses en India y su sonrisa delata que es feliz.
Cada mes envía el resumen de su diario (que es como de 40 páginas) a sus familiares y amigos, donde les cuenta sus aventuras. Su relato es tan sincero y mágico, que ya tiene en su correo a 600 personas que se lo han pedido, y que ha recibido cartas de desconocidos que le dicen que viven a través de lo que ella cuenta.
Se nota que en México tenía buena posición social, que es sencillísima (aquí se desprendió de todo para adaptarse a la vida de los más pobres) y, sobre todo, generosa. Cuando le agradecía todos los tips que me dio para viajar, ella me decía que para eso se viaja, para después compartir. Salí inspiradísima de nuestro encuentro. Pensando en que por algo estoy aquí. En que nada es casual. En la canción de ‘tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio, y coincidir’.
Me despido porque no tardan de pasar por mí para ir a una fiesta. Mañana de madrugada salgo a Pushkar con Benedicte. Vamos a la feria de camellos mpas grande del mundo. Muero por subirme a uno y pasear por el desierto. Después iré a un pueblo tibetano que está en las montañas y de ahí al Río Ganges. El viaje se va aclarando y cada día agradezco mas todas las bendiciones que estoy recibiendo.
CARTA 4. EN UNA FERIA PARA CAMELLOS (6,350 car. 86 líneas)
Pushkar es precioso, la India rural lo es. Desde que te adentras a la zona desértica comienza a cambiar el paisaje. Ves camellos arando la tierra y el camión en el que vas tiene que rebasar carretas tiradas por camellos que paran el tráfico. Ves también a mujeres subiendo y bajando una manivela para sacar agua (por lo visto, en este país las mujeres hacen todos los trabajos pesados, son albañiles, cargan con su cabeza los materiales para construcción, siembran, y lo hacen embarazadas o con todo y niños colgando de su pecho). El camino fue divertido aunque comencé a desesperarme porque las 6 o 24 horas que puede durar el trayecto el chofer va tocando el claxon, así se abren paso todos en la carretera y en la ciudad.
Finalmente Benedicte, Abdul (su amigo árabe-frances) y yo llegamos a Ajner. Caminamos por calles que tienen casas sumidas en las paredes de las montañas. Como el sábado fue buen día para casarse –nos explicaron que aquí al año hay unas 10 fechas propicias para que el matrimonio sea feliz, porque se toman en cuenta los astros para establecer las bodas–, vimos tres bodas. Y, por casualidad, un tipo nos invitó a una.
El padre de la novia, con un turbante rosa en la cabeza, recibía en la entrada a uno por uno de los que iban llegando (llegaron como 400, y sospecho que casi todos eran colados). A nosotros, por ser extranjeros, nos pusieron un collar de flores para los invitados especiales.
Las bodas son en jardines y parecen kermesses. Por todos lados hay puestos de café, de postres, de tortillas, de comida dulce y salada. Gracias a los novios me ahorré la cena de ese día, aunque, para variar, me hizo daño lo que comí.
La ceremonia de la unión fue un relajo: La mamá gritando a los colados y fotógrafos que se bajaran del templete donde era la celebración; las primas chiflando porque no podían ver; niños subiendo al templete y aventándose al pasto. Y como fondo, música de salsa.
La novia, preciosa, con cutis blanco, como de porcelana de tanto maquillaje, con enormes y pintados ojos, estaba vestida con un sari rojo bordado con hilos dorados y llevaba muchas joyas pegadas en la cara.
El novio iba vestido como príncipe antiguo, con su turbante rematado con una enorme pluma y un uniforme tipo militar blanco. Los dos se sentaron en unas sillas simulación de trono y atrás de ellos el escenario de nieve seca que trataba de semejar la fachada de un palacio. No hay sacerdote. No hay locutor. Parece no pasar nada. Ellos formalizaron su unión intercambiando un collar de flores y después, solo ante los más cercanos, se amarraron parte de la ropa de ella con la de él y se dijeron algo. Más tarde sería la ceremonia más privada.
Todo iba bien, yo estaba tomando fotos muy contenta, hasta que la madre de la novia se acercó a preguntarme quién me había invitado. Yo, gulp, tragué saliva y le dije: “Gandhi me invito” –porque aquí Gandhi es como ser un Pérez–, y me dijo, ‘Ah, bueno”, y se siguió. Al día siguiente fuimos a la feria anual de los camellos. A donde los campesinos de la zona llevan sus mejores bestias para comprar o vender.
Nunca había visto tanto camello junto. Había unos con el cuerpo pintado con grecas, otros “maquillados” y con espejos en la cara, algunos salvajes sin emperifollar, otros tirados comiendo junto a las tiendas que instalaron sus dueños sobre las dunas.
Había también juegos mecánicos, puestos de tiro al blanco, carpas donde se vende comida, miles de gentes entrando y saliendo; gente de todo tipo: hombres con la cara pintada de amarillo y el pelo como rasta, otros con turbantes de colores, grupos de gitanos vestidos como para circo, hombres tocando la flauta e hipnotizando a las cobras, viejitos solo con taparrabos, turistas…
Ahí recibí una propuesta de matrimonio por parte de un moreno que nos invitó a su carpa para que viéramos su show de marionetas –la corta obra se trataba de un príncipe que peleaba cuerpo a cuerpo contra una cobra para rescatar a una princesa que bailaba con camellos de trapo, musicalizada por un tipo que cantaba mientras tocaba un sartén de aluminio en lugar de tambor–. Me dijo que me regalaba sus dos mejores marionetas si platicaba con él durante dos minutos.
No pudo decirme nada porque como siempre estoy rodeada de gente que me ve como bicho raro, en lo que corría a algunos de los mirones llegaban otros. Sólo alcanzo a preguntarme qué pensaba de él, a echarme a algunos piropos y a proponerme matrimonio.
Me puse a husmear por la ciudad y me metí al hospital local sin medicinas ni doctores. Aunque había gente internada y algunos moribundos, los pisos estaban llenos de tierra y basura que se levantaban con el aire. Al salir me encontré con unos viejitos con la cara pintada de naranja, vestidos con taparrabos algunos y otros con túnica. Eran brahamanes (de la casta sacerdotal). Todos se pusieron a posar para ser retratados, y se juntó mucha mas gente para tomarse una foto.
Un señor me pidió muy emocionado que lo retratara con su hija y se irguió solemne en la foto (se fue sin darme una dirección a donde mandársela); luego posó uno de los muchos peluqueros que están rasurando a plena calle; después todos sus clientes posaron peinándose y arreglándose los bigotes; también salieron los que encargados de los rayos X para fotografiarse abrazados y de la mano, como se acostumbra entre los hombres.
Cuando platicaba con uno de los brahamanes y le pregunté que hacían ahí, me dijo sereno y sonriente que esperaban el cadáver de su hijo que acababa de morir porque en la feria lo atropelló un caballo. Yo pensé que había escuchado mal, pero hoy por la mañana leí la noticia en el periódico.
No nos quedamos más en la feria porque Benedicte se intranquilizó porque entre los gringos corría el rumor de que ese sería un blanco terrorista. Además, en el periódico decía que habían agarrado a unos rebeldes de Cachemira husmeando por la zona.
Ayer por la noche nos separamos Benedicte y yo. Ella se siguió con Abdul, yo me voy a las montañas. Intentaré salir mañana. No pude irme hoy porque aquí los trenes siempre van llenos y si no se va a la oficina para extranjeros hay que esperar al menos 5 días para conseguir asiento (“¿Que quería, hay 890 millones de habitantes?”, me dijo el hombre de la estación de trenes). Si tengo suerte mañana saldré a ese lugar donde vive el Dalai Lama y toda la colonia tibetana que huyó con él.
CARTA 5. CON LOS TIBETANOS EN EL EXILIO (8,152 car)
Hoy aprendí varias cosas. Una de ellas es nunca volver a matar un mosquito.
Estoy en Dharamsala desde hoy por la mañana, lo que es equivalente a decir la capital del gobierno tibetano en el exilio. Estoy junto a la cordillera de los Himalaya y desde la ventana de mi cuarto se ve imponente y cercana la pared de piedra y los picos nevados de las montañas. No dejo de sorprenderme de que siempre que me siento triste y comienzo a reprocharme el haber viajado hasta acá sola, al instante llega alguien a recordarme que mientras haya gente en el mundo uno nunca esta solo y que Alguien me cuida.
Podría poner muchos ejemplos de esto pero mencionaré algunos: no bien había regresado a Delhi, medio triste a refugiarme al hotel y a tratar de llorar un poco por el hecho de estar sola por primera vez en el viaje, cuando llegaron al cuarto dos escocesas muy simpáticas que comenzaron a platicarme de los viajes que han hecho solas y que me invitaron a pasear juntas.
Cuando comenzó a dolerme la garganta por tanto descalzarme para entrar a templos –a veces con pisos mojados, otros de mármol, otros de tierra–, y por la subida a los rickshaws (mototaxis) que no tienen puertas, encontré a la maestra de yoga, igual de enferma que yo, y me regaló unas medicinas que pronto me compusieron.
Estaba ya dudando si irme a Nepal o quedarme en la caótica India, cuando se cruzó Kundal por mi camino, un indio amigo de Beatriz que es agente de viajes y a quien ella considera un hermano. Apenas supo que yo estaba en Delhi y me buscó en mi hotel. En unos minutos arregló lo que no me había sido posible: un boleto para llegar a Dharamsala.
Llegó por mí en su moto, cargó mi equipaje, me ayudó a ordenar mis próximos itinerarios, se encargó de hacer las próximas reservaciones y me dio todos los tips posibles. Fue toda una experiencia subirme a su moto y pasear con él, ¡yo, en moto por Delhi!, cuando en toda mi vida en México me he rehusado a subirme a una por miedo a caerme.
Ahora nosotros estamos en contacto, me pidió que me reporte diariamente para saber como va todo y si puede ayudarme. Yo solo pienso que uno nunca está solo en el mundo y en lo maravilloso que es poder compartir a un amigo, como Beatriz me compartió el suyo sin conocerme, y como Rodolfo me compartió la amistad de Beatriz, y así la cadena se va haciendo más larga.
En el camino de 12 horas a Dharamsala iba sola en el asiento hasta que se acercó un tibetano y comenzó a platicar conmigo. Al principio yo no quería hacerle caso, pero me ganó su plática. Resultó ser un especialista en medicina tibetana que viaja por el mundo para promover esa medicina basada en minerales, capaz de curar –según dijo– hasta el cáncer. Él nació en India hace 30 años y ahí vive en calidad de refugiado, pues tiene la nacionalidad de sus padres y sus costumbres. Siempre ha luchado por la liberación del Tibet, aunque nunca lo ha visto.
Me platicó también de la discriminación que sufre en India –donde tiene que sacar una visa para refugiados anualmente –. Dijo que no era aceptado ni en India ni en Tibet, y que si un día se le ocurre ir al Tibet pueden matarlo o encarcelarlo. Me contó de la invasión china, de que los pocos tibetanos que quedaron no pueden celebrar libremente sus ceremonias religiosas ni tener la foto del Dalai Lama en casa.
Mientras me decía todo eso, yo me dedicaba a matar mosquitos. Estaba eufórica matando a todos los moscos atrapados en el camión que me tenían toda enronchada.
Luego me dijo que sus papás estaban contentos de que trabajara para el Dalai Lama –”Su Santidad”, como lo llama– porque así en su próxima vida le iba a ir mejor. Y, no iba a reencarnar en algo peor como, digamos, ejem, ejem, un mosquito.
Al escucharlo me sonrojé inmediatamente. La situación nos dio mucha risa que nos duró hasta media hora, y yo además pidiéndole perdón por matar moscos. Sonriendo me dijo que cada vez que yo mataba un mosco, él pensaba para sí: “Pobre de esa persona que mató Marcela, va a tener que esperar su otra vida para reencarnar otra vez en otro mosquito hasta morir de muerte natural”.
Entre bromeando y en serio agregó que cuando yo muriera me iban a contar todos los moscos, ratas y cucarachas que había matado para decidir en qué iba a convertirme. Y si mi saldo era negativo seguro reencarnaría en algo peor. Algo así como un animal que esta encadenado en un zoológico. (GULP)
En eso me acordé de mi primera metida de pata en este país de religiones diversas. Fue en el avión de Hong Kong a India, donde iba sentada junto a un joven hindú de la casta de los brahamanes, que puso los pelos de punta cuando llegó la hora de los alimentos y yo pedí carne de vaca. Cuando me contó a media comida que la vaca es sagrada, que es vegetariano (cosa que yo sabía pero había olvidado) y que son sagrados los animales que están representados junto a sus millones de dioses, yo nomás me atragante. También se reía de que yo me apenara tanto, y me dijo que era normal, que respetaban a los no vegetarianos.
Bueno, volviendo a Tsetsen, el tibetano del camión, me invitó hoy a ir a checarme al centro de salud tibetano, donde con sólo tomarme el pulso me dirán que enfermedades tengo. Y ¡gratis!
Llegue a Dharamsala a las 7 de la mañana y en menos de 12 horas ya estoy enamorada del lugar. Es un pequeño pueblo lleno de monjes tibetanos, hindúes montañeses y personas todo el mundo que vienen a aprender budismo. Está en el pico de una montaña. Tiene calles angostas con comercios alrededor. Hay varios edificios como cabañas que son los ministerios del gobierno tibetano en exilio, así que uno va encontrando la Comisión Tibetana de Derechos Humanos (la voz de los sin voz), el ministerio de información y relaciones exteriores, el de salud, el de finanzas…
Me hospedé en un hotel pequeño que es atendido por agradables monjes tibetanos atentos siempre a lo que uno necesita. Me dieron el mejor cuarto, el que tiene tres ventanas para ver las montañas –todo esto por solo… 50 pesos–, e inmediatamente salieron a darme la bienvenida las vecinas de los cuartos contiguos: Eva, una viejita polaca que llegó a curarse de una enfermedad y ya lleva dos años y Christy, una maestra de Yoga de Nueva York que quiere profundizar en budismo.
A las 11 de la mañana ya andaba en el pueblo contiguo donde un sabio monje da clases de budismo a quien se presenta. Él se sienta en unos cojines sobre un templete y los alumnos nos sentamos en el piso. Habla en tibetano mientras una viejita traduce al inglés lo que va diciendo. La clase de hoy fue “como cultivamos el orgullo y el egoísmo” y qué hacer para desactivarlo.
En tono irónico explicaba cómo, buscando ser felices, rechazamos a los demás, que son la fuente de nuestra felicidad. Y hablaba de que ya perdimos mucho tiempo viendo por nosotros mismos, y de los beneficios de darse a los demás.
Al salir de la clase, que estaba llena de gringos y de monjes, conocí a otra amiga de Beatriz. Se llama Goromotso, es una chica que se sienta todo el día junto a las escaleras de la biblioteca donde son las clases a vender momos, una especie de empanada o de panecillo que esta rellena de papa o de espinaca, que vende a menos de medio peso las cuatro piezas.
Tiene 25 años, hace dos dejó Tibet, donde vivía en el campo con su familia, y se vino sola a trabajar. Casi no sabe hablar inglés, y le da miedo equivocarse al hablar, así que cada vez que intentaba decirme algo de pronto se quedaba callada y no seguía, luego se excusaba diciendo que no sabía inglés. Yo trataba de darle ánimo para que siguiera, pero le ganaba la pena a equivocarse.
Así, casi a señas, comenzamos a platicar y quedamos en vernos hoy por la tarde. Hace rato paso por mí, cenamos juntas, caminamos por las calles y vimos una procesión de monjes que llevaban con velas encendidas por los 6 millones de personas que –dicen– murieron durante la ocupación china y por los que han muerto recientemente en busca de la libertad del Tibet.
Goromotso me invitó a cenar mañana en su casa y es en estos momentos cuanto más pienso que uno nunca esta solo, que siempre hay alguien para ser descubierto y que cada persona es una nueva posibilidad de entablar una relación.
CARTA 6. POR LA LIBERACIÓN DEL TIBET
Pasé 3 días en Dharamsala, el pueblo enclavado en junto al Himalaya, donde está instalado el gobierno tibetano en el exilio y, por ende, el Dalai Lama. Hubiera podido pasar toda mi vida tratando de entender y profundizar las enseñanzas de los monjes budistas sobre la compasión, pero creo que me llevaría años, sino es que varias vidas, en practicarlas y yo sólo tengo un mes de vacaciones.
Diariamente, al inicio de la clase los alumnos entonábamos un canto en sánscrito, lleno de sonidos graves y cortos, que hacía vibrar las gargantas y provocaba tanta energía que yo sentía calor en las palmas de la mano.
En la última clase el Lama-maestro habló de la necesidad de despojarte, para dar; de la urgencia de deshacerse de todo y no tener nada extra, porque estorba; de lo difícil que es practicar la compasión con quienes son presumidos (“pues sólo practicamos la compasión con los que sentimos menos, con los que sufren, con los pobres”, decía); de la necesidad de educar a la mente para que siempre busque hacer las cosas que beneficien a los demás.
Dharamsala es un hermoso lugar de familias rotas. De jóvenes solos. De abuelos añorantes. En las paredes se ven pintas y calcomanías con “Free Tibet”, y en algunos árboles la foto de un niño seguido por la leyenda “Missing”, o extraviado. Cuando pregunté cómo se había perdido me dijeron que es el preso político más joven que existe, que el gobierno chino se lo llevó en 1995 cuando tenía seis años, porque en él reencarnó un Lama muy poderoso y hasta el Dalai Lama le tenía veneración. Desde entonces, no se ha sabido nada de él.
Aquí todo mundo añora vivir en el Tibet. Un ejemplo es Chuk-uan, el monje de 39 años que administraba la casa de huéspedes en la que me hospedé, quien a pesar de haber nacido cuando sus padres se refugiaron en India, me hablaba de los palacios de Lhasa (la capital) y me los describía a detalle, como si los hubiera visto alguna vez con sus ojos, aunque los conocía por película y fotos mil veces repasadas. Me decía que a veces hasta soñaba que estaba en Potala Palace. Y que cada vez que sabía que alguien llegaba de Tibet iba a pedirle que le contara más detalles. Me estremeció cuando dijo: “Si no es en esta vida, espero conocer Tibet en la próxima”.
La mayoría de los jóvenes y niños que viven en Dharamsala salieron de Tibet clandestinamente y temen que si regresan los encarcelen por su desacato.
Un día caminé por las montañas (me acompañaron en mi camino unos monos grandes y gordos de pelo blanco que iban saltando de pino en pino) hasta llegar a la punta del cerro, donde hallé un lago y mucho silencio. Encontré una pequeña ciudad de niños refugiados, con cerca de 7 mil. Ellos durante toda su primaria, y quizá en toda su vida, no volverán a ver a sus papás, que se quedaron en Tibet y los mandaron ahí para estudiar. Ya que, según ellos me dijeron, en su país la escuela es muy cara y casi nadie puede pagarla.
Cuando llegué me recibieron varios grupos de niños solos de 4 hasta 14 años. No vi a ningún adulto al principio, pues pocos viven con ellos. Los chiquillos me llevaron de la mano a que viera su comedor, sus cuartos, su escuela, me contaban sobre su vida y como deseaban volver a casa.
El último día de mi estancia en Dharamsala fui con Eva, la viejita polaca que era mi vecina en la casa de huéspedes, a conocer al Kharma-Pa, un Lama de 17 años famosísimo en el mundo budista, que huyó de Tibet hace 3 años y ahora es protegido por la policía india.
Dicen que en el reencarnó un Lama muy poderoso y sabio, y que el mismo Kharama-Pa reconoce que aunque tiene cuerpo joven en él habita una mente anciana . Todos los sábados, en un pueblo cercano, da un mensaje y va mucha gente a escucharlo.
A decir verdad no entendí casi nada de su mensaje y no me parecieron extraordinarias sus enseñanzas, así que me quedé dormida a media sesión. De cualquier manera fue deslumbrante mi primer acercamiento al mundo budista y me llevo de recuerdo del famoso Karma-pa, un cordón rojo que me dio y que me dijeron que por ello está bendito.
Lo más memorable de esta corta estancia fue la despedida. Un día antes habíamos ido varios a despedir a Christy, mi vecina neoyorquina de cuarto, a la estación, y fue muy emocionante. Yo pensaba que a mi nadie me iba a despedir. Pero casi lloro cuando veo que Goromotso y Namchen, un amigo de ella que me paseó en su moto, fueron de su pueblo al mío a ayudarme a cargar todo mi equipaje y a acompañarme hasta que saliera el camión.
Antes de abordar, cada uno me puso una banda blanca en mi cuello, que para los tibetanos es un regalo que trae “buena suerte”.
Y, cuando ya estaba el camión en su curso y ya llevábamos como 40 minutos bajando por el empinado y quebrado camino de terracería, oí que alguien gritaba mi nombre en la carretera. Cuando me asomé por la ventana vi a Tsetsen, el tibetano que promueve la medicina tradicional y que me acompañó en mi camino de ida y que me invito una noche anterior a tomar una cerveza.
Ahí estaba en la carretera, congelándose, me dijo que llevaba como 1 hora esperando a que bajara el camión para decirme adiós y desearme buena suerte. Yo me fui muy contenta, pensando en todo lo que había podido captar en tan pocos días, y en que mi próximo encuentro será con el mundo del hinduismo, porque voy al Río Ganges, el más sagrado para los hindúes.
CARTA 7. MUERTE Y VIDA EN EL GANGES (4, 619, 76 lineas)
Ayer vi mas muertos que los que posiblemente veré a lo largo de mi vida.
Estoy en Varanassi, la ciudad santa donde los hindúes eligen morir y a donde vienen a bañarse para purificarse en el sagrado y contaminado Río Ganges.
A las 5 de la mañana tomé un tour por el Ganges para ver cómo desde el amanecer la gente ya está zambulléndose y recorrimos en grupo varios de los principales templos de la religión hindú. Por la tarde, acompañada de Toni Giulianni, un italiano que es trotamundos profesional pues seis meses trabaja y los otros seis viaja–, fui a caminar por los escalones donde la gente se baña y donde los muertos son incinerados. Quedé impresionada con lo que vi, que espero describirlo con justeza.
A lo largo del gris y contaminado río, hay varias plataformas destinadas a diferentes tipos de gentes. Estan los llamados ‘ghats’ para ancianos, ‘ghats’ para hombres, ‘ghats’ para la gente avecindada en Vanarassi, los ‘ghats’ para foráneos, los ‘gaths’ para hombres santos y brahamanes. Así, infinidad.
Cientos de personas comienzan a despojarse de la ropa cuando llegan a la orilla. Una vez sumergidos comienzan a bañarse, a enjabonarse, a entonar cantos y orar. Antes de ir al río se preparan con algunas oraciones dirigidas por un brahamán y en las orillas hay algunos de los llamados hombres santos –cuerpo cubierto por la ceniza, pelo blanco hecho nudos y cara pintada– gritando y cantando.
Me impresionó que de esa agua gris beben y con esa misma se lavan los dientes y hacen gárgaras. Aunque está contaminada, para ellos es sagrada porque el río Ganges es una manifestacion de sus dioses y brota de los montes Himalaya, otro lugar santo.
A lo largo del río hay dos lugares dedicados a incinerar a los muertos. Uno, activado por corriente eléctrica (casi nunca utilizado); otro, activado con madera.
Desde la calle uno ve a los muertos van llegando anudados sobre los techos de las bicimotos que se estacionan para esperar el turno de que su pasajero sea incinerado. Los cuerpos van sobre una especie de camilla de bambú y envueltos en varias telas doradas con las que los cubren como momias. En un solo día puede haber hasta 300 incineraciones.
Cuando se desocupa algún lugar cercano al río, los familiares varones llevan al muerto a la orilla y lo sumergen varias veces en el caudal, a las mujeres no se les permite participar en la ceremonia. Luego comienzan a rociarle agua por todo el cuerpo. Si los varones se descuidan, la viuda puede arrojarse a la pira funeraria para morir con su marido, como se acostumbraba antiguamente hasta que la legislación lo prohibió.
Entre los cerca de 12 muertos que me tocó ver, me impactó una mujer. Su rostro se veía joven cuando la sumergían al río, tenía en la frente la raya roja que distingue a las mujeres casadas. Era morena y delgadisima. Me impresionó que la cabeza se le iba de lado, no podían mantenerla recta, y le tomaban de la cabeza una y otra vez y se la acomodaban, pero no se sostenía y se ladeaba mientras le echaban agua a la cara.
Mientras preparan la pira funeraria, el primogénito del muerto es rapado completamente por otros hombres que tienen cuchillos afilados y a cada rato le hacen sangrar la nuca. Despues, ponen al muerto sobre la madera encendida y a esperar alrededor de tres horas a que se consuma.
En esa espera ves cómo la envoltura dorada comienza a quemarse y quedan al descubierto las piernas ya negras por el fuego. Esa imagen de las piernas que no terminan de quemarse me impactaron.
Las clases sociales están muy bien definidas en esta ceremonia. Si el muerto es muy pobre y no tiene dinero para pagar, se le quema lejos del río y con madera que tarda en prender y que no consume todo el cuerpo. Si tiene algo de dinero se le acerca más a la corriente sagrada. Si es una persona rica, se le quema en la mera orilla, con madera de sándalo, la mejor para calcinar por completo, y hasta se deja que las vacas (señal de buen augurio) pasten cerca del cuerpo.
La ceniza que queda es aventada al agua. Si el muerto no se achicharró por completo, arrojan los pedazos del cuerpo restante al río, el mismo donde la gente se baña, del que toman agua, del que hacen gárgaras. A veces, se ven cadáveres flotando, de aquellos más pobres que sabiendo que se iban a morir llegaron a morir al río y que simplemente murieron flotando. Sin dinero o familiares que paguen su funeral.
Difícil ha sido digerir lo que vi. Al rato volveré a presenciar esa ceremonia en la que nadie llora, en la que todos saben bien que hacer y cumplen con solemnidad su papel, en la que se nota la devoción y fe de la gente.
CARTA 8. HOTEL CON HOMBRE INCLUIDO (5,779 car)
Hace tres días llegué Varanassi, llegué en tren desde Agra (donde vi el Taj Mahal, ese famoso palacio de mármol con una tumba dentro e inscripciones en las paredes) y creo que hoy me despido de aqui y me voy a Calcuta, ciudad que cambió de nombre y ahora se llama Kolkatta.
En Varanassi di mi brazo a torcer, rehusé a meterme a un hostal y busqué un buen hotel, lejos del centro y de la gente. La verdad es que ya me sentía algo intoxicada de la India y quería descansar. Comenzaron a salirme ronchas mentales al ver de nuevo tanta gente, tanto tráfico, todo mundo tocando el claxon, tantos vendedores pidiéndote que compres, tanta contaminación por ruido. Ahora entiendo eso que dicen algunos: A la India la amas o la odias, pero nunca quedas indiferente.
De pronto uno se siente perdido aquí, donde cada pedazo de tierra, cada banqueta, cada camellón, es disputado por familias enteras que quieren un lugar donde dormir. Donde todo lugar es buen lugar para hacer pipi o escupir. Donde los pordioseros te siguen varias cuadras, te piden que cheques que están mutilados, que te asomes dentro de su boca y veas que no tienen lengua o que veas los dedos que le faltan al leproso o la pierna del niño que tuvo polio, para ver si así te convences y les das una limosna. Donde todos te ven con cara de turista y te insisten a lo largo de varias calles que tomes sus servicios o compres lo que venden.
No pensaba buscar un hotel lejos de la gente y cerca de los turistas, pero lo hice cuando llegué al centro de la ciudad y comencé a inspeccionar un hotel de buena pinta, pero que por alguna razón dudé sobre instalarme o seguir buscando.
Para convencerme, el gerente comenzó a bajar el precio (aquí todo es regateable, todo, y los extranjeros debemos regatear mas. La regla de oro que me enseñó un indio es: “Si regateando consigues que te dejen a menos de la mitad del precio que te dijeron inicialmente, entonces puedes estar seguro que te lo están dando casi casi al precio real”).
Como todavía no estaba muy confiada de las bondades del hotel, para convencerme los empleados comenzaron a enseñarme en el mapa de la ciudad y a señalarme donde estaba la estación de policía y a explicarme qué calles aledañas sí estaban alumbradas.
El colmo, fue que me dijeron que si lo rentaba tendría asegurado un hombre a mi lado, cuidándome, para caminar por las mañanas o las tardes, y todo por cuenta de la casa.
Yo comencé a reirme por lo absurdo de la situación que estaba viviendo. Porque su propuesta era descabellada. “¿Y si salgo a correr a las seis de la mañana va a correr conmigo?”, les pregunté divertida. “Claro que sí”, respondió orgulloso el encargado. “¿Y si salgo a media noche a un bar y no vuelvo hasta la madrugada?”, reviré. “Desde luego”, era su respuesta. “¿Y será gratis?”. “Claro, gratis”.
Su ofrecimiento de tener cuarto con un guardaespalda incluido me convenció de que ese barrio no era seguro y me alentó a irme a las afueras de la ciudad y tomar tours para ir en grupo a todos lados o al menos ir acompañada.
Así fue como ayer conoci aquí en el hotel al italiano Toni Giuliani, el amigo con el que conocí las escaleras donde se sumergen los hindúes para bañarse en el río sagrado. Estuvimos acompañados por un matrimonio holandés. otros cuatro italianos y Thipati –el guía indio que tenía una entonación especial, como de cuentacuentos de terror, durante sus solemnes explicaciones–. Con todos ellos fui a recorrer de madrugada el Ganges y nos la pasamos divertidísimos porque los italianos no dejaban de hacer fiesta de todo y de festejar las actuaciones y gesticulaciones de Thipati para llamar nuestra atención.
Más tarde, ya con Toni –periodista seis meses al año, los seis meses que trabaja y que no está viajando– fui a caminar por las calles para ver por tierra lo que no pudimos ver por río. Fue ahí donde me encontré con el corazón de la religión hinduista, con el rito de la muerte en el sagrado río Ganges, que me dejó inquietísima.
Desde que ví a los cadáveres calcinándose y los restos flotar en el río, no quise volver a asomarme en ese lugar. Fue hasta el último día cuando pude reconciliarme con Varanassi.
Caminé por la tarde por el río hasta que cayó el atardecer. A las seis de la tarde, a la orilla del caudal, la gente se reúne y lanza al agua sus ofrendas (enorme hojas dobladas como barquitos de papel que llevan dentro pétalos de flores y veladoras), para pedir la bendición de Dios.
Lo hacen cantando y en medio de una ceremonia con ritos solemnisímos. Mientras se mete el sol, terminada la ceremonia, se bañan, conviven, queman incienso, oran unidos. Yo, por supuesto, puse mis ofrendas que el río se llevó y se perdieron entre un enjambre de luces que iban navegando solas, se perdían de vista en el infinito hasta que el río se las tragaba.
Estuve acompañada de tres niños callejeros que llegaron para ver la ceremonia y después me ofrecieron que me casara con el hermano de uno de ellos. Como ya aprendí los trucos para zafarme de los compromisos matrimoniales, les dije que era casada y les señalé a un turista que estaba cerca inventando que era mi esposo.
Cuando descubrieron que no era, comenzaron a buscarme entre sus conocidos a un esposo. A mí me divierte mucho que la gente no comprende que una no está casada, y cuando se entera no tarda en ofrecerme pareja para tener una boda.
Entrada la noche, inspirada por los cantos rituales, me subí a una barca para recorrer de nuevo el río y despedirme de él. En ese momento, a oscuras, me daban ganas de zambullirme como los demás, de echarme agua en la cabeza, de compartir con ellos su sentimiento de estar encima de agua bendita, de estar en los brazos de la madre que bendice. Pero confieso que me contuve al recordar que los cadáveres andan flotando por ahí.
CARTA 9. Días en Calcuta (6.014 car. 80 líneas)
Por la madrugada tomé un tren de 13 horas hacia Calcuta, y estuve todo el tiempo pegada a la ventana, viendo el paisaje de afuera e imaginando las historias de la gente que veía en el camino.
En cada estación vi gente que vivía en el anden y que estaba tirada en el piso, como si no esperara nada. En Varanassi vi como las ratas pasaban por encima de una viejita que dormía en el piso de la estación, al lado de donde yo esperaba sentada. La anciana se despertó, se espantó las ratas y se sentó a ver pasar los trenes. No tenia nada para comer y no sé en cuantos días no había comido.
Llegué a Calcuta a las 5 de la tarde, cuando ya había oscurecido. A mí, acostumbrada al Distrito Federal, me espantó este monstruo de ciudad, gris, sucia, llena de ruido, de esmog, de tráfico, de gente, de limosneros, de ratas, de basura, de vendedores.
Pagupe un taxi en el aeropuerto, y a medio camino, en un embotellamiento, se subió un hombre al taxi y se sentó al lado del chofer. Esa vez ya ni me espanté, ya me había acostumbrado a esas rarezas.
La primera vez que vi que un tipo se subió a mi taxi pegué un brinco, espantada, pensando que iban a asaltarme como en a ciudad de México; del brinco que di espanté al hombre que se subió. Entonces me enteré que se suben para platicar con el chofer, para acompañarlo, o simplemente le piden aventón a algún lugar, y el taxi pagado por ti se va llenando de gente.
Llegué a una casa de huéspedes donde dormí en un cuarto compartido con tres chicas. Salí a buscar por los alrededores algo para comer, pero no me animé a probar nada. Hay días que sobrevivo a base de cacahuates, plátanos y mandarinas.
En Varanassi me había comprado un sari rojo para camuflajearme y parecer india, y evitar las persecuciones visuales, pero mi estrategia no dio resultado en Calcuta, porque todo mundo que me veía pasar me gritaba: “Hellou, mademoiselle…” Después supe que el sari que compré es de otra zona y la gente inmediatamente nota que no eres local. Lo chistoso es que aquí mucha gente me ha preguntado si soy israelí o iraní. Aquí nadie piensa que soy india.
Calcuta es el punto final de mi viaje, pero también mi puerto de llegada y un referente importante en mi vida. A pesar de que estoy en la ciudad más fea de todo el viaje, aquí es donde he sido mas feliz. Aquí di un giro a mi viaje. Ahora mi día comienza a las 5 de la mañana, cuando me levanto para lavarme la cara, ponerme algo encima y comenzar a caminar hacia la llamada “Mother House”, la casa de la Madre Teresa.
Cuando el sol recién sale estoy caminando a través de un barrio musulmán que a esas horas comienza a despertarse.
En el camino veo a algunos mendigos que se están desesperazando y a esa hora no piden dinero, sólo saludan sonrientes cuando te ven pasar de largo; señoras haciendo fila para sacar agua de las llaves callejeras; los rickshaws platicando alrededor de cafeteras donde les venden té negro con leche.
Me sorprendí de ver que los verdaderos rickshaws, los hombres-caballo que con su cuerpo jalan el carro donde llevan a los turistas, todavía existen. Yo pensaba que ese medio de transporte ya había cambiado, que ya todos llevaban bicicletas. Pero, no. En Calcuta los ves por lados ves, flaquitos todos, desnutridos muchos, jalando la especie de carroza donde llevan a uno o dos pasajeros, tratando de mantener el equilibrio, sacando el pecho para que no se los lleve el peso, sudando a chorros, cansados, jadeando, dejando pedazos de pulmón en cada escupitajo, siguiendo a como de lugar.
Trabajo en las casas de las misioneras, acompañada de decenas de personas, católicos y no católicos, que vienen de todo el mundo a ayudar en las leproserías, las casas para moribundos, los orferinatos, los dispensarios, los suburbios, los hospitales o los psiquiátricos que tienen las misioneras de la Madre Teresa. Chistoso.
Aunque Calcuta es una ciudad horrible quien pasa por aquí invariablemente se queda a ayudar en algo, aunque no lo haya planeado al comenzar el viaje, aunque el viaje sea de placer.
De mi trabajo platicaré en la siguiente carta. Sólo me resta platicarles que en la calle de la casa de huéspedes donde vivo esta llena de “voluntarios” que trabajan en las casas de la Madre Teresa, o en suburbios perdidos dando clases, o en dispensarios médicos independientes. Entonces, uno nunca esta solo. Siempre hay con quien comer, con quien platicar, con quien ir al cine, alguien nuevo a quién conocer.
Puedes empezar el día sola, sin conocer a nadie, y terminar cenando con seis amigos que conociste durante el día, como me ocurrió el viernes.
El dormitorio en el que vivo por esta semana lo comparto con cinco mujeres. Una es una enfermera gringa de unos 40 años que toca la guitarra por las tardes y siempre tiene una sonrisa y un chiste en la boca. Ella trabaja en un dispensario y ahorita mismo está atendiendo a una señora que vive en la banqueta de nuestro hostal y que contrajo malaria.
En la otra cama duerme una francesa de unos 40 años también, que cuando quiere va a ayudar a una casa para niños enfermos, y cuando no se va de parranda por ahí, de disco en disco con amigos, y no llega a dormir. En Francia es secretaria.
Hay una muchacha alemana con argollas en la nariz y en los labios, como de mi edad, que es trabajadora social y está buscando algún proyecto en el cual involucrarse.
Al fondo duerme una viejita irlandesa que es burócrata en su país y cada que reúne dinero pide vacaciones y vuelve a regresar a Calcuta para ayudar a las monjas en diferentes cosas. Ella sí que parece monja, siempre seria, con una sonrisa discreta, dispuesta ayudar.
Por ahora está una coreana que hoy regresa a su país. A mi llegada fui recibida con la apertura de dos botellas de cerveza, introducidas clandestinamente al cuarto, con las que brindamos, compartimos cigarrillos y una buena charla nocturna donde hablamos de todo y de nada.
Bueno, me voy. Quedé de verme con una amiga chilena para ir a comer. Los invito, si quieren tomar un avión pueden alcanzarnos, sino va en su honor. ¡Salud!
CARTA 10. Trabajando con niños de basureros (5,064 car.)
Hola. Sigo viva. Hasta el momento no me ha picado un mosco con malaria ni me ha mordido un chango rabioso. Todo va perfecto, en Calcuta estoy muy ocupada viviendo por una semana mi otra vida posible, aquella que finalmente no elegí, y cada jornada termino agotada.
Aquí mi día empieza a las 5 de la mañana, cuando Calcuta apenas despierta. Media hora después estoy caminando hacia la famosa “Mother House”, la casa de Madre Teresa, para escuchar misa a las 6. En la misa nos acompaña una monja que siempre está descalza, sentada en el piso, encogida, mirando hacia abajo rezando, con su inseparable rosario en la mano. Es la Madre Teresa, o mejor dicho, una escultura de ella tan real que a veces creo que respira y que acaricia su rosario como lo hacía en vida. Está sentada en la misma posición, de la misma manera, en el mismo extremo de la capilla como cuando la ví en Roma.
Su tumba está en el primer piso del edificio. Es blanca, austera, plana y sin adornos, únicamente tiene una inscripción que dice: Ama a los otros como yo te he amado. Como a la Madre le hubiera gustado.
Después de misa todos los voluntarios tomamos un desayuno que consiste en plátanos miniatura, un pedazo de pan y un té negro con leche. Ahí platicamos todos los que vamos a “voluntariar” ese día (somos de 30 a 50 en el desayuno, aunque la mayoría no pasa a desayunar y desde sus hoteles se van directamente al lugar donde les tocó trabajar).
Por las mañanas trabajo en un lugar emblemático: Shishu Bavan, la casa que fundó Madre Teresa el día que recogió de la basura a un niño recién nacido que encontró envuelto en un pedazo de periódico. Es un orfelinato y casa de adopción, y yo colaboro en el áre de niños discapacitados, ésos que nadie quiere adoptar.
Shishu Bavan está lleno de pequeños huéspedes, algunos de ellos recogidos de la basura porque en esta sociedad las madres solteras son condenadas duramente y excluídas de toda amistad. Otros fueron abandonados en la calle cuando el hambre apretaba y no había qué darles para comer.
Aquí siempre hay trabajo. Ya sea barrer, trapear, lavar ropa, cambiar pañales, limpiar mocos, dar papilla, desinfectar ropa, repartir medicinas, bañar niños, averiguar porque están llorando, tranquilizarlos, acostarlos…
Me dedico principalmente a lavar ropa, a tratar de calmar a los niños que lloran, a dar masajes a quienes tiene problemas musculares o a ayudar a quienes tienen alguna dificultad. Algunos me estrujan, como un niño que lloraba y lloraba desesperado y nadie podía calmarlo. Decidí sacarlo de la cuna y dejarlo un momento a que gateara, para descubrir qué quería y él fue gateando lejos hasta que recogió del piso una galleta que desde su cuna veía. Nomás se la metió en la boca y dejó de llorar.
Hay otro que siempre ve hacia la calle. Eso es lo único que hace. No juega, sólo mira hacia afuera y se aferra a los barrotes de la ventana. Sólo así deja de llorar. Junto a él me pregunto si estará buscando a sus papás o si recordara algo de su vida en la calle.
En Shishu Bavan trabajan unas mujeres indias que son descuidadas con los niños y les gritan mucho. Sólo dos de ellas son amorosas, dos que se criaron aquí y tienen mi edad. Cuando las veo pienso que cuando yo estaba en casita y tenía todas las atenciones, la Madre Teresa las recogía de un basurero.
El primer día que llegue conocí a Dafne, una chilena de mi edad, que es judía y decidió poner una pausa a su viaje de un año por Asia para ayudar aquí, como hacen muchos que he encontrado.
Ella desde el principio me dijo: “Mira, Marcela, si vos querés puedes hacer limpieza, pero eso lo pueden hacer las mujeres que trabajan aquí. Lo que los niños necesitan, que vos podes hacer y que ellas no hacen, es besarlos, abrazarlos, acariciarlos”.
Desde ese día, Dafne y yo somos cómplices en ese estilo de trabajo que tanto molesta a la monja que está a cargo de esta casa y que nos regaña por sacar a los niños de la cuna para mecerlos o por dedicar mucho tiempo a untarles crema en la piel y hacerles masaje o hasta por cargarlos. (Es terrible, ella no quiere que nadie toque ni a los recién nacidos que mas necesitan sentir los brazos y el calor de alguien).
Hay unos 10 niños que están siempre en cama, pues tienen tales deformaciones que no pueden moverse ni hacer nada sin ayuda. Unos de esos son adolescentes o adultos que han pasado toda su vida en este orfanato del que no van a salir. Al fondo de la sala están los recién nacidos y una treintena mas de niños que tiene algún tipo de discapacidad, ya sea que le falte una pierna, tenga problemas mentales o no pueda ver, andan de arriba para abajo todo el día.
Historias hay muchas. La que más me impresiona es la de Putti, una nena de 3 años que parece de 6 meses. Cuando la trajeron de la calle estaba tan desnutrida que no podía comer, todo lo vomitaba al grado de que tenia llagada la piel alrededor del labio. No tiene pelo. Es un esqueletito, casi sin músculo y con la piel maltratada, el rostro de anciano y el cráneo medio inflamado.
Ella es la “niña de Dafne”. Diariamente, Dafne la cuida, le platica, le canta, la acaricia, y Putti ya ha comenzado a comer, a ganar unos kilitos –pocos, supongo, porque todavía se ve flaquitita—y a veces hace una mueca que parece sonrisa, aunque todavía conserva esa mirada de terror.
CARTA 11. UN LUGAR PARA BIEN MORIR (5,666 car.)
Por las tardes, en Calcutta trabajo en un lugar conocido por todos como Kalighat, aunque no se llama así. A ese lugar lo conocí primero por un libro que contaba la siguiente historia: Un día caminaba una monja por la calle en tiempos bajo la lluvia. Todo estaba inundado por el monzón. Caminando tropezó con un bulto en el piso. Al fijarse se dio cuenta que ese bulto era una anciana que moría ahogada. Le tomó el pulso; todavía estaba viva. La cargó como pudo y la llevó al hospital más cercano. La depositó en una camilla, pero una enfermera le gritó que se la llevara, que ahí no podían atenderla porque no tenía dinero para pagar. Cuando la cargaba hacia otro hospital, la mujer expiró. Al día siguiente, la monja fue a quejarse a las autoridades locales y les dijo que en Calcuta hasta un perro muere mejor atendido que una persona.
Esa semana la Madre Teresa fundo su primera casa: Khaligat, el lugar para los moribundos. Ubicada exactamente enseguida del templo de la diosa Kalhi, a un lado de un brazo del río Ganges, que los hindúes escogen para ir a morir (eso le generó problemas a la Madre Teresa, un día los vecinos la quisieron apedrear por establecerse ahí).
A Kalighat son traídos diariamente los ancianos que agonizan en las calles, afuera de los templos o en la estación de tren. Cuando estos ancianos se convierten en una carga para la familia, generalmente sus parientes toman un tren a Calcuta y en la estación los botan.
Los huéspedes de Kalighat son mayoritariamente ancianos, pocos son jóvenes. La mayoría muere de tuberculosis. Son tan flacos, con la piel como pellejo restirada sobre el hueso, que recuerdan a los sobrevivientes de los campos de concentración. Unos de ellos apenas se mueven. Y si tienen la fortuna de sobrevivir gracias a los cuidados, las medicinas y los alimentos que ahí se les dan, tienen que volver a la calle a mendigar, pues no pueden quedarse a vivir en ese lugar.
Para algunos este lugar es insoportable y patético este lugar (Madre Teresa decía que quería que todo el que llegara a Khaligat supiera, aunque fuera antes de morir, que alguien lo había amado alguna vez), y salen asustados de lo que ven.
Otros sentimos que aquí se respira solidaridad y esperanza, a pesar de que cada dos o tres días alguien muere. Entre los propios enfermos y los voluntarios no faltan detalles de solidaridad que te sacan lágrimas (como ver a los enfermos mas jóvenes acariciar por horas a los viejos).
Este lugar toca a cualquiera, a nadie deja indiferente y causa polémica. Ayer, por ejemplo, la ambulancia llevó a un joven desnutrido y con el cuerpo lleno de heridas con pus y larvas dentro, y sin algunos trozos de carne que habían sido mordidos por las ratas. Por la noche, escuché a un voluntario quejarse porque les daban demasiada comida a esos moribundos que estaban a acostumbrados a comer basura.
Hay momentos terribles, en los que no encuentro fuerzas para acercarme a ayudar a las enfermas. En esos momentos trato de reconocerme en ellas y a veces me cuesta mucho trabajo. Generalmente están escondidas debajo de su sábana, pero cuando me acerco sacan algunos dedos, y cuando empiezo a acariciárselos sacan la mano, poco después el brazo, luego la cabeza… Algunas de ellas lloran, una de ellas, la más enferma que está en puros huesos, comienza tararear una canción que me parece lúgubre. Yo trato de pensar qué habrán sufrido y vivido para haber llegado a ese estado, para haber sido abandonadas, para llorar de ese modo y estremecerse si alguien les toca la piel, para besarte las manos en agradecimiento porque las tocaste.
Este lugar toca a todos. Jendrew, un amigo polaco-neozelandés, me contó el otro día que el doctor avisó un enfermo de tuberculosis de la sección de hombres que moriría esa noche. Así que Jendrew se sentó junto a su cama, estuvo con él las tres horas que nos permiten ayudar ahí, cantándole, acariciando su mano, dándole agua, y rezando por él y llorando juntos.
Al final del día me dijo que junto a ese desconocido había aprendido la lección más importante de su vida que era no preocuparse por el futuro sino vivir el presente, ya que él toda su vida ha estado preocupado por lo que vendrá. Tras esa experiencia, Jendrew decidió irse a vivir a Calcuta unos años y abandonar la carrera.
No todos los momentos en Kalighat son tristes, también hay momentos felices que puede ser provocado por reunirte alrededor de una tinaja, lavando ropa sucia, con un jubilado italiano rico que dejó todo para ayudar aquí (cuando le pregunte por que había venido me respondió con una enorme carcajada: “¿Por qué más? Porque creo en Dios”), un anciano desempleado japonés que no tiene oportunidad de conseguir trabajo en su país y decidió gastar sus últimos ahorros aquí, una francesa universitaria que andaba de vacaciones, un joven asiático de un país del que nunca había oído hablar y un músico español que vino a drogarse un poco a esta ciudad y acabo ayudando.
En Kalighat hice a mis mejores amigos que tuve en Calcuta: Jendrew, el polaco, y Soma, una chica inglesa de padres bengalíes que comenzó en Calcuta su viaje de 6 meses por India y de camino al templo de Kali vio la casa de la Madre Teresa, se metió y al ver a los enfermos pidió un mandil para ayudar, y ahora esta pensando en quedarse un mes por acá.
Me despido, me tengo que ir a mi cena de despedida que me prepararon varios amigos en el techo de su hotel. Mañana salgo rumbo a Delhi y ahora mismo es la fiesta del Ramadán y los musulmanes han cerrado todos sus negocios, visten sus mejores galas, salen a la calle, rezan juntos y tienen fiesta. El tráfico se paraliza, y por los altavoces solo se oye la voz aguda de alguien que reza.
12. NO HAY VISA PARA PERIODISTAS (6,874 car.)
Por poco y no la libro, pero finalmente Lo logré. Estoy en Hong Kong, pasé aquí una noche, y en dos horas ya estaré en el aeropuerto para tomar mi próximo avión. Estuve a un pelo de quedarme por lo menos una semana más en la India porque cometí un error terrible, de principiante, que casi me cuesta mi vuelo de regreso.
Y es que yo había elegido Bangladesh como mi lugar de salida hacia México. Así que una semana antes de la fecha de salida fui al consulado de Bangladesh en Calcuta, para sacar mi visa. Todo iba bien, hice fila, me dieron el formulario, lo contesté mecánicamente, sin pensar mucho, y cuando lo entregué, me di cuenta que había cometido un errorsote, y recé para que no lo vieran, pero… lo vieron.
¡En el espacio donde tienes que escribir tu profesión, puse que era periodista! Acto seguido: me aventaron mi pasaporte, mis fotos y la aplicación y me gritaron: Los periodistas no entran a Bangladesh.
Pedí hablar con el cónsul y me tuvieron horas esperando en un cuarto con otras personas. El hombre de las aplicaciones pasaba y se burlaba de mí. Luego me empezó a decir algo, y como le pedí que hablara mas despacio porque no entendía nada, me dejó con la palabra en la boca y se fue carcajeándose. Luego me pasaron el teléfono para que hablara con un hombre que me dijo que sin carta de la cancillería mexicana dirigida al ministerio de relaciones exteriores de Bangladesh, no iba a poder entrar.
Les expliqué que sólo quería ir al aeropuerto a tomar el avión, le leí mi boleto, le dije que iba a estar pocas horas, que era periodistas de una revista que se dedica a promover el turismo y que si Bangladesh me gustaba escribiría algo bueno. Le supliqué que me dejara pisar su país y su reacción fue colgar el teléfono.
Horas después, un empleado se desesperó de que yo seguía ahí y le dijo a un alto funcionario que me atendiera. No supe si seria el cónsul, pero estaba rodeado de guaruras. Cuando le empecé a explicar mi problema y traté de acercarme para enseñalarle que ya tenia el boleto de avión comprado para salir de Dacca y que de ahí salia a Hong Kong me gritó que no me le acercara, que no me quería tener cerca, que no iba a entrar nunca y remato con un: “No visa for journalists”.
En ese momento me di la vuelta. Odié a todas las culturas machistas por unos minutos. Odié también a Bangladesh. Nomás me di la vuelta y se me salieron las lágrimas, me fui llorando por la calle con bastante sentimiento, me sentía humillada, discriminada, agredida. Pensaba en lo que significa que tu labor sea usar la pluma y el miedo que le tienen a eso. Sentía en carne propia lo que viven aquellos que por su religión, sexo, clase social o color son discriminados, y les niegan los accesos.
Cristóbal, un amigo español que conocí en Calcuta me dijo que si me hubiera acompañado a un hombre posiblemente si hubiera obtenido la visa, porque seguramente les molestó que una mujer hablara con ellos. Y Rafael, un mexicano que desde hace dos años recorre Asia y que conocí en Calcuta, me dijo que solo me hubieran hecho caso si hubiera llevado a un montón de hombres, porque cuando les echas montón, te atienden.
Cuando llegué a la casa de huéspedes y les conté a mis amigas de cuarto lo que me pasaba, se me llenaban los ojos de lágrimas y se me cortaba la voz. Todas trataron de ayudarme, conectándome con amigos que han viajado a Bangladesh, pensando nuevas opciones, haciendo llamadas telefónicas. Se portaron re bien.
Cuando vieron que nada resultaba, Kim, la enfermera gringa me dijo: “¿De que te preocupas, te quedas aquí y cual es el problema?”. Agregó que para que no me sintiera triste me iban a ampliar la foto del horrible actor hindú que pegué sobre mi cama (rodeado de una corona de flores, símbolo de veneración) y que bromeando les dije que era mi novio.
Por la noche me enteré que fui una víctima del post 11 de septiembre, pues había un rumor de que las bases de Al-Qaeda operaban libremente desde Bangladesh. Por eso el “no visa para periodistas”. Pero, yo no lo sabía. Los periódicos que leí en la India traen puras notas rosas, y de pronto en algunos recuadros, uno encuentra notas de 2 párrafos que debían de ser primera plana pero aquí no lo son.
Con noticias como que pusieron una bomba en un Mc Donald en India y que murieron unas 50 personas, u otra que leí antes de irme acerca de una turba furiosa porque un camionero atropelló a alguien en la calle, roció de alcohol el camión y le prendió fuego con todo y los 50 pasajeros que llevaba dentro.
Por varios días estuve tratando de buscar nuevas opciones. Hice una lista de tácticas a seguir, que iban desde subirme al avión sin visa y ver que pasaba hasta irme por tierra pagando mordidas hasta pedirle el milagro a la Madre Teresa. Todo cabía en mi lista, hasta pagarle a unos pordioseros para ir de nuevo al consulado para que le echaran montón al cónsul y que me dieran la visa (esta ultima la deseche cuando pensé que podía propiciar una masacre, ya que el consulado esta militarizado, entre la gente que aplica para las visas hay policías infiltrados –uno de ellos me contó que era infiltrado– y las ventanas están selladas con ladrillos por si las dudas.
Un día decidí ir a la frontera a pedir mi visa. Cuando le platiqué a Rodolfo, mi amigo periodista mexicano, no le pareció muy buena la idea, pero no había muchas opciones. Lo mejor de todo fue que Jendrew, mi amigo polaco-neozelandés, se ofreció a acompañarme a la frontera hasta cerciorarse de que tuviera la visa, por si me negaban la entrada. Su gesto me conmovió muchísimo.
Pero, para mi mala suerte o quizá buena suerte, todo ese fin de semana fue de puente en Bangladesh por la fiesta del Ramadán, y todos los musulmanes dejan de trabajar. Luego, en la línea aérea me dijeron que no había cupo para volar de Delhi a Hong Kong. Y todo se empezó a enredar. Yo ya me imaginaba pasando la Navidad en India, hasta que providencialmente, una de las tantas veces que fui a la aerolínea, salió de una oficina una señora, que escuchó mi problema y les dijo a los empleados que pusieran una clave e hicieran una llamada… y en un minuto me encontró espacio en el vuelo. La solución me salió más barata que la visa y el pasaje a Bangladesh.
Así que ya estoy aquí, en la ciudad de los rascacielos y los aparatos electrónicos, en medio del derroche y del lujo (hasta hay escaleras eléctricas por las calles empinadas para que no tengas que caminar). Sonriendo todavía con la despedida que me hicieron mis amigos de Calcuta, donde recibí uno de los mejores regalos que me han dado: el cascabel de un hombre-caballo, un rickshaw, el mismo que usan todos para llamar la atención y buscar pasajeros y ofrecer sus servicios.
Me lo dio Jendrew de despedida sin saber que yo estaba en Calcuta posiblemente a raíz de que leí la historia de ese campesino que para no morirse de hambre se fue a Calcuta y se convirtió en rickshaw.
2. Periodismo como luz al final del túnel de la desesperanza
In General on Agosto 31, 2005 at 10:03 pmSeguimos explorando la propuesta del periodismo que busca-soluciones que dio vida a este grupo de discusión entre periodistas activo en este blog y en http://mx.groups.yahoo.com/group/periodismo_de_esperanza/. Esta quincena tenemos otro artículo del periodista colombiano Javier Darío Restrepo, promotor de la iniciativa, quien nos dice que el periodismo se debe adelantar al futuro. En esta ocasión pone un ejemplo concreto de cómo sería cubrir un conflicto en el que hubo desplazados, bajo este nuevo paradigma.
La luz al fondo
Por Javier Darío Restrepo
En 1960, John Tebbel, escritor e investigador de asuntos de periodismo, escribió en su “Breve Historia del Periodismo en Estados Unidos”, una definición de noticia que hizo saltar en pedazos las que hasta entonces se habían aceptado en las redacciones de los diarios. Dijo Tebbel: “noticia no es lo que pasó, ni lo que está pasando, es lo que va a suceder”.
Si esa definición se le aplicara a un trabajo periodístico sobre los desplazados, por ejemplo, se impondría una tarea de reportería para averiguar qué les va a pasar a los desplazados; tarea que ya cumplen muchos periodistas de alguna de estas maneras:
Cómo contar desgracias
a.-Siguiendo pasivamente la cadena causa-efecto. El hecho se examina a partir de sus antecedentes y contexto para descubrir cuáles serán sus consecuencias; lo que en el ejemplo propuesto equivale a contar el drama que acompaña a todas las guerras, que es el desplazamiento forzado de los más débiles, con su efecto de siempre: el cambio de propietarios de la tierra. Los señores de la guerra o sus amigos se convierten en terratenientes y los desplazados quedan sin tierra. Este hecho explica históricamente el drama de los desplazados y, al mismo tiempo, permite anunciar lo que seguirá para ellos y la suerte que correrán las propiedades que tuvieron que abandonar.
b.- La otra manera de afrontar el futuro de una noticia va más allá de ese anuncio teórico y distante. En vez de eso el periodista puede inducir el futuro. A finales del siglo pasado el periodista brasileño Geraldinho Vieira propuso una información de propuestas y de soluciones que le agrega a la noticia, como parte esencial de su relato, los resultados de una investigación sobre las posibilidades de solución y salidas que tiene la historia que se ha contado. Según esto, la historia de los desplazados se debería contar en dos partes: en la primera se concentrarían todos los datos del problema, las voces de los desplazados, la recreación de los escenarios que enmarcan su sufrimiento. Pero en una segunda parte el periodista tendría que recoger las voces de los sectores de la sociedad que deben responder por los desplazados; habría que apremiar a expertos, investigadores y autoridades para que digan qué soluciones hay o son posibles, con el fin de redondear la noticia con esta parte, a menudo oculta de la realidad: las salidas que tiene el hecho.
El futuro, bajo sospecha
Esta segunda parte de la noticia se les ha dejado a los especialistas en periodismo de profundidad, o se mantiene bajo la sospecha de estar contaminada de opinión; en uno y en otro caso se desconoce que la consecuencia de un hecho, esto es, su dimensión de futuro, es parte del hecho y que presentar una noticia sin esa dimensión es hacer un trabajo informativo incompleto.
Hay, pues, una distancia grande entre la noción de noticia de comienzos del siglo XX (lo insólito, lo sensacional, o lo escandaloso) y la que está emergiendo entre las crisis de comienzos del siglo XXI. Más que una mecánica recolección de hechos raros para lectores que compraban su periódico para distraerse y satisfacer su curiosidad, el periodismo de hoy hace un examen integral de los hechos para corresponder a los intereses de sus lectores y de la sociedad; la verdad del periodista de hoy es el registro exacto de los hechos diarios, pero no es sólo eso: abarca el pasado del hecho, su contexto presente y sus consecuencias, porque una visión desde la sociedad y desde la vida de las personas enseña que no hay hechos sin efectos. El buen periodista siente el deber de descubrir esos efectos, de preverlos y de informar sobre ellos para que sus lectores actúen y ejerzan control sobre las consecuencias previstas.
La crónica sobre los desplazados debería generar, por ejemplo, una movilización para proteger la propiedad de sus tierras, que no se dio en el pasado porque ese despojo se aceptó con resignación y como un destino ineluctable; podría y debería darse hoy como efecto de una acción periodística capaz de movilizar a los agentes de las soluciones.
Hay, pues, dos técnicas periodísticas para relatar las crisis de la sociedad de hoy. La que cuenta los dramas con la misma impavidez con que un historiador distante relata hechos sobre los que no tiene ni pretende tener control alguno. Son hechos que el relator despoja de toda dinámica porque les suprime su dimensión de futuro.
La otra técnica es la que descubre que, junto con la dimensión de futuro está la veta de las posibilidades y de las soluciones. El relator que la utiliza se despoja de la frialdad y de la lejanía de los que contemplan la historia desde la barrera, entra al escenario y asume que, al informar, se puede cambiar la historia y que en el largo túnel de las desgracias, personales o colectivas, siempre hay una luz al fondo.
Es el gran avance en la concepción de la noticia y en el periodismo de hoy: no se limita a divertir con pequeñas historias ociosas; asume las grandes historias de la sociedad, se asoma al futuro de esas historias, induce una búsqueda de soluciones y se convierte en el más eficaz estímulo para la esperanza, en un momento en que la supervivencia de los individuos y de los pueblos depende de su victoria contra la desesperación.
**
(Artículo tomado de la versión en Internet del periódico El Colombiano, fechada el 19 de octubre del 2002, donde Restrepo colaboró en su calidad de Defensor del Lector)
¿Un periodismo para dar esperanza?
In General on Agosto 18, 2005 at 1:54 am“Tengo dos noticias: una buena y una mala, ¿con cuál quieres que
empiece?” es una conocida treta verbal que se usa coloquialmente
para aminorar el impacto de un anuncio. Curiosamente, como
periodistas, nunca nos preguntamos si a nuestros lectores les
gustaría que les ofreciéramos esa alternativa antes de sorrajarles
en la cara todo el menú de desgracias y sinsabores que suelen nutrir
las primeras planas, como si lo único que valiera la pena consignar
es aquello que documente cuán miserable puede ser la especie humana.
Suena a broma, pero no lo es.
Por la formación que recibimos, la dinámica de nuestra labor, la
estructura de nuestras empresas y un sinnúmero de situaciones, los
periodistas generalmente nos quedamos en el enunciamiento de los
problemas, en la reproducción de declaraciones y el destape de
escándalos.
Varios colegas hemos coincidido en que algo falta en nuestra manera
de hacer periodismo, pues los ciudadanos se quejan de que las
noticias que reciben les dicen poco sobre su realidad cotidiana o
los dejan paralizados o sin ganas de informarse.
En otros tiempos contestaríamos: “A nosotros no nos culpen, somos
meros espejos de la realidad”; pero esa justificación ya no nos va.
Pensamos que necesitamos hacer algo distinto: apostarle a un
periodismo que –con datos precisos, contexto, mirada fresca,
estrategia, exploración de causas y caminos de acción–, ofrezca
alternativas al lector e impulse la solución de los problemas.
En suma, un periodismo que busque soluciones, pues creemos que la
propuesta (y no sólo la denuncia) también es noticia.
Para eso, creamos este blog
www.periodismodeesperanza.blogspot.com,
en el que a partir del 15 de agosto publicaremos, cada 15 días, un
texto que nos invite a la reflexión sobre este tema.
Y un grupo de discusión
http://mx.groups.yahoo.com/group/periodismo_de_esperanza/
abierto a la participación de periodistas y gente interesada en los
medios, donde discutiremos el periodismo que hacemos y el que
queremos. (si te interesa métete a la dirección que aparece y suscríbete)
Entre nosotros también surge el debate: ¿ése es el papel de los
periodistas?, ¿buscar soluciones sobrepasa nuestra función?, ¿nos lo
permite la objetividad?, ¿qué tanto podemos mudar una realidad?,
¿somos meros espejos de la realidad o podemos ser agentes de
cambio?, ¿es practicable esta idea?
Aún estamos explorando las respuestas, pues pensar en soluciones
significa, de entrada, pensar en algo nuevo incluso para nosotros.
Este grupo de pensamiento formado por periodistas (mexicanos en su
mayoría) es un primer punto de partida para mudar la mirada,
pararnos desde otro lugar, hacer las cosas diferentes, explorar el
periodismo de lo posible, el de búsqueda de soluciones, el que da
esperanza.
Inauguramos nuestra discusión con el articulo “Periodismo, más
necesario que el pan”, aportado para nuestro sitio por el periodista
colombiano Javier Darío Restrepo, quien nos recuerda que hay dos
formas de contar la misma historia y de hacer periodismo: una que
genera pasividad en el lector y otra que invita a la acción.
Nosotros queremos sumarnos a la segunda. Y te invitamos a
acompañarnos en la exploración y ensayo de ese periodismo.
Diseñemos el periodismo que queremos
In General on Julio 22, 2005 at 12:04 pmParticipa en:
http://mx.groups.yahoo.com/group/periodismo_de_esperanza/
Los lunes, cada 15 días, incluiremos un nuevo texto para discutirlo.
I. PERIODISMO, MÁS NECESARIO QUE EL PAN
In General on Julio 17, 2005 at 7:27 amPeriodismo más necesario que el pan.
Javier Darío Restrepo*
Discurso leído en el Foro 10 años de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)
Bogotá, 28-06-05
Zlatko Dizdarevic supo que su periódico era más necesario que el pan el día en que los guerreros lo incendiaron. Liberación era el único periódico que se publicaba en Sarajevo, y a pesar de la destrucción total de sus equipos e instalaciones, al día siguiente del incendio circuló como de costumbre y aunque los ejemplares se vendieron al doble de su precio, la edición se agotó en manos de lectores que apenas si tenían el dinero suficiente para comprar pan.
¿Y cómo se explica que un periódico pueda llegar a ser más necesario que el pan? le pregunté a Zlatko. El me respondió con la misma seguridad con que se formulan los axiomas o las verdades rubricadas por la experiencia: “porque en las crisis la gente puede vivir sin pan, pero no sin esperanza.”
Esta es una historia que en los talleres de ética se escucha y se comenta con emoción porque tiene la fuerza de una revelación: un periódico llega a ser más útil que el pan cuando se convierte en un viático de esperanza para gente que sufre en las crisis.
Y por desmesurada que parezca, es una aspiración que está en la misma linea de las que han inspirado a los promotores de cambios en el periodismo en los últimos 50 años.
Recuerdo a Neale Copple con su propuesta de profundidad y de análisis en los años 60; en esa década llegó también a las redacciones el proyecto revolucionario del Nuevo Periodismo, con precursores como Tom Wolfe, y en los años 70 Philip Meyer, con su Periodismo de Precisión, ahondó aún más en la necesidad de acortar las distancias que alejan al periodista de la realidad. Al lector había que darle más realidad que papel y tinta, y técnicas como la del análisis, o las de la narrativa, o las de la informática logran ese acercamiento.
Las propuestas de los años 80 y 90 fueron las del Periodismo Cívico y las del Periodismo de Servicio en las que predomina, sobre lo técnico, una nueva mirada sobre la intencionalidad de la actitud periodística. El proyecto de Geraldinho Vieira en Cartagena, el año 2000, recogió esa revisión de las intencionalidades y las convirtió en un Periodismo de Propuesta.
A la zaga de estas iniciativas de cambio han marchado las universidades, las redacciones de los medios y los centros de estudios, que han investigado y promovido la renovación de técnicas y de contenidos en un proceso de constante desarrollo de una profesión que nunca ha estado conforme con la versión que ofrece de la realidad.
A través de estos cambios de técnicas y de actitudes, siempre estuvo la motivación del acercamiento y conquista de la realidad, como si esta fuera la liebre huidiza de unos impacientes cazadores.
En esa cacería de la realidad andábamos al comenzar el siglo XXI, que se precipitó sobre los medios de comunicación como las aguas del tsunami, con el oleaje de tormenta de las catástrofes del hombre y de la naturaleza.
El comienzo de algunos talleres de ética se hizo en este nuevo siglo con el ejercicio inicial de trazar el mapa de las tormentas políticas del continente, tal como las veían en sus países los periodistas participantes. Aunque lo quisiera, el periodismo no podía eludir la fragorosa realidad de las crisis intensificadas en el comienzo del siglo nuevo. Y no la eludió. Se enfrentó a ella con sus herramientas tradicionales y, en algún caso, con nuevas propuestas como la del periódico que después del 11 de septiembre convocó a sus redactores para hacer algo distinto: investigar las consecuencias previsibles del atentado en todos los órdenes.
Los 400 periodistas de 12 países que participaron en el taller virtual dictado desde el Tecnológico de Monterrey en 2003, en alguno de los ejercicios revivieron una de las tareas que con mayor frecuencia han tenido que asumir en estos años: el cubrimiento periodístico de una inundación. Es una catástrofe natural que, a fuerza de repetirse, ha creado en poblaciones y autoridades un reflejo condicionado de resignación y pasividad. También aparece esa actitud en los medios que año tras año repiten las informaciones de la vez anterior: número de muertos y desaparecidos, cifras de pérdidas, ayudas recibidas y testimonios lacrimosos de los damnificados.
¿Puede hacerse algo distinto? fue la pregunta provocadora del ejercicio, que concluyó con la propuesta de reemplazar el punto final aconsejado por la rutina, con un punto y aparte, de modo que una vez concluidas las tareas de investigación de los datos de la catástrofe, comenzara la averiguación de las causas y, tras estas, la búsqueda de las propuestas para evitar la repetición del desastre y para cambiar la suerte de los damnificados.
A primera vista toda la novedad consiste en agregar al relato dos o tres párrafos que imponen un trabajo suplementario de búsqueda de otras fuentes y de investigación, con ellas, de causas y propuestas.
Pero cuando se miran los distintos efectos de la crónica de la inundación, esa en que el periodista notifica que así sucedió y que aquí nada hay que hacer y sumerge al lector en la pasividad y en la resignación; y la crónica de la propuesta que logra el efecto contrario, porque alerta sobre tareas por hacer y posibilidades por explorar, es evidente que hay dos formas de contar la misma historia y de hacer periodismo: uno que genera pasividad y otro que invita a la acción.
Pero no es solo la forma de contar ni asunto de párrafos de más o de menos. Se cuenta de otra manera porque tiene en cuenta un elemento de la realidad que poco cuenta y se cuenta, puesto que es invisible.
Estoy hablando de lo posible, esa parte de la realidad que tiene que ser visibilizada para que el periodista llegue a un conocimiento integral de lo real. Escribió sobre esto Edgar Morin: “lo que importa es ser realista en el sentido complejo: comprender la incertidumbre de lo real, saber que hay un posible aún invisible en lo real.”
Regresamos así al mismo tema que ha motivado las propuestas de cambio del último medio siglo: el acercamiento a lo real y su captura – como una pieza de cacería- en el trabajo periodístico.
En los talleres de la Fundación también ha estado presente: sus ejercicios, sus reflexiones, la exploración por entre la maraña de las experiencias de los talleristas, los trabajos de grupo, han sido tareas emprendidas para acercar a los periodistas a lo real. Y hay que admitir que los horizontes del periodismo se han ensanchado como consecuencia de esa encarnizada cacería de lo real.
Si lo posible es esa parte invisibilizada de lo real, el próximo paso de progreso de la profesión es el periodismo de lo posible, porque en él se potencian todos los avances anteriores y porque desde él se le da impulso a ese periodismo más necesario que el pan, por su contenido de esperanza. El efecto, lo posible conduce a la propuesta y ésta a la esperanza.
Comenzamos a entrever este periodismo de lo posible a través de ejercicios en los que los participantes en los talleres pusieron en juego su creatividad y su experiencia; fue el caso del enfrentamiento entre el poder de la bomba de un terrorista y el poder de la palabra – la frágil y efímera palabra del periodista-.
Ante un terrorista que con su bomba se propone difundir el miedo, la desconfianza y la admiración aterrorizada por la aparición de un nuevo poder, ¿es posible que la palabra del periodista genere serenidad, confianza y rechazo del nuevo poder? En varios talleres hice ese ejercicio, en todos se comprobó que un periodismo pasivo y rutinario le da la razón a la señora Tatcher, de quien es la afirmación sobre la simbiosis entre terroristas y periodistas; y se descubrió que un periodismo activo y de propuesta tiene técnicas y recursos para enfrentar con eficacia la palabra a las bombas.
Si se llega a la convicción sobre ese poder, se puede dar un segundo paso con el ejercicio elemental de encontrar los enfoques posibles de una noticia. Variados enfoques que permiten comprobar que los textos periodísticos no reflejan la realidad como es sino como la vemos; esto, sin embargo es inexacto porque no contamos lo que vemos sino lo que queremos ver, o lo que nos han ordenado ver. A pesar de todas las proclamaciones de objetividad, los medios crean sus realidades, porque tienen poder para hacerlo.
Todas las técnicas del periodismo de profundidad, de la investigación, del relato, o las de la informática, parecen perder su potencial renovador cuando desembocan en el torrente de las decisiones editoriales. Son esas decisiones, sin embargo, las que pueden maximizar ese potencial, tal como lo demostraron el Periodismo de Servicio, el Periodismo Cívico y el de Propuesta.
A los avances técnicos tienen que seguir unas soluciones éticas. ¿De qué le valen al periodismo todos los avances de la tecnología si al fin pierde su norte?
Lo anotó con su habitual agudeza Tomás Eloy Martínez: “el lenguaje del periodismo futuro, escribió, es ante todo solución ética. El periodista no es un agente pasivo que observa la verdad. En el gran periodismo se deben descubrir los modelos de realidad que se avecinan.”
El problema no es lo que haremos con internet ni con el desarrollo de las tecnologías del conocimiento, nuestro asunto es el para qué de esos instrumentos.
El periodismo de propuesta, según la formulación de Vieira, une a los desarrollos técnicos de la investigación y la prospectiva aplicados a la elaboración de la información, el componente ético de la voluntad de ofrecer con la noticia, una proyección de futuro, una visión amplia, liberada de las estrecheces de lo inmediato, con claves para desatar los nudos de las crisis.
Su larga experiencia periodística y su indudable autoridad le permitieron escribir a Ryszard Kapuscinski: “ el periodismo no cabe en la fórmula de la noticia periodística sino que abarca esa parte del oficio que trata de profundizar en nuestro conocimiento del mundo para hacerlo más rico y pleno.”
El periodismo, según esto, tiene que romper sus raíces con el presente para ir más allá, al futuro, por el camino que traza la propuesta.
Es, como ustedes pueden verlo, un desarrollo técnico que aplica los aportes de la metodología de investigación, el uso de los géneros y de las posibilidades de la narrativa, el manejo de la informática, puestos al servicio de una voluntad expresa de convertir la información en un instrumento de cambio; que es la conclusión de Gabriel García Márquez: “ debemos ser conscientes de que los periodistas tenemos el poder y las armas para cambiar algo todos los días.”
El pensamiento de estos tres monstruos sagrados del periodismo de hoy deja abierto el camino para agregar que la pasión por la realidad, que ha inspirado todos los avances de la profesión, es la misma que ahora, frente a esa parte no visible de la realidad que es lo posible, está estimulando la iniciativa de un periodismo de propuesta a sabiendas de que cuando hay propuesta, hay esperanza.
Por tanto, un periodismo que aplica sus avances técnicos al hallazgo de propuestas es un periodismo que descubre y destaca todo el potencial de esperanza que duerme en la palabra y en la noticia. Digo “duerme” porque hasta ahora se ha manejado con una mayor e inconsciente eficacia su potencial de desesperanza.
Una participante en el taller virtual de Monterrey, la periodista mexicana Marcela Turati, ganadora del premio Nuevo Periodismo del año pasado, con estas ideas en mente viajó a Brasil y Argentina para seguirles la pista a los nuevos modos de informar.
Concluida su gira me escribe: “hay un consenso en que las notas de denuncia deben estar acompañadas de soluciones. La idea está marcando una tendencia en la nueva generación. De México puedo contarle que un grupo de periodistas jóvenes intenta sumarse a este tipo de periodismo.” (en el blog periodismo de esperanza: nota del editor)
También en periodismo somos herederos del pasado y responsables del futuro. Hoy sentimos el peso de la desesperanza y resignación que han retardado el paso de nuestras sociedades; al mismo tiempo se nos revela el excitante desafío de cambiar esa carga por la influencia liberadora de la fe en lo posible, que es el nombre de la esperanza. El día en que esto suceda, los periódicos se habrán vuelto más necesarios que el pan.
(texto inaugural publicado con permiso del autor)
*Periodista colombiano de amplia trayectoria en prensa escrita (49 años). Experto en ética periodística, catedrático de las universidades Javeriana y de los Andes, y conferencista en temas de comunicación social. Fue miembro fundador de la Comisión de Etica del Círculo de Periodistas de Bogotá y del Instituto de Estudios sobre Comunicación y Cultura -IECO-. Se desempeñó como Defensor del Lector. Es autor de 10 libros. Desde 1995 es maestro de ética de la FNPI, dictando su taller en más de cincuenta ocasiones en casi todos los países del continente.
REFLEXIONES DE UNA REPORTERA SOBRE EL OFICIO
In General on Julio 9, 2005 at 4:25 amPor Marcela Turati
“La llevé a clínica Santo Domingo, de Palenque, y me preguntaron si ha recibido penicilina. Yo no entiendo bien, no me dijeron si van a poner penicilina en suero. Cuando la inyectan en su vena, grita mi esposa. Empezó a revolcarse, se puso morada su cara, todo. Empecé a gritar: ‘Mira, doctor, ya la mataste. No me dijiste nada. La mataste, no me dijiste qué le aplicabas’. Trajeron algo para meterle aire y empezaron a prensar, a prensar, a prensar. Pudo respirar, pero su panza se inflamó como embarazada, quedó cerrada su boca, sus ojos morados, ya no hablaba, gritaba nomás, como llorando, como que le duele”. (El perfume de la miseria, Reforma, 29 enero 2001)
Esto me decía llorando José Miguel, el indígena chol a quien por azar entrevistaba, los dos sentados en las escaleras de El Ángel de la Independencia. Al revivir la trágica muerte de su esposa gritó desesperado como supongo hizo al doctor; yo sólo atinaba a darle palmadas en la espalda a manera de alivio.
Cuando se tranquilizó continuó narrando los episodios de discriminación en su vida y al mismo tiempo –sin saberlo este hijo de campesinos sin tierras ni estudios y padre de campesinos sin tierras ni estudios—me revelaba qué es el círculo vicioso de la pobreza.
Aunque dejé a José Miguel en El Ángel para que siguiera su peregrinación rumbo a La Villa, prácticamente no lo solté. De alguna manera lo llevé a mi casa. Se me aparecía en sueños. Su relato me cuestionaba incluso después de que la entrevista saliera publicada y durante varios meses.
Nuestro fugaz encuentro me generó muchas preguntas: ¿Qué habrá sido de José Miguel?, ¿debí de haber detenido la entrevista cuando lloró?, ¿valieron de algo sus lágrimas?, ¿alguien habrá reflexionado sobre la pobreza al leer sus historia?, ¿y a mí en qué me cambió?.
Ahora me piden que diga cómo vivo mi oficio y sólo se me ocurre preguntar, exponer las dudas que me han asaltado los siete años desde que abracé al periodismo como profesión y forma de vida.
Pondré entonces sobre el papel las preguntas que me han inquietado; algunas aún sin resolver, otras que creí solucionadas pero que luego se presentaron bajo nueva forma. Son dudas acompañadas de algunas respuestas que he ido elaborando con ideas surgidas en la brega diaria buscando la noticia o de alguna conferencia o lectura y a través de experiencias propias, de compartir historias con colegas y de escuchar, también, mi voz interna.
EL CREDO DEL PERIODISTA
Un día un discípulo le preguntó a su Maestro: ¿Qué necesito para llegar a ser un buen periodista? Este le contestó: Ser, primero, buena persona.
La frase la he escuchado muchas veces como una verdad aceptada: Para ser buen periodista hay que ser buena persona.
La oí de boca de colegas de variadas procedencias y en diversas circunstancias: desde la compañera del escritorio contiguo al mío, pasando por Julio Scherer –en una plática que no era conmigo— hasta a Ryszard Kapuscinski, el periodista polaco que con sus libros autobiográficos contagió a varias generaciones de periodistas su pasión por el oficio y la buena escritura.
Justamente de “Kapu” tomé varios elementos básicos del oficio que no se enseñan en ninguna escuela y sólo se transmiten con el ejemplo.
Aprendí la humildad como requisito del reportero y la austeridad como forma de vida (“este trabajo no enriquece a nadie”, suele decir); que la técnica para ganarse a la gente es la sonrisa, el apretón de manos y la mirada a los ojos; a preferir a quienes nadie busca entrevistar en lugar de aquellos que tienen los micrófonos acaparados y a considerarlos mis iguales.
Frases del famoso periodista me significan un reto constante: recuerda, los cínicos no sirven para este oficio; dependes de los demás para hacer tu trabajo, no puedes hacer nada solo; no te abandones al pesimismo, mantén la esperanza en el mundo mejor; en cada nota empiezas de cero, aquí la experiencia no se acumula; nunca pienses que estás en la cima del éxito, pues el lector vota cada día sobre tu suerte profesional; no tienes derecho a escribir si no has compartido y vivido en carne propia las duras condiciones de vida de aquellos sobre quienes vas a escribir.
A esta especie de carta de navegación le he añadido otra idea, del argentino Tomás Eloy Martínez, quien dice que nuestras lealtades deben ser únicamente tres: hacia lo que creemos que es la verdad, a los lectores y a nuestra conciencia.
ENTRE BUITRES Y BUENAS NOTICIAS
“Estaban todos en la pequeña sombra que encontraron, cubriéndose, aunque aún así sentían que se asaban. Arnulfo, mi compadre, vio cuando mi hijo Edgar se desplomó y le dijo a José Isidro. Ninguno pudo hacer nada, estaban a poca distancia pero no podían moverse de tan deshidratados que estaban. José Isidro se acercó un poco y Edgar se le quedó viendo a su tío, y apretó sus ojos, derramó dos lágrimas y ya no dijo nada”. (Muerte en el desierto, 23 de mayo 2002, Reforma)
Escuchaba este relato en la sombría sala de una casa en Coatepec, Veracruz. Con la mirada perdida y voz monótona, me lo contaba don Eugenio, el padre de Edgar, un muchacho que murió deshidratado con otros 13 mexicanos extraviados en la ‘Ruta del Diablo’, en Yuma, desierto de Arizona, cuando iban tras el sueño americano.
Por narrar la desesperación del joven que se suicidó contra un cactus, el último grito del compadre Arnulfo antes de convulsionarse, la suerte de los jóvenes que tomaban sus propias orinas, el sufrimiento de los familiares de los muertos, el horror, gané un reconocimiento en un concurso de periodismo. Qué paradoja.
Alguna vez escuché una definición –adaptada a los de mi clase– que me provocó escalofríos: “Los periodistas son los buitres de la sociedad”. En su momento, la espanté de mi cabeza. Luego, esa imagen me rondaba al momento de aspirar profundo para tomar valor, antes de hurgar en las desgracias ajenas, en plena tragedia –llámese huracán, temblor, desbordamiento de aguas negras o madriza policiaca–, a donde llegaba con la misión de levantar testimonios, verificar los hechos, cotejarlos con los reportes oficiales y convertir todo eso en una crónica.
Llegar cuando la gente todavía tiene lágrimas en el rostro, el ataúd en la sala o el corazón partido, es en extremo difícil, como lo es combinar delicadeza, respeto por la dignidad humana del entrevistado y sensibilidad para no pasar ciertos límites en aras de obtener la tan preciada exclusiva.
Algunas veces, las personas más “cultas” y “religiosas” me tratan a mí y a los de mi gremio como indeseables; consideran repugnante y hasta pornográfico mi-nuestro trabajo. No pocas veces me lo han hecho saber y me he sentido apenada por eso.
Parada a media tragedia yo misma me he preguntado si vale la pena lo que hago, si cambiará la suerte de los afectados que los lectores conozcan a detalle lo ocurrido, si lo publicado llegará a quien pueda remediarlo, si fui brusca con algún damnificado o me excedí en alguna pregunta, si no me estaré convirtiendo en un ave carroñera.
Con el tiempo he podido ahuyentar este último temor. Y no he sido yo la que lo ha logrado, ha sido la gente a la que entrevisto; el campesino encarcelado que me ve como una buena noticia; los colonos que se esperanzan de que los gobernantes lean lo que recién denunciaron; los obreros que me cuentan cómo les subió el ánimo al ver publicados en el periódico los maltratos que sufren.
Es entonces cuando me siento puente entre los incluidos y los excluidos, tomo conciencia de mi labor y del poder de las palabras, y recargo pilas para salir de nuevo a la calle a hacer mi trabajo.
LA INSEPARABLE ÉTICA
¿Si uno llega a bordo de una camioneta a cubrir el incendio de un mercado antes de que lleguen las ambulancias y los heridos le piden ayuda para transportarlos al hospital, qué va a hacer: auxiliarlos o reportear?
Cuando escuché ese dilema que en la vida real enfrentó un colega yo respondí sin vacilar que lo primero era atender a los heridos.
La contrarrespuesta de algunos de mis interlocutores no se hizo esperar: ¿Y la información? ¿En segundo plano? ¿Eres trabajadora social o periodista? ¿No habrás errado la vocación?
La ética es el eterno debate entre nosotros. Los parámetros sobre la delgada línea entre lo debido y lo indebido están contenidos en diversos manuales surgidos de décadas de discusión y reflexión.
Sin embargo, suele ser difícil llevar su contenido a la práctica cuando tu editor te pide que consigas a como dé lugar la confesión de un político, cuando puedes perder la chamba si no traes la exclusiva, cuando debes entregar una nota en cinco minutos y no has encontrado a todos los involucrados en tu información o te falta un dato.
Recuerdo a un amigo que cargaba un muerto sobre su espalda: “Convencí al sobreviviente de una masacre a que denunciara lo que vio, y el día que salió publicado lo mataron”. Lo soltó sobre la mesa donde cenábamos, durante una reunión quincenal entre colegas, y su confesión se convirtió en pretexto para hablar de los límites del reporterismo, hacernos preguntas y confesarnos comunitariamente.
“…Denuncié los maltratos que sufrían unos obreros, y los despidieron… ¿Hasta dónde preguntar?… Me sentí miserable cuando el hombre lloraba en mi hombro, pero mi papel no es el de confesor y no hubiera sido objetivo si me hubiera involucrado… ¿Cuándo no se debe publicar una información?…. Me dijeron que se morían de hambre y me fui sin ayudarlos… ¿Cuáles son los límites para conseguir una nota?… Yo siempre pongo mala cara a los entrevistados para que no crean que soy su aliada, aunque en el fondo lo sea… Intento no sentir nada por un entrevistado a raíz de que compartí la mesa con un condenado a muerte…”
Al final de la reunión sugeríamos, a manera de broma, bautizar a nuestro grupo como Periodistas Anónimos (en proceso de rehabilitación). Lo nada divertido fue tomar conciencia de que todos cargábamos algo que no nos dejaba dormir y que hasta ese día no habíamos tenido oportunidad de desahogarlo.
Las encrucijadas surgen al día y hay que resolverlas al momento, en plena acción, al calor del instinto y con la conciencia como único parámetro. A veces salimos bien librados, muchas otras no.
Con el tiempo descubrí que hay atajos para cargar los menos muertos posibles. Del colombiano Javier Darío Restrepo –el ‘pepe grillo’ de los periodistas latinoamericanos con su Consultorio Ético Virtual de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y sus talleres de ética itinerantes– aprendí que se debe interrogar cada nota antes de entregarla para publicar, para ver si pasa la prueba de la ética. A desnudarla lo más meticulosamente posible.
Así, una serie de preguntas lo salvan a uno de avergonzarse al mirarse del espejo a la mañana siguiente. Algunas de las que recuerdo más son: ¿Escribí la nota pensando en mí, en el lector o en mi fuente de información? ¿Le di voz a todos los involucrados? ¿A quién beneficia y perjudica mi información? ¿Qué busco con esa nota? ¿Qué intenciones tuvo mi informante para hablar? ¿Qué tanto sé y qué tanto de eso escribí? ¿Qué consecuencias tendrá lo publicado?
Cuando he tomado ese atajo –admito que en ocasiones no me he dado el tiempo para hacerlo– he podido sentirme a gusto al leerme al día siguiente y salvarme de la máxima reporteril que dice que los periodistas somos los únicos que publicamos nuestros errores.
(Me he replanteado muchas veces la pregunta que se hizo el colega de la radio que llegó al mercado incendiado y hoy ya no estoy tan segura de que lo más correcto fuera servir de ambulancia. Quizás hubiera transportado heridos al hospital. O a lo mejor hubiera pensado que al transmitir en vivo la noticia muchas ambulancias escucharían el llamado y se acercarían al lugar y transportarían más personas que las que yo podía haber llevado. Pero mi reacción será una incógnita hasta que eso no me ocurra.)
FE EN LO QUE UNO HACE
“Sus palabras las suelto yo como pájaros, ¡y ellas se buscan su rama!” (El Divino Impaciente, José María Pemán)
Es relativamente fácil recibir mensajes de algún lector que se dice indignado o conmovido con lo publicado o que una ONG suba tu nota a su página de Internet. Quizás la televisión y la radio se apropiarán fugazmente del asunto, si creen que les traerá rating. Previsiblemente los políticos llenarán los medios de inútiles declaraciones al respecto, que rara vez irán acompañadas de acciones. El impacto máximo –pocas veces visto– es que alguien pierda su trabajo o vaya a la cárcel.
Pero, ¿cambió verdaderamente la suerte del hombre que en el reportaje se dijo hambriento o la de la mujer que se quejaba por no tener seguridad social? A esa pregunta no le tengo una respuesta.
Cuando llega una nueva asignación, los reporteros pasamos a otro tema y volteamos la página. Sólo si en nuestros medios nos apoyan para darle seguimiento o si se creó alguna relación con los involucrados y decidimos seguirlo por nuestra cuenta o si alguna ONG informa periódicamente sobre el caso, uno se entera de lo que sucedió a continuación, de la segunda parte.
Quizás lo que digo es lógico, pero para mí era difícil no saber en qué acabó alguna historia con la que me sentía enganchada, qué había sido de la gente que me abrió su casa y su corazón. La duda me desesperanzaba y cuestionaba.
Sentí alivio cuando escuché decir al periodista colombiano Javier Darío Restrepo la metáfora de Pemán, de nuestras palabras como pájaros que no sabemos dónde se van a posar, pero que seguramente se posarán en una rama, y que creerlo es cuestión de fe.
Con el tiempo lo he ido asimilando. Cuando empiezo a desesperanzarme por sentir que no ocurre nada a raíz de la publicación de alguna denuncia hago un acto de fe, me acuerdo de confiar en que lo que escribo servirá de algo, se posará en una rama. Y sueño con que algún día me toque presenciar que esas palabras (nunca solas, siempre acompañadas por acciones de los sujetos involucrados, por otras denuncias periodísticas, por una toma de conciencia colectiva, por cambio de circunstancias) generen el cambio anhelado.
Cuando siento que no puedo hacer nada más que escuchar y transmitir, acepto con serenidad que mi papel es el de mensajera, no trabajadora social, misionera, enfermera o política. Cumplo mi misión con fe en que lo que me toca hacer –investigar e informar– servirá de algo. Y esa fe da sentido al oficio y ayuda a encontrar menos damnificados en mis sueños y a no desesperanzarme tan fácil al no saber lo que ocurrió después.
Para cambiar las cosas, la fe sola no basta: se necesita estrategia y algo más. Pero, eso lo entendería después.
ISLAS FORMANDO REDES
“Hubo un tiempo en que ustedes venían a Brasil sólo para hablar de nuestras mariposas, nuestros papagayos, nuestro carnaval; de nuestro folclore. Ahora en vez de eso ustedes vienen a levantar las cuestiones ligadas a nuestra pobreza, a nuestras torturas. No son todos, claro, hay también (periodistas) a quienes no les importa si morimos de hambre o de choques eléctricos. Ni siempre con éxito, es claro, su espacio de verdad termina donde comienzan los intereses de la empresa a la que sirven” (Entrevista de Oriana Fallaci a Hélder Cámera, en 1970).
A diario aparecían en su agenda las mismas palabras: “Sigue el asunto de las playas contaminadas”.
Mi amiga reportera, entonces encargada por el diario de los asuntos ecológicos, llevaba ya tiempo en lo mismo. Todo había empezado varias semanas atrás cuando consiguió un reporte gubernamental que advertía que las playas tenían alto nivel de polución, cuya publicación causó airadas protestas de empresarios y gobernantes locales. El colmo fue el gobernador que sesionó con su gabinete dentro del mar.
Estuvo dos meses publicando sobre el tema, acompañada de reporteros de otras áreas, corresponsales y columnistas, hasta que el gobierno federal anunció la creación de un sistema de información sobre calidad de agua que regularía en delante el problema (que, por cierto, ya dejó de funcionar).
Cuando iniciaba mi carrera me conformaba con enterarme que lo que había denunciado había hecho lagrimear a un lector u orillado a algún gobernante a posicionarse o adoptar medidas urgentes para atender la situación. Pero eso de poco sirve: lágrimas y declaraciones son efímeras.
Escuché en un foro que la aspiración máxima de todo periodista no debe ser el mero destape de asuntos podridos, sino conseguir cambios. Y, de preferencia, dejarlos asentados en alguna reglamentación y, si es posible, en la Constitución. (Después nos toca convertirnos en inspectores para exigir que se haga valer la ley).
¿Qué hubiera pasado, por ejemplo, si después del escándalo de las playas sucias se hubiera creado una ley que obligara al monitoreo, a la transparencia de la información y sancionara a los gobiernos irresponsables?
Movida por esa inquietud, comencé a buscar ejemplos de viejas investigaciones periodísticas que hubieran generado cambios palpables hasta nuestros días. Me deleité con las historias de los muckrackers, esa generación de periodistas gringos que por su terquedad fueron apodados “rastrilladores de basura” y que eran capaces de trabajar en empacadoras de carnes para denunciar el sucio proceso industrial y laboral que desembocaría en una ley sanitaria aùn vigente o dedicar ocho años a documentar las prácticas monopólicas de la Standard Oil Company, provocando su desmembramiento.
Algunos muckrackers lo consiguieron solos, con dinero de su bolsillo y fuera de (o perseguidos por) los grandes medios de comunicación. No ocurre siempre, pero se puede.
Pero me pregunto qué hubiera pasado si a Bernstein y a Woodward les hubieran asignado a otro tema que no fuera el Watergate porque se necesitaban reporteros para otros asuntos. ¿Qué, si no hubiera aparecido en portada el asunto de las tollas del Presidente o la denuncia sobre la identidad de Cavallo o el reporte de las playas contaminadas?
En esos casos hubo una apuesta editorial: posicionar la nota en primera plana o asignarla a un equipo de reporteros o dar cobertura sistemática los días siguientes o las tres cosas juntas.
Muchos temas no corren con esa suerte y viven gracias al interés y terquedad del reportero, incluso a contracorriente de sus jefes. En todas las redacciones hay reporteros que actúan como islas: recuerdo a uno brasileño que rogó por cuatro años a los dueños de su televisora recursos y permiso para hacer un reportaje sobre el hambre en su país (tema que en muchas redacciones se considera aburrido y superado); cuando lo consiguió arrasó con los premios nacionales e internacionales.
Un reportero solo, por voluntad propia y sin apoyo editorial, nada, o casi nada puede lograr a la hora de denunciar asuntos importantes. Para colocar en la agenda diaria, por ejemplo, el tema del hambre y mantenerlo por varios días, debe tener el apoyo de su editor, o mucha pericia.
El desafío aumenta si la empresa en la que trabaja (como parece tendencia en el mundo) dejó de lado su papel de vigilante de los derechos ciudadanos, su función de contrapoder, y se alió a los otros poderes, políticos o económicos, o sólo piensa en la información como mercancía.
Con ese panorama, ¿desde dónde entonces se pueden provocar cambios? No sé si la respuesta sea fundar medios alternativos –como está de moda–, o trabajar en periódicos que todavía consideran prioritario el bien común (aunque generalmente son leídos por quienes piensan igual que ellos) o hacer la batalla desde adentro de los grandes conglomerados mediáticos buscando ganar espacios para llegar a los tomadores de decisiones.
Una solución que se me ocurre, después de año y medio de viajar y hablar con reporteros de Latinoamérica, y que se ha puesto en marcha en algunos países, es crear redes intra-redacciones de periodistas aliados por las causas sociales en las que todos estamos de acuerdo, como el combate a la desigualdad económica, a la corrupción o a la violación de los derechos de los niños. Y trabajar para colocar estos asuntos estratégicamente dentro de la agenda de nuestros medios y darles seguimiento sistemático hasta empujar a los responsables a actuar.
Por eso digo, puede faltarnos el apoyo de la empresa, pero sin fe y sin estrategia estamos condenados a la frustración.
PERIODISMO BUSCASOLUCIONES
“Flaquitos como vara algunos, otros inflamados de su panza, los niños de este pueblo de cafetaleros aparentan menos años de los que tienen. Su piel está seca, y generalmente herida por infecciones y granos. No hay señora que no se queje de que su hijo está enfermo, si no es víctima de la diarrea, lo es de la calentura o de la falta de apetito. Síntomas de la falta de proteínas y vitaminas que no les da su dieta de tortillas embarradas de frijoles o de tacos de sal. Cuando hay dinero, lo invierten en nutrirse con refresco y Totis, la fritura de moda”. (Venden despensas por refresco, Reforma, 27 febrero 2003)
Una de mis peores experiencias fue al realizar este reportaje en un municipio chiapaneco de desnutridos, al que llegué por mi cuenta, sin avisar o conocer a nadie, movida por ese afán de ir al lugar más pobre del país para intentar poner en contacto a los lectores con la realidad de los excluidos.
Además de que pocos entendían español, me topé con que los hombres estaban alcoholizados, no había transporte de regreso ni lugar dónde comer, nadie me quiso hospedar en su casa, tuve que ofrecer dinero para conseguir una cobija prestada, fui sometida a varios interrogatorios hostiles, dormí en una oficina entre ratas y acosada por borrachos y, para colmo, la gente creyó que yo iba a anotarlos al Progresa y no me dejaba salir sin que la incluyera en mi lista.
Luego, cuando noté el malentendido y les expliqué que mi presencia ahí se debía a que quería escribir sobre ellos (y por eso recibiría una paga) querían que les garantizara que perder su tiempo hablando conmigo les traería alguna retribución; yo sólo atiné a decirles lo que siempre explico: “Mi papel es escribir sobre ustedes, si la autoridad quiere hacer algo por ustedes no puedo garantizarlo”.
Además de constatar de nuevo que los pobres no son buenos por ser pobres, lo que reporteé me dejó desesperanzada: la gente vendía las despensas que les mandaba el gobierno para comprar coca-colas, alcohol o frituras.
Escribí esa historia pensando que la mera denuncia generaría un debate o al menos una declaración política; pero cuando se publicó no se movió una hoja, parecía que las palabras habían caído en el vacío. Del gobierno nadie se hizo cargo. Para colmo un amigo me confió que a raíz de ese reportaje su suegro había decidido nunca más ayudar a los indígenas.
El episodio invitó nuevas preguntas: qué pasó, qué faltó, por qué se diluyeron las responsabilidades.
Cuando noté que la historia se repetía con notas en las que denunciaba problemas estructurales –como el hambre o el desempleo–, me formulé preguntas más generales: ¿Es suficiente sólo informar o hay que inyectarle algo a la nota para hacerla detonador de un cambio o eso atenta contra la objetividad? ¿Es soberbio querer que cada nota impacte? ¿Padezco del complejo de Clark Kent? ¿Cuál es mi papel como periodista y cuáles mis límites?
Al escuchar mis inquietudes, algunos colegas me diagnosticaron crisis vocacional (“querida, por qué no tratas en la política o te vas de trabajadora social”), o me trataron de soberbia por pensar que de mí dependía la solución de un conflicto, o me dijeron que no me frustraría si pensaba al periodismo como arma.
Las primeras respuestas a mis inquietudes las encontraría después, en una conferencia vía satélite para toda Latinoamérica. El colombiano de la pantalla (Restrepo) diagnosticaba: Hay crisis de esperanza en nuestros países, y en buena medida los periodistas somos culpables, debemos cambiar la forma de hacer periodismo porque la gente ya no quiere enterarse. En seguida un brasileño agregaba: Nos falta técnica para provocar un cambio mediante nuestras notas, no podemos agobiar a la gente con la pura denuncia sin dar caminos de soluciones, sin abrir ventanas a la esperanza.
Eran ideas revolucionarias que cuestionaban mi formación profesional de periodista pasiva-objetiva. Tambaleaban también el argumento del periodismo-espejo, siempre listo en mi boca y en la de casi todo reportero para responder a cualquier cuestionamiento. Ése que dice: “Los periodistas somos espejo de la realidad, no nos culpen de las malas noticias, la realidad es así, nosotros no la inventamos sólo la hicimos evidente y tampoco nos pidan más, a nosotros sólo nos compete informar, ni siquiera preocuparnos por el destino que tiene la información que transmitimos, menos de buscar alternativas”.
Ahondé entonces en la propuesta que recién había descubierto, el periodismo buscasoluciones, o de esperanza, o que denuncia y anuncia –como me gusta llamarlo–, que no tiene nada que ver con contar buenas noticias, inventar una realidad ficticia o dar notas rosas que cuentan historias de personas heroicas y tienen final feliz.
Todo lo contrario. Se trata de un periodismo duro, de denuncia, que expone el mal con toda su crudeza, que no pone punto final al enlistar todas las tragedias de una comunidad sino que va más allá, busca las causas, las omisiones y las posibles soluciones. Al informar y dar seguimiento sistemático a los problemas sociales, los funcionarios o los involucrados difícilmente se pueden zafar de su responsabilidad.
El periodista brasileño Geraldinho Vieira, promotor de esta propuesta, señala que el periodismo limitado a la “cultura de la denuncia”, por saturante, corre el riesgo de tornarse improductivo, pues en vez de movilizar suele paralizar los ideales de co-responsabilidad social.
Lo que Vieira propone es que el periodista no sea sólo receptor de denuncias sino también mediador de las prácticas y reflexiones que la misma sociedad aporta para la promoción de los cambios.
En un taller que impartió indicó el método para realizarlo:
1 – Diagnosticar con la mayor exactitud posible los problemas que van a ser
investigados.
2.- Escuchar las voces de los directamente afectados, ampliando el trabajo de
campo para la recolección de informaciones, sentimientos, ideas y alternativas;
3 – Analizar e informar sobre experiencias exitosas y no exitosas de intervención
pública para la comprensión de los desafíos y la promoción de la equidad;
4 – Supervisar las responsabilidades por parte de los distintos segmentos de la
sociedad y cuestionar las omisiones; y,
5 – Hacer de cada denuncia un seguimiento sistemático para acortar la distancia entre la memoria corta del periodismo y el proceso lento de las reformas sociales.
“La ‘Investigación de Soluciones’ — como práctica de contraste entre las denuncias y los programas y proyectos que se presentan como fuerzas de cambio — debe (…) ubicar y definir las responsabilidades de cada actor social y en la misma medida investigar las soluciones que éstos aporten”, se lee en la relatoría del taller ‘Un nuevo periodismo para un nuevo orden social: de la denuncia a la investigación de soluciones’, de la FNPI.
Este debate en México es visto con desconfianza. He escuchado a periodistas consolidados oponerse a esta escuela esgrimiendo la tan manoseada y paralizante objetividad. Considero que hay apuestas básicas que debemos hacer los periodistas como ciudadanos, las cuáles no implican casarse con un partido político o una ideología determinada, sino con la construcción de la democracia económica, política, social.
En el intento reciente de profundizar y experimentar este tipo de periodismo
que denuncia la realidad y anuncia su superación me sorprendí de comprobar que cuesta más trabajo reportear las soluciones que las malas noticias, pues lo malo salta a la vista. Pero, al preguntar a mis entrevistados: “¿y qué solución le ve?”, hasta ahora, siempre he encontrado respuestas.
EL AMOR A LA VERDAD
“Señor Blancornelas, soy una reportera que vive en Juárez, a la que le duele hondamente el nuevo asesinato de su colaborador, que admira las denuncias que se hacen en su revista, que está dispuesta a trabajar con usted si un día lo necesita, porque no es posible dejar que estos matones se salgan con la suya”
Una querida amiga me contó que palabras parecidas había escrito en una carta que dirigió a Jesús Blancornelas, el director del semanario Zeta, de Tijuana, al momento de enterarse del último asesinato de un integrante de su revista tan acosada por narcos y políticos. Al escucharla, ella creció ante mis ojos en estatura y le guardé un profundo respeto por su valentía.
Tras su confesión hablamos sobre el amor a la verdad como motor de nuestro trabajo. Comentamos el testimonio que dio una reportera colombiana que fue secuestrada y violada por los paramilitares, a quien de su periódico le ofrecieron salir exiliada como varios de sus colegas amenazados, pero ella decidió quedarse y hacer frente.
Conocí la historia de esa joven de 27 años a través de una entrevista en la que explicaba que amaba la vida y que sufría por el dolor que su profesión causaba a su mamá. No negaba que lo ocurrido le había afectado en el alma, pero su amor a la verdad nublaba todo temor.
Al escucharlas me conmovía palpar hasta dónde puede uno llegar para no traicionarse a sí mismo y a las expectativas del lector. Rezaba, también, porque si un día se me presentara una prueba así, pudiera vencer el miedo, y por nunca condenar a quien decide salir exiliado o dejar la nota de lado.
Aunque el caso de la colombiana o de los colegas de Zeta no se presenta en todos los ambientes, los periodistas enfrentamos cada día nuestra propia prueba de fuego, en las pequeñas y grandes notas; cuando defender la verdad significa ir contra nuestras propias filias o contra la voz popular que encontró a su propio héroe o villano y corremos el riesgo de convertirnos en impopulares o ser perseguidos y calumniados.
Cuando estoy a punto de desistir de asuntos importantes que podrían causarme problemas pienso en los compañeros que viven en zonas dominadas por narcos, caciques locales, guerrilleros o paramilitares, o en aquellos que trabajan en medios pequeños expuestos a las presiones de los gobernantes locales y que se juegan la vida en una nota.
Así, esos héroes locales generalmente desconocidos –muchas veces despreciados por los periodistas que nos sentimos importantes por vivir en la capital del país y trabajar para diarios ‘nacionales’– y los mártires del gremio, se vuelven faros cuando necesito luz y ando a ciegas.
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Me gusta ser periodista por muchas razones: vivo varias vidas en una, conozco nuevas realidades, viajo, aprendo, sirvo a los demás, enfrento retos siempre cambiantes, me codeo con los actores de los cambios, soy espectadora de primera fila de los acontecimientos, informo, me vuelvo puente entre incluidos y excluidos y a veces la información que he dado ha servido de contrapeso al abuso de los poderosos. Esta profesión conlleva el reto de ser mejor cada día y es el medio que encontré para intentar hacer del mundo un lugar menos feo, menos injusto, desde esta humilde trinchera.