En mi recorrido por Badiraguato, Sinaloa, conocí a un reportero local a quien, un día antes, le había tocado cubrir una noticia espeluznante: el hallazgo de la cabeza de un hombre enterrada encima de una cruz de hierro. La foto que mostraba el periódico era grotesca. Le pregunté qué había sentido al tomarla y comenzó a contarme lo difícil que fue acercarse para enfocar la cámara, las náuseas que sintió, las ganas que tuvo de no cubrir esa noticia, la resistencia que sentían los propios policías a acercarse a la escena del crimen, las pesadillas que tuvo esa noche.
Ahondamos más en el tema de las emociones. Él se considera un tipo rudo, cerebral y frío, acostumbrado a la nota roja y sangrienta, pero lo que ha visto últimamente ha rebasado sus límites. Tenía atorada en el alma otra noticia que le había tocado cubrir y de la que no había podido exorcizarse.
“Unos sicarios balearon una camioneta para matar a un hombre, pero en la camioneta iban 4 niños. Cuando llegué descubrí que el hombre era mi vecino y los niños eran amiguitos de mi hija, y que ella podría haber estado adentro del auto agujerado porque siempre están juntos. Cuando me asomé vi los cuerpecitos y de pronto la niña de 4 años que juega con mi hija se movió debajo de los cadáveres de sus hermanos, gritó, y corrió afuera de la camioneta. Todos nos asustamos, nadie la ayudaba, yo no pude”, me dijo, palabras más, palabras menos.
Desde ese momento, el miedo le quedó prendido al alma.
Anécdotas como esas he escuchado muchas de boca de reporteros que cubren asuntos judiciales en todo el país. Les he escuchado hablar de los levantones que han sufrido, de amenazas de muerte, de granadas que impactaron en sus redacciones, de torturas a otros compañeros, de exilios forzados.
Ayer chateaba con un experimentado reportero michoacano que trataba de explicarme el trauma que le dejó haber presenciado el atentado que mató a 7 personas e hirió a más de 100, muchos de ellos niños.
Mientras conversábamos yo pensaba de qué manera podemos los periodistas limpiarnos el alma de las coberturas que se nos pegan a las entrañas, nos cierran la garganta, nos provocan pesadillas y que queremos a toda costa borrar de la memoria aunque terminamos archivándolas.
Esa misma pregunta nos la hacíamos cuatro años atrás la periodista peruana Jacquie Fowks y yo cuando nos conocimos en Brasil. Recuerdo que filosofamos por horas sobre la necesidad que tenemos de limpiar las emociones que nos quitan la capacidad de indignación, de esperanza, de sentir. En ese momento soñábamos en que en todas las redacciones se dispusiera de un servicio psicológico o una red de contención de colegas con la que pudiéramos desahogarnos o que los jefes de información estuvieran entrenados para supervisar a sus reporteros e intentar desatorar las emociones que cargan.
Meses después ella rastreó información al respecto sobre programas que sí atienden las emociones de los reporteros. Me informó que en Londres hubo un taller ’Emociones, Trauma y Buen Periodismo’ del Servicio Mundial de la BBC, el Centro Dart para Periodismo y Trauma de la Universidad Estatal de Washington, donde se señaló la necesidad de que en las empresas periodísticas se adquiera el hábito de atender los traumas de los periodistas.
Hoy intenté desarchivar esos correos porque su contenido me parece urgente. Las redacciones están llenas de periodistas con el alma rota, acostumbrados a la violencia, con el nudo en la garganta. Cada tanto necesitamos limpiarnos el alma.
Aquí les dejo unos fragmentos de uno de los artículos de Jacquie que reflexiona “Ciberperiodismo: entre el tiempo y las emociones”:
“Creo apasionadamente que con más sentido de alerta, entrenamiento y apoyo hacia el impacto emocional que la violencia -y el solo hecho de ser un reportero- puede tener en nuestras vidas, podemos ser mejores periodistas y más sanos”, dijo Mark Brayne, editor regional para Europa de la BBC.
Gill Tudor, entrenador senior en periodismo de la agencia de noticias Reuters refirió cómo los periodistas en Gran Bretaña -y no sólo los hombres- están aún atados a una cultura machista que supone inmunidad ante el impacto emocional. Varios ponentes notaron que es el mismo tipo de cultura con el cual el Ejército, los cuerpos de bomberos y policía británicos están intentando romper.
“Los gerentes y editores deben convencerse que, así como es una buena práctica, es parte de sus mejores intereses comerciales darle apoyo a sus propios periodistas”, comentó Paul Eedle, un ex corresponsal de Reuters y veterano reportero de la Guerra civil de Líbano y la primera guerra del Golfo al inicio de los años 80.
La expositora Gabrielle Rifkind, una destacada psicoterapeuta del Instituto Análisis de Grupo (Londres), mencionó que la idea debe establecerse entre los periodistas, sus gerentes y editores: hablar sobre temas emocionales no va contra la cultura ni es un signo de debilidad, sino simplemente una ‘buena práctica’. No es el nivel de trauma el problema -añadió Rifkind-. “La cuestión es cómo se procesa el trauma, y por qué el propio sentido de alerta se convierte en importante. Expresó sus reservas con respecto a las llamadas ’soluciones rápidas’, y urgió a que se establezca una cultura de alfabetización emocional entre los periodistas.