Periodista Social

Posts etiquetados ‘Injusticias’

Migraciones vemos… infancias no sabemos

In Crónicas y reportajes, Periodismo buscasoluciones on Diciembre 17, 2008 at 7:40 am

Niños deJuárez

El 15 de diciembre presentamos “Migraciones vemos… infancias no sabemos”, un libro de autoría colectiva de seis reporteras (Thelma Gómez, María Luisa López, Elia Baltazar, Liliana Alcántara y yo) de la Red de Periodistas Sociales. Lo hicimos a invitación de Nashieli Ramírez, coordinadora de Ririki Intervención Social, como punto de partida del programa Niños en Movimiento.  

El libro retrata la situación que viven niños y niñas migrantes, que tienen de cero a ocho años, que han sido desplazados por las condiciones económicas de sus padres, ya sea de Veracruz a Chihuahua, la tierra de las maquilas; o de la miseria de la Montaña de Guerrero a la pizca de tomate en Sinaloa o Michoacán; o viniendo de Guatemala a los basureros o las calles de Tapachula; o del sueño americano en Arizona a la realidad del estancamiento económico en Michoacán; y de Oaxaca a la periferia y la venta ambulante en el Distrito Federal. El retrato tiene nombres, rostros, emociones, paisajes, intereses económicos, consecuencias sociales vigentes y relaciones con un poder que así sea federal, estatal o local, siempre intenta quitarse el bulto de su presencia. Son los niños y las niñas invisibles para todos, para las políticas públicas, para el sistema escolar y de salud, para los vecinos, para los funcionarios públicos, para sus propios padres. (fragmento de la introducción de Ivonne Melgar)

Read the rest of this entry »

Historias de la frontera sur (Marco)

In Bitácora, Sin categoría on Septiembre 9, 2008 at 10:44 pm

Se llama Marco Justino Ricardo Antonio y es un papá hondureño de 22 años. Hoy debería de estar en Estados Unidos mas no está allá. La semana pasada iba montado sobre el lomo del tren en el que viajan los migrantes más pobres de entre los pobres, los que tienen que completar tramos a pie y ayunan forzadamente todo el trayecto. A la altura de Palenque varios “maras” se subieron a la caja donde viajaba y, uno a uno, aventaron a los tripulantes originales.

Las ruedas del tren le arrancaron media pierna izquierda y sus sueños. A una joven le mutilaron las dos.

Read the rest of this entry »

Vivir en la basura

In Bitácora, Sin categoría on Septiembre 7, 2008 at 8:47 am

Estudié en una universidad que fue construida a un lado de un basurero. Cada vez que llovía nos llegaba el tufo a podrido y basura mojada. Todo el invierno, el olor era pestilente. Un día quise entrar a entrevistar a los pepenadores pero no lo conseguí. Al poco tiempo toda la gente que vivía de los desperdicios fue expulsada, los basurales aplanados y donde antes hedía fue construido, a ritmo voraz, toda la exclusiva zona de Santa Fe. Después lo más cercano que estuve de la basura fue leyendo el pestilente reportaje de Alma Guillermoprieto sobre las mafias de los pepenadores, tan parecidos al corporativismo priista y al país.  Recuerdo que una noche, en una cena, escuché decir a Alma que estando con los pepenadores entendió que tendría que aguantarse las náuseas y pizcar basura como ellos para entender lo que era trabajar en la inmundicia. Si no lo hubiera hecho, el reportaje hubiera sido una pieza de laboratorio ascéptica y no un sucio fragmento de la vida.

Ayer estuve en el basurero de Tapachula. Vi a cientos de personas quie peleaban con los zopilotes por los desperdicios. Mis pies se enterraron en un fango olor a podrido compuesto por basura fermentada. El administrador del basural, un hombre al que le molesta que los pepenadores son indígenas guatemaltecos, me dijo orgulloso que desde hace unos meses prohíbe el paso a los niños y las mujeres embarazadas o lactantes. Dijo que ya habían podido “erradicar” a tanto niño y niña que se colaba para trabajar en los basurales. Y, a simple vista, su afirmación parecía cierta.

Las mamás y los niños ya no trabajan en el basurero. Ya no ganan 25 pesos por espurgar entre lo desechable. Ahora sólo viven sobre la basura, la tienen en su patio, en el paisaje, como masa entre los dedos de los pies. Ahora sólo usan el agua de un río que arrastra desperdicios, duermen sobre colchones no-reciclables y huelen un aire podrido. Ahora sólo usan ropa marca basural y tienen sus casas tapizadas de moscas vivas que salen en estampida y cambian de lugar a cada respiro fuerte. Ahora ya no ganan nada de la basura, sólo la tragan, la respiran, la transpiran, la acumulan, los embarra, los infecta, les saca granos, les provoca diarreas y vómitos y náuseas y los mata. Pero, a quién le preocupa.  

 

RIO SANTIAGO: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL

In Crónicas y reportajes on Marzo 6, 2007 at 12:44 am

REPORTAJE RIO SANTIAGO, FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
Por Marcela Turati
PERIODICO EXCELSIOR

Juanacatlán, Jalisco.– Al pie de un acantilado que permite una vista panorámica, se ubica la primaria “Mártires del Río Blanco”, donde está a punto de repetirse la historia patria. Cual broma macabra, el nombre de la escuela es una fiel metáfora de la lenta muerte que viven los niños que en esas aulas toman clase: la intoxicación por el río espumoso que corre metros abajo.
Los nuevos mártires estudian al pie de la cascada de aguas cloacales y tóxicas que por su belleza era conocida como “El Niágara mexicano” y lugar de vacación por excelencia. Aprenden el abcedario, a sumar y restar, justo donde el río Santiago salta, después de haber recibido los desechos de Guadalajara y su zona metropolitana y arrastrado los químicos vertidos por las fábricas localizadas en el corredor industrial establecido a lo largo de su cauce.
Al brincar por el desnivel que antes era de piedra natural y hoy es una cortina metálica, se forma una espuma blanca que, cual lavadora desbordada, se acumula y crece. Cuando hay viento o llueve esa espuma vuela, cae en el patio escolar, y algunos niños que toca caen enfermos.
Estudiante dentro de esa toxina que se ha vuelto su escuela, el niño Luis Enrique Vázquez dice que desde que ingresó a primaria seguido siente dolores de cabeza y estómago. De las manchas blancas que tiene en la cara, dice que le salieron desde que empezó la primaria.
La niña Daiana Miroslava Huerta dice que a ella la espuma del río le mancha la piel, y le hace doler la garganta y cabeza. El doctor le dijo que es porque tiene la piel delgada y porque está en crecimiento.
Estos son algunos testimonios de niños manchados de la piel como si fueran plantas plagadas; de mujeres locales con mascadas en la cabeza por la quimioterapia que reciben; de jóvenes viudas del cáncer; de personas marchitas que aparecen en el video “Salto de Juanacatlán, donde el agua envenena…”, filmado por IMDEC y “Grupo Vida”, un conjunto de ciudadanos de la zona, que asegura que el río causa cáncer y que se ha dedicado a denunciarlo.
Los integrantes del grupo, todos profesionistas, han acudido a la televisión local, a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, a la Secretaría de Salud, al gobierno municipal, estatal y federal, y no han obtenido solución.
El gobierno estatal construyó una planta tratadora para eliminar tóxicos, pero el agua sigue espumosa.
En su desesperación, algunos habitantes de Juanacatlán invitaron al Subcomandante Marcos para que en su gira de La Otra Campaña respirara ese aire tóxico que despide el río, y lo denunciara, para ver si así llamaba la atención de alguien.
Sin embargo, el evento se tuvo que realizar en otro lugar porque es imposible detenerse encima del puente que une a las ciudades jaliscienses de La Piedad y Juanacatlán, donde se inaugura el río Santiago, como llaman a la prolongación del Río Lerma en su camino al pacífico.
Se tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para respirar el olor a gas-cloro-huevopodrido-químicos-ajo-chile-azufre-amoniaco y muerto que se atasca en la garganta, raspa la nariz, provoca lagrimones involuntarios, revuelve el estómago, da náuseas, causa jaqueca y saca ronchas en la piel al contacto.
También lo impiden las enjambres de moscos que se generan en su cauce y que de tan grandes y feroces podría pensarse que son mutantes africanos o que se fortalecieron con tanto químico vertido por las fábricas.
EN LA LUCHA CONTRA EL ECOCIDIO
“Quisimos demandar a las empresas contaminantes, pero ¿cuáles son las que contaminan? Es una suma del corredor industrial y del drenaje de Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y los lodos industriales. Entonces, ¿quiénes son los responsables del aumento de cáncer, del olor a huevo podrido, de las infecciones de la piel, de las enfermedades, de las náuseas, los mareos y los dolores de cabeza?”, pregunta Rodrigo Saldaña López, hombre flaco, de pelo y barba canosa.
Sobre el puente que se eleva sobre el espumoso río, intenta articular una frase entera para detallar el problema pero no lo consigue. Cada tanto, este hombre que dirige el “Grupo Vida” suspende la entrevista para aplastar a los bravos zancudos que descubre atacándolo o cierra la boca porque el mal olor hace imposible el habla.
“Hace tiempo morían en El salto dos personas maduras al año, las estadísticas actuales muestran que 28 por ciento de los habitantes mueren de cáncer y que entre los muertos había niños. Esto se pone alarmante para nosotros porque vivimos aquí. No es estadísitica, son gente que conocemos. Los de la Secretaría de Salud dicen siempre que hay muchas causas, ¡pero que nos demuestren que no es el río!”, dice con calma pero indignado.
Desde el 2001, el “Grupo Vida” se acercó a la abogada ambientalista de Guadalajara, Raquel Gutiérrez, en el intento por encontrar una respuesta por las vías judiciales. Al momento de la entrevista, Gutiérrez trae una tremenda jaqueca porque un día antes estuvo varias horas cerca del río documentando el grave problema de salud ambiental.
“En la zona ha aumentado el cáncer, huele siempre a huevo podrido, hay infecciones en la piel, huele tan mal que la gente pone toallas mojadas en las ventanas para que no pasen los olores”, explica la mujer con doctorado en Criminología especializada en Medio Ambiente.
Ella y sus alumnos de la Universidad de Guadalajara se han dedicado a estudiar los impactos de la salud en la zona y asegura que el ácido sulfhídrico que contiene el río está dañando la salud de los ha bitantes de la zona. En los máregenes del río hay 80 empresas industriales químicas asentadas.
“Se supone que antes de descargar, las aguas residuales son tratadas. Tenbemos una contaminación de carácter legal, p’ermitida por las normas oficiales mexicanas, pero como siguen descargando el proceso de contaminación se va acumulando y se hace inmanejable, y eso ya no lo mide la norma”, dice.
Con tres tesis doctorales en mano, la defensora dice que en un estudio que se hizo a 88 niños de la escuela José María Morelos, en la comunidad “El Terrero”, ubicado a los márgenes del Santiago, encontró niños con congestión nasal, ojos llorosos, dolor faríngeo y de cabeza, manchas en la piel, depreción y alteración de comportamiento (síntoma de posible intoxicación), entre otros padecimientos.
En el “Estudio Ambiental de Acido Sulfhídrico como contaminante del aire en las comunidades de Juanacatlán y El Salto”, tesis doctoral del MAestro en Ciencias Juan Gallardo Váldez documentó que 49% de su muestra sufría con frecuencia males respiratorios, 44% dolores de garganta, 4.6% enfermedades de la piel, 83% dolores de cabeza, 7.6% náuseas, 6% conjuntivitis, entre otros padecimientos.
De los entrevistados, 94% declaraba que percibía el olor del río, y para el 83% era a huevo podrido, para el 30% a drenaje y para el 17.5% a productos químicos. Para la mayoría el olor era intenso y lo sentían durante todo el año.
La solución, dice la abogada, no es únicamente limpiar el agua sino sacar los sedimentos acumulados en los alrededores de la zona industrial establecida hace 35 años. Propone además cambiar la norma oficial mexicana para que mida la contaminación acumulada.
LAS SOLUCIONES
De 11 años, El niño Abraham Delgadillo, sobreviviente a la escuela “Mártires del Río Blanco” dice que cuando llueve la espuma de río color nieve a sus compañeros les gusta jugar con ella. Él aprendió a no hacerlo más porque sabe que saca ronchas y enferma.
Lo dice en su casa, detrás del sillón en el que está acostada su mamá, Laura Miranda Gil –una mujer muy delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta que está envuelta en una enorme cobija que la mantiene inmóvil. Se parece a las mujeres marchitas que aparecen en el video del Grupo Vida, que manifiestan tener cáncer.
Está de más decirlo que Laura, c
omo las demás, culpa de ello al río. “¿Qué más pudo ser?”, pregunta desde su debilidad.
En la sala se apila su padre, sus hermanos y hermanas, su hijo, todos alrededor de la enferma, todos culpando al río, todos sintiéndose en la mira. “¿Qué nadie va a hacer nada en contra de las fábricas que contaminan el río? O qué ¿nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta furiosa, al pie del sillón, su hermana.
Por ahora, esa pregunta no tiene respuesta. No se ve que haya por ningún lado.

LOS SUEÑOS DE LAS VIUDAS

In Crónicas y reportajes on Febrero 13, 2007 at 1:33 am

LOS MINEROS NO DESCANSAN NUNCA

Traviesos, los mineros muertos aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.

Por Marcela Turati

Atrapado en el túnel de la derrumbada mina Pasta de Conchos, un minero no descansa nunca. Con el cuerpo quemado, corre todas las noches, intenta traspasar los escombros, grita por ayuda. Al menos así lo sueña su viuda, quien todos los días, desde hace 11 meses, acampa bajo un toldo gris de tan sucio a unos metros de la bocamina, en espera de que le entreguen los restos de su marido.
“Hermanito, ¿cómo estás?, ¿qué pasó alla?, ¿no vas a ver a mamá?”, preguntó emocionado Javier Torres a su hermano mayor, Felipe de Jesús, una noche en que lo vio entrar a casa. Lo abrazaba, lo cargaba de la emoción; habían sido muchos meses de espera. Pero Felipe, “tieso, no contestaba, estuvo como ausente”. Y a Javier se le espantó el sueño.
Los 65 mineros muertos hoy hace 11 meses siguen vivos.
Traviesos, aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.
Casi un año del accidente y las heridas no cierran, y las familias no descansan. Dicen que lo harán hasta que recuperen el cuerpo del papá, del hermano, del abuelito, del hijo que les falta. Hasta que repose en una tumba donde puedan visitarlo y llevarle flores. Hasta que lo entierren y dediquen una misa a su ánima.
Mientras, sólo lo tienen por las noches. Se les mete a sus sueños. Es entonces cuando le platican cómo fue el día, lo regañan porque se fue o le preguntan si está bien, si quiere comer, si tiene sueño.
“Papi, ¿cuándo saliste? ¿Por qué no nos avisaron?”, le preguntó Tania una de esas noches a Jorge Vladimir, su papá, en cuanto lo vio a su lado tan sonriente como si nunca se hubiera ido, como si el túnel no hubiera expotado y él no estuviera atrapado.
“Lo que pasa es que la empresa ya nos está sacando y no está queriendo decir”, fue la intrigante respuesta que a la mañana siguiente la adolescente relató a su mamá.
En cambio, Agustín Botello se presenta con otra preocupación.
Cada que puede se mete en la mente de su esposa Rafaela Castañeda, “La Güera”, que diario acampa afuera de la mina con otras viudas, y le pregunta si necesita algo, como le preguntaba todos los días. Ella invariablemente le responde: “Está bien todo, nomás tú nos faltas”.
“Nunca lo he soñado muerto. O lo sueño así o como siempre, que estamos en la casa”, dice la viuda del hombre a quien le faltaban cuatro años para jubilarse de Pasta de Conchos. Su nieta Celeste Azucena, sentada sobre sus rodillas, escucha el relato.
María del Refugio López, “Cuquis”, como la conocen las demás viudas con las que espera todos los días alguna noticia relevante, como puede ser el hallazgo de una lámpara entre los escombros o el pedazo de un casco, dice que se topó una noche a José Isabel, el amor de su vida y padre de sus tres hijos.
En cuanto se vieron continuaron una discusión que dejaron a medias y que había comenzado cuando él le comunicó sus ganas de irse de brasero a Estados Unidos, porque en Coahuila el trabajo es malpagado. Se le había fijado esa idea desde que lo corrieron de la empresa Minerales de Monclova, tras años de trabajo, quesque porque se acabó la producción.
“En el sueño llega y me dice: ‘ya vine’, yo le digo: ‘ya no te vuelvas a ir’, él me contesta: ‘mira el dinero que te traje’, y yo le repito: ‘no, no quiero que te vayas de aquí, aunque ganes poco estaremos juntos siempre’. Y él me insiste que cuente el dinero, mientras yo le repito que no se vuelva a ir”.
Esa noche, en el sueño y cuando despertó, Refugio lloró mucho.
“Creo que se vino a despedir, aunque yo le decía no te vayas, se estaba despidiendo. Yo todas las noches quisiera verlo, pero no, no lo sueño”, comenta la viuda que rememora el 2006 por las fechas en las que su esposo estuvo ausente.
Le duele en especial cada día 18 de mes, porque el 18 de febrero fue el última día que lo vio con vida. Y a su lista suma el 10 de mayo en que faltó, el día del cumpleaños de ella y de él, la Navidad en que no arrullaron juntos al Niño Dios como acostumbraban y el Año Nuevo pasado afuera de la mina y esperando conocer la identidad del hombre recién rescatado.
Sufrió especialmente el 20 de junio porque ese día cumplían 25 años de casados. Ya tenían apartada la misma iglesia donde se habían casado, habían pagado el banquete y encargado los anillos, pero no pudieron festejarlo.
Para Fermín Rosales, las cosas tampoco han sido tan fáciles. Aunque él tuvo la fortuna de sobrevivir a la explosión, por varios meses no lo dejaron las pesadillas. En estas, sus ex compañeros le jugaron bromas pesadas.
“Soñaba que estaba trabajando con ellos, estábamos comiendo y se iban retirando, sus luces se iban alejando, yo quería irme con ellos, seguirlos, y no podía. Yo les decía que me esperaran y ellos me decían que me quedara, que al rato los alcanzaba, y ahí despertaba”, dice el treintañero que se mueve como anciano por los golpes que recibió en la espalda.
“Soñé a Mario Ramos, era mi amigo y ahí quedó atrapado, soñé que estábamos platicando y le caían unas vigas y yo estaba a un lado queriendo ayudarlo y no podía. Llegaba Ricardo, el que me sacó, y me decía que nos fuéramos y Mario no respondía y nos íbamos. La psicóloga me dijo que era natural, aunque ahora en Año Nuevo que estaban tronando cohetes arranqué corriendo, de repente se me vino eso, tuvo que ir mi hermana y alcanzarme”.
Mariana Guerrero quedó viuda de esposo y de hermano el 19 de febrero de 2006. Sin embargo, no se ve por las noches con ellos. Sus hijos tampoco.
Ella tiene una explicación para eso: “A los primeros días que nos dieron la definitiva hablé con Dios y le dije: ‘Si es tuyo, llévatelo, si es nuestro ya entréganoslo como sea que esté, pero dánoslo’, y se lo entregué”.
Su hija Claudia lo trajo mucho tiempo en la mente, día y noche, porque el sábado mortal él pidió que lo dejaran trabajar para pagarle su graduación. La quinceañera se lamenta mucho por haberlo dejado ir.
“¿Tú, aquí?, no puedes estar aquí porque no estás vivo”, dijo Elvira Martínez a su esposo Jorge Vladimir Muñoz, cuando lo vio, juguetón, a su lado.
“Él se sonreía cuando le decía eso. Se veía muy diferente, muy bonito, no guapo sino como una persona que miras alegre y limpia. En el sueño le pedí a una persona que me pellizcara para saber si estaba soñando, y mientras me cercioraba corría y lo abrazaba. “Era mi despedida porque no me despedí el día que se fue a trabajar, no tuve oportunidad de abrazarlo. Casi siempre sueño el abrazo que deseé y que me quedé con ganas de dar”, dice la mujer de 34 años.
Elvira pasó la nochebuena afuera de la mina. Cristian, su hijo de 12 años, le preguntaba desconcertado que por qué también en Navidad tenían que ir a la mina. Ella le dijo que porque no podían dejar que papá estuviera solo allá, y que cenar sin él era como si lo abandonaran.
“En cierta manera sabemos que está muerto porque una persona no puede vivir tanto tiempo sin alimento, sin agua, pero no nos hacemos a la idea hasta no ver el cuerpo. Ahorita toda la familia está en una irrea
lidad, en cierta forma mis hijos están esperando que regrese, me preguntan mucho cuándo va a llegar papi, y yo siempre sueño que lo abrazo”, dice.
Ella interpreta que él no se quiere ir porque, hasta el momento, en ninguno de los sueños en los que ha aparecido se ha despedido.
A su alrededor, juegan sus hijos. Tania hace una tarea escolar en el piso, Cristian y Estefanía juegan con la computadora. Cuando mira a su niña de cuatros años recuerda que le explicó como pudo la ausencia de ‘papi’.
Le dijo: “Tu papi ya no está, vinieron unos ángeles del cielo, le pusieron unas alitas y se lo llevaron volando”. Tiempo después, cuando una primita le dijo que la mina había explotado y que su papá se había muerto, la niña corrió hasta Elvira y le dijo: “¿Verdad que papi está vivo en el cielo?”
Doña Lucia Reyna, anciana madre de 71 años (“tenía seis hijos, ya me falta uno”, dice), sólo se ha topado dos veces con su Felipe de Jesús Torres. Los dos sueños ocurrieron antes de que rescataran el cuerpo de su primogénito y se lo entregaran.
“Lo soñé una vez bien triste, que vino y yo le decía ‘Ay, m’ijo’ y él no me habla, nomás me mira triste y se acostó en un catre y empezó a arder su cama. ‘Hijito, ¿no te cala la lumbre?’. ‘Nooo’, me dijo. Desperté, me dio mucha tristeza que anduviera en la lumbre.
“Otro día lo veía con su pelo todo negro, así, bonito como lo tenía, pero su panza tenía carne amarilla, bien raro. Yo quería seguirlo soñando pero ya no lo sueño. Pero es mejor no soñarlo porque no quiero que siga penando m’ijo”.