LOS MINEROS NO DESCANSAN NUNCA
Traviesos, los mineros muertos aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.
Por Marcela Turati
Atrapado en el túnel de la derrumbada mina Pasta de Conchos, un minero no descansa nunca. Con el cuerpo quemado, corre todas las noches, intenta traspasar los escombros, grita por ayuda. Al menos así lo sueña su viuda, quien todos los días, desde hace 11 meses, acampa bajo un toldo gris de tan sucio a unos metros de la bocamina, en espera de que le entreguen los restos de su marido.
“Hermanito, ¿cómo estás?, ¿qué pasó alla?, ¿no vas a ver a mamá?”, preguntó emocionado Javier Torres a su hermano mayor, Felipe de Jesús, una noche en que lo vio entrar a casa. Lo abrazaba, lo cargaba de la emoción; habían sido muchos meses de espera. Pero Felipe, “tieso, no contestaba, estuvo como ausente”. Y a Javier se le espantó el sueño.
Los 65 mineros muertos hoy hace 11 meses siguen vivos.
Traviesos, aparecen y desaparecen cuando sus viudas menos se lo esperan, a veces vestidos con el traje con el que se veía tan guapo, otras con el cuerpo envuelto en llamas o la carne amarillenta. Unos regresan a dar el abrazo de despedida que no alcanzaron a dar, otros lloran y suplican un pronto rescate. Algunos prosiguen la conversación que dejaron inconclusa o simplemente miran a los suyos y se pasan de largo.
Casi un año del accidente y las heridas no cierran, y las familias no descansan. Dicen que lo harán hasta que recuperen el cuerpo del papá, del hermano, del abuelito, del hijo que les falta. Hasta que repose en una tumba donde puedan visitarlo y llevarle flores. Hasta que lo entierren y dediquen una misa a su ánima.
Mientras, sólo lo tienen por las noches. Se les mete a sus sueños. Es entonces cuando le platican cómo fue el día, lo regañan porque se fue o le preguntan si está bien, si quiere comer, si tiene sueño.
“Papi, ¿cuándo saliste? ¿Por qué no nos avisaron?”, le preguntó Tania una de esas noches a Jorge Vladimir, su papá, en cuanto lo vio a su lado tan sonriente como si nunca se hubiera ido, como si el túnel no hubiera expotado y él no estuviera atrapado.
“Lo que pasa es que la empresa ya nos está sacando y no está queriendo decir”, fue la intrigante respuesta que a la mañana siguiente la adolescente relató a su mamá.
En cambio, Agustín Botello se presenta con otra preocupación.
Cada que puede se mete en la mente de su esposa Rafaela Castañeda, “La Güera”, que diario acampa afuera de la mina con otras viudas, y le pregunta si necesita algo, como le preguntaba todos los días. Ella invariablemente le responde: “Está bien todo, nomás tú nos faltas”.
“Nunca lo he soñado muerto. O lo sueño así o como siempre, que estamos en la casa”, dice la viuda del hombre a quien le faltaban cuatro años para jubilarse de Pasta de Conchos. Su nieta Celeste Azucena, sentada sobre sus rodillas, escucha el relato.
María del Refugio López, “Cuquis”, como la conocen las demás viudas con las que espera todos los días alguna noticia relevante, como puede ser el hallazgo de una lámpara entre los escombros o el pedazo de un casco, dice que se topó una noche a José Isabel, el amor de su vida y padre de sus tres hijos.
En cuanto se vieron continuaron una discusión que dejaron a medias y que había comenzado cuando él le comunicó sus ganas de irse de brasero a Estados Unidos, porque en Coahuila el trabajo es malpagado. Se le había fijado esa idea desde que lo corrieron de la empresa Minerales de Monclova, tras años de trabajo, quesque porque se acabó la producción.
“En el sueño llega y me dice: ‘ya vine’, yo le digo: ‘ya no te vuelvas a ir’, él me contesta: ‘mira el dinero que te traje’, y yo le repito: ‘no, no quiero que te vayas de aquí, aunque ganes poco estaremos juntos siempre’. Y él me insiste que cuente el dinero, mientras yo le repito que no se vuelva a ir”.
Esa noche, en el sueño y cuando despertó, Refugio lloró mucho.
“Creo que se vino a despedir, aunque yo le decía no te vayas, se estaba despidiendo. Yo todas las noches quisiera verlo, pero no, no lo sueño”, comenta la viuda que rememora el 2006 por las fechas en las que su esposo estuvo ausente.
Le duele en especial cada día 18 de mes, porque el 18 de febrero fue el última día que lo vio con vida. Y a su lista suma el 10 de mayo en que faltó, el día del cumpleaños de ella y de él, la Navidad en que no arrullaron juntos al Niño Dios como acostumbraban y el Año Nuevo pasado afuera de la mina y esperando conocer la identidad del hombre recién rescatado.
Sufrió especialmente el 20 de junio porque ese día cumplían 25 años de casados. Ya tenían apartada la misma iglesia donde se habían casado, habían pagado el banquete y encargado los anillos, pero no pudieron festejarlo.
Para Fermín Rosales, las cosas tampoco han sido tan fáciles. Aunque él tuvo la fortuna de sobrevivir a la explosión, por varios meses no lo dejaron las pesadillas. En estas, sus ex compañeros le jugaron bromas pesadas.
“Soñaba que estaba trabajando con ellos, estábamos comiendo y se iban retirando, sus luces se iban alejando, yo quería irme con ellos, seguirlos, y no podía. Yo les decía que me esperaran y ellos me decían que me quedara, que al rato los alcanzaba, y ahí despertaba”, dice el treintañero que se mueve como anciano por los golpes que recibió en la espalda.
“Soñé a Mario Ramos, era mi amigo y ahí quedó atrapado, soñé que estábamos platicando y le caían unas vigas y yo estaba a un lado queriendo ayudarlo y no podía. Llegaba Ricardo, el que me sacó, y me decía que nos fuéramos y Mario no respondía y nos íbamos. La psicóloga me dijo que era natural, aunque ahora en Año Nuevo que estaban tronando cohetes arranqué corriendo, de repente se me vino eso, tuvo que ir mi hermana y alcanzarme”.
Mariana Guerrero quedó viuda de esposo y de hermano el 19 de febrero de 2006. Sin embargo, no se ve por las noches con ellos. Sus hijos tampoco.
Ella tiene una explicación para eso: “A los primeros días que nos dieron la definitiva hablé con Dios y le dije: ‘Si es tuyo, llévatelo, si es nuestro ya entréganoslo como sea que esté, pero dánoslo’, y se lo entregué”.
Su hija Claudia lo trajo mucho tiempo en la mente, día y noche, porque el sábado mortal él pidió que lo dejaran trabajar para pagarle su graduación. La quinceañera se lamenta mucho por haberlo dejado ir.
“¿Tú, aquí?, no puedes estar aquí porque no estás vivo”, dijo Elvira Martínez a su esposo Jorge Vladimir Muñoz, cuando lo vio, juguetón, a su lado.
“Él se sonreía cuando le decía eso. Se veía muy diferente, muy bonito, no guapo sino como una persona que miras alegre y limpia. En el sueño le pedí a una persona que me pellizcara para saber si estaba soñando, y mientras me cercioraba corría y lo abrazaba. “Era mi despedida porque no me despedí el día que se fue a trabajar, no tuve oportunidad de abrazarlo. Casi siempre sueño el abrazo que deseé y que me quedé con ganas de dar”, dice la mujer de 34 años.
Elvira pasó la nochebuena afuera de la mina. Cristian, su hijo de 12 años, le preguntaba desconcertado que por qué también en Navidad tenían que ir a la mina. Ella le dijo que porque no podían dejar que papá estuviera solo allá, y que cenar sin él era como si lo abandonaran.
“En cierta manera sabemos que está muerto porque una persona no puede vivir tanto tiempo sin alimento, sin agua, pero no nos hacemos a la idea hasta no ver el cuerpo. Ahorita toda la familia está en una irrea
lidad, en cierta forma mis hijos están esperando que regrese, me preguntan mucho cuándo va a llegar papi, y yo siempre sueño que lo abrazo”, dice.
Ella interpreta que él no se quiere ir porque, hasta el momento, en ninguno de los sueños en los que ha aparecido se ha despedido.
A su alrededor, juegan sus hijos. Tania hace una tarea escolar en el piso, Cristian y Estefanía juegan con la computadora. Cuando mira a su niña de cuatros años recuerda que le explicó como pudo la ausencia de ‘papi’.
Le dijo: “Tu papi ya no está, vinieron unos ángeles del cielo, le pusieron unas alitas y se lo llevaron volando”. Tiempo después, cuando una primita le dijo que la mina había explotado y que su papá se había muerto, la niña corrió hasta Elvira y le dijo: “¿Verdad que papi está vivo en el cielo?”
Doña Lucia Reyna, anciana madre de 71 años (“tenía seis hijos, ya me falta uno”, dice), sólo se ha topado dos veces con su Felipe de Jesús Torres. Los dos sueños ocurrieron antes de que rescataran el cuerpo de su primogénito y se lo entregaran.
“Lo soñé una vez bien triste, que vino y yo le decía ‘Ay, m’ijo’ y él no me habla, nomás me mira triste y se acostó en un catre y empezó a arder su cama. ‘Hijito, ¿no te cala la lumbre?’. ‘Nooo’, me dijo. Desperté, me dio mucha tristeza que anduviera en la lumbre.
“Otro día lo veía con su pelo todo negro, así, bonito como lo tenía, pero su panza tenía carne amarilla, bien raro. Yo quería seguirlo soñando pero ya no lo sueño. Pero es mejor no soñarlo porque no quiero que siga penando m’ijo”.