HAY HAMBRE EN MUNICIPIOS CONURBADOS DE OAXACA
Por Marcela Turati (Fotos Nacho Galar)
PERIODICO EXCELSIOR. NOVIMEBRE DE 2006
Xoxocotlán.— El hambre comenzó a apretar en los municipios conurbados de Oaxaca.
Los campesinos que décadas atrás dejaron la milpa y migraron a la ciudad en busca de oportunidades, hambrientos, están regresando a sus lugares de origen. No tienen trabajo desde hace tres, cuatro meses, los mismos en los que los alimentos duplicaron su precio.
En la colonia Los Ángeles –que surtía de albañiles, lavanderas, trabajadoras domésticas y afanadores a Oaxaca–, la nueva dieta es tortilla y frijol con sal; los desempleados compran periódico en vez de pan, con la esperanza de encontrar en las secciones de anuncios clasificados el trabajo que no existe.
Por sus calles sin trazo ni pavimento ya no transitan los camiones repartidores de Coca, Marinela o Sabritas, por miedo a los saqueos de quienes se dicen APPO y porque no hay quien compre. Los vendedores de abarrotes ya se comieron su propia mercancía.
Mientras los antiulisistas de la APPO, los policías estatales vestidos de civiles y la PFP se enfrentan a 20 kilómetros de distancia, las familias piden fiado, atrancan sus casas de techo de lámina, se regresan al rancho natal o comienzan a exiliarse del hambre en Estados Unidos.
‘DIOS MIO, QUE NO ENFERMEN’
Cidronia Martínez mira a sus cuatro hijos humedecer su tortilla en el caldo de frijol y no logra espantar el miedo de que uno de ellos se le enferme por el ‘frial’ que hace. Los observa recargada en lo que fue un anaquel de la tiendita de abarrotes que tenía con Dimas, su esposo. La necesidad los empujó a comerse la mercancía.
De su tienda y los 7 mil pesos que le habían invertido en productos, sólo les quedaron dos jabones Zote, un Suavitel y una botella de cloro. Hace tres meses optaron por no surtirla; los mismos que Dimas lleva sin encontrar una obra donde le paguen por pegar ladrillos.
“Todo está jodidísimo. Tengo miedo de todo, por los niñitos, con qué dinero vamos al doctor si se enferman, y ahorita puro frijol, y los niños dicen que quieren más pero no hay forma”, dice sonriente, como si hablara de un caso que no es el suyo, como no queriendo que sus hijos se den cuenta de la carga que llevan sus palabras.
“Antes, por lo menos, dos tres veces a la semana comíamos pollo, verduras, frutas de la temporada, ahora ya ni eso, ahora, si acaso dos veces al mes. Ya hasta la cuenta perdí”, dice risueña.
Cubriéndose del frío con su gorro de estambre, Dimas recita de memoria las mutaciones que han subido los precios en la zona, que han sido los verdaderos rehenes del conflicto. Si el frijol costaba 11 pesos el kilo, ahora está a 15; la leche, de 7 se disparó a 10 la caja; el maíz, de 3 a 4.50; el jitomate, de 10, duplicó su precio; si con 10 pesos compraban 12 huevos, ahora sólo alcanzan 8.
“La gente se vino del campo para trabajar, y con esta situación se ha revertido esto: ahora en los pueblos es más fácil conseguir alimentos porque el campo no deja sin comida, todavía se puede sembrar, y acá quien no trabaja diario no come”, dice él, quien también es el jefe de la colonia.
Los estragos del hambre y la malpasada se reflejan en todas las casas a la redonda.
Dos familias vecinas emigraron a la Sierra Juárez , de donde algún día salieron para huir de la falta de oportunidades. La abuela zapoteca Ana Margarita Pérez Ruiz, vecina de Dimas y Cidronia, regresó a su pueblo natal para pedir comida prestada a sus parientes y alimentar a su plebe.
Ella quedó en el desempleo el 20 de julio.
“Hacía el quehacer con una licenciada que tenía una ferretería y como los maestros cerraron caminos y sus camiones ya no pasaban, me dijo que tenía que estar sin trabajar. Ayer fui a verla y me dijo que todavía no hay trabajo”, explica con la misma sonrisa de aparente despreocupación de Cidronia, pero por los ojos se le sale la tristeza.
Ana Margarita muestra los costales de maíz, frijol, chícharo y haba que trajo del rancho que abandonó décadas atrás, y a donde mandaba parte de los mil 200 pesos que ganaba a la semana.
“Hace un año tenía mis 7 mil pesos ahorraditos, ahora les pedí mil pesos a mi papá porque ya nos quedamos sin nada. Ya no comemos comida bien, nada de tasajo o pollo, ahora puro frijolito; a los niños tuvimos que suspenderles las frutas y el yogurt, desde hace un mes no probamos carne”, dice con esa desesperante sonrisa de ‘aquí no pasa nada’.
Bajo el tejabán de la casa de lámina, como todas las de esta colonia, su yerno, Pedro Ortiz, escudriña el periódico ‘Noticias’ en busca de trabajo. Desde hace un mes que dejó la fábrica refresquera en la que preparaba concentrados porque hasta tres horas tardaba en llegar, por el caos vial.
Cierra el periódico y comenta: “Antes venían bastantes trabajos pero ahora casi no. Y para mí, ninguno, buscan puro que ha estudiado más”.
En la colonia Los Angeles todo está suspendido. se desplomó el sueño de la electrificación subterránea, aunque sólo faltaba una firma. La que sería la nueva escuela se quedó en puro armazón. La gente que no ha emigrado no sale de casa, pues pocos tienen para pagar los 15 pesos que cobran las moto-taxis hasta el centro del municipio. Al cerro fraccionado, camino a Monte Albán, ya no suben camiones urbanos, pues los que daban el servicio yacen calcinados en alguna calle de la capital.
‘NI A LA ESCUELA PUDIMOS ENTRAR’
El regreso de los maestros a clases no sirvió de alivio a los losangelinos. Menos para gente como Rosa López Santiago, madre sola de tres hijos, dos de ellos en primaria
“Los maestros nos piden los 100 pesos de cooperaciones para arreglar las computadoras de la escuela y los tuve que dar”, dice sentada debajo de un árbol.
La joven-anciana de 26 años todos los días aguanta la mirada severa de sus pequeños cuando les sirve el plato raquítico con el menú repetido de caldo de frijol.
“Ellos quieren más pero les digo ‘aguántense, que no hay ahorita, y es que llevamos dos o tres meses sin comer pollo’”.
Junto a ella está Alma, su sobrina de 10 años, que no se aguanta y dice que “desde que empezó la guerra de los maestros”, ella, su hermana que iba a terminar la primaria y su hermano mayor ya no volvieron a la escuela.
“No tuvimos lo de la inscripción de 150 pesos que nos pedían a cada uno. Mi tío que está del otro lado nos manda un poquito, mi hermana Itaví ya iba en sexto, quería terminar la primaria, y mi hermano ya estaba en secundaria”, dice la niña que viste un uniforme escolar de la primaria Josefa O. de Domínguez, que alguien le dio de regalo.
Atravesando los carrizos que dividen los terrenos, los ancianos Cristino Santiago y Nieves Roque pasan hambre. Los 20, 25 pesos que gastaban en despensa les alcanza para la mitad y desde hace meses nadie visita su jacal para comprarles una de las chivas con las que cohabitan bajo el mismo techo chaparro.
Cristino está enfermo y trata de curarse con unas yerbas que se amarró al cuello. Dice que la medicina que tomaba triplicó su precio.
“Ora ya no compro tanto, nosotros no trabajamos, no hay dinero. Empezó el problema maestro-gobierno y 16 peso el kilo ‘azuca’, ya no hay cosa barata, medicina compraba 50 peso y orita 150, orita ya no hay gente que busca animales, el maestro quitó nuestro (camión) urbano y quemó”, resuma la viejita su situación.
“NI A FRIJOLES LLEGAMOS”
Como en las guerras, en los municipios conurbados de Oaxaca, las madres solas, los enfermos, los ancianos y los niños, son los primeros afectados de la falta de entendimiento político entre los oaxaqueños y la federación.
Hay familias que han podido matizar el sufrimiento de los niños, como la de Roberto Aguilar Córdoba, del pueblo de artesanos llamado Arrazola, que, literalmente, se encuentra tras lomita.
“Nos está llevando todo el trast
e a los artesanos, no viene turismo, y aquí el 80% se dedica a hacer alebrijes. Antes, a la semana venían dos o tres grupos de autobuses de extranjeros, ahora si se para un turista o dos al mes ya es ganancia, y lo mismo ocurre en San Martín Tilcajete, San Bartolo Coyotepec, Atzompa, Teotitlán”, dice frustrado.
Este creador de alebrijes que ha expuesto sus obras en Estados Unidos dejó sus últimas artesanías empeñadas en la ciudad de México, volvió a sembrar milpa y malvendió sus dos vacas y sus 12 borregos.
Ni con eso se salvó de la dieta de tortilla con sal, porque en su casa escasean también los frijoles.
“Por lo menos, dos, tres veces por semana mi esposa y yo comemos tortilla con sal, a las niñas sí tenemos que darles sus frijolitos y sus atoles de maíz porque están en crecimiento; nosotros nos aguantamos, al cabo ya vamos de salida”, dice el hombre de 41 años, padre de cuatro mujercitas.
El alebrijero que tuvo que volverse campesino, está por convertirse en albañil.
Se pone enero como plazo: si las cosas no mejoran seguirá la ruta de los 20 jefes de familia que hace varias décadas salieron de su rancho para mejorar su vida en Arrazola, y en septiembre tomaron un camión hacia Estados Unidos huyéndole al hambre.