Equipo Argentino destaca contradicciones en las versiones de los detenidos

20 abril, 2016 // Publicado en APRO

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En el dictamen del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) sobre las versiones de los detenidos que supuestamente aportaron los datos para que la PGR concluyera que en el basurero de Cocula fueron calcinados los 43 normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, existen grandes contradicciones. A continuación los distintos testimonios sobre lo que supuestamente los implicados hicieron en el basurero de Cocula:

“El Chereje”

Agustín García Reyes, "El Chereje". Foto: Especial

 

“El 28 de octubre de 2014, el equipo de la Procuraduría interrogó a Agustín García Reyes (El Chereje), quien declaró que recibió la indicación de recoger maderas, troncos, árboles y piedras; que hicieron un círculo con las piedras y colocaron los troncos en el centro, y después apilaron encima a las víctimas. Informó que volcaron aproximadamente 20 litros de diésel o gasolina de un único contenedor sobre la pila de cuerpos de las víctimas y sobre los troncos, y encendieron el fuego con un encendedor. Ese fuego tardó aproximadamente 15 horas en quemar a las víctimas hasta dejarlas reducidas a cenizas.

Después, los inculpados usaron las manos y botellas para recoger los restos, ya que había solo una pala. Los restos fueron colocados en ocho bolsas negras de residuos que llevaron al río San Juan, adonde las arrojaron”.

“El Jona”

Jonathan Osorio Cortés, "El Jona". Foto: Especial

“El 28 de octubre de 2014, la Procuraduría interrogó a un inculpado de nombre Jonathan Osorio Cortés (El Jona), quien inicialmente habló de otro incidente en el que participó [ocurrido algunos meses antes de septiembre de 2014), en el cual otras tres víctimas desconocidas fueron asesinadas en el basurero de Cocula, tras lo cual los inculpados acomodaron piedras en círculo, colocaron neumáticos y troncos en el pozo, colocaron a las víctimas encima y les prendieron fuego con gasolina y diésel. Se informó que el fuego duró ocho horas y que los inculpados mientras tanto lo alimentaban para que “quemara mejor”, hasta que los restos quedaron “calcinados”. Luego, trituraron los restos de las víctimas usando un tronco largo y pesado. Cortés declaró que se limpió el área pero que no retiró los restos del lugar. Luego, Cortés habló del incidente en cuestión [es decir, la supuesta cremación de los 43 normalistas], y dijo que ocurrió en el mismo lugar que el anterior. [Al referirse a este último, señaló que] aproximadamente las 03:00 del 27 de septiembre de 2014, las víctimas fueron colocadas en un ‘horno’ hecho de piedras, neumáticos y troncos. Cortés declaró que esto “serviría para que el oxígeno produjera la combustión”. Cortés dijo que otro inculpado arrojó diésel con un poquito de gasolina a los cuerpos y prendió fuego en cada extremo opuesto de la pila “para que los cuerpos se quemaran parejos”. Declaró que el fuego duró seis horas antes de que hubiera necesidad de avivarlo. Aproximadamente a las 13:00, Cortés recibió la orden de cortar árboles y alimentar el fuego. A las 16:00-16:30 del 27 de septiembre de 2014, Cortés recibió la orden de regresar al basurero para ayudar a limpiar el área. A las 17:40, aproximadamente, del 27 de septiembre de 2014, llegó a la casa de Landa donde había cuatro bolsas de cenizas que iban a ser llevadas al río adonde serían arrojadas; él no fue”.

“El Cheques”

Miguel Ángel Landa Bahena, presunto integrante del grupo delincuencial Guerreros Unidos. Foto: Especial

“Un tercer inculpado, Miguel Ángel Landa Bahena (El Cheques), [detenido el 11 de abril de 2015]fue interrogado por la Procuraduría y confesó haber estado presente en el basurero de Cocula cuando las víctimas fueron asesinadas y sus cuerpos eliminados. Proporcionó [página 98 de 246] una extensa declaración. Bahena también informó sobre otra víctima asesinada y quemada en el basurero de Cocula. Bahena declaró que acomodaron piedras en el fondo del basurero y que trajeron entre 10 y 15 neumáticos. Informó que en ese momento caía una ligera llovizna. Dijo que los neumáticos fueron colocados arriba de las piedras junto con trozos de plástico y palos. Luego, los inculpados pusieron entre ocho y diez cuerpos de víctimas en fila, uno al lado de otro (hombro con hombro), luego pusieron otra capa de cuerpos, entre ocho y diez, en forma perpendicular, entrecruzados, sobre la capa anterior. Continuaron acomodando a las víctimas de esta manera hasta que la pila llegó a tener 1.5 metros de altura, aproximadamente. Bahena informó que otro inculpado trajo dos contenedores de gasolina de cinco litros cada uno, que volcaron sobre las víctimas. A esa altura, ya eran aproximadamente las 02:00-03:00 de la madrugada del 27 de septiembre de 2014. A las 09:30, aproximadamente, trajeron una motosierra al lugar de los hechos, que se usó para cortar troncos más chicos y colocarlos arriba de los restos que se estaban calcinando. Hacia las 17:00 horas del 27 de septiembre de 2014, los restos ya estaban casi reducidos a cenizas. El 28 de septiembre de 2014, Bahena regresó con varios inculpados a la escena, llevaron palas y, con ellas y con las manos, juntaron las cenizas y las colocaron en seis o siete bolsas negras de residuos; las bolsas luego fueron arrojadas al río San Juan.”

Borró evidencias una segunda quema en basurero de Cocula: EAAF

20 abril, 2016 // Publicado en APRO

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El dictamen completo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) sobre Cocula arroja que ese basurero fue vuelto a quemar después del primer peritaje, durante el tiempo en que la PGR retiró la vigilancia, acción que hizo que se borraran evidencias.

También revela que los testimonios de los supuestos asesinos no coinciden en cuestiones fundamentales como las horas, la colocación de las víctimas y el número de bolsas en las cuales dispusieron sus restos; además de que ellos mismos confesaron que restos humanos encontrados en el sitio son de personas asesinadas antes de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, por lo que los restos encontrados en el lugar podrían corresponder a otras víctimas.

“Dadas las alteraciones significativas en la continuidad de la custodia del sitio, el tiempo transcurrido desde que se produjo el incidente hasta que se examinó por primera vez el lugar de los hechos, las observaciones colectivas realizadas durante la inspección del 5 de diciembre de 2014 y la información reunida durante la inspección inicial comenzada el 27 de octubre de 2014, no respaldamos la hipótesis de que hubo un fuego de la magnitud requerida y de la duración informada en la madrugada del 27 de septiembre de 2014, que habría arrojado como resultado la cremación en masa de los 43 estudiantes desaparecidos”, se destaca en el dictamen como conclusión.

El estudio realizado entre octubre de 2014 y febrero pasado, y en el que participaron 26 peritos internacionales, fue publicado anoche en la página oficial de la prestigiada organización y tiene como conclusión que no existe evidencia científica de la incineración de los 43 estudiantes en el basurero y tampoco de que el hueso de Alexander Mora Venancio, hallado en el río San Juan, provenga de ese sitio.

El informe de 351 páginas revela información que la PGR intentó ocultar al EAAF, a pesar de ser coadyuvante en el caso y representante de las 43 familias de los normalistas. Además, contrasta con los tres vagos párrafos presentados como conclusión preliminar de los seis expertos en fuego que realizaron un tercer peritaje al basurero, en el que sólo mencionaron que hubo una quema controlada en el basurero de Cocula y que en el lugar se encontraron restos humanos de 17 personas, pero no especifica si esos “hallazgos” están relacionados con la búsqueda de los 43 estudiantes o si se refiere a quemas anteriores en el tiradero.

El informe del EAAF cuestiona duramente las evidencias que presentó en su tiempo el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, para “demostrar” la calcinación de los estudiantes, y señala que el funcionario pasó por alto que en ese basurero siempre se ha quemado basura, que no pudo existir un “efecto horno” que calcinara a 43 personas y que las evidencias presentadas en conferencia (aluminio, restos de llantas, piedras y huesos) no son muestra de nada relacionado con los estudiantes.

Este equipo también da cuenta de múltiples irregularidades que notaron al trabajar al lado de la PGR, entre ellas las alteraciones que sufrió el tiradero después de haber sido revisado, las inspecciones que hizo por cuenta propia el personal de la dependencia sin avisar al equipo, cómo el sitio quedó sin ser resguardado a pesar de ser considerado la escena del crimen, y el extraño hallazgo de 44 casquillos amontonados en un lugar que antes ya había sido revisado por los especialistas argentinos.

“Cabe destacar que al llegar al lugar de los hechos el 5 de diciembre de 2014, un integrante del EAAF que había estado presente en la inspección iniciada el 27 de octubre de 2014 advirtió que, a lo largo de la base de la ladera, parecía haber cinco áreas de quema bien localizadas que no se habían evidenciado durante la inspección inicial”, se menciona en el reporte.

En el apartado sobre el basurero se menciona: “La mayor parte del follaje no mostraba señal alguna de haber sufrido los efectos del calor; aproximadamente 11 ramas mostraban diversos niveles de daño por calor y fuego. También es importante advertir que, dadas las alteraciones significativas en la continuidad del lugar con evidencias que indicaban que se accedió al basurero en el periodo comprendido entre la inspección inicial del lugar realizada a partir del 27 de octubre de 2014 y la inspección realizada el 5 de diciembre de 2014, se desconoce si la pila de follaje examinada había sido alterada de alguna manera, lo que impide afirmar con absoluta certeza si se inspeccionó todo el follaje desmalezado en la primera inspección para buscar signos de los efectos del calor.”

El retiro de la vigilancia de la zona por parte de la PGR, a pesar de que el basurero era considerado escena del crimen, causó la pérdida de información valiosa, como el uso del combustible, de madera y de neumáticos para la supuesta quema de los estudiantes; también hubo alteraciones en el follaje y la tierra.

En un apartado donde entrelazan las declaraciones de los detenidos con las que Murillo Karam armó la supuesta “verdad histórica”, el EAAF menciona: “Es importante señalar que aquí Cortés (se refiere a Jonathan Osorio Cortés, El Jona) habla de cuatro bolsas, Bahena (se refiere a Miguel Ángel Landa Bahena, o El Cheques) de seis o siete bolsas, mientras que Reyes (se refiere a Agustín Reyes García, El Chereje) menciona ocho bolsas con restos supuestamente de los normalistas que habrían arrojado al río San Juan”.

“Fue interesante advertir que la información derivada de las declaraciones obtenidas (de parte de la PGR de los tres inculpados supuestamente involucrados en la matanza y disposición de los restos) presentó contradicciones significativas. La forma en que se colocaron los restos de las víctimas, los neumáticos, los troncos y el resto del material combustible varía significativamente. También cabe advertir que la información de la persona arrestada e interrogada en último lugar sugirió el método más eficiente de quemar los restos de las víctimas.”

Esto se advierte en el apartado “Análisis en relación al fuego”, firmado por los expertos canadienses en incendios y explosivos Greg Olson y Bryan Fisher, consultores EAAF quienes, según el documento, estuvieron en el basurero de Cocula y analizaron evidencia en la Ciudad de México del 30 de noviembre al 7 de diciembre de 2014; del 2 al 8 de febrero de 2015, y del 18 al 26 de abril de 2015.

Para realizar ese análisis, además de la visita al basurero, la recolección de muestras, la toma y comparación de fotografías satelitales, el estudio de la vegetación y la fauna, se tomaron en cuenta las investigaciones de la PGR con los testimonios de los presuntos asesinos.

Para hacer el dictamen los expertos tomaron como base la “verdad histórica” presentada por el entonces titular de la PGR, Jesús Murillo Karam, que señalaba lo siguiente: “Esa madrugada (del 27 de septiembre de 2014), los 43 estudiantes desaparecidos fueron llevados a un basurero municipal ubicado en las afueras de Cocula, donde fueron asesinados, sus cuerpos apilados y quemados con gasolina y/o diesel, junto con neumáticos y pedazos de madera. Se presume [en función de las declaraciones de los inculpados]que los restos de los 43 estudiantes fueron cremados durante aproximadamente 15 horas.

“Luego, los inculpados recolectaron parte de los fragmentos óseos quemados de los estudiantes y otros artefactos en ocho bolsas, que transportaron hasta un pequeño río (el San Juan), que corre junto a un camino de grava por el que se accede al basurero desde la ruta principal, justo a la salida de la población de Cocula. En ese momento los inculpados vaciaron en el río los fragmentos de hueso de todas las bolsas menos dos; estas dos bolsas fueron arrojadas con su contenido al río. Cuatro inculpados confesaron haber estado presentes durante el asesinato, la cremación y la disposición final de los cuerpos de los 43 estudiantes, y tres de 11”.

En el documento, el EAAF señala –en coincidencia con el Informe Ayotzinapa del Grupo de Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI)– que no coinciden las declaraciones de los inculpados sobre su llegada al basurero y sobre el número de horas que permanecieron en él, así como en la colocación de los cuerpos o el uso de combustibles.

Aunque los peritos del Equipo Argentino encontraron evidencias de que en ese lugar había, por lo menos, restos de 19 personas distintas, en el informe mencionan que los mismos presuntos culpables dijeron a la PGR que en la base de la ladera del basurero ya antes habían asesinado y cremado a otras víctimas que no están relacionados con los 43.

Uno de los restos hallados fue una mandíbula con piezas de porcelana, trabajo odontológico que ninguno de los 43 estudiantes tenía.

Sobre las “evidencias” que en su tiempo presentó Murillo Karam para reforzar que los 43 fueron calcinados en Cocula, el dictamen señala:

“No es evidente, por el momento, ni el número de eventos de fuego ocurridos en el basurero de Cocula ni poder distinguir a cuál de ellos pudieran pertenecer los elementos recolectados entre el 27 de octubre y el 6 de noviembre del 2014. En este sentido, el cálculo de temperaturas a las que podrían haber sido sometidos elementos biológicos y no biológicos encontrados en el basurero de Cocula, mencionados también en la conferencia del 27 de enero de 2015 por la PGR, puede no ser relevante en esta investigación. Los elementos tomados como diagnóstico –aluminio, vidrio, dientes, etc.– pueden no corresponder a los incidentes del 26 de septiembre del 2014, sino a eventos anteriores”.

Lo que no cuadra…

Varios de los estudios al basurero arrojaron datos por las cuales estos peritos independientes señalan que en el mismo no pudieron ser quemados los 43 estudiantes, entre ellos los siguientes:

*Alteraciones al follaje

“Antes de desmalezar el lugar que rodeaba el área oscurecida de la base de la ladera, se hizo evidente que parte del follaje había sido cortado, arrancado o quitado previamente.

*No había presencia de follaje decolorado o marchito que indicara la existencia de un gran fuego:

Se observó que el resto del follaje que se encontraba alrededor del perímetro del área desmalezada no mostraba signos de haberse decolorado o marchitado. Hubo sólo una excepción. Se observó un área localizada de quema del suelo en el borde occidental del área desmalezada, al sur de la trinchera cavada por el equipo del EAAF y PGR durante la inspección original del lugar.

La mayor parte del follaje no mostraba señal alguna de haber sufrido los efectos del calor; aproximadamente 11 ramas mostraban diversos niveles de daño por calor y fuego. También es importante advertir que, dadas las alteraciones significativas en la continuidad del lugar con evidencias que indicaban que se accedió al basurero en el periodo comprendido entre la inspección inicial del lugar realizada a partir del 27 de octubre de 2014 y la inspección realizada el 5 de diciembre de 2014, se desconoce si la pila de follaje examinada había sido alterada de alguna manera, lo que impide afirmar con absoluta certeza si se inspeccionó todo el follaje desmalezado en la primera inspección para buscar signos de los efectos del calor.”

*Las rocas incineradas pudieron haber sido quemadas antes del 26 de septiembre

“Se puede concluir que las rocas han sufrido exposición al calor, aunque se desconoce cuándo, durante cuánto tiempo, así como la cantidad de episodios de incendio que tuvieron lugar.”

*Los neumáticos pudieron haber sido quemados antes del 26 de septiembre

“También se detectó la presencia de numerosos restos de hilos metálicos trenzados y oxidados a diferentes profundidades. Los hilos metálicos son similares en tamaño a las cuerdas de metal usadas en la fabricación de neumáticos. Esto indicaría que en este lugar se quemaron neumáticos en ocasiones anteriores.”

*Los tocones no se veían afectados por un gran incendio

“La mayoría de los tocones experimentó efectos menores de exposición al calor. Sin embargo, como el calor radiante no se ve afectado por las condiciones climáticas y se extiende desde el foco del incendio en línea recta, un gran incendio provocaría efectos de calor significativos en el área inmediatamente alrededor del incendio, y ese no fue el caso aquí. Estando la gran mayoría de los tocones dentro del área oscurecida y dentro de la retícula demarcada, habrían estado expuestos a un incendio grande y prolongado dentro del área oscurecida donde se informó que 43 víctimas fueron cremadas en masa, pero sólo se observan efectos menores de calor”.

*Los hidrocarburos no pudieron ser estudiados por las alteraciones al sitio

“En otras circunstancias, estos resultados, junto con los de las muestras tomadas por el equipo de la PGR mencionado anteriormente, serían concluyentes; sin embargo, debido a las significativas alteraciones en la continuidad de la escena y a las evidencias de que se ingresó al sitio y que hubo incendios en el periodo comprendido entre la inspección original iniciada el 26 de octubre y la inspección del 5 de diciembre de 2014, nos es imposible arribar a conclusiones basadas en la presencia de estos líquidos inflamables volátiles en relación con los hechos ocurridos el 27 de septiembre.”

*No coinciden testimonios de supuestos culpables con el uso de neumáticos

“Con respecto a los neumáticos mezclados con los restos de víctimas, la información de los inculpados sobre cómo se utilizaron los neumáticos no fue coincidente. Uno de los inculpados informó que las víctimas fueron colocadas sobre los neumáticos puestos en el suelo; otro inculpado informó que los neumáticos fueron colocados arriba de las víctimas. Un inculpado indicó que se usaron entre 10 y 15 neumáticos. Si los neumáticos se hubieran colocado sobre el piso con las víctimas encima, habrían quedado restos parciales de las paredes laterales de los neumáticos junto con los hilos de acero. Como se indicó anteriormente, hubo al menos ocho neumáticos tomados por el equipo de la PGR de México y hubo piezas de lo que se sospecha que es goma encontrada en los indicios recolectados. Si los neumáticos hubieran sido colocados arriba de las víctimas, se habrían consumido por completo y sólo hubieran quedado los hilos de acero. Como se consignó anteriormente, hubo alteraciones significativas en la continuidad de la custodia de la escena, lo que se suma a la evidencia de que hubo quemas subsiguientes, lo que nos impide la posibilidad de enunciar cómo se usaron los neumáticos, si acaso se usaron, ni cómo pudieron haber sido usados.”

*Se borró la pista de cómo se utilizó la madera en la supuesta quema

“Con respecto a la madera (los troncos) que supuestamente se usó, tal como se mencionó en numerosas ocasiones, hubo alteraciones significativas en la continuidad de la custodia que impiden hacer algún comentario sobre hasta qué punto se usó madera como carga de fuego ni sobre cuáles fueron sus dimensiones específicas.”

*No hubo “efecto horno”, como lo anunció Murillo Karam

“Más allá del follaje que rodea esta área, no hay barreras físicas reales que permitirían que el calor radiante se reflejase de manera eficiente hacia las víctimas quemadas, la cantidad de calor radiante reflejado hacia las víctimas quemadas sería mínima. Las características físicas del área tipo cráter no respaldan el argumento específico de que la supuesta quema de los estudiantes desaparecidos en el basurero produjo un proceso de quema similar a ‘cremar las víctimas en un horno’, como fuera alegado por el entonces procurador Murillo Karam en la conferencia de prensa de enero de 2015.

*Notorias contradicciones de los supuestos asesinos

“Fue interesante advertir que la información derivada de las declaraciones obtenidas (de parte de la PGR de los tres inculpados supuestamente involucrados en la matanza y disposición de los restos) presentó contradicciones significativas. La forma en que se colocaron los restos de las víctimas, los neumáticos, los troncos y el resto del material combustible varía significativamente. También cabe advertir que la información de la persona arrestada e interrogada en último lugar, sugirió el método más eficiente de quemar los restos de las víctimas”.

 

#Másde72: Las dudas de Jovita

7 abril, 2016 // Reportaje Especial

En diciembre de 2012 funcionarios de la PGR le entregaron a la familia Gallegos dos urnas con las supuestas cenizas de sus parientes Luis Miguel e Israel, cuyos cadáveres fueron hallados casi dos años antes en las fosas de San Fernando. Jovita y María Guadalupe, madre y hermana de los muchachos, recibieron las urnas y las enterraron… pero no están seguras de que hayan sido los restos de sus familiares. Sus dudas tienen fundamento: el expediente forense revela que los peritos cometieron errores con las pruebas de ADN. Este caso pone en evidencia un proceder al parecer recurrente en la procuraduría: cremar los restos. Con ello los yerros oficiales se vuelven ceniza.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 28 de marzo de 2011 los hermanos Israel y Luis Miguel Gallegos Gallegos, de 19 y 22 años, se despidieron de su madre, Jovita, y de sus hermanos y sobrinos. Viajaron a Querétaro para abordar un autobús de la línea Ómnibus de México que tenía Reynosa como primer destino. Ambos masticaban la ilusión de llegar hasta Michigan para reunirse con sus otros hermanos.

Iban decididos a cambiar el paisaje de mezquites, nopaleras, jacarandas y árboles de granada que rodea su modesto ranchito familiar en Tierra Blanca, Guanajuato, construido con años de trabajo indocumentado en Estados Unidos y de veranos de pizcas de jitomate en Zacatecas a cambio de 100 pesos la jornada.

Viajaban con sus primos, Armando y Alejandro Gallegos Hernández, también de Tierra Blanca.

Pero en el camino se les cruzaron Los Zetas a la altura de San Fernando. Vino entonces la barbarie. La muerte por cráneo roto. El entierro a cerro pelón. El desentierro por parte de soldados y peritos de Tamaulipas. El traslado a la Ciudad de México en un tráiler. La plancha metálica del Servicio Médico Forense. El limbo entre los análisis y los trámites burocráticos. El segundo entierro en la fosa común del Panteón de Dolores.

La madre de los Gallegos, Jovita, nunca ha entendido por qué los restos de Israel y Luis Miguel no los regresaron al mismo tiempo que los de sus primos Gallegos Hernández, aunque murieron juntos. El 16 de mayo de 2011 Tierra Blanca había recibido un ataúd con el cadáver de Armando y tres semanas después, el 6 de junio, otro con el de Alejandro.

No eran los únicos guanajuatenses descubiertos en las fosas cavadas por Los Zetas y devueltos a sus familias. También fueron localizados Eleazar Martínez y José Ávila Rosas, de Irapuato; Jorge Antonio Zavala González, de Valle de Santiago, y Raúl Arreola Huaracha, de Celaya. Este último de origen guanajuatense pero con nacionalidad estadunidense, cuya embajada en México reclamó información de su paradero.

Sin embargo, los expedientes de los 120 cuerpos rescatados de las fosas de San Fernando que quedaron bajo tutela de la Procuraduría General de la República (PGR) –a los que tuvo acceso la reportera–, muestran omisiones y errores absurdos.

Tal fue el caso de los expedientes de los hijos de Jovita.

Tres veces ella se hizo pruebas de ADN para que las contrastaran con los cadáveres de la fosa donde fueron hallados los primos de sus hijos.

Un año y nueve meses después, en diciembre de 2012, funcionarios de la PGR le entregaron a la familia Gallegos dos urnas adornadas con querubines, llenas de cenizas. Le aseguraron que ahí estaban los restos de Israel y Luis Miguel. A Jovita todavía se le llenan los ojos de lágrimas al recordar ese momento. No puede hablar.

Es su hija, María Guadalupe, la que lo cuenta: “A mi mamá le dio sentimiento porque así le mandaron a mi papá del otro lado: en cenizas. Decía: ‘¿Cómo es que mis hijos corren la misma suerte?’”.

Ahora es María Guadalupe quien no puede seguir con el relato. Sus ojos parecen un estanque a punto de desbordarse. Fue ella la que recibió las urnas con las cenizas. En la PGR no le dieron más opción. El esposo de Jovita, padre de sus 11 hijos, murió 17 años antes en un accidente carretero cuando trabajaba en Estados Unidos. Treinta mil pesos le cobraban por repatriar el cadáver en un ataúd. No tuvo dinero para ello; por eso, sólo por eso, lo aceptó vuelto cenizas.

“Como los cuerpos ya estaban descompuestos y contaminaban por ahí donde iban pasando, me dijeron que sólo así los iban a dar”, explica María Guadalupe con voz temblorosa. Le pesa como lápida sobre el corazón ese papel que jugó de representar a la familia frente a la burocracia.

Entonces Jovita saca su voz. “Yo le dije: ‘Ai así te los van a dar, ya mejor ni los recibas’. ¿Para qué?”, dice sin mirar a su hija.

Cadena de errores

A las 08:30 horas del 30 de noviembre de 2012, el último día del sexenio de Felipe Calderón, un grupo de funcionarios con una orden judicial, ayudados por panteoneros, abrieron la fosa común donde fueron lanzados los cuerpos de San Fernando. Pasaron todo el día seleccionando los restos que buscaban. Se retiraron al atardecer, cuando los 10 cadáveres que exhumaron se habían convertido en cenizas.

Ocho guatemaltecos fueron cremados junto con los hermanos Gallegos. La PGR los identificó como William, Bilder Osbely, Delfino, Erick Raúl, Gregorio, Jacinto Daniel, Marvin y Miguel Ángel.

El crematorio del panteón de Dolores fue donde se mezclaron los horrores ocurridos en Tamaulipas. Uno de los guatemaltecos había perdido la vida ocho meses antes que el resto, en la matanza de los 72 migrantes ocurrida en agosto de 2010, también a manos de Los Zetas, también en San Fernando. Los demás venían de las fosas halladas en 2011 en ese municipio. Todos habían sido trasladados al Distrito Federal y coincidieron en la misma fosa.

La orden de cremación fue firmada por el agente del Ministerio Público José Rojas, como consta en los oficios en poder de la reportera. Después se explicó que dicha cremación se realizó por razones sanitarias.

No valió la petición que organizaciones de defensa de los derechos de migrantes le hicieron a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) para que impidiera la destrucción de esos 10 cuerpos. Tampoco los argumentos de que no se podían quemar cadáveres si aún no acababa el procedimiento penal en un caso tan grave como el de las masacres perpetradas por Los Zetas; más aún, si los familiares de las víctimas no lo autorizaron.

Pero la CNDH no intervino.

El 2 de diciembre de 2012, un año y nueve meses después de haber sido asesinados y desaparecidos por Los Zetas, los restos de los hermanos Gallegos, vueltos cenizas, fueron enterrados por su familia, bajo una plancha de cemento colado que tiene como único adorno dos cruces de metal financiadas por el ayuntamiento. Ahí quedó escrita como fecha de su muerte el 8 de abril de 2011, el día del hallazgo de las fosas.

Jovita no cree que enterró a sus hijos. Y tiene fundamentos para dudarlo. También para reclamarle al gobierno por una cadena de errores que los funcionarios cometieron en su caso y que resolvieron convirtiendo los cuerpos en cenizas.

El sepulcro de los hermanos Israel y Luis Miguel Gallegos Gallegos, de 19 y 22 años. Foto: Ginnette Riquelme

El engaño

En las fichas forenses realizadas en abril de 2011, el mismo mes de la exhumación, uno de los dos hermanos Gallegos Gallegos, aparentemente Luis Miguel, el mayor, está registrado como plenamente identificado por su coincidencia con el ADN de Jovita y por las pruebas antropológicas, de dactiloscopia y odontología genética.

Era el cadáver 18 de la fosa 4. Ese mismo mes, el cadáver 15 de la fosa 1 también estaba identificado (vía ADN) como el del primo Armando. En ese momento algo pasó, que el caso quedó en el limbo de la burocracia.

La causa de la tardanza de la identificación podría estar contenida en unos oficios que integran el expediente SIEDO/UEIS/AC/044/2011 y 0092/2012, al cual tuvo acceso esta reportera, en el que se registra que el 2 de junio de 2011 las muestras de ADN de la señora Jovita y de un hijo llamado José fueron confrontadas con el cadáver 18 de la fosa 4. Coincidieron. El dictamen lo firmó el perito Adrián Bautista.

Jovita sabe algo de los orígenes del enredo que dilató la entrega de los cuerpos. Sabe que Luis Miguel fue identificado rápido por la PGR, pero con Israel fue distinto, pues “estaban en duda porque tenía un tatuaje. Daban todas las pruebas bien (de ADN), pero no era (Luis Miguel) porque tráiba un tatuaje como en la espalda”.

Su hija se tensa. La voz se le extingue por los nervios, como reprimiendo el llanto.

Jovita y María Guadalupe dijeron que no recibirían al cadáver tatuado porque ninguno de los Gallegos tenía sellos en la piel. A Israel le gustaba pintarse letras con tinta en la mano pero nunca se había tatuado. Siempre que trabajaban en la casa se quitaban la camiseta; ellas conocían sus cuerpos.

Incrédulas, las mujeres pidieron que les mostraran una fotografía, las ropas que traían esos cuerpos, sus pertenencias, algo, para tener una segunda prueba de que el tatuado era su hijo y su hermano, respectivamente. La respuesta de la PGR fue: no tenemos nada.

Les mintieron.

En el expediente consultado para esta investigación aparecen las fotografías de los hermanos Gallegos y de sus ropas.

La PGR guarda pistas valiosísimas de los cuerpos, como las piezas dentales, las ropas o incluso medallitas, crucifijos y carteras con identificaciones que portaban al morir, pero que no han compartido para hacer que las familias encuentren esa pequeña pista que les devuelva el cuerpo que añoran enterrar.

La única imagen que los funcionarios de la PGR mostraron a Jovita y a su hija fue la engañosa foto de un tatuaje desconocido. Y la dependencia siguió con el engaño.

El 12 de enero de 2012, nueve meses después de que Luis Miguel había sido identificado, en un oficio interno de la dependencia se solicita al funcionario Miguel Óscar Aguilar, director general de la Coordinación de Servicios Periciales, designe a un perito que procese las muestras genéticas tomadas a la madre y ahora también a María Guadalupe para que se elaboren, otra vez, los perfiles genéticos de los dos hermanos y se confronten con dos cadáveres.

El 23 de enero se especifica que la confronta se haría con las muestras del fémur del ya reconocido cadáver 18 y del 22 de la fosa 4. El 11 de mayo se incluye en la orden al cuerpo 44, recuperado en el mismo lugar.

El oficio DGCSP/DSATJ/643/2012, firmado por Martín Ríos Pérez y dirigido al químico Alfonso M. Luna Vázquez, director del área de Biología Molecular, anuncia lo que en la PGR parece una constante: que las muestras habían sido erradas.

“Con carácter de urgente rinda un informe en relación con los hechos derivados del cambio de muestras biológicas relacionadas a los 120 cadáveres localizados en el estado de Tamaulipas relacionados con la averiguación previa PGR/SIEDO/UEIS/197/2011, pues se presume existencia de irregularidades en relación con la recepción de muestras”, se asienta en el oficio.

Una copia de estos documentos llegó a la directora de Servicios Periciales de la PGR, Sara Mónica Medina Alegría.

El escrito pide que se detalle la secuencia de la toma de muestras, además de los nombres del personal que intervino en la operación. Al final de la investigación, dos peritos fueron sindicados como responsables del error: Berna del Carmen Uribe y Pedro Gabriel Suárez.

A partir de ahí, silencio. El expediente que esta reportera consultó se corta en ese tramo, cuando dentro de la PGR se reconocen los errores que afectaban la identificación de varias de las víctimas, como ocurrió en otros casos, por ejemplo el del Campo Algodonero, la matanza de los 72 migrantes o Ayotzinapa.

Lo siguiente que se conoce es que los hijos de Jovita fueron reducidos a cenizas. Con ello las evidencias se volvieron humo. A pesar de conocer el error, aparentemente la PGR no rectificó.

Con dudas, Jovita y su familia enterraron a dos cadáveres que desconocen si eran de su sangre.

María Guadalupe recuerda bien cómo fue el abrupto desenlace: “Dijeron de PGR: ‘Vamos a hacer más estudios, comprobar las muestras’, querían estar seguros. La última vez me dijeron de PGR que sí era él porque daba (positivo) con el ADN de las muestras de mi mamá. No los entregaron. Nos dijeron que todas las muestras daban bien, que mi hermano era el del tatuaje”.

En la PGR le dijeron que antes de asesinarlo le hicieron un tatuaje para obstaculizar su identificación. Esta “lógica” no ha sido suficiente para espantar la incertidumbre que ronda como fantasma por el ranchito de los Gallegos.

“Las dudas no se acaban, pero ya es más tranquilidad que recién pasado. A veces creo que puede pasar lo de las novelas que dicen que cuando ya lo habían enterrado, el difunto de repente llega.”

Jovita sonríe con picardía.

La única certeza que tiene es que enterró para siempre un sueño recurrente y alegre en el que veía a sus dos hijos regresando a casa.

Este reportaje se publicó originalmente en la edición 2025 de la revista Proceso del 22 de agosto de 2015. Investigación realizada con el apoyo de la Fundación Ford, presentada por Proceso, la División de Estudios Internacionales y la Maestría de Periodismo y Asuntos Públicos del CIDE. Las base de datos puede ser consultada en www.masde72.org

 

La burocracia desaparece cadáveres

10 marzo, 2016 //  Reportaje Especial

Un migrante salvadoreño desapareció en Tamaulipas en 2011. Su madre comenzó a buscarlo y supo que zetas y policías municipales lo habían asesinado. Supo luego que lo sepultaron junto con otros 67 cuerpos en una fosa común de San Fernando. Y dice que aun cuando desde 2012 las autoridades mexicanas conocían la ubicación del cadáver, construyeron un laberinto burocrático para desaparecerlo de nuevo y no entregárselo. Apenas en enero de 2015 pudo recuperarlo y la semana pasada ganó en la Suprema Corte un amparo para que sea considerada como víctima

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Aunque vive en El Salvador, la señora Bertila Parada conoce detalles de la tortura que sufrió su hijo Carlos Alberto en México a partir de aquel 27 de marzo de 2011, cuando dejó de reportarse.

Sabe que nunca llegó a la frontera con Estados Unidos y que estuvo a unos kilómetros de la misma, pero el autobús donde viajaba fue interceptado por Los Zetas y policías municipales a la altura de San Fernando; lo obligaron a bajar.

Sabe que lo atormentaron antes de matarlo: a golpes le tumbaron nueve dientes y le destrozaron el cráneo.

Sabe que en sus últimos instantes de vida vestía una camisa que no le conocía, unos calcetines y unos calzones que sí eran suyos, y estaba amordazado.

Sabe que así, con la mordaza, fue enterrado en una colina donde duró poco más de dos semanas.

Sabe que a su cuerpo, cuando fue hallado, la Procuraduría de Tamaulipas le asignó el número 3 en la fosa 3 de la brecha El Arenal, del municipio de San Fernando, donde se encontraba con otros 12 asesinados. Todavía faltaban 44 fosas por descubrirse, de las cuales fueron sacados 193 cadáveres en el llamado caso de las “narcofosas” o “San Fernando 2”.

Sabe también que el 17 de abril lo trasladaron a la morgue de Matamoros y que al día siguiente le tocó turno para la autopsia.

Mas por decisiones de la burocracia, su hijo volvió a desaparecer el día que fue sepultado con otros 67 cuerpos en una fosa común tamaulipeca: lo enterraron en la fila 11, lote 314, manzana 16, del panteón municipal de la Cruz, Ciudad Victoria. Permanecieron ahí hasta octubre de 2014, cuando fueron enviados a la Ciudad de México.

En abril de 2011, otros 122 habían corrido mejor suerte al ser trasladados a una morgue capitalina, donde los mantuvieron congelados durante meses; luego los destinaron al panteón de Dolores.

En la fosa común tamaulipeca, Carlos Alberto esperó tres años y 10 meses a que Bertila lo rescatara y lo condujera de regreso a casa. Fueron casi cuatro años de tortura para ella y su familia, ya no por parte de los criminales, sino de las autoridades mexicanas que, aun cuando desde el año 2012 conocían la identidad del cuerpo 3 de la fosa 3, lo perdieron en los laberintos de la burocracia.

Bertila sospecha que los funcionarios lo desaparecieron “a propósito” como represalia por las protestas que ella hacía desde El Salvador y por el amparo que interpuso en 2013 –promovido por la Fundación para la Justicia y el Estado de Derecho– para que conservaran su cuerpo y no lo incineraran, como hizo la Procuraduría General de la República (PGR) con otros migrantes, y también para conocer la averiguación previa que México abrió por ese asesinato y que le permitirá saber en detalle cómo y por qué perdió la vida su hijo, al igual que las investigaciones al respecto.

“Siempre he querido saber toda la verdad, aunque me duela; por eso he estado luchando. No quiero enterarme por otros de lo que le pasó; quiero ser la primera en saberlo porque yo, como todos los migrantes, queremos saber qué pasó a nuestros hijos, al esposo, a aquel padre que también se quedó en el camino, en un país donde nos robaron algo, donde nos robaron todo motivo de vivir”, explica.

Al tiempo que expresa esto, Bertila llora en el jardín de su casa de Sonsonate –construida con paredes de adobe, techo de lámina oxidada, cables colgantes y, en el jardín comido por las gallinas, la lona vieja de una aerolínea usada como techo de porche–, donde muestra las fotos de su muchacho, ora disfrazado de payasito, ora sosteniendo un diploma escolar, ora en la playa.

Tiene a su lado una carpeta que el 28 de enero de 2015 le entregó la PGR y que contiene las fotos del cráneo destrozado y del panteón donde su hijo estuvo como anónimo, así como algunos de los oficios que funcionarios de Tamaulipas enviaron a la PGR, y en los que desde 2012 se menciona que debería avisarse a la familia salvadoreña de la muestra genética 115 que su hijo es el cuerpo 3 de la fosa 3. Una orden que nadie cumplió.

O quizás, especula esta mujer a la que la tristeza carcomió sus 56 años de vida, nadie quiso cumplir…

“Aquí estuvo enterrado. ¿Por qué tanto tiempo sin poderlo traer? En esta colina estuvo”, dice mientras muestra las fotografías en las que se observa el cadáver en distintas tomas y la cruz oxidaba que marcaba su tumba cuando llevaba como identidad las señas “Cuerpo 3, Fosa 3”.

El 28 de enero de 2015, en la PGR, ella supo esa parte de la verdad gracias a la Comisión Forense instalada en septiembre de 2013 y que autoriza al Equipo Argentino de Antropología Forense y a diversas organizaciones de familiares mexicanas y centroamericanas a trabajar al lado de los peritos de la procuraduría para devolver la identidad a los cuerpos de los migrantes masacrados en San Fernando (2010 y 2011) y Cadereyta (2012).

Cuando le entregaron el cadáver de su hijo menor, pidió a las antropólogas argentinas le explicaran lo que el maltratado cuerpo denunciaba.

“Yo quería saber cómo había muerto mi hijo. Cuándo más o menos había sido encontrado. Qué es lo que tenía: si llevaba documentos, dinero, prendas que podíamos reconocer. Pero no, sólo el calcetín, el bóxer y la manga larga. Quería saber cómo fue su muerte. Yo me pongo a pensar en todo lo que vivió en el tormento que sufrió. Yo lo presentía todo, quería saber cómo fue, por eso les pedí: ‘Contéstenme todo lo que pregunte’. Me dijeron que la muerte fue un golpe contundente de este lado –dice mientras se toca la sien del lado derecho–. De eso murió.”

Ese día, en la Ciudad de México, solicitó ver los restos. Aunque ya eran huesos, ella constató que sí era él: “Lo reconocí por el físico de la cara, por los dientes que le habían quedado –muy rectecitos y suavecitos– y los pies, que eran poco anchos. Sí le pude reconocer eso”.

Emigrar para sobrevivir

Carlos Alberto abandonó Sonsonate cuando tenía 25 años porque iba a tener un hijo y quería ofrecerle una vida digna. No encontraba trabajo, le desesperaba que Bertila vendiera pupusas en los autobuses para darle dinero, y era amenazado por las pandillas.

Cuando el pollero que lo recogería en la frontera con Texas avisó que nunca había llegado, Bertila, ayudada por una sobrina, puso una denuncia en su país el mismo mes de abril y avisó a la embajada de México, donde, afirma, sólo “se burlaron”, la engañaron diciendo que lo estaban buscando. No supo entonces ni le informaron del hallazgo de las fosas de abril.

“Quedamos esperando, pero esa espera se hizo larga, torturadora.”

Su segundo martirio comenzó en diciembre de 2012, al recibir llamadas de la cancillería y la fiscalía salvadoreñas avisándole que las autoridades mexicanas habían encontrado a su hijo, que lo cremarían y enviarían sus cenizas a casa.

Ella se comunicó con el Comité de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos de El Salvador, que se contactó con la Fundación para la Justicia, para interponer un amparo a fin de evitar la incineración.

El último día del sexenio de Calderón, en diciembre de 2012, la PGR ya había mandado cremar 10 de los cadáveres hallados en San Fernando (Proceso 1886). Su muchacho estaba en la lista de los siguientes.

En ese tiempo Bertila comenzó a armar protestas, dejó de dormir y comer, tuvo deseos de matarse ante la embajada de México para que le hicieran caso. Salía por las noches a la calle a esperar a su hijo. Corría cada vez que veía a alguien de cachucha blanca porque pensaba que era él. Terminó ingresada en un hospital psiquiátrico.

“Fue al año y nueve meses cuando me dijeron que sí lo tenían ahí, como el 14 de diciembre de 2012. Que estaba enterrado. Luego, ante mis protestas y el amparo, dijeron que nunca me habían llamado. Mi dolor para poder enterrar a mi hijo duró tres años 10 meses”, cuenta mientras barajea el expediente, y agrega: “Pienso que las autoridades mexicanas se negaron a ayudarme. Ellos ya sabían de él, lo encontraron, ya lo tenían”.

No era la única: También la familia de Manuel Antonio Realegeño Alvarado –quien estaba entre los muertos de San Fernando– recibió el mensaje de que lo iban a cremar por motivos de salubridad.

El 24 de mayo de 2013 el gobierno mexicano repatrió a El Salvador el cuerpo de Realegeño. A Carlos Alberto no lo enviaron.

“A la mamá (de Antonio) le dijeron que su hijo estaba en el DF. No lo habían enterrado. Estaba refrigerado; al mío lo habían sepultado en Ciudad Victoria.”

Esa fue otra patada en el corazón.

“Siempre supe que si me ofrecían las cenizas de mi hijo me podían dar un animal, una persona equivocada o cenizas de madera, de cal. Ellos querían terminar evidencias, que ahí acabara todo. El gobierno estaba cubriendo algo, no dice la verdad. No es que yo sea detective. Como madres armamos nuestra conclusión: se violaron mis derechos como persona, como ser humano.”

En octubre de 2014, ella y otras mujeres centroamericanas se reunieron con el entonces procurador mexicano, Jesús Murillo Karam, para conminarlo a permitir a la Comisión Forense devolver a sus hijos.

Murillo la miró con sorpresa y le preguntó: “¿Su hijo todavía está aquí?”. Bertila se dio cuenta de que él sabía que hacía tiempo había sido identificado.

El 28 de enero de 2015, cuando la citaron a la PGR, ella tenía la leve esperanza de que el cuerpo que le entregarían no fuera el de su vástago. Pero al verlo se convenció.

“(La antropóloga) me dio información bien veraz: que un 99.98% era compatible. Me enseñaron algo de ropa: alguna que no era de él. Le cambiaron documentos que llevaba.”

La de su hijo era la averiguación previa 52/2011.

En el expediente se lee la cadena de torpezas que cometió la PGR y por las cuales Carlos Alberto volvió a desaparecer, aunque ya estaba identificado.

El 13 de julio de 2012, según se lee en los folios internos de la PGR 43858 y 54729, se solicita confrontar los perfiles genéticos de los cadáveres que en noviembre de 2011 había enviado la procuraduría tamaulipeca contra los perfiles genéticos aportados por El Salvador el 18 de octubre de 2011 a través de la entonces SIEDO, y cuya misión estaba a cargo del maestro Guillermo Meneses Vázquez, adscrito a la Unidad Especializada en Investigación de Secuestros. También, el contraste contra las muestras de las fosas de “San Fernando, Durango, Guerrero y Sinaloa”.

La conclusión era clara: “Los perfiles genéticos de las muestras (…) que corresponden a la familia 115 de El Salvador (…) presentan relación de parentesco biológico con el perfil genético de las muestras, ‘piezas dentales’ extraídas del cuerpo número 3 fosa número 3, con clave NN 527, remitido por Tamaulipas”, según firmó el biólogo Adrián Bautista Rivas.

El 24 de octubre de 2012, ya con la conclusión en la mesa, se turna un acuerdo que instruye a Fernando Reséndiz Wong, director general de Procedimientos Internacionales de la PGR, mandar un oficio a El Salvador para informar que los perfiles genéticos de la familia 115 presentaban “relación de parentesco, biológico y de las dentales” extraídas al cuerpo 3 fosa 3, con clave NN 527, inhumado en el panteón municipal de la Cruz.

En el oficio, Judith Janet Rueda Fuentes, agente del Ministerio Público estatal, exhorta a Reséndiz Wong, director de Procedimientos Internacionales de la PGR, a establecer “contacto con dicho país y estar en posibilidad de solicitar los requisitos indispensables para la exhumación y entrega de los restos de los cuerpos”.

Pasó noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo, abril, sin respuesta. Fueron los meses en que Bertila estuvo protestando y cuando el amparo ya había sido interpuesto. Casi a mediados de mayo, el expediente tuvo un salto.

El 14 de mayo de 2013, el oficio DAPE/292/2013, firmado por el director de Averiguaciones Previas de Tamaulipas, Pedro Efraín González Aranda, requiere a Guillermo Meneses, entonces coordinador de Asesores del subprocurador de la SEIDO, su “colaboración” y “apoyo” para que realice las gestiones necesarias con el fin de obtener los datos que correspondían a la familia número 115, por ser pariente del cuerpo 3 de la fosa 3.

Durante otros ocho meses el expediente no presentó movimientos.

El 19 de enero de 2015 otro oficio informaba que el 19 noviembre de 2014 la Comisión Forense por fin exhumó los restos varados en Tamaulipas, los cuales llegaron el 21 a la capital del país; 33 de esos cuerpos habían sido exhumados en 2011 y otros 37 en 2014. Entre ellos iba el de Carlos Alberto.

A finales de enero de 2015 se lo entregaron.

Últimas noticias

El amparo de Bertila fue aprobado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la cual reconoce, por primera vez, el derecho de familias migrantes a ser aceptadas como víctimas ante la justicia mexicana, a conocer la verdad y a acceder a las indagatorias sobre violaciones graves a los derechos humanos donde perdieron la vida sus parientes, como es el caso de San Fernando. Ella confía en que esta resolución abra la puerta para que las familias de migrantes encuentren a sus hijos que quedaron en cementerios clandestinos mexicanos.

El pasado miércoles 2, en la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ella lloraba mientras escuchaba la resolución de los cinco magistrados al mismo tiempo que alzaba la foto de su Carlos Alberto.

“Mi hijo estuvo ahí, sentado conmigo –dice llorando–, y ¡ganamos, ganamos, ganamos! Está más cerca la justicia, para mí y para todos.”

Sonríe al recordar un sueño que tuvo los primeros meses en que su hijo desapareció. Estaba ella frente a cinco hombres vestidos de negro, ante una mesa redonda, cada uno de los cuales portaba un cartel con la palabra “justicia”. Recordó ese sueño al entrar a la Suprema Corte.

La Fundación para la Justicia espera que en la sentencia final se reconozca la calidad de migrantes de las víctimas, se analice el caso como una grave violación a los derechos humanos, se reconozca también a las víctimas de desaparición, se analice la obstaculización a la justicia que representa dividir los casos entre PGR y procuradurías estatales –como en la historia de Bertila– y que se revise el trabajo de Servicios Periciales.

“Siempre quise saber la verdad, siempre he pedido justicia. Que la muerte de mi hijo no quede impune. Yo quiero saber, porque siento que un día habrá justicia”, señala Bertila confiada. l

*Este reportaje forma parte de la serie “Másde72”, con el apoyo de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, un proyecto del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ) en alianza con CONNECTAS.

 

El Papa que volvió a desaparecer a los desaparecidos

29 febrero, 2016 // Reportaje Especial

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- “Buen día, señor Papa Francisco, para saludarlo y decirle que usted a de saber lo que nos sucedió a cada uno de los niños y a mi y a pesar de que mi papá y mi hermano desapareció hace 5 años yo sigo teniendo Fé en que vamos a encontrar vivo y que un día va a volver. Siempre le pido a Dios quiero darle las gracias por aver tomado su tiempo en ler mi carta y muchas. Buenas tardes. Atte. Kaiitlin”.

El Papa Francisco tuvo en sus manos una docena de cartas y algunos dibujos escritos por niños y niñas de Chihuahua. Son hijos, hermanos, sobrinos o nietos de hombres que fueron desaparecidos en años recientes. En esas misivas le piden ayuda, advierten sobre la inseguridad en su estado y en el país, y manifiestan su tristeza y deseo de encontrar a sus familiares.

Las cartas iban acompañadas de un dibujo colectivo donde se pintaron ellos mismos con el corazón partido a la mitad y pegado con una curita. En dos de las cartas los pequeños autores trazaron pistolas y en otra un niño plasmó el momento en que unas camionetas “levantaron” a su hermano.

“Sufrimos por no tener una persona especial a nuestro lado, y que el gobierno no aga nada”… “estamos cansados de que nadie nos ayude”… “querido Papa quiero que le pidas a diosito que me traigas a papá”…”no es cierto que hay seguridad en méxico el gobierno solo esta de adorno”… “dibujé esta pistola porque nos matan”… “nesesito que me ayudes a encontrarlo y mi abuelita se siente mal”…“e pasado 6 años sin el cariño de un papá”.

Esas fueron algunas de las frases escritas en las cartas donde 13 niños y niñas de seis a 12 años plasmaron, con letras infantiles e inmadura ortografía, su tristeza, enojo, impotencia y esperanza.

Jorge Bergoglio las recibió el martes 14 de febrero, durante su visita a Ciudad Juárez, antes de empezar la reunión con “el mundo del trabajo”, cuando una mujer vestida con traje sastre blanco, en cuya espalda estaba bordada una mujer crucificada junto a la frase “Ni una muerta más”, se coló hasta donde estaba el máximo jerarca de la Iglesia católica y le puso en la mano un paquetes con tres cartas: una donde los campesinos de El Barzón le informaban sobre la dura situación de los campesinos; otra escrita por ella, donde lo alertaba sobre los feminicidios, y la última con los mensajes y dibujos de los infantes.

“Hágame la promesa de que va a leerlas”, le pidió ella en un intercambio casi telegráfico donde escuetamente le explicó el contenido del paquete.

“Lo prometo”, contestó él.

La mujer que llegó hasta el Papa era Lucha Castro, la presidenta del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres (CEDEHM), organización que de la violencia contra las mujeres a partir de la “narcoguerra”, pasó a atender casos de desplazamiento forzado, tortura, asesinatos y desapariciones de personas en Chihuahua. Las cartas eran de los pequeños integrantes de las familias que atienden en ese centro.

El Papa, al ver que ella se retiraba de prisa, la llamó de nuevo para que se acercara a tomar un rosario de regalo. De inmediato pasó las cartas a un asistente. Unas eran anónimas, escritas por menores que tienen miedo a las represalias de quienes se llevaron a sus familiares (la mayoría policías). Otras sí llevaban firma, como la de Fátima Chávez, quien escribió: “El día de hoy yo le quiero pedir que me allude a buscar a mi papá que ya tiene casi 6 años desaparecido. La gente mala no sabe el dolor que una niña o niño siente al que le quitan a su papá pero en fin yo quiero que me alluden a buscar a mi papa y a mi abuelo porque e pasado 6 años sin el cariño de un papá o un abraso de un abuelo no tengo a quien darle un abrazo por el dia del padre por fabor alludeme a encontrarlos.”

El encuentro con la teóloga y abogada Lucha Castro fue quizás el momento en que el representante de la Iglesia católica estuvo más cerca al tema de los desaparecidos durante su viaje a México.

Ese y la noche del domingo anterior, cuando los representantes de la Provincia mexicana de la Compañía de Jesús le entregaron en la Nunciatura Apostólica la carta de las familias de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, quienes siempre pidieron audiencia.

El episodio de la entrega de la carta lo narró así el jesuita Pedro Reyes a Apro: “El Papa la tomó y nos dijo: ‘A nosotros en Argentina también nos pasó, eso es terrible, sufrimos mucho’. En ese momento se le ensombreció el rostro. Siguió hablando sobre el tema: que esto no sólo pasa aquí, es algo mundial, que vas a cualquier parte del mundo y encuentras historias de muerte, por eso se tiene que actuar mundialmente. Esa fue la referencia que hizo”.

A su vez, la abogada Castro interpretó en entrevista que quizá un milagro le permitió acercarse al Papa, o la intercesión de algunos sacerdotes y obispos progresistas que posiblemente le aseguraron un lugar en primera fila para que el Papa no se fuera de México sin enterarse de lo que las víctimas de la violencia querían decirle, a contracorriente de los esfuerzos del gobierno y del ala conservadora de la Iglesia que controlaron la visita.

Silencio sobre las víctimas

El Papa Francisco eludió hablar durante toda su visita a México sobre las personas desaparecidas.

No atendió, antes de llegar a México, ninguna de las cartas enviadas por las organizaciones de defensa de los derechos humanos o de familias rotas por las desapariciones, como Cedehm, Cadhac o Fundem, entre muchas otras, ni se manifestó sobre la información que le dejó en El vaticano el obispo Raúl Vera sobre el caso Ayotzinapa.

En México no consoló ni envió mensajes de aliento a las 100 madres con hijos desaparecidas que, después de muchos esfuerzos, obtuvieron lugar en la misa multitudinaria en Ciudad Juárez, su última actividad antes de volver a Roma.

Las 100 mujeres se uniformaron con el trapo blanco en la cabeza –a la usanza de las Madres de la Plaza de Mayo que usan un pañal de tela para protestar por los hijos que les arrebataron y que era una segura referencia para que el Papa argentino las distinguiera de entre los miles de fieles.

Pero a las familias no les guardaron los lugares que les habían prometido los organizadores, pues de 200 boletos que prometieron lo redujeron a 100 (que se dividieron entre una decena de organizaciones de víctimas de todo el país) y los ubicaron a más de un kilómetro de distancia del Pontífice, lamenta Castro en entrevista.

En su visita a México el Papa argentino volvió a desaparecer a los desaparecidos. El drama de más de 27 mil personas no fue mencionado por el jefe de la Iglesia católica. No lo hizo a pesar de que él proviene de un país donde la desaparición causó un trauma que ha durado más de tres décadas y que es referente mundial en el tema.

No lo hizo a pesar de que los centros de derechos humanos diocesanos, de grupos religiosos o de inspiración católica, así como curas, religiosas, teólogas o exmiembros de comunidades eclesiales de base, son los principales acompañantes de las víctimas de la violencia en México, especialmente de los migrantes y de las familias con desaparecidos.

La Iglesia de los pobres se reactivó para atender el drama de miles de personas.

En el avión que lo llevaba de regreso a casa, el argentino explicó la razón por la cual no se encontró con los familiares de los 43 normalistas, pero nunca explicó su silencio ante el drama de las más de 27 mil familias.

“En mis mensajes hice continua referencia a los asesinatos, a las muertes, a la vida cobrada por todas estas bandas del narcotráfico y traficantes de personas. O sea que de ese problema hablé, de las llagas que están sufriendo en México”, dijo en la conferencia en la que se le cuestionó al respecto.

“Hubo algún intento de personas de recibir y había muchos grupos, incluso contrapuestos entre ellos, con luchas internas. Entonces yo preferí decir que en la misa los iba a ver todos, en la misa de Juárez, o si preferían en alguna otra, pero que habría esa disponibilidad”, agregó.

Lo cierto es que el Papa nunca mencionó la palabra “desaparecidos” y tampoco se reunió con los familiares. Ni de Ayotzinapa ni de ninguno de los miles de casos.

Diosito, trae a mi papi

Dos de las cartas de los niños al Papa tienen el dibujo de una pistola. En una se lee: “Querido papa mi papa esta desaparesido por favor nesesito que me ayudes a encontrarlo y mi abuelita se siente mal”. En otra: “Papa nosotros pedimos que nos ayude a encontrar a nuestras familias y no es serio que México está bonito, son mentiras y está mui feo ay muchos secuestros y en México es el pais que ai mas secuestros y los gobiernos estan de adorno tienen miedo de los matan y poreso le pido ayuda. Dibuje esto porque nos matan”. Y a un lado el arma.

Otra, con violencia más explícita, muestra unas camionetas y unos muñecos. El autor explica su dibujo: “Asi fue como se yevaron a mi hermano lo ivan corretiando”. Y antes: “Querido papa me siento mal porque mi hermano esta desaparesido y todos queremos que nos devuelvan a los que estan desaparesidos queremos que leas estas cartas y que nos digas”.

Las cartas surgieron en el taller de acompañamiento psicosocial a menores de edad que psicólogas del Cedhem realizaron en diciembre en ciudad Cuauhtémoc –a una hora de la capital del estado–, donde varios de los niños eran de la familia Muñoz Veleta y presenciaron cómo unos hombres armados irrumpieron en al festejo del día del padre y se llevaron para siempre al abuelo, cuatro de sus hijos, su yerno y dos sobrinos. Ocho hombres de una misma familia. Ese fue el castigo por haber discutido con policías municipales.

Desde hace tres años el Cedehm atiende en grupo a niños y adolescentes con el método psicosocial que permite trabajar el dolor de los infantes, encontrar las fortalezas individuales y colectivas y de apoyo mutuo, así como técnicas para salir de la confusión y la culpa que causa un problema como la desaparición, para incorporarlos al proceso de la búsqueda de justicia y verdad, en lugar de negarles lo que ocurre.

Una de las primeras actividades consistió en que los sobrevivientes de esas familias (adultos y niños incluidos) dibujaran un mural colectivo donde plasmaron el momento en que se llevaban a sus familiares, su tristeza, su lucha y su esperanza de encontrarlos.

La psicóloga Andrea Cristina Cárdenas Domínguez quien coordinó la actividad de la escritura de cartas, explicó en entrevista que los niños y niñas sabían que sus familiares buscaban acercarse al Papa en Juárez, y como una forma de colaborar escribieron esas cartas. Los más chiquitos, quienes no saben escribir, hicieron dibujos.

Ella notó que en el grupo los sentimientos que prevalecían eran el enojo (porque los sacerdotes y mucha gente cree que si se los llevaron fue porque “en algo malo andaban”), el miedo a las represalias (algunos no firmaron las cartas, especialmente cuando policías fueron los victimarios), la tristeza y la esperanza del reencuentro. Algunos no quisieron escribir, y son quienes se sienten traicionados por la iglesia y culpabilizados por sacerdotes.

“Son muy devotos, el Papa representa a Dios para ellos”, explicó.

Estos fueron los mensajes que esos niños y niñas enviaron al Papa Francisco:

“Hola buen día: Le escibimos esta carta para desirle que no es cierto que hay seguridad en méxico el gobierno solo esta de adorno no nos apoyan solo ven la inseguridad que hay en nuestro país y no hacen nada para que ya no aya tanta inseguridad. De Magaly Mtz.

*
Querido Papa yo creo en Dios y en ti nosotros queremos encontrar a nuestros desaparecidos porque se los llevaron injustamente el dia de los padres cuando estaba terminando el dia y yo los extraño mucho y quiero que regrecen te lo digo para que nos ayudes a encontrarlos te lo ruego. Atte. Anonima.

*
Papa: quiero que me ayudes a encontrar a todos mis desaparecidos. Kareli Sofia Marques Muñoz.

*
Señor papa: Le pido de la manera mas atenta que nos escuche, le pedimos que uste de alguna forma nos pueda ayudar a poner un alto las desapariciones porque muchas personas al igual que yo sufrimos por no tener una persona especial a nuestro lado, y que el gobierno no aga nada.

Solo queremos que este mensaje tan especial llege a otras personas y esto sea algo muy importante porque estamos cansados de que nadie nos ayude, q nos sierren las puertas eso no es el trabajo del gobierno!! solo queremos que valer la justicia y la verdad…. GRACIAS!! espero y nos ayude 🙁 Atte: Yazmin y Valeria)

*
Papa te pedimos que hagas justicia por nuestros familiares desaparesidos y nos brindes de tus bendiciones

*
Querido Papa quiero que le pidas a diosito que me traigas a papa y bendigas mi casa y cuidas mi familia

*
Nesesitamos alluda porque nuestras familia los nesesitamos a que regrese co nosotros

*
De: Jiapsi Para: El Papa. Este día yo te pido que ayudes a todas las personas que estan desaparecidas y en la busca de mi hermano que ya tiene 2 años de desaparecido… porque el gobierno no hace nada…

*
Querido Papa quiero que rescaten a los niños desaparesidos porfavor y tambien creo en dios y en la virgen.

*
Hola papa como estas quiero que busques a mi familia y cuidala y protejela por favor que lo pido a dios y gracias bay.

“Se cuelan” los casos Ayotzinapa y Pasta de Conchos en charla del Papa con jesuitas

17 febrero, 2016 // Publicado en APRO

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En el encuentro que el Papa Francisco sostuvo con una representación de jesuitas en la Nunciatura Apostólica, el domingo 14, charlaron sobre los recuerdos del pontífice sobre el México de los años 70, el trabajo de los jesuitas en México y las desapariciones de personas.
Una leve mención tuvieron los casos de los 43 normalistas de Ayotzinapa y de los cinco jóvenes de Tierra Blanca, así como la lucha de las familias de los mineros atrapados en Pasta de Conchos en febrero de 2006.
Pedro Antonio Reyes, asistente para la formación de nuevos jesuitas, contó a esta reportera los detalles de ese encuentro con el Papa jesuita o “entre hermanos”, como lo describió el vocero Federico Lombardi. Posteriormente, Antonio Spadaro hizo pública la reunión al tuitear la fotografía.
Al terminar el encuentro, Pedro Reyes también subió una imagen en la que Jorge Bergoglio, acompañado de seis jesuitas mexicanos vestidos de riguroso negro y con alzacuellos, posan junto a él ante un cuadro de la Virgen de Guadalupe.

“El Papa me dijo que hace oración por las familias de los mineros atrapados en Pasta de Conchos y la zona carbonífera. Sigan adelante, dijo, y dio su bendición”, escribió este sacerdote filósofo que durante años acompañó las luchas obreras desde el Centro de Reflexión y Acción Laboral (Cereal).

Reyes personifica en la película “Padre Pro” al mártir y beato jesuita asesinado durante la guerra cristera y actualmente da clases en el ITESO, la universidad jesuita de Guadalajara.

La Provincia de la Compañía de Jesús en México recibió la confirmación de la cita con el Papa apenas dos días antes de su llegada, y se llevó a cabo el domingo 14, después de la misa multitudinaria en Ecatepec, el encuentro con seminaristas y la visita del líder católico a niños enfermos. En una sala privada de la Nunciatura Apostólica, la reunión inició alrededor de las 18:40 y duró aproximadamente 40 minutos.
El Papa Francisco llegó acompañado de dos jesuitas: el vocero Lombardi y Antonio Spadaro (el director de la revista del Vaticano, ‘Civiltá Cattólica’). En la sala lo esperaban el provincial José Francisco Magaña, provincial; el socio del Provincial, Carlos Cervantes, y los asistentes de Educación, Pastoral, de lo Social y de Formación, Juan Luis Orozco, José Luis Serra, Leonel de los Santos y Pedro Antonio Reyes, respectivamente.
Esta es la entrevista con Reyes, a la que se le omitieron las preguntas para volverla relato:
El Papa puso el tono del encuentro. Nosotros no sabíamos cómo iba a ser. Cuando llegó saludó a todos. Lo esperamos parados, dudosos de qué sillón iba a elegir. Cuando nos pidió que nos sentáramos, le dijimos que eligiera, y él dijo que en un sillón o en una silla (como que le daba lo mismo) y nos reímos.
Empezó a platicar de cuando vino por primera vez a México, en 1970, cuando lo nombraron maestro de novicios y vino a conocer el Colegio Máximo (que entonces era la facultad de Teología de jesuitas, donde ahora está el ITAM).
También contó la experiencia que había tenido de la Congregación 32 –en el año 74, cuando el padre (Pedro) Arrupe era prepósito general–, que es la reunión de los jesuitas del mundo para la elección de padre general o para revisar aspectos de la Compañía. En ese tiempo él viajó representando a la Provincia de Argentina.
La Congregación 32 se propuso repensar la misión de los jesuitas en este tiempo, y un postulado que llegó de la Provincia Mexicana lo proponía como “el servicio a la fe y la promoción de la justicia que la misma fe exige”. Y así se acordó. El Papa dijo que sintió esto como un regalo de México porque, aunque estaba en la Biblia, en ese tiempo no lo habían leído así, la teología iba por otros lados. “En ese tiempo era atrevido”, nos dijo, y de ahí en adelante fue aprender a buscar esa fe y justicia como inseparables siempre.
El provincial le preguntó qué era lo que más le estaba impresionando de su visita a México, y respondió que la gratuidad de la gente que está en las calles, esperando. A Ecatepec acudieron 300 mil personas a su misa, pero según los medios, un millón más esperaba en las calles. La gente no tiene por qué estar ahí, es puro cariño y es gratuito, y estaba impresionado de ese volcarse, de ver rostros de gente trabajadora que se esforzaba mucho. Eso le impresionaba mucho: ver la alegría, pero también gente de mucho trabajo.
El Papa hizo también algunos comentarios que ya ha venido haciendo. Puso especial énfasis en la riqueza cultural y de la historia de México y en su interés de que pudiéramos tener una visión más comprensiva de nuestra historia e identidad. Nos encargó a los jesuitas, cuando le hablábamos de nuestro trabajo en la educación, que ayudáramos a reconstruir esa historia para incluir muchas historias que ahora estaban ausentes, las de los pueblos indígenas, por ejemplo, para que se pudiese ver esa riqueza cultural y de fe del pueblo.
Sentí que cuando nos invitaba a reconstruir así la historia se trataba de que todos nos pudiéramos sentir responsables e iguales, no como a veces nos pasa que nos sentimos diferentes y pensamos que la historia es sólo la nuestra particular. Y eso me recordó sus palabras a los obispos en Catedral y cómo esos mensajes nos tocan a todos los que tenemos una responsabilidad de servicio, que es necesario que nos sintamos y vivamos como pueblo.
Desapariciones y padre Pro
Le dimos una reliquia del padre Pro. Él la beso con reverencia. Nos contó de su cariño por Pro, porque de novicio le animaban contándole su historia. Nos dijo que tenía un interés personal en su canonización. Nos encargó mucho que nos moviéramos para que se pudiera dar pronto.
Le contaron entonces sobre la película “Padre Pro” que se había hecho para dar a conocer su vida (Paco, el provincial, le dijo que yo actué; él se río, me hizo un gesto simpático). El provincial prometió dársela al día siguiente, en San Cristóbal de las Casas, para que la viera.

“Entonces le hablaron del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez y cómo ahora atiende a situaciones en respuesta a la realidad de violencia y desintegración del tejido social, producto de la desigualdad en el país, y que está acompañando a los familiares de desaparecidos, como los 43 estudiantes de Ayotzinapa y otros casos en su demanda de búsqueda, esclarecimiento y justicia. También se hizo una mención dela reciente desaparición de los jóvenes de Tierra Blanca”.
Fue entonces cuando el Provincial le dio la carta de los padres de Ayotzinapa. El Papa la tomó y nos dijo: “A nosotros en Argentina también nos pasó, eso es terrible, sufrimos mucho”. En ese momento se le ensombreció el rostro. Siguió hablando sobre el tema: que esto no sólo pasa aquí, es algo mundial, que vas a cualquier parte del mundo y encuentras historias de muerte, por eso se tiene que actuar mundialmente. Esa fue la referencia que hizo.
Entonces comenzó a hablar de la desigualdad insultante, de que el 20% de personas tiene el 80% de riqueza, y que esa es la raíz que permite todo tipo de violencia, discriminación, muertos, desaparecidos, migración. Que las condiciones vienen de esa desigualdad, no se puede resolver por pedazos, tenemos que resolverlas como mundo.
Después nos contó del resto de su agenda, que quería visitar San Cristóbal de las Casas y tenía muchas ganas de estar con los indígenas, esos olvidados y no recordados en la historia. Nos dijo que después iba a Morelia. Le dije que allá estarían los escolares (jesuitas). Fue cuando se río con ternura, creo que le recordó sus tiempos de formador.
En la reunión se le contó del trabajo de la Compañía a través de las parroquias, misiones, escuelas, universidades y centros sociales. Nos animó a seguir haciendo lo que hacemos.
Le interesó el proyecto que le mencionamos para la reconstrucción del tejido social buscando oportunidades para la paz. Este es un proyecto que se está iniciando en algunas regiones de Chiapas, Tamaulipas y Michoacán, para que cada comunidad imagine su camino hacia la paz y diseñe actividades para confluir en esa dirección, donde cada comunidad le da su propio estilo, impronta, y viene de cada uno de nosotros y de lo que nos comprometamos. Nos dijo que eso es muy importante, buscar la reconciliación. Y, como ha repetido en sus mensajes en México, no sólo de las víctimas, también con los que se han convertido en victimarios de sus hermanos.
Esa es una notoria preocupación del Papa: ¿Cómo rescatas a los que se han convertido en victimarios de otros? ¿Cómo? ¿Cómo volver a construir algo que permita que ellos también puedan entrar en la reconciliación? Que ese contexto de exclusión y desigualdad era caldo de cultivo para quedar atrapado en esas redes. ¿Y cómo rescatar a quien ha tomado decisiones de convertirse en victimario de sus hermanos?
Le entregamos un libro y un CD con todas las participaciones de la iniciativa #venfrancisco.org que a propósito de su visita lanzó nuestra Provincia, y nos lo agradeció.
Al final le pedimos que grabara un mensaje a los jesuitas de la Provincia mexicana, en el que nos confirmó nuestra misión. Nos dijo que siguiéramos trabajando por la dignidad de Jesús que está en cada hombre y mujer, que México tenía rostro joven, que México sufre pero es grande y tiene una riqueza impresionante y una historia original y casi única en América Latina. Nos dijo que rezaba por nosotros y nos pidió que rezáramos por él. “Tengan fe, no negocien al crucificado para que vivan mejor los que crucifican, manténgase trabajando, hagan oración, confíen en la Virgen de Guadalupe”. En una palabra: ‘métanle’, como un échenle ganas. Nos recordó que trabajáramos por la causa del Padre Pro y nos deseó que la Virgen de Guadalupe nos protegiera.
Una persona de la Nunciatura entró y con un gesto le avisó que era hora de cenar. Él le contestó con otro gesto, y se rieron. Entonces nos dijo de broma que ese era el lenguaje de sordomudos que usaban entre ellos.
Cuando nos tomamos la foto él decidió que fuera con la Virgen de Guadalupe en el centro. Cuando salíamos de regreso le dije, a pedido de las familias de los mineros de Pasta de Conchos, que al siguiente día conmemorarían los 10 años de la explosión, le expliqué rápido de su lucha por el rescate de los cuerpos de los mineros atrapados y le pedí que orara por ellos. Él se detuvo, me miró y me dijo que sí, que lo prometía y que les dijera que sigan haciendo lo que estaban haciendo y que Dios los bendiga.
Nos dio un rosario a cada uno y nos despidió.
Una reunión “como de hermanos”
Fue un encuentro más como de hermanos, fue como estar con un hermano mayor y con mucha experiencia y ternura platicar con él y sentir su cercanía, apoyo, fue muy bonito. Terminamos como a las 7:20 o 7:15. Duró poco más de media hora.
La impresión que me dejó fue que era un hombre muy cercano, muy humano, una persona muy lúcida, muy consciente de sus límites, de la realidad de su vida, de su misión y su encargo.
Es un hombre que sabe observar, que sabe escuchar. Cuando lo miras su voz está llena de recuerdos, y muy concretos, de personas muy concretas, que han hablado con él o se han cruzado con él. Me recordó un poema de (Pedro) Casaldáliga retomando un poema de San Juan de la Cruz que dice que en el crepúsculo de la vida nos examinarán por el amor, y Casaldáliga decía que entonces mostrará su corazón y estará lleno de nombres. Me parece que el corazón del Papa está lleno de nombres.
No es alguien que sabe de antemano, sino alguien que reflexiona, que va pensando las cosas, y hay cosas que ha reflexionado. Es un hombre que ha aprendido de la vida, es un hombre con experiencia de vida.
También se nota que es un hombre sencillo que relaja el ambiente en lugar de ponerlo tenso. Cuando llegó a la Nunciatura de inmediato provocó que se distensara el ambiente, les dijo algo, los hizo reír. Es algo característico de él. Nosotros mismos estábamos tensos, no sabíamos cómo iba a ser la reunión y él se encargo de hacernos sentir como en casa, de conversar como hermanos de cosas que a él y a nosotros nos interesan, y hablar de eso. No imaginaba un encuentro así, pensé que tal vez sólo él iba a hablar, que íbamos a escuchar, pero no fue así. Fue una conversación y bastante fluida.

Ayotzinapa: es hora de buscar a los desaparecidos con nuevas tecnologías

16 febrero, 2016 // Reportaje Especial

Mercedes Doretti y Miguel Nieva, del Equipo Argentino de Antropología Forense, reiteran que sus estudios coinciden plenamente con los de los especialistas del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes: es imposible que los normalistas de Ayotzinapa hayan sido incinerados en el basurero de Cocula y es muy improbable que el hueso por el que se identificó a Alexander Mora pertenezca a las cenizas que el entonces procurador Jesús Murillo Karam presentó como única evidencia de su “verdad histórica”. Por eso, dicen, es hora de comenzar a buscar en otros lugares con tecnología de probada eficacia.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Un par de horas después de la conferencia de prensa en la que enterraron la “verdad histórica” de la PGR atada al calcinamiento de los 43 normalistas de Ayotzinapa en el basurero de Cocula, los representantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), Mercedes Doretti y Miguel Nieva, señalan la urgencia de aplicar nuevas tecnologías para continuar la búsqueda en otros sitios.

Doretti propone traer gente especializada en usar “tecnología satelital, georradares y otros instrumentos” utilizados en la búsqueda de fosas en Los Balcanes, y Nieva sugiere métodos que este equipo independiente ha utilizado desde sus inicios, en 1984, en Argentina, cuando rastreaban entierros de personas en gigantescos campos militares.

“LiDAR es una tecnología láser que se pasa desde un avión, se va escaneando y te permite hacer imágenes que analizar, ver dónde hay fosas; también el georradar, tecnología que hemos ido usando desde hace cinco años, y hacer otro tipo de búsquedas. No es fácil encontrar algo en un terreno de estas características, menos en terrenos tan complicados, con muchos accidentes geográficos. No es una tarea sencilla y lleva tiempo”, explica Nieva.

“Hemos venido pidiendo LiDAR desde octubre de 2014. Y estamos proponiendo toda una batería de métodos, unos nuevos otros no tanto, combinados, para tener resultados. Combinar las hipótesis, testimonios, investigación, (información de) inteligencia que haya y cruzando datos y tecnología de modo interdisciplinarios; si no, es muy difícil”, agrega Doretti.

En la entrevista para Proceso los forenses argentinos lucen cansados pero a la vez relajados, como liberados de una carga pesada tras haber dicho en público que sus estudios científicos arrojan que esa versión es imposible. Horas antes se notaban tensos.

Lamentan el tiempo perdido de búsqueda de “los chicos” –así se refieren a los estudiantes– por el enfrascamiento de la búsqueda en Cocula…

Fragmento del reportaje que se publica en la edición 2050 de la revista Proceso.

Carta a Francisco*

13 febrero, 2016 // Publicado en APRO

 

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Estimado Papa Francisco:

No tengo el gusto de conocerlo personalmente, pero lo he seguido atenta desde su designación y encuentro noticias sobre usted casi a diario. Ahora que llega a México quisiera darle unos consejos que pueden servirle de guía.

La primera es que cuando asista a Palacio Nacional cuide su cartera. Desde hace tiempo ese lugar es una cueva de ladrones. Con tantas reformas estructurales si se descuida podrían cambiarle el ADN y someterlo a subasta con reglas no siempre claras.

No crea que le escribe una atea. Hasta la adolescencia quería ser monja y alimentar a niños hambrientos en la India, iba a misa a los domingos y marchaba contra el aborto. El periodismo me salvó del camino piadoso. Digamos que acercarme a cubrir a cardenales y obispos me hizo ver la luz, la cual estaba en otra parte.

Conocí a administradores de la Basílica de Guadalupe que no creían en la existencia de la Virgen, pero recibían las limosnas de sus peregrinos, constaté el lucro de las otras visitas papales y los golpes bajos en el Episcopado.

Obvio, entré en conflicto de fe. Era tan piadosa que me parecía de infieles entrevistar al cardenal Rivera al terminar su misa dominical, hasta que me acostumbré a mirarlo de cerca, lo que no gustó a uno de sus escoltas que me aplicó un toque eléctrico en una pierna. Ya ve, las trampas de la fe. Rivera era amigo del padre Maciel y es émulo del cardenal de Boston. Él también protegió a curas pederastas cambiándolos de destino. Pregúntele por el padre Nicolás, a ver qué cara pone, y en seguida pídale detalles de la boda de Peña y la Gaviota.

A pesar de la iglesia mi fe sigue viva gracias a curas, monjas, teólogos y laicos comprometidos que se juegan el pellejo en la Tarahumara, o viven con obreros que siempre pierden la partida, o comparten la suerte de los indígenas en los cafetales chiapanecos o con los despojados del mundo en las vías del tren.

Continúo entonces. Quizás no se dio cuenta, pero a los desaparecidos los desaparecieron de su agenda. Hubo polémica en los medios por esa decisión a contracorriente de las palabras de Jesús del “Dejad que se acerquen a mí”, pero los organizadores no dejaron ni primera fila a las miles de familias que viven el viacrucis cotidiano de buscar a un hijo. Usted conoce muchas, Argentina era nuestra referencia, pero hoy México es el foco de la epidemia con más de 27 mil personas que extrañamos.

Sé que irá a Ecatepec, territorio comanche ahora reconocido por la inseguridad y la desaparición y asesinato de niñas y adolescentes. En San Cristóbal de las Casas, por si no se enteró, hubo un intento de sentarlo con indígenas postizos y no con los catequistas que desde tiempos de Don Samuel sembraron la conciencia rebelde, y abrieron los ojos a otros de que pobreza no significa santidad y que no hay que esperar ser saciado en la Vida Eterna sino a construir la justicia en esta.

Encontrará a teólogos de la Liberación entre la tropa de la iglesia, como los curas villeros que conocía en Argentina, pero a pocos obispos con esa ideología, pues casi ni uno sobrevivió a la purga que hizo un nuncio amigo del poder y de varios poderosos.

No sé si le hablen de los sacerdotes y monjas que sufren, son perseguidos, y viven bajo amenaza en territorios donde el narco ordena y manda matar con facilidad. Seguro sabe que México es el país con más curas asesinados (nota: también existe una cacería en contra de periodistas; apenas ayer asesinaron a una reportera, se llamaba Anabel, era de Veracruz y mamá de dos niños).

Ciudad Juárez llegó a ser el epicentro del horror durante el inicio de nuestra “narcoguerra” y es el falso emblema de la reconstrucción. Aunque bajaron los homicidios aún no se reconstruyen los corazones.

Michoacán era un lugar pintoresco hasta el granadazo en una fiesta patria. Es cuna de los enfrentamientos de autodefensas contra narcotraficantes y lugar de la traición gubernamental porque, aunque a los primeros se les pidió volver a la vida civil, luego se les masacró.

Conociendo a los diplomáticos mexicanos sé que presionaron mucho para que usted vea el México maquillado. Pero como usted le encanta romper protocolos, por favor, hágase el perdedizo, meta reversa al Papamóvil, olvídese de su agenda, camine, coma tacos en alguna esquina (cuidado con el picante), métase a una cantina, recorra sin guías.

No se conforme con el México hospitalario de los mariachis, la piedad popular y los bailables. Este no es más el país de las cintas de Cantinflas, ahora se parece más a la película El Infierno, donde cadáveres dan la bienvenida en los puentes. Usted llega a un país donde la guerra no ha acabado porque no cambia la estrategia quesque “antidrogas” que causa tantas víctimas.

Cuando se vaya, por favor, hable de este país secuestrado por sus gobernantes y las mafias que cogobiernan. Y rece por nosotros.

*Texto publicado originalmente en máspormás

El Plan Frontera Sur, gran garrote antimigratorio

26 diciembre, 2015 // Reportaje Especial

La miseria sigue empujando a hombres y mujeres centroamericanos a tratar de llegar a suelo estadunidense atravesando el mexicano, donde son víctimas de asaltos, golpizas y violaciones sexuales. No hay mujer que salga ilesa de semejantes agresiones, a tal grado que las farmacias de Centroamérica venden la “inyección anti-México”, un anticonceptivo de larga duración. Este año el gobierno mexicano deportó a más de 118 mil centroamericanos cuyo viaje a Estados Unidos fue interrumpido en Chiapas o en Oaxaca. Es resultado del Programa Frontera Sur, mediante el cual Washington –según afirma The New York Times– le endosó a su vecino del sur la tarea de frenar el flujo migratorio

MÉXICO, DF (Proceso).- Primera parada: Arriaga, Chiapas. El coyote pagó 50 pesos por los 15 minutos del servicio sexual, pero necesitó más tiempo para desahogarse. Y en la cama Raquel escuchó la historia que ahora también la ahoga:

“En su grupo llevaba a una mujer con su hijo de un añito que lloraba tanto, seguro desesperado de caminar por el monte, hasta que él (el coyote) le dijo a la mamá que ya no los iba a llevar. Y ahí la dejaron. Al rato ella los alcanzó, sola. Él le preguntó: ‘¿Y el niño?’ ‘Ya se murió’. Nada más dijo eso. No supieron si lo abandonó en el monte y se lo comieron los animales o lo mató porque tenía que seguir. Imagínese cuánto dolor”.

Esta nicaragüense de maneras aniñadas y belleza exuberante (cabellera afro entintada de rubio, grandes ojos delineados, curvas tapadas con un bikini negro bajo encaje rojo) toma en la cama el pulso sobre las nuevas dificultades migratorias. Eso la hace afirmar con tristeza: “Ahora que quitaron el movimiento del tren, los migrantes más peligran”.

La vecindad donde Raquel se dedica al negocio del placer está a pocos metros de las vías donde otrora pasaba el tren cargado de migrantes; hoy se ve como un abandonado set de película: hoteles y pensiones en ruinas, vagones oxidados, pocas almas en la calle.

La crisis generada por el Programa Frontera Sur (anunciado en julio de 2014 para detener la migración a Estados Unidos junto con la prohibición a los migrantes de subir a los trenes) les pega a todos en carambola, incluso a ella y a sus colegas.

“Antes había más dinero, más movimiento. Venían y yo, cabalito, cabalito, sacaba unos mil 500 al día; ahora, 500 si me va bien, si no 300 –dice y pone como muestra el árbol navideño de plástico que compró para sus hijas e instalará sin regalos porque no le alcanza para comprarlos–. Aquí era la parada del tren y se iban derechitos a la frontera. Ahora que ya no los dejan subir, qué les puede pasar por los montes”.

(Fragmento del reportaje que se publica en la edición 2043, ya en circulación)

“Las razones por las que me desaparecí…”

17 diciembre, 2015 // Reportaje Especial

TAPACHULA, Chis., (apro).- Al escucharlos uno siente que ellos no son los desaparecidos, sino que se les esfumó la familia. Muchas veces necesitaron tener a alguien cerca, pero no tuvieron forma de comunicarse con la gente que dejaron cuando dijeron que querían irse “al norte” para progresar. O les faltaron ánimos para hacerlo.

Son migrantes centroamericanos que estaban reportados como desaparecidos en México y fueron localizados vivos.

Las razones que dan por las que no se comunicaron durante años al hogar de donde salieron parecen banales, pero si se les desmenuza reflejan precariedad, falta de información o que tenían tantas cicatrices en el alma que los hicieron esconderse.

Revelan lo difícil que se vuelve todo en tierra desconocida para un extranjero. También la pobreza, el aislamiento, la falta de preparación o de oportunidades.

Pudo ser el paso de un huracán que hizo que se mojaran todos los papeles donde estaba escrito el contacto. El número de teléfono que cambió en su país de origen. La falta de pericia para la computación o el desconocimiento de las redes sociales. El robo del celular o de la cartera donde llevaban el número anotado.

También pudieron ser temas más sutiles, más íntimos, como la vergüenza por haber despreciado lo que tenían y no haber triunfado en su viaje a Estados Unidos. O por haber sido ultrajados en el viaje, o haber quedado mutilados en las peligrosas rutas migratorias. También entra en juego el miedo a no encontrar a nadie vivo en casa, al reproche o a las malas noticias.

Cada año, durante el recorrido de la Caravana de Madres Centroamericanas por las rutas migratorias en busca de sus hijos desaparecidos ocurren reencuentros que a veces parecieran sacados del guión de un reality show, pues se hacen en plazas públicas, frente a las cámaras de la prensa y mucho público y hasta aparecen en las noticias.

Este año fueron cinco los reencuentros de tres mujeres y dos hombres localizados en Veracruz, Chiapas y Tabasco. En una década han sido más de 250 los migrantes localizados.

En entrevistas privadas, lejos de la multitud, tres de las cinco personas recuperadas explicaron las razones por las que perdieron contacto con los familiares que dejaron atrás y que no se resignaron al olvido hasta que los reencontraron. Desgranaron sus penas, las razones de su alejamiento, sus recuerdos y sueños de futuro.

“Fueron 15 años perdidos en México, quiero volver a empezar”

Doña María Elena Moradel encontró a su hijo Melvin Lanza en Veracruz. Llevaba 15 años sin verlo. Después del reencuentro, él dejó su trabajo de vendedor de tacos y se unió a la caravana que recorrería México y el sábado lo llevará hasta Honduras.

Melvin parece un hombre parco y de pocas palabras. Pero es penoso para hablar. A sus 33 años se siente viejo y fracasado. Al escucharlo daba la sensación de estar hablando con un náufrago que necesitaba que le tendieran una cuerda de vida, le mostraran el camino de regreso a casa, que le dijeran que aunque no triunfó eso no les importa a quienes lo aman y no han dejado de esperarlo. Hoy quiere volver a empezar.

Narra:

“Cuando me vine tuve comunicación con mi mamá como dos años. Pero el año 2004 o 2005 en el barrio donde vive cambiaron líneas telefónicas y de ahí perdimos comunicación. La única manera que teníamos era por teléfono, no había otra forma: yo no sé manejar el Facebook, no sé de computación.

“Al principio pregunté una o dos veces a la operadora del teléfono que da información que cómo le hacía para marcar porque cuando llamaba a Honduras no me caían las llamadas, y antes sí, y no me supieron dar información. Y no conocía gente de Honduras ahí donde yo estaba viviendo. Cuando llegué no había tanta gente de allá.

“Los últimos años deseaba regresar a mi país. Perdí las intenciones de ir a Estados Unidos, se me fueron las ganas. Yo salí de Honduras en 2001. Nunca llegué ni a la frontera, siempre me quedé en Veracruz. Pasó el tiempo y se me quitaron las ganas de seguir, me puse a trabajar, me acostumbré, se me fue el tiempo.

“Lejos se vive la soledad día con día. A lo mejor en ciertos momentos se te olvida –cuando estas con compañeros de trabajo o casado–, pero hay momentos que la soledad la sientes, y entre más pasa el tiempo más sientes. Y si estás solo, peor. Creo que todos los que migramos lo sentimos. Y aunque con los amigos tratas de que se te olvide, no se te olvida, es doloroso, se sufre. A lo mejor no se sufre como una madre, pero como hijo lo sientes. Estás en una tierra ajena y no es lo mismo. Si vives solo y llegas a tu casa la soledad la sientes.

“Me imaginaba que un día podía pasar esto (se refiere al reencuentro). Que algún día mi familia me podía buscar. Si no la única forma era regresar y por vergüenza no regresaba, por orgullo, porque no he hecho nada en la vida.

“De regresar sí se puede regresar, así como me vine de mojado yo podía regresar. Muchos por pena no regresan a su casa, pensamos que la gente nos va a criticar. Pero hoy pienso que lo que nos debe preocupar es el dolor de la madre que es la que sufre.

“Muchos años pensé que un día iba a pasar esto, que un día me podía buscar mi familia. Cuando me comunicaron al principio no quería regresar porque mis hermanos están grandes, son mayores de edad y tengo miedo de la crítica de mis hermanos, pero ellos me comenzaron a hablar y me comenzaron a apoyar moralmente, ¡todos!, mi papá, mis tíos, mis seis hermanos, y me han mandado fotos y los he visto por fotos, y yo les he mandado las mías y me han apoyado.

“No he tenido negativas o que me digan ‘¿para que vas a venir si no tienes nada? Yo les conté que estaba prácticamente como me vine a México y me dijeron ‘no hay problema, lo que queremos es verte, que estés con nosotros esta Navidad’.

“Si estos años he sobrevivido ha sido gracias a los consejos de mi papá de no meterme en problemas, de dedicarme a trabajar. Esos consejos me ayudaron. Es muy humilde y me enseñó la humildad.

Quiero volver a empezar una vida nueva. No tengo idea de qué voy a hacer allá. Son 15 años que tomo perdidos: sin familia, no tengo hijos, lejos de mi padre, de mi madre, de mis hermanos y sin ningún futuro así que quiero comenzar a hacer ese futuro.

“Creo que todavía estoy a tiempo. Tengo buena salud y estoy entero. He visto a otros peor, que el tren les mochó la pierna. Pero yo estoy bien y tengo buena salud y puedo volver a empezar. Quiero ver a la familia, a mis hermanos, extraño mi barrio, donde nací. Siempre lo he extrañado, cada momento, vaya. Veo a mi mamá más vieja, ya está más grande. Tenía que regresar con ellos ahora que están vivos, quiero ver a mi papá, a mis hermanos, antes de que sea demasiado tarde”.

“Siempre tuve en mente regresar, pero sentía miedo”

Esperanza del Carmen Sáenz Santeliz es una exitosa cultora de belleza nicaragüense que hace siete años perdió contacto con su familia, a pesar de que eran muy unidos. El descarrilamiento del tren en el que viajaba hacia el norte para alcanzar el sueño americano, seguido por un brutal ataque y el robo de la cartera donde llevaba los teléfonos, fue como un radical cambio de vías en su vida.

El trauma la llevó a instalarse en Veracruz, donde fue acogida por una comunidad religiosa. Cuando quiso comunicarse a casa las marcaciones a teléfonos hondureños habían cambiado. Esto le trajo varios años de soledad, añoranzas y esfuerzo. Hasta que su hermana menor, también llamada Esperanza, cruzó el sureste mexicano con la foto de su hermana y en Coatzacoalcos alguien la descubrió.

Así cuenta su historia:

“La primera vez que salí llegué a Coatza bien, en autobús. No hubo necesidad de subir al tren. Sólo llegando Tuxtla nos asaltaron. Yo iba con una amiga de Nicaragua, nos robaron el dinero más no los documentos y continuamos a Coatza a la Casa del Migrante. Ahí ella encontró quién la ayudara para seguir adelante. Yo me quedé porque no tenía recursos y le pedí que avisara a mi familia que estaba bien, que no se preocuparan.

“Me puse a trabajar un tiempo limpiando casas y planchando ropa. Y me comunicaba. De hecho, mandaba remesas. Se me metió seguir adelante y seguir a Nayarit. De ahí me deportaron, me tiraron a Guatemala, me fui a meter otra vez. En el camino fue que se descarriló el tren entre Tenosique y la Cementera, en Macuspana, Tabasco. Las maras nos asaltaron, hubo violación, golpes, muertos, de todo y quedamos sin documentos. Íbamos cuatro mujeres. Cuando despertamos después de tanto golpe cada quien tenía un muerto degollado al lado.

“La policía nos llevó a nosotras a investigar, a ver si estábamos drogadas, si teníamos huellas de arma de fuego. Quedamos seis días en ese lugar. Nos dejaron ir cuando vieron que habíamos sido víctimas.

“Ahí nos quedamos sin nada. En la cartera llevaba los números de teléfono de mi casa en Nicaragua, mi credencial y mis cositas personales. Se los llevaron.

“Llegué a Coatza y me metí a la iglesia evangélica. Decidí quedarme ahí. Los hermanos evangélicos me dijeron que por qué seguía arriesgando mi vida, que el Señor me amaba, que con el oficio que tenía podía tener futuro ahí. Cuando celebraron el Día de la Familia quise comunicarme a casa.

“La última vez que traté de intentar llamar por teléfono no pude porque en Honduras le agregaron nuevos números a los teléfonos. Yo marcaba el número que yo tenía y no conectaba.

“Siempre tuve en mente regresar. Pero hoy sé que me ha afectado lo que viví en el tren porque eso lo llevo como marcado. Cuando uno ha sido ultrajado de esa manera siento que en la familia ven a uno y saben lo que pasó. Sentía pena conmigo misma.

“Estos últimos dos, tres años he tenido más en mi mente regresar. Hace dos años compré esa maleta que cargo. Iba a ir el año pasado, pero me enfermé. Este febrero me iba a ir. Ya estaba haciendo planes. Quería irme, tenía la necesidad de sentir a la familia conmigo.

“Soñaba mucho a mi hermana. Tres días antes de recibir la noticia de que me estaba buscando la soñé que llegaba con su hija y entró como si conociera mi cuarto. Eso me daba más motivo para viajar en la fecha que tenía pensado.

“He soñado a mis hermanos, a todos, en fiestas, también enfermos. Una vez que una amiga me llevó a que me leyeran las cartas me dijeron: ‘Un familiar tuyo cercano murió’ y me puse mal pensando quien podría ser. Y una de las cosas por las que no me animaba a volver era e miedo a ir y pensar que había muerto una hermana.

“Pero hace tiempo vengo pensando que estoy grande y lejos de casa. Me he enfermado del corazón, he estado internada. Cada día de las madres, en noviembre porque yo estaba acostumbrada de ir con mi hermana a poner flores del cementerio, diciembre, han sido fechas duras sin mi familia. De todas mis navidades aquí, de estos ocho años, las únicas navidades en que he estado acompañada son tres; las otras, sola. Es tan duro que vengo de trabajar y me voy a dormir, porque no hago cena, nada. Hasta ahora que hice una amiga que era como mi hermana.

“Estaba en mi estética cuando llegó una vecina a mostrarme el periódico y decirme que mi hermana me andaba buscando. Cuando supe cambié por completo. Fue sentir como que si me viene a buscar ella va a ser más fácil regresar que regresar sola. Sentía que sola era difícil en lo emocional. Tenía miedo de regresar y encontrar malas noticias o que una hermana murió, era como cuidar el corazón. Yo tengo problemas emocionales, hoy me puse mal. Pero le pedí a Dios que me diera la fuerza.

“En Coatzacoalcos tengo una pareja, pero mi familia vale más. Después de lo que mi hermana ha hecho por buscarme no puedo no irme con ella. Tiene un valor lo que hizo.

“Se me metió el ‘me voy, me voy’ y traspasé la estética. Sin vuelta atrás. Traigo dos maletas con productos de belleza y una bolsa chica de ropa y mi caja para lo de las uñas. No traje ropa porque mi hermana todavía guarda ropa mía. Me interesa más llevar mi material para ponerme a trabajar”.

“Mi mamá me hizo mucha falta cuando tuve problemas”

Denia Elizabeth Santos es una mujer que salió hace 14 años del Departamento de La Paz, Honduras. Por años no se comunicó a casa.

Estuvo en la cárcel tres años encerrada injustamente por trata de personas. La liberaron después de que, con otros dos compañeros, hizo huelga de hambre y presionó para que revisaran sus casos. Entonces detectaron la injusticia.

Al salir, pidió a madres migrantes que le ayudaran a buscar a María, su madre, con quien se reencontró en Tapachula el martes en la noche. Llevaba consigo a sus hijos, el adolescente de 14 años a quien sí alcanzó a conocer la abuela y una niña de cuatro.

Este es su testimonio:

“Hace dos años que llegó el grupo de madres migrantes a Tapachula a buscar a sus hijos y les pedí que me ayudaran para hablar con la mía. La encontraron, me comunicaron con ella y la apoyaron a que viniera conmigo este año. Perdí teléfono y todo. No tenía teléfono ni de ella ni de mi abuelita.

“También me acusaron injustamente de un delito que no cometí. Me encontraron vendiendo productos Fuller en un bar. No tuve comunicación nada más que pedir a apoyo aquí a todos los presos por la cárcel. Querían cobrarme 200 mil de multa, o si no, me echarían de dos a ocho meses.

“No iré a Honduras. Ni yo tengo ni ellos tienen pasaporte para salir. Voy a estar unos días con ella, voy a disfrutarla. Es el mejor regalo que he tenido.

“Hasta que tuve comunicación me enteré de que falleció mi papá y dos hermanos: uno de cáncer, a otro lo mataron para robarle el celular.

“Cuando nos vimos lo único que hicimos fue abrazarnos, llorar. Yo le decía ‘mamita’, ella ‘hijita’, sólo repetíamos eso. Muchas veces me hizo falta (llora).

“Le pido a los hijos desaparecidos que intenten reportarse porque nuestras madres son las que sufren. Yo hasta después de 14 años pude verla a ella. Ya platiqué con mis hijos y les dije que venía su abuelita y ahora se sienten muy felices”.

Los pequeños anónimos en albergues de migrantes

16 diciembre, 2015 // Reportaje Especial

RUTA IXTEPEC-TAPACHULA, (apro).- Lleva consigo una libreta maltratada, con el espiral de alambre oxidado y a punto de deshojarse por tanto doblarla para hacer que quepa en el bolsillo del pantalón. Le puso como título, con su letra aún infantil, “Cuaderno de Notas e Inventos”. En ésta escribe todas las ideas que lo asaltan en el tiempo muerto que pasa en el albergue para migrantes de Ixtepec, Oaxaca, donde ya lleva semanas.

David Esaú es un niño salvadoreño de 14 años y una mente inquieta, siempre en busca de soluciones. Estudió sólo hasta sexto grado por las múltiples mudanzas que ha hecho en su corta vida: primero de casa en casa para no ser reclutado por los maras de su colonia, como ocurre con los de su edad; después de país en país, huyendo de la violencia criminal.

Él es uno de los miles de infantes centroamericanos que viajan solos o acompañados y permanecen varados en los albergues para migrantes en la ruta del sureste, en espera de una visa humanitaria que les permita transitar por México sin tener que esconderse. Es uno de los sobrevivientes de las nuevas y peligrosas rutas migratorias creadas a partir de la implementación del Programa Frontera Sur que impide a la gente subir a los trenes.

La libreta de David Esaú parece la de un genio de un país en desarrollo, y es un aparador de sus preocupaciones. En estas se encuentran teorías como la que intenta acabar con el desempleo, otra para evitar las guerras, o sobre el presidente que “vendió” la máquina para crear colones (la moneda nacional) para comprar una fabricadora de dólares y hundió la economía.

Buscan a sus hijas entre sexoservidoras y clientes… en Chiapas

15 diciembre, 2015 // Reportaje Especial

ARRIAGA, Chis. (apro).- Desde adentro de un cuarto sin adornos un vozarrón de mujer retumba por la vecindad prohibida: “¿Por qué buscan aquí? ¡Búsquenlas en Guatemala, en Escuintla, en Barillas, en Huehuetenango, en Quiché! Ahí hay muchas, ahí las tienen retenidas, ¡ahí les pegan y tienen muchas indígenas!”

La autora del grito de furia –ojos delineados, pelo mojado y toalla rosa como único vestido— se defendía de la improvisada visita de mujeres de la Caravana de Madres Migrantes y, con insultos, de los fotógrafos que las acompañan por invadir a flashazos una vecindad donde mandan ellas, las sexoservidoras de Arriaga.

Cuando se aseguró de la lejanía de las cámaras, desde el umbral de la puerta de su cuarto con cupo para una silla y una cama, atendió a las madres uniformadas con camiseta y gorra blanca, y escudriñó las fotografías que llevaban colgadas sobre el pecho, a manera de cartel, así como una baraja de imágenes que le enseñaban.

Eran fotos de mujeres migrantes desaparecidas en su paso por México. Las que llevaban sobre el cuerpo eran las de sus propias hijas, el resto eran de otras muchas madres de Honduras, Guatemala, Nicaragua y El Salvador que no pudieron sumarse a la caravana, pero las enviaron para ser exhibidas en los sitios donde los migrantes son succionados y dejan de reportarse a casa. En cárceles donde pudieran estar bajo nombres falsos o no llamar a casa por vergüenza; en burdeles o lugares de trata sexual donde pudieran estar retenidas bajo amenazas; en morgues o fosas comunes donde no hubo voluntad para identificarlos; o en casas o rancherías donde se obliga al trabajo esclavo.

La mujer-vozarrón estudió con la mirada una de las fotografías y afirmó: “¡A ella la conozco, es la Yesi!”.

Las mamás se le acercaron con el manojo de sentimientos que causa la incertidumbre de desconocer el paradero del ser querido –entre la sorpresa, la incredulidad y la esperanza–, y la repetida experiencia de los falsos informantes.

“Yo le vendía comida, diario la miraba desde hace dos años en El Hoyo, en Guatemala; es hondureña, no se siente como si estuviera secuestrada; tiene un niño en Honduras que se lo están cuidando. La conozco”, afirmó la mujer.

¿Desde cuándo está ahí? ¿Dónde es el Hoyo? ¿Cómo hacer contacto con ella? ¿Cómo luce ahora? ¿Cuándo la viste por última vez? ¿Cómo se llama allá? Todas las preguntas posibles.

“Yo voy cada mes a Huehuetenango a traer preservativo barato. No les miento, hace unos días pregunté por ella”, explicó la interrogada.

El lugar donde surgió la pista posible es la llamada “zona de tolerancia” de Arriaga, delimitada a esa vecindad con una veintena de cuartos, a unos pasos de la vía del tren, donde los migrantes buscaban compañía femenina hasta el año pasado, cuando Enrique Peña Nieto lanzó un programa que impide a los migrantes viajar en el lomo de los trenes e hizo que se desplomara la economía regional.

Algunos cuartos están cerrados. Otros abiertos. Cada sexoservidora paga 100 pesos al día de renta por el espacio sin ventana y sin baño que tiene como único mueble una base de resorte (cada inquilina debe llevar su colchón y sus adornos). Todas aseguraron que sólo pagan renta, que están por voluntad propia, que no hay menores de edad y que no pagan cuota por cliente.

Afuera de las habitaciones abiertas distintos grupos de madres caravaneras preguntaban por sus hijas o las hijas de sus compañeras de dolor.

Una joven centroamericana que se estrenaba en el negocio del sexo preguntó a las madres: “¿Allá en Cintalapa no han ido? ¿Y en Comitán? Es zona muy grande, puras mujeres, allá hay así como 100”.

Y comenzó a recitar una docena de lugares en Chiapas donde las mujeres se dedican al negocio, por voluntad propia, o a la fuerza.

En la entrada de la vecindad, el jornalero agrícola que pasó a mirar a las muchachas, Arturo Salinas Salinas (alcohólico, según su propia descripción), reaccionó a la fotografía que le mostraba una madre de su hijo. El aseguró:

–Este hace como dos meses me vende trago.

–¿Tiene ese nombre?—preguntó la madre

–No. Tiene otro que no me acuerdo —dijo él.

–¿Dónde?

–No me acuerdo.

Luego balbuceó varios nombres de cantinas hasta que un funcionario de gobierno que acompañaba a las madres le reclamó:

–¿No estás tomado? ¿Tienes bien la información o estás tomado?

El hombre, que había asegurado a varias madres que conocía a sus hijos, ya no quiso dar más datos. Después, con un tono melancólico, agregó que él también quiere denunciar la desaparición de una tía, Julia, en Chahuites, Oaxaca, en las vías. Pero ya nadie lo escuchó.

Las madres de migrantes pasaron por Tabasco, Veracruz, Puebla, Distrito Federal, Oaxaca y Chiapas mostrando las fotografías, aportando datos a toda persona que le solicita información, y escuchando todo tipo de conclusiones de quienes dicen haber visto a alguno de los retratados. La última vez que escucharon un rumor fue la noche del lunes en la Plaza de Tapachula, donde tres hombres se acercaron a una madre salvadoreña y le dijeron que habían visto en Tuxtla Gutiérrez a alguien igual que su hijo que ya no se llama Mauro Funes, ahora se llama “Mike”.

Esa es una pista más a investigar en este laberinto repleto de puertas falsas que recorren, muchas veces durante años, las familias que buscan a hijos o hijas desaparecidos.

Impensable, visita del Papa sin encuentro con familias de Ayotzinapa: Solalinde

14 diciembre, 2015 // Nacional

IXTEPEC, Oax. (apro).- El sacerdote Alejandro Solalinde hizo un llamado al nuncio apostólico Christophe Pierre y a los obispos mexicanos para que faciliten un encuentro entre el Papa Francisco y las familias de los desaparecidos de todo el país, porque si no lo hicieran, el mismo Jesús les va a reclamar: “Dejad que las familias de los desaparecidos se acerquen a mí”.

Entrevistado en el albergue Hermanos en el Camino, el director del refugio para migrantes dijo también que “sería impensable” que el Papa viniera a México y no tocara la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y de todo el país.

“Un tema que por supuesto no va a dejar, estoy seguro que no, será Ayotzinapa.

Sería imposible imaginar una visita del Papa sin un encuentro con las familias de Ayotzinapa, y estoy calculando que muy posiblemente también con el grupo GIEI”, dijo en referencia al grupo de expertos independientes de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH) que investiga el caso.

Mencionó que en 2013, antes de la desaparición de los 43, había prometido a varias familias con hijos desaparecidos a quienes se encontró protestando afuera de la PGR que entregaría al Vaticano una misiva que escribieron al Papa para hablarle de sus casos, pero que ni el nuncio apostólico en México ni un cardenal del Vaticano quisieron recibirla. “Prácticamente me regresé con mi carta”, dijo.

“Esta es la oportunidad de que el Papa escuche a los familiares de las personas desaparecidas. Hago un llamado tanto al señor nuncio Cristopher Pierre como a los señores obispos para que faciliten ese diálogo. Si no lo hicieran, recibirían el reclamo de Jesús, que les diría: ‘Dejen a las familias de desaparecidos que se acerquen a mí’”, agregó.

Solalinde confió en que el Papa francisco dedicará tiempo de su agenda a escuchar a migrantes en tránsito –“es un tema central para él”–, y mencionó que el sumo pontífice “está bien informado” de los más de 10 mil migrantes desaparecidos en el país, donde además son víctimas de trata, secuestro, violaciones, asesinatos, así como de la nula voluntad política del gobierno para generar una base de datos forense que ayudaría a ubicar a quienes se les perdió el paradero.

Mencionó que el cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de la arquidiócesis de México, no tendrá buenas cuentas que mostrar en ese tema.

“Siendo la diócesis más grande del mundo, no tiene comedores ni albergues. Desgraciadamente, no. Ahora que venga el Papa a ver a la Virgen de Guadalupe, porque no lo viene a ver a él (a Rivera), viene a ver a la virgen, (el cardenal) qué le va a decir: ‘¿Sabe, nuestra arquidiócesis es tan grande, son tantas parroquias y miles de sacerdotes y no tenemos nada para los migrantes más que una oficina’. Pero en una oficina no comen, no duermen ni se atienden”, criticó el sacerdote famoso por su defensa de los derechos de los migrantes.

Mencionó que obispos de otras diócesis, en cambio, en fechas recientes han abierto albergues, como el de Huajapan de León, en Oaxaca, y el de Celaya, Guanajuato, y han pedido a sus sacerdotes que velen por los migrantes.

Entrevistado durante la visita de la caravana de madres migrantes a su albergue, el sacerdote dijo que Francisco tratará de armar su agenda de manera independiente, defendiéndose de los condicionamientos eclesiásticos y de “Los Pinos”.

“No cruza el Atlántico para celebrar misas. Por supuesto que vamos a tener misas, pero viene más que nada para checar el estado de misión en que se encuentran México y los países de la región. No va a preguntar a los obispos si están cómodos, si comen bien, si se sienten seguros, les va a preguntar cómo están haciendo esa evangelización, cómo están formando a la gente, cómo están defendiendo la justicia, cómo están elevando esa voz profética por tanta personas desaparecidas, violadas, secuestradas, por tantos feminicidios y por Ayotzinapa”, advirtió.

Posteriormente comentó que el creciente número de asesinatos y desapariciones de sacerdotes han conmovido mucho a los obispos y al clero, en general, porque todos saben que “ya no son los intocables”. Esta situación ha hecho que muchos sacerdotes estén “despertando, rompiendo el miedo, haciendo más”.

“Las madres vinieron a limpiar las fosas”

13 diciembre, 2015 // Reportaje Especial

Afuera del panteón municipal de Juchitán había un basural. De tanto que sometían con lumbre los desperdicios, hasta la barda tenía ennegrecida; entre el cochambre alcanzaban a leerse borrosos grafitis con siglas ininteligibles del tipo L1.189 junio 2012 o L.1.999 Julio 2012. Así, nueve inscripciones, uno por cada expediente de muertos no identificados enterrados bajo esa escombrera. Muertos a los que no se les dio cabida en el camposanto por no llevar documento de identidad.

En diciembre del año pasado, cuando la Caravana de Madres Centroamericanas que recorre México en busca de sus hijos desaparecidos descubrió esa fosa común donde se dejaban desechos en vez de flores, las mamás sintieron en el alma el escupitajo del desprecio.

En este lugar yacen varios migrantes, los naufragados, explicó Martha Sánchez Soler, la coordinadora del Movimiento Migrante Centroamericano, a esas mujeres que regresaron a casa con esa imagen fija que les taladraba el corazón.

“Fue impactante pensar que nuestros hijos estaban aquí enterrados como animalitos”, dijo la mamá de Roberto Melgar llorosa al recordar el episodio. “Llegué destrozada a casa, después de ver el basural”, dijo con la voz entrecortada una anciana que cargaba la foto de un joven desaparecido llamado Marvin.

“Nos imaginamos que cualquiera de nuestros familiares está aquí”, dijo Lilián Hortencia, quien busca a su hermana Jackeline Morales Jovel, desaparecida en 2007 en Altar, Sonora.

Una de las mujeres, al ver la humareda saliendo del lote encendido, se figuró que la costumbre local era quemar cadáveres. Se tranquilizó al saber que los cuerpos estaban bajo tierra.

Este sábado la caravana hizo escala en el mismo sitio de tortura. Uno de los muchos puntos de tortura de este país para las madres que lo recorren buscando a sus hijos migrantes, como el patíbulo que fue San Fernando para más de 72 masacrados, o las vías donde son mutilados por el tren o los burdeles chiapanecos donde las mujeres son exclavizadas para el sexo.

En Juchitán, en esta zona de migración intensiva, justo donde pasan las vías del tren y el Istmo donde se forma la cintura de la República Mexicana, el horror se materializó en esta fosa de personas NN (sin nombre).

Las madres recorrieron distintas cárceles. Una en Tehuantepec (donde fueron obligadas a desvestirse y pasar las estrictas revisiones de las visitas conyugales); otra en Juchitán (donde el director estatal de prisiones no dejó pasar a todas); y la última en Matías Romero (donde el acceso fue más fácil porque las acompañó el padre Alejandro Solalinde, el famoso defensor de derechos humanos que dirige el albergue de Ixtepec).

Al hacer la parada en Juchitán, en el panteón-pesadilla del año pasado, las madres volvieron a tragar saliva y a prepararse para recibir la presentida patada en el alma. Pero cuando llegaron encontraron un terreno plano, limpio, sin rastros de basura, y una barda pintada de amarillo donde se leía el fragmento de la canción mixteca: “Qué lejos estoy de donde nací”, salpicado por piecitos donde se leían los legajos judiciales que estuvieron a punto de perderse.

Esa era la sorpresa que Martha Sánchez y el Movimiento tenían preparada para aquellas 39 madres de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala que integran la caravana “Una madre nunca se cansa de buscar”.

Un grupo de flautistas unido con raperos amenizaron el momento con música y en la mente de los espectadores se alborotaba el lamento mixteco. Un veinteañero del colectivo de artistas Bicu Yuva (o perro rabioso), autor del mural, dijo a las doñas estas palabras: “También conseguimos árboles de amigos ecologistas para que cada madre plante y donde había algo trágico crezca algo, florezca y cada año lo vea crecer”.

La primera en tomar la pala fue Iris Adelina Martínez, la madre de Carlos Rafael Medina. Su hijo desapareció cuando viajaba en autobús a Reynosa, Tamaulipas, el 6 de julio de 2012. En cada palazo que daba para sembrar vida donde ha habido muerte parecía descargar rabia, dolor, angustia. Corrió en su ayuda la hondureña Lourdes Suazo, hermana de Fabrizio, uno de los 49 masacrados en Cadereyta en 2012. Luego otras más.

Pero Iris Adelina parecía que no las veía. Lloraba mientras forcejeaba con la bolsa negra que contenía la tierra, hasta que sometió al arbolito, lo hundió en el hoyo, le echó tierra encima y aplacó el monte con las manos con esa urgencia de quien quiere terminar rápido con el dolor y, en su lugar, plantar esperanza. Las demás lo adornaban con las rosas que recibieron al bajar del autobús o rellenaban con la brocha las letras del son.

Al terminar se abrazaron. Lloraron. Cantaron en círculo, como se hace alrededor de una fogata, una canción sentida de una mamá que busca a su hijo. Se tomaron una foto frente al mural con jardinera.

Una de las madres, con las manos manchadas de la pintura blanca con la que retocó la barda, lloraba a solas –apretaba con su mano una piedra– mientras un fotógrafo trataba de consolarla.

“Tú nunca vas a saber lo que siento porque nunca vas a ser mamá. Tendrías que parir para entender”, dijo con una risa amarga. Era Ana Claribel, mamá de Malvin Alberto Guerra, desaparecido en agosto de 2013 en Reynosa.

El basural-escupitajo de Juchitán podría ser el basurero de cualquier municipio del país donde, a pesar de que las desapariciones en México alcanzaron dimensiones de epidemia desde el sexenio pasado, sigue sin existir una misma regulación para los entierros en fosas comunes, y la obligación de la toma de datos y de muestras genéticas de los cuerpos.

El reporte que entregó la Comisión Nacional de Derechos Humanos (oficio 791 del expediente CNDH/5/2015/590/Q) sobre esta anómala fosa fuera del cementerio no disipó la confusión. El enrredado documento que reporta los datos proporcionados por la Procuraduría, explica que las letras grafiteadas correspondían a los expedientes de dos robos (¿por qué alguien habría de dejarlos escritos en una pared junto a cadáveres?), al asesinato de un tal “Nene” de identidad desconocida y otro de una mujer anónima asesinada, cuyo caso seguía en investigación (la manera mexicana de decir que nunca habrá justicia). El oficio asegura que, aunque las autoridades desconoce la identidad de los enterrados, sorprendentemente sí puede asegurar que ninguno era migrante.

Además, deja constancia de que será imposible identificarlos porque “no cuentan con registros fotográficos ni datos de identidad de los cuerpos humanos cuyos restos han sido depositados en la fosa común del panteón general de ese municipio”. Otra vez, por ley del libre arbitrio en el país en cuanto a la disposición final de cadáveres.

Las fotografías del antes y el después del basurero causan impresión. Además de las letras con los legajos ininteligibles de los que no supo dar cuenta la autoridad y que después del retoque parecen más indescifrables: 13/09/2013 – EG 11420 – 31/09/2010 NN – LL-10 Ju 2013 – LL-11-01 2014- Ju-11 2014- 2904-2013. 31/09/2010 NN – 857 LN 35/9 2013.

La sorpresa tuvo un sabor agridulce para muchas de las madres caravaneras que fue matizado con la llegada del padre Solalinde, quien las acompañó a la visita de la tercera cárcel del día. El autobús que las transporta recorrió carreteras istmeñas con paisaje de corredores con antorchas guadalupanas, tehuanas vestidas para la vela con estandartes de la Virgen e instalaciones eólicas.

“Nos alegramos porque está bien bonito. Todavía no tenemos nuestros hijos, pero está bonito”, dijo llorosa la mamá de Marvin, al intentar dar un agradecimiento a quienes hicieron posible la sorpresa.

“No sabemos si aquí están nuestros hijos. Ahora que nos dijeron que otra vez íbamos a venir a ver sufrimos, pero gracias a dios está aseadito”, agradeció una mujer casi anciana.

“¿Serán los nuestros o de otros que no saben que están aquí? Sabemos que ha de haber mexicanos y de otros países. No sabemos por qué las autoridades son injustas. Pedimos justicia para estas personas, que no se sabe quienes son”, dijo la mamá de un migrante desaparecido apodado Chepito.

Entre el público presente –había gente del grupo Beta y de la CNDH, periodistas y músicos- el activista Rubén Figueroa rumiaba enojado: “Tu cuerpo deja de existir para el sistema. No hay cuidado ni respeto. Podríamos decir que las madres vinieron a limpiar las fosas”.

Las madres se subieron al autobús con la fotografía como medallón de su familiar prendida sobre el pecho. Las mismas que mostraron en las cárceles a los presos que quisieron verlas y a los 270 migrantes que les dieron la bienvenida en el albergue Hermanos En El Camino, desde donde se ayudó a prepara la sorpresa.

En la víspera de la visita a la fosa común, llegó al albergue una mala noticia: “Hoy que fuimos ya había otra vez basura tirada”.

El expediente Ayotzinapa, una burda manipulación

21 octubre, 2015 //  Reportaje Especial

MÉXICO, D.F. (Proceso).- A pesar de los obstáculos que puso la Procuraduría General de la República (PGR) para dificultar la consulta del expediente Ayotzinapa, que el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) le ordenó hacer público a partir de la solicitud de información para este semanario –y aun cuando difundió sólo las actuaciones que reforzarían la “verdad histórica” dada a conocer por el entonces procurador Jesús Murillo Karam– los hallazgos de la prensa vuelven a evidenciar la manipulación de la investigación.

El expediente fue subido en formato PDF, lo que impide que se hagan búsquedas entre las 50 mil hojas, y está plagado de párrafos u hojas enteras tachonadas de negro (testeadas), supuestamente para no violar la ley de transparencia. Pero se ocultó más allá de lo que la ley pide omitir.

Entre lo eliminado por la PGR están los resultados de los dictámenes de integridad física que se realizaron el 28 de octubre de 2014 al detenido Patricio Reyes Landa, alias El Pato; Jonathan Osorio Gómez, El Jona; Agustín García Reyes, El Chereje, y a Darío Morales Sánchez, los principales inculpados en las confesiones en que se basaba la “verdad histórica”. No sólo fueron omitidos los datos personales, como mandata la ley: también fue borrada la declaración de El Pato donde afirma que fue torturado por agentes federales para que declarara.

La PGR no cuidó del todo la privacidad de las personas: publicó la declaración de Jonathan Osorio Cortés sin ninguna reserva (no quitó nombre ni datos personales), quien involucra a uno de los 43 desaparecidos con la banda delictiva.

Borró también sin razón los lugares de las detenciones de todos los presuntos culpables, lo cual debía haber sido público.

Asimismo, contrario a la ley, testó los nombres de los funcionarios públicos que estuvieron involucrados como responsables, a pesar de que muchos de los nombres fueron mencionados en conferencia de prensa por Murillo Karam cuando presentó lo que él llamó la “verdad histórica”.

Otro error es la publicación de fotos como la de Adán Abraham de la Cruz.

La PGR publicó únicamente 86 expedientes, que contienen las actuaciones ministeriales realizadas por la PGR hasta el 12 de febrero de este año, que es cuando se resuelve la pregunta folio 0001700020915, mediante la que se pidió la versión pública del expediente. La gente no tendrá acceso a los 130 tomos de los que consta el expediente; 43 no se hicieron públicos.

En marzo comenzó el trabajo del Grupo Interdisciplinario de Expertos Internacionales (GIEI) de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos que, al revisar el expediente encontró los vacíos, las omisiones en las investigaciones, los peritajes que nunca se practicaron, y ordenó hacerlos hasta encontrar que la teoría que Murillo Karam presentó como “la verdad histórica” no se sostenía.

El abogado Santiago Aguirre, del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, organización que junto con el Centro de Derechos Humanos Tlachinollan de La Montaña lleva la defensa de las víctimas del caso Ayotzinapa, menciona en entrevista que la apertura al público de los expedientes tuvo sus aciertos, pero aún deja mucho que desear.

El montaje se refuerza

La publicación del expediente sobre el caso Ayotzinapa por parte de la PGR es un arma de doble filo.

Por un lado ha ayudado a que los medios buceen en las primeras averiguaciones previas sobre la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Esto ha polarizado las versiones: algunos han publicado información que refuerza la “verdad histórica” de la PGR; otros han revelado los montajes de los que se valió el gobierno para tergiversar los hechos.

En la revisión de los tomos es posible notar que la PGR no confirmó la veracidad de las denuncias anónimas que mencionaban lugares donde los estudiantes supuestamente habían sido vistos. En cambio se concentró en la línea que apuntaba a que todo había ocurrido en el basurero de Cocula, aunque las versiones de los presuntos victimarios no coincidían.

Son muchas las denuncias anónimas. Un ejemplo es la constancia ministerial del 8 de octubre de 2014, en la que se menciona una llamada telefónica que asentó: “En el Rancho Montoya se encuentran los estudiantes que están desaparecidos”.

La mayoría de las notas periodísticas no son contrastadas con los hallazgos del grupo de expertos de la CIDH.

Por ejemplo, la semana pasada, medios publicaron la declaración del médico que la noche del 26 de septiembre laboró en el Hospital Cristina –donde soldados del 27 Batallón de Infantería, con el capitán José Martínez Crespo al mando, llegaron a investigar lo ocurrido con 25 normalistas–, quien ante la PGR reveló que la Procuraduría de Justicia Militar lo interrogó en dos ocasiones sobre la escena que presenció.

En el Informe Ayotzinapa el GIEI había informado que, antes de declarar, el médico había sido citado al 27 Batallón por el general Alejandro Saavedra –se desconoce el sentido de la conversación– y el propio capitán Crespo dio instrucciones para que su nombre no quedara registrado en la entrada. Las declaraciones que posteriormente dio el médico a Proceso y a la PGR son favorables al papel que el Ejército tuvo esa noche en Iguala.

Otros descubrimientos han permitido establecer la manipulación de la investigación por parte de peritos de la PGR, la negligencia, los vacíos que antes habían mencionado el Equipo Argentino de Antropología Forense, los abogados del caso y el GIEI.

El portal Animal Político encontró que la PGR tardó cinco meses en pedir la captura del jefe prófugo de la Policía de Iguala, a pesar de que la participación de la Policía Municipal quedó establecida desde el inicio, y tardó lo mismo para preguntar a Migración si el aludido había salido del país.

Halló también que el Equipo Argentino de Antropología Forense (que colabora en la investigación de la desaparición de los normalistas), alertó en enero pasado a Murillo Karam de “graves fallas” en el trabajo pericial del caso, entre ellas la infiltración de policías como falsos peritos hasta la siembra de “evidencias” y cartuchos en el basurero de Cocula, y la contaminación de la supuesta escena del crimen por la falta de vigilancia.

A su vez, el diario El Universal publicó que seis meses antes de que desaparecieran los estudiantes de Ayotzinapa y se pusiera en evidencia el control de Guerreros Unidos en Iguala y Cocula, la Fiscalía de Guerrero investigaba a este grupo criminal por estar implicado en ocho averiguaciones previas por homicidio y desaparición de personas.

Por su parte, La Jornada encontró que la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO) recibió en octubre de 2014 al menos seis llamadas anónimas en las cuales se advertía que integrantes de Guerreros Unidos que participaron en la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa estaban ocultos en el estado de Morelos y en las comunidades Apetlanca y Tianquizolco, en Guerrero.

Sinembargo encontró que en el ataque a los estudiantes participaron policías de Pilcaya –a tres horas y media de camino desde el lugar del ataque y no sólo los basados en Iguala o Cocula. Y ya el “Informe Ayotzinapa” había deslizado que en las declaraciones también se mencionaba la participación de agentes de Huitzuco y, tal vez, de otros municipios.

De dicho expediente el diario Reforma resalta que la PGR supo que el alcalde de Cocula era de Guerreros Unidos, pero incluso así la procuraduría lo liberó en diciembre, luego de llamarlo a declarar.

Y las confesiones de sicarios revelaron al menos tres sitios de incineración, halló El Economista.

Diversos medios resaltaron la noticia, que ya mencionaba el Informe del GIEI, de que las personas que Murillo Karam presentó como los perpetradores del multiasesinato revelaron que los normalistas fueron ultimados en lugares distintos al basurero de Cocula, y no todos corrieron la misma suerte.

El portal sinembargo detectó que los expedientes desclasificados tienen pasajes contradictorios, como que 10 personas de las supuestamente incineradas en el basurero de Cocula no eran normalistas.

El diario unomásuno publicó que el Servicio Médico Forense de Guerrero recogió cadáveres frente al Palacio de Justicia de Iguala la madrugada del 27 de septiembre de 2014, según establece un parte informativo del Ejército mexicano.

Una “verdad histórica” a base de intimidación y falsedades

12 septiembre, 2015 //  Reportaje Especial

La “verdad histórica” del caso Ayotzinapa, presentada el pasado enero por el entonces procurador Jesús Murillo Karam, y que concluye que los 43 normalistas fueron incinerados en un basurero de Cocula, se armó al vapor y basándose en párrafos de literatura científica sacados de contexto. Está llena de datos falsos, salpicada de omisiones y suposiciones.  Y cuando los testimonios y los estudios serios empiezan a demoler las increíbles hipótesis de la PGR, o cuando algunos indicios apuntan hacia el ámbito militar, se recurre a las amenazas y al hostigamiento de testigos.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- El gobierno federal hizo cuadrar los hechos que la Procuraduría General de la República (PGR) presentó como la “verdad histórica” del caso Ayotzinapa y borró evidencias que incriminaban a instancias federales en la desaparición de los 43 normalistas.

Se usaron maniobras como amenazar a testigos clave para que se retractaran de lo dicho inicialmente a Proceso, falseamiento de bitácoras oficiales y manipulación de estudios científicos contenidos en los peritajes.

Datos recabados para esta investigación dan cuenta de que distintas dependencias estatales y federales también entregaron a periodistas información oficial falseada o mutilada, cuando no pudieron evadir las leyes de transparencia. Además hubo un intento del Ejército por quedarse con el video que implica a personal del 27 Batallón de Infantería en los hechos de Iguala.

Estos datos son independientes al Informe Ayotzinapa del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que entre otras cosas encontró: uso generalizado de tortura a los presuntos perpetradores (cuyas versiones de los hechos no concuerdan); borrado de los expedientes de uno de los autobuses atacados esa noche y destrucción de un video con imágenes de ese camión; así también las diligencias no hechas o realizadas hasta que el grupo lo sugirió: toma de declaraciones de importantes testigos, peritajes a los autobuses o estudio de las ropas halladas en esos vehículos, entre otras.

Dos testigos a quienes la PGR silenció fueron los empleados del servicio de limpia del municipio de Cocula, Rosí Millán y Wenceslao Rifas, tripulantes del camión recolector que lleva la basura al tiradero municipal donde supuestamente incineraron a los normalistas. Su testimonio apareció en la página de internet de Proceso el 29 de octubre del año pasado; afirmaron que aproximadamente el día 23 –una semana antes de que la PGR anunciara que los 43 podrían haber sido cremados ahí–, militares les impidieron el paso argumentando razones de seguridad.

“Dijeron: ‘Procuren no venir aquí, porque tarde o temprano puede haber un tiroteo’… y no vaya a ser la de malas, mejor ya no subimos”, dijo Millán esa vez. Hasta ese momento no habían sido citados a declarar.

Ambos aseguraron que siguieron usando el tiradero desde el día de la supuesta quema de los 43 y durante casi un mes, y nunca se percataron de que en ese lugar hubiera habido algún hecho extraordinario. Parte de su trabajo consistía en vigilar de lejos el basurero para detectar cualquier humo. Millán insistía en que la noche del 26 de septiembre no hubo fuego; llovía y él no vio humareda alguna.

Sin embargo, en la conferencia de enero de este año, en la cual la PGR presentó su “verdad histórica” sobre el destino de los normalistas, el entonces procurador Jesús Murillo Karam mencionó un testimonio de los recolectores de basura opuesto a esa primera versión: en esta, los dos empleados municipales habrían dicho que narcotraficantes les impidieron el paso y que por miedo habían dejado de usar el basurero.

Esta reportera visitó varias veces Cocula para reconfirmar esa nueva versión. Una vez la casa de los Millán estaba cerrada; una segunda vez, la familia entera mintió y negó que Rosí estuviera ahí. Su madre y hermanos se notaban asustados. Él estaba escondido. Cuando se decidió a salir, temblaba. Antes de negarse a dar la entrevista dijo: “No voy a hablar, porque luego me acusan de mentiroso”.

Su miedo tiene explicación: el 2 de noviembre, cuatro días después de la publicación de su testimonio, personal de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO) trasladó al Distrito Federal a los dos empleados municipales y los sometió a dos días de interrogatorios sin darles comida.

Les preguntaron los hechos, les mostraron un ejemplar de la revista Proceso y los amenazaron. Una persona cercana a ellos revela que en la SEIDO les dijeron que “si no recordaban” y “si no dejaban de decir mentiras” iban a terminar presos en Nayarit con los funcionarios y delincuentes de Guerreros Unidos.

Entonces declararon lo contrario. Este dato fue confirmado por dos fuentes.

A ambos les hicieron firmar papeles cuyo contenido desconocían. Wences –ayudante de Rosí– no sabe leer. Cuando fue entrevistado por un grupo de reporteros este año, seguía sosteniendo que en el basurero no hubo incineración. De los militares nada dijo.

Ese no fue el único operativo para silenciar testigos o borrar evidencias.

(Fragmento del reportaje que se publica en la revista Proceso 2028, ya en circulación)

A cinco años de San Fernando el martirio continúa

En 2010 sicarios del cártel de Los Zetas les mataron a sus hijos e hijas en San Fernando, Tamaulipas, y desde entonces los padres de las 72 víctimas han visto eternizada su tragedia ante la actitud indolente, omisa y humillante de los gobiernos de México, El Salvador y Honduras en lo que respecta al proceso de identificación y entrega de cuerpos. Las autoridades de estos países siguen dando largas a los deudos que aún no reciben los restos, o de plano ya ni les toman las llamadas, en tanto que otros familiares carecen de pruebas confiables de que los cuerpos que recibieron en verdad correspondan a los de sus parientes.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Eva Nohemí Hernández Cerrato se cansó de malabarear para encontrar empleo fijo en Honduras, se despidió de sus tres hijos y se fue a buscar ingresos a los Estados Unidos. En el camino coincidió con Wilmer Antonio Núñez Posada, un paisano suyo recién deportado que deseaba volver a California para acompañar a su esposa en el parto de su segundo hijo. En el mismo camión de redilas que se acercaba a la frontera de Tamaulipas con Texas iba Glenda Yaneira Medrano Solórzano, quien quería capitalizarse para cursar la carrera de maestra.

Una trampa mortal los esperaba a la altura de San Fernando, Tamaulipas: un retén de criminales, donde todos los pasajeros fueron secuestrados.

Lo que siguió es información conocida. El 24 de agosto de 2010 un grupo de marinos –guiados por un joven ecuatoriano malherido– llegó a un abandonado bodegón en medio de campos de sorgo. A la redonda, al pie de las paredes, encontraron los cuerpos de 72 personas (58 hombres y 14 mujeres) con los ojos vendados, maniatados, tiro en la cabeza. Esta barbarie sería conocida como la masacre de los 72 migrantes. Se responsabilizó del crimen a Los Zetas.

Desde esa fecha y en ataúdes sellados, los cuerpos de los migrantes fueron regresados por tandas a sus familias en Ecuador, Honduras, Guatemala, Brasil o El Salvador. Algunos de los masacrados fueron entregados en urnas, ya convertidos en cenizas, uno de ellos hasta India.

Este mes, en que se cumplen cinco años de la masacre, 11 de las víctimas permanecen en la fosa común, sin ser identificadas.

Eva Nohemí fue la última migrante a la que se le devolvió la identidad: Apenas el 24 de julio de 2014 el gobierno mexicano la entregó a su familia, cuando ya operaba una Comisión Forense en la que la Procuraduría General de la República (PGR) aceptó trabajar junto al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y organizaciones de víctimas de México y Centroamérica.

Desde una provincia de El Salvador, Mirna, la mamá de Glenda Yaneira sigue pidiendo una exhumación independiente del cuerpo que le fue entregado, pues desde el año 2010 duda que los restos que le dieron en un ataúd sellado y que abrió a escondidas sean de su hija.

(Fragmento del reportaje que se publica en la revista Proceso 2027, ya en circulación)

Masacre en San Fernando: lo que la PGR le oculta a las familias

22 agosto, 2015 //  Reportaje Especial

La PGR les ha escamoteado información relevante a familiares de las 193 personas desenterradas en abril de 2011 de las fosas de San Fernando, Tamaulipas. Características físicas y odontológicas, descripciones de tatuajes y fotografías de pertenencias y de ropa, no han sido reveladas, lo cual hubiera puesto fin a la agonía de la incertidumbre de muchos padres. Además la Procuraduría cometió errores en el registro de los cadáveres y traspapeló expedientes, revela una investigación que, con el apoyo de la Fundación Ford, presentan Proceso, la División de Estudios Internacionales y la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos del CIDE.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hace cuatro años y un mes Javier desapareció sin dejar rastro. Iba camino a Estados Unidos. Pero su madre, Ana, aún cree que el tercero de sus cuatro hijos vive. Si no fuera así, afirma, su fantasma ya se le hubiera aparecido, lo hubiera sentido sobre su regazo esperando que ella repitiera ese ritual amoroso de rascarle los granitos de la espalda.

“Le he pedido tanto a Dios y a la Virgen que si me lo quitó, le dé licencia para que me avise que ya no vive y se me siente en las piernas”, dice Ana desde la abarrotería que atiende en Purungueo, su pueblo, uno de varios del municipio de Tiquicheo de Nicolás Romero, Michoacán, donde siete familias aguardan el regreso de sus hijos desaparecidos.

El suyo tenía 22 años el 28 de marzo de 2011, cuando abordó en Morelia, con dos compañeros de su comunidad, un camión de Ómnibus de México rumbo a la frontera. Era tiempo de migrar, pues el temporal de la sandía en Tiquicheo nunca ha bastado para retener a los jóvenes de ese poblado, quienes sueñan con hacerse de un patrimonio. En el camino se iba mensajeando con un hermano que lo esperaba en Estados Unidos.

En la madrugada los viajeros se toparon con un grupo de zetas que tenía instalado un retén en la carretera, a la altura de San Fernando, Tamaulipas. Los obligaron a bajarse del camión por ser michoacanos. El celular de Javier enmudeció. Del trío de amigos no volvió a saberse nada. Una semana después las autoridades comenzaron a hallar en ese municipio fosas de las que extrajeron 193 cadáveres. La mayoría eran varones jóvenes procedentes del centro del país, entre ellos el tiquichense Vicente Piedra García, quien viajaba con el hijo de Ana.

Ella dice que se está volviendo loca, que ya le perdió gusto a la vida. Junto con su esposo y una comadre ha viajado dos veces a Morelia, donde se dejan “sacar sangre, salivas y greñas” por personal de la Procuraduría General de la República (PGR) para ver si su ADN, contrastado con el de los cuerpos, arroja novedades. La primera muestra se la sacaron al mes de la tragedia; la última en noviembre de 2014. En esos trámites se encontraron con decenas de familias de Michoacán que penan por parientes también desaparecidos en carreteras tamaulipecas.

“¿Cómo iba vestido su hijo?”, le preguntan en cada entrevista. Ella responde de memoria: “Llevaba una playerita pegadita, delgadita, como grisecita, de algodón y un pantalón de mezclilla de color bajito, calcetines blancos, una cachucha y una mochilita con un cambio de ropa. Siempre llevaba cinturón sencillo, delgadito, con hebilla sencillita. Su pelo muy bajito. Usaba puro bóxer abajo; no tenía trusas, puro bóxer”.

Así lo dijo por teléfono la primera vez que accedió a contar su historia para esta investigación. Tenía la voz de una anciana y parecía tímida. En persona es una mujer desenvuelta y llena de fuerza.

Durante la entrevista, realizada en su casa –construida alrededor de un patio con dos perros bravos y una parte adaptada como bodega–, tendió sobre una cama la ropa de Javier, que guarda en un buró, para ayudar a la reportera a imaginar cómo era su hijo desaparecido. Ahí tendidos estaban los bóxers con figuras que él compraba a 10 pesos en los tianguis y también los pantalones largos de marca y las camisas modernas que le enviaban sus hermanos de Estados Unidos. Ana observa y llora desconsolada al zarandear los recuerdos.

“Mi hijo está vivo”

Javier medía aproximadamente 1.70 metros, como su papá. “Estaba zanconcillo (alto), flaco”. Fumaba a escondidas. Usaba un anillo y un collar en forma de herradura, pero dejó las joyas en casa. Llevaba un acta de nacimiento en su cartera. Era serio, sonreía poco. En cinco fotografías de él que Ana conserva de una fiesta de quince años aparece de refilón, siempre con la boca cerrada. La PGR y los periodistas que la han entrevistado se quedaron con los pocos retratos donde aparecía solo.

“Sus dientes estaban como atravesadillos, no los tenía parejos: así”, dice la madre al tiempo que abre la boca para mostrar la dentadura rebelde que le heredó a su hijo.

Ana ha esperado durante cinco años la llamada de Javier o, algo peor, la de la licenciada Verónica Salazar, la encargada de desapariciones dentro de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO), quien podría darle la noticia que no quiere recibir: el hallazgo del cuerpo de su muchacho.

Por lo pronto, Ana desconoce que la PGR le ha negado datos claves: entre los 193 cuerpos extraídos de las fosas de San Fernando en abril de 2011 había uno –el cadáver número 10 de la fosa 4– que en el bolsillo del pantalón de mezclilla llevaba un encendedor y una CURP procedente de Michoacán con el nombre completo de Javier y su fecha de nacimiento.

(Fragmento del reportaje que se publica en Proceso 2025, ya en circulación)

Rubén Espinosa, un fotógrafo ‘incómodo’ para el gobierno de Duarte

2 agosto, 2015 //  Nacional

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Acérrimo crítico de la violencia hacia sus colegas, Rubén Espinosa Becerril nació en 1983 en la Ciudad de México. Era fotógrafo y periodista autodidacta que laboraba en la Agencia AVC Noticias, y como corresponsal de la revista Proceso y Cuartoscuro en Veracruz.

Hace ocho años se mudó a Xalapa, Veracruz, donde llegó a trabajar a El Golfo Info y en 2009 fue contratado como fotógrafo de Javier Duarte cuando era candidato a gobernador. Posteriormente trabajó como fotógrafo de quien fuera la alcaldesa de Xalapa, la también priista Elizabeth Morales.

Dejó de laborar en el sector público por sus posturas críticas contra la violencia hacia los periodistas en el estado. Como fotógrafo de agencia le tocaba cubrir la actualidad diaria. Y como corresponsal de Proceso y Cuartoscuro se especializó en movimientos sociales. Estaba totalmente involucrado en el movimiento que denunciaba los crímenes contra periodistas en el estado.

En el aniversario de la Revolución, en noviembre de 2012, mientras cubría las protestas estudiantiles contra el gobernador Javier Duarte por el asesinato de la corresponsal de la revista Proceso en Veracruz, se le impidió tomar fotos de cómo la policía golpeaba a unos estudiantes. En ese momento una persona de ayudantía del Gobierno del Estado le sujetó y le dijo: “Deja de tomar fotos si no quieres terminar como Regina”.

Desde los primeros asesinatos a compañeros, Rubén participó activamente en las movilizaciones y protestas de periodistas para exigir justicia por sus compañeros y parar las agresiones.

El 14 de septiembre de 2013, mientras documentaba el violento desalojo a un plantón de maestros y alumnos de la Universidad Veracruzana instalado en la Plaza Lerdo de la ciudad de Xalapa, él y otros reporteros fueron agredidos por las fuerzas de seguridad del estado que les decomisaron sus equipos de trabajo y les hicieron borrar sus fotos. Por esos hechos presentó una denuncia contra la fuerza pública y comenzó a ser hostigado.

En octubre, viajó al DF a pedir ayuda para él y para el gremio de organizaciones internacionales y colegas fotógrafos. Tras haber escuchado su testimonio, el colectivo FotorreporterosMx realizó una protesta en la que participaron decenas de fotógrafos con ojos vendados afuera de la casa de la representación de Veracruz en la Ciudad de México exigiendo garantías de trabajo para los fotógrafos locales.

Se había convertido en un fotógrafo incómodo para el gobierno. De su autoría fue la foto del gobernador Javier Duarte aparecida en la portada de la edición 1946  (del 15 de febrero de 2014) que molestó al gobernador. En Veracruz se registró una compra masiva de ejemplares por parte del gobierno.

En los últimos tiempos no le dejaban entrar siquiera a los eventos institucionales. Sin embargo, siguió movilizándose contra la impunidad y todavía participó en el cambio simbólico de nombre de Plaza Lerdo a Regina Martínez. Él fue uno de los reporteros que encabezó este año la colocación de la placa con el nombre de la periodista asesinada.

En junio pasado, en vísperas de las elecciones, documentó la agresión sufrida por ocho estudiantes que fueron fuertemente golpeados por encapuchados que presuntamente trabajaban en la Secretaría de Seguridad Pública. Desde entonces comenzó a notar que personas armadas lo seguían y lo fotografiaban.

El 9 de junio de este año decidió abandonar Veracruz e instalarse en el DF porque ya no aguantaba más la presión. Estaba aterrorizado, presentaba síntomas de estrés postraumático. Comenzó a denunciar cómo la prensa crítica es silenciada y que era víctima de amenazas que provenían de parte del gobierno de Veracruz.

Por desconfianza hacia las autoridades, y especialmente a la PGR, decidió no presentar denuncia ante la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión (Feadle) de la PGR. En una entrevista otorgada a Periodistas de a Pie en Rompeviento TV, dijo que estaba “en pláticas” con el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas pero se desconoce qué respuesta le dieron.

Rubén fue asesinado en la Narvarte, una colonia de clase media de la Ciudad de México, junto a otras cuatro jóvenes.

Con Rubén son 13 los periodistas asesinados y tres los desaparecidos en Veracruz desde el gobierno de Javier Duarte. Lo asesinaron en las narices de las organizaciones donde denunció las amenazas de las que era víctima y lo más grave, de la sede de las instancias gubernamentales que deberían de haberlo protegido.

Con este crimen el DF dejó de ser un refugio para periodistas desplazados.

Los universitarios de La Montaña y su lucha contra la discriminación y el olvido

25 junio, 2015 // Reportaje Especial

REGIÓN DE LA MONTAÑA, Gro.- Cuando la asistencia humanitaria por las inundaciones de septiembre de 2013 en Guerrero parecía que iba a limitarse a Acapulco y a algunas ciudades, y en el mapa de la tragedia esbozado por el gobierno no figuraba el sufrimiento de los habitantes de la incomunicada y siempre discriminada región de La Montaña, unos universitarios montañeses caminaron varios días-lodo, cruzaron ríos ingobernables y superaron filos de varios abismos para romper el cerco del aislamiento y lanzar un SOS que tronó duro en los sordos oídos de los políticos.

“La Montaña también es Guerrero”, era el desesperado mensaje cargado con los lamentos que se escuchaban en los pueblos por los puentes y caminos trozados, el ganado y las milpas ahogadas, las casas y pueblos arrasados, los hombres y mujeres arrastrados por el agua. Era un lamento, un grito, un reclamo musitado en lenguas indígenas que obligó que La Montaña se hiciera presente, al menos en el discurso de los políticos que aceptaron que hasta esa zona donde se incuba la pobreza extrema, la ayuda no había llegado. Poco tiempo después en el cielo comenzaron a aparecer algunos helicópteros con escuetas despensas.

La llamada de atención en plena emergencia la hicieron posible estudiantes de la Licenciatura en Desarrollo Comunitario Integral en la Universidad Pedagógica Nacional del campus Tlapa, la carrera que estaba por concluir Antonio Vivar Díaz, Toño, el joven líder del Movimiento Popular Guerrerense que promulgaba el boicot electoral y quien fue asesinado por la Policía Federal en Tlapa el domingo de las votaciones.

Este reportaje da cuenta de la savia que alimenta los ideales de esta nueva generación de universitarios provenientes de la zona más pobre de México, donde los alumnos como Vivar refuerzan la conciencia, recuperan sus raíces y se involucran en las luchas de sus pueblos.

***

Fue una mañana a principios de octubre de 2013 cuando algunos de esos universitarios que durante las inundaciones repintaron en el mapa de México a la borrada Montaña y a sus 19 municipios se reunieron en el auditorio de la UPN de Tlapa para enseñar los hilos invisibles que sostuvieron su hazaña durante los días de tormenta e incomunicación.

Explicaron entonces que cuando se dieron cuenta de la tragedia entre los alumnos y maestros se dividieron en equipos para recorrer municipios que permanecían aislados. Al menos uno de cada grupo debía hablar me’phaa o na savi para traducir las respuestas que daba la gente sobre las afectaciones de las lluvias y las principales necesidades.

La primera del grupo en exponer su participación fue la joven Lucrecia Rodríguez Santiago, oriunda de Chilacayotitlán, quien se anotó para ir a los municipios de Metlatónoc y El Monte. Narró: “Salimos el viernes (21 de septiembre) a las seis de la tarde, para llegar las comunidades nos tuvimos que trepar de carro en carro pidiendo que no nos cobraran, nos fuimos encima de un camión de refrescos trepados, cruzamos un río a riatazo porque el río está grande, nos agarró la noche, hicimos caminatas de seis horas, estuvimos en camino dos días y medio para ir a los pueblos a avisar a los comisarios de que habría una reunión en La Ciénega donde podrían contar sus inquietudes por las consecuencias del huracán”.

El auditorio estaba lleno de estudiantes de la Licenciatura en Desarrollo Comunitario Integral, una carrera fundada en 2003 pero reconocida hasta 2007, que con sus planes de estudio enraizados en esta tierra, y trabajos de campo en las comunidades, pretende formar a líderes comunitarios comprometidos con sus pueblos. La emergencia ocasionada por “Manuel” fue su prueba de fuego.

“Me conmovió que en Metlatónoc me dijeron: ‘Nadie ha venido, nadie se ha preocupado, que bueno que vinieron ustedes que tienen conocimiento y estudios para que presenten con los gobiernos lo que pasó con las casas y cultivos’. Da cosa que hay más preferencia por Malina que por Cochoapa o Metlatónoc”, dijo la joven. Los compañeros escuchaba en silencio su relato sobre los héroes anónimos que encontró intentando remendar sus caminos rotos.

Su compañero de equipo, un joven llamado Eloy (pelo engominado, camisa moderna), explicó lo que motivó su locura: “Nuestra preocupación no sólo viene de que somos estudiantes, sobre todo es porque venimos de las comunidades y en las comunidades hacemos nuestras prácticas. ¿Cómo nos íbamos a quedar sentados en el escritorio escribiendo de los pueblos? Hay que estar de lado de la gente porque si no estábamos cuando más sufrían ¿con qué cara vamos a ir después?”.

Al ver a aquellos jóvenes valientes los comisarios se sintieron motivados a ir a la reunión convocada en La Ciénega para que el gobierno pudiera escuchar la palabra de los pueblos, sin intermediarios, sin partidos políticos de por medio, pues los presidentes municipales hasta ese momento no se habían aparecido en las comunidades. Eloy dijo conmovido que en una comunidad los damnificados se cooperaron para pagarle un pasaje de regreso a Tlapa para que llevara su palabra. Ese día que dio su testimonio estaba preocupado porque no sabía cómo la estaba pasando su propia comunidad.

La joven Griselda Olivares Candia, participante de equipo integrado sólo por mujeres que recorrieron siete comunidades de Copanatoyac, relató que la gente que encontraba le decía que en el municipio no habían hecho caso a sus pérdidas “porque son indios no los toman en cuenta” y que el gobierno sólo había ayudado a las zonas turísticas.

Uno a uno se pasaban la palabra estos jóvenes que iban desgranando los sacrificios hechos para cumplir con su misión: “comimos atún”, “atravesamos por el río porque no había puente”, “los del gobierno del estado nomás tomaban fotos y se iban, no llevaban ni dónde anotar”, “dormimos en la comisaría, con frío, sobre agua”, “nos acostamos al borde de la carretera”, “nos subió un maestro en su carro”, “nos fuimos encima de un carro de Pepsi, agarrados a las botellas”, “no importó que sea tarde y esté lejos”, “ayudamos a los choferes a cargar cosas para que no nos cobraran”, “si la ida fue peligrosa el regreso fue peor”, “nos encontramos con derrumbes, lodos, pasos mortales, se fue poniendo difícil pero seguimos caminando”, “nos encontramos con la necesidad de la gente”, “veíamos niños descalzos”, “medicamentos no están llegando”, “la ayuda no llega fuera de las cabeceras”, “el náilon no nos protegió”, “caminamos mojados cargando la despensa”, “abajo estaba el voladero, esa parte es un precipicio peligroso, le llamaban el Paso de la Muerte”, “con una cuerda jalamos la camioneta”, “eran las 10 de la noche y no íbamos ni a la mitad del camino”, “la gente ya no nos dejó seguir porque somos mujeres solas y corríamos riesgos”, “el cerro se desgajó y no nos dejó pasar”, “no tenían alimentos los que no pudieron rescatar nada”, “la neblina estaba baja”, “lamentablemente no pudimos llegar”, “se siente feo no llevar más ayuda”, “las comunidades se organizaron, abrieron caminos solas”.

Otra universitaria jovencísima, Verónica López García, dijo: “La verdad me entró temor porque casi caigo en un río y si caigo muero. Me entró el arrepentimiento por hacer venido, por no estar en mi casa. Al final me entró una satisfacción muy grande porque aunque soy de Tlapa y no vengo de ninguna comunidad pude ayudar a mi gente de la región de la Montaña. Después me pregunté si valió la pena que camináramos ocho horas y vi que sí porque los comisarios vinieron a la reunión”.

Jesús, un joven de Tlacoapa estudiante del quinto semestre de la licenciatura, comenzó hablar de la deforestación como causa del desastre, del olvido de las enseñanzas de los ancestros, de la necesidad que existe de reamistarse con naturaleza.

Con cada testimonio las gargantas se fueron haciendo nudo. A veces, a alguno de los jóvenes expositores les ganó el llanto. Una muchacha lagrimeaba cuando decía que los vecinos que arrastró el río podían haber sido sus familiares. Otros aún no sabían cómo estaba su familia. Una chica dijo decepcionada que no pudo entrar a Cochoapa, que aunque rodeó, subió cerros, bajó pendientes, no pudo avanzar y tuvo que regresarse.

“Uno se pregunta por qué las autoridades se justifican de que no pueden llegar a ayudar a las comunidades si nosotros sí llegamos y no tenemos medios”, preguntó Antonio Santiago, un estudiante que llegó hasta los campamentos que los damnificados de San Miguel Amoltepec plantaron encima del panteón del pueblo al que le quedaron profundas estrías marcadas sobre la tierra.

Hilos invisibles

El convocante a la reunión de retroalimentación de esa experiencia fue el maestro Abel Barrera, “el antropólogo”, como todos llaman, quien hace 20 años fundó el centro de Derechos Humanos Tlachinollan, (Tlachi, como la gente le dice de manera cariñosa) que se ha convertido en la voz de los indígenas que habitan esta región donde se concentran los índices de la pobreza extrema de todo el país. Es también uno de los incubadores de la idea de crear la carrera de la UPN para que esos jóvenes que generalmente tienen vedado el acceso a las universidades, que escaparon de ser mano de obra en las pizcas de temporal como muchos de sus paisanos, puedan nutrir sus raíces y devolver sus conocimientos a las comunidades.

El tuvo un papel fundamental para que el SOS fuera escuchado. Una vez que pasó el fin de semana de las fiestas patrias en el que la tormenta tropical “Manuel” se ensañó con Guerrero hizo lo imposible por abandonar el estado (ni siquiera la capital del estado tenía comunicación) y al llegar a Puebla redactó un comunicado denunciando que la Montaña –como ha ocurrido a lo largo de la historia– había sido invisibilizada y necesitaba ayuda.

Conforme se fue restableciendo la comunicación, en la página electrónica del centro se publicaron las primeras fotografías de los daños acompañadas de grabaciones con las voces de campesinos en desgracia, tomadas por colaboradores del centro y los universitarios de la UPN ahí presentes.

“Ustedes tienen ese corazón grande para mirar cómo ayudar. Les tocó formarse ante tanta tragedia, ante tanto olvido, en medio del lodo, de la oscuridad, pero ustedes son la nueva generación que tienen que ayudar a la comunidad a levantarse, y lo están haciendo buen, apoyando, orientando, invitando, levantando la voz desde los pueblos para que la gente, con su sabiduría, pueda hacer valer sus derechos”, dijo Barrera a los alumnos.

De él y de otros maestros fue la ocurrencia de invitar a los alumnos, al equipo de Tlachi y a voluntarios a mapear las afectaciones y citar a los comisarios para la reunión del 22 y 23 de septiembre en La Ciénega, municipio de Malinaltepec, con la idea de que pudieran juntarse para exponer los daños que demostraran la necesidad de ayuda.

Algunos de su equipo opinaban que era una locura la convocatoria a una reunión y creían que nadie acudiría porque seguramente todos estaban en emergencia, pero “el antropólogo”, en sintonía con el corazón de la región, insistió.
“Es importante que hayan subido a La Montaña a hablar con autoridades, caminando horas o varios días pues la reunión tuvo su fruto: llegaron 55 autoridades”, anunció a sus alumnos en aquel encuentro en el auditorio.

No únicamente acudieron los líderes de las comunidades indígenas Me’phaa y Na Savi o de la Montaña y Costa Chica a hablar de la tragedia, de esa asamblea surgió la creación del Consejo de Comunidades Damnificadas, órgano desde donde las comunidades harían escuchar sus necesidades y dirigirían el reparto de ayuda. El consejo dio el primer registro de muertes y daños antes de que lo hiciera el gobierno.

A la reunión fue invitada la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, quien se retiró furiosa por los cuestionamientos y reclamos de los indígenas.

“Parte de la opción de esta licenciatura es aprender cómo nos insertamos en momentos críticos a la comunidad, ser una luz dentro de este caos que ha generado el gobierno, documentar en su práctica de campo mirando el drama que enfrentan los pueblos –explicó el emocionado maestro–. Esta licenciatura es como un árbol que florece en medio de la devastación, son los hijos del maíz que está por nacer, ustedes son una buena noticia dentro de esta historia”. Varios alumnos lloraron.

La maestra Silvia Vázquez, quien cargó víveres como sus alumnos y pasó horas en el centro de acopio, agregó: “Si no hubiera sido porque cumplimos nuestra misión de ir a las comunidades, no sólo como práctica sino acompañando a la gente, nos hubiéramos quedado en el olvido. La gente se sentía agradecida de que tomábamos fotos de su casa para que viniéramos a decir de esa pérdida que tuvieron. Si no hubiera sido por los alumnos que caminaron días, se mojaron, hicieron lo imposible la situación no se hubiera dado a conocer (…) Esta es una licenciatura con el pueblo y para el pueblo”.

Afuera, en unas cartulinas se montó una exposición de fotografías ampliadas de las comunidades devastadas. Muchas de ellas en lugares donde los periodistas no habían podido entrar y no se sabía que hubiera llegado ayuda gubernamental.

La licenciatura, explicó en entrevista Barrera, se diseñó para responder a la problemática de la Montaña, para “renovar y fortalecer los procesos organizativos de los pueblos, y reivindicar y revalorar” lo que son. En las clases se enseña historia para que se enorgullezcan de sus raíces, organización comunitaria, la defensa de la tierra y el territorio, lengua y cultura, desarrollo sustentable, sistemas normativos, elaboración de diagnósticos comunitarios, desarrollo e instrumentación de propuestas hechas desde y para las comunidades.

Cursar la carrera es difícil para muchos de los alumnos, hijos de padres campesinos y sin patrimonio. Sin embargo, en el año 2012 se graduó la primera generación.

Algunos exalumnos han aplicado lo aprendido. Una joven comenzó la defensa de mujeres maltratadas por el médico de su comunidad, que les condicionaba la entrega del programa Oportunidades. Otros están intentando armar proyectos productivos para sus comunidades. Algunos se ofrecieron durante la emergencia para servir de guías y traductores a los médicos y periodistas que necesitaban visitar las comunidades indígenas incomunicadas.

Según la maestra Vázquez, el profesor Bonifacio Rojas y el antropólogo Barrera, los profesionistas egresados podrán ser traductores en los juicios a los indígenas, defensores de bosques y semillas criollas, gestores de proyectos productivos, defensores de derechos humanos, autoridades comprometidas con su gente, o lo que deseen.

Como Barrera explicó a los alumnos: “Su trabajo condensa lo que en esta licenciatura queremos hacer: universitarios que caminen con el dolor, el sufrimiento, la esperanza, los sueños de la gente. Algunos dijeron que no encontraron caminos, eses es el drama de la Montaña, que los caminos se cierran, pero la solidaridad de las comunidades no se ha caído, son puentes vivos, ustedes son parte del soporte de estos puentes”.

El ejemplo de Toño

Antonio Vivar, Toño, era uno de los estudiantes de la licenciatura, uno de los soportes de esos puentes de los que hablaba el profesor Abel Barrera en 2013. Esta semana, dos años después, una vez que Toño fue enterrado, el antropólogo recordó los hechos que marcaron el compromiso de su alumno: la entrada a la licenciatura y su convivencia con los pueblos, el ataque a los normalistas de Ayotzinapa de 2011 donde dos fueron asesinados por policías y la desaparición de otros 43 normalistas y el asesinato de cinco más el año pasado.

Así lo recordó su maestro:

“Toño es de una familia muy pobre, desde los 10 años empezó a trabajar a hacer pan con su hermana y aprendió a mantenerse. Cuando terminó el CBTIS pensaba buscar una chamba y no había como sobrevivir, entonces supo de esta convocatoria de la licenciatura sobre desarrollo comunitario (de la UPN) que no requería un pago excesivo, era como de 60 pesos y la compra de unas antologías, y se animó a entrar. Le llamó la atención la idea de trabajar con las comunidades. Muchos chavos quedan marcados al salir a la comunidad, interactuar con la gente, el primer módulo que llevan es sobre territorio comunidad y hacen recorridos sobre espacios de la comunidad para conocer puntos, mojoneras, linderos, la relación de la gente con la tierra, la noción del territorio, su dimensión sagrada. Eso los marca. A Antonio lo marcó mucho. Las prácticas también fueron importantes porque aprendió a interactuar con la gente que siempre los recibe y apoya, y a revalorar su origen porque su papá era un maestro na savi, por seguirlo la familia vivió en cuatro lugares y cuando murió el papá se establecieron en Tlapa. En las prácticas de campo (que hizo en la universidad) le interesó el tema de sistemas normativos, el sistema de gobierno indígena, el sistema de cargos, normas y cómo la comunidad usa y organiza el territorio para preservarlo y no destruirlo. Como en la carrera salen 3 semanas al semestre presentan proyectos de lo que lograron en la comunidad y van definiendo lo que les interesa. A él le interesaban los reglamentos internos de las comunidades.

“Siento que a Toño lo impactó mucho cuando tomamos la decisión en la escuela de que cada alumno tenia que ir a las comunidades después de las tormentas. El fue de los que se fletó para ir a Tlacoapa y Metlatónoc voluntariamente, y eso fue lo que le dio mas fuerza a su opción en la licenciatura. A partir de ahí se avocó a apoyar a las comunidades, a juntar víveres para llevarlas a la gente, formó con otros brigadas para apoyar. Ahí ya se veía a un Toño muy volcado a la comunidad y la solidaridad que empezó a sentir por los pueblos y empezó a marcar su nuevo derrotero. Con esta experiencia que tuvo fue asumiendo más el compromiso de solidarizarse con las comunidades.
También lo marcó (la represión a los normalistas) lo del 2011 porque ya establecía contacto con los compañeros normalistas. Tuvo la idea de hacer un periódico mural para informar lo que estaba sucediendo. Lo de los 43 normalistas (desaparecidos) vino a definir la postura del Toño comprometido con la causa de los padres y madres de los 43 estudiantes. El estaba ya concluyendo su último módulo, estábamos viendo que hicieran su portafolio de evidencias para la titulación –que consiste en una reflexión de los aprendizajes que obtuvo en su módulos y sus salidas al campo y como fue su relación con la comunidad, cómo se posicionó ante los problemas–. Fue entonces cuando se volcó a la causa de los 43. Como ya había terminado clases se metió con el Movimiento Popular Guerrerense y tomaron el ayuntamiento (de Tlapa) los primeros de octubre (para protestar por las desapariciones). Formó parte del consejo de estas organizaciones fue de los líderes, era coordinador de seguridad.

“El era muy visible y obviamente ya lo tenían ubicado como de los mas beligerantes, sin embargo, se mantuvo en su postura. El llamaba a los chavos a participar. Se sintió orgulloso de encontrar un lugar, un espacio para desarrollar sus capacidades. No era un estudiante brillante en términos académicos sino era un chavo mas solidario, comprometido con el movimiento, coherente con su forma de vivir de pensar, leal a los principios, no era de los que se sentaba a negociar los ideales.

“La UPN estuvo los primeros meses apoyando (la lucha por la búsqueda de los 43 estudiantes) cuando se tomó la decisión de presionar, hacer movilizaciones para exigir la presentación con vida. Toño ya no era estudiante, era de recién egreso, pero era como el líder moral. Hoy en la universidad tuvimos una reflexión de los hechos y ante la muerte de Toño y los jóvenes lo veían como un apasionado por la causa de la justicia, entregado, una persona positiva, con optimismo, ganas de vivir a pesar de los problemas. Lo veían como un compañero que se tomó muy enserio los contenidos académicos que se dieron, se integró a la dinámica de las comunidades e hizo de esa licenciatura un proyecto de vida, de justicia para los pueblos. Ahí se vio que murió luchando y siendo fiel a su ideal”.