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Soy el número 16, el documental de los periodistas desplazados

21/09/2016 // Columna publicada en MásporMás

“Morirse es fácil, les digo. Nada más se va la luz”. Así narra Luis Cardona su casi-muerte, el momento en que era asfixiado hasta llegar a la inconsciencia, torturado por policías de Chihuahua en castigo por estar investigando los secuestros de 15 personas. Él se convirtió en el 16. “No me mataron no sé por qué”.

Soy el número 16 es un cortometraje animado que se atasca en la garganta, indigna, saca lágrimas, provoca rabia… y ahora también causa orgullo: es el único trabajo mexicano entre los 12 finalistas del premio Gabriel García Márquez que reconoce a los mejores trabajos periodísticos de Iberoamérica. Es un corto realizado por periodistas desplazados, dedicado a tres periodistas asesinados, y una terrible metáfora de la situación del periodismo en México.

El cortometraje fue realizado por Rafael Pineda (Rapé) y Polo Hernández, un caricaturista y un periodista que tuvieron que salir huyendo de Veracruz con pocos días de diferencia para salvarse de las amenazas recibidas; en la Ciudad de México conocieron a Luis Cardona, quien después de muerto comenzaba una nueva vida lejos de Chihuahua.

A Rapé se le quedó atenazada en la mente aquella fiesta donde Polo le presentó a Luis, en la que terminaron llorando juntos al escuchar su historia.

Para hacer ese documental que dura 10 minutos tardaron un año, tiempo en el que el desafío fueron cuestiones emocionales más que técnicas.

¿Cómo hacer algo creativo y periodístico con la propia pesadilla? ¿Cómo se dibuja una tortura? ¿Cómo te proteges el corazón cuando revives tu historia a través del relato del colega? ¿Qué se hace cuando se cae en abismos creativos? ¿Cómo trabajar en un equipo donde la prioridad de todos es sobrevivir y lidiar con la propia pérdida? ¿Dónde se consigue dinero cuando ya no hay ahorros?

Otros caricaturistas, periodistas y un músico se aliaron con la causa y tendieron esos lazos que ayudan a escapar de calabozos (Alberto Rosas, Lú Soriano, Noé Lynn “La Dama”, Alina Rétiz, Santiago Pineda, Natalia Alonzo, entre ellos). Rapé invirtió sus ahorros, Rompeviento prestó su espacio para grabar, Periodistas de a Pie consiguió el dinero que faltaba y le dio plataforma para la difusión.

Soy el número 16 no es la historia de una víctima que quiere conmover, y eso no se cansan de repetir los directores. Es la historia de un periodista que hizo lo que tenía que hacer. Es la historia de un valiente que cuenta lo que es regresar de la muerte y cuya vida es testimonio de las cicatrices en el cuerpo, en la mente, en el alma que dejan los abusos del poder.

Es la historia de un equipo de sobrevivientes aferrado a seguir haciendo periodismo en pleno naufragio.

Este documental pudiera ser la historia de muchos periodistas desplazados que he conocido en México y Estados Unidos, a quienes he visto caminando como almas en pena, sin saber qué cubrir, con la mente pensando en la tierra donde su ombligo está enterrado, queriendo regresar a ver al padre enfermo, nerviosos porque quizás ya les desmantelaron la casa o el negocito que tenían ya quebró, empleándose de lo que sea, sin saber si hay horizonte. Atrapados en ese camino hacia ninguna parte. Cuidando esa llave que no abre ya ninguna puerta.

—La incertidumbre es lo que mata—, me dijo alguno en un bar en la Ciudad de México, donde la mayoría recala.

Varios renunciaron o fueron despedidos cuando por salvar la vida faltaron a su trabajo. Los que regresan –muchas veces empujados por la soledad—son tratados como enfermos terminales por sus propios colegas, como si todo mundo supiera que su destino es ser el próximo “ejecutado”. Y algunos no se han salvado de ese augurio.

Recuerdo aquella mañana en la que junto a Rapé, Daniela Pastrana y Balbina Flores estuvimos escuchando las historias de otros periodistas de Veracruz y Tamaulipas recién llegados a la Ciudad de México. En una servilleta garabateé fragmentos de sus testimonios: “…antes que psicólogo necesitamos trabajo… tuvimos trabajos temporales que se acabaron… en los mecanismos de gobierno sólo me engañaron, fui su conejillo de indias… uno ya sabe qué esperar de los malandros, pero no está preparado para que te traten así de los que atienden a las víctimas… cuando recibo una llamada de allá vuelvo a revivir todo, no lo he superado…”

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: LAS ELECCIONES DEL ODIO

Cada que explorábamos posibilidades para ir comentando su nueva vida surgían obstáculos insospechados.

¿Casa?: “No podemos rentar porque no tenemos aval”.

¿Seguro Popular?: “No traemos papeles de identidad, los dejamos todos allá”.

¿Trabajo?: “Nadie nos conoce, no nos dan referencias para conseguir y además la gente desconfía de nosotros”.

¿Freelancear?: “Lo haríamos, si tuviéramos internet, pero no podemos contratar teléfono, estamos en un cuarto ajeno, no nos alcanza para pagar nada más”.

Desde ese día noté que a Rapé ya le zumbaba esa idea de juntar a todos los periodistas sin tierra para hacer algo periodístico, de transformar la aparente derrota en luz. Para dejar constancia de estos tiempos oscuros. Lo demás ya es historia.

P.D. Con esta columna me despido de este espacio. Después de ocho años de cubrir historias sobre las víctimas de la violenta guerra mexicana, haré una pausa para dedicarme a estudiar. Con otros 22 periodistas internacionales soy becaria de la Fundación Nieman, en Harvard, desde donde intento tomar aire, absorber la belleza del paisaje y mirar a México desde el balcón, no desde el terreno, intentando descubrir por dónde seguir y experimentar otras maneras posibles para contar lo que ocurre en México. Muchas gracias a Máspormás por el espacio y a ustedes por haberme acompañado cada miércoles.

Las elecciones del odio

14/09/2016 // Columna publicada en MásporMás

Esa madrugada, en una oscura calle de Nueva York a la que no alumbraban las marquesinas de la 5ta Avenida, esperé a que alguien me contratara para trabajar en un taller de costura. Hacía frío. Estuve varias horas junto a migrantes desconocidos que se jugaban en esa calle el único ingreso del día. Pero ese día nadie nos dio trabajo.

Cuando el sol nos confirmó nuestra mala suerte, algunos de esos grupos de desempleados que supieron que yo estaba recién llegada a Estados Unidos (pero no que yo estaba ahí para hacer un reportaje) me invitaron a acompañarlos para revisar opciones de empleo.

Me explicaron cómo buscar en los anuncios clasificados aún sin saber una pizca de inglés; me mostraron la escalera eléctrica de un centro comercial y me hicieron ensayar cómo se usaba, y ahí mismo, parados frente a un elevador, uno de ellos me dijo que no me asustara si la puerta se abre, y si, al entrar, el piso se mueve. La siguiente explicación fue en el Metro, donde se empeñaron a explicarme qué significa “Up” y “Down Manhattan”, y el peligro que corro de perder el trabajo si me confundo. Al terminar el recorrido querían invitarme a comer un pollo porque me imaginaban hambrienta.

Cada detalle me revelaba lo difícil que fue para ellas y ellos insertarse al añorado sueño americano. Lo sufrido que es sobrevivir día a día en este país tan distinto al pueblo que dejaron atrás. Las redes de abrazos que se tejen entre migrantes para sostenerse unos a otros.

A ellos los conocí hace muchos años, pero ahora que vivo temporalmente en Estados Unidos me vienen a la mente cada vez que prendo la televisión y escucho los discursos de odio contra la comunidad migrante en los que el señor Trump basa su campaña.

O cuando encuentro a adolescentes penando porque La Migra detuvo a su papá y lo aventó a México, de donde nunca podrá regresar.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: DE PEÑA ¿AJENA?/ GRACIAS, MR. PRESIDENT

Se me aparecen también aquellos migrantes agonizando en el desierto de Arizona, donde los dejó el coyote: fue en 2002, 14 murieron deshidratados, los encontraron sentados junto a los vivos que ya se creían muertos; todos parecían momias.

Pienso en aquellos que son deportados de noche, a través de las fronteras más peligrosas como las de Tamaulipas y de inmediato desaparecen, pues los cárteles los atrapan y retienen como esclavos.

Pienso en el muro fronterizo fortificado y en los otros muros invisibles, en el cerco que tiende la policía militarizada en Honduras, Guatemala y México, en las bandas de asaltantes y violadores a punta de machete escondidos entre Chiapas y Oaxaca, en el tren donde muere la gente mutilada, en las casas de seguridad a lo largo del país repletas de secuestrados, en las fosas de Tamaulipas, en los ahogados en el río Bravo bajo la supervisión de la policía, en la cacería de los rancheros del lado americano seguidos por los encarcelamientos y las golpizas de policías y de juicios injustos.

Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos no nos son ajenas cuando la propuesta de campaña que va ganando apoyo se basa en la persecución y el odio, hacia millones de personas migrantes como aquellos desconocidos que me cuidaron esa mañana. Cuando está en juego tanto sufrimiento.

De Peña ¿ajena? / Gracias, mister President

07/09/2016 // Columna publicada en MásporMás

Hace menos de un mes me mudé temporalmente a Estados Unidos; tomo clases en la afamada Kennedy School, en Harvard, la facultad donde se forman políticos y presidentes del mundo entero, donde yo era una mexicana anónima… hasta la última ocurrencia de Peña Nieto.

Desde entonces no he dejado de sentir el escrutinio de la gente a mi alrededor que, cada vez que se entera de mi nacionalidad, me pregunta: ¿Por qué tu Presidente invitó a Trump?

En algunos percibo la sonrisa malicia de quien sabe que acaba de hacer una pregunta sin respuesta, en otros la indignación —como noté en un famoso maestro que luchó al lado de César Chávez por las condiciones laborales de los migrantes mexicanos—, aunque la mayoría la formula con cara de what? o de ‘mi no entender’.

En defensa de la reputación nacional intento masticar respuestas. No pienso soltarles las ridículas explicaciones inventadas en Los Pinos para justificarse. ¿Quién creería que Peña invitó al ofensivo candidato y enemigo número uno de los mexicanos a escupirnos en la cara, dentro de nuestra propia casa, para evitar la caída del mercado que supuestamente estaba en riesgo por su candidatura que ni siquiera lograba despuntar? ¿O que era para defender a los paisanos, hablarle bonito de ellos, convencerlo de que no son violadores o asesinos, y hacerlos desistir de construir ese muro que es su propuesta de campaña?

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Esas mentiras que las explique la cancillería. Cualquier explicación posible es de peña ajena —aunque sería ajena si no se tratara del presidente de mi país—.

Por eso yo sólo empiezo con un convincente “because he is very ignorant” e intento resumir en segundos los desatinos de su sexenio, para terminar defendiendo el honor diciendo que los mexicanos consideramos el hecho una traición a la patria y que el grito que daremos el próximo 15 de septiembre será: #RenunciaYa.

La visita del magnate a México sigue presente en los medios, como una pesadilla. Los comentaristas de las cadenas de televisión que transmitían desde Arizona el discurso racista de Trump no dejaban de mencionar sorprendidos que justo ese día había estado con el presidente mexicano como si fueran grandes estadistas. Las columnas de los diarios tampoco sueltan el tema intentando encontrar lógica a la estupidez y medir el tamaño del error. A partir del día maldito, crece en las encuestas el candidato enemigo del mundo entero, como impulsado por un cañón.

Los periodistas que encuentro en algunas cenas ahora dejan de sonreír burlones al referirse a la menospreciada candidatura del representante del odio y la xenofobia. Los paisanos, y muchos migrantes, no la están pasando bien.

P. D. Señor Peña, ya sabemos que no puede. Renuncie.

Las ventajas de ser viajero frecuente

31/08/2016 // Columna publicada en MásporMás

No hay lugar que me inspire más para hacer ejercicio que los aeropuertos. Cada vez que entro a uno corro inspirada por sus pasillos, esquivo obstáculos, salto escaleras, empujo el peso de mi maleta y aventajo orgullosa a otros corredores con mi misma motivación: llegar antes de que cierre la puerta del avión.

Los aeropuertos tienen además otros encantos que el de sustituir al gimnasio. Son también sitios perfectos para practicar la meditación zen, especialmente en la madrugada: cuando llego antes que mi equipaje que, por alguna extraña razón, tarda horas en hacer su aparición en la banda transportadora después de haber sido olfateado (y quizás meado) por perros delatores.

Pasar la noche en un aeropuerto a veces forma parte de una aventura de supervivencia en junglas desconocidas en la que, cual fallido émulo de Robinson Crusoe, debes buscar el rincón perfecto para acampar sin tienda, cobija, agua, comida y certezas. Otras veces descubres que ya hiciste equipo con los desconocidos que viajaban contigo y se organizan para protestar juntos porque la aerolínea nos dejó varados en medio de la nada (siempre surge un líder al que sí obedeces).

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: LOS ATLETAS QUE NO FUERON A LAS OLIMPIADAS

La experiencia no termina ahí. Un avión —especialmente si su ruta es transoceánica— es el sitio perfecto para pretender que eres alguien distinto. Es un buen lugar para practicar el estiramiento de las clases de yoga a las que nunca acudes, para ver las películas lacrimosas que sólo te permites bajo condición de anonimato, para desconectarte del mundo ya que tienes prohibido el celular, para platicarle toda tu vida al pobre desconocido del asiento de enseguida (sino eres tú el pobre desconocido quien lo escucha), para quitarte los zapatos en público pese al hoyo en el calcetín y, a veces, sólo a veces, para beber aquel espeso jugo de tomate que nunca comprarías en tierra firme.

Otra faceta que un vuelo te permite desarrollar es la de monje moribundo la cual encarnas en cada turbulencia cual si estuvieras poseído, sin necesidad de practicarla. A cada zarandeada del avión sueltas un padrenuestro, mil avemarías y todas las jaculatorias conocidas y por conocerse, y recuerdas amoroso a los tuyos, les dictas mentalmente tus últimas palabras con todo y testamento, agradeces a la vida, cierras los ojos y aprietas el estómago deseando que la vida te de otra oportunidad a cambio de ser mejor persona.

Aunque en cuanto pisas tierra firme, te sabes a salvo y debes enfrentar situaciones más banales como salir del aeropuerto sin pagar una millonada, se esfuma la experiencia filosófica del tercer tipo que viviste mientras volabas y vuelves a disfrazarte de ti mismo.

Los atletas que no fueron a las olimpiadas

24/08/2016 // Columna publicada en MásporMás

Hace 10 años recorrí la sierra Tarahumara buscando al legendario Chacarito, un abuelo rarámuri que ganó en el Ultramaratón de Denver a un marino estadounidense hasta ese momento invicto. Chacarito llegó primero a la meta tras correr 160 montañosos kilómetros y se convirtió en una leyenda.

Nunca encontré a Chacarito en su ranchito. En todos los pueblos me sugerían esperarlo, pues seguramente estaría en alguna celebración bebiendo teswino (maíz fermentado) o bajaría a la cabecera municipal cuando los candidatos de los partidos repartieran despensas.

No tuve el gusto de conocerlo, pero sí me topé a Victoriano Churo, otro famoso corredor cuya resistencia lo había llevado a competencias en lugares como Japón donde odió la comida cruda, descubrió que no había tierra para sembrar y recibió una propuesta de matrimonio. Al igual que Chacarito, las medallas ganadas en los maratones las había vendido o empeñado en épocas de mala cosecha.

En mi recorrido, del que escribí para Gatopardo, conocí a varios de esos héroes desconocidos que viven en cabañas de madera, entre bosques de pino y barrancas tropicales. Algún corredor por ahí me contó que había descubierto que los alpes suizos eran igualitos a su tierra, aunque allá está todo habitado por menonitas. Otro, apodado el Guiness, contaba emocionado que en Estados Unidos conoció la pizza y la hamburguesa, aunque ganar kilos le hizo perder la carrera.

Todos tenían anécdotas de sus carreras. Dos fueron descalificados casi en la meta porque no sabían que no podían correr juntos, aunque en su comunidad el pueblo entero corre junto a ellos; otro cayó desmayado porque nunca tomó el agua y la comida que encontró en las mesas dispuestas en cada tramo del maratón porque en su cultura no se toma lo ajeno si nadie te lo ofrece; otro no cruzó la meta porque le entró la tristeza por el hijo que acababa de enterrar en su pueblo por mordedura de una víbora.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: LA DIFÍCIL MUDANZA DE LA VIDA

Los rarámuris (a quienes conocemos como tarahumaras) siempre han hecho honor al significado de su nombre de “pies veloces” o “pies ligeros”. No por nada fabricantes de tenis han querido usarlos en su mercadotecnia y producido líneas como Tara-Nike, que los verdaderos tarahumaras desprecian pues prefieren correr con los huaraches hechos por ellos mismos de suela de llanta y correa de chivo.

En los años 20, un grupo de corredores rarámuris fueron llevados a las olimpiadas y despedidos entre fanfarrias. Pero no ganaron. Desde ese momento se descubrió que no hay carreras diseñadas para ellos. No son expertos en velocidad, como los kenianos, pero nadie les gana en resistencia. Desde niños recorren caminos maratónicos para llegar a la escuela o cargar al hermanito enfermo o ir al pueblo a comprar maíz cuando la cosecha se malogra.

Cada tanto alguien “los descubre” y, de un impulso, ya están subidos en un avión y aterrizan en ciudades con rascacielos donde descubren la picza o el espakete, la peste en el aire, las escaleras eléctricas y el metro, ese gusano que los transporta bajo la tierra. Al otro día ya están de regreso a su realidad donde corren por gusto, respiran aires de libertad, bailan días y noches en fiestas amenizados con violín, a veces mueren de cólera y viven en hermosos paisajes arbolados que ahora tienen que defender de la tala exacerbada y de trasnacionales y narcos que codician sus tierras o los hacen esclavos.

Los y las rarámuris son los atletas mexicanos que nunca son invitados a las olimpiadas.

La difícil mudanza de la vida

 

17/08/2016 // Columna publicada en MásporMás

Empacar no es tan sencillo como desmontar una tienda de campaña, o una jaima nómada, doblarla hasta hacerla chiquita y abrirla en otro sitio. 

Mi mudanza fue difícil. Fue un reencuentro con la última década de mi vida, una cita que tenía mensajes esperándome ocultos en algunos libros, entre la ropa, el altero de papel archivado, las fotografías fuera de los álbumes y el casillero repleto de libretas en las que escribí las notas para mis reportajes.

El país entero y sus conflictos dejaron su huella en mi vida. De ser una reportera que cubría asuntos relacionados con la pobreza, desastres naturales o tragedias por negligencia institucional, la última década me fui agarrando a un cable de alta tensión, el mismo sobre el que camina el país, y llené mis libretas con dolorosos testimonios del horror: gritos y susurros de las personas desaparecidas, torturadas, asesinadas, masacradas, heridas o que buscan a familiares en fosas clandestinas.

Entre las apariciones de cartitas con mensajes de amor, los diarios que llenaba con dibujos cuando escribir me pesaba, los muebles afectados por la húmeda oscuridad, la ropa que nunca usé, los remedios milagrosos que compré y dejé sin abrir o cientos de tarjetas de presentación de personas que nunca dejaron de ser desconocidas, me topé con escritos llenos de denuncias que se convirtieron en reportajes.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: EL EQUIPO OLÍMPICO DE LOS SIN-PAÍS

Cada libreta contaba su propia historia. Me costó trabajo recordar los rasgos de personas cuyas vidas quedaron esbozadas en mis apuntes, mientras que a otras las tengo tan presentes que me pareció que se materializaban. Algunas veces me sonrojé al encontrarme con casos que tenía documentados, pero nunca escribí de ellos, quizás porque pensé que no era el momento, porque no hubo espacio en la edición, por el exceso de gritos de ayuda cuando el país entero se convirtió en una emergencia, porque me faltó claridad o porque algo en mí hacía resistencia. Pedí perdón internamente a las personas que protagonizaban esas historias.

En la mudanza encontré la historia de la red de periodistas que se incubó adentro de mi casa y los apuntes de otros complots que se fraguaron entre las paredes de ese viejo departamento. La bolsa con los disfraces que usábamos cuando la fiesta se prolongaba, los carteles que llevamos a algunas manifestaciones contra la muerte, los trastes oxidados de mi perro, el alebrije gigante que nos miraba desde el techo, las herencias olvidadas por quienes durmieron entre esas paredes.

Esta semana me despedí del departamento habitado por emociones que compusieron mi vida y que compartí en distintos tiempos con siete roomies, varios amores, un cariñoso perro, muchos amigos y alumnos (que terminaron siendo amigos), y donde viví siempre conmigo misma.

La vida es una mudanza continua que empuja a soltar, a enfrentar y cerrar aquello que dejamos para después, a empacar poco y aligerar cada tanto del peso, a soltarse de lo conocido aunque estemos cómodos, a pesar de la incertidumbre de lo que viene, a abrazar, a dar las gracias y decir hasta pronto, como una moneda que queda al aire, mientras tiramos la llave en una coladera.

El equipo olímpico de los Sin-país

 

10/08/2016 // Columna publicada en MásporMás

A mitad del mar Egeo la barca comenzó a colapsar, 18 personas estaban a punto de morir ahogadas en su intento por huir de Siria. Dos hermanas jovencitas saltaron al agua convencidas: si somos nadadoras profesionales, será el colmo no hacer nada y morir ahogadas. Con sus brazadas al agua, a contracorriente, nadaron durante tres horas hasta pastorear el barco a tierra.

Se debatían contra la muerte enarbolando una sonrisa para no asustar a un niño de seis años, el más pequeño de los tripulantes, para que no sufriera con lo que estaba pasando.

En tierra firme todo fue más sencillo: campos de refugiados, policías, pobladores xenofóbos. Si vencieron al Mediterráneo, ¿qué vejación en tierra podría vencer su espíritu?

Yusra Mardini, una de las heroínas, compite en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en el equipo de los“Sin-país”, el equipo de los refugiados, el grupo de quienes huyen de la tierra donde dejaron el ombligo sembrado. Escapan de la violencia, las crisis, el odio o las persecuciones.

Gane o no una medalla, esta sirena de dulce sonrisa ya tiene nuestro oro, el oro que ofrece el público a los verdaderos atletas, a quienes no se preparan para inflar el músculo y ganar medallas, a quienes se forjan con las adversidades de nuestros tiempos y entrenan desde el corazón.

Yusra representa a los desplazados forzosamente de su casa y que, si se juntaran a fundar un país, éste estaría habitado por 65 millones de personas (de éstos 22 millones son del grupo de quienes fueron expulsados de su país, 40 fueron desplazados a otro territorio aunque no cruzaron fronteras y 3 millones imploran vivir en otro lado y esperan asilo).

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Ese país ficticio estaría en la posición 21 de los más poblados del mundo, según la ACNUR, y ya crece de manera alarmante: del año pasado a éste aumentó sus habitantes casi 6 millones.

Ese no-lugar es una radiografía del mundo actual.

En el equipo de los refugiados, inaugurado en Río para llamar la atención sobre esa realidad negada, hay judocas del Congo, maratonistas etíopes, corredores de Sudán del Sur y nadadores sirios, como Yusra, quien nadó para sobrevivir y salvar vidas.

Otros millones de atletas desconocidos no están en las olimpiadas aunque son los mejores atravesando mares en pangas o llantas inflables, y con brazos en lugar de remos. Hay quienes cruzan un país entero sobre los techos de peligrosos trenes, haciendo equilibrismo y resistencia. Algunos atraviesan solos, sin agua, a pie, mortales selvas y desiertos. Y no sólo vencen a la naturaleza; también enfrentan muros construidos por otros humanos, fronteras reforzadas con minas antipersonales, perros entrenados para matar o alambres electrificados donde muchos como ellos se quedan sin tumba. Estas personas se forjan como atletas al huir del sin futuro, buscando con todas sus fuerzas, su alma, sus músculos y su ser entero aferrarse a la vida; aunque para ellas no sea humana.