Periodismo de esperanza

IPI Enfoque: Día de la Libertad de Prensa Mundial 2012 – La historia de Marcela Turati

MEXICO DF, 30 de abril de 2012 – “Mi ciudad se encuentra en estado de pánico pues hay balaceras fuertes en varios puntos de la ciudad, la gente ve cuerpos en las calles, se autoimpone toque de queda. Los narcos han silenciado nuestro periódico. No podemos publicar nada porque nos amenazan: nos han matado y secuestrado algunos colegas. La gente teme y está frustrada, pues con toda razón quieren que su periódico les diga lo que está pasado, pero lamentablemente no podemos hacerlo…”

“El diario en el que trabajo sufrió un ataque. Muchos han renunciado. El dueño del periódico no quiere apoyarnos. Los periodistas agredidos necesitan acompañamiento psicológico…”

“Dos compañeros y yo fuimos secuestrados cuando cubríamos la noticia de los reos que salían por las noches de la cárcel. Nuestros captores nos golpearon en la cabeza, piernas y rodillas para que no escapáramos, nos torturaron psicológicamente y después nos liberaron. Decidí huir con mi familia y pedir refugio en este país (…) Dejamos todo, llegamos prácticamente sin nada, sin ropa, sin dinero. La situación acá es muy difícil…”

Este sexenio los periodistas nos hemos familiarizado con este tipo de testimonios que llegan a las redes de periodistas, a las organizaciones de libertad de expresión o a las redacciones, como señales de SOS emitidos por colegas que trabajan en el frente de guerra. Sonará exagerado pero no lo es. La mayoría de los periodistas mexicanos nos hemos convertido en corresponsales de guerra en nuestra propia tierra desde que el presidente Felipe Calderón arrojó su lanza de guerra contra el narcotráfico y las batallas se libran en la calle.

Así como la violencia sorprendió a todos los mexicanos, a los periodistas nos encontró impreparados. La emergencia nos obligó a improvisar la cobertura de la mejor manera que pudimos. Del “ejecutómetro” –como llamamos fríamente al conteo diario de muertos–, pasamos a las crónicas del horror de las masacres, los testimonios de las víctimas cada vez más masivas, la cobertura del podrido sistema de justicia y más, hasta no poder clasificar lo que hacemos porque supera los límites del horror y del absurdo.

Al ritmo en que la violencia se fue extendiendo, también las “zonas de silencio”. A punta de amenazas, asesinatos o atentados, regiones enteras del país -algunas que resistían heroicas a los dictados del crimen organizado- se fueron quedando sin información. Los ciudadanos, a veces, se vieron obligados a convertirse en reporteros y tomaron las redes sociales para dar a conocer lo que los medios tradicionales ya no cuentan.

Un síntoma generalizado en el gremio es el miedo y tiene sus bases.

Según Artículo 19, en México del 2000 a la fecha 66 periodistas han sido asesinados (a esta cifra se le suman dos más de la semana pasada), 13 han desaparecido y 33 medios de comunicación han sido blanco de atentados con explosivos y armas de fuego. La mayoría de las empresas han dejado a su suerte a los amenazados, y en el olvido a sus periodistas muertos o desaparecidos. El signo del gobierno es la impunidad, que se convierte en gasolina para que estas desgracias se repitan. Para que el silencio se expanda. Ninguna numeralia refleja el horror, el sentir de los periodistas censurados, amenazados, que viven con pesadillas, que tienen preparado su testamento o han sido desplazados de su tierra.

Pese al miedo, a la indiferencia generalizada de los propietarios de los medios de comunicación y a la aquiescencia del gobierno, los reporteros mexicanos no hemos permanecido inmóviles. En varios lugares comenzamos a organizarnos, a aprender por nuestra cuenta lo que no se enseña en la universidad ni aprendimos con el oficio. Los retos son enormes: aprender a realizar protocolos de seguridad para entrar y salir de zonas de riesgo, conocer técnicas de autocuidado psicoemocional, elaborar nuevas reglas para la edición de notas que no causen sospechas a ningún bando en disputa, conocer herramientas para entrevistar a las víctimas sin revictimizarlas, aprender métodos de encriptar información y el uso de tecnologías seguras.

Sabemos también que necesitamos trabajar en equipo, en redes, si queremos evitar que otros periodistas sean amordazados.

Los casos donde se ha logrado la organización son aún incipientes pero resultan esperanzadores. En Morelos, por ejemplo, un grupo de reporteros de asuntos policiacos se organizaron para monitorearse, acudir a reportear en grupo a las escenas del crimen y asegurarse de que ninguno exponga su vida por quedarse rezagado. O en Coahuila, en la mesa de edición de un par de diarios establecieron reglas para revisar con lupa la información y no arriesgar al equipo en vano por un mal encabezado o un dato incorrecto.

O en un diario de Sinaloa, donde a los periodistas que han sido amenazados se les envía a coberturas nacionales importantes para sacarlo un tiempo del estado, hasta que se “enfríe la plaza” y que puedan regresar con la frente en alto y una nota de ocho columnas en la portada. O una red de editores interestatales que acuerdan publicar una misma nota al mismo tiempo para dar cobertura al medio que ha sufrido una amenaza por esa misma información.

También han surgido redes de periodistas que eran competencia pero al calor de la emergencia intentan capacitarse para aprender todos a cuidarse.

De ese tamaño ha sido el cambio de la profesión este sexenio, el sexenio en el que nos volvimos corresponsales de nuestra guerra doméstica.

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Turati también será parte de los panelistas destacados durante el próximo Congreso Mundial Anual del IPI, en Trinidad y Tobago, donde participará en la discusión “México, Cuba y Venezuela: Los Tres Grandes y su Impacto en la Libertad de Prensa en Latinoamérica”. Más información en

http://www.ipiworldcongress.com/2012/programme.html

Read in English

http://ifex.org/mexico/2012/05/01/asasdfd/es/

http://www.occuworld.org/news/20287

 

 

CULTURA. Domingo 11 de marzo de 2012Yanet Aguilar Sosa | El Universal

Vestidas para cronicar

yanet.aguilar@eluniversal.com.mx

Para ellas, la diferencia respecto a sus colegas varones no est? en los temas que abordan, sino en lEllas siempre van más allá de lo aparente, retratan acciones y hechos, cuentan historias, detestan la nota dura y la declaración de funcionarios, aspiran a que el lector vaya más allá de los hechos que narran, luchan por orillarlo a la reflexión. Son mujeres que ejercen la crónica en México, en tiempos de violencia.

No existen temas que a ellas les sean ajenos, escriben lo mismo de la inseguridad que de las víctimas de la violencia, retratan la injusticia, la pobreza y el narcotráfico.

Para ellas, la diferencia respecto a sus colegas varones no está en los temas que abordan, sino en la sensibilidad con que lo hacen, saben meterse en la piel de los protagonistas.

Rebasan los 40 años de edad y han pisado varias redacciones -en su mayoría son freelance-, sus procedencias son distintas pero sus anhelos son semejantes: quieren ante todo contar historias, aunque pongan en riesgo el pellejo.

Marcela TuratiMagali TerceroDaniela Pastrana,Mariana Martínez y Lidyette Carrión ejercen la crónica con la misma convicción que la ha ejercido Alma Guillermoprieto, la reconocida cronista mexicana a quien siguen y leen, a cuyos textos regresan de tanto en tanto.

Coinciden con Guillermoprieto en el poder del periodismo narrativo frente a la información dura. Ella ha dicho: “Las historias permiten que el lector pueda pensar sin reservas, entender realmente algo”, y siguen siempre sus lecciones: mezclar la información recopilada con observación, análisis y reacciones personales.

Con todo, son pocas las mujeres mexicanas que ejercen la crónica, e incluso, Daniela Pastrana afirma que la crónica es una palabra muy grande “que en México estamos muy poco acostumbrados a valorarla como lo que es, contrario a otros países donde se les da mucho más valor al cronista”.

Para la periodista mexicana que colabora con la agencia IPS, la crónica en México está en proceso de maduración, “aún no puedo contar a muchos cronistas, pero soy parte de una generación de reporteros interesados en el periodismo narrativo y en encontrar nuevas formas de presentar el periodismo escrito”.

En su afán por fortalecerla han emprendido talleres y hasta redes, por eso nació Periodistas de a pie, una red de periodistas sociales impulsada por Marcela Turati, quien recuerda que nunca pudo escribir una nota dura: “Me mandaban a una conferencia y les traía una historia, entonces me empezaron a dejar hacer crónica”. Casi que es la historia de todas.

¿Género sin sexo?

Si Magali Tercero asegura que la crónica es sobre todo crónica y no tiene sexo, Mariana Martínez Estens, quien trabaja en Tijuana, afirma que siempre se busca una voz “neutral” para tratar de no ser discriminada o tachada de feminista, “pero eso no tiene sentido porque forzosamente vemos las cosas desde nuestras propias circunstancias y una de ellas, entre muchas otras, es ser mujer”.

Justamente, Marcela Turati no tiene empacho en decir que ella lee mucho a periodistas mujeres y siente que dan algo distinto.

“Creo que nosotras las mujeres nos metemos más por debajo de la piel, que podemos tocar la gama de sentimientos de mejor manera, no es que los hombres no puedan, pero nosotras nos fijamos en otras cosas que son mas emocionales”, asegura la periodista.

La reportera de Proceso afirma que las cronistas mujeres dan cuenta en sus textos de más detalles: “Creo que muchos hombres se quedan en la acción y en el discurso, pero creo que nosotras damos un brinquito hacia adentro, hacia el corazón”.

También hay una manera distinta de enfrentarse a los hechos, dice, empatizan más fácil con la gente a la que entrevistan, “también he desarrollado métodos para tratar de no agrandar la herida, de no tocarlas tan directamente y no dejarlas abiertas, sobre todo cuando son las víctimas de la violencia, huérfanos, madres de hijos desaparecidos, viudas e hijas de asesinados”. Hay gente que ha dejado de leerlas porque les duele mucho cómo lo cuentan.

Aunque comenzaron -salvo Magali Tercero– en la fuente social, donde hablaban de pobreza, marginación y drogas, pronto entraron a derechos humanos y luego inseguridad, violencia, narcotráfico. Lydiette Carrión, columnista de EL UNIVERSAL GRÁFICO, despliega sus relatos desde las fuentes, es acuciosa lectora de los expedientes judiciales.

Mariana Martínez los temas le han sido determinados por su lugar de origen, no trabaja en el DF sino en Tijuana y por ello le ha tocado “cubrir migración, tráfico de personas, drogas, temas de salud binacional y en los últimos cinco años, pues un chingo de violencia”.

¿Cómo enfrentar la violencia?

Hacer la crónica de lo que trae consigo la violencia es tremendo. Marcela Turati está en la etapa de preguntarse cómo se cura del dolor o si se puede curar, cómo no involucrarse o salir intacta. Ha hablado con psicólogos, con sus amigos jesuitas, con sus amigas reporteras que pasan por lo mismo, ha asistido a talleres de autocuidado emocional o sobre cómo maniobrar con estos temas.

“Todo mundo me dice que tengo que cambiar de temas, yo sé que tengo que diversificarme y lo hago pero luego siento que hay una urgencia de contar lo que está pasando y regreso siempre al tema de las víctimas de la violencia, a veces me voy en silencio a mi casa en Chihuahua o la playa, pero no es fácil”, cuenta la cronista.

Hace poco tiempo entrevistó a Elena Poniatowska y le preguntó cómo le hizo cuando hablaba con las madres de los desaparecidos o las víctimas del terremoto, ella le dijo que eso nunca se olvida, que no hay vacuna, que uno carga eso toda la vida.

Le dijo: “Durante años y al paso del tiempo te vas a dar cuenta cómo te afectó” y le contó que tras el sismo ella se sentía como una víctima, como damnificada, que estaba como en emergencia, pero un buen día se dio cuenta de que las víctimas ya habían hecho sus casas, retomado su vida, que seguían su ciclo y que ella se había quedado parada y que entonces, en ese momento, ella reaccionó.

“Lo que más siento que me ayuda, aunque no sé qué digan los psicólogos, es asistir a encuentros de familiares de víctimas, donde ellos aprenden a investigar y cuentan lo que les ha ayudado a salir adelante y cómo se apoyan; ver cuando ellos se organizan y ver cómo se consuelan me deja muy contenta y es como un alivio, siento que hay esperanza, pensar que vamos a salir adelante de todo esto aunque se está tardando mucho”, confiesaMarcela Turati.

Ser cronista en nuestro país es lidiar con la violencia, que no es fácil, exige capacitación. Mariana Martínez afirma que ella se ha dado a la tarea de aprender de todo: “La cadena del tráfico de marihuana, de la semilla al porrito, las tendencias de viaje de jóvenes mexicanos y las comunidades ecológicas en zonas apartadas”, entre otras.

Las cronistas mexicanas “jóvenes”, las que rondan entre los 40 o 50 años de edad, se han diversificado, pero no pueden evitar estar inmersas en la violencia, sus fuentes y asignaciones “sociales” han pasado a política, nota roja o narcotráfico; en una palabra: violencia. Y eso no las amedrenta.

Magali Tercero, la más alejada de estas cinco de las asignaciones sobre narcotráfico, también escribe del narco, pues una de sus líneas de trabajo está en la vida cotidiana de los estados del país con mayor violencia, es ella la mayor de todas y la que mira a sus colegas:

“La temática de las cronistas mujeres tal vez ha cambiado al cambiar las generaciones porque el mundo se ha abierto cada vez hacia la mujer, la mujer está ya más integrada a todos los aspectos del quehacer humano, pero creo que en general el interés por los diversos temas es el mismo”, concluye Tercero, quien es la autora de Cuando llegaron los bárbaros. Vida cotidiana y narcotráfico.

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26 Febrero 2012

Más huesos en el desierto

…En fechas recientes, Nuestras Hijas de Regreso a Casa han insistido en el incremento de niñas y jóvenes desaparecidas en Ciudad Juárez. Los criminales repiten el modus operandide otros años en múltiples casos: secuestrar (“levantar”) en la vía pública a sus víctimas después de seleccionarlas y cazarlas. Antes solían arrojar los cuerpos en zonas públicas, ahora los destruyen u ocultan.

La noticia sobre la continuidad del feminicidio en Ciudad Juárez acontece días después de que el presidente Felipe Calderón estuvo en Ciudad Juárez y presumió estadísticas “favorables” a su política de violencia intensificada contra el crimen organizado y la sociedad juarense. Alardeó el descenso del índice de homicidios como si tal indicador fuera una suerte de talismán: como debiera él saber, la violencia en las sociedades trasciende la tasa de homicidios.

La reportera Marcela Turati ha informado que el secretario de Seguridad Pública implantó un régimen de terror que implica violaciones a los derechos humanos, no sólo de los presuntos delincuentes, sino de sus familias (Cf., “La violenta ‘pacificación’ de Ciudad JuárezProceso, 19 de febrero de 2012). La policía municipal, a cargo de aquel funcionario, un militar que realizó la misma estrategia en Tijuana, Baja California, comete todo tipo de excesos contra la población civil con el pretexto del combate al crimen. Aún así, los juarenses agradecen el retiro paulatino del ejército y la policía federal, cuya ineficaz presencia colaboraba a acrecentar las tensiones urbanas…

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“En México se informa cada vez menos y aumentan las amenazas contra periodistas”

Escrito por  en Claves el 5/02/2012 |

La periodista Marcela Turati, de la Red Periodisas de a Pie, advirtió que en México cada vez hay más zonas de silencio.

“Se informa cada vez menos y hay muchas amenazas. Es el caso de Veracruz y Taumalipas, donde no se informa casi nada. Y esto a partir de la muerte de supuestos blogueros y tuiteros. Pero también en lugares como Ciudad Juárez -donde se redujo la violencia- están ocurriendo muchos enfrentamientos entre policías y periodistas. Hay golpizas y enfrentamientos. Es como una olla express. Hay rabia acumulada, frustración ira, y hasta encuentro situaciones suicidad de los propios periodistas, donde ellos mismos dicen ‘no importa que me maten””, señala Turati, en una entrevista realizada al término del Primer Encuentro Internacional de Periodistas del Diplomado a Distancia: Periodismo de Investigación y Herramientas Digitales (con enfoque de derechos humanos, para periodistas en México y Centroamérica).

Turati recuerda que en un taller realizado en Ciudad Juárez el año pasado, la mayoría de fotógrafos dijo que sentía rabia más que miedo. “Admitieron que a veces no podían contenerse. Algunos incluso no podían distinguir entre si eran ciudadanos o periodistas y querían intervenir para defender a las víctimas de la policía. Es el hartazgo”, dice.

La autora del libro Fuego Cruzado, las víctimas atrapadas en la guerra del narco sostiene que sus colegas tienen que mantenerse como periodistas siempre, porque ese es su papel. Pero reconoce que es muy difícil porque ellos también son víctimas y han perdido a sus familiares, ya sea porque los han matado o los han desaparecido. “Recomendamos mucho el autocuidado, el ejercicio diario de respirar y de detectar las fuentes de presión en la redacción, en su casa y en los espacios que tienen”, indica.

La periodista también llama la atención sobre la situación de vulnerabilidad de las mujeres que hoy han pasado a ser ‘ejecutables’.

Así está México para los periodistas.

Debaten sobre cómo contar la violencia no sólo desde la violencia

4 Diciembre, 2011.-“La crónica es un cuento que es verdad”. Si la frase de Gabriel García Márquez tiene una pizca de cierto, entonces el cuento que se está contando en México es un relato sangriento, huele a pólvora y está muy lejos de tener un final feliz. Es un reto para los periodistas: ¿cómo contar lo que pasa cuando la muerte y la violencia son ya tan cotidianas? Esa pregunta intentaron responder los integrantes de la mesa “La guerra en México. Imagen, crónica y ¿ficción?” en la FIL.

En la mesa estuvieron los reporteros Marcela Turati y Alejandro Almazán, el fotógrafo Alejandro Cossío y el escritor Élmer Mendoza.

Para tratar de explicar lo que está pasando en estos días, Almazán comparó el ejercicio periodístico con el cigarro electrónico que llevaba en la mano: “Sí me da nicotina, sí me tranquiliza, pero es de mentiras. Es algo de lo que pasa con el periodismo, se están dejando de contar cosas”. Y es que, añadió, hay una suerte “de hartazgo de las historias de muerte y sangre, porque los reporteros no estamos teniendo la capacidad de enseñar a la gente a entender el crimen”. Algo que, advirtió, sí se está haciendo desde la literatura.

Con este pie, tomó la palabra Élmer Mendoza. El sinaloense dijo que los narradores mexicanos “están contando cosas menos terribles de lo que está pasando. Hay cadáveres, imágenes de crueldad, pero también emociones: miedo, angustia, incertidumbre, coraje, esperanza. Estamos tratando de hacer una literatura social, aunque a veces la llamen peyorativamente narcoliteratura o narcoficción”.

Para Marcela Turati, uno de los principales retos que enfrentan los periodistas es que la realidad supera a la ficción. Y puso ejemplos que se ha encontrado en su andar: el embalsamador que se queja porque ahora tarda tres horas en arreglar un cadáver por la cantidad de balazos; una niña que no le iba a pedir nada a Santa Clos porque entendía, comprensiva, que éste tenía que pagar “la cuota”.

“No se trata de anécdotas sueltas, sino que todas reflejan lo que está pasando”, dijo Turati y añadió que, en ese contexto, su preocupación es: “¿Cómo hacer para que cada muerto cuente, que no se diluya como uno de tantos que ocurren en la semana?”.

Cossío, reportero gráfico, planteó uno de los dilemas de sus colegas: “¿Se deben o no publicar fotografías violentas? ¿Quién dice que una imagen es demasiado fuerte? ¿Hay un manual? Si un hecho afecta a una comunidad, hay que darle cobertura pero, ¿qué pasa cuando se repite tanto que se pierde el asombro y se cae en una anestesia social?”. La alternativa, dijo, es explorar nuevas formas para mostrar las cosas. Y puso como ejemplo a sus colegas Guillermo Arias, Fernando Brito y Fabio Cuttica.

Como ocurre siempre en este tipo de mesas, quedaron más dudas que respuestas. Eso sí, todos los participantes coincidieron en que en México hay una guerra y alguien tiene que contarla.

el país

“Mi trabajo consiste en tocar el dolor”

Marcela Turati (México, 1974) es periodista de la revista ‘Proceso’ y está especializada en la cobertura de los impactos sociales de la violencia causada por la ofensiva contra el narcotráfico

 Madrid 7 NOV 2011

El nombre de Turati es citado con frecuencia por los periodistas mexicanos. “Marcela va a los lugares a quien nadie más va”, comenta uno de ellos. Pese a los elogios, Turati prefiere definirse como “una reportera común especializada en la pobreza. Me había prometido no cubrir nunca asuntos relacionados con el narcotráfico hasta que, como a todos, la violencia se nos cruzó en el camino y nos obligó a cambiar de agenda”.

Turati relata que a partir de 2007 comenzó a visitar pueblos donde hallaba todavía “la sangre fresca en el piso” de “los cadáveres de los jóvenes recién asesinados”. Su trabajo, comenta, lo hace “cometiendo errores y tras varios sustos”. Se especializa en “las historias silenciadas, los invisibles”. Como los 50.000 niños que han quedado huérfanos desde que en diciembre de 2006 el Gobierno mexicano emprendiera la guerra contra el narcotráfico. Las viudas, la estigmatización, las víctimas. Relata anécdotas que hielan la sangre, pese a su dolorosa cotidianeidad. Las historias de “los refugiados por el miedo, los defensores de derechos humanos que son asesinados o amenazados de muerte. Mi trabajo consiste en tocar el dolor todo el tiempo”.

PREGUNTA. ¿Cuál es el estado actual de la prensa en México? ¿Qué pesa más, la censura o la autocensura?

RESPUESTA. Se extiende un manto de silencio en varios estados del país. Ocurre principalmente en la frontera con Estados Unidos, y también en los lugares donde dos cárteles se disputan el territorio, o donde no quieren que se informe sobre sus actividades, o donde los gobernantes quieren prohibir a la prensa que informe. No todos los periodistas corremos los mismos riesgos. Son distintos para los corresponsales extranjeros, los periodistas que viajamos de ciudad de México a los lugares de riesgo y los locales que viven en el fuego cruzado.

En mis viajes a las zonas de violencia me he encontrado muchos reporteros que ya se sienten muertos en vida. Que, como veteranos de guerra, sienten que la vida les es indiferente y ya redactaron su testamento. Conozco a fotógrafos en ciudades como Juárez que tienen el récord de haber fotografiado 19 muertos en un solo turno de trabajo. Muchos están amenazados, saben que con cada nota se juegan la vida. Muchos tienen pesadillas. Creo que muchos las tenemos. Soñamos con sicarios o masacres. Algunos todos los días, en un deterioro psicológico infrenable.

He escuchado testimonios impactantes, como el del reportero norteño que cuando supo que un comando de hombres armados había sacado esa misma noche a un colega de su casa, frente a su familia, él mismo se despidió de su familia y se sentó en la sala a esperar a que pasaran por él. Estaba seguro que era el siguiente. Y no quería que lo llevaran frente a su familia.

Su amigo amaneció asesinado, tirado en una calle. Él aún vive y lo cuenta.

O la anécdota que nos contó el director de un periódico local del sur del país que recibe llamadas telefónicas con órdenes de los narcos que lo obligan a tomar foto de cabezas humanas y publicarlas. Y si está vivo es porque obedece las órdenes de todos: de ellos, sus rivales y el ejército. Está entre tres fuegos.

No todos los lugares son extremos. No todos están silenciados. Pero hay una tendencia al silencio, a la autocensura forzada, a simular que nada pasa, aunque en todos lados los periodistas realizan esfuerzos heroicos por informar, por seguir investigando.

P. A falta de un Estado de derecho, ¿qué garantías tienen un periodista en Mexico para ejercer su profesión?

R. No existen garantías en la cobertura de ciertos territorios. Ni siquiera tienes la garantía de que tu asesinato o tu desaparición se investigue y se encuentre y juzgue al culpable, porque eso no ocurre. La primera reacción del Gobierno federal y de los gobiernos locales cada vez que muere o desaparece un periodista es culparlo de que algo debía, dando la misma explicación fácil a cada uno de los más de 40.000 muertos.

No hay certeza de si vas a regresar o no de una misión. No por nada, las grandes cadenas de noticias han movido a sus corresponsales de guerra más experimentados a México, y estos veteranos nos dicen que esta cobertura es más complicada que la de una guerra ya que en México no están señalizados los bandos en conflicto ni los territorios donde operan y generalmente no sabes con quién estás hablando, si el alcalde o el policía al que entrevistas trabaja para uno de los cárteles o es honesto. A veces es preferible no hablar con ninguna autoridad o hacerlo cuando estás a punto de salir del territorio. A ese grado está la corrupción.

P. ¿Por qué la situación ha alcanzado cotas desesperantes? ¿Cuáles son los sitios en que es imposible ejercer en México? ¿Qué reacción tienen periódicos en estados como Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua, ante la rampante violencia?

R. Este sexenio [el periodo presidencial en México es de seis años]ha sido como montarnos en una montaña rusa interminable y cada vez más peligrosa, no sabes qué pasa, solamente ves que vagones enteros salen volando, que la persona que viajaba adelante ya no está, las bajadas son más despiadadas, no sabes cómo va a acabar el sexenio, quién estará muerto y si el piloto aún tiene el control.

La violencia se ha ido extendiendo y nos ha ido cercando en varias zonas del país. Muchas veces, los periodistas quedamos en medio.

Todo el Estado de Tamaulipas está silenciado y la zona se silencio se va extendiendo a sus alrededores. Esa ruta parece que está tomando Veracruz y Tabasco si no lo impedimos, así están grandes porciones de Michoacán, Zacatecas, Coahuila, Durango, Nuevo León, Sonora, Chihuahua, Guerrero, donde los medios de comunicación intentan ser controlados por los cárteles o los gobernadores, y los ciudadanos tienen que echar mano de las redes sociales para avisarse dónde ocurren los tiroteos o documentar lo que sus medios no informan.

Esta historia tiene claroscuros. Los periodistas mexicanos estamos dando la batalla y no nos estamos dejando silenciar, estamos tratando de encontrar grietas para evadir esta mordaza. En algunas zonas los reporteros de medios que eran competencia redactaron sus códigos de seguridad, obligándose a salir a reportear juntos para protegerse. Muchos medios no firman a los periodistas las notas de narcotráfico, para asumir el riesgo como empresa. Sé de reporteros que por ahora no pueden publicar pero están escribiendo libros con la información que tienen, otros regalan la información que no pueden escribir a medios de comunicación más grades para que la publiquen y sé de algunos que han abierto portales de noticias por internet del lado texano para evadir el control de los narcos locales.

Muchos reporteros estamos organizándonos en redes de periodistas para poder enfrentar mejor los nuevos retos. Necesitamos aprender de todo: desde cómo entrevistar a niños traspasados por la violencia, cómo organizarnos para evitar que todo el país se convierta en zona de silencio, cómo enviar información de forma segura desde las zonas peligrosas o cómo manejar nuestro propio miedo para seguir informando.

El panorama no es alentador pero estamos buscando caminos para blindar la información de la censura de los políticos y de los narcotraficantes, y blindarnos nosotros para no dejar que el miedo nos quite la capacidad de disfrutar la vida.

P. ¿Cuáles son los vicios del periodismo mexicano?

R. No hemos superado la herencia del PRI: las noticias se basan en las declaraciones de los políticos, en seguir a las élites, y los medios se han olvidado de su papel de guardianes de los intereses de los ciudadanos. Los empresarios de los medios, en general aunque hay sus excepciones, no piensan que la información es un bien público y la utilizan para defender sus intereses y para hacer negocio. En las redacciones se reproduce la desigualdad del país: unos pocos ganan millones, la mayoría vive con bajísimos salarios, el empleo se precariza, se contrata a gente peor capacitada para ahorrarse sueldos. El compadrazgo entre políticos y dueños de los medios es un lastre y todavía se castiga a los medios críticos y se premia a los aliados.

Marcela Turati es cofundadora de la red Periodistas de a Pie, ha escrito el libro Fuego cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narcotráfico(Random House, 2011) y es coautora de La guerra por Juárez (Planeta, 2010)

 

Necesario, pacto entre medios y sociedad;estamos fallando, dice Blanche Petrich

Arturo Jiménez.

Periódico La Jornada
Domingo 23 de octubre de 2011, p. 3

Ante los graves problemas que vive el país, como el de la violencia, el trabajo informativo de los medios de comunicación ha sido insuficiente, por lo que le estamos fallando a la sociedad, dijo ayer sábado la periodista Blanche Petrich, de La Jornada, quien agregó que las grandes empresas de radio y televisión no van a escuchareste planteamiento.

Por ello, propuso hacer un pactopara que los ciudadanos se acerquen a los periodistas y, además, exijan a los medios de comunicación que cumplan con su papel de informar más allá de los pactos de los poderosos, en referencia al acuerdo sobre la cobertura de la violencia, convocado por Televisa y TvAzteca, firmado en marzo pasado.

Blanche Petrich coordinó la mesa El periodismo de investigación, durante la Feria Internacional del Libro en el Zócalo, en la que participaron los periodistas y autores de libros José Reveles –Levantones, narcofosas y falsos positivos–, Diego Enrique Osorno, de El Cártel de Sinaloa, una historia del uso político del narco, y Marcela Turati, de Fuego cruzado.

Con un Foro Federico García Lorca lleno, en este penúltimo día de la feria, Reveles, Osorno y Turati coincidieron en que escriben los libros sobre narcotráfico, operativosgubernamentales, niños, mujeres o trata de personas para visibilizar a las víctimas, entender qué pasa en el país y, de ese modo, con información, combatir el miedo.

Además, señaló Reveles, porque los libros dan una perspectiva que no nos da la radio ni la televisión, incluso ni la prensa escrita, por cuestiones de tiempo y espacio. Van entre 60 y 100 títulos, comentó Petrich, por lo que ya se puede hablar de un boom.

Reveles llamó la atención acerca de que no somos un país de indignados, pese a los graves problemas por los que atraviesa México. Los ciudadanos deben informarse más, acercarse a los movimientos, participar. Lo que falta en el país es mayor organización y participación social, agregó.

Osorno contó que después de publicado en 2007 su libro sobre el reciente conflicto en Oaxaca, de pronto se vio con chaleco antibalas y casco en la cobertura de un operativo militar que buscaba integrantes del crimen organizado en Apatzingán, Michoacán. Se preguntó entonces: ¿Qué pasó con mi país?, si estábamos en las luchas sociales, en la discusión de temas políticos y sociales, de la democracia.

Como no quería ser un Rambo periodista, que contara muertos y cubriera la persecución de delincuentes, Osorno comenzó a centrar sus investigaciones en Sinaloa, para entender cuáles eran las causas de esa violencia sin precedente y en aumento en México.

Entre las cosas que comenzó a atisbar, como sus otros compañeros, es que esta guerra contra el narcotráfico parece ser una política delineada en Estados Unidos para países como México, pero que aquí se producen los muertos y allá se quedan con el yeah, yeah y el dinero. Más que “una guerra estúpida, es una guerra bien pensada.

Otra cosa que le va quedando claro, dijo Osorno, es que el problema principal de México no es la pobreza, sino la desigualdad social, pues el país tiene personajes con una riqueza que no poseen empresarios de otras naciones,

Consideró que la causa principal de la violencia ahora desatada es una crisis política que comenzó con las polémicas elecciones presidenciales de 2006. Y que ante ese contexto que cuestionaba su legitimidad, el presidente Felipe Calderón se decidió por gobernar mediante la fuerza.

Marcela Turati contó que le interesaban más los problemas sociales como pobreza, derechos humanos, pueblos indígenas o pendientes relacionados con niños y mujeres, que lanota roja o las cuestiones judiciales.

Sin embargo, la realidad llevó a la periodista a comenzar a cubrir dichos asuntos, pero desde la perspectiva de las víctimas, de su dolor, de cómo esta violencia afectaba a los niños, a las familias, a la comunidad.

Como siempre le quedaban muchas cosas en la libreta, también buscó salida en los libros. Además, agregó,cuando uno sabe de qué se trata puede controlar un poco su miedo. Supo también que no podíamos seguir echando cadáveres a las fosas sin que eso nos doliera.

Luego de las muchas preguntas del público, Turati y Reveles coincidieron en que el ejército colombiano entrena a policías y militares mexicanos, pero en tácticas antiguerrilleras y antiterroristas en el medio rural o la jungla, no en las ciudades, donde aquí se libra la llamada guerra contra el narcotráfico.

México: El periodismo de investigación serio y peligroso, requiere respeto, cobertura y difusión. 

En México el 95 por ciento de la televisión, la radio y la prensa escrita pertenece a los poderosos empresarios asociados a los gobiernos de derecha. Pedro Echeverría V. |

1.  Blanche Petrich coordinó la mesa El periodismo de investigación, durante la Feria Internacional del Libro en el Zócalo de la ciudad de México, en la que participaron los periodistas y autores de libros José Reveles –Levantones, narcofosas y falsos positivos–,  Diego Enrique Osorno, de  El Cártel de Sinaloa, una historia del uso político del narco,  y Marcela Turati, de Fuego cruzado.  Con un Foro lleno Reveles, Osorno y Turati coincidieron en que escriben los libros sobre narcotráfico, operativosgubernamentales, niños, mujeres o trata de personas para “visibilizar a las víctimas”, entender qué pasa en el país y, de ese modo, con información, “combatir el miedo”. Sus trabajos, como podrá verse, se dedican a la investigación y al análisis del problema que mayor presencia ha tenido en México en los últimos cinco años: el narcotráfico

2. El periodismo de investigación –cuando se hace para servir a las clases oprimidas y no para ponerse a las órdenes de intereses políticos y empresariales- es la cima, el más alto nivel del periodismo. La realidad es que a ningún sector poderoso interesa conocer la realidad acerca de las clases marginadas, explotadas y miserables porque conocer lo que ha sido su misma obra, de nada les serviría, les perjudicaría para aumentar sus capitales. El periodismo de investigación que va al fondo de los problemas sociales no sólo no interesa a las clases dominantes (llámense políticos, empresarios, clero, inversionistas) sino que siempre están puestos para combatirlo y bloquearlo cuando se presenta. ¿Cómo entonces podrían anunciarlo, publicarlo, difundirlo, en sus medios de información, empresas monopólicas como Televisa, TV Azteca o Radiofórmula?

La guerra en mexico desde la optica del oficio de periodista

TélamTélam – sáb, 17 sep 2011

México, 17 de septiembre (Télam, por Jorge Paihé, enviado especial). El virtual estado de guerra que sufre México a partir de la decisión del presidente Felipe Calderón, de combatir con las fuerzas armadas y la policía a los narcotraficantes provocó, entre otros enormes cambios en la vida cotidiana, la necesidad en los periodistas de enfrentar su labor en un medio desconocido y, obviamente, peligroso.

Una de las trabajadoras de prensa que se encontró prácticamente sin proponérselo recorriendo morgues o caminando por calles de ciudades lejanas a la capital y evitando pisar cabezas decapitadas es Marcela Turati, de la revista Proceso (http://www.proceso.com).

En un seminario sobre políticas de drogas para periodistas de todo el continente que tuvo lugar en el Distrito Federal, la profesional comentó su tremenda experiencia laboral, que la llevó en 2007 a fundar junto con otros colegas la organización no gubernamental Periodistas de a Pie (www.periodistasdeapie.org.mx), desde la cual se inició una labor de contención colectiva y seguimiento de la información oficial.

En diálogo con Télam, Turati, de 37 años, abundó sobre las “crónicas del horror” -tal cual las denominó- que empezaron a hacerse cotidianas en su labor y que hacen que, aún hoy, ella y otros colegas sufran alteraciones en el sueño por la presencia permante de pesadillas.

También fue enfática en aclarar que en la investigación de estos hechos “puede ser tanto o más peligroso hablar con las autoridades que con las bandas de narcotraficantes”, y admitió datos difundidos por periodistas y representantes sindicales, acerca de que la mayoría de los 60 trabajadores del sector asesinados en los últimos cinco años fueron víctimas de sicarios enviados por alcaldes, concejales y demás autoridades.

“Cuando Calderón decidió enviar las fuerzas armadas y la policía, se desencadenaron inmediatamente la violencia y las violaciones de derechos humanos; en un principio nos vimos obligados a repetir la información oficial, pero enseguida nos dimos cuenta de que faltaba algo: había que visibilizar las víctimas, que en los boletines del Ejército eran apenas una cifra, sin distinciones de edad, sexo, ocupación, etc.”, explicó.

Asumido ese primer compromiso, los periodistas mexicanos fueron aun más allá y se propusieron “desnarcotizar la agenda”, que en palabras de Turati significaba “avanzar en el conflicto, no quedarse en el enfrentamiento o la persecución sino hablar de salud, de adicciones, de la falta de oportunidades de los jóvenes” que quedaban atrapados en esta guerra.

La periodista narró que su primera incursión en el terreno dominado por la guerra fue en Juárez, la ciudad fronteriza con Estados Unidos que se convirtió en el primer escenario de este estado de violencia.

“De pronto, uno sentía que en cualquier momento te tocaba a ti y al mismo tiempo no sabíamos por dónde empezar a informar sobre todo aquello: si los orígenes del conflicto, los protagonistas, las víctimas, los masivos desplazamientos; de pronto, Juárez se había convertido en una ciudad fantasma”, ilustró.

Explicó que una de las variantes que encontraron fue la de hacer un seguimiento riguroso de la cantidad de muertos, pero con el agregado de investigar quiénes eran, en la búsqueda de un patrón determinado.

“Partimos por agrupar los muertos por edad, y encontramos que la mayoría de las víctimas eran jóvenes, y por nacionalidad: casi no había extranjeros hasta que ocurrió la masacre de los 72 migrantes en Tamaulipas, en la que fueron ejecutados campesinos centroamericanos, la mayoría de ellos guatemaltecos”, apuntó.

En esta búsqueda sectorizada de las víctimas del conflicto, en la ONG “también enfocamos el tema por colectivo social, y entonces tomaron cuerpo las matanzas a centros de rehabilitación de adictos a las drogas, los crímenes de sacerdotes y médicos de pueblo que disparaban inmediatamente enormes desplazamientos de los habitantes, que veían de pronto que les quitaban sus referencias locales”, afirmó.

Otro intento de abordaje informativo del tema fue un seguimiento metódico de los partes oficiales del Ejército que dan cuenta de operativos, detenciones y víctimas ocasionadas en cada caso, detalló la periodista mexicana.

El resultado de esa búsqueda dejó una conclusión que a juicio de Turati es contundente: “Los boletines del Ejército son una mentira; hemos descubierto que, con diferencia de meses, daban cuenta de la detención del mismo capo del narcotráfico varias veces”, afirmó.

En cuanto al plano personal y colectivo, Turati no oculta sus miedos y los daños que le está causando el ejercicio de la profesión.

“Sufrimos pesadillas a diario y no contamos con medidas de autoprotección; hemos reclamado un protocolo de seguridad como el que tienen los corresponsales de guerra y nadie nos ha respondido; hemos tenido que aprender a entrar y salir de lugares sin saber bien cómo hacerlo y si lograremos hacerlo”, confesó Turati. (Télam)

FMBOLIVIA

CAMBIO Periódico Boliviano

Los retos del periodismo contemporáneo: profesionalizar a los jóvenes y mejorar condiciones de trabajo

POR: SARAHÍ AGUIRRE | 20-JUN-2011 17:04

El impacto de las nuevas generaciones en el periodismo mexicano y en muchas partes del mundo ha desprofesionalizado su ejercicio y abierto las puertas para que las condiciones de trabajo sean poco favorables para los trabajadores de la información; estos jóvenes que se suman a las salas de redacción muchas veces no tienen carreras universitarias y entran sin experiencia.

Para Marcela Turati, cronista y periodista chihuahuense con un extenso currículum y reconocida internacionalmente, el reto del periodismo en estos tiempos es llegar a profesionalizar a estos “chavos” para que puedan formar una responsabilidad periodística y se interesen por las investigaciones y el servicio a la sociedad a través de su trabajo, así como incorporar la experiencia de los reporteros y periodistas experimentados, detectando los vicios que también tienen estas generaciones para crear profesionistas honestos e inteligentes.

Una cualidad de estos jóvenes reporteros es el “chip” de uso y provecho de las nuevas tecnologías que los reporteros y periodistas experimentados tanto comentan; esto hace muy distinto el trabajo, pues “antes se requerían otras habilidades”, de generaciones que fueron características por seguir a funcionarios, eventos de prensa, que por muchos años generó un periodismo de declaraciones.

Al tomar conciencia de esto, surge una tendencia de periodismo de investigación en los 90 y algo a principios de los 2000; los medios generaron investigaciones más profundas, bien escritas, de calidad. Después empezó la crisis en los medios.

Los lectores y la información también entraron en crisis y empezaron nuevas tendencias de lo inmediato a través de la Internet y una feroz competencia que en “vez de apostarle a la calidad y profundidad, de ponerle un sello, le da inmediatez a la información”.

Turati asegura que esto ha llevado a que los periódicos despidan a los periodistas investigadores para quedarse con la gente que cumple con un cierto número de notas, para convertirse en una especie de maquila de información carente de análisis y propuestas, para sólo reflejar los hechos y “ganar la noticia”.

“El reto es ver cómo hacer más sustentable el periodismo, que realmente defienda su interés, que defienda al ciudadano y no estar pensando nada más en la ganancia material”. Además, la tendencia global es que las sociedades estén desinformadas, inmersas en las nuevas tecnologías, en los nuevos ritmos de vida; sin embargo, algo importante es buscar cómo conjugar las ventajas tecnológicas para alimentar el ejercicio periodístico, buscar lazos más estrechos con los lectores.

Durante su taller “Crónica Periodística”, Turati manifestó consternada que al parecer “los periódicos nos hemos vuelto muy aburridos y por eso la gente no nos lee”, por lo que una propuesta esencial para generar interés en los lectores es la de utilizar la creatividad y encontrar nuevas formas de contar las cosas, así como dar a estos escritos un carácter más analítico, “para que el lector piense que esa información la necesita y le sirve de algo”.

“Tenemos que ver cómo financiar el periodismo de investigación; la sociedad necesita saber qué está pasando, más allá de la exposición de los hechos”.

Para esto, Turati propone volver a lo básico del periodismo y legitimar nuevamente el ejercicio periodístico ante la sociedad, recuperar la confianza y con hechos eliminar ese descrédito que se ha ganado por haberse abocado durante tanto tiempo a “sólo ser cronistas de lo que pasa a los poderosos, de ser un canal de comunicación de las élites y hemos olvidado a la sociedad”.

Entonces, Turati invita: tenemos que asumirnos y pensarnos como guardianes de los intereses de la sociedad y de los ciudadanos, y pregunta: ¿dónde están nuestras lealtades?, ¿para quién trabajamos realmente?, ¿a quién le estamos sirviendo? Y luego recordar que la información es un bien público, un bien de la nación y por ello tenemos que ser más responsables en cómo la trabajamos.

Una de las claves consta en capacitar a los periodistas, tener mejores sueldos; “todo empieza también en mejores condiciones laborales, en no tener a gente explotada, como maquilando, cuando hay que tener gente experta que se profesionalice”.

No menos importante es que el Gobierno haga su parte y garantice proteger y defender la libertad de expresión en las mejores condiciones, así como cuidar a los periodistas que son amenazados, coaccionados y violentados.

“No pierdan la fe en la profesión; uno puede ayudar mucho a la gente. Uno tiene que verlo como una misión y como una encomienda. Si uno se mete como periodista sirves a la sociedad. Hay que esforzarse por no dejarse llevar por la inercia en la redacción, por las cosas mediocres, por el desencanto que sienten muchos de que no se puede hacer nada. Debemos mantener viva la esperanza y renovar todos los días ese compromiso con los ciudadanos y estar muy vigilantes de no ser computados por un grupo de poder”.

Los queremos vivos: Manifestación contra las agresiones a periodistas en México

Por Marcela Turati

Queríamos compartirles la importancia que tuvo para nosotros el sábado 7 de agosto, ese día histórico en México porque los periodistas salimos a las calles a manifestarnos en el DF y en diez ciudades del país para exigir que cesen los ataques al gremio y la impunidad, todos bajo el mismo grito ‘Ni uno más’.

La movilización defeña comenzó pasado el medio día en la glorieta de El Ángel de la Independencia con el pase de lista de los 64 periodistas muertos y 12 desaparecidos y la petición de hacer silencio a su nombre.

“Es una marcha donde los periodistas mexicanos hemos renunciado a la palabra porque la palabra está en riesgo”, explicó al inicio la periodista Elia Baltazar, quien fue nombrada vocera por el comité organizador conformado por periodistas treintañeros que desde las 10 de la mañana, en un café cercano, preparaban las cartulinas con las que ibamos a marchar.

Del Ángel arrancó el contingente, entre el que destacaba un hombre con unas cadenas alrededor de los labios y varios comunicadores amordazados que cargaban cartulinas con frases como: “Porque no queremos ser la nota”, “por tu derecho a saber y mi derecho a informar”, “me da rabia el silencio”, “no queremos elegir entre la nota o la vida” o “nunca más un periodista en zona de guerra sin seguro social y seguro de vida”.

Aunque la marcha iba a ser en silencio los periodistas demostramos que no sabemos quedarnos callados y pronto la caminata se convirtió en un festejo donde nos reconocimos todos como pares, como tripulantes del mismo barco; todos con la misma indignación por lo que estamos viviendo y la díficil situación que viven muchos como nosotros.

Ahí estábamos caminando juntos por Paseo de la Reforma los que nos oponemos a que la única opción para salir a trabajar sea usando chalecos blindados. Los que no queremos más redacciones secuestradas y obligadas a aplicarse la silenciadora mordaza. Los que no queremos que ninguno de los nuestros quede en medio de esta guerra y sea obligado a hacer propaganda de alguno de los bandos. Los que nos oponemos a que se extiendan las zonas de silencio que hay en varias regiones del país, donde se vive bajo la ley del silencio o el plomo. Quienes no queremos volver a saber de compañeros que piden asilo político. Ni encontrar sordera e impunidad cuando denunciamos las agresiones en su contra. Ni trabajar en las ‘zonas de guerra’ sin las condiciones laborales básicas para hacer un trabajo profesional. Ni vivir bajo el imperio del miedo, venga éste de donde venga. Ni decidir todos los días entre “la nota o la vida”.

Los asistentes comentaban asombrados que la marcha era inédita porque venció la histórica desunión del gremio, convocó a todas las generaciones de periodistas, a trabajadores de todos los eslabones de la prensa estaban presentes (desde las ‘vacas sagradas’ y los que salen en televisión hasta la tropa) y hubo gente de todas las empresas (La Jornada, Proceso, Milenio, Reforma, Canal 11, El Universal, Televisa, Tv Azteca, Emeequis, Excélsior, Contralínea, Canal 11, Notimex, las radios comunitarias, muchos más). Echamos de menos, eso sí, a los dueños de los medios.

Un hecho importante es que asistieron muchos reporteros del periódico Reforma que, por primera vez, tuvieron autorización de sus jefes para salir a manifestarse a las calles a condición de no dar declaraciones y hacerlo a título personal (ya que ese medio se ha caracterizado por desautorizar las manifestaciones aunque sean a título personal y su postura desde su fundación era inamovible).Y ahí estaban los de Reforma, indignados como todos.

El padrino de la marcha, si se le puede llamar así, fue el periodista Miguel Angel Granados Chapa, quien fue el primero que creyó en el movimiento. A pesar de que su salud desde hace tiempo es muy frágil, acompañó al contingente al principio al final, dijo en las entrevistas que este podría ser el inicio de una toma de conciencia colectiva y lamentó que nos convocaba la emergencia.

El maestro propuso cambiar el rumbo para pasar por la Procuraduría General de la República para echarle en cara su inutilidad a la hora de investigar los crímenes contra los compañeros, pero la ruta establecida no pudo ser cambiada.

Caminando junto a los reporteros, camarógrafos y fotógrafos estuvieron Ricardo Rocha, Ricardo Alemán, Humberto Musacchio, Rossana Fuentes-Beráin, Gabriela Warketin, Katia D´Artigues, Sara Lovera, Pepe Reveles, Pepe Cárdenas, Alberto Bello, Martha Anaya, Froylán López Narváez, por mencionar algunos de “los famosos”, además de representantes de todas las organizaciones: la Red de Periodistas de a Pie, la SIP, Cepet, Reporteros sin Fronteras, Fundación Manuel Buendía, Prensa y Democracia, Artículo 19, Fundalex, el sindicato de La Jornada, la Comisión de DH del DF, gente de la ONU, entre otras.

Visto a la distancia, la unión se logró gracias a que la convocatoria no llevaba membretes de organización alguna y surgió del grupo de reporteros de los de a pie que se hizo llamar #Losqueremosvivos, y que ganó la confianza por lanzar una iniciativa anónima, alejada de los protagonismos, surgida de la urgencia del secuestro de los cuatro colegas en Durango, a quienes sus captores querían obligar a transmitir unos narcovideos.

La movilización fue exitosa también gracias a que se apoyó en las redes sociales –principalmente Tuiter y Facebook– porque todos de antemano sabíamos que muchos otros como nosotros también iban a asistir y todos los días confirmábamos nuestra asistencia en público.

Las periodistas Elia Baltazar y Daniela Pastrana recorrieron días antes decenas de foros de radio y televisión para explicar las razones de la marcha y discutir las condiciones de trabajo del gremio y los riesgos que enfrentamos. Ellas fueron muy generosas y valientes porque prestaron su voz y dieron la cara por todos aquellos que no podían darla porque las empresas los ‘boletinan’ o los meten a la ‘lista negra’ de periodistas problemáticos (igual que como ocurre en las maquilas).

A la marcha se sumaron reporteros llegados de varios estados, corresponsales extranjeros, familias de periodistas, muchos ciudadanos anónimos (desde campesinos de Xochimilco, estudiantes contrarios a la estrategia de seguridad hasta profesionistas preocupados por el silenciamiento de la prensa), algunos funcionarios y jefes de prensa de dependencias gubernamentales, además de integrantes de organizaciones sociales de derechos humanos que sintieron la necesidad de arropar al contingente y que querían corresponder a la cobertura que siempre se ha dado a sus actividades.

Como lo dijo Lucha Castro, la abogada defensora de las mujeres desaparecidas y muertas en Juárez: “No podíamos no estar, si con ustedes hemos llorado, si ustedes nos han acompañado, si gracias a ustedes visibilizamos los asesinatos y masacres contra las mujeres”.

O como decían los integrantes de la organización Familia Pasta de Conchos: “Nadie tiene que morir haciendo su trabajo, ni los mineros ni los periodistas, un trabajo tan peligroso como el de los mineros y que igual que los mineros lo hacen sin seguro social, sin prestaciones, poniendo la vida”.

Los activistas de organizaciones de derechos humanos que desde el principio apoyaron la convocatoria y se convirtieron en aliados se reían todo el tiempo de nuestra falta de experiencia para cargar mantas, para organizar una marcha, para tomar las calles, y decían burlones: ‘Ahora si van a saber lo que se siente salir a marchar’.

Lo más curioso de ese día fue aquello de entrevistarnos entre colegas, de que muchos íbamos a marchar y a cubrir la marcha al mismo tiempo (como bien dijo un corresponsal parafraseando el refrán popular de ‘no se puede estar en la procesión y tocar las campanas’: nosotros sí estábamos en la procesión y tocábamos campanas).

Hubo varios que tuvieron que pedirle a otros que les detuvieran por un momento la cartulina que cargaban para poder tomar una foto para su reportaje, o momentos en las que dos colegas iban caminando a la vez de que se iban entrevistando.

Algunos reporteros –lo mismo de deportes, temas indígenas o policiacos– contaron en el camino a otros periodistas las amenazas que han sufrido (ya sea de los narcos,  políticos locales, caciques, policías, empresarios o paramilitares) y el miedo que alojan en el cuerpo.

Hubo sólo una mancha en el recorrido: en la glorieta a Colón aguardaba una manta que atacaba a los periodistas Ciro Gómez Leyva, Pedro Ferriz, Carlos Marín y Pablo Hiriart, a los que tachaba de “peligrosos seudoperiodistas, integrantes del Cártel (desinformativo) del Milenio y asociados”. Pero de manera espontánea la fotógrafa Grace Navarro y la periodista Ana Avila, apoyadas por Rossana Fuentes, desactivaron la provocación e hicieron malabares para retirar la manta.

Durante el trayecto comenzaron a llegar mensajes de los colegas de Chiapas, de Oaxaca, de Juárez, de Tijuana, de Hermosillo, de Torreón, que preguntaban cómo iba todo por acá o que informaban cómo les estaba yendo en sus estados. Algunos de ellos, días antes habían mandado correos para contar su adhesión a la iniciativa, para compartir las amenazas de muerte que han recibido, para denunciar el silenciamiento en el que viven.

Después mandaron fotos de sus manifestaciones desde las ‘zonas de guerra’, las silenciadas. –¡Qué güevos de éstos de salir a marchar!—comentó una reportera de radio defeña cuando supo que en el norte también habían salido a las calles. El momento más emocionante, en el que se hicieron nudo las gargantas, fue cuando el contingente llegó a la Secretaría de Gobernación, donde se colocó una manta con los nombres de ‘los caídos’, se dispusieron en el piso las fotos de los periodistas que nos hacen falta, a los que extrañamos, y se colocaron manchadas de rojo con nuestros instrumentos de trabajo (máquinas de escribir, cámaras, libretas) y una cruz.

Ahí estaban las fotos de las locutoras indígenas Teresa Martínez y Felícitas Bautista, de Armando Rodríguez “El Choco”, de Alfredo Jiménez Mota, de María Esther Aguilar Casimbe, y de medio centener más, presentes desde la ausencia. En ese lugar los periodistas comenzamos a corear, con una indignación profunda surgida desde lo más hondo de la impotencia ‘ni uno más, ni uno más, ni uno más…’. Y a ese grito le siguió el silencio. No había que decir más.

Esa fue la manera que encontramos para honrar a nuestros compañeros mucho, muchísimo tiempo después de que comenzaron los asesinatos y las desapariciones en los estados. Esa fue nuestra manera de decir que sí nos importan y que no queremos que esto siga ocurriendo. Que si callan a uno nos callan a todos.

La policía calculó que la asistencia fue de mil 200 personas, nosotros sentíamos que éramos muchos más, que éramos un chingo, que éramos uno solo y estábamos todos los que teníamos que estar.

Cuando la manifestación acabó, y comenzamos a abrazarnos, a despedirnos, a decirnos que qué chingón, que habíamos hecho historia, desde una esquina se abría paso una canción cuya letra decía:

“Cuando muere un periodista es una luz que se apaga. Que vivan los periodistas, su trabajo es muy valioso, Los tenemos que cuidar, que por abrirnos los ojos, los tenemos que cuidar…” Era la voz del inconfundible Andrés Contreras, “El Juglar de los Caminos”, el hombre que con un diablito de mercado transporta por toda la República una grabadora y una caja con los discos compactos con sus composiciones, con las que acompaña desde hace una década toda marcha que se precie de serla.

Aunque ‘el juglar’ ha acompañado ‘miles’ de manifestaciones y sufrido la suerte de los manifestantes, porque ha sido encarcelado 50 veces, ha olfateado los gases lacrimógenos y recibido golpizas policiacas, esta marcha le parecía distinta. “No había visto que el periodismo en exclusivo se manifestara”, dijo sorprendido, mientras la grabadora continuaba con la letra:

“Únicamente anda armado, con su pluma y su libreta, el periodista no carga pistola ni metralleta, en un mundo demente desafía la adversidad, con su pluma y su libreta, armado va de verdad…” De ahí muchos nos fuimos a la Cantina Trasatlántica y a los bares cercanos para con-beber, comer unos tacos, intercambiar impresiones e improvisar respuestas para la pregunta que todos rumiábamos en la cabeza: ‘¿Y qué sigue?’ ‘¿Qué más?’ ‘Ahora ¿pa’dónde?’

Ahí los veteranos que en la década de los 80 salieron a las calles para exigir el esclarecimiento del asesinato del columnista Manuel Buendía, recordaban aquellos tiempos de cerrazón y decían que esta manifestación era distinta, además de que superó a la anterior en número, convocó gente de las más distintas ideologías bajo el mismo grito.

También estábamos la nueva generación, la que Gómez Leyva definió en una columna como la generación de los periodistas de la guerra, los “corresponsales en tierra propia”. Al final, camino a la cantina, camino a los autos o al metro se escucharon comentarios que ayudan a entender lo que para todos significó esa manifestación espontánea, urgente, inédita, cargada de dolor, de rabia y de esperanza. El festejo se sigue reflejando también en las redes sociales, en los mensajes que seguimos recibiendo al correo electrónico.

Se abrieron paso voces (sin membretes) como las que siguen: “Cuando arrancó la marcha me puse a llorar, tengo 17 años de ser tropa como todos, es emocionante hacer algo conjunto, hacer algo porque siempre los reporteros de los estados han sido ninguneados, han trabajado desprotegidos, ninguno usa un escudo, por eso es bueno que se visibilice, que se hable de ellos” (Cecilia González, corresponsal).

“En esta marcha silenciosa que se convirtió en fiesta, un 35% de los participantes eran reporteros, había también funcionarios, jefes de prensa, gente solidaria y uno que otro ultra. Hubo folklor. Antes se hacían reuniones en el monumento a Zarco, e iban pocos, no llegaban a 50, esta fue plural, vino gente de todos los medios, ahora no sólo se aparecieron los medios que tienen sindicato como siempre lo habíamos visto, ahora vimos gente de Excélsior, de La Prensa, de Milenio, de El Universal, del Sol de México, de Reforma, de todos lados” (Humberto Ríos Navarrete, cronista).

“Para ser una primera marcha de periodistas convocada por periodistas fue un éxito. Algo bastante significativo que después de tanto tiempo y tantos asesinatos los reporteros, fotógrafos, camarógrafos hayan decidido salir a la calle. El caso de los 4 reporteros secuestrados fue la gota que derramó el vaso porque ya había muchos antes. Esto fue algo inédito, que haya acudido tanto reportero significa que cada vez son más sensibles a la situación. Estas marchas tendrían que ocurrir siempre que se mata o desaparece a un periodista, porque siempre las organizaciones internacionales se preguntan qué pasa en México que los periodistas no reaccionan”. (Balbina Flores, Reporteros Sin Fronteras)

“Mi mamá es periodista, ¡cuídenla!”(letrero que cargaba ‘la celulita’ en su carreola)

“Quería chillar cuando se pusieron a gritar ‘ni uno más, ni uno más’, todos los gueyes de todos los lados. Yo no pienso como muchos de estos cabrones que vinieron, pero el pedo es que estamos en el mismo barco, si le parten la madre a uno nos la parten a todos. Tenemos que defender el periodismo aunque algunos hagan un periodismo de mierda, aunque no concuerde con la forma en que algunos lo hacen, pero hay que defender la libertad de expresión y desearle larga vida al periodismo mexicano.

Lo que más valor es que logramos romper la inercia de descnfianza dentro del gremio, porque hubo gente de Proceso, Reforma, La Jornada, Televisa, el Once, que creyeron que era un asunto nuestro, que compete a los periodistas”.

(Luis Guillermo Hernández, reportero de televisión)

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“Me parece interesante porque es la única vez que recuerdo que los periodistas se unan por una causa común, propia, y las figuras que vinieron se pusieron a la altura. Hubiera sido padre que vinieran más”. (Rocío Bolaños, televisión)

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“A todos nos toca la violencia, en plazas como Tamaulipas o Monterrey, donde a la gente le gusta mucho el beisbol, sabemos de compañeros a los que los obligan a publicar notas de hijos de narcos que quieren que se destaquen en los diarios, privilegiando información sin valor para servir a intereses de unos pocos”

(Ricardo Thomas, reportero de deportes)

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“Si bien la situación en el norte es lamentable, es importante voltear a ver al sur del país donde los que están atentando contra la libertad de expresión aparentemente son del crimen organizado, pero sobre todo lo vemos con los poderes fácticos, los líderes de movimientos, los caciques, los paramilitares” (Patricia Briseño, corresponsal llegada desde Oaxaca).

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“¿Y los dueños, dónde están? Si se han unido para sacar iniciativas unidas como Teletones y otras pendejadas, por qué no pueden unirse para sacar iniciativas que protejan a sus trabajadores, de lo que ellos viven, de lo que les deja ganancias. Aunque los que estamos aquí somos de distintos medios, somos competencia y tenemos diferencias, estamos por un objetivo, decir: “Ya estuvo, queremos seguir contando historias, pero no vamos a poder si siguen levantando o asesinando periodistas’, queremos ir a hacer historias y regresar con vida, pero nos comenzamos a censurar porque tenemos miedo”. (Alejandro Almazán, cronista)

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“El narco se te atraviesa en cualquier tema, hasta cuando haces reportajes sobre los pueblos indígenas. Cuando estábamos en una comunidad de Sonora entrevistando llegó una camioneta, se bajaron dos tipos con dos ametralladoras y se colocaron detrás de mí, dijeron ‘buenas tardes’, y ví cómo mi entrevistado bajó la cabeza, y los ocho de mi equipo, y no sabes si callar o seguir preguntando, intentas actuar normal, pero no sabes si vas a salir vivo, ese acoso es terrible. El miedo es terrible, como si te incrustaran sereno, rocío en la piel, se te eriza” (Mardonio Carballo, radio, televisión, prensa escrita)

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“Llegamos tarde, pero no podemos lamentarnos, tenemosmucho por hacer” (Ricardo Rocha, conductor)

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“Es muy simbólico que esté presente gente del corporativo Reforma, como ex trabajadora de Reforma sé lo que significa. Aquí hay periodistas de todos los medios, las generaciones y todos los niveles porque nos unió algo: el derecho a informar y a estar informados. Hay una conciencia de que hay un mínimo común básico compartido por todos, desde los mismos empresarios hasta los trabajadores de la calle: tenemos derechos a informar y a recibir información” (Ivonne Melgar, columnista y reportera multimedia)

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“Es una marcha muy valiente, muy plural donde por hoy nos quitamos el bozal. Era intergeneracional, multimedia y después de todo lo que escribimos no había que decir nada, sólo guardar silencio. Mostramos un filón de que nos da vergüenza este país, y nos autocensuramos muchas veces, otras veces no tenemos espacios dónde publicar. Este no será el principio de nada como gremio, más que decir ‘basta’” (Sara Lovera, fundadora de la agencia Cimac y periodista independiente)

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“Me han amenazado varias veces, la úlima vez fue en el Estado de México, cuando regresaba de hacer un reportaje de La Familia, dos camionetas me detuvieron en el carro, en la autopista México-Puebla, se bajaron cinco cuates, me pusieron una pistola en la cabeza y me dijeron: ‘Le bajas de güevos o te partimos la madre’. Esa fue la peor. Otra fue en Nuevo Laredo, fueron Loz Zetas, te preguntan a donde vas, a qué fin, y te dicen ‘aquí no se habla de esto’, y si se habla hasta ahí llegaste. Así como han matado a esos periodistas, nos puede pasar a nosotros, más cuando tienes amenazas de muerte. Por eso teníamos que venir, más ahora que nadie nos respeta, en lar marchas te andan madreando, buscando cualquier pretexto para insultarte, para golpearte, y tenemos que poner un alto a la impunidad” (Raúl Flores, reportero de tele).

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“Espero que haya un principio de unificación, aunque sea mínimo, para tratar de protegernos de este desmadre de la guerra del narco que se va a seguir radicalizando sin regreso” (Jorge Medellín, reportero y bloguero)

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“Lo importante en esta fue una suma, no hubo membretes, esto lo distingue de las otras, y también que las nuevas tecnologías están refrendando la participación social”

(Omar Raúl Martínez, presidente de la Fundación Manuel Buendía)

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“(Para protegernos) lo primero que tratamos de hacer nosotros siempre (en el periódico El Noroeste, de Sinaloa) es de dejar claro es que todo se podía publicar, la duda no era qué sino cómo. Lo otro es que se viera como una acción del medio de comunicación y no como un asunto personal del reportero, por eso rotábamos a los reporteros por distintas fuentes para que no lo tomaran como personal de parte de alguno, y eso tenía sus pros y sus contras, también en algunas notas que no firmaban los reporteros veíamos que no eran tan rigurosos como las que sí llevaban su firma. Dejábamos claro que quien se metía con uno se metía con todos (…) Un día le amenazaron a un reportero, Ismael Bojórquez (que luego fundó el valiente semanario Rio12). Después de meditarlo lo envió un mes a hacer un trabajo periodístico trascendente en otra zona del país, para que regresara con una medalla. Y lo logró. Entrevistó al SubComandante Marcos, en Chiapas, y el periódico desplegó su entrevista. El mensaje fue claro: ‘No anda escondiéndose, anda trabajando y su trabajo es muy valioso para nosotros’. Lo que cuento no pretende ser una receta, cada medio tienen que aplicar sus medidas de seguridad según sus circunstancias”. (Manuel Clouthier, político y ex director del Noroeste, de Sinaloa)

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“Me preguntaba si esta marcha hará historia. En realidad es una muestra de enojo, desesperación, ira porque se nos acumuló y de todos modos no encontramos respuesta institucional. Me parece triste que tengamos que ir a la calle a exigir los derechos, cuando lo que tendríamos que estar haciendo es escribiendo para informar.

Lo que tendrá que seguir es que en delante aprovechemos la atmósfera de solidaridad para empezar a construir mecanismos propios para nuestra defensa y ser interlocutores con quienes no nos hacen caso, los gobernantes, los legisladores y los patrones”. (Rogelio Hernández, veterano desde 1974 de las agrupaciones en defensa de los derechos de los periodistas)

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“No sé si el éxito de la convocatoria se debe, además de la indignación general (por lo muertos y por las condiciones laborales en general, por los despidos y reducciones de prestaciones), a la convocatoria anónima, sin protagonismos, y a que, a diferencia de los dueños y directivos que se la han pasado peleándose y que tiene intereses comerciales definidos, los periodistas sí nos hemos estado organizando desde hace varios años, hemos organizando y tomando cursos de capacitación, hemos buscado salidas a nuestro trabajo en libros y discusiones de café… es decir, aquí hubo un trabajo previo de muchas redes de periodistas que se activaron para la difusión y organización. Fue fundamental en el resultado final” (Daniela Pastrana, corresponsal)

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“Ya salimos, dimos la cara, nos prometimos juntos, mejores, más profesionales. Ahora habrá que cumplirlo. Recién recuperado nuestro derecho a hablar, a manifestarnos y protestar, también necesitamos recuperar nuestra capacidad para proponer, para imaginarnos mejores prácticas, para hacernos de nuevas herramientas, de estrategias más efectivas que nos permitan llevar adelante nuestra labor, sortear la violencia y combatir el silencio, la impunidad, la corrupción. No hay que esperar que nos digan qué hacer. En solitario, en pequeños grupos, en organizaciones o redes, y hasta entre amigos, hemos compartido ideas, discutido posibilidades, soñado soluciones. Hace falta trasladarlas al papel. Reflexionarlas. Compilarlas. Trabajarlas. Compartirlas. Discutirlas. Y, por último, empujarlas allí donde debamos. Juntos (…)Ahora hace falta construir los espacios de reunión, encontrar nuestros ámbitos naturales para actuar, para participar y construir. Comencemos entonces por pensar, por imaginar juntos el periodismo que queremos y las condiciones que merecemos. Hay que empezar, entonces, por proponer para actuar. Porque de aquí en adelante, no podemos volver a ser los mismos”. (Elia Baltazar, periodista, bloguera, tuitera, editora).

Por Marcela Turati

Invitan a regresar a las calles

Mónica González, María Teresa Ronderos y Marcera Turati participaron en el Encuentro Internacional de Periodistas. A. CAMACHO
  • Foro de periodistas

La investigación en los medios impresos, necesaria para describir la realidad de los países latinoamericanos

GUADALAJARA, JALISCO (06/DIC/2010).- El periodismo de investigación no está en crisis, afirmó la reportera chilena Mónica González, “porque ahora las historias están más próximas gracias a las nuevas tecnologías y a las redes sociales, mismas que denuncian la violencia que viven los países latinoamericanos”.González participó, junto a Marcela Turati y María Teresa Ronderos, en el Encuentro Internacional de Periodistas que se realizó durante la pasada edición de la Feria Internacional del Libro, en el que la crisis del periodismo de investigación tuvo su propio apartado.La chilena precisó que la violencia no es un fenómeno nuevo: hace 20 años la lucha era contra las dictaduras y ahora el problema es el narcotráfico y la incapacidad del Estado para afrontar esta situación. Lamentó que los profesionales de los medios de comunicación hayan caído en la trampa de pensar que los escenarios eran distintos y los trofeos otros.Las historias, de primera manoMónica González abundó que el problema del narcotráfico le sucede a la población pobre a través de la llamada “plata dulce”; además señaló que la labor de los reporteros es contar esos mecanismos y presentarlos. Consideró que la diferencia es que ahora los periodistas están solos porque las empresas ya no tiene equipos de investigación ni quieren problemas. Así que la recomendación para las nuevas generaciones es volver a la calle, donde están las historias.Otra de las invitadas fue Marcela Turati, quien abordó el tema de la seguridad de los reporteros y “la necesidad de aprender a cuidarnos y conocer los protocolos de seguridad, así como de crear redes de información”.A las reflexiones sobre se sumó la colombiana María Teresa Ronderos, quien afirmó que el periodismo de investigación no está en crisis y que el problema radica en las empresas que no quieren problemas porque responden a intereses económicos que las notas de sus empleados pueden dañar.Para la colombiana, ahora se viven los mejores tiempos para el ejercicio del periodismo.
CRÉDITOS: Informador Redacción / AOC

Artículos sobre periodismo que busca soluciones

Hacer un periodismo que no se quede en la denuncia, que abra caminos de esperanza y vías para transformar la realidad, más que necesario, es indispensable. El periodismo de esperanza es una apuesta por cambiar nuestro quehacer periodístico porque creo que la propuesta también es noticia y que la denuncia debe de ir acompañada del anuncio de que la realidad puede ser transformada. Estos son algunos apuntes.

Los puedes encontrar también en www.periodismodeesperanza.wordpress.com

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