desaparecidos

La burocracia desaparece cadáveres

10 marzo, 2016 //  Reportaje Especial

Un migrante salvadoreño desapareció en Tamaulipas en 2011. Su madre comenzó a buscarlo y supo que zetas y policías municipales lo habían asesinado. Supo luego que lo sepultaron junto con otros 67 cuerpos en una fosa común de San Fernando. Y dice que aun cuando desde 2012 las autoridades mexicanas conocían la ubicación del cadáver, construyeron un laberinto burocrático para desaparecerlo de nuevo y no entregárselo. Apenas en enero de 2015 pudo recuperarlo y la semana pasada ganó en la Suprema Corte un amparo para que sea considerada como víctima

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Aunque vive en El Salvador, la señora Bertila Parada conoce detalles de la tortura que sufrió su hijo Carlos Alberto en México a partir de aquel 27 de marzo de 2011, cuando dejó de reportarse.

Sabe que nunca llegó a la frontera con Estados Unidos y que estuvo a unos kilómetros de la misma, pero el autobús donde viajaba fue interceptado por Los Zetas y policías municipales a la altura de San Fernando; lo obligaron a bajar.

Sabe que lo atormentaron antes de matarlo: a golpes le tumbaron nueve dientes y le destrozaron el cráneo.

Sabe que en sus últimos instantes de vida vestía una camisa que no le conocía, unos calcetines y unos calzones que sí eran suyos, y estaba amordazado.

Sabe que así, con la mordaza, fue enterrado en una colina donde duró poco más de dos semanas.

Sabe que a su cuerpo, cuando fue hallado, la Procuraduría de Tamaulipas le asignó el número 3 en la fosa 3 de la brecha El Arenal, del municipio de San Fernando, donde se encontraba con otros 12 asesinados. Todavía faltaban 44 fosas por descubrirse, de las cuales fueron sacados 193 cadáveres en el llamado caso de las “narcofosas” o “San Fernando 2”.

Sabe también que el 17 de abril lo trasladaron a la morgue de Matamoros y que al día siguiente le tocó turno para la autopsia.

Mas por decisiones de la burocracia, su hijo volvió a desaparecer el día que fue sepultado con otros 67 cuerpos en una fosa común tamaulipeca: lo enterraron en la fila 11, lote 314, manzana 16, del panteón municipal de la Cruz, Ciudad Victoria. Permanecieron ahí hasta octubre de 2014, cuando fueron enviados a la Ciudad de México.

En abril de 2011, otros 122 habían corrido mejor suerte al ser trasladados a una morgue capitalina, donde los mantuvieron congelados durante meses; luego los destinaron al panteón de Dolores.

En la fosa común tamaulipeca, Carlos Alberto esperó tres años y 10 meses a que Bertila lo rescatara y lo condujera de regreso a casa. Fueron casi cuatro años de tortura para ella y su familia, ya no por parte de los criminales, sino de las autoridades mexicanas que, aun cuando desde el año 2012 conocían la identidad del cuerpo 3 de la fosa 3, lo perdieron en los laberintos de la burocracia.

Bertila sospecha que los funcionarios lo desaparecieron “a propósito” como represalia por las protestas que ella hacía desde El Salvador y por el amparo que interpuso en 2013 –promovido por la Fundación para la Justicia y el Estado de Derecho– para que conservaran su cuerpo y no lo incineraran, como hizo la Procuraduría General de la República (PGR) con otros migrantes, y también para conocer la averiguación previa que México abrió por ese asesinato y que le permitirá saber en detalle cómo y por qué perdió la vida su hijo, al igual que las investigaciones al respecto.

“Siempre he querido saber toda la verdad, aunque me duela; por eso he estado luchando. No quiero enterarme por otros de lo que le pasó; quiero ser la primera en saberlo porque yo, como todos los migrantes, queremos saber qué pasó a nuestros hijos, al esposo, a aquel padre que también se quedó en el camino, en un país donde nos robaron algo, donde nos robaron todo motivo de vivir”, explica.

Al tiempo que expresa esto, Bertila llora en el jardín de su casa de Sonsonate –construida con paredes de adobe, techo de lámina oxidada, cables colgantes y, en el jardín comido por las gallinas, la lona vieja de una aerolínea usada como techo de porche–, donde muestra las fotos de su muchacho, ora disfrazado de payasito, ora sosteniendo un diploma escolar, ora en la playa.

Tiene a su lado una carpeta que el 28 de enero de 2015 le entregó la PGR y que contiene las fotos del cráneo destrozado y del panteón donde su hijo estuvo como anónimo, así como algunos de los oficios que funcionarios de Tamaulipas enviaron a la PGR, y en los que desde 2012 se menciona que debería avisarse a la familia salvadoreña de la muestra genética 115 que su hijo es el cuerpo 3 de la fosa 3. Una orden que nadie cumplió.

O quizás, especula esta mujer a la que la tristeza carcomió sus 56 años de vida, nadie quiso cumplir…

“Aquí estuvo enterrado. ¿Por qué tanto tiempo sin poderlo traer? En esta colina estuvo”, dice mientras muestra las fotografías en las que se observa el cadáver en distintas tomas y la cruz oxidaba que marcaba su tumba cuando llevaba como identidad las señas “Cuerpo 3, Fosa 3”.

El 28 de enero de 2015, en la PGR, ella supo esa parte de la verdad gracias a la Comisión Forense instalada en septiembre de 2013 y que autoriza al Equipo Argentino de Antropología Forense y a diversas organizaciones de familiares mexicanas y centroamericanas a trabajar al lado de los peritos de la procuraduría para devolver la identidad a los cuerpos de los migrantes masacrados en San Fernando (2010 y 2011) y Cadereyta (2012).

Cuando le entregaron el cadáver de su hijo menor, pidió a las antropólogas argentinas le explicaran lo que el maltratado cuerpo denunciaba.

“Yo quería saber cómo había muerto mi hijo. Cuándo más o menos había sido encontrado. Qué es lo que tenía: si llevaba documentos, dinero, prendas que podíamos reconocer. Pero no, sólo el calcetín, el bóxer y la manga larga. Quería saber cómo fue su muerte. Yo me pongo a pensar en todo lo que vivió en el tormento que sufrió. Yo lo presentía todo, quería saber cómo fue, por eso les pedí: ‘Contéstenme todo lo que pregunte’. Me dijeron que la muerte fue un golpe contundente de este lado –dice mientras se toca la sien del lado derecho–. De eso murió.”

Ese día, en la Ciudad de México, solicitó ver los restos. Aunque ya eran huesos, ella constató que sí era él: “Lo reconocí por el físico de la cara, por los dientes que le habían quedado –muy rectecitos y suavecitos– y los pies, que eran poco anchos. Sí le pude reconocer eso”.

Emigrar para sobrevivir

Carlos Alberto abandonó Sonsonate cuando tenía 25 años porque iba a tener un hijo y quería ofrecerle una vida digna. No encontraba trabajo, le desesperaba que Bertila vendiera pupusas en los autobuses para darle dinero, y era amenazado por las pandillas.

Cuando el pollero que lo recogería en la frontera con Texas avisó que nunca había llegado, Bertila, ayudada por una sobrina, puso una denuncia en su país el mismo mes de abril y avisó a la embajada de México, donde, afirma, sólo “se burlaron”, la engañaron diciendo que lo estaban buscando. No supo entonces ni le informaron del hallazgo de las fosas de abril.

“Quedamos esperando, pero esa espera se hizo larga, torturadora.”

Su segundo martirio comenzó en diciembre de 2012, al recibir llamadas de la cancillería y la fiscalía salvadoreñas avisándole que las autoridades mexicanas habían encontrado a su hijo, que lo cremarían y enviarían sus cenizas a casa.

Ella se comunicó con el Comité de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos de El Salvador, que se contactó con la Fundación para la Justicia, para interponer un amparo a fin de evitar la incineración.

El último día del sexenio de Calderón, en diciembre de 2012, la PGR ya había mandado cremar 10 de los cadáveres hallados en San Fernando (Proceso 1886). Su muchacho estaba en la lista de los siguientes.

En ese tiempo Bertila comenzó a armar protestas, dejó de dormir y comer, tuvo deseos de matarse ante la embajada de México para que le hicieran caso. Salía por las noches a la calle a esperar a su hijo. Corría cada vez que veía a alguien de cachucha blanca porque pensaba que era él. Terminó ingresada en un hospital psiquiátrico.

“Fue al año y nueve meses cuando me dijeron que sí lo tenían ahí, como el 14 de diciembre de 2012. Que estaba enterrado. Luego, ante mis protestas y el amparo, dijeron que nunca me habían llamado. Mi dolor para poder enterrar a mi hijo duró tres años 10 meses”, cuenta mientras barajea el expediente, y agrega: “Pienso que las autoridades mexicanas se negaron a ayudarme. Ellos ya sabían de él, lo encontraron, ya lo tenían”.

No era la única: También la familia de Manuel Antonio Realegeño Alvarado –quien estaba entre los muertos de San Fernando– recibió el mensaje de que lo iban a cremar por motivos de salubridad.

El 24 de mayo de 2013 el gobierno mexicano repatrió a El Salvador el cuerpo de Realegeño. A Carlos Alberto no lo enviaron.

“A la mamá (de Antonio) le dijeron que su hijo estaba en el DF. No lo habían enterrado. Estaba refrigerado; al mío lo habían sepultado en Ciudad Victoria.”

Esa fue otra patada en el corazón.

“Siempre supe que si me ofrecían las cenizas de mi hijo me podían dar un animal, una persona equivocada o cenizas de madera, de cal. Ellos querían terminar evidencias, que ahí acabara todo. El gobierno estaba cubriendo algo, no dice la verdad. No es que yo sea detective. Como madres armamos nuestra conclusión: se violaron mis derechos como persona, como ser humano.”

En octubre de 2014, ella y otras mujeres centroamericanas se reunieron con el entonces procurador mexicano, Jesús Murillo Karam, para conminarlo a permitir a la Comisión Forense devolver a sus hijos.

Murillo la miró con sorpresa y le preguntó: “¿Su hijo todavía está aquí?”. Bertila se dio cuenta de que él sabía que hacía tiempo había sido identificado.

El 28 de enero de 2015, cuando la citaron a la PGR, ella tenía la leve esperanza de que el cuerpo que le entregarían no fuera el de su vástago. Pero al verlo se convenció.

“(La antropóloga) me dio información bien veraz: que un 99.98% era compatible. Me enseñaron algo de ropa: alguna que no era de él. Le cambiaron documentos que llevaba.”

La de su hijo era la averiguación previa 52/2011.

En el expediente se lee la cadena de torpezas que cometió la PGR y por las cuales Carlos Alberto volvió a desaparecer, aunque ya estaba identificado.

El 13 de julio de 2012, según se lee en los folios internos de la PGR 43858 y 54729, se solicita confrontar los perfiles genéticos de los cadáveres que en noviembre de 2011 había enviado la procuraduría tamaulipeca contra los perfiles genéticos aportados por El Salvador el 18 de octubre de 2011 a través de la entonces SIEDO, y cuya misión estaba a cargo del maestro Guillermo Meneses Vázquez, adscrito a la Unidad Especializada en Investigación de Secuestros. También, el contraste contra las muestras de las fosas de “San Fernando, Durango, Guerrero y Sinaloa”.

La conclusión era clara: “Los perfiles genéticos de las muestras (…) que corresponden a la familia 115 de El Salvador (…) presentan relación de parentesco biológico con el perfil genético de las muestras, ‘piezas dentales’ extraídas del cuerpo número 3 fosa número 3, con clave NN 527, remitido por Tamaulipas”, según firmó el biólogo Adrián Bautista Rivas.

El 24 de octubre de 2012, ya con la conclusión en la mesa, se turna un acuerdo que instruye a Fernando Reséndiz Wong, director general de Procedimientos Internacionales de la PGR, mandar un oficio a El Salvador para informar que los perfiles genéticos de la familia 115 presentaban “relación de parentesco, biológico y de las dentales” extraídas al cuerpo 3 fosa 3, con clave NN 527, inhumado en el panteón municipal de la Cruz.

En el oficio, Judith Janet Rueda Fuentes, agente del Ministerio Público estatal, exhorta a Reséndiz Wong, director de Procedimientos Internacionales de la PGR, a establecer “contacto con dicho país y estar en posibilidad de solicitar los requisitos indispensables para la exhumación y entrega de los restos de los cuerpos”.

Pasó noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo, abril, sin respuesta. Fueron los meses en que Bertila estuvo protestando y cuando el amparo ya había sido interpuesto. Casi a mediados de mayo, el expediente tuvo un salto.

El 14 de mayo de 2013, el oficio DAPE/292/2013, firmado por el director de Averiguaciones Previas de Tamaulipas, Pedro Efraín González Aranda, requiere a Guillermo Meneses, entonces coordinador de Asesores del subprocurador de la SEIDO, su “colaboración” y “apoyo” para que realice las gestiones necesarias con el fin de obtener los datos que correspondían a la familia número 115, por ser pariente del cuerpo 3 de la fosa 3.

Durante otros ocho meses el expediente no presentó movimientos.

El 19 de enero de 2015 otro oficio informaba que el 19 noviembre de 2014 la Comisión Forense por fin exhumó los restos varados en Tamaulipas, los cuales llegaron el 21 a la capital del país; 33 de esos cuerpos habían sido exhumados en 2011 y otros 37 en 2014. Entre ellos iba el de Carlos Alberto.

A finales de enero de 2015 se lo entregaron.

Últimas noticias

El amparo de Bertila fue aprobado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la cual reconoce, por primera vez, el derecho de familias migrantes a ser aceptadas como víctimas ante la justicia mexicana, a conocer la verdad y a acceder a las indagatorias sobre violaciones graves a los derechos humanos donde perdieron la vida sus parientes, como es el caso de San Fernando. Ella confía en que esta resolución abra la puerta para que las familias de migrantes encuentren a sus hijos que quedaron en cementerios clandestinos mexicanos.

El pasado miércoles 2, en la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ella lloraba mientras escuchaba la resolución de los cinco magistrados al mismo tiempo que alzaba la foto de su Carlos Alberto.

“Mi hijo estuvo ahí, sentado conmigo –dice llorando–, y ¡ganamos, ganamos, ganamos! Está más cerca la justicia, para mí y para todos.”

Sonríe al recordar un sueño que tuvo los primeros meses en que su hijo desapareció. Estaba ella frente a cinco hombres vestidos de negro, ante una mesa redonda, cada uno de los cuales portaba un cartel con la palabra “justicia”. Recordó ese sueño al entrar a la Suprema Corte.

La Fundación para la Justicia espera que en la sentencia final se reconozca la calidad de migrantes de las víctimas, se analice el caso como una grave violación a los derechos humanos, se reconozca también a las víctimas de desaparición, se analice la obstaculización a la justicia que representa dividir los casos entre PGR y procuradurías estatales –como en la historia de Bertila– y que se revise el trabajo de Servicios Periciales.

“Siempre quise saber la verdad, siempre he pedido justicia. Que la muerte de mi hijo no quede impune. Yo quiero saber, porque siento que un día habrá justicia”, señala Bertila confiada. l

*Este reportaje forma parte de la serie “Másde72”, con el apoyo de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, un proyecto del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ) en alianza con CONNECTAS.

 

El Papa que volvió a desaparecer a los desaparecidos

29 febrero, 2016 // Reportaje Especial

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- “Buen día, señor Papa Francisco, para saludarlo y decirle que usted a de saber lo que nos sucedió a cada uno de los niños y a mi y a pesar de que mi papá y mi hermano desapareció hace 5 años yo sigo teniendo Fé en que vamos a encontrar vivo y que un día va a volver. Siempre le pido a Dios quiero darle las gracias por aver tomado su tiempo en ler mi carta y muchas. Buenas tardes. Atte. Kaiitlin”.

El Papa Francisco tuvo en sus manos una docena de cartas y algunos dibujos escritos por niños y niñas de Chihuahua. Son hijos, hermanos, sobrinos o nietos de hombres que fueron desaparecidos en años recientes. En esas misivas le piden ayuda, advierten sobre la inseguridad en su estado y en el país, y manifiestan su tristeza y deseo de encontrar a sus familiares.

Las cartas iban acompañadas de un dibujo colectivo donde se pintaron ellos mismos con el corazón partido a la mitad y pegado con una curita. En dos de las cartas los pequeños autores trazaron pistolas y en otra un niño plasmó el momento en que unas camionetas “levantaron” a su hermano.

“Sufrimos por no tener una persona especial a nuestro lado, y que el gobierno no aga nada”… “estamos cansados de que nadie nos ayude”… “querido Papa quiero que le pidas a diosito que me traigas a papá”…”no es cierto que hay seguridad en méxico el gobierno solo esta de adorno”… “dibujé esta pistola porque nos matan”… “nesesito que me ayudes a encontrarlo y mi abuelita se siente mal”…“e pasado 6 años sin el cariño de un papá”.

Esas fueron algunas de las frases escritas en las cartas donde 13 niños y niñas de seis a 12 años plasmaron, con letras infantiles e inmadura ortografía, su tristeza, enojo, impotencia y esperanza.

Jorge Bergoglio las recibió el martes 14 de febrero, durante su visita a Ciudad Juárez, antes de empezar la reunión con “el mundo del trabajo”, cuando una mujer vestida con traje sastre blanco, en cuya espalda estaba bordada una mujer crucificada junto a la frase “Ni una muerta más”, se coló hasta donde estaba el máximo jerarca de la Iglesia católica y le puso en la mano un paquetes con tres cartas: una donde los campesinos de El Barzón le informaban sobre la dura situación de los campesinos; otra escrita por ella, donde lo alertaba sobre los feminicidios, y la última con los mensajes y dibujos de los infantes.

“Hágame la promesa de que va a leerlas”, le pidió ella en un intercambio casi telegráfico donde escuetamente le explicó el contenido del paquete.

“Lo prometo”, contestó él.

La mujer que llegó hasta el Papa era Lucha Castro, la presidenta del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres (CEDEHM), organización que de la violencia contra las mujeres a partir de la “narcoguerra”, pasó a atender casos de desplazamiento forzado, tortura, asesinatos y desapariciones de personas en Chihuahua. Las cartas eran de los pequeños integrantes de las familias que atienden en ese centro.

El Papa, al ver que ella se retiraba de prisa, la llamó de nuevo para que se acercara a tomar un rosario de regalo. De inmediato pasó las cartas a un asistente. Unas eran anónimas, escritas por menores que tienen miedo a las represalias de quienes se llevaron a sus familiares (la mayoría policías). Otras sí llevaban firma, como la de Fátima Chávez, quien escribió: “El día de hoy yo le quiero pedir que me allude a buscar a mi papá que ya tiene casi 6 años desaparecido. La gente mala no sabe el dolor que una niña o niño siente al que le quitan a su papá pero en fin yo quiero que me alluden a buscar a mi papa y a mi abuelo porque e pasado 6 años sin el cariño de un papá o un abraso de un abuelo no tengo a quien darle un abrazo por el dia del padre por fabor alludeme a encontrarlos.”

El encuentro con la teóloga y abogada Lucha Castro fue quizás el momento en que el representante de la Iglesia católica estuvo más cerca al tema de los desaparecidos durante su viaje a México.

Ese y la noche del domingo anterior, cuando los representantes de la Provincia mexicana de la Compañía de Jesús le entregaron en la Nunciatura Apostólica la carta de las familias de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, quienes siempre pidieron audiencia.

El episodio de la entrega de la carta lo narró así el jesuita Pedro Reyes a Apro: “El Papa la tomó y nos dijo: ‘A nosotros en Argentina también nos pasó, eso es terrible, sufrimos mucho’. En ese momento se le ensombreció el rostro. Siguió hablando sobre el tema: que esto no sólo pasa aquí, es algo mundial, que vas a cualquier parte del mundo y encuentras historias de muerte, por eso se tiene que actuar mundialmente. Esa fue la referencia que hizo”.

A su vez, la abogada Castro interpretó en entrevista que quizá un milagro le permitió acercarse al Papa, o la intercesión de algunos sacerdotes y obispos progresistas que posiblemente le aseguraron un lugar en primera fila para que el Papa no se fuera de México sin enterarse de lo que las víctimas de la violencia querían decirle, a contracorriente de los esfuerzos del gobierno y del ala conservadora de la Iglesia que controlaron la visita.

Silencio sobre las víctimas

El Papa Francisco eludió hablar durante toda su visita a México sobre las personas desaparecidas.

No atendió, antes de llegar a México, ninguna de las cartas enviadas por las organizaciones de defensa de los derechos humanos o de familias rotas por las desapariciones, como Cedehm, Cadhac o Fundem, entre muchas otras, ni se manifestó sobre la información que le dejó en El vaticano el obispo Raúl Vera sobre el caso Ayotzinapa.

En México no consoló ni envió mensajes de aliento a las 100 madres con hijos desaparecidas que, después de muchos esfuerzos, obtuvieron lugar en la misa multitudinaria en Ciudad Juárez, su última actividad antes de volver a Roma.

Las 100 mujeres se uniformaron con el trapo blanco en la cabeza –a la usanza de las Madres de la Plaza de Mayo que usan un pañal de tela para protestar por los hijos que les arrebataron y que era una segura referencia para que el Papa argentino las distinguiera de entre los miles de fieles.

Pero a las familias no les guardaron los lugares que les habían prometido los organizadores, pues de 200 boletos que prometieron lo redujeron a 100 (que se dividieron entre una decena de organizaciones de víctimas de todo el país) y los ubicaron a más de un kilómetro de distancia del Pontífice, lamenta Castro en entrevista.

En su visita a México el Papa argentino volvió a desaparecer a los desaparecidos. El drama de más de 27 mil personas no fue mencionado por el jefe de la Iglesia católica. No lo hizo a pesar de que él proviene de un país donde la desaparición causó un trauma que ha durado más de tres décadas y que es referente mundial en el tema.

No lo hizo a pesar de que los centros de derechos humanos diocesanos, de grupos religiosos o de inspiración católica, así como curas, religiosas, teólogas o exmiembros de comunidades eclesiales de base, son los principales acompañantes de las víctimas de la violencia en México, especialmente de los migrantes y de las familias con desaparecidos.

La Iglesia de los pobres se reactivó para atender el drama de miles de personas.

En el avión que lo llevaba de regreso a casa, el argentino explicó la razón por la cual no se encontró con los familiares de los 43 normalistas, pero nunca explicó su silencio ante el drama de las más de 27 mil familias.

“En mis mensajes hice continua referencia a los asesinatos, a las muertes, a la vida cobrada por todas estas bandas del narcotráfico y traficantes de personas. O sea que de ese problema hablé, de las llagas que están sufriendo en México”, dijo en la conferencia en la que se le cuestionó al respecto.

“Hubo algún intento de personas de recibir y había muchos grupos, incluso contrapuestos entre ellos, con luchas internas. Entonces yo preferí decir que en la misa los iba a ver todos, en la misa de Juárez, o si preferían en alguna otra, pero que habría esa disponibilidad”, agregó.

Lo cierto es que el Papa nunca mencionó la palabra “desaparecidos” y tampoco se reunió con los familiares. Ni de Ayotzinapa ni de ninguno de los miles de casos.

Diosito, trae a mi papi

Dos de las cartas de los niños al Papa tienen el dibujo de una pistola. En una se lee: “Querido papa mi papa esta desaparesido por favor nesesito que me ayudes a encontrarlo y mi abuelita se siente mal”. En otra: “Papa nosotros pedimos que nos ayude a encontrar a nuestras familias y no es serio que México está bonito, son mentiras y está mui feo ay muchos secuestros y en México es el pais que ai mas secuestros y los gobiernos estan de adorno tienen miedo de los matan y poreso le pido ayuda. Dibuje esto porque nos matan”. Y a un lado el arma.

Otra, con violencia más explícita, muestra unas camionetas y unos muñecos. El autor explica su dibujo: “Asi fue como se yevaron a mi hermano lo ivan corretiando”. Y antes: “Querido papa me siento mal porque mi hermano esta desaparesido y todos queremos que nos devuelvan a los que estan desaparesidos queremos que leas estas cartas y que nos digas”.

Las cartas surgieron en el taller de acompañamiento psicosocial a menores de edad que psicólogas del Cedhem realizaron en diciembre en ciudad Cuauhtémoc –a una hora de la capital del estado–, donde varios de los niños eran de la familia Muñoz Veleta y presenciaron cómo unos hombres armados irrumpieron en al festejo del día del padre y se llevaron para siempre al abuelo, cuatro de sus hijos, su yerno y dos sobrinos. Ocho hombres de una misma familia. Ese fue el castigo por haber discutido con policías municipales.

Desde hace tres años el Cedehm atiende en grupo a niños y adolescentes con el método psicosocial que permite trabajar el dolor de los infantes, encontrar las fortalezas individuales y colectivas y de apoyo mutuo, así como técnicas para salir de la confusión y la culpa que causa un problema como la desaparición, para incorporarlos al proceso de la búsqueda de justicia y verdad, en lugar de negarles lo que ocurre.

Una de las primeras actividades consistió en que los sobrevivientes de esas familias (adultos y niños incluidos) dibujaran un mural colectivo donde plasmaron el momento en que se llevaban a sus familiares, su tristeza, su lucha y su esperanza de encontrarlos.

La psicóloga Andrea Cristina Cárdenas Domínguez quien coordinó la actividad de la escritura de cartas, explicó en entrevista que los niños y niñas sabían que sus familiares buscaban acercarse al Papa en Juárez, y como una forma de colaborar escribieron esas cartas. Los más chiquitos, quienes no saben escribir, hicieron dibujos.

Ella notó que en el grupo los sentimientos que prevalecían eran el enojo (porque los sacerdotes y mucha gente cree que si se los llevaron fue porque “en algo malo andaban”), el miedo a las represalias (algunos no firmaron las cartas, especialmente cuando policías fueron los victimarios), la tristeza y la esperanza del reencuentro. Algunos no quisieron escribir, y son quienes se sienten traicionados por la iglesia y culpabilizados por sacerdotes.

“Son muy devotos, el Papa representa a Dios para ellos”, explicó.

Estos fueron los mensajes que esos niños y niñas enviaron al Papa Francisco:

“Hola buen día: Le escibimos esta carta para desirle que no es cierto que hay seguridad en méxico el gobierno solo esta de adorno no nos apoyan solo ven la inseguridad que hay en nuestro país y no hacen nada para que ya no aya tanta inseguridad. De Magaly Mtz.

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Querido Papa yo creo en Dios y en ti nosotros queremos encontrar a nuestros desaparecidos porque se los llevaron injustamente el dia de los padres cuando estaba terminando el dia y yo los extraño mucho y quiero que regrecen te lo digo para que nos ayudes a encontrarlos te lo ruego. Atte. Anonima.

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Papa: quiero que me ayudes a encontrar a todos mis desaparecidos. Kareli Sofia Marques Muñoz.

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Señor papa: Le pido de la manera mas atenta que nos escuche, le pedimos que uste de alguna forma nos pueda ayudar a poner un alto las desapariciones porque muchas personas al igual que yo sufrimos por no tener una persona especial a nuestro lado, y que el gobierno no aga nada.

Solo queremos que este mensaje tan especial llege a otras personas y esto sea algo muy importante porque estamos cansados de que nadie nos ayude, q nos sierren las puertas eso no es el trabajo del gobierno!! solo queremos que valer la justicia y la verdad…. GRACIAS!! espero y nos ayude 🙁 Atte: Yazmin y Valeria)

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Papa te pedimos que hagas justicia por nuestros familiares desaparesidos y nos brindes de tus bendiciones

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Querido Papa quiero que le pidas a diosito que me traigas a papa y bendigas mi casa y cuidas mi familia

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Nesesitamos alluda porque nuestras familia los nesesitamos a que regrese co nosotros

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De: Jiapsi Para: El Papa. Este día yo te pido que ayudes a todas las personas que estan desaparecidas y en la busca de mi hermano que ya tiene 2 años de desaparecido… porque el gobierno no hace nada…

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Querido Papa quiero que rescaten a los niños desaparesidos porfavor y tambien creo en dios y en la virgen.

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Hola papa como estas quiero que busques a mi familia y cuidala y protejela por favor que lo pido a dios y gracias bay.

Ayotzinapa: es hora de buscar a los desaparecidos con nuevas tecnologías

16 febrero, 2016 // Reportaje Especial

Mercedes Doretti y Miguel Nieva, del Equipo Argentino de Antropología Forense, reiteran que sus estudios coinciden plenamente con los de los especialistas del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes: es imposible que los normalistas de Ayotzinapa hayan sido incinerados en el basurero de Cocula y es muy improbable que el hueso por el que se identificó a Alexander Mora pertenezca a las cenizas que el entonces procurador Jesús Murillo Karam presentó como única evidencia de su “verdad histórica”. Por eso, dicen, es hora de comenzar a buscar en otros lugares con tecnología de probada eficacia.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Un par de horas después de la conferencia de prensa en la que enterraron la “verdad histórica” de la PGR atada al calcinamiento de los 43 normalistas de Ayotzinapa en el basurero de Cocula, los representantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), Mercedes Doretti y Miguel Nieva, señalan la urgencia de aplicar nuevas tecnologías para continuar la búsqueda en otros sitios.

Doretti propone traer gente especializada en usar “tecnología satelital, georradares y otros instrumentos” utilizados en la búsqueda de fosas en Los Balcanes, y Nieva sugiere métodos que este equipo independiente ha utilizado desde sus inicios, en 1984, en Argentina, cuando rastreaban entierros de personas en gigantescos campos militares.

“LiDAR es una tecnología láser que se pasa desde un avión, se va escaneando y te permite hacer imágenes que analizar, ver dónde hay fosas; también el georradar, tecnología que hemos ido usando desde hace cinco años, y hacer otro tipo de búsquedas. No es fácil encontrar algo en un terreno de estas características, menos en terrenos tan complicados, con muchos accidentes geográficos. No es una tarea sencilla y lleva tiempo”, explica Nieva.

“Hemos venido pidiendo LiDAR desde octubre de 2014. Y estamos proponiendo toda una batería de métodos, unos nuevos otros no tanto, combinados, para tener resultados. Combinar las hipótesis, testimonios, investigación, (información de) inteligencia que haya y cruzando datos y tecnología de modo interdisciplinarios; si no, es muy difícil”, agrega Doretti.

En la entrevista para Proceso los forenses argentinos lucen cansados pero a la vez relajados, como liberados de una carga pesada tras haber dicho en público que sus estudios científicos arrojan que esa versión es imposible. Horas antes se notaban tensos.

Lamentan el tiempo perdido de búsqueda de “los chicos” –así se refieren a los estudiantes– por el enfrascamiento de la búsqueda en Cocula…

Fragmento del reportaje que se publica en la edición 2050 de la revista Proceso.

“Las razones por las que me desaparecí…”

17 diciembre, 2015 // Reportaje Especial

TAPACHULA, Chis., (apro).- Al escucharlos uno siente que ellos no son los desaparecidos, sino que se les esfumó la familia. Muchas veces necesitaron tener a alguien cerca, pero no tuvieron forma de comunicarse con la gente que dejaron cuando dijeron que querían irse “al norte” para progresar. O les faltaron ánimos para hacerlo.

Son migrantes centroamericanos que estaban reportados como desaparecidos en México y fueron localizados vivos.

Las razones que dan por las que no se comunicaron durante años al hogar de donde salieron parecen banales, pero si se les desmenuza reflejan precariedad, falta de información o que tenían tantas cicatrices en el alma que los hicieron esconderse.

Revelan lo difícil que se vuelve todo en tierra desconocida para un extranjero. También la pobreza, el aislamiento, la falta de preparación o de oportunidades.

Pudo ser el paso de un huracán que hizo que se mojaran todos los papeles donde estaba escrito el contacto. El número de teléfono que cambió en su país de origen. La falta de pericia para la computación o el desconocimiento de las redes sociales. El robo del celular o de la cartera donde llevaban el número anotado.

También pudieron ser temas más sutiles, más íntimos, como la vergüenza por haber despreciado lo que tenían y no haber triunfado en su viaje a Estados Unidos. O por haber sido ultrajados en el viaje, o haber quedado mutilados en las peligrosas rutas migratorias. También entra en juego el miedo a no encontrar a nadie vivo en casa, al reproche o a las malas noticias.

Cada año, durante el recorrido de la Caravana de Madres Centroamericanas por las rutas migratorias en busca de sus hijos desaparecidos ocurren reencuentros que a veces parecieran sacados del guión de un reality show, pues se hacen en plazas públicas, frente a las cámaras de la prensa y mucho público y hasta aparecen en las noticias.

Este año fueron cinco los reencuentros de tres mujeres y dos hombres localizados en Veracruz, Chiapas y Tabasco. En una década han sido más de 250 los migrantes localizados.

En entrevistas privadas, lejos de la multitud, tres de las cinco personas recuperadas explicaron las razones por las que perdieron contacto con los familiares que dejaron atrás y que no se resignaron al olvido hasta que los reencontraron. Desgranaron sus penas, las razones de su alejamiento, sus recuerdos y sueños de futuro.

“Fueron 15 años perdidos en México, quiero volver a empezar”

Doña María Elena Moradel encontró a su hijo Melvin Lanza en Veracruz. Llevaba 15 años sin verlo. Después del reencuentro, él dejó su trabajo de vendedor de tacos y se unió a la caravana que recorrería México y el sábado lo llevará hasta Honduras.

Melvin parece un hombre parco y de pocas palabras. Pero es penoso para hablar. A sus 33 años se siente viejo y fracasado. Al escucharlo daba la sensación de estar hablando con un náufrago que necesitaba que le tendieran una cuerda de vida, le mostraran el camino de regreso a casa, que le dijeran que aunque no triunfó eso no les importa a quienes lo aman y no han dejado de esperarlo. Hoy quiere volver a empezar.

Narra:

“Cuando me vine tuve comunicación con mi mamá como dos años. Pero el año 2004 o 2005 en el barrio donde vive cambiaron líneas telefónicas y de ahí perdimos comunicación. La única manera que teníamos era por teléfono, no había otra forma: yo no sé manejar el Facebook, no sé de computación.

“Al principio pregunté una o dos veces a la operadora del teléfono que da información que cómo le hacía para marcar porque cuando llamaba a Honduras no me caían las llamadas, y antes sí, y no me supieron dar información. Y no conocía gente de Honduras ahí donde yo estaba viviendo. Cuando llegué no había tanta gente de allá.

“Los últimos años deseaba regresar a mi país. Perdí las intenciones de ir a Estados Unidos, se me fueron las ganas. Yo salí de Honduras en 2001. Nunca llegué ni a la frontera, siempre me quedé en Veracruz. Pasó el tiempo y se me quitaron las ganas de seguir, me puse a trabajar, me acostumbré, se me fue el tiempo.

“Lejos se vive la soledad día con día. A lo mejor en ciertos momentos se te olvida –cuando estas con compañeros de trabajo o casado–, pero hay momentos que la soledad la sientes, y entre más pasa el tiempo más sientes. Y si estás solo, peor. Creo que todos los que migramos lo sentimos. Y aunque con los amigos tratas de que se te olvide, no se te olvida, es doloroso, se sufre. A lo mejor no se sufre como una madre, pero como hijo lo sientes. Estás en una tierra ajena y no es lo mismo. Si vives solo y llegas a tu casa la soledad la sientes.

“Me imaginaba que un día podía pasar esto (se refiere al reencuentro). Que algún día mi familia me podía buscar. Si no la única forma era regresar y por vergüenza no regresaba, por orgullo, porque no he hecho nada en la vida.

“De regresar sí se puede regresar, así como me vine de mojado yo podía regresar. Muchos por pena no regresan a su casa, pensamos que la gente nos va a criticar. Pero hoy pienso que lo que nos debe preocupar es el dolor de la madre que es la que sufre.

“Muchos años pensé que un día iba a pasar esto, que un día me podía buscar mi familia. Cuando me comunicaron al principio no quería regresar porque mis hermanos están grandes, son mayores de edad y tengo miedo de la crítica de mis hermanos, pero ellos me comenzaron a hablar y me comenzaron a apoyar moralmente, ¡todos!, mi papá, mis tíos, mis seis hermanos, y me han mandado fotos y los he visto por fotos, y yo les he mandado las mías y me han apoyado.

“No he tenido negativas o que me digan ‘¿para que vas a venir si no tienes nada? Yo les conté que estaba prácticamente como me vine a México y me dijeron ‘no hay problema, lo que queremos es verte, que estés con nosotros esta Navidad’.

“Si estos años he sobrevivido ha sido gracias a los consejos de mi papá de no meterme en problemas, de dedicarme a trabajar. Esos consejos me ayudaron. Es muy humilde y me enseñó la humildad.

Quiero volver a empezar una vida nueva. No tengo idea de qué voy a hacer allá. Son 15 años que tomo perdidos: sin familia, no tengo hijos, lejos de mi padre, de mi madre, de mis hermanos y sin ningún futuro así que quiero comenzar a hacer ese futuro.

“Creo que todavía estoy a tiempo. Tengo buena salud y estoy entero. He visto a otros peor, que el tren les mochó la pierna. Pero yo estoy bien y tengo buena salud y puedo volver a empezar. Quiero ver a la familia, a mis hermanos, extraño mi barrio, donde nací. Siempre lo he extrañado, cada momento, vaya. Veo a mi mamá más vieja, ya está más grande. Tenía que regresar con ellos ahora que están vivos, quiero ver a mi papá, a mis hermanos, antes de que sea demasiado tarde”.

“Siempre tuve en mente regresar, pero sentía miedo”

Esperanza del Carmen Sáenz Santeliz es una exitosa cultora de belleza nicaragüense que hace siete años perdió contacto con su familia, a pesar de que eran muy unidos. El descarrilamiento del tren en el que viajaba hacia el norte para alcanzar el sueño americano, seguido por un brutal ataque y el robo de la cartera donde llevaba los teléfonos, fue como un radical cambio de vías en su vida.

El trauma la llevó a instalarse en Veracruz, donde fue acogida por una comunidad religiosa. Cuando quiso comunicarse a casa las marcaciones a teléfonos hondureños habían cambiado. Esto le trajo varios años de soledad, añoranzas y esfuerzo. Hasta que su hermana menor, también llamada Esperanza, cruzó el sureste mexicano con la foto de su hermana y en Coatzacoalcos alguien la descubrió.

Así cuenta su historia:

“La primera vez que salí llegué a Coatza bien, en autobús. No hubo necesidad de subir al tren. Sólo llegando Tuxtla nos asaltaron. Yo iba con una amiga de Nicaragua, nos robaron el dinero más no los documentos y continuamos a Coatza a la Casa del Migrante. Ahí ella encontró quién la ayudara para seguir adelante. Yo me quedé porque no tenía recursos y le pedí que avisara a mi familia que estaba bien, que no se preocuparan.

“Me puse a trabajar un tiempo limpiando casas y planchando ropa. Y me comunicaba. De hecho, mandaba remesas. Se me metió seguir adelante y seguir a Nayarit. De ahí me deportaron, me tiraron a Guatemala, me fui a meter otra vez. En el camino fue que se descarriló el tren entre Tenosique y la Cementera, en Macuspana, Tabasco. Las maras nos asaltaron, hubo violación, golpes, muertos, de todo y quedamos sin documentos. Íbamos cuatro mujeres. Cuando despertamos después de tanto golpe cada quien tenía un muerto degollado al lado.

“La policía nos llevó a nosotras a investigar, a ver si estábamos drogadas, si teníamos huellas de arma de fuego. Quedamos seis días en ese lugar. Nos dejaron ir cuando vieron que habíamos sido víctimas.

“Ahí nos quedamos sin nada. En la cartera llevaba los números de teléfono de mi casa en Nicaragua, mi credencial y mis cositas personales. Se los llevaron.

“Llegué a Coatza y me metí a la iglesia evangélica. Decidí quedarme ahí. Los hermanos evangélicos me dijeron que por qué seguía arriesgando mi vida, que el Señor me amaba, que con el oficio que tenía podía tener futuro ahí. Cuando celebraron el Día de la Familia quise comunicarme a casa.

“La última vez que traté de intentar llamar por teléfono no pude porque en Honduras le agregaron nuevos números a los teléfonos. Yo marcaba el número que yo tenía y no conectaba.

“Siempre tuve en mente regresar. Pero hoy sé que me ha afectado lo que viví en el tren porque eso lo llevo como marcado. Cuando uno ha sido ultrajado de esa manera siento que en la familia ven a uno y saben lo que pasó. Sentía pena conmigo misma.

“Estos últimos dos, tres años he tenido más en mi mente regresar. Hace dos años compré esa maleta que cargo. Iba a ir el año pasado, pero me enfermé. Este febrero me iba a ir. Ya estaba haciendo planes. Quería irme, tenía la necesidad de sentir a la familia conmigo.

“Soñaba mucho a mi hermana. Tres días antes de recibir la noticia de que me estaba buscando la soñé que llegaba con su hija y entró como si conociera mi cuarto. Eso me daba más motivo para viajar en la fecha que tenía pensado.

“He soñado a mis hermanos, a todos, en fiestas, también enfermos. Una vez que una amiga me llevó a que me leyeran las cartas me dijeron: ‘Un familiar tuyo cercano murió’ y me puse mal pensando quien podría ser. Y una de las cosas por las que no me animaba a volver era e miedo a ir y pensar que había muerto una hermana.

“Pero hace tiempo vengo pensando que estoy grande y lejos de casa. Me he enfermado del corazón, he estado internada. Cada día de las madres, en noviembre porque yo estaba acostumbrada de ir con mi hermana a poner flores del cementerio, diciembre, han sido fechas duras sin mi familia. De todas mis navidades aquí, de estos ocho años, las únicas navidades en que he estado acompañada son tres; las otras, sola. Es tan duro que vengo de trabajar y me voy a dormir, porque no hago cena, nada. Hasta ahora que hice una amiga que era como mi hermana.

“Estaba en mi estética cuando llegó una vecina a mostrarme el periódico y decirme que mi hermana me andaba buscando. Cuando supe cambié por completo. Fue sentir como que si me viene a buscar ella va a ser más fácil regresar que regresar sola. Sentía que sola era difícil en lo emocional. Tenía miedo de regresar y encontrar malas noticias o que una hermana murió, era como cuidar el corazón. Yo tengo problemas emocionales, hoy me puse mal. Pero le pedí a Dios que me diera la fuerza.

“En Coatzacoalcos tengo una pareja, pero mi familia vale más. Después de lo que mi hermana ha hecho por buscarme no puedo no irme con ella. Tiene un valor lo que hizo.

“Se me metió el ‘me voy, me voy’ y traspasé la estética. Sin vuelta atrás. Traigo dos maletas con productos de belleza y una bolsa chica de ropa y mi caja para lo de las uñas. No traje ropa porque mi hermana todavía guarda ropa mía. Me interesa más llevar mi material para ponerme a trabajar”.

“Mi mamá me hizo mucha falta cuando tuve problemas”

Denia Elizabeth Santos es una mujer que salió hace 14 años del Departamento de La Paz, Honduras. Por años no se comunicó a casa.

Estuvo en la cárcel tres años encerrada injustamente por trata de personas. La liberaron después de que, con otros dos compañeros, hizo huelga de hambre y presionó para que revisaran sus casos. Entonces detectaron la injusticia.

Al salir, pidió a madres migrantes que le ayudaran a buscar a María, su madre, con quien se reencontró en Tapachula el martes en la noche. Llevaba consigo a sus hijos, el adolescente de 14 años a quien sí alcanzó a conocer la abuela y una niña de cuatro.

Este es su testimonio:

“Hace dos años que llegó el grupo de madres migrantes a Tapachula a buscar a sus hijos y les pedí que me ayudaran para hablar con la mía. La encontraron, me comunicaron con ella y la apoyaron a que viniera conmigo este año. Perdí teléfono y todo. No tenía teléfono ni de ella ni de mi abuelita.

“También me acusaron injustamente de un delito que no cometí. Me encontraron vendiendo productos Fuller en un bar. No tuve comunicación nada más que pedir a apoyo aquí a todos los presos por la cárcel. Querían cobrarme 200 mil de multa, o si no, me echarían de dos a ocho meses.

“No iré a Honduras. Ni yo tengo ni ellos tienen pasaporte para salir. Voy a estar unos días con ella, voy a disfrutarla. Es el mejor regalo que he tenido.

“Hasta que tuve comunicación me enteré de que falleció mi papá y dos hermanos: uno de cáncer, a otro lo mataron para robarle el celular.

“Cuando nos vimos lo único que hicimos fue abrazarnos, llorar. Yo le decía ‘mamita’, ella ‘hijita’, sólo repetíamos eso. Muchas veces me hizo falta (llora).

“Le pido a los hijos desaparecidos que intenten reportarse porque nuestras madres son las que sufren. Yo hasta después de 14 años pude verla a ella. Ya platiqué con mis hijos y les dije que venía su abuelita y ahora se sienten muy felices”.

Buscan a sus hijas entre sexoservidoras y clientes… en Chiapas

15 diciembre, 2015 // Reportaje Especial

ARRIAGA, Chis. (apro).- Desde adentro de un cuarto sin adornos un vozarrón de mujer retumba por la vecindad prohibida: “¿Por qué buscan aquí? ¡Búsquenlas en Guatemala, en Escuintla, en Barillas, en Huehuetenango, en Quiché! Ahí hay muchas, ahí las tienen retenidas, ¡ahí les pegan y tienen muchas indígenas!”

La autora del grito de furia –ojos delineados, pelo mojado y toalla rosa como único vestido— se defendía de la improvisada visita de mujeres de la Caravana de Madres Migrantes y, con insultos, de los fotógrafos que las acompañan por invadir a flashazos una vecindad donde mandan ellas, las sexoservidoras de Arriaga.

Cuando se aseguró de la lejanía de las cámaras, desde el umbral de la puerta de su cuarto con cupo para una silla y una cama, atendió a las madres uniformadas con camiseta y gorra blanca, y escudriñó las fotografías que llevaban colgadas sobre el pecho, a manera de cartel, así como una baraja de imágenes que le enseñaban.

Eran fotos de mujeres migrantes desaparecidas en su paso por México. Las que llevaban sobre el cuerpo eran las de sus propias hijas, el resto eran de otras muchas madres de Honduras, Guatemala, Nicaragua y El Salvador que no pudieron sumarse a la caravana, pero las enviaron para ser exhibidas en los sitios donde los migrantes son succionados y dejan de reportarse a casa. En cárceles donde pudieran estar bajo nombres falsos o no llamar a casa por vergüenza; en burdeles o lugares de trata sexual donde pudieran estar retenidas bajo amenazas; en morgues o fosas comunes donde no hubo voluntad para identificarlos; o en casas o rancherías donde se obliga al trabajo esclavo.

La mujer-vozarrón estudió con la mirada una de las fotografías y afirmó: “¡A ella la conozco, es la Yesi!”.

Las mamás se le acercaron con el manojo de sentimientos que causa la incertidumbre de desconocer el paradero del ser querido –entre la sorpresa, la incredulidad y la esperanza–, y la repetida experiencia de los falsos informantes.

“Yo le vendía comida, diario la miraba desde hace dos años en El Hoyo, en Guatemala; es hondureña, no se siente como si estuviera secuestrada; tiene un niño en Honduras que se lo están cuidando. La conozco”, afirmó la mujer.

¿Desde cuándo está ahí? ¿Dónde es el Hoyo? ¿Cómo hacer contacto con ella? ¿Cómo luce ahora? ¿Cuándo la viste por última vez? ¿Cómo se llama allá? Todas las preguntas posibles.

“Yo voy cada mes a Huehuetenango a traer preservativo barato. No les miento, hace unos días pregunté por ella”, explicó la interrogada.

El lugar donde surgió la pista posible es la llamada “zona de tolerancia” de Arriaga, delimitada a esa vecindad con una veintena de cuartos, a unos pasos de la vía del tren, donde los migrantes buscaban compañía femenina hasta el año pasado, cuando Enrique Peña Nieto lanzó un programa que impide a los migrantes viajar en el lomo de los trenes e hizo que se desplomara la economía regional.

Algunos cuartos están cerrados. Otros abiertos. Cada sexoservidora paga 100 pesos al día de renta por el espacio sin ventana y sin baño que tiene como único mueble una base de resorte (cada inquilina debe llevar su colchón y sus adornos). Todas aseguraron que sólo pagan renta, que están por voluntad propia, que no hay menores de edad y que no pagan cuota por cliente.

Afuera de las habitaciones abiertas distintos grupos de madres caravaneras preguntaban por sus hijas o las hijas de sus compañeras de dolor.

Una joven centroamericana que se estrenaba en el negocio del sexo preguntó a las madres: “¿Allá en Cintalapa no han ido? ¿Y en Comitán? Es zona muy grande, puras mujeres, allá hay así como 100”.

Y comenzó a recitar una docena de lugares en Chiapas donde las mujeres se dedican al negocio, por voluntad propia, o a la fuerza.

En la entrada de la vecindad, el jornalero agrícola que pasó a mirar a las muchachas, Arturo Salinas Salinas (alcohólico, según su propia descripción), reaccionó a la fotografía que le mostraba una madre de su hijo. El aseguró:

–Este hace como dos meses me vende trago.

–¿Tiene ese nombre?—preguntó la madre

–No. Tiene otro que no me acuerdo —dijo él.

–¿Dónde?

–No me acuerdo.

Luego balbuceó varios nombres de cantinas hasta que un funcionario de gobierno que acompañaba a las madres le reclamó:

–¿No estás tomado? ¿Tienes bien la información o estás tomado?

El hombre, que había asegurado a varias madres que conocía a sus hijos, ya no quiso dar más datos. Después, con un tono melancólico, agregó que él también quiere denunciar la desaparición de una tía, Julia, en Chahuites, Oaxaca, en las vías. Pero ya nadie lo escuchó.

Las madres de migrantes pasaron por Tabasco, Veracruz, Puebla, Distrito Federal, Oaxaca y Chiapas mostrando las fotografías, aportando datos a toda persona que le solicita información, y escuchando todo tipo de conclusiones de quienes dicen haber visto a alguno de los retratados. La última vez que escucharon un rumor fue la noche del lunes en la Plaza de Tapachula, donde tres hombres se acercaron a una madre salvadoreña y le dijeron que habían visto en Tuxtla Gutiérrez a alguien igual que su hijo que ya no se llama Mauro Funes, ahora se llama “Mike”.

Esa es una pista más a investigar en este laberinto repleto de puertas falsas que recorren, muchas veces durante años, las familias que buscan a hijos o hijas desaparecidos.

Crecen grupos de madres con hijos e hijas desaparecidos; “es política de Estado”, acusan

10 mayo, 2015 // Publicado en APRO

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- La geografía de la desaparición de personas fue notoria hoy por el Paseo de Reforma. Madres con hijos e hijas desaparecidos en los muchos hoyos negros que existen en el país, marcharon por cuarta ocasión desde el Monumento a la Madre hasta el Ángel de la Independencia en la Ciudad de México para denunciar que ese fenómeno crece y que por la inacción y la corrupción de las autoridades ellas no tienen nada que festejar el 10 de mayo.

“¿Por qué los buscamos?/Porque los amamos”. “Hijo, escucha, tu madre está en la lucha”. “Las desapariciones no son un caso aislado, son política de Estado”. Esas fueron algunas de las consignas que gritaron las madres participantes en la llamada “Marcha por la Dignidad Nacional: Madres buscando a nuestros hijos e hijas, buscando la justicia y la verdad”. (más…)

Reportear desde el país de fosas

25/05/2016 // Columna publicada en MásporMás

La primera exhumación que presencié fue la de Lucio Cabañas, el año 2001, cuando soñábamos con que la transición democrática sería la varita mágica que desterraría la impunidad. Pero el PAN no desmontó la autoritaria estructura priista, tampoco juzgó crímenes del pasado, pero sí nos condenó a todos a repetir nuestro karma corrupto.

Aquella tarde, cuando presencié el vaivén de la escobilla que iba dejando al descubierto el cráneo del guerrillero asesinado por el Ejército que lo enterró en secreto, no sospechaba que cubrir periodísticamente la búsqueda de fosas sería una suerte de destino.

En las calles las “Doñas de Eureka” exigían que les regresaran a sus hijos detenidos-desaparecidos políticos durante la guerra sucia, y comenzaban a sumárseles nuevas madres que llevaban las fotos a color –ya no blanco y negro- de sus hijos recién desaparecidos.

Con la fiscalía que fingía investigar y juzgar los crímenes “del pasado” acudí a una búsqueda infructuosa de restos humanos en el cuartel militar de Atoyac, Guerrero, epicentro de las desapariciones forzadas “del pasado”. Aquella fiscalía desapareció sin meter a nadie a prisión.

Quienes se encargaban del oficio de desaparecer murieron en sus camas rodeados de sus familiares, o siguen activos: tuvieron una brillante carrera en las esferas públicas o privadas, seguros de que los mecanismos de la impunidad eran su blindaje.

Pronto, con la famosa “guerra contra las drogas” de Calderón, las desapariciones que nunca se interrumpieron mutaron en epidemia; las fosas en plaga: la impunidad fue su incubadora.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: AMIGOS DE LARGA DISTANCIA

Un día de 2010 tuve que asomarme a un pozo minero de Taxco –Guerrero, de nuevo– que aún olía a cadáveres y que resultaron ser más de los 55 que el gobierno anunció. Al año siguiente reporté desde una morgue tamaulipeca saturada con 193 cuerpos recién exhumados, envueltos en bolsas negras que luego volverían a ser enterrados por la PGR en fosas comunes, aunque entre ellas había personas identificables que fueron condenadas al anonimato.

Esos años, en Tijuana, me tocaría acompañar a familias en duelo y funcionarios con perros olfateamuertos que resultaron inútiles para detectar la modalidad regional de desaparición de personas disueltas en ácido.

En 2014, la búsqueda de los 43 normalistas daría pie al destapadero de las fosas de Iguala y a un doloroso ritual dominical en el que registré las búsquedas de las familias desesperadas por no encontrar a sus parientes, quienes rascan con sus manos los cerros y encuentran cuerpos.

En marzo se hizo la primera Brigada Nacional de Búsqueda en Veracruz, a la que llegaron familias de todo el país que han formado grupos que llevan nombres como “los sabuesos”, “los cascabeles”, “las rastreadoras”, y que son la síntesis del México actual: el de los padres y madres huérfanos de hijos y huérfanos de gobierno.

Entre todos compartieron los aprendizajes adquiridos estos años de búsqueda en este México con más de 27 mil personas desaparecidas los últimos 10 años. Su discurso es contundente:”Ya no esperamos nada del gobierno, ni siquiera justicia porque no la dan, sólo queremos recuperar a nuestros seres queridos”.

El suyo es un acto de compasión en medio del horror. Regresar a difuntos a sus casas, devolver paz a otras familias desesperadas en espera de que alguien más regrese paz a las suyas.

Esta semana a empujones arrancó en Tetelcingo, Morelos, la exhumación de una fosa clandestina, cavada por el gobierno perredista local, con más de 100 cadáveres enterrados en secreto. Las familias de las víctimas impusieron su mensaje: para que al gobierno se le vaya quitando esa maldita y arraigada costumbre de cavar sus propias fosas clandestinas, de volver a desaparecer a personas desaparecidas.

Este es un reporte telegráfico de lo que me ha tocado informar desde la enorme fosa común en la que se ha convertido México.