Mujeres

La otra mitad

06/07/2016 // Columna publicada en MásporMás

Las mujeres mueren por infarto con más frecuencia que los hombres, informaba el diario el mes pasado. Las causas, según un experto del Instituto Nacional de Cardiología, es que las mujeres tienen síntomas distintos a la clásica opresión en el pecho. En nosotras –por cuestión hormonal y porque nuestras arterias son más delgadas– se manifiesta con dificultad para respirar, cansancio, náuseas, vómito y sudoración.

O sea, que los síntomas que siempre se han divulgado para prevenir el ataque al corazón han sido los de los hombres, porque a las mujeres nos da distinto. Es “infarto atípico”, hacía notar un encabezado. ¿Atípico porque la medida de todo es el hombre? ¿Y la otra mitad no cuenta?

Hace algunos años, de casualidad, conocí esa información en el libro Feminismo para Principiantes, y desde entonces me pregunto qué otra información vital se nos oculta.

Durante el siglo XIX se diagnosticaba histeria femenina a las mujeres casi con cualquier padecimiento del que se desconocía la causa (incluida la “tendencia a causar problemas”). El tratamiento era un masaje pélvico y entre genitales hasta provocar una liberación. El orgasmo era, pues, el remedio.

Aunque hace siglos de eso, y superado ya el tiempo en que brujas, parteras, curanderas, yerbateras y poseedoras de los saberes femeninos eran quemadas como castigo, aún se nos oculta información y todavía es mal visto hablar del cuerpo en público (como denunciar un acoso o una violación). Las valientes que se atreven son quemadas de otra manera: linchadas en otros tribunales, acosadas como castigo.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: ¿ENTENDIERON EL MENSAJE?

El varón como modelo y medida única para contar el mundo sigue vigente, incluso, en los cursos para coberturas periodísticas de alto riesgo, donde lo que se enseña a llevar en la mochila está inspirado para organismos y necesidades masculinas.

Mucha información sigue oculta. ¿Cuántas personas saben qué es la fibromialgia, ese padecimiento que ataca especialmente a mujeres, o la menopausia, más allá del chiste fácil o la descalificación a la mujer que establece límites con firmeza? ¿Y eso donde se enseña?

Aún recuerdo una clase que tomé mi último año de secundaria en colegio de mujeres, en la que una monja bienintencionada que nos preparaba para la vida nos enseñó que la palabra “novio” viene de la raíz etimológica “no-vio”, o sea, del “no-ver”, de la invidencia. También nos salpicaba de consejos para el buen matrimonio, como siempre levantarnos antes que el marido y arreglarnos para estar guapas, siempre sonrientes y con un sí en los labios.

Recibimos una única clase magistral sobre sexualidad humana en la que los ponentes eran unos médicos que se hicieron acompañar de monjas y padres y madres de familia. Pero nos enteramos qué nos quisieron decir gracias a la compañera precoz que, escondida en el clóset de su casa, espiaba a su mamá.

“Muchos hijos muchos problemas”, leí afuera de una clínica de salud en uno de los municipios más pobres de la mixteca oaxaqueña; esa frase resume la educación sexual en muchas zonas del país. Otra muestra más rupestre es el consejo que dio el gobernante que hace honor a su apodo (Bronco) al pedir a padres y madres que eviten embarazos adolescentes diciendo a sus hijas que “a las niñas gordas nadie las quiere”. En una cultura donde los condones aparecen en la televisión, pero no hay opciones para las mujeres, donde se enseñan síntomas del infarto dedicados a hombres y donde está penado hablar de la intimidad femenina, ¿cómo debe cuidarse esta otra mitad de la población?

La guerra no tiene rostro de mujer

01/06/2016 // Columna publicada en MásporMás

¿Existe un alma femenina? Cómo se transforma cuando se enfrenta a la guerra? ¿Qué ven, qué piensan, a qué sueñan, cómo viven y sobreviven las mujeres enviadas al frente de batalla? ¿Recuerdan distinto? ¿Cómo se adapta su organismo cuando están cercadas por la muerte? ¿Siguen siendo mujeres?

El libro La guerra no tiene rostro de mujer de la nobel periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich trata sobre la participación rusa en la Segunda Guerra Mundial, pero nos presenta la parte eliminada de este y otros episodios históricos: las vivencias de las mujeres. Porque entre el millón de rusos que participaron en esa guerra hubo también mujeres que lo mismo fueron enfermeras, artilleras, lavanderas, pilotos, cocineras, transmisoras de radio, francotiradoras o tanquistas.

Leer la historia del pueblo que ha sido marginado de ese capítulo histórico desde la versión de las ignoradas, las invisibles, las borradas, se convierte en una sorpresa, un regalo, un guiño fraterno.

“En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen”, escribe la periodista, “los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio”.

Para este libro que algunos describen como “literatura del horror”, por sus descripciones tan humanas que rasguñan el alma, Alexiévich recolectó por años cientos de voces de mujeres entre las que descubrimos esos otros registros distintos a los masculinos y que nos cuentan de qué color es y a qué huele la guerra, qué pájaros la habitan, a qué suena la tierra en un combate, cómo crujen los huesos, cómo agoniza un ser humano, cómo llora un perro, cuáles recuerdos se fijan en la mente, cómo se siente el abrazo de un árbol.

La belleza es una búsqueda constante de las mujeres, lo reflejan sus relatos.

(“Recogí unas violetas. Un ramito pequeño, lo até a la bayoneta”)

(“Como la noche en que me puse el vestido de novia que me hice yo misma, con vendas”)

(“En la guerra está prohibido recordar lo más tierno… Lo tierno está prohibido)

(“Moriré en este combate. Tengo un presentimiento. He ido a ver al cabo y le he pedido ropa interior nueva”)

La escritora se mete a la intimidad de esas jóvenes, muchas de ellas adolescentes, enlistadas por voluntad propia para defender a su patria y en cuyas almas, cuerpos, rostros y sueños la guerra dejó su marca implacable. En las páginas vamos descubriendo el dolor que sienten por abandonar a los hijos o el costo pagado por no asumir el rol de ama de casa. Nos descubre que, incluso en la línea de fuego, se esperaba de ellas ternura, una sonrisa, que no se amargaran. Nos muestra cómo viven la sexualidad, el acoso, las violaciones o qué pasa cuando viene la menstruación.

(“¿Cómo se podía dar a luz cuando te rodea la muerte?”)

(“Nuestro organismo cambiaba hasta tal punto que durante la guerra no éramos mujeres. No teníamos eso de las mujeres… Las menstruaciones… Bueno, ya me entiende…”)

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: REPORTEAR DESDE EL PAÍS DE FOSAS

El libro da cuenta de la doble guerra que vivieron las combatientes. Aunque su papel fue indispensable, una vez terminado el conflicto, al regresar a casa, fueron tratadas como putas, olvidadas por sus compañeros de armas, castigadas por la gente, excluidas como intocables. La victoria no fue compartida con ellas.

(“Al principio nos escondíamos, ni siquiera enseñábamos nuestras condecoraciones. Los hombres se las ponían, las mujeres no. Los hombres eran los vencedores, los héroes; los novios que habían hecho la guerra, pero a nosotras nos miraban con otros ojos”)

(“Rompí a llorar: ‘Habláis del honor, del respeto. Y mientras tanto nuestras chicas son casi todas solteras. Nunca se han casado. Viven en pisos compartidos. ¿Quién se compadeció de ellas? ¿Quién las defendió? ¿Dónde os escondisteis después de la guerra? ¡Traidores!”)

Este libro es también un relato sobre las emociones que habitan esa gran guerra, los sentimientos y detalles cotidianos que las bibliotecas ocultan, y que por ello su relato es más doloroso, más vívido, más cercano. Nos enfrenta a las distintas dimensiones de la guerra que destruye vidas, hace picadillo los cuerpos, marchita almas, envejece rostros, tritura sueños.

(“Hubiera sido mejor que me hubieran herido en el brazo o en la pierna, que me doliera el cuerpo. Porque el alma… duele mucho”)

(“Tengo nietos. Tengo hijos, tengo esposa. Pero perdí mi alma… Me falta mi alma…”)

(“Perdí las lágrimas… El don de llorar, ese don tan de mujeres”)

(“Tengo la sensación de haber vivido dos vidas: una de hombre y otra de mujer…”)

Los libros de la periodista bielorrusa son como cajas de música que coleccionan voces de personas -no personajes, personas reales- que recuerda lo que vivieron durante Grandes Episodios Históricos (como el accidente nuclear de Chernóbil, la caída del mundo soviético o –en este caso- la segunda guerra). Los relatos desgarran, enmudecen, sacan lágrimas, pero también acarician y ayudan a descubrir, entre lo más profundo del horror, pequeños gestos de belleza, guiños de esperanza, detalles de amor que permiten la vida.

Alexiévich es una suerte de científica que examina a través de un microscopio a personas anónimas llenas de recuerdos, y escruta en sus memorias, tristes y luminosas, cómo afrontaron el horror. Con sus respuestas intenta responder las preguntas sobre lo que nos hace humanos, sobre la humanidad que compartimos.

(“Las flores inundan nuestra casa, cada día miro por la ventana y veo el mar, pero todo mi ser desfallece de dolor, mi rostro ya no ha sido nunca un rostro de mujer”)

(“Durante la guerra me enamoré tanto de la gente que ya no podré dejar de amarla nunca”)

La verdad enterrada

Por Marcela Turati.-En su página de Facebook, la señora Margarita López escribió con “alma y corazón amputados” una dedicatoria a su hija, Yahaira Guadalupe. La había buscado –en esta tierra y entre los muertos– durante dos años, dos meses y 20 días.

Por “su niña” (la de la foto impresa en las mantas que siempre cargaba: grandes ojos almendrados, rostro maquillado, vestido de novia) se convirtió de ama de casa en investigadora. Gastó millones en informantes, se introdujo a cuarteles militares, recorrió morgues, revisó pilas de cadáveres, encaró a criminales dentro de las cárceles, descubrió casas de trata y se enfrentó a la corrupción del gobierno; se unió al Movimiento por la Paz, marchó por todo México y por Estados Unidos, hizo dos huelgas de hambre, afrontó un levantón, se salvó de un atentado y encaró a dos presidentes y a sus gabinetes con la exigencia de que localizaran a su hija. (más…)

Cautivos en el infierno

Por Marcela Turati.-“Mi hermano desapareció cuando tenía 19 años. Trabajaba en el pueblo, en una carpintería, y un día unos amigos le dicen que los acompañe a llevar una troca a la sierra, llegando allá con un mueble les dicen: ‘Ustedes se van a quedar aquí a trabajar’, y les dan armas poderosas y trocas y los ponen a cuidar al pueblo. Estaban bajo las órdenes de un comandante, entre la gente, matando. Porque los ponían a matar. Pero mi hermano nunca mató.”

El testimonio es de una joven de Chihuahua. No es un relato más de los que se susurran durante las reuniones de familiares dedicados a la búsqueda de uno de los suyos –extraviados, levantados, secuestrados o desaparecidos–, de esos que dan cuenta de que no todos los desaparecidos están muertos, algunos están vivos, esclavizados; esta historia contiene datos, nombres de pueblos, descripción de criminales. (más…)

Estrategia mediática

Por Marcela Turati.-La Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) se fijó una ruta crítica llena de atajos para tener algo que presumir sobre la Cruzada Nacional contra el Hambre el 1 de septiembre, día del informe presidencial, ya que dicha estrategia sigue en la fase de diseño y experimentación.

Como primera maniobra, el número de municipios que se atenderá en la primera fase se redujo de 400 a 80, la mayoría pequeños y rurales, donde se instalarán tiendas Diconsa, lecherías Liconsa y comedores escolares, además de entregar suplementos alimenticios de la Secretaría de Salud para obtener resultados rápidos.

Las acciones en los 80 municipios elegidos como “prioritarios” con miras al informe de Enrique Peña Nieto impactarán en las condiciones de vida de 364 mil 901 personas que viven en pobreza extrema y padecen hambre, una cifra muy alejada de los 7.4 millones de personas que eran la meta inicial para esa etapa. (más…)

Rabia e impotencia

Por Marcela Turati.-La señora Beatriz Mejía Díaz volvió por enésima ocasión a un anfiteatro mexiquense para pedir que le enseñaran el registro de todos los cuerpos de personas no identificadas que habían tenido en sus bóvedas.

“Señora, usted ya ha venido varias veces, su hija no está en los registros”, le dijo un empleado cuando pidió las carpetas. Obstinada, exigió que le dejaran revisar personalmente cada una de las fichas a partir del 4 de noviembre de 2011, cuando su hija Alejandra Viridiana Osornio Mejía desapareció, fueran registros de hombres, niños o ancianas.

Al repasar los documentos del 27 de enero de 2012 la encontró. La tuvieron ahí como NI (no identificada) y la enviaron a la fosa común. (más…)

Madres, huelga, promesas, engaños…

Por Marcela Turati.-Ana María Maldonado estaba recostada sobre una cama inflable, en una tienda de campaña que nueve días antes se había convertido en casa, instalada en el pavimento sobre la lateral de la avenida Paseo de la Reforma. En esa burbuja de plástico azul, semejante a una placenta, ella llegó a sentir una conexión especial con su hijo Carlos (“mi bebé”, le dice), un treintañero a quien dejó de ver hace tres años.

Su hijo desaparecido se le reveló sonriente. A ratos lo notaba triste, pero ella creía que era por verla viviendo en la calle por su causa. Otras veces sintió su abrazo y ella se permitía disfrutarlo, en esa conexión umbilical que los une desde que lo tejió en su vientre. (más…)