narcotráfico

El Pozolero y sus 300 “talachas”

30 mayo, 2015 // Edición Mexico, Narcotráfico

Aunque la práctica de disolver cuerpos humanos en sosa cáustica es antigua, fue Santiago Meza López quien le puso rostro a ese oficio cuando, luego de ejercerlo durante 10 años al servicio de los hermanos Arellano Félix, se le aprehendió y presentó como El Pozolero. Recluido en el penal del Altiplano desde 2009, confesó haber disuelto 300 cadáveres. Entrevistada en Tecate, su esposa repudia el sobrenombre que le adjudicaron… Tal es uno de los perfiles, elaborado por la reportera Marcela Turati, de 14 siniestros personajes latinoamericanos vivos incluidos en el libro Los malos, que, editado y antologado por la periodista argentina Leila Guerriero, se publicó hace unos días en Chile bajo el sello de Ediciones Universidad Diego Portales. He aquí un adelanto de este trabajo…

–¿Y él qué explicaciones da acerca de eso?

–Me creerá que de eso no me ha dicho. Cuando le digo, sólo me responde: “Tú mejor que nadie sabes cómo soy yo”.

Irma es una mujer de más de 50 años, cara redonda, pelo al hombro teñido de rubio cobrizo. Es robusta. Viste una camiseta gris, sencilla. Vive en una casa a la que se llega cruzando la cochera techada de una casa vecina, un tanque de gas, un tendedero de ropa y una lavadora, en un barrio del pueblo de Tecate, ubicado en el desierto mexicano, en la línea fronteriza con Estados Unidos.

A Irma se le traban las palabras cuando quiere referirse al empleo de Santiago Meza López, su marido. Habla de “ese trabajo”, da rodeos (“¿cómo le puedo decir…?”), hasta que termina por llamarlo “eso”. La conversación se llena de obstáculos, pero no la interrumpe. Parece deseosa de hablar sobre su esposo preso, aunque hasta ahora, y desde hace cinco años, no ha tocado con extraños este tema.

Dos horas antes, cuando golpeé la puerta de su casa para entrevistarla, parecía asustada, pero me invitó a pasar y, apenas entré a su vivienda color rosa pastel, de dos pisos y pocos muebles, empezó a hablar. En la planta baja están la cocina y el comedor, donde hay una cómoda con espejo y un altar a San Judas Tadeo (el santo de las causas difíciles), un televisor de pantalla plana y un sillón donde permanece, como una estatua, Irene, su hija de 30 años, con los ojos clavados en el piso. Es la mayor de sus cuatro hijos y parece dopada. Pero no lo está: hace cinco años dejaron de usar medicamentos para domarle la conducta y esta tarde, simplemente, está cansada.

Una niña de cinco años, cabellos rubios, ojos color verde intenso, baila y canta alrededor hasta que su mamá –nuera de Irma– la llama a jugar al piso de arriba. Es la “cachorrita”, como le dice su abuelo cuando habla con ella por teléfono desde el penal de máxima seguridad de Almoloya, en el centro del país, donde son encerrados los criminales más peligrosos de México.

Irma dice que su esposo está en la cárcel porque fue enrolado en el narcotráfico cuando migró a Tijuana a buscar trabajo como albañil. Ella no lo dirá, pero está probado que se inició con el cártel de Tijuana, comandado por los hermanos Arellano Félix, amos de esa ciudad fronteriza, y terminó en el de Sinaloa.

Santiago Meza López trabajaba para el narco, pero Irma se rehúsa a creer que dentro de la cadena productiva del crimen organizado “su viejito”, su marido, su Santiago, haya hecho el trabajo que dicen que hizo. El que ella no puede pronunciar. Eso.

–Le ofrecieron el trabajo ese de… de… de… Porque él decía: “Yo prefiero mi trabajo a que ustedes se mueran de hambre”.

Irma tartamudea. A unos metros, Irene, su hija, se reactiva como un muñeco con resorte, alza el rostro y grita:

–¡Que no dicen que ya no pudo caminar y aceptó!

Irma se da vuelta para mirarla. Está acostumbrada a esas intervenciones de la chica, que nació enferma.

–Él, mi viejito, aceptó el trabajo de… ¿cómo le puedo decir?, si hasta se me hace feo.

–¿Empezó como vendedor?

–No, como mandadero. “Mueve esto, trae a mi familia, pasa por mí”. El mal trabajo lo ofrecían así, y la mera necesidad lo empujó a aceptar.

Irma y su familia no son de Tecate. Se mudaron a esta frontera 20 años atrás, para ahuyentar la miseria, dejando Sinaloa: un caluroso estado junto al océano Pacífico, famoso por su pesca, sus playas, su producción de vegetales, de mariguana y de capos del narcotráfico.

Irma y Santiago fueron novios desde la infancia. Cuando se conocieron en la ciudad de Guamúchil, Sinaloa, ella tenía nueve y él 11. Vivían en el mismo barrio pobre y periférico, donde mucha gente se dedicaba a buscar lodo colorado para hacer ladrillos y venderlos.

Al describir a su “viejito” y defender su inocencia, Irma recurre a una anécdota del día en que, ya casados, ella se enfadó porque su casa estaba invadida por gatos recién nacidos, y pidió a unos niños que los abandonaran en un basurero cercano. Cuando Santiago llegó a casa y  no los encontró, quiso saber qué había ocurrido.

–Los mandé tirar porque yo no quiero tanto cochinero –lo retó ella.

–¿Y qué si te hubieran tirado a ti? –preguntó el esposo, molesto, antes de mandar a los niños a rescatar a los animales.

Así era el hombre con el que se casó hace 30 años: un hombre que, dice, no merece el horrendo apodo con el que se le conoce.

–Si él no se animaba porque le daban lástima los animales, ¿cree que le va a quitar la vida a las personas? A mí hasta la fecha me da coraje. A él siempre, siempre le decían por su nombre. Nunca de otra forma. No sé ese nombre que dicen de dónde lo sacaron.

Irma se enreda para referirse al apodo con el que el Ejército presentó a su marido ante la prensa, el sobrenombre que lo hizo famoso y se quedó clavado en las pesadillas de los mexicanos: El Pozolero.

El pozole es un caldo típico mexicano, hecho a base de granos de maíz, al que se le agrega carne de pollo o de cerdo. Pozolero se le llama al cocinero de ese alimento. Pero en el lenguaje del narco el pozolero es quien disuelve los cadáveres. Santiago Meza López le puso su rostro a ese oficio. Ese oficio tuvo, en él, su encarnación.

Eso es lo que Irma no se atreve a mencionar: que durante mucho tiempo su esposo, el papá de Irene y el abuelo de la cachorrita, “cocinó” cadáveres con ácido hasta hacerlos desaparecer.

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Cada 18 días, Santiago Meza López habla con Irma. Cada nueve, tiene permiso para una llamada telefónica de 10 minutos. Casi siempre a las 8:00 de la mañana, una semana el teléfono timbra en casa de doña Rita López, la madre de Santiago, en Guamúchil, Sinaloa; a los nueve días el teléfono suena en casa de Irma y sus hijos, en Tecate, Baja California.

En esas llamadas de no más de 10 minutos, Santiago Meza trata de saber qué ocurre fuera de Almoloya. Pasa lista y pregunta por su esposa, sus hijos, sus nietos, su madre, sus nueve hermanos, sus suegros, sus amigos, sus vecinos, hasta que se le agota el tiempo.

Aunque siempre fue un hombre reservado y de pocas palabras, le ha contado a Irma que en Almoloya está por terminar la educación primaria; que a veces lo sacan al patio a jugar voleibol; que ya se aprendió la Biblia de tanto leerla y que empezó a tomar clases de pintura; que le sobra tiempo, que extraña trabajar y que le gustaría que en el penal enseñaran carpintería.

La mesa de la cocina, donde Irma tiene los brazos apoyados mientras refiere que Santiago cenó pavo en Navidad y que está preocupado porque la cárcel lo haga engordar, se encuentra cubierta con un plástico transparente estampado de frutas. Sobre la mesa hay dos cuadros que Santiago envió de regalo para Navidad. El primero es un retrato al óleo de sus tres nietos; el otro es una pintura de las princesas y heroínas de Walt Disney. Hay un tercer cuadro, que Irma describe pero que no está en la sala. Representa el conflicto entre el bien y el mal con un angelito y un diablo. Irma cree que Santiago contrató a otro reo para que los pintara, porque su marido todavía no sabe hacer trazos finos.

En esta casa, Irma vive con dos de sus hijos (Irene y un varón joven que tiene un negocio en el centro), la esposa de su hijo y la hija de ambos,  “la cachorrita”. En la planta baja no se ven fotos de Santiago, e Irma no quiere mostrar las que guarda, para respetar la obsesión de su marido por la privacidad, aun cuando ya es demasiado famoso.

Santiago Meza López apareció el domingo 25 de enero de 2009 en la televisión. Vestía un pantalón de mezclilla y una sudadera gris deslavada, en un terreno baldío de Ojo de Agua, Tijuana. Un hombre bajo, de pelo corto color negro azabache, cejas espesas, facciones abigarradas y barriga protuberante. Llevaba las manos entrelazadas tras la nuca, los ojos bajos y estaba rodeado por militares con el rostro cubierto con máscaras negras. Las mismas que usan cuando presentan al público a un personaje “pesado” del  narcotráfico. Un periodista le preguntó:

–¿Cuántas personas deshiciste?

Con el ojo izquierdo casi cerrado por una inflamación, raspones en el rostro y un chichón en la cabeza, Santiago Meza respondió:

–Unas 300.

Siguió una lluvia de preguntas de los reporteros presentes:

–¿A qué tipo de personas deshacías?

–A los que me traían.

–¿Tú los matabas?

–Me los traían muertos.

–¿Los despedazabas?

–No, enteros.

–¿Cómo lo hacías?

–Yo los echaba en un tambo con ácido y ahí se desintegraban.

–¿Qué tiempo se tardaba en deshacer un cuerpo?

–Veinticuatro horas.

–¿Qué hacías con lo demás, con lo que te quedaba cuando estaba deshecho?

–Lo echaba en una fosa.

–¿En qué fosa?

–Aquí, en esta casa.

Meza López hizo entonces un gesto con la cabeza, con el que señaló el suelo que pisaban él, los militares y los reporteros: un terreno baldío bardado con bloques de cemento. El interrogatorio duró menos de cinco minutos y, aunque cortante y escueto, Meza López respondió todo lo que le preguntaron. Así, se supo que entre sus víctimas no había niños ni mujeres y que por su trabajo recibía 600 dólares al mes. Dijo primero que disolvió a 300 personas en un solo año, aunque después aclaró que 300 era, en realidad, el número total de víctimas que había deshecho durante los 10 años que practicó el oficio. Dio detalles a la prensa sobre su modo de trabajo, con una naturalidad que sorprendió a todos. El principal componente era la sosa cáustica. El método de cocción, a fuego alto durante un día entero. La capacidad por semana, de tres cuerpos.

Aquel 25 de enero, al presentarlo a la prensa, los militares lo identificaron con el sobrenombre que tanto enoja a Irma: El Pozolero. El apodo con el que desde entonces aparecería en las revistas, el que dio nombre a una película y motivó un narcocorrido. Su método de trabajo no tardó en aparecer en series de televisión estadunidenses como Breaking Bad. Aunque Santiago Meza no inauguró este oficio (antes hubo otros), él le puso rostro.

–A veces le digo: “M’ijo, ¿por qué lo hiciste?” –cuenta Irma, con la mirada perdida, rememorando las charlas que han tenido en la cárcel–. Él dice que no sabe.

Irene revive y grita desde el sofá:

–¡Le inventaron!

La narcopolítica y yo

23/03/2016 // Columna publicada en MásporMás

En la Sierra Tarahumara analizábamos las repercusiones del narcotráfico en la vida cotidiana. Quienes estaban en la charla trazaron una línea de tiempo, en un intento de explicarse cómo se había incubado esa violencia que los tiene encerrados en sus casas, prisioneros, despojados del terruño amado donde se criaron.

“Siempre se ha cultivado eso –dijo alguien– pero había libertad de a quién venderle y los narcos eran campesinos conocidos”. “Luego se ordenó a la gente que sólo a ciertas personas venidas de fuera debían de vender su mercancía”, comentó otro. “Quien vendía por su cuenta desde entonces era castigado”.

En el mapa iban sumando datos para dejar asentado qué pasó año con año. Hasta que todos ubicaron una fecha como el parteaguas, el arranque de su desgracia. Una línea dividía el antes y el después: el día que “el narco ganó las elecciones”.

Ese momento en el cual los candidatos a diputados y a presidentes municipales “no eran gente del partido” sino empresarios desconocidos impuestos a saber por quién. Esa fue la tendencia presente en la mayoría de los municipios serranos. El arranque formal del narcotráfico como financiador las campañas.

Los alcaldes ganadores, esos desconocidos sin currículum partidista, nuevos ricachones de pueblo a quienes no se conocía interés en la política, nombraron a sus compadres en el gabinete y pusieron a sicarios como policías municipales.

Lo que siguió en el tiempo fue el terror: la primera masacre, la de Creel, el pueblo mágico de camino hacia las Barrancas del Cobre. Desde ese 2008 la violencia no ha cesado.

Pocos medios que escapan a la línea de gobierno informan sobre los asesinatos, los pueblos abandonados, las casas quemadas, la estampida de personas que huyen horrorizadas, los indígenas mendigando en las periferias de las ciudades muertos del susto, del hambre y del frío. Algunos pocos rarámuris susurran en voz baja y con el miedo atascado en la garganta que “a una familia la quemaron viva”… “entraron al pueblo y se llevaron a nueve hombres”… “nos obligan a sembrar para ellos sino nos matan”.

La historia de nuestro secuestro inicia cuando los partidos políticos le abren la puerta al dinero de la mafia y se le retribuye el favor permitiéndole apoderarse del territorio, controlando la economía y a la población. O cuando a algún gobernante le ponen una pistola en la nunca para obligarlo a dejar hacer a la mafia, y nadie lo auxilia.

Lo que sigue para la gente es convertirse en esclavos y vivir presos en un paisaje sin colores donde se instala la tristeza, la desconfianza y el silencio. La muerte suelta por las calles jugando a una ruleta rusa donde todos son ejecutables.

Hace varios años una veterana reportera de Chihuahua, mi tierra, me contó que mientras hacía un reportaje sobre las elecciones serranas descubrió ese patrón delictivo de captura de los puestos de elección popular. En su diario no le permitieron publicarlo. El estratega electoral de esos comicios después fue gobernador.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: EL PERIODISMO QUE SALVA VIDAS

 

Se me enchinó la piel hace unos días cuando leí en La Jornada y en Proceso que la historia se repite en estas elecciones: en tres municipios serranos, zona de influencia de cárteles, el PRI inscribió candidatos con fama pública de narcotraficantes. Y, casualmente, sus adversarios estaban siendo obligados a renunciar.

El presidente del partido, rápida y convenientemente, respondió que revisaría esas candidaturas. Pero, ¿por qué no lo hizo antes? ¿Por qué los periodistas son los encargados de dar la alerta, arriesgando su vida, y no el sistema judicial? ¿Quién sanciona a los partidos que nos entregan a los brazos de nuestros secuestradores?

La narcopolítica no es un concepto ajeno a nosotros. Es la venta de nuestra libertad. Es el saqueo permitido de nuestros recursos naturales. Son los asaltos, secuestros o cobros de piso tolerados en nuestro barrio. Son los policías que asesinan y desaparecen a cualquiera que les parece sospechoso. Son las masacres permitidas. Es la prohibición de las protestas y el silenciamiento de nuestros periodistas. Es ir al Ministerio Público y que nadie quiera levantar tu denuncia. Es no poder vacacionar o usar ciertas carreteras por miedo a ser desaparecido. Son nuestros jóvenes asesinados, cortados en pedacitos. Es respirar aire envenenado y presenciar el ahorcamiento de nuestro futuro. Es tener la casa tomada.

Esta traición política contra los ciudadanos es añeja y perpetuada por alcaldes, gobernadores, legisladores, jueces, generales, presidentes de la República que por tener más poder nos vendieron como rehenes.

Los escándalos de la semana son los de la diputada acusada de manejar los negocios de El Chapo y del ex presidente de otro partido acusado de trabajar para un cártel sanguinario. Pero tenemos historias dignas de colección: Gobernadores videograbados con capos de la droga, presidentes de partido impedidos de viajar al extranjero porque tienen órdenes judiciales esperándolos, directores de penales que permiten a los sicarios salir en las noches a matar o incinerar cuerpos dentro de las instalaciones, presidentes municipales emparentados con los narcos locales, policías dedicados a entregar gente a los asesinos, militares y federales supervisores de que la amapola llegue bien a su destino, presidentes señalados como imposiciones de los cárteles a los que benefician.

Si la cabeza está corrupta, todos están invitados a corromperse.

Los políticos se han vuelto cínicos ante las evidencias. En cada proceso electoral los directivos de los partidos desempolvan el anuncio de que blindarán los comicios de la infiltración del narcotráfico, pero sus promesas de saliva se convierten en escupitajos a los ciudadanos.

No se ve una solución próxima: Cuando los violentos toman el poder, los mejores ciudadanos, los decentes, los comprometidos, se alejan de la política, se autodescartan del pervertido juego electoral con reglas que sólo los mafiosos entienden. Pocos son las y los valientes que entran al sistema electoral en un intento por rescatar nuestro futuro y, cuando lo hacen, su propio partido los sabotea o enfrentan a la maquinaria del dinero que compra votos o reciben amenazas hasta que renuncian a la candidatura o con un balazo en la frente se les hace llegar el mensaje.

La CNDH, omisa y remisa ante los miles de desaparecidos

Por Marcela Turati 

La desaparición masiva de personas en México ha dado pie a severos informes de organizaciones internacionales como Human Rights Watch y Amnistía Internacional, visitas del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU, la intervención del Comité Internacional de la Cruz Roja y llamadas de atención de parte del Sistema de las Naciones Unidas y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Y pese a los más de 20 mil reportes sobre desapariciones que acumula desde 2005, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) no ha emitido un informe especial ni una recomendación general al gobierno. (más…)

A la luz, los secretos de las matanzas de Tamaulipas

Por Marcela Turati

Salieron en autobuses de pasajeros rumbo a la frontera soñando en su nueva vida, pero regresaron a bordo de un tráiler con caja refrigerante que los depositó en una morgue. La mayoría de los 196 cadáveres hallados en abril de 2011 en las fosas en San Fernando, Tamaulipas, era de migrantes pobres asesinados a golpes; su vida no valió siquiera una bala. Al gobierno de Tamaulipas le preocupaba que la mala publicidad espantara el turismo y las inversiones. Alguien ordenó sacar del estado los cuerpos para tapar el escándalo.

La información está contenida en la serie de cables desclasificados que funcionarios estadunidenses enviaron de México a Washington entre 2010 y 2012. En esos reportes queda claro que el gobierno mexicano estaba al tanto de los crímenes que cometían Los Zetas en San Fernando desde antes de la masacre de los 72 migrantes de agosto de 2010 y del hallazgo, al año siguiente, de las fosas comunes. (más…)

“Tengo años siguiendo sus pasos…”

Por Marcela Turati

El periodista Alfredo Corchado estaba en el Distrito Federal. Atendía una cita con representantes de una editorial. De pronto sintió en su pantalón la vibración de su celular, y aun cuando lo apagaba, el zumbido persistía. La insistencia al otro lado de la línea le preocupó. Pensó que era una mala noticia. Se disculpó y salió del restaurante. Vio la pantalla y quedó mudo.

“40 captured”. El mensaje era contundente. (más…)

Lo que declare “El Z-40”, clave para ubicar desaparecidos

Por Marcela Turati.-Alfonso Moreno Díaz extiende sobre la mesa de su oficina un mapa que muestra los caminos rurales, semidesérticos, que se abren paso como várices por extensas tierras deshabitadas –y salpicadas de pueblos casi fantasmas– entre Nuevo León y Tamaulipas. Un círculo señala el tramo de estas carreteras que cruzan territorio zeta donde fue capturado su hijo, el ingeniero Alejandro Alfonso Moreno Baca, y en el que han desaparecido más de 220 personas.

“Este es el ‘Triángulo de la Muerte’: las carreteras que unen Nuevo Laredo, Reynosa y Monterrey, donde las organizaciones civiles han contado más de 200 desaparecidos de 2010 a 2012. Son muchos más si sumamos a los de todo el noreste (Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila)”, dice este hombre, quien junto con su esposa Lucía se ha dedicado a buscar a su hijo desde el 27 de enero de 2011. (más…)

Cautivos en el infierno

Por Marcela Turati.-“Mi hermano desapareció cuando tenía 19 años. Trabajaba en el pueblo, en una carpintería, y un día unos amigos le dicen que los acompañe a llevar una troca a la sierra, llegando allá con un mueble les dicen: ‘Ustedes se van a quedar aquí a trabajar’, y les dan armas poderosas y trocas y los ponen a cuidar al pueblo. Estaban bajo las órdenes de un comandante, entre la gente, matando. Porque los ponían a matar. Pero mi hermano nunca mató.”

El testimonio es de una joven de Chihuahua. No es un relato más de los que se susurran durante las reuniones de familiares dedicados a la búsqueda de uno de los suyos –extraviados, levantados, secuestrados o desaparecidos–, de esos que dan cuenta de que no todos los desaparecidos están muertos, algunos están vivos, esclavizados; esta historia contiene datos, nombres de pueblos, descripción de criminales. (más…)