periodismo

Soy el número 16, el documental de los periodistas desplazados

21/09/2016 // Columna publicada en MásporMás

“Morirse es fácil, les digo. Nada más se va la luz”. Así narra Luis Cardona su casi-muerte, el momento en que era asfixiado hasta llegar a la inconsciencia, torturado por policías de Chihuahua en castigo por estar investigando los secuestros de 15 personas. Él se convirtió en el 16. “No me mataron no sé por qué”.

Soy el número 16 es un cortometraje animado que se atasca en la garganta, indigna, saca lágrimas, provoca rabia… y ahora también causa orgullo: es el único trabajo mexicano entre los 12 finalistas del premio Gabriel García Márquez que reconoce a los mejores trabajos periodísticos de Iberoamérica. Es un corto realizado por periodistas desplazados, dedicado a tres periodistas asesinados, y una terrible metáfora de la situación del periodismo en México.

El cortometraje fue realizado por Rafael Pineda (Rapé) y Polo Hernández, un caricaturista y un periodista que tuvieron que salir huyendo de Veracruz con pocos días de diferencia para salvarse de las amenazas recibidas; en la Ciudad de México conocieron a Luis Cardona, quien después de muerto comenzaba una nueva vida lejos de Chihuahua.

A Rapé se le quedó atenazada en la mente aquella fiesta donde Polo le presentó a Luis, en la que terminaron llorando juntos al escuchar su historia.

Para hacer ese documental que dura 10 minutos tardaron un año, tiempo en el que el desafío fueron cuestiones emocionales más que técnicas.

¿Cómo hacer algo creativo y periodístico con la propia pesadilla? ¿Cómo se dibuja una tortura? ¿Cómo te proteges el corazón cuando revives tu historia a través del relato del colega? ¿Qué se hace cuando se cae en abismos creativos? ¿Cómo trabajar en un equipo donde la prioridad de todos es sobrevivir y lidiar con la propia pérdida? ¿Dónde se consigue dinero cuando ya no hay ahorros?

Otros caricaturistas, periodistas y un músico se aliaron con la causa y tendieron esos lazos que ayudan a escapar de calabozos (Alberto Rosas, Lú Soriano, Noé Lynn “La Dama”, Alina Rétiz, Santiago Pineda, Natalia Alonzo, entre ellos). Rapé invirtió sus ahorros, Rompeviento prestó su espacio para grabar, Periodistas de a Pie consiguió el dinero que faltaba y le dio plataforma para la difusión.

Soy el número 16 no es la historia de una víctima que quiere conmover, y eso no se cansan de repetir los directores. Es la historia de un periodista que hizo lo que tenía que hacer. Es la historia de un valiente que cuenta lo que es regresar de la muerte y cuya vida es testimonio de las cicatrices en el cuerpo, en la mente, en el alma que dejan los abusos del poder.

Es la historia de un equipo de sobrevivientes aferrado a seguir haciendo periodismo en pleno naufragio.

Este documental pudiera ser la historia de muchos periodistas desplazados que he conocido en México y Estados Unidos, a quienes he visto caminando como almas en pena, sin saber qué cubrir, con la mente pensando en la tierra donde su ombligo está enterrado, queriendo regresar a ver al padre enfermo, nerviosos porque quizás ya les desmantelaron la casa o el negocito que tenían ya quebró, empleándose de lo que sea, sin saber si hay horizonte. Atrapados en ese camino hacia ninguna parte. Cuidando esa llave que no abre ya ninguna puerta.

—La incertidumbre es lo que mata—, me dijo alguno en un bar en la Ciudad de México, donde la mayoría recala.

Varios renunciaron o fueron despedidos cuando por salvar la vida faltaron a su trabajo. Los que regresan –muchas veces empujados por la soledad—son tratados como enfermos terminales por sus propios colegas, como si todo mundo supiera que su destino es ser el próximo “ejecutado”. Y algunos no se han salvado de ese augurio.

Recuerdo aquella mañana en la que junto a Rapé, Daniela Pastrana y Balbina Flores estuvimos escuchando las historias de otros periodistas de Veracruz y Tamaulipas recién llegados a la Ciudad de México. En una servilleta garabateé fragmentos de sus testimonios: “…antes que psicólogo necesitamos trabajo… tuvimos trabajos temporales que se acabaron… en los mecanismos de gobierno sólo me engañaron, fui su conejillo de indias… uno ya sabe qué esperar de los malandros, pero no está preparado para que te traten así de los que atienden a las víctimas… cuando recibo una llamada de allá vuelvo a revivir todo, no lo he superado…”

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: LAS ELECCIONES DEL ODIO

Cada que explorábamos posibilidades para ir comentando su nueva vida surgían obstáculos insospechados.

¿Casa?: “No podemos rentar porque no tenemos aval”.

¿Seguro Popular?: “No traemos papeles de identidad, los dejamos todos allá”.

¿Trabajo?: “Nadie nos conoce, no nos dan referencias para conseguir y además la gente desconfía de nosotros”.

¿Freelancear?: “Lo haríamos, si tuviéramos internet, pero no podemos contratar teléfono, estamos en un cuarto ajeno, no nos alcanza para pagar nada más”.

Desde ese día noté que a Rapé ya le zumbaba esa idea de juntar a todos los periodistas sin tierra para hacer algo periodístico, de transformar la aparente derrota en luz. Para dejar constancia de estos tiempos oscuros. Lo demás ya es historia.

P.D. Con esta columna me despido de este espacio. Después de ocho años de cubrir historias sobre las víctimas de la violenta guerra mexicana, haré una pausa para dedicarme a estudiar. Con otros 22 periodistas internacionales soy becaria de la Fundación Nieman, en Harvard, desde donde intento tomar aire, absorber la belleza del paisaje y mirar a México desde el balcón, no desde el terreno, intentando descubrir por dónde seguir y experimentar otras maneras posibles para contar lo que ocurre en México. Muchas gracias a Máspormás por el espacio y a ustedes por haberme acompañado cada miércoles.

La difícil mudanza de la vida

 

17/08/2016 // Columna publicada en MásporMás

Empacar no es tan sencillo como desmontar una tienda de campaña, o una jaima nómada, doblarla hasta hacerla chiquita y abrirla en otro sitio. 

Mi mudanza fue difícil. Fue un reencuentro con la última década de mi vida, una cita que tenía mensajes esperándome ocultos en algunos libros, entre la ropa, el altero de papel archivado, las fotografías fuera de los álbumes y el casillero repleto de libretas en las que escribí las notas para mis reportajes.

El país entero y sus conflictos dejaron su huella en mi vida. De ser una reportera que cubría asuntos relacionados con la pobreza, desastres naturales o tragedias por negligencia institucional, la última década me fui agarrando a un cable de alta tensión, el mismo sobre el que camina el país, y llené mis libretas con dolorosos testimonios del horror: gritos y susurros de las personas desaparecidas, torturadas, asesinadas, masacradas, heridas o que buscan a familiares en fosas clandestinas.

Entre las apariciones de cartitas con mensajes de amor, los diarios que llenaba con dibujos cuando escribir me pesaba, los muebles afectados por la húmeda oscuridad, la ropa que nunca usé, los remedios milagrosos que compré y dejé sin abrir o cientos de tarjetas de presentación de personas que nunca dejaron de ser desconocidas, me topé con escritos llenos de denuncias que se convirtieron en reportajes.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: EL EQUIPO OLÍMPICO DE LOS SIN-PAÍS

Cada libreta contaba su propia historia. Me costó trabajo recordar los rasgos de personas cuyas vidas quedaron esbozadas en mis apuntes, mientras que a otras las tengo tan presentes que me pareció que se materializaban. Algunas veces me sonrojé al encontrarme con casos que tenía documentados, pero nunca escribí de ellos, quizás porque pensé que no era el momento, porque no hubo espacio en la edición, por el exceso de gritos de ayuda cuando el país entero se convirtió en una emergencia, porque me faltó claridad o porque algo en mí hacía resistencia. Pedí perdón internamente a las personas que protagonizaban esas historias.

En la mudanza encontré la historia de la red de periodistas que se incubó adentro de mi casa y los apuntes de otros complots que se fraguaron entre las paredes de ese viejo departamento. La bolsa con los disfraces que usábamos cuando la fiesta se prolongaba, los carteles que llevamos a algunas manifestaciones contra la muerte, los trastes oxidados de mi perro, el alebrije gigante que nos miraba desde el techo, las herencias olvidadas por quienes durmieron entre esas paredes.

Esta semana me despedí del departamento habitado por emociones que compusieron mi vida y que compartí en distintos tiempos con siete roomies, varios amores, un cariñoso perro, muchos amigos y alumnos (que terminaron siendo amigos), y donde viví siempre conmigo misma.

La vida es una mudanza continua que empuja a soltar, a enfrentar y cerrar aquello que dejamos para después, a empacar poco y aligerar cada tanto del peso, a soltarse de lo conocido aunque estemos cómodos, a pesar de la incertidumbre de lo que viene, a abrazar, a dar las gracias y decir hasta pronto, como una moneda que queda al aire, mientras tiramos la llave en una coladera.

Expulsada de la lista de Forbes

 

03/08/2016 // Columna publicada en MásporMás

 

Para Rubén, a un año de su asesinato, con el puño arriba y la frente en alto

Aquella mañana en mi edificio se escuchó el grito de terror más hipster que se hubiese oído jamás en la colonia Roma: “¡Noooooo! ¡Me sacaron de la lista de Forbes!”.

Mi roomie corrió a mi cuarto para saber qué pasaba. Le mostré que mi nombre había sido eliminado de la lista de mexicanas célebres. Oh, tragedia.

En vez de entrar en pánico, taza de café en mano, analizamos la causa.

Le conté la conversación que tuve con aquel reportero que me anunció solemne que había sido seleccionada como una de las 50 mujeres que aparecerían en la exclusiva lista anual de la famosa revista especializada en negocios, región 4, edición mexicana.

Su anuncio me dejó como un zombi abducido y noqueado.

Segundos después, entre pasmada y curiosa, me atreví a preguntarle: “¿Yo en Forbes? ¿Aunque mi auto lleva seis meses estacionado afuera del departamento, porque no he podido arreglarlo? ¿Aunque mi sillón tiene pulgas del último viaje que hice a una comunidad para escribir sobre la pobreza? ¿Aunque como freelance no tengo salario fijo ni seguro de gastos médicos, de desempleo y de jubilación? ¿Aunque mi casera se divierte amenazándome con subirnos la renta o desalojarnos del departamento porque mi barrio se puso de moda y cualquiera con ingresos en euros podría sustituirnos?”

El colega me dijo que el poder no se mide con dinero sino con influencia y agregó linduras sobre mi trayectoria en un intento de explicar por qué se habían fijado en mí. Cuando la llamada parecía sesión de terapia se cortó abruptamente por capricho de las viejas y gruesas paredes tipo búnker de mi casa y la pésima recepción telefónica.

El periodista se salvó de mis otras confesiones. No le hablé de mi certeza de haber hecho un voto de pobreza en mi vida pasada pues, aunque nunca me he quedado sin empleo, tampoco he podido hacerme de patrimonio alguno, o que quizás tenga algo que ver con el ferviente deseo que tuve de niña de ser la Madre Teresa de Calcuta. No le conté que soy de esas personas sin cerebro financiero que dejan pasar las “oportunidades de inversión” y tiene dificultades para pensar en el futuro porque, desde que tengo memoria, mi país está en crisis financiera. Tampoco que envidio al periodista que escribió el libro “Yo, precario” que refleja cómo me siento desde que hipsters, máquinas excavadoras y guaruras forman parte de mi entorno más cercano. Ni que siempre me he sentido una suerte de Forrest Gump que sin saber cómo ni por qué —sólo por hacer el trabajo que elegí de escribir sobre quienes sufren—, de pronto está al lado de celebridades, recibe premios y su nombre adquiere cierta fama (aunque eso es relativo porque —como bien dice mi amigo Memo— nadie te reconoce cuando haces fila en la tortillería).

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: LA URGENCIA DE LIMPIARNOS EL ALMA

“¿Me habrán eliminado de Forbes por todo lo que dije sobre mí? ¿Les habré dado pena?”, pregunté una noche a mi amigo Javier que se divertía con mi trágica historia de exclusión equiparable a la sensación de haber sido expulsada de la casa de Big Brother. “¿Será porque el mensaje de la contestadora de mi casa indica que si quieren que les devuelva la llamada deben poner crédito a mi celular?”, bromeé dramática.

Él, como buen amigo que se ríe de la desgracia ajena y resuelve todo invitando unos tragos (que si no curan al menos ayudan al olvido), hizo la finta de tomarse una selfie porque —según me aclaró— nunca había estado tan cerca de alguien que hubiera estado tan cerca de pertenecer a ese club de famosos influyentes del planeta (donde Slim y El Chapo son nuestra mejor aportación vernácula). Y, junto con mi roomie, lloramos de la risa por mi falsa tragedia. Por mi sino de loser.

P.D. Mi casera ganó la partida: me rendí del forcejeo y estoy empacando. Ya dejé de usar mi auto. Sigo sin ningún tipo de seguro de gastos contra las desgracias neoliberales. No aporto al Afore, porque tengo la certeza de que cuando me jubile los ladrones del gobierno ya se lo habrán gastado como sabemos que hacen con nuestras pensiones. No soy una chica Forbes, mi nombre no aparecerá nunca al lado de las Kardashian, y siempre me río de mí misma contando esta anécdota. Pero sé que —con o sin reconocimientos, teniendo o no la economía asegurada—continuaré haciendo lo que hago, porque para mí tiene sentido y me hace feliz.

La urgencia de limpiarnos el alma

27/07/2016 // Columna publicada en MásporMás

“¿Sigo siendo periodista si lloro?” Esa pregunta tarde o temprano aparece en los talleres que doy a periodistas sobre cómo cubrir el dolor de la gente y donde he tenido que agregar un espacio para hablar de qué podemos hacer con nuestro propio dolor.

En todo México encuentro periodistas traspasados por la violencia extrema de la que les toca informar. Llevan el horror pegado en las entrañas, lo reviven en pesadillas y, aunque intentan borrarlo, cada tanto se les aparece.

El impacto es generalizado, no importa dónde vivan ni las asignaciones que cubran.

Incluso en el D.F. he encontrado a periodistas, hombres y mujeres, que en sus días de descanso, deprimidos, sólo duermen o beben hasta perderse. Otros que dejaron de salir a la calle por miedo a ser ‘ejecutados’. Algunos tienen listo el testamento. Otros se hicieron adictos a la adrenalina de la narcoguerra, no pueden frenar. Hay quienes dejaron de hablar con su familia por sentirse tóxicos y sufren aislados. O quienes, en trance, en plena balacera, vagaron sin rumbo o quienes reviven la imagen del niño acribillado y en la pesadilla le ponen el rostro de su propio hijo.

En Tamaulipas hay una generación de reporteros que penan en silencio el secuestro y las torturas sufridas en represalia por sus notas (“me tablearon”, dicen con naturalidad, la palabra no condensa la crueldad experimentada). En Veracruz los reporteros han sido advertidos de que deben censurarse, el mensaje lo reciben a través de los cuerpos de colegas asesinados, a veces cortados en pedazos. En Guerrero el impacto por la cobertura de Ayotzinapa quebró en dos a muchos que llevan la impotencia atorada en la garganta. En Juárez apenas comienzan a procesar la rabia atravesada, tanta muerte, tanta impunidad.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: EL VIEJO Y SUCIO TRUCO DE MAQUILLAR LA POBREZA

Un día que escuché a un periodista extranjero decir que los colegas mexicanos no respetamos las reglas profesionales porque nos ‘involucramos’ en el conflicto por exigir justicia ante los colegas asesinados o al llorar hablando con madres en busca de sus hijos desaparecidos; le pregunté a manera de respuesta: ”¿Has cubierto una guerra en tu propio país?”. Se quedó en silencio.

Desde hace tiempo, el manual de periodismo que estudiamos en la escuela debería llevar una advertencia: Déjese de usar en casos de emergencia nacional.

En contextos como el mexicano, donde el olor a sangre es una constante y la vida vale poco, la primicia periodística deja de serlo cuando alguien puede ser asesinado, se trabaja en equipo cuando la vida peligra o se previene a los entrevistados de los riesgos que corren al momento de que su historia se hace pública, para que piensen si desean continuar. En situaciones como la mexicana, los periodistas aprendemos a cifrar información y a armar protocolos de seguridad antes de salir a terreno. Y sí, a veces, en los talleres se habla sobre la necesidad de llorar.

Pese a tantos secretos impublicables que llevamos al hombro pocos periodistas buscan terapia pues no pueden confesarse con extraños. En algunas regiones todos los periodistas son víctimas, no hay quién se salve.

En los talleres, cuando comienzan a surgir esas historias que estaban atascadas, aquella culpa que carcome, la vergüenza más enterrada o la inconfesable tristeza, yo reproduzco lo que he escuchado decir a psicólogos y terapeutas. Pero siempre se produce magia cuando mencionamos las cargas y nos escuchamos, cuando nos sentimos reflejados o compartimos remedios. Los pesos van cayendo al piso cuando nos damos cuenta de que muchos sienten lo mismo, que se pueden hacer acuerdos con uno mismo, que aún hay esperanza. Y llorar queda permitido, para limpieza del alma.

Amigos de larga distancia

18/05/2016 // Columna publicada en MásporMás

Cuando llegué a vivir a la Ciudad de México para estudiar la universidad comprendí el efecto que tienen las distancias una tarde de embotellamiento cuando el tiempo que invertí para ir y volver de la escuela fue el mismo que hubiera gastado en viajar a Guanajuato. Me asusté de mi cálculo porque soy provinciana.

En el metro en las mañanas me asombraba ver a mujeres con tubos, a hombres rasurándose, conscientes del blindaje que les da el anonimato, y cada vez que yo me descubría cabeceando en mi asiento forcejeaba contra mi sueño para no quedar dormida rodeada de extraños.

Una mañana muy temprano mientras caminaba por mi casa vi un automóvil estacionado y entre el vaho de los vidrios empañados descubrí a una familia inerte: el niño con el uniforme puesto, los padres trajeados de oficinistas. No sabía si tocar el vidrio: los imaginé asfixiados por su dióxido de carbono o en un ritual de suicidio colectivo. Instantes después entendí que sólo dormían, que venían de muy lejos y preferían ganar sueño cerca de la escuela del hijo a someterse al tráfico cruel.

La ciudad entonces me parecía un monstruo que deshumaniza. Sobre todo me asusté del efecto de las distancias en las relaciones humanas cuando un compañero me contó que veía a su mejor amigo una vez al mes, y planificaba las visitas a su novia cada quincena, porque viven al otro extremo de la ciudad: se le dificultaba cruzarla.

Yo no comprendía una vida lejos de los amigos. Carece de códigos para entenderlo alguien que, como yo, desde los 12 años y hasta terminar la prepa me encontré cada día con mis amigas, quienes además eran vecinas, y con ellas pasaba la tarde. Algunas noches subíamos al techo de la casa de mis padres a mirar las estrellas mientras cada una trazaba en voz alta sus sueños.

En mis tiempos de universitaria en la Ciudad de México quise fabricar ese calor de fogata recogiendo a lo largo del congestionado Periférico a compañeros de clase para llevarlos en mi auto a la escuela. Esa hora compartida de tráfico me sabía al espacio íntimo en el que se acaba la charla mecánica y se entra al diálogo espontáneo al que se asoman recuerdos, añoranzas, sueños, chistes y tonterías.

Pero la ciudad hizo su efecto en mí. Con los años me acostumbré a las distancias físicas y permití las emocionales: dejé de escribir a mi gente aquellas largas cartas en las que cronicaba mis días y las llamadas a casa pasaron a ser una vez por semana.

No sólo vivo en una de las ciudades más grandes del planeta, lejos de donde me crié, también llevo una vida itinerante. Un día estoy en un foro en Noruega, al siguiente reporteo en Iguala, al otro sigo una pista en Guatemala.

No sé si me condené a ser una correcaminos aquellos años en que salí corriendo a la calle con una maleta para lanzar un deseo el primer minuto del Año Nuevo, o por haber soñado tanto en ser corresponsal de guerra, o porque crecí leyendo revistas de misioneros.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: LAS PERSONAS-BULTO, UN NUEVO INDICADOR

Mi única certeza es que compaginar el alma viajera y conservar querencias es una complicada tarea de equilibristas que dura toda la vida. Por eso, aunque muchas veces de la agenda salen amigos que no sobrevivimos al ritmo de vida y a la lejanía, siempre agradezco a la vida, me sorprendo, conmuevo y emociono cuando los amigos de quienes me perdí sus bodas o cumpleaños me reciben con el mismo cariño con el que nos vimos la última vez o me buscan para llorar juntos (aunque sea por Skype). Porque algo hicimos bien que superamos distancias.

Vivo un milagro cada vez que regreso a la ciudad de la que salí para ir a la universidad, y retomo la charla con las primas, las tías, los hermanos, las amigas, y siento como si la plática se hubiera quedado en pausa, como si nadie se hubiera ido, las querencias intactas.

A contracorriente de la idea de la vida moderna que achatarra vínculos afectivos también aparecen atajos para acortar distancias. El Facebook, por ejemplo, trae constantemente a mi playa a amigos que habían salido de mi radar y pensaba imposible reencontrar. A veces son tantos, por tantas vidas que he vivido, que me preocupa tener que decidir qué amistad quiero cultivar. A veces un “MeGusta” lo convierto en mimo que sugiere: “Aquí estoy”.

El whatsapp aunque irrumpe de manera impetuosa en mi vida y me abruma con su conversación sin descanso, vale la pena los domingos cuando aparecen en la pantalla fotos de mis sobrinos reunidos en paisajes conocidos, a las que sigue una escueta reseña que se siente como abrazo de bienvenida para quienes vivimos lejos.

Me reconcilio con la tecnología cuando mis amigas y yo acompañamos (en un diálogo desde Barcelona, Tijuana, Dallas, Nevada, Chihuahua y DF) las incertidumbres amorosas o complicaciones en la vida de alguna de nosotras, como cuando filosofábamos viendo las estrellas.

Mi trashumancia me inscribió también a la tribu de quienes compartimos la vida nómada del periodista: de quienes hicimos de la vida un viaje sea para cubrir noticias, dar o recibir talleres o asistir a foros donde discutimos nuestra profesión.

Nuestros encuentros son días de fiesta en los que tengo la sensación de haberme reencontrado al amigo imaginario del kínder a quien tenía perdido. Son momentos de compartirnos ideas de libros, trozos de vida, problemas laborales, técnicas de trabajo, sustos que vivimos o de masticar la nostalgia por no estar ahora mismo con la familia. Son también noches de rumba o de fatiga extrema por la intensa cobertura o de varios en la misma habitación porque no alcanzaron los hoteles o alguno no lleva viáticos.

Esos días algunas nos descubrimos almas gemelas y se ensanchan las patrias afectivas hasta sitios como Barcelona, Buenos Aires o Medellín.

Los periodistas nómadas nos escribimos poco entre nosotros y casi siempre pidiendo ayuda: “Mándame esto, contáctame a este, qué piensas de tal texto”. Por internet monitoreamos los proyectos que cada uno emprende y conocemos por foto a nuestras familias.

Siempre nos despedimos con esa incógnita de cuándo volveremos a encontrarnos –dependemos de que nos inviten a un congreso, si coincidimos en una cobertura, si la casualidad nos lleva al mismo punto del planeta-, pero con la seguridad de que la amistad sobrepasa las distancias físicas. De que nuestros cercanos afectos están a salvo de la vida moderna o sobreviven gracias a ella.

El periodismo que salva vidas

 

16/03/2016 // Columna publicada en MásporMás

 

A Carmen Aristegui, a un año de ausencia

A Karla Silva por haberle apostado a la justicia

En la universidad cuando no soñábamos con ser Kapuscinski fantaseábamos con ser periodistas de investigación para, si no tumbar a un presidente como Nixon con la investigación del Watergate, al menos derrocar a un secretario de estado o algún funcionario no tan menor. Pensábamos que así se medía el poder de la prensa.

Con el tiempo descubrí que Nixon renunció gracias a que la denuncia periodística fue acompañada por el poder judicial que investigó a un presidente, y a mi alrededor vi cómo el periodismo perdía su glamour y su impacto: las instituciones se blindaron contra las denuncias, los funcionarios se hicieron más cínicos y las pruebas de la corrupción ya no despeinaban a nadie.

El escándalo por la mansión de La Casa Blanca de Peña Nieto y su esposa no provocó despido alguno porque, en México, el cinismo, la corrupción y la impunidad caminan de la mano. En cambio, castigaron a la periodista Carmen Aristegui y a su equipo de investigación al destierro, y condenaron a sus millones de radioescuchas (fieles a su voz disidente, investigativa, abierta a las verdades no prefabricadas por las mafias que gobiernan) a consumir noticiarios salidos del mismo guión oficial.

“¿Sirve de algo hacer periodismo cuando sabemos que por más denuncias que hagamos no ocurre nada?”, me preguntó con desasosiego hace poco un periodista que masticaba la duda que muchos hemos tenido y para la que sólo pude esbozar ideas.

En contextos como el mexicano el buen periodismo no se puede medir como antes, no hay condiciones para hacerlo. Donde la justicia no funciona, donde la mentira se presenta como la verdad, el periodismo tiene alcances menos vistosos pero no menos importantes.

En este país donde la “narcoguerra” carga un saldo de más de 150 mil personas asesinadas, más de 27 mil desaparecidas, más de 300 mil desplazadas, y donde se ha instalado la muerte y el silencio, no falta quién nos pida a diario que colemos en los medios al menos una línea sobre la injusticia de la que se saben víctimas: para sentir que su palabra pesa que su historia cuenta que su sufrimiento existe.

Ese es nuestro papel en este momento: documentar, tomar testimonio, investigar, sumar datos y publicar de la manera más responsable y efectiva posible esas historias y los mecanismos de la impunidad que las hacen posibles. Y por más que parezca que no pasa nada y aunque ningún tomador de decisiones acuse de recibo, hacerlo con la convicción de que cada nota es un documento que forma parte de una Comisión de la Verdad en tiempo real (aunque la justicia se conjugue en tiempo futuro).

De mi maestro Javier Darío Restrepo aprendí eso: Nuestro trabajo es como lanzar pájaros al viento que, aunque no sabemos en qué rama se van a posar y quizás no nos toque ver dónde pondrán su nido, debemos tener fe de que así será. Tener fe de que la noticia que hoy escribimos y que parece que cae en el vacío un día servirá. Un día será la prueba para que un desplazado obtenga la visa que le salva la vida, el dato para que una familia encuentre a su pariente ausente, el detalle para que se le crea a una víctima en un tribunal.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE MARCELA TURATI: EL DERECHO A VIAJAR SOLAS O JUNTAS

Recuerdo cuando Lulú, la mamá de Brandon Esteban –niño desaparecido junto a su papá, aunque tenía 9 años–, me pidió le dedicara mi libro donde mencioné su caso en un par de líneas, y me explicó que cuando su chiquito regresara ella se lo mostraría porque, al escribirlo, me hice testigo de su amorosa búsqueda. Y eso es: los periodistas somos testigos del dolor. Para quienes sufren nuestro trabajo tiene sentido.

Eso reaprendo cada vez que un papá o una mamá me piden que publique que su hija fue secuestrada, o el hallazgo del cadáver al que las autoridades no quieren hacerle prueba de ADN, pues cuando les digo preocupada que por esas notas podrían quizás asesinarlos me responden: “No importa, sabemos el riesgo, hay que correrlo por ella”. Para ellos, entonces, es importante.

Siempre encuentro motivos para mantener la esperanza de que lo que hacemos vale la pena, como cuando conozco a esos periodistas que, a pesar del riesgo, documentan fosas clandestinas, a la reportera fronteriza que busca los rastros de los migrantes perseguidos aunque sólo encuentra sangre, al colega silenciado que sólo tiene permitido contar muertos y no deja de llevar ese registro, a la valiente que recoge testimonios en pueblos serranos tomados por el narco, la joven que mantuvo su exigencia de justicia luego de que el alcalde la mandó golpear por sus notas o quienes han tenido que renunciar a su trabajo -dando una lección de dignidad- después de que su nota fue censurada por órdenes de un funcionario complacido por los directivos de su medio, o quienes se han quedado a dar la pelea adentro de su redacción.

Admiro a aquellos periodistas que empeñaron su dinero y su vida en un documental sobre Las Patronas o para mapear la Geografía del Dolor, y a quienes escriben a escondidas el libro con la información que en su empresa no publican, y a quienes se juntan con otros para documentar masacres como las de los migrantes o emprender proyectos colectivos. Y a aquellos que desde el área que les corresponde cubrir investigan lo que importa. A todas y todos los que desde su campo de acción intentan desmontar la mentira, la corrupción, la impunidad.

En estos tiempos en los que publirrelacionistas del poder se disfrazan de periodistas y las voces uniformes del oficialismo acaparan casi todos los medios repitiendo noticias falsas que nos intoxican, sobreviven trincheras donde se sigue haciendo periodismo que denuncia injusticias y revela mentiras oficiales, como las matanzas de Tlatlaya, Apatzingán o Ayotzinapa. Si bien en México los periodistas no tumban funcionarios corruptos, a veces, sin saberlo, salvan vidas y cada día siembran memoria.